A letras con los lunes: “Huellas”

A letras con los lunes: “Huellas”

Huellas

Pasó toda su vida tratando de dejar su huella. Una que fuese indeleble, imperecedera, que durase para siempre en el corazón de aquellos a quienes había querido.

Menos mal que no pudo ver cómo sus huellas se borraban con la primera ráfaga de viento que sopló tras su partida.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

Huellas por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El relato del viernes: “Donde el tiempo fue”

El relato del viernes: “Donde el tiempo fue”
Fuente: Pixabay

Donde el tiempo fue

Dicen que existe un hilo rojo que, aunque sea invisible a nuestros ojos, nos conecta con una persona especial que está destinada a nosotros, nuestra alma gemela. No sé si será cierto o no, porque yo aún no he encontrado a esa persona que vuelva del revés mis días y acelere mi corazón de tal manera que no quiera perderme nunca más un amanecer a su lado. En mi caso, pienso que, de existir ese hilo rojo, estaría, sin duda, conectado con un lugar. Porque a las personas no, pero hay lugares a los que pertenecemos para siempre.

A este lugar especial no me guió ningún hilo rojo, sino la blanca línea continua de una carretera comarcal. Es más, me llevó el viejo Seat 127 de mi padre, al que nosotros llamábamos coche con mayúsculas y que recorría más problemas que kilómetros, pero en cuyo interior éramos una familia, sin más. Después de varias horas de renqueante traqueteo y varias casetes de dudosa calidad, arriesgando la vida sin cinturones de seguridad y sin tan siquiera un mísero espejo retrovisor derecho, llegábamos a aquel lugar donde el tiempo parecía detenerse. Aislado entre las montañas de una cordillera ibérica cualquiera, al abrigo de las encinas y de los olivos, aparecía, tímido y recóndito, el que, para mí, era el pueblo más bonito del mundo.

Allí me recibían los abuelos, con esa familiar naturalidad que a punto estaba de romperte una costilla o de arrancarte un moflete. Me recibía la vieja casona, que escondía tantos secretos y misterios como daba de sí mi intensa imaginación infantil. En especial, la troje, aquel lugar que yo creía plagado de fantasmas y que, con el tiempo, descubrí que no contenía más que los recuerdos de vidas que no conocí. Y me recibía el vasto campo, que insuflaba en mis pulmones tal cantidad de oxígeno a la que no estaba acostumbrado y que me tenía tosiendo durante horas.

Aquel lugar olía a leña en invierno y a botijo de agua fresca en verano. Se respiraba el pan y los dulces recién salidos de una sartén. Olía a amistad y a buenos momentos, a río y a hogar. Las redes sociales se tejían sobre una hamaca en el medio de la calle y no hacía falta dar ningún like para que todos supieran que estábamos enamorados. Los días se estiraban como si fueran de goma y las noches llegaban hasta las estrellas. Aquel lugar era donde podías quitarte los disfraces, corazas y máscaras, y ser. Solo ser. Tú.

Ahora regreso y aún me parece escuchar la voz de la abuela llamándonos a la mesa porque ya está listo el puchero y los rezongos del abuelo cuando lo despertábamos de la siesta. Aún puedo saborear el primer beso y masticar la pulpa de la verdadera amistad. Allí vuelvo a ser un niño con pantalones cortos y raspones en las rodillas, sin achaques ni problemas, cargado de sueños. Allí el tiempo se detiene y no existe nada más.

Regreso y vuelvo a pertenecer al pueblo, así como él me pertenece, porque el uno jamás sería el mismo sin el otro. Unidos por el destino o por un vulgar hilo rojo. Como sea, yo siempre regreso a ese lugar donde puedo, simplemente, ser; donde el tiempo, simplemente, fue.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Nuestra historia”

Miércoles de poesía: “Nuestra historia”
Fuente: Pixabay

Nuestra historia

Quise escribirte una historia
que hablase sobre nosotros,
que contase en unas líneas
todo lo que no me atrevo
a decir de viva voz.
Quise escribirte una historia
que no solo hablase de amor,
que contase entre renglones
la magia que se respira
entre tu pecho y el mío.
Que hablase de noches dulces,
de susurros contenidos,
del calor de tu mirada,
del cáliz que hay en tus besos,
de los cafés compartidos.
Que narrase, como un cuento,
un amor de caramelo,
un bosque de los sentidos,
una princesa en la torre
y hasta con siete enanitos.
Quise escribirte una historia
que no tuviese final,
sobre folios de colores
y escrita en tinta indeleble
para que nunca quedase
arrullada en el olvido.
Pero ahora no la encuentro,
se quedó sin un principio,
huyeron sus personajes
y yo, que perdí el cuaderno,
parto dispuesto en su busca
sin saber que, sin quererlo,
voy derramando letras por el camino.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La marioneta”

El relato del viernes: “La marioneta”
Fuente: Pixabay

La marioneta

El día de su vigésimo cumpleaños, Virginia recibió un regalo inesperado. No era gran cosa, ni siquiera era algo que le hubiese hecho ilusión tener antes de aquel día, pero que, por alguna extraña razón, le encantó y lo recibió como el mejor de los presentes que le podían haber entregado para celebrar su nuevo inicio de década.

Venía dentro de una hermosa cajita de vivos colores, no demasiado grande, pero sí lo suficientemente llamativa para que desde un principio captase su atención. En su interior, cuidadosamente envuelto en delicadas hojas de papel de seda de diferentes tonos pastel, apareció lo que, a primera vista, parecía un muñeco. Virginia lo observó con curiosidad antes de tomarlo entre sus manos con suma delicadeza. Era de madera, cuidadosamente tallada, y las redondeces de sus formas invitaban a acariciarlo. Cubrían su cuerpo unos exquisitos ropajes que, por su tacto, debían de estar elaborados con lujosas sedas del más Lejano Oriente. Pero lo que más llamó la atención de Virginia fue su rostro. Parecía estar pintado a mano y reflejaba una expresión de felicidad tan plena que casi daba envidia contemplarlo.

De los brazos y de las piernas del fascinante muñeco, así como de su cabeza, surgían unos hilos tan finos que a punto estaban de alcanzar la transparencia. Todos ellos se unían en una bella cruceta de madera que, también, parecía estar tallada a mano, con unos intrincados relieves que no hacían sino sumar majestuosidad al conjunto. Era una marioneta, sí, pero la más hermosa que jamás se hubiera podido imaginar.

Sin embargo, lo que más despertó la ilusión en Virginia fue el hecho de que nunca había tenido una en sus manos. Había asistido, en varias ocasiones, a divertidas representaciones de títeres y marionetas, pero siempre las había visto desde la distancia. Nunca había tenido la oportunidad de manejar aquellos hilos mágicos que parecían dotar de vida a los muñecos. Y le parecía maravilloso poder crear un personaje que casi cobraba vida bajo sus manos.

Durante un tiempo, Virginia pasaba casi todos sus ratos libres con su marioneta, ideando historias para ella que, después, representaba para todo aquel que las quisiese disfrutar. Sin embargo, pronto se cansó de dar rienda suelta a su creatividad y comenzó a disfrutar más del hecho de poder manejar al muñeco a su antojo. Se regocijaba viendo cómo el pobre pelele hacía todo cuanto a ella se le encaprichase, desde darse cabezazos contra la pared hasta adoptar las posturas más ridículas que pasaban por su imaginación. Pasó de convertirse en su compañero de cuentos a ser su bufón particular y las carcajadas de Virginia ante la pusilanimidad de este eran tan estridentes que se llegaban a escuchar por todos los vecinos de su edificio.

Una mañana, al despertar, Virginia se encontraba cabizbaja. Tanto era así que, por más que lo intentaba, no lograba enderezar la cabeza y su estado de ánimo había caído por los suelos. Se puso la ropa como un autómata, preparó su desayuno y se dispuso a dar comienzo a su rutina diaria. Sin ser consciente de ello, se dirigió a su puesto de trabajo, acató sin rechistar todas las órdenes que recibió aquel día, comió con sus compañeros en el restaurante de moda y, al salir del trabajo, compró en el supermercado aquel lavavajillas tan extraordinario que había visto en un anuncio de televisión la noche anterior. Cuando estaba a punto de regresar a casa, deseosa de descansar un rato y desconectar viendo el reality que seguían todos sus amigos, sus ojos se abrieron de una forma exorbitante. Parecía como si alguien tirase con fuerza de sus párpados y, como por arte de magia, logró apreciar algo que hasta entonces le había pasado por completo desapercibido.

La gente caminaba a su alrededor con las mismas prisas de siempre, pero ahora podía apreciar cómo unos delgados hilos sostenían brazos, piernas y cabeza de cada persona, guiándolos en sus pasos. Sorprendida y, a la vez, asustada, Virginia elevó un brazo y lo observó con una atención que nunca antes había prestado. Anudado con una fuerte lazada, un ligero filamento partía de él para perderse de vista a varios metros de altura. Semejantes hilos estaban amarrados a sus piernas.

El pánico se apoderó de ella al comprobar la dura realidad a la que llevaba tiempo enfrentándose sin tener plena consciencia de ella. Probablemente, toda su vida. Subió los escalones de dos en dos y, tras encerrarse en su casa, se dirigió presurosa a su habitación para tomar a su marioneta entre sus brazos. Las lágrimas salieron a raudales mientras, abrazada a ella, solo conseguía preguntar:

—Yo te manejo a ti, pero ¿quién lo está haciendo conmigo?

Las lágrimas duraron lo que tardó en tomar la determinación de cortar sus propios hilos y, tras pedirle perdón a su marioneta, Virginia respiró, por primera vez en la vida, por su propia voluntad.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Cuando te miro a los ojos”

Miércoles de poesía: “Cuando te miro a los ojos”
Fuente: Pixabay

Cuando te miro a los ojos

Cuando te miro a los ojos
el universo explosiona,
se abren por ti las montañas,
los bosques se hacen desierto,
los mares pierden el agua.
Ya no quieren las mareas
besar la arena templada
y las gotas de la lluvia
permanecen suspendidas
sobre un abismo de lava.
Cuando te miro a los ojos
los demás desaparecen,
la muerte gana a la vida,
el oxígeno se agota,
la humanidad se suicida.
Ya no giran los planetas
ni los cometas desean
jugar a las escondidas,
hasta el sol tiembla de frío,
todo el cosmos se vacía.
Y se para el fin del mundo
lo que dura un parpadeo
y, cuando te miro de nuevo,
una estrella cae del cielo.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

Cuando te miro a los ojos – Protected by Copyrighted.com

A letras con los lunes: “Las espinas”

A letras con los lunes: “Las espinas”
Fuente: Pixabay

Las espinas

Te abracé con todas mis fuerzas, confiada en tu apariencia de mimosa, suave y dulce. Qué doloroso fue descubrir que guardabas las espinas en el alma.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

Las espinas por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El relato del viernes: “Como el tiempo”

El relato del viernes: “Como el tiempo”
Fuente: Pixabay

Como el tiempo

Paula observaba a través de la ventana de su habitación cómo unas gruesas nubes negras iban cubriendo el cielo, permitiendo solo traspasar a los últimos reductos de luz de un sol que ya había desaparecido tras las bambalinas que ocultaban aquel hermoso telón gris. Eran hermosas, sí, pero dentro de su belleza asomaba implícita una amenaza que parecía cernirse sobre la ciudad. En tan solo unos minutos, el cielo se había encapotado por completo, cubriendo de negro un día que hasta aquel mismo instante pretendía haber sido radiante.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo en el mismo momento en que las nubes cubrían el último resquicio de sol, que desapareció de su vista en apenas un parpadeo. Fue un estremecimiento que transitó a lo largo de su espina dorsal en un viaje ascendente, hasta que llegó a la misma coronilla y descargó un denso nubarrón que parecía decidido firmemente a quedarse allí instalado.

A Paula se le nubló la mente igual que lo había hecho el día, una vez más, sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Ni siquiera fue consciente de ello. Solo se dedicó a seguir mirando a través del cristal de su ventana, que comenzaba a enturbiarse con las primeras gotas de lluvia en caer sobre la ciudad. Curioso espectáculo, pensó en su ingenua inocencia, que no recordaba haber presenciado antes. Con los ojos bien abiertos, contemplaba cómo las gotas golpeaban ya con fuerza el ventanal y dirigió una mano temblorosa hacia ellas. Su expresión de asombro hubiese maravillado a cualquiera, a excepción de a Arturo que, en ese momento, entraba en la habitación.

La sonrisa que Arturo portaba al adentrarse en el dormitorio fue sustituida de golpe por una expresión situada a medio camino entre la decepción y la más profunda de las tristezas. Apretó los puños en señal de impotencia, realizó tres respiraciones profundas y se obligó a recomponer su mejor expresión amable. A punto estuvo de decirle algo a Paula, pero algo le detuvo.

El aguacero fue tan intenso como breve y, conforme la última gota de lluvia se deslizaba frente a la atenta mirada de Paula, un rayo de sol se abrió camino entre las nubes y un brillante arcoíris se dibujó en el cielo. En apenas unos segundos, aquellas nubes que tan  amenazadoras se habían mostrado unos instantes atrás, comenzaron a disolverse para dar paso de nuevo a una soleada tarde de verano. Y conforme se iban dispersando, la nube que con tanto ahínco se había alojado en la cabeza de Paula hizo una graciosa cabriola y voló.

Arturo respiró tranquilo al reconocer en los ojos de su compañera de vida la misma mirada clara y brillante que la había acompañado desde su juventud. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de ella al verle y, sin mediar palabra, ambos se fundieron en un reconfortante abrazo que les almidonó el alma y les caldeó el corazón.

Al fin, Arturo se atrevió a romper el silencio que hasta entonces los había acompañado:

—¿Qué tal estás, vida mía?

—Pues ya ves, cariño, como el tiempo. Como el tiempo…

Ana Centellas. Septiembre 2021. Derechos registrados.

Como el tiempo – Protected by Copyrighted.com

Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”

Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”
Fuente: Pixabay (editada)

Mariposas

Hoy vi pasar ante mí una mariposa blanca,
alegre, juguetona,
revoloteando con gracia,
como si quisiera darme envidia
de su libertad al volar.
Hoy mi ser se ha abierto al fin
en miles de mariposas de colores
que invaden el cielo azul
libres, por fin, junto a mi mariposa blanca.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “La niebla”

A letras con los lunes: “La niebla”
Fuente: Pixabay

La niebla

Dicen que hay cientos de horizontes esperando mi llegada. Miles de oportunidades aguardando por mí. Decenas de bellos instantes confiando en ser disfrutados.

Lástima que la niebla de mis ojos me impida verlos.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

La niebla por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional