El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "Atrapado"

El relato del viernes: "Atrapado"

Atrapado

Arturo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Hacía más de una hora que se había separado de su hijo y la desesperación comenzaba a hacer mella en él. Se giró hacia la izquierda solo para encontrarse con un gran muro verde que se alzaba a su frente. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había encontrado en aquella misma situación. Por su mente pasó la fugaz idea de cómo puede cambiar la tesitura en la que te encuentras tan solo de un momento a otro. Lo que había comenzado como un apacible día en el que compartir tiempo con su hijo había mutado hasta convertirse en una auténtica pesadilla para él.

Todo había comenzado con risas y complicidad. Jorge, su hijo mayor, estaba encantado. Desde que había nacido el bebé casi no pasaba tiempo a solas con su padre y a Arturo se le había ocurrido la brillante idea de pasar aquella mañana de domingo los dos solos. Entre su trabajo y las demandas de atención del pequeño, apenas le quedaba tiempo para él. Lejos quedaban ya aquellas tardes de juegos en las que padre e hijo eran inseparables y Arturo las echaba de menos.

El día en que llegó a sus manos la publicidad de aquel lugar lo interpretó como una señal. Llevaba días tratando de encontrar alguna actividad diferente para realizar con Jorge, algo que se saliera de lo habitual, y aquella idea le pareció fantástica y divertida. De hecho, lo había sido hasta hacía unos minutos.

Fue él el que propuso el reto. Cuando tuvo aquella ocurrencia, le pareció que sería un plus para añadir un poquito más de diversión adicional a la mañana y, simplemente, siguió el impulso. Además, se sentía tan seguro de sí mismo que en ningún momento pensó que pudiera llegar a encontrarse en aquella coyuntura. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que aquello le pudiese ocurrir. Jorge se mostró entusiasmado cuando se lo sugirió, así que, sin dudarlo un segundo más, cada uno se encaminó hacia una dirección. El primero en llegar a la salida sería el ganador de una deliciosa hamburguesa doble con ración extra de queso a la hora de la comida.

Ahora no podía estar más arrepentido. Cada vez que tomaba la decisión de torcer por uno de los recodos de aquel lugar, se daba de bruces con otro muro insalvable que le obligaba a retroceder y tomar la dirección contraria para, en la siguiente encrucijada, volverse a equivocar. Se sentía atrapado en aquel entresijo de grandes y tupidos muros formados por una frondosa vegetación que, aunque al principio le habían parecido hermosos y acogedores, cada vez se le antojaban más amenazantes. Para colmo, no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrarse su hijo. La creciente ansiedad que sentía se lo estaba haciendo pasar realmente mal.

Después de varias vueltas y revueltas más, Arturo volvió a echar un vistazo al reloj que marcaba el tiempo que duraba su suplicio. Llevaba ya cerca de una hora y media dando rodeos por aquella monstruosa obra de arquitectura disfrazada de atracción infantil. A punto estaba ya de ponerse a dar voces cuando vio un pequeño cartel en un rincón. Apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la inscripción que aparecía en él: «salida de emergencia». Creyó volver a nacer cuando detectó una pequeña puerta camuflada entre la vegetación. La abrió con cuidado y traspasó el verde umbral, sudoroso y agitado por la angustia.

Su corazón recuperó su latido normal cuando, al fin, salió de aquella trampa. Enfrente de él, sentado en el suelo y con cara de aburrimiento, estaba su hijo Jorge. Lo observó hacer un gesto de incredulidad y de cansancio mientras se levantaba y se dirigía hacia él.

—Ya te vale, papá, estaba a punto de pedir que fueran a buscarte. Menos mal que era un laberinto para niños, que si no tenemos que llamar a los bomberos para que vengan a rescatarte. Anda, vámonos, que me parece que me debes una hamburguesa.

Arturo no pudo evitar sonreír y, tomando la mano que Jorge le ofrecía, le contestó:

—Pues sí, hijo, sí, vamos, que te la has ganado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1912192712298-atrapado

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “La noche rota”

Miércoles de poesía: “La noche rota”

La noche rota

Se nos rompió la noche
y estalló en mil pedazos de colores,
como fuegos de artificio
que surcaron la intimidad.
Fueron tus manos culpables,
que recorrieron mi cuerpo
tanto tiempo almidonado,
que navegaron mis mares
como experto capitán.
Brotaron los campos yermos
y las aguas del deshielo
desbordaron los pantanos
del autismo de los años,
plantaron cien mil semillas
en el valle del infierno,
que durante tanto tiempo
de dramática sequía
se había convertido en erial.
Se nos rompió la noche,
explotó hasta el universo,
nos quedamos los dos solos
y, con la noche ya rota,
no pudimos evitarlo
y nos volvimos a amar.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

La noche rota by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

Miércoles de poesía: “La vuelta”

Miércoles de poesía: “La vuelta”

La vuelta

Por qué vuelves,
preguntaste,
como si fuera preciso
un motivo al que volver.
Por qué vuelves,
repetiste,
perdiéndote en estos ojos
donde siempre ves llover.
Y me quedo sin palabras
al no saber responder
el motivo de mi vuelta
al hogar que en tu mirada
me aguarda desde mi niñez.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)