El relato del viernes: “Por quién tocan las campanas”

Fuente: Pixabay

Por quién tocan las campanas

Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro, otro traspié. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y acomodar sus pisadas, mientras prestaba atención al lánguido y pausado tañer de las campanas. Tocaban a muerto. Mal augurio.

Continuó su camino por la calleja desierta. Ya había anochecido y un intenso frío se había instalado en las calles, haciéndose dueño y señor de todo. Las puertas de las casas permanecían cerradas, al igual que las ventanas, bien aseguradas con los postigos, impidiendo que el frío allanase con alevosía las moradas. Las chimeneas lanzaban vaporosas lenguas de humo hacia un cielo cuajado de estrellas, más brillantes que cualquier otra noche, que contribuía dando el punto de gracia a las gélidas temperaturas. María se arrebujó el abrigo contra su pecho y aceleró un poco más el paso. El único sonido que se podía escuchar en las calles era el repiquetear de sus tacones sobre el empedrado, que lanzaba un eco que lo envolvía todo, junto con el sombrío tañer de las campanas, que continuaban su plegaria, ajenas a todo.

Aquel lúgubre sonido, que parecía no finalizar nunca, se adentraba en sus oídos y le creaba una angustiosa sensación. Un creciente miedo se iba forjando en su interior con cada paso que avanzaba y se arrepintió de haber salido de casa tan tarde. Quizá fuese simplemente aprensión, pero tenía la extraña sensación de que alguien la observaba. Detuvo sus pasos otro momento, solo para asegurarse de que no se escuchaba ningún ruido. El silencio a su alrededor era prácticamente sepulcral, solamente roto por el tañido que provenía de la iglesia, que continuaba implacable, infatigable. Divisó su casa al final de la calle y calculó el tiempo que tardaría en llegar al resguardo del calor del fuego que, sin duda, Alfonso tendría prendido en la chimenea. Se consoló pensando que, en apenas cinco minutos, estaría riéndose del miedo que había pasado.

Retomó sus pasos con celeridad, pero la impresión de que no estaba sola continuaba allí, acompañándola durante el trayecto, para mantener su creciente desasosiego. Rebuscó, mientras caminaba, en el pequeño bolso que siempre la acompañaba hasta que dio con las llaves. Estaban frías. Aun así, el contacto con el metal le transmitió cierta serenidad y confianza. Las apretó con fuerza en el interior de su mano derecha, dejando asomar por entre sus dedos el extremo de la llave del altillo, la más larga de todas. Cuántas veces había hablado con Alfonso sobre la necesidad de cambiar esa cerradura a por una que tuviese una llave más manejable. Ahora, su exagerado tamaño y su dentado filo le transmitían seguridad. Tendría que recordar comentarle a Alfonso que no sería necesario cambiarla.

A punto estaba de llegar al cruce con la calle estrecha cuando sus temores se vieron confirmados y supo que nada había sido fruto de su imaginación. Se la conocía así por su evidente angostura, por la que no podía pasar ni el coche más pequeño, pero, además, contaba con diversos vericuetos que la convertían en un callejón de lo más peculiar. En aquellos momentos, a María le parecía, más que singular, prácticamente aterrador. Su respiración le llegó entrecortada, apenas un resuello, el típico aliento del que aguarda con ansia la llegada de un momento muy especial. Una pequeña sombra, saliendo del callejón, delataba su escondite. Se vio tentada a echar a correr, pero, una vez más, el sentido común se impuso a la imaginación y continuó sus pasos, aunque ahora mucho más cautelosos. Quizá fuese alguien que, simplemente, esperaba en el callejón. O un joven que fumaba a escondidas. Sí, seguramente se tratase de algo así.

Sus peores sospechas se vieron confirmadas conforme asomó el primer paso por la entrada del callejón. Una gran figura se abalanzó sobre ella, tapándole la boca con una enorme mano para impedirle que gritara. El pánico se apoderó de María y tomó ya forma que nunca jamás hubiese sospechado. Una increíble fuerza se desarrolló en su interior. Solo podía pensar en que tenía que librarse de su atacante, llegar a su cálida casa y dormir acurrucada en el regazo de Alfonso, como hacía cada noche desde hacía 10 años. Sin saber muy bien cómo, consiguió revolverse y encarar a su agresor. La rodilla salió disparada, como por voluntad propia, y, cuando aquel soltó su amarre y se encogió dolorido, María acarició el contorno de la llave que aún mantenía agarrada con fuerza en el interior de la mano derecha. No lo pensó. Los oxidados dientes de la llave rebanaron la yugular del asaltante, que cayó desplomado al suelo, mientras un denso río de sangre manaba a borbotones de la letal herida.

María continuó su camino resguardándose de nuevo en el interior de su abrigo, mientras una última campanada dejaba su eco latente en al gélido aire nocturno. El silencio volvía a ser lacerante. Entonces comprendió por quién tocaban las campanas.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/AirE8MHuo8cQtv3m

El relato del viernes: “Reservado el derecho de admisión”

Fuente: Pixabay

Reservado el derecho de admisión

Siempre he tratado de llevar una vida recta y ejemplar. He intentado regirme por los más estrictos valores que, con tanta integridad y cariño a partes iguales, me inculcaron mis padres. Y con esto no quiero decir que no haya hecho cosas mal. Sí, las he hecho,
por supuesto, soy humano. Lo que quiero decir es que nunca he querido hacer daño a nadie. Al menos, no de una manera consciente. Siempre he intentado ayudar a los demás, he tratado de actuar con la mayor justicia posible y he mentido relativamente poco. Lo justo y necesario, siempre mentiras piadosas, como se suele decir. Por eso me extrañó tanto cuando, a mi llegada al cielo, me negaron la entrada.


Supe que había muerto cuando, tras despertar de un plácido sueño, vi que mi cuerpo, tendido sobre la cama, no había despertado conmigo. Y tengo que decir que no fue una experiencia agradable. En absoluto. Siempre supuse que, en un momento así, debería de embargarte una paz categórica. El sosiego propio de saber que, si había algún tipo de sufrimiento en tu vida, este habría terminado para siempre. Sin embargo, en lugar de ello, una terrible ansiedad se apoderó de mí. Tanta que habría comenzado a transpirar y a hiperventilar si hubiese dispuesto de un cuerpo tangible habilitado para ello. Pero no lo tenía y toda esa desazón no disponía de ninguna válvula de escape. Fue, por tanto, una experiencia angustiosa que solo terminó cuando entró mi esposa en la habitación y encontró mi cuerpo inerte. Curiosamente, su inquietud dispersó la mía y, tranquilo por haber dejado mi cuerpo físico en buenas manos, me dejé llevar y abandoné el plano terrestre con placidez.


Si alguna vez habéis escuchado que, cuando te mueres, pasa toda tu vida por delante de tus ojos, debo deciros que así es. A la velocidad de un relámpago. Tanto, que apenas te da tiempo a procesar alguna de las imágenes que tienes ante ti. Los recuerdos, tanto los buenos como los malos, te abruman y, por si fuera poco, tras ello te ves sometido a un interrogatorio que no te imaginas ni en las mejores series policíacas. Entre toda esta batería de preguntas, que incluían una valoración de tu propia vida, me ofrecieron, con mucha amabilidad, eso sí, una opción. Me quedé fascinado, pues no sabía que tuviese alguna alternativa llegado este momento. Me dieron a elegir entre una reencarnación, que supondría mi vuelta al mundo tal y como lo conocía hasta el momento, o continuar mi viaje a través de los éteres azules hasta llegar al cielo. Puesto que no me garantizaban que mi próxima vida fuese también humano, me decidí por la segunda opción. Además, me apetecía comprobar de primera mano si eran verdad todas las maravillas que se contaban acerca del paraíso.


No os creáis que, llegado el momento, va a estar ahí San Pedro dispuesto a recibiros en la puerta del cielo con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. No, la cosa no va así. Para empezar, perdí la cuenta de cuántos formularios tuve que rellenar para solicitar mi ingreso en el cielo. Y eso que no pedí ingreso preferente ni nada por el estilo. Había escuchado que, de esa manera, aún necesitas rellenar más instancias. Así que seguí el procedimiento normal, el del común de los mortales. Después, no os podéis hacer una idea del tiempo que estuve vagando por un extraño limbo en espera de una contestación. Y digo que no os podéis hacer una idea porque ni yo mismo me la hago, ya que pierdes por completo la noción del tiempo. Jamás imaginé que la burocracia extendiese sus brazos hasta esta altura, pero así es. Hay cosas que no cambian, incluso después de la muerte. El único consuelo que me quedó fue pensar que, al menos no me hicieron ir de ventanilla en ventanilla. Aquí los trámites se hacen de una manera, digamos que diferente.


La cuestión es que cuando, al fin, después de cinco minutos o de varios años, es igual, recibí una contestación, la respuesta fue una negativa. Sí, sí, como lo estáis oyendo. Bueno, leyendo. Bueno, como sea. Me dijeron que no podía entrar en el cielo, así, sin más, sin ninguna explicación. Y yo, que nunca me he caracterizado por ser demasiado conformista, inicié un proceso de reclamación. Vuelta a empezar con los formularios, los plazos y con toda la burocracia que ya me conocía tan bien. Debo confesar que me vi tentado a solicitar mi reencarnación, pero como la situación me parecía totalmente injusta para mí, decidí no dejarlo pasar y no cejar en mi empeño. Como ya os comenté, mi vida siempre ha sido todo lo recta que he podido y, si he cometido algún pecado, este ha sido venial.

Horas, días, meses, años o lustros después, me llegó la contestación. De nuevo negativo, por supuesto, que esta no es gente de cambiar de opinión así como así. Esta vez, acompañada del motivo de la negativa, eso sí. Imaginaos mi sorpresa cuando leí: «Acceso denegado por carecer de la preceptiva mascarilla».  ¿Pero qué culpa tengo yo de haber muerto en mi cama, libre de posibilidad de contagio y, por tanto, sin mascarilla? ¿Es que no me pueden dar una?


Así que tened cuidado de las circunstancias en las que fallecéis, no os vaya a pasar como a mí, y os quedéis fuera. Porque sí, el cielo también tiene reservado el derecho de admisión.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/qj3K742u19FGK4Aw

El relato del viernes: “El regalo perfecto”

Fuente: Pixabay

El regalo perfecto

Susana salía de la tienda con una enorme sonrisa dibujada en los labios y la prisa pisándole los talones. Bajo el brazo, un pequeño paquete envuelto con mimo asomaba con timidez. Después de tantos días tratando de encontrar el regalo perfecto, una lucecita se había encendido en su cabeza aquella misma tarde, cuando ya estaba a punto de decantarse por una anodina e impersonal tarjeta de regalo. Pero, por fin, había tenido la idea perfecta, lo había encontrado sin problemas y el trato del dependiente le había dejado muy buen sabor de boca. ¿Acaso podía pedir algo más? Ahora solo tenía que darse un poco de prisa si quería llegar a tiempo.


En la puerta del comercio, comprobó con alivio que tenía el tiempo justo para pasar por casa y tratar de arreglarse un poco. No iba muy sobrada, pero tampoco llegaría tarde. Torció un poco el gesto cuando vio que las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Sin embargo, no iba a permitir que aquello le estropease la euforia del momento. No se podría planchar el pelo porque la humedad se lo dejaría como la melena de un león furioso, pero todavía podría conseguir algún peinado decente. Apenas había caminado unos pasos, sumida en ese pensamiento, cuando una bicicleta a gran velocidad casi la tira al suelo. Trastabilló y recuperó el equilibrio justo a tiempo para evitar la caída y escuchar el eco de una disculpa alejándose bajo la lluvia. Dirigió la mirada hacia su brazo izquierdo. Por suerte, el regalo seguía allí, bien protegido.


Gonzalo salió de su casa dando un portazo y con la prisa quemándole en el bolsillo trasero del pantalón. Mientras bajaba los escalones de dos en dos pensaba en esa extraña costumbre que tenía de dejar siempre las cosas para el último momento. Quizá fuese su manera de recargar las pilas, con el chute de adrenalina que le imprimía en las venas el nerviosismo de llegar tarde. Fuese como fuese, lo había vuelto a hacer. Llevaba semanas con el regalo perfecto en mente, pero siempre posponía el momento de ir a comprarlo. Ahora, como era habitual, ya no le quedaba más remedio. Es más, dudaba, incluso, de llegar a tiempo a la tienda.


Agarró su bicicleta y pedaleó con fuerza, recorriendo las aceras del barrio a gran velocidad y sorteando con habilidad a cuanto transeúnte se ponía en su camino. Suerte que estaba en forma. De lo contrario, no hubiese podido recorrer con tanta agilidad las empinadas calles de su ciudad. Sonriendo ante aquel pensamiento, vio cómo una muchacha salía de uno de los locales de aquella calle comercial. Le resultó familiar, pero a la distancia a la que se encontraba no fue capaz de identificarla. Solo veía que, ensimismada mirando hacia el cielo, como si quisiese hablar con las gotas de lluvia que habían comenzando a caer, continuaba su camino hacia la calle sin percatarse de que él se acercaba con fuerza.


En cuestión de segundos, Gonzalo analizó la situación. La terraza de una cafetería, que aún continuaba abierta a pesar de hacer ya semanas que había entrado el otoño, obstaculizaba la mitad de la acera, dejándole únicamente paso por una estrecha franja. Justo a donde se dirigía la chica. Pulsó de manera frenética el timbre antes de llegar a ella, pero, aun así, no se enteró. ¿Tan sumida en sus pensamientos estaba? Finalmente, con un ligero quiebre del manillar, casi logró esquivarla, pero no pudo evitar darle un ligero empujón que casi la envió al suelo. Gonzalo se disculpó sobre la marcha y continuó su camino. Apenas le quedaban un par de manzanas por recorrer.

Para cuando llegó a su destino, estaba agotado, el corazón le latía con fuerza dentro del pecho y ya estaba totalmente calado. Arrojó la bicicleta a un lado de la acera y comprobó la hora. Aún faltaban cinco minutos para el cierre. Satisfecho por haber llegado a tiempo, se dirigió al interior de la tienda con decisión. Tanta que, al empujar la puerta con fuerza para entrar lo más rápido posible, golpeó con ella a una persona que se disponía a salir. Guarecida con una capucha, no pudo verle el rostro, ya que, además, había cubierto su nariz con una mano. Sin duda allí había sido donde la había golpeado. Trató de disculparse, de interesarse por ella y preguntarle si se encontraba bien, pero, para su desconcierto, salió de la tienda como alma que lleva el diablo.

Pilar había entrado en la tienda mirando con fastidio al cielo, que amenazaba lluvia, y con la prisa empujándola por la espalda. No le apetecía nada la cita de aquella noche, menos aún cuando, por si fuera poco, estaba viendo que llegaría tarde. Y si de algo había estado orgullosa siempre era de su puntualidad. Todavía tenía que hacer un par de gestiones más y el tiempo le apremiaba. Hubiese preferido no tener que comprar aquel regalo, de hecho, hasta aquel mismo día no pensaba hacerlo. Pero un golpe de suerte aquella misma mañana le había dado la idea perfecta y, de aquella manera, quedaría bien sin apenas esfuerzo. Nada como estar en el lugar correcto y en el momento adecuado.

Se aseguró de que quedase perfectamente envuelto, con ese toque de distinción que siempre la había caracterizado y se asomó a través de la cristalera del escaparate para echar un vistazo a la calle. Las aceras mojadas le indicaron que ya había comenzado a llover, así que se colocó su capucha y se dispuso a salir. Todavía tenía mucho que hacer antes de acudir a la cita. Justo cuando estaba llegando a la puerta, esta se abrió con tal ímpetu que le golpeó de pleno en la nariz. Dolorida, nerviosa y enfadada, no se detuvo ni a comprobar quién había sido el causante de aquel accidente. Ni siquiera esperó sus disculpas. Con la mano sujetando el tabique nasal, agachó la cabeza y salió corriendo de allí.

Una hora más tarde, Marisa observaba con orgullo a sus alumnos, reunidos todos en  torno a una mesa en su cena de despedida. Después de toda una vida dedicada a la docencia, por fin le había llegado el momento del retiro y del descanso. La jubilación, tantas veces deseada, se le antojaba ahora una carga pesada que tendría que arrastrar durante los años venideros. Y todavía no estaba muy segura de cómo lo iba a afrontar. De momento, aquella noche, prefería no pensar en ello y disfrutar con sus chicos de una última cena. 

Tenía a su alrededor a sus mejores alumnos, que eran, a su vez, los que más cariño le habían demostrado. Sobre todo Susana y Gonzalo. A Pilar, aunque demostraba siempre un comportamiento ejemplar en las clases y en los exámenes, siempre la había notado más distante. Llevaría consigo la espinita de no haber conseguido conectar más con ella, pero había hecho todo lo que había estado en su mano para conseguirlo y, por tanto, se sentía tranquila.

Marisa no se sorprendió al comprobar que, precisamente ellos, sus mejores alumnos, eran los únicos que se habían molestado en entregarle un detalle de despedida. Quizá no lo esperaba tanto de Pilar, pero allí estaba, con un pequeño paquete entre las manos. No pudo reprimir una lágrima de emoción al ver los tres pequeños envoltorios frente a sí. Tomó primero el de Gonzalo, con sumo cuidado, con la delicadeza que se merecía. Le fue quitando el papel poco a poco, manteniendo la emoción, alargando el momento todo lo que le era posible. Una delicada pulsera, grabada con su nombre, apareció ante sus ojos. 

La emoción y la ilusión eran más que patentes en el rostro de Marisa. Los de Susana y Pilar, sin embargo, mostraban un sentimiento totalmente opuesto que a Marisa no le pasó desapercibido. Pronto comprobó el porqué cuando, al abrir los otros dos paquetes, sendas pulseras idénticas se mostraron ante ella. No pudo reprimir una carcajada. Sin duda, los tres habían dado con el regalo perfecto.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/en1qyOVKsj2XJKbs

El relato del viernes: “Luz de luna”

Fuente: Pixabay

Luz de luna

Clara vivía enamorada de la luna. Le gustaba pasar horas enteras sentada en el porche de su jardín, durante la noche, bebiendo del mágico hechizo que producía sobre ella la luz del fantástico astro. Ya fuese verano o invierno, lloviese o nevase, raro era el día que no dedicase un buen pedazo de su tiempo a compartir sus confidencias con la luna.


Sentía tal conexión con ella que incluso su estado de ánimo variaba en función del ciclo lunar. Tras una noche de luna llena, Clara se revitalizaba, se sentía plena y fuerte, cargada de optimismo y con muy buen sentido del humor. En cambio, en las noches de luna nueva, cuando su alma gemela quedaba opacada en el cielo, se sentía morir. Salía al porche en busca del mínimo resquicio de su luz amada y, después, era incapaz de conciliar el sueño. Se sentía frustrada y cansada, irascible y apática. Odiaba las nubes, que le ocultaban su esencia, y la niebla, que entorpecía su sinergia.


Después del accidente, postrada en la cama en la que debería permanecer el resto de sus días, Clara recibía la escasa luz de luna que se colaba por su ventana con una mezcla de melancolía y grandes dosis de rabia. Miraba a los pies de su cama, donde la luz incidía apenas unos instantes, y las lágrimas se lanzaban desde sus ojos en un salto libre y sin protección. Apretaba los dientes y, en el mismo gesto, los puños. Trataba con todas sus fuerzas de devolver las lágrimas a su lugar y, con un rictus de amargura en el rostro, deseaba haber muerto en aquel maldito accidente. Ni los tiernos cuidados de Miguel ni las sonrisas y los abrazos de sus dos pequeños conseguían quitarle aquel sentimiento. Pero aún era cuando la luz no se filtraba a través de la ventana. En aquellos momentos, directamente, escondía la cabeza bajo las sábanas y fingía no existir.


Poco tiempo tardaron los gastos médicos en agotar los limitados recursos de la familia. Un día, Miguel le comunicó que, si querían continuar subsistiendo, tendrían que cambiar de casa. Abandonar su bonita casa con jardín y cambiarla por un pequeño piso en algún callejón olvidado de la gran ciudad suponía, en aquellos momentos, el menor de los problemas para Clara. Su única obsesión era la luna, esos exiguos rayos de luz plateada que necesitaba para seguir respirando, para seguir luchando por mantenerse encadenada a una existencia que ya había dejado de tener sentido. Por eso se sintió más animada cuando Miguel le contó que, en la nueva casa, la luna llena nunca dejaría de brillar para ella. Al principio no lo creyó. ¿Cómo iba a ser aquello posible? Pero se lo aseguraba con tanta vehemencia y sentía tanta necesidad por aferrarse a una esperanza, que un pequeño poso de ilusión se fue creando en su interior.


El día de la mudanza, Clara era un auténtico manojo de nervios. Nada importaba, ni la delicadeza de su traslado ni el trabajo que supuso para toda su familia y gran parte de sus amigos. Clara solo tenía puestas sus esperanzas en aquella primera noche, en la que podría comprobar si la luz de la luna la acompañaría en su aflicción. Y no la defraudó.


Cuando cayó la noche, por la ventana de su pequeño cuarto comenzó a colarse una luz blanca, luminosa y radiante. Clara la contemplaba desde la cautividad de su lecho y, en silencio, rogaba para que nunca la abandonase. Si permanecía junto a ella, estaba segura de poder con todos los obstáculos que la vida estuviese dispuesta a poner en su camino. Y la luna pareció escucharla.


Cada día, Clara esperaba con ansia la llegada de la noche que, como si fuese el más fiel de los amantes, siempre la agasajaba con un torrente de luz nívea y refulgente. Noche tras noche, sin excepción. Sin tratar de buscar alguna explicación lógica a aquel insólito fenómeno, Clara aceptó aquel milagro como una compensación a todo lo que le había sido arrebatado por el destino. Sus piernas, sus rutinas, sus pasiones, sus ganas de vivir. A cambio, una luna llena perpetua, eterna, inmortal.


Poco a poco, la sonrisa fue regresando al rostro de Clara. Al principio lo hizo con timidez, como un niño que se encara con su primer día de clase. Pero, con el paso de los meses, se fue haciendo más amplia, más radiante, más dichosa.


Mientras, Miguel contemplaba la sonrisa de su esposa brillar de nuevo, como la luz de la luna, y no podía evitar preguntarse hasta qué punto estaba haciendo lo correcto. Si el fin justifica los medios. Si una mentira piadosa siempre se puede considerar una falta leve. Mientras Clara dormía, él se asomaba a la ventana del cuarto por la que ella nunca podría asomarse. Miraba la calle estrecha, los balcones de enfrente, la basura acumulada sobre las aceras y, cómo no, la farola que, demasiado cerca del alféizar, proyectaba su argéntea luz sobre el cabecero de la cama desde su perfecto escondite. Entonces veía a Clara dormir con sosiego, con una sonrisa de complacencia adornándole el rostro y decidía que sí, que el engaño valía la pena. Y que mentiría una y mil veces por seguir viéndola sonreír.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/kzPviCHX63GYlflK

El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

Fuente: Pixabay

Ni la muerte podrá separarnos

—Ni la muerte podrá separarnos, te lo prometo.

A Martina se le humedecieron los ojos ante sus palabras. Se dejó envolver en un abrazo que despojó a su alma de todos sus temores y, un momento después, a su cuerpo de toda su ropa. Veinte minutos más tarde, un cigarrillo compartido fue testigo mudo de aquella declaración de amor, vestida de sudor satinado y envuelta en volutas de humo.

—¿De verdad lo prometes?

—Lo prometo.

Él la había mirado a los ojos y ella lo había creído. Y tanto que lo había creído. Se había aferrado a sus palabras como si fuesen una tabla de salvación, atendiendo a una desesperada necesidad de cariño que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Había suspirado profundamente y se había quedado dormida con una sonrisa de deliciosa satisfacción en los labios. Cuántas veces había maldecido aquel momento.

Más de veinte años después, a Martina se le humedecían de nuevo los ojos. Y, en la situación en la que se encontraba, le dolía en el alma no saber distinguir si aquellas lágrimas que escapaban sin su permiso eran de dolor o de alivio. Dirigió la mirada hacia el cielo, como si de esta manera pudiera impedir su fuga y devolverlas a su lugar. Unos oscuros nubarrones lo cubrían y el viento había comenzado a soplar con fuerza. Sin duda, estaba a punto de comenzar a llover. Regresó la mirada al frente, donde el sacerdote estaba a punto de finalizar su responso. Bien podía habérselo ahorrado. Al fin y al cabo, nunca había sido creyente y dudaba mucho que lo fuera ahora, después de todo. Pero nunca se sabía.

Una veintena de personas comenzó a arremolinarse a su alrededor. Ella apenas veía rostros, sino meras manchas borrosas que se acercaban y le ofrecían un abrazo o una caricia que pretendía ser reconfortante. Si ellos supieran. Menos aún escuchaba sus voces. Le llegaban amortiguadas por la capa de ruido que provocaban sus propios remordimientos de conciencia. Increíble, pero así era. Su conciencia le hablaba a gritos, reclamándole los sentimientos que se suponía debía tener en un momento como aquel. A ella ya solo le quedaban dudas.

En apenas cinco minutos, aquellas personas se habían dispersado, dejándola sumida en una soledad que a ella le hubiese gustado disfrutar desde el primer momento. Las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con languidez desde el cielo plomizo de aquella tarde de noviembre. Pesaba más la preocupación por no mojarse que el motivo por el que se habían reunido allí. Vio cómo los últimos paraguas salían por la puerta, en la distancia, y suspiró.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido cortaba el aire, logrando que impidiese llegar con fluidez a sus fosas nasales. De hecho, parecía el único sonido que se permitía escuchar, junto al repiqueteo de las gotas de una lluvia que ya comenzaba a arreciar. Ambos se mezclaban en una siniestra melodía que parecía haber sido compuesta de forma expresa para ella y que le arrancó un sollozo ahogado. Creyó asfixiarse.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Permaneció allí, de pie, inmóvil bajo la lluvia, con los ojos mirando, pero sin ver, al hombre que componía aquella tétrica canción. Sin pedir permiso, los recuerdos acudieron a su mente. Lo hicieron en tropel, atropellándose los unos a los otros en una carrera en la que solo uno de ellos podría resultar vencedor. Una tierna caricia. Un grito. Una rosa blanca envuelta en papel de celofán azul. Una mano que se alza sobre una cabeza doblegada. Risas compartidas que se bañan en espuma de cerveza. Ansiolíticos disueltos en la blanca crema de un café con leche. Pasión. Temor. Golpes. Miedo. Terror. Y, finalmente, alivio. Un alivio culpable que ni tan siquiera ahora le permitía permanecer tranquila.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido continuaba, implacable, acelerando su cadencia conforme el cielo derramaba mares de lágrimas y el ocaso se acercaba de manera peligrosa. Tierra sobre tierra. Polvo sobre polvo. Barro sobre barro.

Empapada de pies a cabeza, Martina vio cómo aquel hombre finalizaba su trabajo sin apenas esfuerzo. La miró con gesto cohibido y ella le dirigió un ligero ademán de asentimiento con la cabeza, en parte demostrando gratitud y en parte escondiendo un tácito permiso para retirarse. Se quedó completamente sola, al fin.

Calculó que debía faltar una media hora para que el sol se ocultase y poder dar por terminado aquel largo día. Seguía lloviendo, pero no le importaba. Al contrario, las gotas de agua deslizándose sobre su pelo, sobre su piel, sobre su ropa, parecían ejercer un efecto purificador sobre ella. A cada minuto que pasaba se iba sintiendo cada vez más ligera, como si la lluvia arrastrase consigo todo aquel peso que le lastraba el alma y el corazón. La melodía había cambiado y ya solo se escuchaba el tintineo de la lluvia sobre el suelo, meciéndola como si de una suave canción de cuna se tratase. Y decidió despedirse, en silencio, a solas, durante unos minutos más.

En aquel corto espacio de tiempo, Martina consiguió perdonarlo. Le perdonó los bramidos, las humillaciones, los golpes que llegaron disfrazados de cariño. Y tan bueno había sido aquel disfraz, confeccionado a base de años de desprecios y de lágrimas atravesadas en la garganta, que nadie había conseguido desenmascarar al portador del mismo. Fue la cara oculta de una luna que brillaba con esplendor en el cielo cada noche, pero que, cuando salía el sol, mostraba su verdadero rostro, el más cruel. Y fue en ese preciso instante, en el momento del perdón, cuando la última lágrima se escapó de sus ojos para mezclarse con las del cielo. Y supo, con certeza, que todas y cada una de las lágrimas que había derramado habían sido de alivio. Y que aquella sería la última.

Se acercó con decisión al hueco que acababa de ser cubierto con la tierra humedecida del otoño y tomó, de un costado, una porción más. La acarició entre sus dedos, sintiendo su textura, su frescor, incluso su aroma. Dirigió una última mirada al lugar donde yacía el que había sido su compañero de vida y, con una ligera sonrisa, arrojó aquel último puñado sobre su sepultura. Sin darse tiempo para pensar en nada más, giró sobre sus talones y, sin detenerse, se alejó con la intención de no regresar jamás a aquel lugar. Atrás dejaba un pasado enterrado en el sentido más literal de la palabra.

Para cuando quiso llegar a la puerta del cementerio, hacía ya tiempo que la noche había caído sobre ella. Se acercó, ya con prisa por alejarse de allí, para comprobar, con estupor, que la verja estaba cerrada. De nada sirvieron sus voces, que reclamaban auxilio para salir de aquel lugar. Su calado cuerpo clamaba por una ducha caliente y sus entrañas por el reposo del hogar. Nadie acudió en su auxilio. ¿Acaso no había vigilantes que hicieran ronda cada noche? Echó mano de su teléfono móvil. Sin batería. Emitió un suspiro frustrado. ¿Algo más podía salir mal? Decidió esperar tras la cancela, obligándose a mantener la calma. Alguien debería de aparecer de un momento a otro.

Pasaron al menos dos horas de espera, de llamadas inútiles a la oscuridad de la noche, apenas atenuada por la luz de un farol cada centenar de metros. Esta aparecía distorsionada por la lluvia que, como si se hubiese puesto de acuerdo con el destino para hacerle aquella mala jugada, no paraba de caer. A lo mejor, el vigilante de turno había decidido quedarse al amparo de su garita en aquella desapacible y gélida noche.

Exhausta, tanto física como emocionalmente, dedicó unos segundos a decidir qué hacer. No podía quedarse junto a la verja, a la intemperie, a pesar de que el frío y la humedad ya le habían calado los huesos. De aquella noche salía con una pulmonía, por lo menos. Entonces, recordó el frondoso árbol que había junto al recién estrenado sepulcro de su marido. Sus gruesas ramas, repletas de hojas, a pesar de lo avanzado del otoño, le servirían, al menos, de un ínfimo resguardo. Abrazando su propio cuerpo para aplacar los temblores que la recorrían, dirigió sus pasos hacia allí. Además, una última noche en su compañía, pensó, no le haría daño. Menos aún ahora, que ya no podía ponerle la mano encima y podría descansar a su lado sin escuchar sus bramidos. Sería su última despedida. El broche final a una vida compartida de cariño y odio.

Se acurrucó junto al tronco del frondoso árbol, que parecía un viejo roble. Justo a sus pies, la tierra húmeda y fresca sobre la que había arrojado el último puñado hacía dos horas. Por suerte, había dejado de llover, pero la humedad del suelo y del ambiente y el aire frío la tenían entumecida. Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ligeramente ladeada. Cerró los ojos y trató de descansar un poco.

En el relativo silencio de la noche, pudo escuchar un ruido que nada tenía que ver con los habituales. Era el sonido de tierra removiéndose, un crujir de entrañas de barro que podía, incluso, sentir bajo su propio cuerpo. Pensó que debía estar quedándose dormida, sufriendo alguna especie de alucinación propia del estado de duermevela, y no le dio mayor importancia. Al rato, una fuerte sacudida hizo que abriese los ojos de inmediato. El terror le congeló la sangre en las venas.

Una enorme grieta se había abierto sobre el suelo, justo en el lugar donde él reposaba en su eterno descanso. Y pensar que en algún momento había creído que el descanso sería para ella. Por aquella amplia fisura en el suelo, una mano sobresalía, buscando con desesperación algún lugar al que aferrarse. Lo encontró con prontitud en uno de los extremos de la propia lápida. Una gran cantidad de terreno se revolvió, para dejar a una tétrica figura aparecer por él.

—Martina… Cariño…

Martina no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin duda, toda la tensión de los últimos días, unido a la terrible noche encerrada en el cementerio, le estaban pasando factura. Debía estar viviendo una pesadilla, pero era tan real que se sentía paralizada por el pánico. El rostro de él era más aterrador que nunca y, con una mueca espeluznante, la miraba directamente. Trató de levantarse y correr, pero no podía. Era como si estuviese anclada a aquel suelo de barro y muerte.

Sintió cómo una de aquellas manos la agarraba de una pierna y tiraba con fuerza de ella hacia el interior del agujero. Un alarido escapó de su garganta, mientras se hundía junto con su captor en las profundidades de la misma fosa que habían cubierto aquella tarde, sin saber que se trataba de su propia tumba.

—Te dije que ni la muerte podría separarnos… y yo siempre cumplo mis promesas.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/6RY3mIgibuFwYAeb

El relato del viernes: “Una nueva oportunidad”

Fuente: Pixabay

Una nueva oportunidad

Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo desbocado y la respiración agitada. Suspiró con alivio al comprobar que estaba en el salón de su casa, en el mismo sillón donde horas antes se había recostado y se había dejado mecer por el plácido sueño que deseaba le acompañase para siempre. Ya había anochecido y por las cortinas entreabiertas de la ventana se colaban los haces de luz de los coches, que circulaban ahora por su salón, dotándolo de una iluminación tan intermitente como real. 

Tres parpadeos. Al menos eso era lo que le había parecido. Toda la película de su vida había pasado ante sus ojos en el breve intervalo que duraban tres tristes parpadeos. No pudo evitar preguntarse con amargura si a eso se reducía todo. Todo lo que había vivido, todo lo que había sufrido, todo lo que había amado. Todas las penas que le habían sumido en la angustia más profunda, todas las grandes alegrías que creía haber vivido. Al final se resumía en tres breves parpadeos. 

Se dio cuenta entonces de lo efímera que había sido su vida, apenas una caída de ojos en un cortometraje en blanco y negro, y casi sintió alegría por que su plan hubiese fracasado. Fue entonces cuando la vio.

Sentada sobre la mecedora de Nadia, balanceándose con parsimonia, lo miraba con una intensidad tal que apenas pudo aguantar su mirada unos segundos. Los suficientes, sin embargo, para poder contemplarla en toda su amplitud. Tenía la tez nívea, tersa y joven. Su belleza no era comparable con la de ninguna mujer que hubiera conocido, de tal manera que casi resultaba doloroso para la vista mirarla de frente. El cabello negro, liso y sedoso, quedaba cubierto por una capucha de satén tan oscura como la propia noche que se asomaba a su ventana. Una elegante pose acompañaba al ligero balanceo de la mecedora, con el que parecía querer hipnotizarlo.

Un sutil carraspeo llegó hasta sus oídos y se vio obligado a devolver la vista a aquella enigmática dama. Por un instante, le pareció contemplar un brillo de diversión en aquellos profundos ojos que no le quitaban la vista de encima. Trató de desviar la mirada, pero le fue imposible. Sentía cómo una magnética tensión le impedía mirar hacia otro lado que no fuese ella. El silencio reinaba dolorosamente en el salón, pero, a pesar de ello, escuchó un murmullo con claridad en sus oídos.

—Sabes quién soy, ¿verdad, Darío?

***

Nadia exhaló una gran bocanada de humo y miró asqueada el cigarrillo que sostenía con su mano derecha. Tenía los dedos agarrotados por el intenso frío y la menuda brasa no conseguía traspasarla ni un ápice de calor. Pensó que, en aquellos momentos, ni tan siquiera una hoguera hubiese sido suficiente para caldear la sensación de gelidez que se había instalado en su interior. 

Dirigió la vista hacia la entrada del hospital donde, horas antes, habían ingresado a Darío con la premura que requería su estado. Urgencias hervía de actividad y médicos y enfermeros trasegaban con premura por los abarrotados pasillos. Por un momento recordó todo el terror que había vivido hacía solo unas horas, que se le habían antojado eternas, y la angustia que se había instalado en su pecho desde entonces se intensificó. Dio una intensa calada a su cigarrillo y lo arrojó con rabia al suelo. 

Cruzó la calle hasta llegar a apoyarse sobre la barandilla que quedaba justo frente a la entrada de urgencias. La vista desde allí a aquellas horas de la noche era insuperable. La oscuridad del cielo contrastaba con la iluminación de las calles y con la intensa luminosidad que desprendía, al fondo, la gran ciudad. Por una carretera cercana, decenas de coches circulaban con rapidez en ambos sentidos, sin duda de regreso a un hogar que le estaría aguardando con calidez, dispuesto a despejarlos de la miseria del día. Por su mente transcurrió el fugaz pensamiento de que su hogar nunca más la aguardaría para ofrecerle ese anhelado remanso de paz. La vida, como la conocía, jamás volvería a ser igual. Ni siquiera estaba segura de si lo que estaba por venir se iba a poder seguir llamando vida.

Una fuerte racha de viento frío la azotó en la cara, llevándose con ella las lágrimas que, irremediablemente, llevaban horas cayendo por sus mejillas. Al sentir el viento, fue más consiente que nunca de una irónica y cruda realidad. La vida seguía su curso. Y le pareció de lo más injusto que todo siguiese como si nada, los coches circulando, la gente riendo, el viento soplando, mientras su mundo se resquebrajaba por completo. El nudo instalado en su interior se tensó un poco más y miró hacia el cielo, como si de esa manera suplicase clemencia por la insensibilidad de la vida ante su propio dolor. Un pequeño claro se abrió entre las nubes que cubrían su cabeza y un pequeño rayo de luna se coló a través de él. Entonces lo supo. Había encontrado la solución.

***

—Oh, por supuesto que sabes quién soy, si tú mismo me has llamado —susurró la dama, un tenue murmullo que pareció taladras el cerebro de Darío. El salón permanecía en el más absoluto silencio—. ¿Puedo saber para qué? No es tu hora y yo estoy muy ocupada. Ahora tengo que estar aquí perdiendo el tiempo contigo, en lugar de atender otros compromisos ineludibles.

Darío sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. A pesar de que sus palabras habían sido suaves, transmitían una frialdad y una crudeza que helaba la sangre. Trató de articular palabra, pero de su garganta no salió sonido alguno. Algo la estaba obstruyendo y, de pronto, sintió una gran presión en esa zona, como si se estuviera asfixiando.

—No puedo llevarte conmigo, ¿comprendes? —La dama misteriosa continuó hablando como si nada estuviese ocurriendo, como si él no se estuviera ahogando frente a ella—. En cambio ella… me está llamando. Y su llamada es sincera. Voy a tener que acudir sin demora. —Hizo una pausa significativa, como si le estuviera dando el tiempo necesario para comprender la situación, y emitió un leve suspiro. Continuó hablando con un ligero tono de un indulgencia en su voz—. E imagino que conocerás el motivo de su llamada.

Un extraño brillo se formó en los ojos de la mujer y Darío se sintió palidecer por momentos. No podía ser cierto lo que creía que aquella mujer estaba insinuando. Nadia, no. No podía ser cierto, no podía dejar que se la llevara a ella. No a su Nadia. Sintió cómo el pánico se apoderaba de él y abrió los ojos desmesuradamente. Lo que fuera que le estaba obstruyendo la garganta continuaba allí, así que se limitó a negar con fuerza con la cabeza.

—Todo lo que hacemos tiene consecuencias, ¿sabes? —dijo la mujer con una extraña mueca. Darío hubiese jurado que había sido una mínima sonrisa, aunque en aquel angelical rostro de hielo le pareció tétrica—. Y, por lo que parece, tú no estás dispuesto a afrontarlas. Lo lamento, Darío, pero es lo que hay.

Darío se sintió asfixiar aún más si cabe y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas de desesperación. Sin apenas fuerzas, logró lanzarse a los pies de la oscura dama en una última y atormentada súplica. Aquella parecía divertirse con su sufrimiento y Darío pensó si acaso merecía tanta crueldad. 

—¡Oh! ¡Está bien, está bien! —su voz llegó a los oídos de Darío como un chirrido—. Por esta vez, lo dejaré pasar, pero solo porque me pillas muy ocupada y ya he perdido demasiado tiempo contigo. Pero la próxima vez te aseguro que no tendré tanta clemencia.

***

Nadia dirigió sus pasos hacia el interior del hospital para refugiarse en la extraña calidez de la sala de espera. La última lágrima se había secado con una postrera ráfaga de aire y, para cuando se sentó en una de las desvencijadas sillas de plástico, se encontraba mucho más tranquila. El haber tomado una determinación, aunque fuese tan drástica como lo era la suya, había conseguido quitarle el hondo pesar que le lastraba el alma. Ahora, pasase lo que pasase, estarían juntos. Y esta vez sí sería para siempre.

Comprobó la hora en su teléfono móvil y compuso un rictus de amargura al comprobar cuántas horas habían transcurrido sin que nadie le diese noticias de Darío. Mala señal, sin duda. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por no haber sabido interpretar una señales que, ahora que miraba en restrospectiva, hacía tiempo que estaban allí. Se maldijo, incluso, por no haber llegado a casa antes. 

Se obligó a salir de aquella espiral de autodestrucción en la que había entrado. De nada servían ya los lamentos o los deseos de haber hecho las cosas de otro modo. Ya era tarde. Y, en cualquier caso, no importaba. Acalló a su intranquila conciencia y, con el resquicio de calma que había comenzado a fraguarse en su interior, se dejó mecer en un turbado sueño.

Se vio a sí misma sentada en una silla de la cocina, con una taza de café caliente entre las manos. Parecía verano, pero un insistente frío se había instalado en su interior y era incapaz de dejar de tiritar. De pronto, la puerta de entrada a la casa se abría con ímpetu y aparecía Darío, con los ojos inyectados en sangre y las manos fuertemente apretadas en dos firmes puños a los costados de su cuerpo. De sus brazos aún colgaban varios tubos y presentaba un aspecto tan pálido que rozaba la transparencia. Su púrpura mirada cayó sobre ella como una losa de granito y, de pronto, le faltó la respiración. 

La boca de Darío se abrió con lentitud, dejando a la vista una dentadura mellada y revestida en sangre que le heló el alma. Su voz salió enronquecida y modulada con esfuerzo, pero a los oídos de Nadia llegó con una claridad perfecta. Solo cuatro palabras: “Tú tienes la culpa”.

Nadia despertó de inmediato, sudorosa y trémula, justo a tiempo para escuchar cómo por los altavoces de megafonía se emitía un llamado para los familiares de Darío Vallés. 

***

Una lágrima se precipitó desde los ojos de Darío cuando vio a Nadia aparecer a través del cristal de la UCI. Una única lágrima que cargaba con todo el peso de su culpa, casi tanta como la que soportaba Nadia en lo más profundo de su alma.

Debía de hacer al menos una hora que había abierto los ojos. Lo hizo alarmado, asustado por la imposibilidad de moverse y buscando con desesperación algo con la mirada. Algo o a alguien. Solo atinó a ver a varios enfermeros a su alrededor y a una doctora que trataba de calmarle con la sonrisa más reconfortante que le habían dedicado jamás. Ni rastro de la mujer que acababa de conocer. Un dolor agudo le traspasaba la garganta y continuaba sin poder emitir sonido alguno, pero comprobó, con alivio, que era debido al tubo que le había facilitado la respiración. Solo quería gritar. Gritar un nombre. Nadia.

Reconoció su perfume entre el olor a desinfectante y antiséptico y supo, sin duda, que ella había entrado en la habitación. La buscó con la mirada y, antes de que sus ojos llegasen a encontrarse, ya lo habían hecho sus manos. Dos palabras fueron pronunciadas al tiempo, aunque solo las de uno de ellos llegaron a romper el silencio. Un “lo siento” pronunciado con desgarro, otro silenciado sin permiso. Dos lágrimas convergentes que se unieron en un mar de suero fisiológico. Dos suspiros ahogados ante la certeza de que la vida, o quizás la muerte, había puesto ante ellos una nueva oportunidad.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

El relato del viernes: “Sin nombre”

El relato del viernes: “Sin nombre”

Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


Sin nombre by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

Encuentros efímeros

Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


Encuentros efímeros by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El primer tranvía de la mañana

Aquella mañana, cuando Alberto se levantó de la cama observó, no sin sorpresa, que una gran nevada había cubierto la ciudad por completo. Todo un manto blanco recubría cualquier cosa que tuviese a la vista, parques, tejados, coches, aceras y calles. Acababa de amanecer y la ciudad aún estaba aletargada, ningún vehículo circulaba por aquellas callejuelas blancas ni se veía persona alguna que se hubiese aún atrevido a profanar aquella alfombra virtuosa. Desde la ventana de Alberto, parecía como si el tiempo hubiese quedado detenido en algún lugar extraño a miles de kilómetros de allí.

En tan solo unas horas las calles estarían repletas de niños alegres porque no tendrían que ir a la escuela y que jugarían ilusionados con la nieve como si no la hubieran visto jamás, a pesar de que aquel maravilloso espectáculo visual y sensorial se repitiese año tras año. Pero en aquellos momentos, ante aquel desierto blanco que se extendía ante sus ojos, Alberto solo podía pensar en aquella reunión que tenía a primera hora con uno de los clientes más prestigiosos de su bufete. Era más que evidente que no podía faltar a aquella cita, por más que su cansado cuerpo le pidiese lo contrario, pero veía con tristeza cómo el circular por aquellas calles con su pequeño coche se iba a convertir en prácticamente toda una odisea.

Se preparó el desayuno mientras daba vueltas en su mente a la manera más rápida de conseguir llegar hasta el sitio acordado con el cliente sin necesidad de circular por aquellas improvisadas pistas de esquí urbanas. Con el primer sorbo de café, en el preciso instante en que el aroma penetraba en profundidad por su todavía adormiladas fosas nasales, evocó los viajes en tranvía que solía hacer con sus abuelos en los días de nieve. Para cuando terminó su efímero desayuno, ya había decidido que tomaría el tranvía, con la esperanza de que estuviese en funcionamiento en un día como aquel, en el que la nieve parecía haber querido cubrirlo todo, incluso los raíles por los que circularía el vehículo de su salvación.

Salió a la calle vestido con una pulcritud exquisita, como siempre que se dirigía al trabajo,  protegido del frío con un abrigo de lana de primera calidad. Avanzó como pudo hasta la parada del tranvía, puesto que su calzado no era el apropiado para la nieve, pero en ningún caso se presentaría en una reunión laboral con un atuendo impropio para la misma. Cuando consiguió llegar a la marquesina, que se encontraba a escasos metros de su portal, se limitó a permanecer estático, sin atreverse a mover ni uno solo de sus músculos, sobre todo de sus extremidades inferiores, mientras esperaba a que apareciese el primer tranvía.

Un alivio casi instantáneo se apoderó de él cuando hubo puesto sus pies dentro del vehículo, en apariencia vacío. Alberto tomó asiento en un lugar cercano a la puerta, al tiempo que comprobaba en su caro reloj de pulsera que todavía estaba a tiempo de llegar con puntualidad a su cita, siempre había detestado la impuntualidad, tanto la propia como la ajena. Levantó la cabeza con desgana hasta que su mirada se topó con unos preciosos ojos color miel que le escrutaban a través de una delgada franja delimitada entre un gorro de lana gris y una inmensa bufanda. Fuera del habitáculo, la nevada había ganado en intensidad.

Perdido en aquellos enigmáticos ojos, alguna especie de fuerza superior a su propia voluntad le hizo cambiar de asiento para acercarse a ellos. En cuanto lo hubo hecho, una amplia sonrisa surgió de las fauces de aquella extravagante bufanda, como si aquella mirada lo hubiera estado esperando desde hacía muchísimo tiempo. Alberto, que nunca había dispuesto de tiempo ni ganas para encontrar el amor, se encontró de pronto atrapado por aquella misteriosa muchacha de la que no sabía nada, una completa desconocida. En pocos minutos, la conversación y las risas recorrían el interior del tranvía, que se deslizaba con fluidez por aquel paraje albino, al tiempo que la cantidad y el grosor de los copos de nieve iban en aumento conforme pasaba el tiempo.

Según avanzaba la mañana, la ciudad había comenzado a despertar y la actividad del tranvía era mucho más intensa que cualquier otro día. Nuevos pasajeros subían, otros bajaban, en un intenso frenesí de gentes con prisas o que, simplemente, no querían arriesgar su vida deslizando por las calles heladas, mientras el tranvía continuaba su ruta y repetía itinerario una y otra vez, sin que ni Alberto ni la muchacha fueran conscientes de ello. El conductor lanzaba miradas cómplices a través del espejo retrovisor a aquella nueva pareja que acababa de nacer al resguardo y abrigo del interior de su tranvía. Mientras tanto, aquella absurda reunión de trabajo iba quedando cada vez más olvidada en algún rincón de la mente de un enamorado Alberto.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

El primer tranvía de la mañana by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

Pequeña fábula del mago desamparado

Había una vez un mago que vivía solo y desamparado en una isla desierta. Víctima de algún naufragio, llevaba tanto tiempo en aquella situación, que ya ni recordaba tan siquiera como había llegado hasta allí. Los recuerdos de su vida anterior habían ido quedando diluidos entre el salitre y la arena de unas playas que, por muy paradisíacas que pareciesen, escondían el mayor de los males para su marchita alma: la soledad.

En aquella isla, su pelo se había vuelto cano y encrespado y su barba había crecido hasta donde la naturaleza había querido imponer su propio límite. Su piel hacía años que había abandonado la palidez que la caracterizaba para tornarse en un cuero renegrido y curtido que hacía mucho tiempo había dejado de reconocer. Las arrugas se habían convertido en sus únicas compañeras en aquel atolón de maleza y arena.

Por supuesto que había tratado de salir de aquel lugar. De hecho, lo había intentado en infinidad de ocasiones. ¿Cómo no hacerlo cuando la única compañera con la que podía contar era con su soledad? Y la soledad, cuando no es buscada, no suele resultar una buena compañía. Sin embargo, todos sus intentos por abandonar la isla habían terminado en un fracaso absoluto. De nada había servido la barca que trató de construir con madera extraída con gran esfuerzo de las palmeras. Las señales de humo que comenzó a emitir cuando, al fin, fue capaz de lograr prender un fuego, tampoco sirvieron para nada. Nadie parecía pasar por aquel lugar que nunca llegó a saber situar en un mapa. En realidad, jamás consiguió ver un avión sobrevolar el lugar, ni siquiera a una altura tan considerable que tampoco le hubiera servido de gran ayuda. Estaba realmente aislado y completamente solo. Como consecuencia, había desistido del intento mucho tiempo atrás. Lustros, décadas tal vez, un tiempo imposible de cuantificar.

Cierta noche, mientras observaba las estrellas que poblaban el cielo de aquel perpetuo verano, una estrella fugaz surcó la bóveda celeste con una velocidad extraordinariamente lenta. Fue casi un minuto lo que duró el transcurrir de aquella pequeña bola de fuego en el cielo y el mago se quedó absorto en su contemplación. Jamás había visto un fenómeno tan extraño como aquel.

Hipnotizado como estaba por aquel luminoso astro, un pensamiento traspasó su mente a la par que la estrella lo hacía en el cielo. «Parece cosa de magia», se dijo para sí. Y, entonces, como si una pequeña luz se hubiera encendido también en el interior de su cabeza, recordó que él era mago. No un mago cualquiera, además, sino uno de los mejores. Pensó que, quizá, con su magia lograría salir de aquella penosa situación en la que se encontraba.

Maldijo cientos de veces la torpeza cometida al haber pasado por alto durante tanto tiempo aquel pequeño detalle que podría cambiar para siempre el devenir de su vida. Gritó, pataleó, se mesó los largos cabellos con rabia y, una vez calmado, fue cuando puso su magia a actuar. Y, entonces, se obró el milagro.

El mago fue recibido con alegría y cariño por todos sus amigos y familiares. Descubrió con tristeza que algunos de ellos ya no estaban, recibió con algarabía a los nuevos integrantes de la familia y pudo constatar que la mayoría de los que recordaba apenas le eran reconocibles. Él tampoco lo era para ellos, después del tiempo transcurrido en soledad. Sin embargo, ahora había vuelto y todos le habían recibido con los brazos abiertos. Así era el poder de la magia, infinito y magistral.

Moraleja:

No trates de buscar en el exterior la magia. La verdadera magia es la que guardas en tu interior.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/CBj4lOoudYAfeGmG

*Imagen: Pixabay.com (editada)