Reto literario: “Adiós, abuelo”

Reto literario: “Adiós, abuelo”

Adiós, abuelo

Hoy se ha ido el abuelo. Se ha marchado sin hacer apenas ruido, llevándose consigo el cofre donde guardábamos nuestros sueños. No supe ver el reloj que medía el tiempo que nos restaba juntos, que dejaba caer de manera serena, pero sin pausa, la arena blanca y suave de algún que otro verano perdido.

Hoy se ha ido el abuelo y solo él y yo sabemos cuánto le voy a echar de menos.

Ana Centellas. Mayo 2019. Derechos registrados.

Adiós, abuelo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

Microrrelato para el Reto escribir jugando del mes de mayo de nuestra compañera Lídia Castro, basado en la siguiente imagen

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“El cuadro” – Desafíos Literarios

“El cuadro” – Desafíos Literarios

El cuadro

Cuando lo vi, aquella soleada mañana de domingo, supe que tenía que ser mío. Me había levantado temprano, como solía ocurrirme a menudo desde hacía un tiempo. Lejos habían quedado ya las largas mañanas de colchón durante mis fines de semana, cuando el desayuno y el almuerzo se convertían en una única comida. Quedaron reservadas para los ya pasados tiempos de mi juventud y la desazón que me producía el hecho de saberme ya un adulto con responsabilidades me impedía malgastar un segundo de más en la cama.

Precisamente ese era el sentimiento predominante aquella mañana, sentado frente a mi taza de café y al periódico del día, que me hizo recordar los grandes tazones de leche con cacao que, humeantes, me preparaba mi madre cada mañana cuando aún era un niño con ilusiones. Creo que la palabra que podría encajar mejor en la definición de ese sentimiento sería añoranza. Una brutal añoranza del pasado se había apoderado de mí, poco a poco y a lo largo de los últimos años, cargando mi espalda como con un lastre que me hacía que me replegara un poco más sobre mí mismo cada mañana.

Decidí despejar las ideas saliendo a dar un paseo. Las callejuelas del centro de Madrid siempre habían tenido un extraño poder curativo en mí y la mañana, radiante en aquella espléndida primavera, resultaba muy propicia para ello. Mis pasos, al principio lentos por la rémora de la apatía, se fueron transformando en un ágil caminar según iba avanzando por las calles y estas se iban volviendo cada vez más estrechas a mi paso. Fueron esos resueltos pasos los que me llevaron, sin que lo hubiese planeado, al Rastro.

El bullicio y la algarabía que había en el lugar, que siempre me había resultado mágico y bohemio, terminaron de alcanzar el resultado esperado de mi caminata. Una muchedumbre animada caminaba por entre los puestos, observando, conversando, riendo. Las terrazas estaban repletas de personas que disfrutaban del magnífico sol, algunas aún con el primer café de la mañana, mientras que otras ya habían dado paso a la alegría y el placer de unas cañas compartidas.

Fue allí, entre la multitud, cuando lo vi. Estaba apoyado contra el lateral de uno de los tantos puestos de arte del mercadillo, podría decirse que casi dejado con descuido, y nadie parecía prestarle atención a su paso. A mí, sin embargo, me cautivó. El tiempo se detuvo durante unos instantes en los que dejó de llegar hasta mis oídos el bullicio del gentío. De pronto, me sentí transportado a otro tiempo y a otro lugar. Pude apreciar en mi nariz el aroma a campos de cereal recién segado, a pan recién hecho, a noches de calor, a la paja mojada tras una lluvia de verano, a infancia y felicidad.

Dirigí mis pasos hasta él para apreciarlo mejor. Aquel cuadro, sin que tuviera en apariencia nada de particular, había conseguido evocar en mí tales sensaciones que supe de inmediato que se vendría conmigo a casa. Deslicé los dedos por el rugoso lienzo, cubierto por aquellos colores tan cálidos, y fui capaz incluso de escuchar la dulce voz de mi abuela llamándome con cariño para comer.

Lo coloqué en un lugar de honor en mi dormitorio, aquel que hasta entonces había ocupado la pequeña televisión que trataba, sin lograrlo, de aportar una pizca de recreo a mis noches. Ahora, cada vez que me invade la añoranza, no tengo más que introducirme en ese extraño paisaje que, sin embargo, representa tanto para mí. En él está reflejada mi juventud.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1903180319162-el-cuadro

*Imagen tomada de la red (editada)

Mi jueves de poesía: “El día que me faltes”

Mi jueves de poesía: “El día que me faltes”

El día que me faltes

Recogeré tus abrazos
perdidos bajo las estrellas,
atesoraré tus besos
y los guardaré con esmero
en una cajita de tul,
iré recogiendo miradas
tuyas hacia el horizonte
y las mantendré ocultas
en el fondo de mis ojos,
donde me miraste tú.

Esconderé tus susurros
debajo de mi almohada,
me bañaré en tus suspiros
para mantener tu aliento
siempre pegado a mi piel,
me guardaré tus caricias
en un hueco de mi alma
y tatuaré tu sonrisa
en el centro de mi pecho
para que temple mi ser.

Así el día que me faltes
seguiré estando contigo
con solo abrir tus recuerdos,
con destapar tus caricias
y ponerle eco a tu voz,
para que no olvide nunca
que algún día fuimos uno,
que vivimos en un cuento
donde los protagonistas
éramos tú
y yo.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/Q3v5F1rgqq6qN6RY?ref=registered

*Imagen tomada de la red (editada)

“Declaración de guerra” – Poesía en Órbita

“Declaración de guerra” – Poesía en Órbita

Declaración de guerra

Hoy les voy a declarar
la guerra a mis sentimientos,
voy a presentarme ante ellos
con el traje de combate
y el cinturón apretado
cargado de munición.
Les lanzaré una granada
que los convierta en añicos,
que los haga volar alto,
destruirlos en pedazos
para que dejen de herirme
tan hondo en el corazón.
Erraron el enemigo
al atreverse a dañarme,
me creyeron rival fácil
solo porque hubo un tiempo
en el que bajé la guardia
y no les presté atención.
No preciso de trincheras
donde poder ocultarme,
voy a pecho descubierto
sin protegerme la espalda,
sin ocultar mi armamento
y repleta de valor.
Hoy les declaro la guerra,
que comience la batalla,
ya se acabaron las treguas,
ya no soporto el dolor.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/XChmQ6xLICZO2qqs?ref=registered

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“El paso” – Desafíos Literarios

“El paso” – Desafíos Literarios

El paso

Pasa cada día por delante de mí, ante mi mirada absorta que quisiera mantenerlo inmóvil, a mi lado, sin que, no obstante, pueda hacer nada por retenerlo. Todos mis esfuerzos han sido en vano, todas mis intenciones, todo el empeño dedicado para intentar detenerlo no han sido capaces de impedir que siga su avance sin tregua.

Quisiera poder declarar un armisticio en esta guerra enloquecida que mantengo con él, sentarme a su lado, comprender su silencio, descifrar el secreto que con tanto celo guarda, para llegar algún día a firmar una declaración de paz entre los dos. Sin embargo, él nunca se detiene, como si no tuviera el más mínimo interés en averiguar aquello de lo que sería capaz si en algún momento llegara a ponerse de mi parte.

Él solo continúa su paso, libre, y llega lejos, muy lejos. Mientras, mi mirada incrédula  y estéril ve cómo transcurren los minutos, las horas, los días, los años, los lustros incluso, sin que haya logrado ni el más mísero avance desde mi insignificante y desvalido punto de partida.

Aun así, nunca he cejado en mi empeño. He librado con fragor una batalla que, en mi indudable inocencia, desconocía que ya estaba de antemano perdida. Ahora que el agotamiento ha ganado el pulso a los sudores vertidos por mi frente, creo que ha llegado el momento de dar por perdida esta contienda a todas luces falta de sentido.

Hincaré una rodilla en el polvo del camino recorrido y, a pesar de mis denuedos, izaré a un lugar bien alto la bandera blanca de mi rendición y la haré ondear al viento. Nunca, jamás, debí luchar contra el paso del tiempo.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/lczD9JZT7FmCviRV

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Los sueños que nos robaron” – El Poder de las Letras

“Los sueños que nos robaron” – El Poder de las Letras

Los sueños que nos robaron

Qué habrá sido de los sueños que tuvimos algún día, aquellos que nos llenaron alguna vez de ilusión. Quizá fue que los perdimos a lo largo del camino, o quizá nos los robaron sin pedirnos ni permiso, sin que nos diéramos cuenta, sin saber que de aquel modo no volveríamos a soñar.

Cuando la añoranza muerde recordando aquellos sueños y nos pilla casi siempre acodados en un bar, a mí me gusta imaginarlos en los sueños de otras gentes, ilusionando la vida de alguien que no soy yo. No quiero pensar en ellos ni muertos ni destrozados, enterrados con desgana en el margen olvidado de alguna cuneta estéril, cubierta de grava y polvo, de una triste y solitaria carretera comarcal. Prefiero pensarlos vivos, aunque sea en mis recuerdos, felices y ya cumplidos, imaginar que sea esa la causa que ha provocado mi incapacidad de soñar.

Y sin sueños aún sonrío, mientras me ahogo en mi copa rellena de soledad. Sonrío y, mientras lo hago, embriago conmigo a la esperanza de que  aún tengan alguna oportunidad los sueños que nos robaron a punta de decepción.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/tfw9jDaoHkFZe6ni?ref=registered

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

Bajo la luz del candil

Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.

La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.

Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.

A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

Bajo la luz del candil by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)