El relato del viernes: “Donde el tiempo fue”

El relato del viernes: “Donde el tiempo fue”
Fuente: Pixabay

Donde el tiempo fue

Dicen que existe un hilo rojo que, aunque sea invisible a nuestros ojos, nos conecta con una persona especial que está destinada a nosotros, nuestra alma gemela. No sé si será cierto o no, porque yo aún no he encontrado a esa persona que vuelva del revés mis días y acelere mi corazón de tal manera que no quiera perderme nunca más un amanecer a su lado. En mi caso, pienso que, de existir ese hilo rojo, estaría, sin duda, conectado con un lugar. Porque a las personas no, pero hay lugares a los que pertenecemos para siempre.

A este lugar especial no me guió ningún hilo rojo, sino la blanca línea continua de una carretera comarcal. Es más, me llevó el viejo Seat 127 de mi padre, al que nosotros llamábamos coche con mayúsculas y que recorría más problemas que kilómetros, pero en cuyo interior éramos una familia, sin más. Después de varias horas de renqueante traqueteo y varias casetes de dudosa calidad, arriesgando la vida sin cinturones de seguridad y sin tan siquiera un mísero espejo retrovisor derecho, llegábamos a aquel lugar donde el tiempo parecía detenerse. Aislado entre las montañas de una cordillera ibérica cualquiera, al abrigo de las encinas y de los olivos, aparecía, tímido y recóndito, el que, para mí, era el pueblo más bonito del mundo.

Allí me recibían los abuelos, con esa familiar naturalidad que a punto estaba de romperte una costilla o de arrancarte un moflete. Me recibía la vieja casona, que escondía tantos secretos y misterios como daba de sí mi intensa imaginación infantil. En especial, la troje, aquel lugar que yo creía plagado de fantasmas y que, con el tiempo, descubrí que no contenía más que los recuerdos de vidas que no conocí. Y me recibía el vasto campo, que insuflaba en mis pulmones tal cantidad de oxígeno a la que no estaba acostumbrado y que me tenía tosiendo durante horas.

Aquel lugar olía a leña en invierno y a botijo de agua fresca en verano. Se respiraba el pan y los dulces recién salidos de una sartén. Olía a amistad y a buenos momentos, a río y a hogar. Las redes sociales se tejían sobre una hamaca en el medio de la calle y no hacía falta dar ningún like para que todos supieran que estábamos enamorados. Los días se estiraban como si fueran de goma y las noches llegaban hasta las estrellas. Aquel lugar era donde podías quitarte los disfraces, corazas y máscaras, y ser. Solo ser. Tú.

Ahora regreso y aún me parece escuchar la voz de la abuela llamándonos a la mesa porque ya está listo el puchero y los rezongos del abuelo cuando lo despertábamos de la siesta. Aún puedo saborear el primer beso y masticar la pulpa de la verdadera amistad. Allí vuelvo a ser un niño con pantalones cortos y raspones en las rodillas, sin achaques ni problemas, cargado de sueños. Allí el tiempo se detiene y no existe nada más.

Regreso y vuelvo a pertenecer al pueblo, así como él me pertenece, porque el uno jamás sería el mismo sin el otro. Unidos por el destino o por un vulgar hilo rojo. Como sea, yo siempre regreso a ese lugar donde puedo, simplemente, ser; donde el tiempo, simplemente, fue.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La marioneta”

El relato del viernes: “La marioneta”
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La marioneta

El día de su vigésimo cumpleaños, Virginia recibió un regalo inesperado. No era gran cosa, ni siquiera era algo que le hubiese hecho ilusión tener antes de aquel día, pero que, por alguna extraña razón, le encantó y lo recibió como el mejor de los presentes que le podían haber entregado para celebrar su nuevo inicio de década.

Venía dentro de una hermosa cajita de vivos colores, no demasiado grande, pero sí lo suficientemente llamativa para que desde un principio captase su atención. En su interior, cuidadosamente envuelto en delicadas hojas de papel de seda de diferentes tonos pastel, apareció lo que, a primera vista, parecía un muñeco. Virginia lo observó con curiosidad antes de tomarlo entre sus manos con suma delicadeza. Era de madera, cuidadosamente tallada, y las redondeces de sus formas invitaban a acariciarlo. Cubrían su cuerpo unos exquisitos ropajes que, por su tacto, debían de estar elaborados con lujosas sedas del más Lejano Oriente. Pero lo que más llamó la atención de Virginia fue su rostro. Parecía estar pintado a mano y reflejaba una expresión de felicidad tan plena que casi daba envidia contemplarlo.

De los brazos y de las piernas del fascinante muñeco, así como de su cabeza, surgían unos hilos tan finos que a punto estaban de alcanzar la transparencia. Todos ellos se unían en una bella cruceta de madera que, también, parecía estar tallada a mano, con unos intrincados relieves que no hacían sino sumar majestuosidad al conjunto. Era una marioneta, sí, pero la más hermosa que jamás se hubiera podido imaginar.

Sin embargo, lo que más despertó la ilusión en Virginia fue el hecho de que nunca había tenido una en sus manos. Había asistido, en varias ocasiones, a divertidas representaciones de títeres y marionetas, pero siempre las había visto desde la distancia. Nunca había tenido la oportunidad de manejar aquellos hilos mágicos que parecían dotar de vida a los muñecos. Y le parecía maravilloso poder crear un personaje que casi cobraba vida bajo sus manos.

Durante un tiempo, Virginia pasaba casi todos sus ratos libres con su marioneta, ideando historias para ella que, después, representaba para todo aquel que las quisiese disfrutar. Sin embargo, pronto se cansó de dar rienda suelta a su creatividad y comenzó a disfrutar más del hecho de poder manejar al muñeco a su antojo. Se regocijaba viendo cómo el pobre pelele hacía todo cuanto a ella se le encaprichase, desde darse cabezazos contra la pared hasta adoptar las posturas más ridículas que pasaban por su imaginación. Pasó de convertirse en su compañero de cuentos a ser su bufón particular y las carcajadas de Virginia ante la pusilanimidad de este eran tan estridentes que se llegaban a escuchar por todos los vecinos de su edificio.

Una mañana, al despertar, Virginia se encontraba cabizbaja. Tanto era así que, por más que lo intentaba, no lograba enderezar la cabeza y su estado de ánimo había caído por los suelos. Se puso la ropa como un autómata, preparó su desayuno y se dispuso a dar comienzo a su rutina diaria. Sin ser consciente de ello, se dirigió a su puesto de trabajo, acató sin rechistar todas las órdenes que recibió aquel día, comió con sus compañeros en el restaurante de moda y, al salir del trabajo, compró en el supermercado aquel lavavajillas tan extraordinario que había visto en un anuncio de televisión la noche anterior. Cuando estaba a punto de regresar a casa, deseosa de descansar un rato y desconectar viendo el reality que seguían todos sus amigos, sus ojos se abrieron de una forma exorbitante. Parecía como si alguien tirase con fuerza de sus párpados y, como por arte de magia, logró apreciar algo que hasta entonces le había pasado por completo desapercibido.

La gente caminaba a su alrededor con las mismas prisas de siempre, pero ahora podía apreciar cómo unos delgados hilos sostenían brazos, piernas y cabeza de cada persona, guiándolos en sus pasos. Sorprendida y, a la vez, asustada, Virginia elevó un brazo y lo observó con una atención que nunca antes había prestado. Anudado con una fuerte lazada, un ligero filamento partía de él para perderse de vista a varios metros de altura. Semejantes hilos estaban amarrados a sus piernas.

El pánico se apoderó de ella al comprobar la dura realidad a la que llevaba tiempo enfrentándose sin tener plena consciencia de ella. Probablemente, toda su vida. Subió los escalones de dos en dos y, tras encerrarse en su casa, se dirigió presurosa a su habitación para tomar a su marioneta entre sus brazos. Las lágrimas salieron a raudales mientras, abrazada a ella, solo conseguía preguntar:

—Yo te manejo a ti, pero ¿quién lo está haciendo conmigo?

Las lágrimas duraron lo que tardó en tomar la determinación de cortar sus propios hilos y, tras pedirle perdón a su marioneta, Virginia respiró, por primera vez en la vida, por su propia voluntad.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Como el tiempo”

El relato del viernes: “Como el tiempo”
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Como el tiempo

Paula observaba a través de la ventana de su habitación cómo unas gruesas nubes negras iban cubriendo el cielo, permitiendo solo traspasar a los últimos reductos de luz de un sol que ya había desaparecido tras las bambalinas que ocultaban aquel hermoso telón gris. Eran hermosas, sí, pero dentro de su belleza asomaba implícita una amenaza que parecía cernirse sobre la ciudad. En tan solo unos minutos, el cielo se había encapotado por completo, cubriendo de negro un día que hasta aquel mismo instante pretendía haber sido radiante.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo en el mismo momento en que las nubes cubrían el último resquicio de sol, que desapareció de su vista en apenas un parpadeo. Fue un estremecimiento que transitó a lo largo de su espina dorsal en un viaje ascendente, hasta que llegó a la misma coronilla y descargó un denso nubarrón que parecía decidido firmemente a quedarse allí instalado.

A Paula se le nubló la mente igual que lo había hecho el día, una vez más, sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Ni siquiera fue consciente de ello. Solo se dedicó a seguir mirando a través del cristal de su ventana, que comenzaba a enturbiarse con las primeras gotas de lluvia en caer sobre la ciudad. Curioso espectáculo, pensó en su ingenua inocencia, que no recordaba haber presenciado antes. Con los ojos bien abiertos, contemplaba cómo las gotas golpeaban ya con fuerza el ventanal y dirigió una mano temblorosa hacia ellas. Su expresión de asombro hubiese maravillado a cualquiera, a excepción de a Arturo que, en ese momento, entraba en la habitación.

La sonrisa que Arturo portaba al adentrarse en el dormitorio fue sustituida de golpe por una expresión situada a medio camino entre la decepción y la más profunda de las tristezas. Apretó los puños en señal de impotencia, realizó tres respiraciones profundas y se obligó a recomponer su mejor expresión amable. A punto estuvo de decirle algo a Paula, pero algo le detuvo.

El aguacero fue tan intenso como breve y, conforme la última gota de lluvia se deslizaba frente a la atenta mirada de Paula, un rayo de sol se abrió camino entre las nubes y un brillante arcoíris se dibujó en el cielo. En apenas unos segundos, aquellas nubes que tan  amenazadoras se habían mostrado unos instantes atrás, comenzaron a disolverse para dar paso de nuevo a una soleada tarde de verano. Y conforme se iban dispersando, la nube que con tanto ahínco se había alojado en la cabeza de Paula hizo una graciosa cabriola y voló.

Arturo respiró tranquilo al reconocer en los ojos de su compañera de vida la misma mirada clara y brillante que la había acompañado desde su juventud. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de ella al verle y, sin mediar palabra, ambos se fundieron en un reconfortante abrazo que les almidonó el alma y les caldeó el corazón.

Al fin, Arturo se atrevió a romper el silencio que hasta entonces los había acompañado:

—¿Qué tal estás, vida mía?

—Pues ya ves, cariño, como el tiempo. Como el tiempo…

Ana Centellas. Septiembre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”

El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”
Fuente: Pixabay

Bajo la niebla

Sergio y Sofía habían decidido pasar un fin de semana de aventuras, romántico, sin niños. Una escapada a plena naturaleza, que tanto les gustaba a los dos. Compraron una flamante tienda de campaña y el viernes por la tarde se despidieron con cariño de Tomás y Andrea, sus dos pequeños, que habían dejado con sus abuelos mientras durase la escapada.


Llevaban semanas planificando el viaje, el lugar al que irían, las rutas que querían hacer… Todo estaba organizado a la perfección. Así era Sergio, planificador a más no poder, no podía faltar un detalle. Sofía era más aventurera, le gustaba salir sin un rumbo fijo y acampar en el lugar que les pareciese más bonito, que más les llamase la atención, sin tener nada preparado con antelación. Esta vez había ganado Sergio, tenía unas más que abundantes dotes convincentes, debido a su trabajo de comercial. Así que Sofía no pudo más que claudicar y rendirse a la evidencia de que Sergio tenía razón. Ir sin ninguna planificación podía resultar incluso peligroso.


Guardaron en sus grandes mochilas todo lo necesario. Cargaron en su flamante todoterreno la tienda de campaña y pusieron rumbo al lago que Sergio había seleccionado. Llegaron casi al anochecer, tuvieron que montar la tienda alumbrados por el candil, y terminaron tan rendidos que cenaron unos sándwiches dentro de la tienda y cada uno se fue a su saco a dormir.


La mañana amaneció gris, como anunciando un mal presagio, cosa que sólo presintió Sofía, mientras Sergio preparaba el desayuno. El lago apenas se veía, cubierto por una neblina espesa que a Sofía se le antojó hasta tétrica. Aún así, iniciaron su excursión, ya que el móvil de última generación de Sergio no anunciaba lluvia para esa zona, es más, anunciaba un tiempo radiante. A pesar de los temores de Sofía, la excursión transcurrió sin incidentes. Diez kilómetros de ruta bosque a través, parada para comer en un claro del bosque, y otros diez kilómetros de vuelta hasta el lago.


Cuando llegaron al lago, dispusieron todas las cosas para mantener una cena romántica, hacía tiempo que no podían disfrutar de algo así, y en la mirada de ambos se podía descifrar el deseo contenido de tantas noches de cama ocupada por los pequeños. La niebla sobre el lago se había convertido en aún más densa. Pero a esas alturas a ninguno de los dos les importaba. Sofía, a espaldas de Sergio, fingiendo dar un paseo antes de desayunar, había escondido entre unos matorrales cercanos al lago un regalo especial para él.


Tras la cena, y varias copas de vino, estaban los dos bastante animados. Sofía se levantó insinuante y le comunicó a Sergio que en seguida volvía. Sergio rápidamente le perdió de vista, la oscuridad de la noche era total, no había ninguna luna que alumbrase el cielo y la niebla densa que había sobre el lago no le permitían ver más allá de lo que alumbraba la luz de la pequeña hoguera que habian preparado. No obstante, Sofía se había adentrado en las profundidades de la maleza sin ningún tipo de luz.


Tardó bastante tiempo en regresar y Sergio estaba ya visiblemente inquieto. Hasta que por fin le vio, caminando lentamente por la oscuridad tarareando una siniestra canción. No pudo por menos que poner una cara de espanto en cuanto le vio a la luz de la hoguera. El precioso vestido blanco que se había puesto para la romántica cena, lucía desgarrado y cubierto de sangre. Tenía unos extraños arañazos por la cara y el pecho y su expresión era totalmente ausente. Continuaba tarareando aquella maldita canción. Después del shock inicial, Sergio se levantó de golpe y fue corriendo hacia ella, a abrazarle, a darle su cariño y protección. Pero la mirada de ella se volvió voraz, y Sergio detuvo enseguida su acercamiento. ¿Qué demonios estaba pasando alli? ¿Qué le había pasado a su alegre y vital mujer?


– ¿Qué ha pasado vida mía? – se atrevió a preguntarle. Ella esbozó una sonrisa que a Sergio se le antojó un tanto sádica.


– La criatura del lago me ha hablado. Debemos ir con ella cuanto antes. – y le ofreció una de sus ensangrentadas manos, una mano huesuda que no reconoció como la de su propia mujer.


– Pero, ¿qué estás diciendo Sofia? ¿Acaso te has vuelto loca? – pero la expresión de ella era cada vez más y más infrahumana.


– Apura, Sergio, la criatura del lago nos espera y no debemos hacer que se moleste.


Ante la resistencia que él puso, una fuerza hasta entonces desconocida en Sofía, casi casi sobrenatural, emergió de ella, arrastrándole hacia la densa niebla la que cubría el lago sin ningún tipo de conmiseración. El agua, lejos de ser cristalina como había pensado en un principio, era un nauseabundo cenagal que amenazaba con tragárselo por completo. Enloqueció completamente cuando vio emerger de la ciénaga al ser más horripilante que jamás había podido imaginar. Vio cómo Sofía se entregaba a él sin restricciones, le arrancaba el corazón con una facilidad pasmosa y vio desaparecer a su amada en las profundidades del lago sin poder hacer nada por evitarlo. Ningún sonido salió de la garganta de Sofía. Posteriormente, se abalanzó sobre él y repitió el mismo proceso, retumbando en el valle un alarido de dolor.

Cuentan los ancianos del lugar que en las noches de luna nueva como aquella, aún se pueden escuchar los gemidos del amante que no pudo hacer nada por salvar a su chica, mientras una hoguera que nadie ha prendido, ilumina un precioso mantel a cuadros y dos copas de vino.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos reservados.

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El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”
Fuente: Pixabay (editada)

A las puertas del cielo

La esperó delante de la puerta que daba paso a los bellos jardines con los que siempre había soñado que estaría vestido el paraíso. Se trataba un hermoso portón de hierro forjado que daba paso a unas amplias extensiones de parterres cubiertos por el césped más brillante que había visto nunca, salteado por enormes y frondosos árboles que proporcionaban una fresca sombra y ramilletes de flores de los más vistosos colores que nacían por doquier, sin orden ni concierto aparente. Hasta él llegaba un cóctel de aromas tan delicioso que deseó que ella no tardase demasiado para poder internarse en aquel maravilloso lugar donde poder dar un romántico paseo tomados de la mano, como cuando eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que tampoco le importaba. Se encontraba en la gloria y lo único que quería era regodearse en aquella maravillosa sensación que le embaucaba por completo. Nunca antes se había sentido tan sereno, la temperatura era de lo más agradable e incluso le habían desaparecido los dolores que desde hacía tiempo aquejaban a sus huesos. Nada importaba ya el hecho de encontrarse de pronto, sin explicación aparente, ante aquel majestuoso lugar que invitaba al sosiego de aquella manera.

Hacía tan solo unos minutos que se había separado de ella, pero la impaciencia le estaba matando. Eso era algo que sí le había llamado la atención. No comprendía por qué, estando juntos, no le había acompañado hasta aquel lugar y, en cambio, le había pedido que la esperase. Con casi total seguridad habría querido arreglarse un poco para la ocasión. Ella era tan coqueta. Siempre lo había sido. Evocó su mirada de hacía tan solo unos instantes, tan cerca de su rostro, con aquellos ojos suyos tan expresivos del color de las avellanas, mirándole con ternura mientras le hablaba, a la par que le acariciaba el rostro. Se le habían formado aquellas decenas de arruguitas tan graciosas en torno a los ojos que tanto le gustaban mientras le susurraba con cariño:

—Espérame, mi amor. Me reuniré contigo. Te lo prometo.

Y allí estaba, esperando frente a la puerta sin atreverse a traspasarla sin ella, deseando que llegase para poder disfrutar de aquel bucólico ambiente a solas.

Un sutil movimiento llamó su atención y reparó, por primera vez desde que había llegado, en un anciano de barba blanca y largos cabellos también cubiertos de canas, con aspecto bondadoso, que, sin embargo, le miraba con gesto impaciente. Sintió de pronto como si su presencia allí fuese una molestia, a pesar de que nadie le había advertido de que no pudiese permanecer en aquel lugar ni hubiese hecho ningún ruido molesto. Se acercó hasta él con gesto interrogante, mirándole de arriba abajo, por completo maravillado por su porte indulgente.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo más ahí afuera, Germán? Aunque no lo creas, no puedo estar esperándote aquí durante toda la eternidad. Si no estás satisfecho con el destino que se te ha asignado, siempre podemos hablar con el jefe —. La voz profunda del anciano le sobresaltó. Parecía proceder de todas partes y de ninguna a la vez, y aquel abuelo de amigable aspecto apenas se había limitado a realizar un ligero movimiento de labios. Se sorprendió de que conociese su nombre. Que él supiera, no habían sido presentados.

—Solo estoy esperando a Margarita, mi esposa. Debe de estar al llegar. Ella nunca se retrasa y no llevo aquí más de cinco minutos.

—¿Cinco minutos, Germán? —se carcajeó el anciano, provocando que el suelo temblara como un flan bajo sus pies. Ahora que se fijaba, parecía estar cubierto por algún tipo de material acolchado—. Llevas esperando a las puertas del cielo desde hace ya tres años. No tengas prisa por reunirte con Margarita, ella tardará un tiempo todavía en llegar. Anda… pasa… Claro, que si prefieres que te acompañe al sótano…

Con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, Germán asintió con un leve movimiento de cabeza y se deslizó, como flotando en una nube, hasta traspasar la bonita puerta forjada.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”
Fuente: Pixabay (editada)

A escasos milímetros

Paseas con suavidad tu dedo por mis labios entreabiertos, acariciándolos, quemándolos con la yema de tu pulgar, mientras veo cómo te acercas a ellos hasta quedarte a escasos milímetros. Siento tu aliento recorrer mi piel, mi boca, adentrarse en mi interior y la flama que provocas en mí sería suficiente para hacer arder este maldito cuarto que nos cobija.

Te mantienes ahí, distante, provocándome, haciéndome sufrir con la intensidad de tu mirada, con la calidez húmeda de tu aliento insolente y con la exquisitez del danzar de tu dedo por mis labios. Me quedo sin resuello con la mirada perdida en la lejana cercanía de tu boca, anhelando ese beso, lento y profundo, que sé que no llegará. Aún no.

Acabas de convertirnos en un juego, lo sé. Uno que solo finalizará cuando uno de los dos pierda la partida, cuando se rinda a la evidencia del deseo que nos urge a ambos desde que nuestras manos se rozaron hace unos instantes y prendió la chispa incendiaria que ahora amenaza con quemarnos juntos. Un juego en el que, tal vez, lleve todas las de perder. O no.

Y tú sigues manteniéndote ahí, en el mismo punto exacto, a escasos milímetros de mi boca, sin terminar de recorrer la distancia que nos llevaría a arder de inmediato. Y tu pulgar sigue ahí, rozándome los labios, mientras mi respiración convulsiona a cada segundo que pasa y los primeros gemidos de anticipación salen huérfanos al silencio de la noche fría.

Mis fuerzas flaquean, cierro los ojos y dudo si rendirme o hacerte creer que me has vencido. Mi lengua toma la decisión por mí, ambigua, y se escapa de mi cavidad bucal para salir al encuentro de tu dedo, ansiosa por recorrerlo, humedecerlo, succionarlo. Y yo, rendida por completo, dejo volar mi imaginación al compás de mis gemidos hacia otras zonas de tu cuerpo que me gustaría recorrer con la lengua con más fruición que tu pícaro dedo.

A escasos milímetros de tu boca el aire quema, el sonido baila, los cuerpos se hacen agua y la imaginación resbala.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

A través de las rejas

Vivía en el balcón de enfrente. Cerca, muy cerca. La callejuela que nos separaba era tan estrecha que casi podíamos tocarnos las manos. Pero jamás lo hicimos. Las rejas de nuestros balcones siempre estuvieron ahí, impidiendo el contacto.

Yo lo ansiaba tanto como ella, desde niños. Regresaba del colegio con la ilusión de verla aparecer en el pequeño balcón. Allí estaba ella, siempre. Jugábamos mucho juntos, en la distancia que nos mantenía separados, pero también hablábamos mucho. Para cuando cumplimos los quince ya sabíamos todo el uno del otro y, sin embargo, no habíamos estado juntos jamás.

Esa amistad de balcón de nuestra niñez fue dando paso al amor sin que apenas lo notásemos. Volaban los te quieros entre los balcones, estirábamos los brazos todo lo que podíamos para poder sentir el contacto del uno con el otro. Sin embargo, nunca llegamos a hacerlo.

Éramos demasiado jóvenes para tener libertad y demasiado adultos para reconocer lo que queríamos. Durante todo este tiempo, nunca habíamos coincidido fuera del balcón. Yo moría por darle un beso. Ella, por recibirlo. En nuestra ingenuidad de adolescentes enamorados, pensábamos que un día aquellas verjas que nos separaban dejarían de estar allí, que podríamos fundirnos en un gran abrazo, unirnos en un beso y sentir el dulce contacto de piel contra piel. No podíamos estar más equivocados. El destino nos tenía preparado algo por completo diferente.

Una mañana, ella ya no se asomó al balcón. Estuve todo el día esperándola, deseando verla aparecer entre los barrotes que nos aprisionaban a ambos, muriendo por vomitar todo el amor que sentía dentro de mí. Sin embargo, ella no apareció. Ni ese día, ni los siguientes. Llegué a pasar noches enteras en vela asomado a mi pequeño balcón, sin entender qué ocurría, por qué ella había desaparecido de aquella manera. Mi alma se volvió taciturna, me encerraba en mi cuarto a escribir versos por ese amor perdido sin ni siquiera saber el motivo. Fue durante esa temporada cuando escribí mi primer poemario y elegí el que sería mi estilo de vida.

Cuando cumplí los dieciocho, yo era un muchacho bohemio, entristecido, carente de amistades. Dejé todo de lado por la poesía, encerrado en mi cuarto, a menudo apoyado en los barrotes que siempre me separaron de ella, a menudo buscando volver a verla aparecer en aquel  lindo balcón de la casa de enfrente. Dejé crecer mi pelo, mi barba, vivía de recitar poesía por entre los bares de la ciudad.

Aún no sé por qué tardé tanto en reunir el valor suficiente para preguntar por ella. Ya había cumplido los veinticinco y era un alma libre, un simple poeta sin grandes pretensiones que ahogaba sus males de amor en vasos de alcohol y mujeres de mala fama. Me creí curado de su ausencia. Puede que fuese ese el detonante para que me decidiese a acudir hasta su casa y preguntar por ella.

La respuesta que recibí, seca y cortante, como si no aceptaran a aquel joven de aspecto descuidado que se había presentado un día cualquiera en la puerta de aquella casa para preguntar por el pasado, me dejó un sabor agridulce. En menos de quince segundos aquella puerta ya se había cerrado ante mí. Agrio por el destino que había corrido mi amada pero dulce porque había quedado una puerta abierta a mi esperanza.

Removí cielo y tierra hasta que la encontré, pero lo hice. No hay nada como la esperanza y la ilusión para volverse fuerte como un guerrero. Llegué hasta aquella nueva puerta con una nueva energía bullendo en mi interior, pero ni siquiera llegó a abrirse. Solo una pequeña rendija a media altura me mostró unos ojos severos que me escrutaban con frialdad y, con una respuesta tajante, se cerró delante de mí sin siquiera esperarlo.

Ahora vivo frente a aquella puerta. Salen y entran muchas personas al cabo del día, pero nunca es ella. No importa. Las noches son nuestras. Cuando ya es bien entrada la noche y todo el mundo en el barrio duerme, una pequeña ventana de la planta baja, que da a un oscuro callejón por donde nunca pasa casi nadie, se abre para mí. Y cada noche aparece frente a mí el rostro angelical que tanto recordaba, nuestras manos se unen a través de las rejas y, de vez en cuando, un casto beso en los labios reconforta mis ansias de tenerla entre mis brazos. Una última mirada lo dice todo entre nosotros cada noche cuando ella regresa a la intimidad de su cuarto, mientras vuelve a cubrirse la cabeza con el hábito.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”

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Nueva vida

Paseando bajo la lluvia por las angostas callejuelas empedradas de mi pueblo, voy poco a poco siendo consciente de la gran riqueza que tengo. La lluvia cae con fuerza, arrastrando con su ímpetu cualquier rastro de añoranza que hubiera podido quedar escondido dentro de mí. Me encanta cuando llueve aquí, en el pueblo, y yo suelo salir a recorrer las calles, empapándome de la naturaleza que Zeus, de manera generosa, me envía cual regalo divino, para limpiarme y liberarme.

Son las ocho de la tarde, aún es temprano, pero ya no se ve un alma por las calles que, al contacto con el agua, se vuelven peligrosas y resbaladizas. Solo yo, transeúnte solitario de unas callejuelas despobladas, se atreve a salir a disfrutar de la lluvia cadenciosa que me va empapando poco a poco. Hasta los animales están reguardados de la lluvia. El humo de las chimeneas inunda el ambiente, consiguiendo una mezcla de olores inconfundible y maravillosa que llena de goce mis sentidos, el bucólico olor de la lluvia y el hogareño olor de la leña.

Las luces de las casas están encendidas. En aquella ventana que veo al fondo está la señora Emilia, la de la panadería, refugiada casi con total seguridad en un buen libro al abrigo de la chimenea. La ventana que tengo ahora mismo a mi derecha es la casa de Marquitos y Ezequiel, dos de mis mejores alumnos, que seguro que a estas horas ya han terminado sus tareas y estarán pasando un rato divertido jugando a la consola. En aquella de allí, estará la señora María, la de la tienda, preparando ya la cena para su esposo, Manuel, el del bar, y sus dos hijos, Sara y Jorge, también alumnos míos.

Continúo mi caminar bajo la lluvia, dejándome calar hasta los huesos, hasta llegar a la casa de Julia, justo al lado de la plaza. Las luces encendidas y la chimenea echando humo me hacen saber que allí está ella, resguardada del frío y la lluvia, seguro que con una taza de té entre las manos. Me imagino a mí mismo tocando a su puerta, diciéndole al oído de una vez por todas lo que siento por ella y besando sus jugosos labios por primera vez, dulces, tentadores, hipnotizantes. Pero una vez más paso de largo, cobarde, estúpido, buscando el resguardo de mi pequeña casita de piedra, huyendo de la vergüenza que me produce mi propia falta de arrojo.

Calado hasta los huesos, con una mezcla de paz e intranquilidad en mi interior, me cambio de ropa y me acerco a la chimenea, dejando que el calor vaya llenando mi interior y que el crepitar de las llamas me termine de infundir la calma que necesita mi encaprichado corazón.

Recuerdo con pesar la decepción que me llevé cuando, en el concurso de traslados, me destinaron a este pequeño pueblo perdido de la mano de dios. Yo estaba acostumbrado al bullicio de la gran ciudad, a las salidas nocturnas, a las prisas cotidianas, a las clases multitudinarias. Me gustaba salir a pasear bajo la lluvia, al igual que he hecho hoy, a empaparme de su frescura, hipnotizado por el sonido del tráfico de coches deslizándose sobre el asfalto mojado, refugiado en mi anonimato, inadvertido para el resto de la gente. Qué poco sabía yo en aquellos momentos de lo que era vivir, de lo que era gozar de una pequeña vecindad donde todos somos familia, donde cada uno conoce a los demás de tal manera que, con una simple mirada, todos saben cuándo no estás pasando por tu mejor momento y se vuelcan en ti de manera incondicional.

Ahora doy gracias por ello, por mi gran chimenea y me pequeña cocina de gas, por mi bonito patio al que salir en las calurosas noches de agosto y por despertar escuchando los pájaros que, remolones, me anuncian que llega el momento de ir a mi pequeña escuela, mi otro hogar. Y reconozco que aquí la lluvia no huele igual.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”

El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”
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Me pareció haber visto un lindo gatito

Hace unos días, durante unos de mis paseos nocturnos, me pareció ver un pequeño gatito negro acurrucado en el arcén de la carretera. Me gusta mucho salir a dar paseos por la carretera, vivo en un pueblecito pequeño y es normal salir a pasear sobre el asfalto, rodeados de naturaleza, sobre todo en verano. Aquel día vi a aquel pequeño gato, parecía asustado, así que lo acogí en mi regazo y, tras comprobar que no tenía collar alguno, decidí llevarlo a casa.

Al principio parecía asustado, pero según fueron pasando los días fue cogiendo confianza conmigo, agradecido por los mimos que le hacía y la comida que con tanto amor le entregaba. Siempre he sentido pasión por los animales y, como me encontraba sola, pensé que aquel pequeño gatito podría hacerme la compañía que tanto necesitaba.

Los primeros días con él fueron maravillosos. Le compré una camita, una cajita de arena y dos comederos, uno para la comida y el otro para el agua. A pesar de ello, Frankie, que fue el nombre que le puse, prefería venir a dormir conmigo a la cama, acurrucado a mis pies.

Yo estaba encantada. Cada vez que llegaba a casa, venía en mi busca, zalamero. Encontré el compañero perfecto que llenaba mis momentos de soledad.

Pero una noche, todo aquello cambió. Frankie, sin saber por qué, dejó de venir a dormir conmigo y prefería quedarse en su camita. Yo lo interpreté como un signo de independencia y tampoco le di mayor importancia. Tampoco salía a recibirme cuando llegaba a casa, y eso me extrañó bastante más. No comprendía a qué se debía aquella forma de comportarse tan huraña.

Pasaron unos días y, una noche próxima a la luna llena, yo dormía plácidamente en mi mullida cama. Algo me sobresaltó dentro de mi sueño, aunque no sabría precisar qué fue. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la imagen de Frankie caminando hacia mí en la oscuridad. Podía distinguirlo con total claridad, gracias a unas rendijas de luz que se colaban por los agujeros de la persiana.

Su imagen, siempre tan adorable, había cambiado de manera radical. Venía hacia mí amenazante, con los ojos verdes inyectados por la ira, el pelo por completo revuelto y las garras afiladas sobresaliendo de sus pequeñas pezuñas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo entero, pero apenas duró un segundo, pues Frankie, con pasmosa habilidad, recobró su cariñosa imagen habitual y se alejó con parsimonia de mi habitación, no sin antes girar la cabeza y dirigirme una mirada entre tenebrosa y desafiante. Fui por completo incapaz de volver a dormir aquella noche.

Las noches siguientes fueron igual. Por mucho que tardase en conciliar el sueño, cuando al final caía rendida por el cansancio, el amenazante Frankie volvía a despertarme avanzando hacia mí, para después regresar por el mismo lugar por el que había venido.

La noche del plenilunio, aterrada ya por Frankie pero incapaz de echarle de mi casa, cuando desperté, allí estaba él. Su pose era soberbia, altiva y en exceso amenazante. Los grandes ojos verdes brillaban en la oscuridad llenos de maldad, esa era la palabra más adecuada para describirlos. El pelo erizado, que yo siempre cepillaba cada día, le confería un aspecto espeluznante. Y las garras, como siempre, mostraban unas largas y afiladas uñas. Pensé que volvería a su lugar, como las noches anteriores, pero nada más alejado de lo que ocurrió.

Frankie, con un habilidoso salto, recorrió de un tirón la distancia que le separaba de mí y se encaramó sobre cuerpo. Mi cara de espanto se reflejaba en sus malditos ojos verdes. Un fuerte zarpazo atravesó mi rostro, desde la frente hasta la barbilla. Fue entonces cuando descubrí el gran poder de su mente, pues se introdujo en la mía de una forma alta y clara, que no dejaba lugar a dudas:

—¿Me tienes miedo? Haces bien en tenerlo. Tenía que haberte mostrado mucho antes mi verdadera cara. Yo soy tu amo, ¿lo has entendido bien? ¡Tu amo!

Desde entonces, apenas salgo de casa. Hasta la compra me la entregan en mi puerta. He tenido que dejar mi trabajo para atender todos los deseos de mi señor. Las pocas veces que salgo a la calle, los vecinos se refieren a mí como “la loca”. Luciendo mi perfecta cicatriz en la cara, no hay nadie más en el pueblo que se deje pasear por su gato con un collar al cuello.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

Hoy no

Contempló el mar desde su privilegiada posición en la arena. La playa, prácticamente desierta a aquellas alturas del mes de noviembre, era como un remanso de paz para su atormentada alma.

Sintió cómo la arena se deslizaba bajo sus pies, fresca, suave. Comenzó a deslizarlos sobre ella, formando círculos y recreándose en esa sensación.

Pensó en dar un paseo por la orilla del mar, el último, pero finalmente decidió permanecer donde estaba, sentada sobre la arena, los brazos agarrando las rodillas, lamiéndose las heridas como un animal solitario. La fresca brisa marina le revolvía juguetona el pelo, formando una maraña sin sentido, pero aquello no le importaba. Por nada del mundo separaría los brazos de sus piernas, un último abrazo a sí misma, casi como una despedida.

Su mirada quedó fija en el horizonte durante unos eternos instantes. Contemplando la inmensidad del mar que tenía delante se sentía más insignificante aún, un punto diminuto en el universo, sin importancia alguna.

El mar. ¿Cómo había podido vivir sin él? Un pensamiento pasó por su cabeza de manera fugaz: su próxima vida quería pasarla en el mar. Cerró con fuerza los ojos y escuchó. Percibió claramente el chocar de las olas contra la orilla, preciosa música que pocas veces había tenido la oportunidad de disfrutar. Percibió el chillar de las gaviotas sobrevolando su cabeza, sobrevolando el mar, en busca de algún pececillo despistado que les sirviera de alimento. A lo lejos, las risas y los gritos felices de unos niños jugando en uno de los columpios que había sobre la arena de la playa. Una lágrima silenciosa rodó lánguida por su mejilla izquierda.

Siempre le había gustado esa sensación. Cerraba los ojos y todo se amplificaba. Sonidos que normalmente pasaban desapercibidos se escuchaban con total claridad. Percibía los olores con una intensidad brutal.

Pero aquella mañana soleada de noviembre todo daba igual. Lo único que le atraía era el mar, delante de ella, hechizante, hipnótico, retador. Abrió nuevamente los ojos y lo contempló con calma, recreándose en cada ola que venía a romper a la orilla con ese sonido tan maravilloso. Quería disfrutar tranquila por última vez de lo único que había sido capaz de otorgarle calma en los últimos tiempos.

Todo estaba decidido, pensó, ya no había vuelta atrás. Demasiado sufrimiento acarreado a sus espaldas. Tenía que terminar de una vez por todas con ello, cortar de manera radical con la melancolía que le estaba consumiendo por dentro. Y allí estaba el mar, a partir de entonces su mar, llamándole a gritos.

Se levantó con lentitud y se permitió un breve instante de contemplar tanta magnificencia por última vez en su vida. Ya tendría la próxima, o eso esperaba, para poder disfrutar de él en todo su esplendor. El mar continuaba llamándole, hipnotizándole, con su vasta infinidad. Así que comenzó a adentrarse en sus aguas saladas y dulces a la vez, caminando despacio, sin dejar de contemplar el horizonte en ningún momento. Podía notar su embrujo, su tabla de salvación.

Un último arranque de ira le llevó a nadar ferozmente hacia mar adentro, hasta el punto en que sus músculos cansados le permitieron. Se detuvo un momento, sintiendo su propia ligereza mientras flotaba de pie, alargándose en toda su extensión. Y entonces lo hizo. Se sumergió lo más adentro que pudo expulsando todo el aire que tenían sus cansados pulmones. El silencio que sentía bajo el agua era reconfortante. Abrió las fosas nasales permitiendo que el agua marina entrase por ellas, sintiendo plenamente la quemazón de la sal.

Fue entonces cuando abrió los ojos y miró hacia arriba. Una luz grande y brillante se proyectaba sobre ella, llamándole a ir hacia ella. El sol, como si conociese sus intenciones, brilló con más fuerza aún, penetrando en el agua hasta alcanzarle. Y ella lo comprendió. Con escasas fuerzas pataleó con rabia hacia la superficie.

Salió expulsando de manera feroz el agua de sus pulmones y tomando una gran bocanada de aire. Exhausta, observó al sol que brillaba con furia sobre ella.  Y braceó como pudo hacia la orilla.

Volvió a sentarse en el mismo lugar, completamente calada, con la respiración agitada y un hálito de esperanza en su interior. El sol brillaba por ella aquella mañana, el mar se mecía plácidamente satisfecho. Sin duda, sólo por ese mero hecho merecía la pena seguir con vida. A partir de ese momento, la vida le tendría preparadas cosas mejores y ella lucharía por ellas. Aceptó encantada el reto del sol.

Permaneció allí sentada, en la misma posición, durante un buen rato más, esperando a que el sol secara sus ropas. Lo miró con una tímida sonrisa y le guiñó un ojo. Gracias amigo, pensó, ya llegará mi hora, pero todavía no. Hoy no.

Y regresó con calma a su casa de alquiler. Todo parecía tener otro color. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. De momento, había vencido a uno de sus monstruos interiores. Ya era hora de empezar a hacerlo con los demás.

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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