El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”

El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”
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Surcando las olas

Yo era un mar en calma. Era un mar tranquilo, sosegado, sereno. Los rayos de sol incidían sobre mí creando efectos dorados, plateados, de todas las tonalidades. Incluso en los días nublados se podía observar la serenidad de mis aguas.

Los peces nadaban tranquilos en todas direcciones, sin temer a nada, porque, yo, su mar, siempre estaba en calma. En mis profundidades albergaba preciosos arrecifes de coral donde se alojaban miles de criaturas preciosas, a sabiendas de la tranquilidad que encontrarían en mis aguas.

No penséis que siempre he sido así. Hace tiempo era un mar inquieto, que formaba pequeñas olas, sobre todo en los días nublados, en los que soplaba el viento y me viraba en mil direcciones, pero mis olas nunca llegaron a gran altura.

Un día descubrí que ser un mar en calma me hacía ser extraordinario. Todo el que se acercaba a mí, quedaba prendado de la bondad de mis aguas, encontrando un oasis de relajación donde en otros lugares sólo encontraban oleaje. Y yo era feliz. Los niños se adentraban en mis aguas sin temor y yo jugaba con ellos alegremente, sin proporcionarles ningún peligro. Todos disfrutábamos. Todos compartíamos mi calma.

Y yo me sentía orgullosa de ser así, tranquila, calmada, sin olas, serena. Es cierto que me relacionaba poco con los peces que habitaban en mis aguas, pero siempre les acogía con gusto, transmitiéndoles mi serenidad y ayudándoles en lo que pudiera.

Entonces por azar, por el destino, por simple casualidad, llámalo como quieras, llegaste tú, con tu flamante barco de bandera extranjera, y te adentraste en mis aguas. La velocidad a la que surcabas mis aguas desplazaba grandes olas a tu alrededor, y decidiste quedarte en mi mar. Cada día lo surcabas de norte a sur y de este a oeste, provocando en mí un oleaje que jamás había experimentado. Al principio intenté luchar contra ti, intentando serenar mis aguas después de tu paso. Lo conseguí durante bastante tiempo, mis aguas eran más duras de lo que parecían, eran resistentes y al instante borraban las huellas de tu paso por ellas.

Los niños seguían acercándose a mí, a jugar conmigo con sus grandes sonrisas llenas de ilusiones. Y yo les acogía como siempre, con mi calma, con mis juegos, con mis peces circulando a su alrededor. Durante años creí haberlo conseguido, haber conseguido superar el avance impetuoso de tu barco sobre mis tranquilas aguas, intentando generar altos oleajes que yo acallaba con todas mis fuerzas.

Fue tal el esfuerzo que hice, que un día ya no pude más. Me ganó la desidia, el desprestigio, la humillación de verme poco a poco convertida en un mar bravío. Niños y mayores se adentraban en mis aguas esperando encontrar la calma sempiterna de mi existencia, pero les recibía con grandes oleajes que les hicieron apartarse poco a poco de mí.

Mi calma se fue hacia el fondo, junto a los arrecifes de coral, hundida en las más profundidades de mi ser. Ya no podía ni sabía la manera de sacarlas de allí. Yo quería volver a ser aquel mar tranquilo y calmado que prodigaba serenidad. Pero tú no me dejabas con tu bravuconearía. Inspiraba y expiraba profundamente tratando de vencer el oleaje que se producía en mi superficie, pero no podía respirar. Trataba con todas mis fuerzas salir a la superficie, pero tus fieros impulsos hacían que fuese imposible para mí. Los corales se iban apagando, la violencia de las corrientes arrastraban a los pececitos en busca de otros mares más tranquilos. Y yo me sentí sola, qué curioso, un mar que se siente solo por haberle robado su tranquilidad, su autoestima, su manera de ser feliz. Y me di por vencida, en mi soledad de las profundidades, sin arrecifes de colores que me animaran a seguir luchando. ¿Quién iba a sacarme ahora de las profundidades donde me encontraba para volver a sentir la tranquilidad de mi superficie?

Sólo varias criaturas marinas permanecieron siempre a mi lado, ayudándome a luchar contra ti, poderoso barco de bandera extranjera, que utilizaste tus engaños para embaucarme, para que confiase en ti, para después arrastrarme a las profundidades y convertirme en un mar bravío que sólo buscaba la soledad.

Y junto a ellos, lucharé contra ti, poderoso barco, y por ellos saldré a flote, y cuando consiga echarte de mis aguas, volveré a recuperar mi calma habitual, mi felicidad, mis niños jugando con mis aguas y mis arrecifes de coral y peces de mil colores. Volveré a encontrar mi felicidad en mi calma.

Y no lo dudes, poderoso barco de bandera extranjera, porque te venceré. Porque los mares buenos siempre lo seremos, por más que nos quieran convertir en mares apáticos, antisociales y rabiosos.  Y el día que consiga vencerte, sólo podré agradecer a mis fieles acompañantes toda la ayuda que me prestaron en el proceso.

Y volveré con mi antiguo resplandor, mi calma y mi espíritu juguetón, sabiendo que habré ganado la mayor batalla de mi vida. Porque sí, podré hacerlo, estoy segura de ello, y volveré a ser ese mar especialmente apacible, o más, donde los niños siempre quieran jugar.

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

Quiéreme a mí, mujer

Quiéreme a mí, mujer, con mis defectos y mis virtudes. Con mis risas y mis llantos. Con mis alegrías y mis enojos. Con mis caprichos y mi generosidad. Con mis complejos y mis coqueterías. Con mis curvas y mis provocaciones.


Quiéreme así, mujer, con todas mis complicaciones, con todas mis implicaciones. Con mis cambios de humor y mis cariños desmedidos. Con mis sorpresas y mis ausencias. Compréndeme, no digas que no hay quien me entienda, empatiza con mi personalidad de mujer. No quiero palabras, quiero actos. Actos que me demuestren que me quieres tal como soy, mujer. Me gustan los detalles, sí, pero tampoco los necesito. Me gusta que me cuides, pero también que sepas que soy muy capaz de cuidar de mí misma. Me gusta que me quieras así, mujer.


Quiéreme a mí, mujer, la que te cuida y te mima. La que se entrega a ti sin condiciones, sin esperar nada a cambio. La que es una dama a pesar de en ocasiones utilizar palabras malsonantes. La juguetona y amante. La que espera cada noche acogerte en su interior, sentirte, fundirte conmigo en un único ser, dejando atrás todo rastro de la dama que ven los demás. Soy mujer, soy sensualidad.


Quiéreme así, mujer, con mis gritos, mis salidas de tono, mi insufrible carácter. Con mi absoluta inteligencia y mi capacidad para todo. Con mi dulzura y hasta a veces mi ñoñería. Quiéreme despeinada, descuidada, sudorosa, con mis deportivas y mis leggins, y también quiéreme vestida de gala, perfumada, con mis tacones de vértigo y mis pestañas kilométricas.


Pero quiéreme así, mujer, y también y sobre todo, respétame así, mujer. Porque sí, soy mujer, pero eso no me hace vulnerable, ni sumisa, ni manejable, ni  dependiente, ni peor ni mejor que tú. Soy mujer, punto.


Acepta mis capacidades, que son las mismas que las tuyas, y mis limitaciones, que igualmente son las mismas que las tuyas. Te guste o no, así es. Soy mujer, quiéreme mujer.

Acepta también mi orgullo de mujer, libre, luchadora, trabajadora, incansable, insondable, leona, peleona, guerrera. Y quiéreme como yo me quiero, mujer. Te contaré un secreto, de mujer, si yo me pongo guapa, si me arreglo, si me visto con elegancia, es por mí, sólo por mí. Porque me quiero gustar a mí, no a ti, ni a nadie más, sólo a mí. Y que sepas, que no te quede la más mínima duda, que no lo hago para impresionarte, ni muchísimo menos para provocarte.

Libérate por mí, mujer, de cualquier clase de estereotipo machista que ya no tiene cabida ni sentido. Acepta de una vez que yo, mujer, puedo desarrollar el mismo trabajo que tú por el mismo valor que puedas desarrollarlo tú. Que mi inteligencia no es menor, cuando quieras te lo demuestro yo, mujer, y que puedo competir contigo en cualquier disciplina.

Y quiéreme a mí, mujer, por todo ese valor añadido que tengo, capaz de albergar vida en mi interior, una maravillosa experiencia que sólo puedo vivir yo, por el mero hecho de ser mujer. Honra a tu madre y hónrame a mí. Gran orgullo de madre y gran orgullo de mujer.


Por favor, quiéreme así, tal cual, mujer.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “La búsqueda”

El relato del viernes: Memories – “La búsqueda”
Imagen tomada de la red

La búsqueda

Hay veces que simplemente dejo pasar el tiempo, esperando que llegue la inspiración. Escribo líneas sin sentido en unas páginas en blanco que nunca llegarán a ver la luz. Páginas arrugadas en una papelera a rebosar.

Escribo, escribo y escribo, pero nada me realiza. Pero sigo escribiendo, dejando pasar el tiempo hasta que aparezca la inspiración. Y la muy condenada no aparece, mi cabeza se bloquea, mi cerebro se niega a continuar. Las páginas en blanco se deslizan sobre mi mesa de trabajo; unas palabras más, algún garabato, cuando me doy cuenta estoy dibujando un gatito. Y el gatito me mira con su carita de pena, “qué lástima das”, parece querer decirme. Otra hoja arrugada, vete puñetero gato, la envío junto a sus compañeras a la papelera.

Un poco de música quizás. Rebusco entre mis discos, ninguno me motiva. ¿Algo de clásica? Siempre me relaja. Elijo “Para Elisa”, de Beethoven. Mi pequeño cuarto se inunda con las notas de tan deliciosa melodía. Ahora sí, pienso. Seguro que la inspiración viene a mí.

Otra página en blanco delante de mí. Cierro los ojos dejando que la placentera música inunde mis sentidos. Es maravilloso, qué bien se siente. Espera, no estás escribiendo. Vale, querida página en blanco, tú vas a ser la afortunada. Pero mi mente se adormece con las increíbles notas musicales, mi vista se desvía hacia la ventana. Cuando me doy cuenta, mi querida página en blanco, la afortunada, está por completo llena de círculos concéntricos. Vale, a lo mejor no es el día. Dejemos pasar el tiempo, tomemos un café. Fumemos el enésimo cigarrillo de hoy.

Quizá si salgo a la calle consiga oxigenar mi cerebro aturdido. Hace frío. Es un día gris otoñal. Me enfundo en mi abrigo y me enrollo una gran bufanda al cuello, pillando con ella mi desordenada melena. Qué más da, no me importa nada. Solo quiero salir, salir de estas cuatro paredes con su aire ya enrarecido. Antes de salir vacío la papelera. No soporto verla así, llena de páginas en blanco arrugadas que nunca llegarán a ver la luz. Borrón y cuenta nueva.

Salgo a la calle y el frío me atiza en la cara. Parece que me esté diciendo, “espabila”, con una gran bofetada. Me cubro entonces la cara con la bufanda. No me volverás a abofetear, frío del carajo. Miro a mi alrededor. El tráfico es denso y la gente corre de un lado para otro, siempre con sus prisas. Igual que yo.

Pero hoy no. Hoy lo que necesito es un paseo relajado, enfrentando al frío, buscando mi musa, mi inspiración. Mis pasos me dirigen sin querer al gran parque central. Yo, totalmente abstraída, ni siquiera me he enterado de cómo he llegado hasta allí. Iba con la mirada perdida rebuscando entre la gente, en el cielo, en los comercios llenos a rebosar… Nada, en todo aquello no había nada.

Me adentro despacio en el parque. El suelo está por completo recubierto de hojas secas, amarillas, doradas, como el elixir dorado que enfrasca mi inspiración. Caminar sobre ellas es todo un placer. Las levanto, las alzo al vuelo, juego con ellas con mis pies. Entonces elevo la vista al frente. Solo una persona solitaria camina por el parque, al igual que yo. Quizá también esté buscando su inspiración.

Entonces la veo. Allí, al fondo, donde nada ya se vislumbra. La fresca y densa niebla aparece ante mí como un soplo de aire fresco. Me deshago de las ataduras de mi boca e inhalo con fuerza el aire frío de la arboleda. Allí está la niebla llamándome con todo su esplendor. Y corro, corro como una loca de vuelta a mi casa, a mi pequeño cuarto, a mi querida página en blanco, antes de que pierda la inspiración.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Lola y el monstruo grandullón”

El relato del viernes: Memories – “Lola y el monstruo grandullón”

Lola y el monstruo grandullón

Lola era una pequeña niña de cinco años, tan normal como cualquier otra niña de cinco años, habladora, inquieta, curiosa… Siempre estaba deseando ir al parque a jugar a la salida del colegio, como el resto de los niños. Y odiaba las verduras, como cualquier otro niño de su edad.

Tenía el pelo negro, tan negro como la noche, y unos grandes ojazos azules que dejaban impresionados a todo el mundo. Odiaba las faldas, ella quería llevar siempre pantalones, para poder subir y trepar por los columpios a su antojo.

El problema que tenía Lola llegaba por las noches. Después de cepillarse los dientes, cuando su mamá le llevaba a acostarse a su habitación, decorada de princesas, Lola nunca quería alejarse de ella. “Léeme otro cuento, porfa, mami”, le decía a su mamá. Y así pasaban un buen rato, su mamá leyéndole cuentos y ella retrasando el tan temido momento del beso de buenas noches.

Y es que Lola estaba convencida de que en su habitación había un monstruo. Todavía no había conseguido encontrar dónde se ocultaba, pero ella sabía que lo había. Podía escuchar sus ronquidos durante las noches, y por la tarde, cuando volvía de la escuela, algunos de sus juguetes estaban cambiados de sitio. Al principio pensó que los habría movido su mamá, pero desde el día en que descubrió aquellos curiosos ronquidos por la noche, estaba realmente convencida de que había un monstruo en su habitación.

Una noche, después de leer el décimo cuento, su mamá le preguntó:

– ¿Qué pasa, cariño? ¿Por qué no quieres que me vaya?

Lola se encogió en la cama, se abrazó las piernas cubiertas con su pijama de lunas y estrellas y, con la mirada baja, le susurró a su mamá:

– Porque en mi habitación vive un monstruo, mamá, y me da miedo quedarme a solas con él.

– Pero Lola, los monstruos no existen, eso ya deberías saberlo, eres una niña mayor de cinco años. – le contestó mamá tranquilamente con una sonrisa.

– ¡Que sí, mamá! ¡Que estoy segura! Además, ronca por las noches. – contestó Lola con la mayor seguridad del mundo.

Mamá, pacientemente, echó un vistazo a la habitación. Miró debajo de la cama, debajo de la alfombra, dentro del armario, en los cajones, incluso abrió la ventana para asomarse afuera. No quedó ningún sitio por revisar. Y el monstruo no apareció por ningún lado.

– ¿Ves Lola? Lo he revisado todo y no he encontrado ningún monstruo. Serán imaginaciones tuyas o lo habrás soñado, cariño. Venga, a dormir que ya es muy tarde y mañana hay cole. Buenas noches, mi vida, que descanses bien. -Le dio un beso en la frente, como hacía cada noche, y se marchó de la habitación apagando la luz.

Lola se acurrucó en su cama, como todas las noches, y después de un buen rato pensando, decidió demostrar a su mamá que realmente había un monstruo en su habitación. A oscuras, tanteando, sacó de uno de los cajones de su mesilla una pequeña linterna. Y salió de su cama decidida a encontrar al monstruo mientras la encendía.

No le costó mucho tiempo ni esfuerzo, pues al agacharse debajo de su cama y alumbrar con la linterna, lo encontró. Agazapado en un rincón había un enorme monstruo de color verde, tan grandullón que Lola no se imaginaba cómo podía caber allí debajo. Estuvo a punto de dar un grito, de puro miedo y para alertar a sus padres, pero aquel monstruo tan grande le habló con una voz tan dulce como grave:

– Ssshhh, no grites Lola. ¿Por qué me tienes miedo?

– ¿Cómo no te voy a tener miedo si eres un monstruo? – le contestó Lola con todo su razonamiento de una niña de cinco años.

– No todos los monstruos somos malos, ¿sabes? Yo soy un monstruo bueno y he venido a cuidar de ti. Podemos jugar juntos, si tú quieres. – le contestó el monstruo sin atreverse a salir de su escondite.

– ¿Y por qué no habías dicho nada hasta ahora? ¿Y por qué no te ha encontrado mi mamá? ¿Y por qué roncas tanto por la noche? ¿Y cómo puedes caber debajo de mi cama? ¿Y cómo te llamas? – Lola no paraba de lanzarle preguntas, intentado satisfacer su curiosidad de niña.

El monstruo salió con cuidado de debajo de la cama en toda su inmensidad. Realmente era muy grande, todo recubierto de pelo verde, con dos pequeños colmillitos que asomaban por su gran boca de monstruo y unos pies enormes. Le tendió la mano a Lola, esperando ganarse su confianza, y esta la tomó con cuidado. Se sentaron juntos en el borde de la cama y entonces fue cuando el monstruo le habló:

– ¡Cuánta curiosidad tienes, mi pequeña Lola! Sólo tú puedes verme, para los adultos soy invisible, ¡se creen que no existimos! Ya no recuerdan que cuando eran niños jugaban con nosotros… Mi nombre… ¡el que tú quieras!

– ¿Puedo llamarte como quiera? -preguntó Lola con emoción. Al ver que su nuevo amigo asentía, respondió – Pues te llamarás… te llamarás… ¡Ya lo tengo! ¡Te llamarás Grandullón!

Desde aquel momento, Lola y Grandullón se hicieron inseparables. Todas las noches jugaban juntos y Lola vivió con él estupendas aventuras. Juntos viajaron a otros planetas, Lola pudo tocar la estrella más brillante del firmamento e incluso ¡viajaron en el tiempo! Cada mañana, Lola le contaba a su mamá las espléndidas aventuras que había experimentado junto a su mejor amigo.

Durante años, Lola y grandullón fueron los mejores amigos. Pero la noche del día que ella cumplía catorce años, Grandullón le dijo con pena que se tenía que despedir de ella.

– ¿Pero por qué? – preguntó Lola con lágrimas en los ojos. – Eres mi mejor amigo, Grandullón, sabes que te quiero mucho.

– Lola, tú ya eres mayor y tengo que ir a cuidar a otros niños pequeños, hacerles felices como hemos sido tú y yo. De hecho, tendría que haberme ido hace tiempo, pero te tenía tanto cariño que he aguantado el máximo posible, ya no se me permite más…

– No te vayas, por favor. – Suplicaba Lola arropada en su cama.

– No temas, pequeña Lola. Sé que te olvidarás de mí, pero yo siempre te llevaré en mi corazón. -le dijo Grandullón dándole un cariñoso beso en la frente, antes de salir volando por la ventana del cuarto.

– ¡Nunca me olvidaré de ti, Grandullón! ¿Me oyes? Nunca me olvidaré de ti… –  sollozaba Lola ya sola en su cuarto, mientras sus ojos se dejaban vencer por el sueño.

Reposó en un sueño tranquilo, sin interrupciones. Cuando se levantó a la mañana siguiente, toda su familia le recibió con un “¡Feliz cumpleaños!”  y le entregaron montones de regalos. Sobre la mesa de la cocina había una deliciosa tarta con el número catorce sobre ella.

Cuando su mamá le preguntó qué aventuras había vivido con su monstruo aquella noche, Lola, sorprendida, respondió:

– ¿Pero qué dices mamá? Si sabes que los monstruos no existen…

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”
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Recuerdos de aquel verano

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Lobos a mí”

El relato del viernes: Memories – “Lobos a mí”
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Lobos a mí

-Vamos, Martita, que vas a llegar tarde a casa de la abuelita -le dijo su madre al verla cómodamente recostada en el sillón.

Marta suspiró con resignación, sobre todo al oír nombrarla por ese diminutivo que tanto odiaba. Ya tenía cumplidos los dieciocho años y, desde que tenía uso de razón, había tenido que visitar, tarde tras tarde, a la abuelita. ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué la abuelita seguía empeñada en vivir en esa cabaña dentro del bosque? Todo habría sido más fácil si se hubiera trasladado al pueblo con ellos, pero la abuelita era terca como una mula. De algún lado le tenía que venir a ella.

Tan terca era la abuelita que la echaba de su casa sin contemplaciones si no iba ataviada con un vestido largo de seda roja y una larga capa a juego del mismo color, que ella misma le había confeccionado. Cuando sus amigos la veían salir de casa de aquella guisa, se burlaban de ella y pronto se ganó el mote de “Caperucita Roja”. Todos en el pueblo la conocían de aquella manera. Al principio, Marta se sintió humillada, pero como lo que no te mata te hace más fuerte, pronto consiguió poner a cada uno en su lugar. Y Marta se hizo experta en controlar a los demás y ponerles en su sitio cuando se sentía amenazada.

Marta se vistió apropiadamente para visitar a la abuelita. Ya no era la chiquilla de la que todos se burlaban. Pese a su juventud, se había convertido en una mujer de cabellos rojos como el fuego, de una belleza sin igual. El vestido rojo de seda realzaba su figura de tal manera que jóvenes y mayores del pueblo quedaban fascinados al verla. La caperuza roja le confería un aspecto casi mágico. Atrás quedaron los tiempos de burlas y humillaciones.

A punto de salir por la puerta, su madre le hizo la misma recomendación que, tarde tras tarde, año tras año, le hacía: “cuidado con el lobo, ya sabes que dicen que en el bosque vive un lobo muy peligroso”.

“Lobos a mí”, pensaba ella, pero, por si acaso, siempre llevaba escondida entre sus ropas una daga bien afilada. Llevaba años atravesando aquel magnífico bosque y jamás se había topado con lobo alguno.

Con el paso del tiempo, Marta comenzó a apreciar a su manera aquellos paseos por el bosque, contemplaba fascinada el cambio que ofrecían los árboles y plantas en cada momento del año y, en cierto modo, disfrutaba de ese momento de soledad consigo misma. Pero, aquella tarde, todo parecía distinto. Era una tarde otoñal y el bosque ofrecía un aspecto magnífico, todo vestido de tonos ocres, amarillos y dorados. El olor a lluvia de la noche anterior aún permanecía atrapado entre aquellos árboles tan majestuosos y el camino cubierto de hojarasca. Pero el silencio era sepulcral. Ningún pájaro se atrevía a emitir sonido alguno, ninguna ardilla saltaba de árbol en árbol buscando algún fruto que comer… La quietud era total. Entonces fue cuando lo oyó.

Era un pequeño aullido en la distancia, seguido por una serie de mayores aullidos que se podían escuchar aún más en la lejanía. Cada vez podía escuchar el aullido más cercano, el leve movimiento de la maleza tras sus sigilosos movimientos. Y, con un último aullido, el lobo apareció delante de ella. Era un lobo blanco, enorme, con unas increíbles fauces ensangrentadas, probablemente por la reciente ingesta de alguna alimaña. El corazón de Marta comenzó a latir a toda velocidad, amenazando con salir del pecho. Pero no modificó su actitud para nada. No realizó ni el más mínimo movimiento. Ni siquiera echó mano a la daga que llevaba consigo.

El lobo se detuvo también ante ella, con una mirada feroz que dejaba muy claras cuáles eran sus intenciones. Pero él no sabía quién era Marta, Caperucita Roja, e hizo un intento de acercamiento, al acecho de su nueva víctima. El sonido de los aullidos en el silencio de la tarde otoñal indicaba que el resto de la manada estaba cada vez más cerca. Él debía ser el macho alfa, el líder de la manada, el que abría el camino hacia la caza. Marta, experta ya en poner en su lugar a cualquier tipo de amenaza que experimentase, sin hacer el más mínimo movimiento aún, dirigió una penetrante mirada con sus hipnotizadores ojos verdes directamente a los ojos sedientos de sangre del animal.

Duró un buen rato el combate de miradas. La de Marta, igual de penetrante e hipnotizante. La del lobo, cada vez más insegura. Caperucita comenzó un tímido acercamiento al animal, que en un primer momento se puso nuevamente en guardia, preparado para saltar sobre su presa en cualquier momento. Marta no se amedrentó, continuó con la mirada fija en los ojos de la fiera mientras continuaba acercándose lentamente. El lobo también comenzó un tímido acercamiento, había algo en los ojos de aquella muchacha… Algo que le decía que no debía atacarla.

Caperucita llegó hasta el lobo sin interrumpir el contacto visual con él. Aquello parecía un duelo de miradas. La bella muchacha levantó una mano. El lobo, por un momento, volvió a ponerse en alerta, las orejas bien levantadas. Su relajo fue más que evidente cuando sintió aquella mano suave, nívea, acariciarle el lomo. Nunca antes había experimentado esa sensación, pero desde luego era muy placentera. Caperucita se sentó en la hojarasca, extendiendo su espléndido vestido de seda roja, al igual que las fauces del lobo. El animal comenzó a dar vueltas alrededor de ella, olisqueándola, conociéndola, mientras ella le limpiaba con suavidad las fauces y continuaba dedicándole cariñosas caricias.

En ese momento, el amor que sintieron el uno por el otro fue instantáneo. Mujer y animal, animal y
mujer, unidos por un vínculo recién creado que difícilmente se rompería. La manada al completo llegó justo en ese momento más hambrientos que nunca. Todos ellos se detuvieron en seco al contemplar aquella escena. Un pequeño alarido del macho alfa fue más que suficiente para que todos reconocieran en aquella extraña muchacha de la Caperucita Roja alguien en quien confiar, a quien amar y a quien defender con garras y dientes como si de uno de ellos se tratara. El macho alfa había encontrado a su hembra.

Desde aquel día, cuenta la leyenda, que Caperucita, tras visitar a la abuelita, da largos paseos por el bosque en la noche, ataviada con su vestido de seda roja y su caperuza, acompañada de una gran manada de lobos que la protegen, abrazada al más grande de ellos. La daga quedó olvidada en algún rincón del desván.

Fueron varios los muchachos que intentaron pretenderla, su belleza era extraordinaria, pero ella siempre rechazaba a todos, alegando que su corazón ya estaba ocupado por un gran amor, incombustible, leal e incondicional.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados

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El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

Recuerdos de aquel verano

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “El asesino que anda suelto”

El relato del viernes: Memories – “El asesino que anda suelto”
Fuente: Pixabay

El asesino que anda suelto

Varias series de asesinatos tenían al barrio consternado. En las últimas semanas, habían sido cuatro las víctimas que se había cobrado el misterioso asesino en serie tan sólo en mi manzana. Aparte de otras seis en un barrio algo más alejado. Si algo le caracterizaba era su grotesca forma de actuar. Separaba las extremidades y la cabeza de sus víctimas y luego las colocaba a modo de puzzle, haciendo encajar tendón con tendón, hueso con hueso, hasta el más mínimo capilar estaba alineado con una precisión casi pasmosa.

El barrio en el que yo vivo, Wallace Town, es, o mejor dicho era, un barrio tranquilo, formado por perfectas casitas blancas, todas iguales, formando una serie de manzanas perfectas. En el centro, una pequeña plazuela con una blanca iglesia que cada domingo llamaba a los feligreses a la oración. Era todo tan blanco, que daba un aspecto casi aséptico. Los niños jugaban tranquilos por las calles, iban de casa de un vecino a otro, recorrían el barrio en bicicleta o patinete, y nunca había habido nada que temer. Las puertas de las casas siempre habían estado abiertas, en una clara invitación a los vecinos a pasar.

En las afueras del barrio, se encontraba el centro de salud y la escuela. Los jóvenes tenían que tomar un autobús para ir al instituto, que se hallaba a varios kilómetros de aquí.

La policía federal llevaba detrás del caso durante varios meses, pero en los últimos días parece que se había ensañado con sus víctimas, o su sed de sangre había comenzado a crecer a niveles alarmantes.

Ni qué decir tiene que el barrio ya no fue el mismo desde el principio de aquella fatídica semana en la que el asesino parecía haberse ensañado con nosotros. Ya no había niños jugando por las calles, las casas permanecían cerradas a cal y canto, y las únicas personas que teníamos la osadía de salir, éramos los afortunados que teníamos que ir a trabajar. Yo trabajaba en una cafetería céntrica del barrio y ya comenzaba a mirar con desconfianza a cualquier desconocido que entraba en el local. Mi marido, Trevor, trabajaba fuera del barrio, así que yo me encontraba sola en nuestro queridísimo barrio, junto a los niños, que dejaba puntualmente en la escuela cada mañana, antes de ir a cumplir mi densa jornada laboral.

Aquella semana eran cuatro, una por día, las víctimas que se había cobrado nuestro ahora enemigo. Había comenzado el lunes y hoy era viernes, por lo cual todos estábamos con los nervios a flor de piel aquel día. No sabíamos si se cobraría una nueva víctima o dejaría en paz nuestro barrio.

Los federales aún no tenían ni una mínima pista, lo que les traía irritados e insufribles. Cada miembro del vecindario fue interrogado y no lograron encontrar a nadie sospechoso de hacerlo. Por no tener, no tenían ni la más mínima idea de si se trataba de un hombre o una mujer. Supusieron en un principio de que se trataría de un hombre por la fuerza en mover los cuerpos de un sitio a otro. Para vuestra información, supusieron mal.

Aquel viernes, Trevor, como cada viernes, salía del trabajo a la hora de comer y fue él a recoger a los pequeños, Denisse, de once años, y Juliette, de siete, los grandes amores de mi vida. Mi turno en la cafetería se alargó bastante y para cuando yo salí ya era de noche. Aquello me inquietaba bastante, aún sabiendo que el modus operandi del asesino era atacar cuando sus víctimas ya estaban dormidas. A punto estuve de llamar a Trevor para que viniese a recogerme, pero logré contenerme. Recorrí los cerca de mil metros que había desde la cafetería hasta mi casa con el corazón en un puño. Ni un alma se veía por las calles, salvo algún que otro gato callejero que me dieron un buen susto.

Cuando por fin llegué a casa, me extrañó encontrar todas las luces apagadas. Mi corazón se encogió dentro del pecho y tuve un mal presentimiento. Me adentré en la casa con sigilo, no sin antes pasar por la cocina y apropiarme del mayor cuchillo que encontré. Me pareció escuchar un ruido en el piso superior, así que temerosa me dirigí a subir las escaleras. Cuando irrumpí en la pequeña habitación que hacía las veces de sala de estar, todas las luces se encendieron de golpe y me encontré a toda mi familia al grito de ¡Feliz cumpleaños! Caí arrodillada al suelo llorando, tirando lejos de mí el cuchillo que había estado sosteniendo en mi mano con tanta fuerza que la tenía agarrotada. ¿Pero a quién se le ocurre algo así después de lo que está pasando en el vecindario? ¡No recordaba ni que era mi propio cumpleaños! Tal era la congoja que tenía.

Tras celebrar debidamente mi cumpleaños, sándwiches, gusanitos, croquetas, la deliciosa tortilla de patata de Trevor, que había heredado la receta de su abuela española, soplé las velas de mi tarta y nos fuimos a dormir.

Les di un beso de buenas noches a los niños, como cada noche, y me fui a la cama con Trevor. Me costó dormirme, hasta que me introduje en un suave duermevela que me dejó por completo tranquila.

Cuando desperté, cerca de la medianoche, la cabeza diseccionada de Trevor, descansaba entre mis manos, dispuesta a ser colocada en el lugar exacto en el que debía estar. Un alarido de espanto escapó de mi garganta, mientras ensangrentaba mi cara con la sangre de mi propio marido, con mis manos escrupulosamente enguantadas.

Aún en estado de shock, llamé a los federales, indicándoles que el asesino que buscaban estaba en mi casa. La estampa que encontraron al llegar seguro que no se les borraría de la retina en mucho tiempo. Yo abrazada al cuerpo inerte y diseccionado de mi marido, llorando lágrimas de su propia sangre. Los niños dormían plácidamente después de recibir una nueva dosis de cloroformo.

De inmediato me llevaron a la comisaría, y me tomaron declaración. Confesé que había padecido sonambulismo desde pequeña y que no recordaba nada de lo que ocurría cuando estaba en ese estado. Esta había sido la primera vez que había despertado de mi trance justo cuando estaba manos a la obra. ¿Cómo podía yo haber hecho tales cosas? ¿Y a mi propio marido, al que quería con toda el alma?

Cuando me preguntaron por los crímenes ocurridos al otro lado de la ciudad, recordé que había trabajado durante una temporada en un restaurante durante el turno de noche en aquella zona. Terminaba tan agotada que aprovechaba un cuartito con un camastro que había al final de las dependencias antes de irme hacia casa en mi propio coche. Así fue como debió suceder, yo no recordaba nada de nada.

Nunca olvidaré el rostro sin expresión de mi marido cuando desperté. Y no creo que sea capaz de olvidar nunca la cara de repugnancia de mis hijos cuando venían una vez cada semana al centro penitenciario a visitarme. Yo sólo podía repetirles una y otra vez con lágrimas en los ojos: “no sabía lo que hacía, no sabía lo que hacía”. Las visitas cada vez se fueron espaciando más y más. A día de hoy hace años que no les veo. Cadena perpetua, y aún así es la menor pena a la que me podrían haber condenado.

La mayor pena la llevaré dentro de mi cabeza y de mi corazón durante el resto de mis días.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados

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El relato del viernes: Memories – “Los tres deseos”

El relato del viernes: Memories – “Los tres deseos”
Imagen: Magda Playà

Los tres deseos

Como cada noche, la pequeña Elena se acostó arrullada con un tierno beso de su madre, mientras le arropaba con esmero. Su hermanito Alfonso, con sólo dos añitos, hacía un rato que se había acostado, pero ella era mayor, ya tenía cinco años y podía acostarse más tarde. Eran las diez de la noche.

Como cada noche, Elena oía en el silencio que reinaba en su casa desde hacía meses, cómo su madre lloraba desconsoladamente y su padre intentaba consolarle, como cada noche, con las mismas palabras: ” Saldremos de esta, mi amor, ya lo verás. Tenemos que salir de esta”.

Como cada noche, Elena se hacía un ovillo en su cama y lloraba en silencio, no fuese que sus padres le escuchasen y se preocupasen aún más. Hacía meses que su hogar no era el mismo. Ella todavía no lograba comprender la magnitud de los problemas que tenía encima su familia, pero sí sabía que había cambiado mucho. Antes, su papá y su mamá jugaban con ella y con su hermanito, las risas siempre llenaban la casa, ella era feliz.

Pero desde hacía meses, la cosa había cambiado. Su papá, un hombre joven, fuerte y aguerrido, andaba cabizbajo y siempre estaba en casa. Antes no, antes salía de casa mucho antes de que ella se levantara para ir al cole y no regresaba hasta por la tarde. Cuando Elena le preguntaba a su mamá dónde estaba papá, le decía que trabajando. Y ella odiaba el trabajo, porque le separaba de su papá durante largas horas durante la semana y sólo podía aprovecharse de sus juegos los fines de semana.

Su mamá, una preciosa joven que siempre estaba en casa cuidando de que no les pasara nada, que siempre sonreía y jugaba con ellos sin parar, y les preparaba unas comidas riquísimas, andaba ahora ojerosa y triste, arrastrando sus pies al caminar. Elena sabía que lloraba a escondidas, para que ellos no se dieran cuentas, pero ella sabía que lloraba y mucho. Desde hacía un tiempo era ella la que se ausentaba de casa durante largos ratos para ir a trabajar. El trabajo de su mamá consistía en limpiar las casas de otras personas, según le había contado papá. Ella no comprendía eso, por qué tenía que ir a limpiar las casas de otras personas cuando estaban ellos allí, solos con papá, que apenas levantaba la cabeza del suelo y preparaba unas comidas asquerosas.

Solamente se entretenía y jugaba en los ratos de cole, pero cuando volvía a comer a casa, aquello era un auténtico drama.

La cosa empezó a cambiar un día en que papá llegó a casa diciendo que se había quedado sin trabajo. Elena se alegró muchísimo, ya sabemos que odiaba que su padre tuviera que irse a trabajar todos los días, pero cuando fue a darle un abrazo cargado de alegría, él le detuvo con el ceño fruncido y aspecto preocupado. Vaya, parecía que eso de que papá se hubiese quedado sin trabajo era algo gordo.

Un par de meses después, tras varias visitas al médico con Alfonso, que al parecer estaba malito, aunque Elena le veía jugar y reír igual que siempre, ajeno a lo que estaba ocurriendo en casa, ocurrió otra cosa inesperada. En la consulta del médico, mamá irrumpió en un llanto desgarrador y cayó desmayada poco después. Papá se mesaba los cabellos repitiendo una y otra vez las mismas palabras: “no puede ser, no puede ser”. Poco nos podía contar la pequeña Elena, pues no comprendía aquello que decían los médicos, que su hermanito tenía leucemia. Pero, ¿qué era aquello y por qué no le podían curar los médicos? Ella cuando estaba malita iba al médico, le mandaban un jarabe y ya está, se ponía buena. ¿Sería que no había ningún jarabe para la leucemia?

Los siguientes días fueron caóticos para la familia. Elena los recordaba con horror. Les hicieron pruebas a todos, incluida ella, y los resultados fueron que ninguno de ellos era compatible. ¿Compatible? ¡Qué palabra más rara! Nunca la había escuchado, pero cuando preguntó a papá y a mamá qué quería decir, ninguno de los dos le contestó, sólo iniciaron un llanto aún más descontrolado. Así que no volvió a preguntar.

Así que, como cada noche, Elena se hizo su ovillito en la cama y lloró en silencio hasta quedarse dormida. Pero aquella noche ocurrió algo diferente. Algo completamente inesperado y mágico para Elena. Una intensa luz le despertó del sueño en el que acababa de caer hacía apenas unos instantes. Elena abrió los ojos despacio, medio adormecida y deslumbrada por la brillante luz que tenía delante de sí. Se restregó los ojos para poder contemplarla mejor. ¿De dónde provenía toda esa luz en su habitación? ¿Acaso estaba soñando? Se pellizcó en un brazo, como había visto hacer en alguna película, y le dolió. Sin duda, estaba despierta.

Poco a poco aquel intenso resplandor se fue apagando, hasta que apareció frente a ella una pequeña muchacha con un hermoso vestido rosa y una corona de flores adornando su cabeza. De su espalda brotaban unas preciosas alas semitransparentes. En lugar de asustarse, Elena sentía una mayor tranquilidad que nunca. Se le quedó observando durante unos instantes con cara curiosa, propia de una niña de tan sólo cinco años de edad. Entonces, aquella pequeña muchacha le habló.

– Hola mi querida Elena. No te asustes, soy tu hada madrina. Llevo muchas noches oyéndote llorar en silencio, sólo yo he podido escucharte. Noto mucho sufrimiento en ti y he venido a ayudarte. Por eso te voy a conceder tres deseos. Pero ten mucho cuidado, has de escogerlos bien porque ya no podré ofrecerte más. – En ningún momento abandonó una dulce sonrisa en su rostro de figura mágica.

Elena se quedó pensativa. Había una muñeca que le hacía mucha ilusión. Y en el cole muchas amigas llevaban una taleguita que le gustaba mucho. Y a lo mejor… ¡Tener el pelo liso! ¡Sí! Su mamá siempre le daba muchos tirones cuando intentaba peinarle su enorme melena de pelo rizado. Pensaba todo aquello con ojos soñadores y una sonrisa de emoción.

Pero, poco a poco, la sonrisa se le fue desvaneciendo. ¿De qué le serviría tener esas cosas si al final terminaría llorando en silencio hecha un ovillo en su cama? Como todas las noches. Todos en su casa estaban cargando un enorme peso a sus espaldas que, a pesar de que ella no lograba a comprender, sí sabía que les entristecía a todos. Incluso a ella misma. Sólo su hermanito Alfonso, a pesar de aquella terrible enfermedad que padecía y que al parecer los médicos no eran capaces de curar, seguía feliz y jugando ajeno a todo.

Lo pensó detenidamente durante unos instantes más. ¿Y si su hada madrina conseguía devolver la alegría a su hogar? Eso le gustaría mucho más que aquella muñeca tan maravillosa, su taleguita era bonita y, después de todo, no le importaría soportar esos pequeños tirones en el pelo a cambio de que su familia volviera a ser feliz. ¡Ya tenía tomada su decisión! Y así se lo hizo saber a su hada madrina, que le miraba con expectación.

– ¡Hada madrina! ¡Ya sé cuáles son mis deseos!

– ¿Los has pensado bien, Elena? Recuerda que ya no podrás cambiar tu decisión y no podré concederte ningún deseo más…

– ¡Sí! Los he pensado muy bien y ya sé lo que quiero.

– Adelante entonces, querida Elena, ¿cuáles son tus deseos?

– Deseo… Que mi papá encuentre un buen trabajo para que mamá pueda volver a cuidar de nosotros y no tenga que limpiar otras casas nunca más.

– Muy bien, Elena. ¿Y tu segundo deseo cuál es?

– Deseo… Que mi hermanito Alfonso se cure de esa horrible enfermedad que llaman leucemia y pueda estar siempre con nosotros.

– De acuerdo, Elena. Ahora es el turno de tu tercer deseo. Recuerda que es el último. – dijo el hada madrina de manera bondadosa.

– Deseo… Que papá y mamá vuelvan a sonreír y a jugar con nosotros como siempre…

– Sabía que no me defraudarías, Elena, y que darías un buen uso a tus deseos. Ahora descansa, mi preciosa niña, y que tengas dulces sueños.

Dicho esto, tras una gran explosión de luz similar a la que le había despertado, su hada madrina desapareció. Elena durmió tranquila y con una sonrisa en la cara.

Cuando a la mañana siguiente su madre fue a despertarle para ir al colegio, Elena le contó lo ocurrido la noche anterior. Su mamá, con expresión apesadumbrada, le contestó:

– Mi niña, habrá sido un sueño. Las hadas madrinas sólo existen en los cuentos.

– ¡Que no mamá! ¡Yo le vi! ¡Y me concedió tres deseos! Verás cómo se cumplen. – pero por qué los adultos se empeñaban en no creer las cosas que decía. Como aquella vez que vio un monstruo debajo de la cama, pero nadie le creyó, y pasó la noche en vela con la cabeza tapada a la espera de que regresase el monstruo.

Era ya la hora del desayuno y la familia estaba reunida en torno a la mesa. Alfonso daba golpes a su comida con una cuchara, salpicándolo todo, mientras su madre trataba de impedir que lo hiciese. De pronto, sonó el móvil de su padre. Salió de la cocina para evitar el alboroto que estaba provocando Alfonso. Cuando regresó, traía en la cara una sonrisa mitad divertida mitad incrédula.

– María, me acaban de ofrecer un puesto de trabajo en una gran multinacional. Han visto mi currículum y me consideran la persona más adecuada para el puesto. ¡Tengo una reunión dentro de una hora para negociar los términos económicos y firmar el contrato! ¿Dónde está mi mejor traje? ¡No tengo tiempo que perder! ¡Ya no volverás a limpiar!

Elena sonrió satisfecha. Su primer deseo se había cumplido. Miró de reojo a mamá. Simplemente estaba estupefacta. Mamá miró también a Elena, pero aún podía ver un rastro de incredulidad en su mirada. Cuando pasó por el lado de Elena, le susurró al oído: “pura coincidencia, cariño”.

Mientras el padre iba frenético a vestirse, sonó el móvil de su madre. Elena vio diferentes gestos en su cara durante la conversación. Pasó del asombro a la incredulidad, de la incredulidad a la emoción, que hizo caer una pesada lágrima por su rostro, y de la emoción a la alegría. Lo único que Elena pudo escuchar de aquella conversación fue como su madre se despedía con un ” gracias, gracias, gracias, muchísimas gracias”.

Se giró hacia Elena con una amplia sonrisa en la cara. Elena también sonrió. Justo en ese momento, entraba su padre en la cocina, engalanado con su mejor traje y ajustándose el nudo de la corbata.

– ¿Qué es lo que pasa aquí que estáis tan contentas las dos?

– ¡Ay, Jorge, un milagro! Acaban de llamar del hospital, ¡que han encontrado un donante de médula compatible con Alfonso! ¡Nuestro hijo se va a curar, Jorge, se va a curar!

Y los dos se fundieron en un profundo abrazo, con una enorme sonrisa en la cara cada uno. Fueron a abrazar a Elena y a Alfonso con una gran alegría. Al fin papá y mamá volvían a sonreír después de tantos meses.

Elena suspiró y se asomó a la enorme ventana de la cocina, encaramando su pequeño cuerpecito en un taburete. Miró hacia el cielo y gritó, con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!

Mamá, al verle, se puso a su lado y, juntas, como si de un dueto acompasado se tratase, volvieron a gritar al cielo:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!


ANOTACIÓN:

 Donde dice papá, puede leerse mamá, y viceversa. Que no estoy yo para asignar roles machistas donde no corresponde. Es decir, en ningún lugar.

 Ojalá todos pudiéramos tener un hada madrina… Por vosotros, pequeños guerreros que no cesáis en la lucha.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Acordes”

El relato del viernes: Memories – “Acordes”
Fuente: Pixabay (editada)

Acordes

Era una noche cálida del mes de agosto. Después de mi cena, en solitario, disfrutaba con tranquilidad de mi mojito, contemplando el reflejo de la luna sobre el mar. Andaba yo absorta en mis pensamientos, quién me mandaba venir a pasar unas vacaciones sola. Era cierto que necesitaba alejarme de todo durante una temporada, de ahí que tomase aquella decisión. Pero también era cierto que llevaba dos días y ya me estaba consumiendo. Me aburría, no soportaba los largos días en soledad.

Estaba meditando sobre si regresar o no a casa, llamar a alguna amiga para que pasase unos días conmigo, o ser consecuente conmigo misma y llevar adelante mi decisión con todas sus consecuencias. En este último caso, he de reconocer que sentía miedo. Por un lado, mi vuelta a casa podía suponer un alivio y sentirme a gusto en el sitio al que se suponía que pertenecía. Pero por otro, podía ocurrir que con el transcurso de los días, me acostumbrase e incluso me gustase aquello y no quisiera volver a la monotonía de siempre.

De pronto, un rasgueo de cuerdas llegó hasta mis oídos. Un músico ambulante había comenzado a tocar una guitarra, de la que salían los acordes más bonitos que jamás había escuchado. Al poco tiempo, a ellos se les unió el sonido de una preciosa y desgarradora voz. Fijé mi atención en él, y podría jurar que él también se fijó en mí. Aquellos acordes, junto con su melodiosa voz, acapararon por completo mis sentidos aquella noche. No había nada más excelso en la vida, nada que me pudiese aportar más que aquel sonido que estaba escuchando.

Cuando aquel músico recogió sus cosas y se despidió, tomé la decisión de quedarme en aquel paradisiaco lugar sin más compañía que mi yo interior, con todas sus consecuencias. Bien podía morir de aburrimiento, bien podía resultar una experiencia extraordinaria.

El chico de aire bohemio y guitarra curtida en mil batallas, se acercó a mí ofreciéndome una gorra gastada, solicitando unas monedas. Se las di sin vacilar, por completo seducida por aquella mirada, profunda y viva. Se despidió de mí con un guiño y yo sentí que mi paso por allí no iba a ser para nada aburrido.

A partir de entonces, mi vida transcurría ilusionada por que llegase la noche y volver a escuchar aquella maravillosa voz otra vez. Intercambiábamos miradas, sonrisas, éramos cómplices sin si quiera conocernos. Toda idea de volver fue desterrada de mi mente.

Los días fueron pasando en un juego cómplice, que dio paso al poco a uno más seductor. Ni qué decir tiene que nunca más volví a mi casa. Me quedé junto a mi amor, mi bohemio, su voz y la música que nos unió. Me quedé donde se hallaba mi verdadero hogar.

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

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