El relato del viernes: “La magia de la Navidad”

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La magia de la Navidad

Carlos llevaba toda la mañana recorriendo el bosque, caminando sobre la escarcha y bajo las copas nevadas de los árboles. A pesar de que se había abrigado bien, no había podido evitar que el frío le calase los huesos y comenzaba a sentirse entumecido. Tenía los guantes empapados de apartar las heladas ramas con las manos en busca de las mejores bayas que pudiese encontrar, las más bonitas y brillantes. Quería hacer con ellas una hermosa corona con la que sorprender a Mireia.

No había sido un buen año para ellos y Mireia, a pesar de que siempre sonreía y trataba de mantenerse fuerte, no estaba bien. Él lo sabía. La conocía demasiado bien para no darse cuenta de sus profundas ojeras de las mañanas, síntoma inequívoco de sus largas noches de insomnio; de sus llantos sordos a la hora de acostarse, cuando pensaba que ya dormía; de su pérdida de peso, que había dejado atrás las prominentes curvas de su enamorada para dar paso a apenas un espectro de la mujer que había sido. Sin embargo, Mireia nunca había mostrado síntomas de debilidad ante él. Ni ante él ni ante nadie. No se había permitido, ni por un momento, que nadie la viese sin su sonrisa, sin su infatigable energía, sin sus eternas ganas de vivir.

Por eso, porque él sabía la verdad que no se mostraba ante sus ojos, quería sorprenderla. Sabía que era un detalle insignificante y que con él no conseguiría aliviar ni el más mínimo resquicio de la pena que, poco a poco y en silencio, iba consumiendo a su mujer. Sabía cuánto le gustaba la Navidad, al igual que sabía que estas navidades iban a ser muy diferentes, las más tristes de todas las que habían vivido juntos. Y quería que aquel día, cuando volviese de la ciudad, encontrase la casa bellamente decorada. Se había puesto manos a la obra en cuanto Mireia había salido por la puerta aquella mañana, pero le faltaba el adorno más especial, la corona de bayas que daría la bienvenida a una casa en la que, a pesar de las dificultades, seguían luchando día tras día y que estaría repleta de un mágico y emotivo espíritu navideño.

Sin embargo, después de llevar varias horas recorriendo el bosque, aterido de frío y desmoralizado por completo, no había logrado encontrar ni una sola rama de los tan ansiados frutos rojos. Parecía como si el destino hubiese confabulado en su contra para que no pudiese completar su sorpresa con ese toque tan especial y, como por arte de magia, hubiesen desaparecido todos del bosque. De nada sirvió retirar la nieve y la escarcha de cada rama que iba encontrando a su paso, no había ni rastro de las bonitas bayas rojas. Desesperado y cabizbajo, emprendió el regreso a casa.

Llegó completamente calado, hasta los pies, a pesar de que había salido bien equipado con sus gruesas botas para la nieve, pero la caminata había sido tan larga que ni siquiera ellas habían podido resistir el embate del frío. Iba lamentándose, pensando en que cuando llegase a casa la encontraría tan fría como sus huesos. Estaba seguro de que su pequeña excursión le iba a costar bien caro, con una pulmonía como mínimo. Echó en falta un buen fuego con el que caldearse y desentumecerse, pero se conformó al pensar en una buena ducha bien caliente y su jersey más grueso, el que reservaba para los días más fríos. Con ese pensamiento en la mente, accedió al interior de la casa.

Cuál sería su sorpresa al encontrar un crepitante fuego prendido en el hogar, lanzando destellos dorados hacia toda la habitación que, con la decoración navideña que había dejado preparada por la mañana, conferían a la estancia un toque, cuando menos, mágico. Un dulce aroma a canela inundaba toda la estancia, transportándole de inmediato a una acogedora tarde invernal junto a su familia. A pesar de la sorpresa, no pudo evitar sentirse sumamente reconfortado. Se acercó al fuego y tendió sus frías manos hacia las hipnóticas llamas, que danzaban enredándose entre ellas en un complicado y, a la vez, delicado baile. Sin duda, Mireia había regresado antes de tiempo.

La llamó, pero no obtuvo respuesta alguna. Olvidándose del frío y de la humedad, fue a buscarla por toda la casa. Sin embargo, no encontró a nadie. Su abrigo tampoco estaba colgado en el perchero que había justo a la entrada y sus cálidas zapatillas de estar en casa estaban en su sitio. Si ella aún no había regresado, ¿quién había encendido el fuego? Extrañado, volvió a situarse junto a la chimenea. Y fue entonces, en el momento en que se acercaba al fuego para comprobar si el calor le permitía pensar con algo más de claridad, cuando reparó en algo de lo que no se había percatado hasta entonces. Sobre la mesa, colocado en el centro con pulcritud, reposaba un hatillo con las bayas más bonitas que había visto nunca.

No perdió más el tiempo y se dirigió hacia ellas. Desprendían un agradable aroma y aún conservaban algunas gotas del rocío que las habría cubierto. Las tomó con cuidado entre sus manos y sonrió. Aún estaba a tiempo de preparar la corona más bonita, más delicada y más navideña que Mireia pudiese llegar a imaginar. ¿Sería posible que en verdad existiese la magia de la Navidad? Sin duda, la sonrisa de su esposa cuando llegase a casa daría fe de que sí, la magia de la Navidad no solo existía, sino que, además, les había visitado para que pudiesen finalizar el año con un regusto algo más dulce, tanto en el paladar como en el corazón.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “La próxima rotura”

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La próxima rotura

Ya me he roto tantas veces
que me falta algún pedazo
que salió desperdigado.
En su lugar quedó el vacío.
Mísero puzle incompleto
que vaga en el calendario
a remolque de los días,
a rebufo de las horas,
arrastrándose en el tiempo.
Ya no hay soles que me alumbren
ni lunas que me consuelen.
Triste muñeco perdido.
Perdido en metamorfosis,
en conversiones del alma,
dejé en mi última mudanza
la crisálida sin forma
y el caparazón vacío.
Y aun sintiéndome tan árido
vivo esperando el momento
de mi próxima rotura
para ver cuánto he crecido.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Sentires indefensos”

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Sentires indefensos

Una capota de acero
cubre el cielo.
Ha cambiado su dureza
por el tacto suave y laxo
de un tejido de algodón.
Me ha recubierto de miedo
con su velo
y ha mojado con sus lágrimas
este sentir indefenso
que cubre mi corazón.
De tu rostro hay un bosquejo,
puedo verlo.
Y mirando al firmamento,
de tus ojos un recuerdo,
ahora también lloro yo.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El amigo invisible”

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El amigo invisible

Cuando Azucena llegó a la oficina, tenía la sonrisa más grande que nadie le había conocido nunca. Faltaban unos días para Navidad y todo estaba engalanado para la ocasión. Las calles, el vestíbulo del edificio donde se encontraba su oficina y, en la puerta de esta, una gran corona de flores de pascua le había dado la bienvenida. En el interior, también se respiraba el ambiente navideño, ya que se había encargado ella personalmente de que así fuera. Brillantes espumillones colgaban de los siempre aburridos cubículos y un gran árbol de navidad daba la bienvenida nada más traspasar el umbral. Le pareció incluso escuchar el alegre y ligero tintineo de un villancico que provenía de alguna de las mesas del fondo y su sonrisa se amplificó aún más.

Al llegar a su despacho, su semblante cambió a sorpresa cuando descubrió un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto y adornado con un brillante lazo, sobre su silla. Lo tomó con cuidado y lo observó, girándolo entre sus manos para tratar de ver si contenía alguna tarjeta o alguna pista de qué podía tratarse. Así era. Bajo la impecable lazada de raso rojo, una pequeña tarjeta asomaba con timidez. En ella, cuatro palabras destacaban por su excelente caligrafía en tinta también roja. “De tu amigo imaginario”.

Azucena quedó extrañada. ¿Del amigo imaginario? Por un instante, se quedó paralizada. ¡Se había olvidado por completo del regalo del amigo invisible! Cada año, en la oficina, organizaban entre todos el típico intercambio de regalos, de esos que llamaban “el amigo invisible”. Se trataba de tener un detalle con los compañeros, algo barato o realizado con sus propias manos, entregado con todo su cariño y su ilusión. Seguramente se tratase de eso, del amigo invisible, solo que quien había preparado la tarjeta se había equivocado con los términos. Entonces cayó en la cuenta. Aún faltaban algunos días para Navidad. De hecho, ese mismo día se celebraba el sorteo de la lotería navideña y los niños de San Ildefonso cantaban los agraciados números con sus melódicas voces desde los altavoces del portátil de su compañero de despacho. Y el intercambio de regalos se hacía en la mañana del día de Nochebuena, antes de irse a casa al mediodía y después de haber brindado todos juntos con un cava fresquito.

Preguntó a sus compañeros, pero ninguno supo decirle nada de la procedencia del misterioso paquete. Parecía ser que ninguno de ellos había sido el autor del obsequio y el desconcierto de Azucena no hacía más que ir en aumento. Decidida a no darle mayor importancia y a no dejarse vencer por la curiosidad, guardó el paquete en su bolso, se hizo a sí misma una anotación mental para aquella misma tarde ir a comprar el regalo para su amigo invisible y se dispuso a comenzar su jornada laboral con una sonrisa, amenizada por los villancicos, los niños cantores y la decoración navideña que tanto le gustaba.

Cuando, al fin, llegó a su casa, ya ni se acordaba del regalo misterioso. Fue al dejar su bolso sobre la cama cuando el pequeño paquete se deslizó de su interior, llamado su atención con el atractivo lazo rojo. Azucena, al verlo, decidió que había llegado el momento de despejar sus dudas. Se puso cómoda, se sentó sobre la cama y se dispuso a quitar el envoltorio. Se quedó sin aliento cuando del interior de aquella pequeña caja salió un retrato suyo, con apenas cinco o seis años, rodeado de un marco hecho con unos añejos macarrones coloreados con témpera que reconoció al instante. El deteriorado estado de la pintura daba fe de los años que habían pasado desde que unas manos infantiles lo decoraran con tanta torpeza como ilusión.

— ¿Te ha gustado mi regalo?

La voz le llegó desde la ventana del cuarto y ella sintió que el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho. No podía ser, aquello no podía estar ocurriendo. Cerró con fuerza los ojos, como si así pudiese borrar todo lo que fuese que estuviese pasando ahí afuera. Su voz le volvió a llegar, nítida y serena:

— Como ves, yo no me olvido de mis amigos. No como otras…

Azucena abrió ligeramente un ojo y giró la cabeza despacio, mordiéndose el labio inferior, tal y como solía hacer cuando era una niña cada vez que sentía miedo. Allí estaba, mirando a través del cristal de la ventana con la mirada perdida en el horizonte nocturno, mientras sujetaba con su pequeña mano las cortinas. Continuaba tal y como lo recordaba, con sus pantalones cortos y la tirita de Heidi en la rodilla, que ella misma le había puesto aquella vez que se cayó en el patio del colegio y se hizo un raspón bastante feo. El amigo imaginario que la había acompañado hasta sus años de universidad y por el que había tenido que soportar años de terapia psiquiátrica. Había vuelto.

Se quedó pensativa. Tendría que poner un cubierto más en la mesa la noche de Nochebuena…

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Oris”

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Oris

Próxima la noche al óbito
surge el anhelo en la piel.
Transita una senda de besos
hasta el río que transcurre
sereno,
solo en apariencia.
Fluye un arroyo de fuego,
con afluentes de lava
-y saliva-
que se deslizan sin pausa
de la cima de un volcán.
Un escalofrío,
dos,
cuatro…
Y el universo se funde
para yacer licuado
en el fondo azucarado
de una copa de ginebra.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2010295747007-oris

El relato del viernes: “Se le acabaron las ganas”

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Se le acabaron las ganas

Se le acabaron las ganas. Muchos pensaron que no, que no se le habían acabado, sino que, simplemente, se las habían quitado. Sin embargo, ella siempre pensó que nadie le podía quitar nada a otra persona si esta no permitía que eso ocurriese. Y ella lo había permitido durante demasiado tiempo, hasta que se le acabaron las ganas.

Sí, se le acabaron las ganas. Las ganas de seguir, de continuar habitando en un mundo ajeno a ella misma, en el que se consideraba una extraña. Se le acabaron, incluso, las ganas de respirar, de amar, de vivir. Se encerró en sí misma para aislarse de una realidad demasiado cruel y cerró las puertas y las ventanas de su alma y de su corazón. Bajó las persianas y no dejó que entrase ni el más mínimo rayo de sol. La oscuridad se hizo su amiga, junto con las pelusas y las telarañas que, poco a poco, comenzaron a ocupar los rincones de su corazón en los que antes habitaba el amor. Cerró con llave la alacena en la que guardaba las ganas de vivir y las dejó allí, a la espera de que se cumpliese la fecha de caducidad para, después, enviarlas al contenedor de los residuos orgánicos.

Sí, se le acabaron las ganas. Durante demasiado tiempo se dedicó a observar en silencio la puerta, clausurada con cerrojo, cadena, candado y cerradura de doble seguridad. Temía que alguien pudiera llegar y derribar todas sus barreras, pero se le habían acabado las ganas, incluso, de levantarse a interponer también la cómoda de su dormitorio. Allí, encerrada, permaneció durante horas, días, meses. Tal vez fueron años, nunca lo logró saber con exactitud. Con la cabeza bien cubierta con el edredón de la indiferencia y de la auto compasión. Escondida del mundo, incluso de su propia cobardía.

Sí, se le acabaron las ganas. Pero, en su desidia, olvidó proteger las ventanas. Y un día, alguien, o quizá algo, de quien no sabe su nombre y nunca le preocupó, logró abrir una rendija por una de ellas. Al principio no se dio ni cuenta, pero, con el tiempo, pudo más la curiosidad que su miedo y su apatía. Fue a asomarse un poquito y la luz del sol la cegó. Volvió de inmediato a su refugio. Sin embargo, aquel resquicio por el que trataba de colarse la vida permaneció abierto y, sin quererlo, fue acercándose más y más, abriéndolo cada día un pequeño milímetro más, perdiendo el miedo, atisbando con asombro lo que había al otro lado. Y lo que vio le gustó.

Y sí, se le acabaron las ganas. Se murieron las ganas de permanecer encerrada, de esconderse de la vida, de no creerse merecedora de semejante privilegio. Se le acabaron las ganas de morir.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “La búsqueda”

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La búsqueda

Te busqué entre mis memorias,
en mis sueños archivados
entre bolas de algodón.
Te busqué por los caminos,
aquellos por los que dejamos
piedrecitas de color.
Te busqué en la lejanía,
creyendo que la distancia
fue la que nos separó.
Te busqué entre las arenas
de las playas del olvido,
donde las puestas de sol.
Te busqué y no hallé tu nombre
desdibujado con tiza
en medio de un corazón.
Te busqué
y, por buscarte,
fui yo la que se perdió.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/4zZmBeUc8aURMGJR