El relato del viernes: “La victoria”

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La victoria

Cuando abrió los ojos se encontró con que una oscuridad, casi palpable, la rodeaba por completo. Era de una negrura tan intensa que, por un instante, temió haberse quedado ciega, pero su instinto le decía que no era así. Eso y algún pequeño resquicio que permitía soslayar unas tenues sombras menos intensas. Parpadeó repetidas veces con la esperanza de diluir esa oscura neblina que se había instalado frente a ella, sin resultado alguno.

No tardó en comenzar a sentir esa sensación tan habitual, esa antigua conocida que se amordazaba a su estómago, pinzándolo de una manera tan dolorosa que parecía querer salir por la garganta en forma de grito y por los ojos en forma de lágrimas. La angustia, vieja compañera de viaje, no la había abandonado jamás desde la primera vez que se instaló en su interior, apenas siendo una niña. Y allí estaba de nuevo, formando espirales en sus entrañas y retorciéndolas hasta el punto de dejarla sin aire.

Cerró los ojos. No quería contemplar aquello que tanto daño le hacía. O no podía, no lo tenía claro, aunque prefería pensar que no quería. Para su sorpresa, un nuevo torbellino fue arremolinándose en su vientre, uno muy distinto al anterior. Uno que, hasta entonces, era un completo desconocido para ella. Y, sin embargo, lo acogió con gusto, dándole la bienvenida y haciendo hueco en su interior para que pudiese expandirse a sus anchas. Estaba harta. Se encontraba ya cansada de sentirse siempre atemorizada, siempre acobardada ante la incertidumbre, apocada frente a las novedades.

La rabia comenzó a forjarse en lo más profundo de su ser. Al principio con timidez, pero, al sentirse bien recibida, fue cogiendo fuerza a una velocidad impresionante. Su calor asolaba todo a su paso y podía sentir cómo las mejillas y sus orejas adquirían un tono encarnado, aunque no pudiera verlas. Tal fue la fuerza con la que la rabia arrasó en su interior que el valor encontró también un resquicio por el que colarse. Y, sintiéndose protegida por esos nuevos sentimientos que habían irrumpido en su ser, decidió abrir de nuevo los ojos.

Al hacerlo, lo primero que advirtió fue que la oscuridad ya no era tan absoluta como antes. Ya no se cernía sobre ella como si quisiera atraparla con sus garras. Por eso se obligó a mantener los ojos bien abiertos, observando cada pequeño cambio que pudiese ocurrir a su alrededor. Poco a poco, todo se fue aclarando. La oscuridad se fue empequeñeciendo hasta quedar convertida en una minúscula mota negra que hizo desaparecer con un simple soplido.

En aquel momento, se sintió poderosa, fuerte y llena de energía. Y aliviada. Había conseguido vencer a sus miedos.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El planeta hostil”

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El planeta hostil

Cuando se despertó estaba completamente aturdido, sin ninguna idea de dónde podría encontrarse. El espacio donde se encontraba parecía girar a su alrededor sin ningún tipo de control y le costaba respirar. Le tomó varios minutos ir recuperando la compostura y, cuando todo a su alrededor pareció calmarse un poco, fue tomando consciencia de lo que había ocurrido. Reconoció su nave, su traje espacial y a su compañero, que yacía inconsciente en un costado de la sala de mandos. Recordó el accidentado aterrizaje, el fuerte choque contra el suelo y el golpe que recibió en la cabeza al salir despedido contra el panel de control.

Se incorporó con cuidado, comprobando su estado en busca de más magulladuras de las evidentes. No se atrevió a comprobar si su compañero había sufrido un desmayo o si su estado era más grave. Solo esperaba no tener que ser el portador de malas noticias para su familia. Se aseguró de que todo su equipo estuviese en orden y se aventuró, no sin incertidumbre, a salir de la nave.

Fue sorprendido por un extraño paraje en el que predominaba la sequía. Salvo algún que otro matorral disperso por diversos puntos, el terreno era árido y la tierra era una masa polvorienta que levantaba nubes de partículas con cada paso que daba. En la lejanía, pudo divisar lo que parecía ser una ciudad, así que dirigió sus pasos a una extraña pista pavimentada que parecía conducir hasta ella. El camino fue largo y tedioso, acompañado en todo momento por una luminosidad hasta aquel momento desconocida para él. Por la vía, a cada tanto, circulaban unos vehículos singulares que no había visto nunca y que lanzaban contra él grandes bocanadas de humo oscuro a su paso. Agradeció llevar puesta la escafandra que, sin duda, le protegería de aquellos gases, a todas luces, ponzoñosos.

Había conseguido pasar relativamente desapercibido hasta que llegó a la ciudad. Arcaicos edificios se levantaban a una altura considerable y el número de aquellos peculiares carruajes había aumentado hasta límites insospechados. Un estruendo insoportable lo llenaba todo y los habitantes del lugar, enfundados en unos extraños ropajes, parecían estar tan abstraídos que no se percataban de la muchedumbre que los rodeaba ni del ruido que los envolvía. Hasta que se fijaron en él.

Uno dio la voz de alarma, emitiendo unos estridentes sonidos en algún lenguaje desconocido para él. Comenzaron a señalarle con dedos acusadores y, aunque la mayoría mostraba una expresión de miedo y recelo, no tardaron en tratar de capturarle. En unos segundos se había desatado el caos y todos se desplazaban a gran velocidad de un lado para otro, profiriendo agudos chillidos que le dañaban en el interior del cráneo como si le estuviesen clavando miles de pequeños alfileres. Se sujetó la cabeza, cubierta con el casco integral, y, cuando ya no pudo más, pulsó el botón de emergencia estratégicamente situado en el cinturón del traje. Regresó de inmediato al interior de la nave.

Su compañero acababa de recuperar la consciencia cuando él se materializó a su lado. Tan turbado y desconcertado como él mismo hubiese estado unas horas antes, ni siquiera alcanzó a preguntar qué había ocurrido. Solo le vio poner en marcha los motores, iniciar un acelerado y precipitado despegue al tiempo que transmitía un mensaje por el canal telepático común:

—Aquí nave Ómicron. Misión Psi abortada. Iniciamos regreso inmediato a Marte. La Tierra es un planeta hostil. Repito. Un planeta hostil.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Las cuentas siempre cuadran”

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Las cuentas siempre cuadran

Agustín llevaba 10 años sin ir al pueblo. Exactamente los mismos que hacía que sus padres habían decidido enviarle a estudiar a Estados Unidos. Una decisión que, en aquel momento, pareció arruinarle la vida, pero que, al final, se convirtió en la mejor que podrían haber tomado por él. Se fue con rabia, con tristeza, masticando en su interior un odio creciente hacia sus progenitores que, a pesar de que acababa de debutar en la mayoría de edad, lo alejaron de todo lo que constituía su mundo. Dejó atrás a sus amigos, a su familia, aquel lugar en el que se sentía seguro y, por si fuera poco, también dejaba atrás a su primer amor. Sin embargo, una vez allí, se acomodó de tal manera a su nuevo estilo de vida, a sus recién estrenados amigos americanos, a su éxito en los estudios y a su brillante porvenir, que habían pasado diez años sin sentir la necesidad de regresar al hogar que lo vio nacer.

Había vuelto solo, aprovechando un viaje de trabajo que lo había traído a España durante unos días, y sin decir nada a nadie. Llevaba tiempo sin sentir aquel pellizco en el estómago con el que llegó al pueblo y que se atenazó cuando aparcó en la plaza y bajó del coche. Todo seguía exactamente igual a como lo recordaba, como si el tiempo no hubiese avanzado durante todos aquellos años. Solo el bar parecía haber evolucionado con el tiempo y ahora lucía una espléndida terraza cubierta que, a aquellas horas, rebosaba de gente. Apoyado sobre el capó del coche, lo observaba todo con una mezcla de ilusión y melancolía en los ojos. Por primera vez en años, volvió a sentirse de aquel lugar.

Una pandilla de chavales irrumpió en la plaza con gran algarabía, corriendo y saltando, disfrutando de la mañana de domingo. A Agustín casi se le detuvo la respiración cuando se vio a sí mismo entrando en la plazuela, con una enorme sonrisa y empujando con los pies un balón de reglamento. Se obligó a sí mismo a continuar respirando y prestó más atención a aquel niño. Era real, no cabía duda, no estaba sufriendo ninguna alucinación ni nada por el estilo. El parecido no solo era innegable, sino que era una copia exacta de sí mismo cuando tenía diez años de edad. Parecía estar viéndose jugar en la plaza con sus amigos, durante un tiempo en que su felicidad había sido tan plena como ignorada por él. Fue como un viaje en el tiempo que le hizo revivir momentos ya olvidados por su memoria de adulto. Un estruendo en un lateral de la plaza le distrajo un momento del pequeño.

Cristina llevaba toda la mañana sin parar, preparando pinchos y sirviendo cervezas. El domingo había amanecido espectacular y a aquellas horas, cerca ya del mediodía, la terraza estaba a rebosar. Canturreaba mientras se desenvolvía con soltura por el bar, charlando con unos y con otros haciendo gala de un humor excelente. Siempre tenía preparada una sonrisa, que regalaba a todo el mundo junto con el aperitivo. La vida no se lo había puesto fácil, pero ella, con su buen talante y su determinación, había sabido salir adelante. No solo había criado a su hijo sola, sino que, además, se había hecho cargo del único bar del pueblo y le había sabido sacar buen provecho. Trabajaba como la que más y, con su positivismo, había sabido quitarse pequeñas esquirlas que se le habían clavado tiempo atrás. Todos en el pueblo la querían.

Estaba tirando unas cervezas mientras observaba por la ventana cómo Rodrigo, su hijo, llegaba a la plaza junto con sus amigos.  Su eterna sonrisa se amplió al verlo. Aquel pequeño había sido el ancla al que se había aferrado en los momentos de mayor soledad, el que la había hecho reaccionar y salir adelante. Todo lo que hacía era por él y su interior henchía de orgullo cuando lo veía tan feliz. Depositó las cervezas en la bandeja, colocó también un par de platitos cargados con ricos aperitivos y salió a la terraza a servir. Nada más cruzar la puerta, lo vio. Fue como volver atrás en el tiempo, a una época demasiado dolorosa para ella, pero, gracias a la cual, ahora tenía cuanto la hacía feliz. Su rostro palideció por momentos y la sonrisa se esfumó. La bandeja se dejó caer de entre sus manos, derramando todo lo que ella contenía y causando más ruido del que le hubiese gustado.

Agustín volvió la mirada hacia el lugar del que provenía el alboroto. A la camarera del bar se le había caído la bandeja, dejando a sus pies un reguero de cristales, cerveza y pinchos de tortilla. El niño de la plaza, su alter ego infantil, corrió hacia ella, abrazándola e interesándose por su estado. Ella levantó la mirada, azorada, y enseguida la reconoció. Había cambiado, por supuesto. Llevaba el pelo más corto, de otro color y se la veía mucho más delgada. Pero hubiese podido reconocer aquella mirada entre un millón en el mundo. Conectaron como entonces y fue como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Se acercó a ella, que seguía abrazada a su hijo. Los escasos metros que los separaban fueron suficientes para que Agustín hiciese cuentas. Y cuadraban, vaya si cuadraban. Lo que no se explicaba era que todo el mundo hubiese sido capaz de ocultarle algo así. Cuando llegó a su altura, temblando por dentro, su mano se movió sola hacia la cabeza del muchacho, en una tierna caricia que le revolvió el pelo, pero sus ojos seguían clavados en ella. El abrazo que se dieron sería después recordado por todo el que estaba en aquella terraza aquella mañana de domingo. La acompañó a una mesa. Sin duda, tenían muchas cosas de las que hablar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Gaia”

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Gaia

Gaia vivía feliz en su florida cumbre, desde la que divisaba toda su extensión y su esplendor. Contemplando desde su excepcional balcón toda la belleza que había creado, danzaba en alegres piruetas sobre sí misma, cantando con los pájaros que la acompañaban, saltando entre flores de los más vistosos colores y revoloteando al ritmo de las mariposas. Sobre ella, un precioso cielo azul coronado por un brillante sol, reflejaba, como si de las calmadas aguas de un estanque se tratara, la magnitud de su creación. Rodeada de hermosura y armonía, Gaia vivía tranquila y feliz.

No se preocupó demasiado cuando aquellas pequeñas criaturas, a las que había dotado de una inteligencia singular, comenzaron a hacer cosas un tanto heterodoxas. Confiaba plenamente en su sentido común. Les había dotado de libre albedrío para no tener que estar siempre pendiente de ellos y había encomendado a su buen juicio la tarea de protegerse a ellos mismos y a todo lo que les rodeaba. Sin embargo, parecían querer demostrar que no estaban a la altura del privilegio que les había sido concedido. Y Gaia se estaba comenzando a replantear su decisión.

Poco tiempo hizo falta para que Gaia comenzase a sentir los efectos de los actos inconscientes de aquellas criaturas. Cada vez que hacían de las suyas, su salud se resentía un poco más. Cada árbol talado le suponía un nuevo dolor en los más profundo de su ser. Cada nueva fábrica, que emitía sus gases tóxicos a su maravilloso cielo azul, era como una punzada en el mismo centro de su alma. Comenzó a sentirse enferma, decaída y sin fuerzas. Dejó de bailar y de cantar con los pájaros y las mariposas que, poco a poco, también iban abandonando el lugar. Sentada sobre lo más alto de la cumbre, veía con  desconsuelo cómo su magnífica obra se iba degradando a un ritmo insostenible.

En un último acto de desesperación, sacó fuerzas de donde ya no le quedaban y dejó salir toda la ira que se había ido acumulando en su interior. Con la determinación de hacerles ver el grave error que estaban cometiendo, les envió todas las calamidades de que fue capaz. Grandes terremotos sacudieron sus edificaciones, torrenciales lluvias provocaron inmensas inundaciones en múltiples puntos del planeta, fuertes vientos azotaron sus cosechas y los volcanes escupieron fuego con alevosía.

A pesar de sus esfuerzos, aquellas estúpidas criaturas no parecían comprender nada de lo que estaba ocurriendo y siguieron a lo suyo. Gaia se culpaba de su ineptitud por haber confiado en su buen criterio. Una tarea en la que había fallado estrepitosamente. Por primera vez, se sintió sola y abandonada. Solo pudo tumbarse, esquilmada y marchita, a esperar su propia muerte. Su único consuelo fue tener la certeza de que ellos caerían con ella.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Viaje astral”

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Viaje astral

Cabalgaba a lomos de una estrella, agarrándose con fuerza a una de sus puntas para no caerse. Su tacto era tan suave que el solo roce con su superficie había sido suficiente para reconfortar su corazón. Su brillo eran tan intenso que apenas lograba apreciar la luminosidad de las demás estrellas que encontraban a su paso, lo que hacía sumirse a su alrededor en una profunda oscuridad. Sin embargo, aquella opacidad no le infundía ningún temor. Al contrario, parecía arroparla como un cálido manto, como un tierno abrazo que la acunara con la suave intención de llevarla a un descansado y placentero sueño.

La velocidad a la que la estrella surcaba el firmamento aumentó hasta límites insospechados. A pesar de que no había aire, una brisa fresca le alborotaba el pelo y le azotaba con suavidad en la cara. Se sintió mejor de lo que recordaba haberse sentido nunca. Conforme ganaban velocidad, comenzó a apreciar pequeños destellos a ambos lados de su camino. Eran como pequeñas pantallas de televisión que iban encendiéndose a su paso, para apagarse después con la misma velocidad con la que se habían encendido una vez habían traspasado su altura. En cada agujero de luz, imágenes de su vida se iban presentando ante sus ojos. Por un instante, sintió cómo el temor circulaba por sus venas como un torrente de fuego. Si estaba viendo la película de su vida, era muy probable que hubiese fallecido. Sin embargo, a medida que avanzaban por el universo y veían más imágenes, se dio cuenta de que no era exactamente su vida lo que estaba contemplando, sino solo los buenos momentos. Y todos tenían un punto en común.

Se trataba de un pequeño detalle que, hasta aquel momento, no había sabido apreciar. En todas aquellas imágenes que tan buenos recuerdos le traían, de aquellos instantes mágicos de su vida que hubiese querido poder revivir una y otra vez, siempre había una persona a su lado. Una persona con la que había vivido no solo los momentos más felices de su vida, sino también los más reconfortantes y amables, aquellos en los que siempre se había sentido protegida, cuidada, importante e invencible. Una persona que hacía años que no tenía a su lado, a pesar de seguir muy viva en su corazón, que había dejado en su alma una huella indeleble: su madre.

Desde que se dio cuenta de aquel detalle, se dedicó a disfrutar con plenitud del espectáculo. Era fascinante poder revivir de nuevo todas aquellas situaciones que habían marcado su vida de aquella manera. Se vio en brazos de su madre de nuevo, soplando la única vela de su primera tarta de cumpleaños y llorando desconsolada en su regazo con su primer desamor. Revivió el momento en el que aprendió a montar en bicicleta, ahogó las lágrimas del día que se rompió una pierna en el colegio y volvió a caminar hacia el altar bajo su emocionada mirada. Apoyó la cabeza sobre el pico más cómodo de su estrella viajera y suspiró. Meciéndose en su acogedor regazo, por primera vez en años, se sintió en paz.

Al notar cómo la estrella iba perdiendo velocidad, levantó la cabeza, expectante. Juntas, se introdujeron en una especie de túnel de colores que desembocaba en un espacio luminoso. Una gran luz blanca las esperaba al final y, a contraluz, podía distinguirse una silueta que, desde la distancia, lo único que transmitía era serenidad y una intensa armonía. A medida que se acercaban, su rostro empezó a hacerse visible. Una presencia en calma que, con una tierna sonrisa, aguardaba su llegada.

Se bajó de la estrella despacio, como queriendo alargar todo lo posible aquel momento, aquel reencuentro. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, erizándole todo el vello y haciendo que las lágrimas asomasen a sus ojos. La figura abrió sus brazos y la acogió, de nuevo, en su regazo, como siempre había hecho, como nunca olvidó. El abrazo fue tan intenso que pequeñas chispas de luz surgieron de las entrañas de las dos mujeres, madre e hija, un vínculo indestructible. Cerró los ojos para dedicarse a sentir, solo eso. El corazón se henchía en su pecho y, por un instante, se sintió en plenitud.

Cuando quiso, con temor, abrir los ojos, se vio en su cama, abrazada con fuerza a la almohada. No había estrellas, ni firmamento, ni nadie de quien respirar. Una lágrima saltó al vacío y cayó, solitaria, mojando el colchón.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Un trabajo bien hecho”

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Un trabajo bien hecho

Rebeca se encontraba en el pasillo de las conservas, tratando de alcanzar uno de los botes del estante superior. Aquella misma mañana había decidido realizar un cambio en su vida y el primer paso lo daría cambiando su alimentación. Más verdura, aunque fuese enlatada, que no le sobraba el tiempo para estar picando y cocinando. Las latas de guisantes la miraban desde lo alto, la retaban desde su posición de superioridad y ella trataba, en vano, de alcanzarlas poniéndose de puntillas y estirando uno de los brazos al máximo. Estaba rodeada de gente, cada cual a lo suyo, y nadie parecía prestarle atención y, mucho menos, brindarle ayuda. Justo cuando estaba a punto de rozarlas con las yemas de los dedos, sintió un pequeño pinchazo en el cuello.

Retiró de inmediato la mano para tocarse el cuello. Parecía como si un pequeño aguijón se hubiese insertado en su piel, aunque no consiguió palpar nada. Miró hacia arriba. Las latas seguían tambaleándose con el ligero roce de sus dedos al separarlos de forma tan brusca e intentó que no cayesen. Tarde. Varias cayeron al suelo con estruendo y salieron rodando desperdigadas por debajo de las estanterías. Rebeca no sabía dónde meterse. Todas aquellas personas que la habían ignorado cuando estaba en dificultades ahora estaban pendientes de ella. Y ella no sabía si reír o llorar.

Juanjo estaba en el pasillo de los yogures tratando de elegir alguno. Quería mejorar su alimentación y aquel mismo día se había dado cuenta de que apenas tomaba lácteos. Y allí llevaba al menos media hora, delante de una amplia oferta que nunca hubiese imaginado que pudiese existir, tratando de decidir entre los yogures griegos y los de bifidus activo.  Sopesaba ambos con las manos y leía las etiquetas como si así pudiese resultar más fácil tomar una decisión. De pronto, escuchó un intenso ruido. Una lata de guisantes se asomó por debajo de las cámaras de refrigeración y rodó perezosa hasta chocarse con su pie derecho. Al agacharse para recogerla, sintió un pinchazo en la nalga izquierda.

Dio un respingo, frotándose con insistencia en la zona y miró a su alrededor. ¿Alguien le había pinchado con algo? ¿Lo había picado algún insecto? Para su sorpresa, el pasillo se había quedado completamente desierto. Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar la lata de guisantes que había cogido justo antes del misterioso incidente. Y decidió devolverla a su lugar.

Al girar a la vuelta del pasillo, una azorada mujer se afanaba en recoger varias latas. Algunas de ellas aún rodaban por el suelo, dificultándole la tarea. Sin dudarlo, se acercó a ella para ayudarla en su laborioso cometido. Cuando sus manos se rozaron al tratar de alcanzar uno de los botes, los dos sintieron una corriente eléctrica que nació de sus manos, les recorrió el brazo y les llegó hasta el mismo centro del corazón. Ambos levantaron la vista a la vez, nerviosos. Una tímida sonrisa se asomó a los labios de ambos.

En lo alto de las estanterías, Cupido se frotaba los dedos en la solapa de su chaqueta con chulería. Otro trabajo bien hecho. Aunque ese par de ingenuos siempre pensaría que les había unido una lata de guisantes.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Vuelta al hogar”

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Vuelta al hogar

Viajaban acompañados por el cómodo silencio que se instala entre los que no precisan de palabras para demostrarse los sentimientos. Él, concentrado en la carretera, tan angosta y maltrecha que parecía no querer terminar nunca. Ella, concentrada en la ventanilla, que mostraba un paisaje tan cambiante que parecían estar atravesando diferentes mundos, y con una pequeña crisálida creciendo en su interior.

Habían salido cuando la noche todavía reinaba y en ese momento, apenas una hora pasado el amanecer, una luminosidad hipnótica confería a los campos un aspecto que rozaba la fantasía. La gruesa capa de escarcha que cubría todo difuminaba los colores y parecía querer cubrir todo con un manto de mágica purpurina.

Poco a poco, los grandes edificios de la gran ciudad, aún sumidos en un profundo sueño, habían dado paso a extensos terrenos baldíos que la noche, sabiamente, se encargaba de ocultar. Poco a poco, fueron cubriéndose de una tímida siembra que parecía querer desafiar al hielo que la cubría. Nueva vida abriéndose paso a través de la crudeza de la propia vida, que mostraba, orgullosa, un contagioso afán de supervivencia. Se podía intuir entre las sombras, bajo las heladas gotas de rocío, asomada al balcón de la niebla de la incipiente mañana. Y, conforme avanzaban, la mariposa que se había instalado en su estómago parecía extender sus alas un poquito más, agitándolas con timidez.

Al rayar el alba, los amplios sembrados ya se habían convertido en extensos terrenos repletos de viñedos. Desnudos esqueletos en decadencia que, dormidos, soñaban con eternos veranos dorados en los que brindar su preciada ofrenda al dios Baco. Los pueblos ya comenzaban a despertar a su paso, ofreciéndoles una discreta bienvenida envuelta en aroma a café y a chimeneas prendidas. Y cuando los primeros olivares comenzaron a aparecer sobre la velada línea del horizonte, la mariposa le pegó un pellizco en el estómago, rompió el capullo que la había mantenido guarecida hasta entonces y batió sus alas con energía en su interior.

Muchos kilómetros transcurrieron zigzagueando entre los centenarios árboles, que mostraban sus frutos henchidos de su dorado néctar bajo un tímido sol que ya lucía, aunque con timidez, en el cielo. Continuaban en silencio, sumido cada uno en sus pensamientos, en unos recuerdos que aumentaban al mismo ritmo que disminuían los kilómetros que faltaban para llegar a su destino.

Ella fue la primera en divisar las blancas casas que el paso del tiempo casi se había encargado de hacer desaparecer de su memoria. Su mano se posó con cariño sobre la de él. Un mismo suspiro se escapó de entre dos pares de labios. Por fin, habían regresado a su hogar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¡Feliz Año Nuevo!”

¡Feliz Año Nuevo!

El alba arañaba los últimos resquicios de una noche que parecía no querer terminar nunca cuando Alejandro introducía la llave en la cerradura de su casa. Su cuerpo acusaba el cansancio de un ajetreo al que llevaba demasiado tiempo sin estar acostumbrado. A los estragos que sobre él causaba el agotamiento se sumaba el alcohol que había tomado, mucho más que en todo el año.

Abrió la puerta con cautela y las luces del árbol de Navidad, colocado justo en la entrada de su casa, le dieron la bienvenida, dejándole prácticamente ciego con sus brillantes destellos. Tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarlos a la luminosidad que, en la penumbra de la madrugada, desprendía el abeto artificial. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado de no hacer ruido y sonrió. Era curioso comprobar cómo, a pesar de llevar varios años viviendo solo en su propia casa, todavía persistía esa costumbre de llegar como si de un ladrón se tratase para no despertar a sus padres.

Se dirigió hacia la cocina y, sin encender la luz, puso la cafetera en marcha. Le apetecía tomarse un buen café antes de acostarse, saborearlo con calma disfrutando del año nuevo en soledad, por fin. Se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina y, allí mismo, se quitó las botas, liberando a sus cansados pies de la prisión en la que llevaban encerrados desde el año anterior. Un gran suspiro de alivio se escapó de entre sus labios, rompiendo el silencio que a aquellas horas se había instalado a sus anchas en su apartamento. Fue entonces cuando echó algo en falta y sus entrañas dieron un respingo.

Agudizó el oído todo lo que pudo. En la casa reinaba un silencio absoluto, algo que en otras circunstancias hubiera sido normal, pero que en las últimas semanas había cambiado por completo. Se levanto y comenzó a recorrer las habitaciones. Estaban totalmente vacías. Ni el más mínimo sonido ni el menor signo de movimiento se podía apreciar en ninguna de ellas. El sonido del café subiendo en la cafetera italiana lo asustó.

Revisó cada rincón de la casa sin obtener resultado alguno. Salió, incluso, a la terraza, a pesar del intenso frío. Nada. No encontró nada y una incipiente ansiedad comenzó a hacer acto de presencia. Soltó un silbido y esperó. Tampoco tuvo respuesta.

Regresó a la cocina para retirar la cafetera del fuego. Quizá un buen sorbo de café bien cargado lo ayudase a pensar con claridad. Era imposible que se hubiese escapado porque, a su regreso, unos minutos antes, había encontrado la puerta bien cerrada y asegurada con una doble vuelta de la llave. Había revisado todas las ventanas y no había encontrado ninguna abierta. Incluso la puerta de la terraza estaba cerrada con pestillo antes de que hubiese salido afuera.

Una explosión rompió el silencio de la madrugada. Los más trasnochadores en aquella noche tan especial continuaban lanzando cohetes y petardos, desafiando al frío del amanecer. Entonces lo escuchó.

Era como un gemido lastimero, un lloro apagado que parecía provenir de su habitación. Se dirigió hacia allí, guiándose por el sonido y extrañado porque ya había revisado aquella habitación sin haber encontrado nada. Conforme se acercaba el llanto se escuchaba más cercano. Sin duda, estaba allí. Sus músculos se relajaron de inmediato.

La habitación estaba vacía, pero los quejidos continuaban, sutiles, llenado el ambiente. Se agachó y miró debajo de la cama. Unas patas peludas y suaves se abalanzaron sobre él, como si hubiesen encontrado en él una salvación durante mucho tiempo esperada. Unos ansiosos lametazos le cubrieron el rostro. Abrazó a su cachorro de pastor alemán con cariño, transmitiéndole toda la calma que fue capaz.

—Feliz año nuevo, Newman. Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Solo es una noche, solo esta noche…

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¡Feliz Navidad!”

¡Feliz Navidad!

Cuando Andrea terminó de colocar el último adorno navideño, se dejó caer exhausta sobre el sillón. Había pasado toda la tarde decorando su pequeña casa con infinidad de detalles que había ido comprando en los últimos días. Quizá había sido un esfuerzo excesivo, por no hablar del dinero invertido, pero eran sus primeras navidades sola y quería que fuesen muy especiales. Miró a su alrededor y suspiró satisfecha.

Un frondoso abeto ocupaba un lugar privilegiado junto al ventanal, delicadamente decorado en tonos dorados y plateados. Las pequeñas luces emitían sutiles destellos blancos, como si le estuviesen guiñando un ojo en cada parpadeo. En lo más alto, una estrella argentada lo supervisaba todo con orgullo. El mismo que portaban dos renos luminosos que, desde los pies del árbol, vigilaban la estancia. Largas tiras de espumillón decoraban cada mueble y cada cuadro del salón, todas ellas en los mismos tonos que los utilizados en la decoración del árbol, manteniendo una pulcra y delicada armonía visual. Sobre la mesa, un precioso centro elaborado por ella misma con hojas secas y piñas presidía la superficie, y una serie de grandes velas en diferentes alturas, cubiertas con purpurina, completaban el conjunto. La nota de color rojo la aportaban varias poinsetias estratégicamente colocadas en diversos puntos del pequeño salón. Sin duda, había quedado muy hermoso, digno del mejor decorador de interiores.

Del equipo de música se desprendían las suaves notas de tiernas melodías navideñas que inundaban cada rincón del pequeño apartamento. Andrea se dejó mecer por el sonido y pensó que se merecía un descanso. Una infusión le vendría bien, siempre le caldeaba el cuerpo y el alma, así que se dirigió a la cocina y puso el agua a calentar. Mientras esperaba a que la tetera tuviese el agua a punto, revisó en el estante donde guardaba las infusiones. Le apetecía alguna que reconfortase una fría tarde invernal como aquella. Escogió un té de manzana y canela, uno de sus preferidos, y, una vez tuvo el agua a punto, lo endulzó bien y regresó al sillón con la taza caliente entre sus manos.

Acurrucada en el sillón, descalza y envuelta en su suave manta polar, Andrea aspiró el cálido aroma que desprendía la taza que sostenía entre las manos. Contempló su pequeño salón, tan profusamente decorado, y, por primera vez, se sintió sola. Un intenso sentimiento de soledad la arrasó, como una ola que llega a la orilla sin previo aviso, llevándose a su paso todo lo que hubiese por delante. Recordó las palabras de su madre, rogándole para que pasase las navidades junto a ellos, y se preguntó por qué no la habría hecho caso. Por supuesto, siempre negaría haber tenido ese pensamiento, pero en aquel instante, con la única compañía de la melodía del equipo de música, su orgullo se venía abajo por momentos. Su orgullo, sí, porque él había sido el culpable de que la soledad fuese su compañera durante aquellas navidades. Las habituales discusiones en casa y la perspectiva de pasar unas divertidas fiestas con sus compañeros de la facultad, la habían llevado a tomar aquella decisión. Por nada del mundo se atrevería a reconocer ante nadie que como en casa no se estaba en ningún sitio, por muchas tiranteces que tuviese que soportar. Y, aunque salir con los amigos estaba muy bien, se había dado cuenta de que, en los momentos que de verdad importaban, se encontraba sola.

Antes de que la primera lágrima se atreviese a saltar de sus ojos, se obligó a levantarse. Volvió a dirigirse a la cocina y hornear unas galletas. Al poco tiempo, el dulce olor que desprendía el horno la reconfortó un poco. Al día siguiente era nochebuena y podría darse un buen atracón de dulces. Total, un día es un día. Estaba comenzando a sacar arbolitos de navidad, hombrecillos y estrellas del horno cuando sonó el timbre de la puerta. Andrea se extrañó, no esperaba a nadie a aquellas horas y el clima fuera no invitaba a salir a hacer ninguna visita. Se quitó el delantal y fue a abrir, por simple curiosidad más que nada. Lo que se encontró tras la puerta la dejó sin palabras.

—¡Feliz Navidad!

Frente a ella, cargados con bolsas y maletas, sus padres y su hermano pequeño aguardaban con una enorme sonrisa, ataviado cada uno de ellos con un simpático gorro de Papá Noel. Ni si quiera aguardaron a que reaccionase. En apenas unos segundos se habían abalanzado hacia ella, estrujándola en un abrazo que le rozó el alma e hizo que aquellas lágrimas, que poco antes había conseguido detener, brotasen sin límite.

Mientras su familia conversaba, reía y cantaba sentada a su mesa, Andrea los observaba, completamente embargada por la emoción. El precioso centro navideño había quedado relegado a un rincón de la estantería y el luminoso árbol de navidad también había tenido que compartir espacio con el colchón hinchable en el que dormiría su hermano. Fue entonces cuando comprendió que el espíritu navideño no se lograba con adornos y villancicos. La auténtica Navidad residía en la familia.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La magia de la Navidad”

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La magia de la Navidad

Carlos llevaba toda la mañana recorriendo el bosque, caminando sobre la escarcha y bajo las copas nevadas de los árboles. A pesar de que se había abrigado bien, no había podido evitar que el frío le calase los huesos y comenzaba a sentirse entumecido. Tenía los guantes empapados de apartar las heladas ramas con las manos en busca de las mejores bayas que pudiese encontrar, las más bonitas y brillantes. Quería hacer con ellas una hermosa corona con la que sorprender a Mireia.

No había sido un buen año para ellos y Mireia, a pesar de que siempre sonreía y trataba de mantenerse fuerte, no estaba bien. Él lo sabía. La conocía demasiado bien para no darse cuenta de sus profundas ojeras de las mañanas, síntoma inequívoco de sus largas noches de insomnio; de sus llantos sordos a la hora de acostarse, cuando pensaba que ya dormía; de su pérdida de peso, que había dejado atrás las prominentes curvas de su enamorada para dar paso a apenas un espectro de la mujer que había sido. Sin embargo, Mireia nunca había mostrado síntomas de debilidad ante él. Ni ante él ni ante nadie. No se había permitido, ni por un momento, que nadie la viese sin su sonrisa, sin su infatigable energía, sin sus eternas ganas de vivir.

Por eso, porque él sabía la verdad que no se mostraba ante sus ojos, quería sorprenderla. Sabía que era un detalle insignificante y que con él no conseguiría aliviar ni el más mínimo resquicio de la pena que, poco a poco y en silencio, iba consumiendo a su mujer. Sabía cuánto le gustaba la Navidad, al igual que sabía que estas navidades iban a ser muy diferentes, las más tristes de todas las que habían vivido juntos. Y quería que aquel día, cuando volviese de la ciudad, encontrase la casa bellamente decorada. Se había puesto manos a la obra en cuanto Mireia había salido por la puerta aquella mañana, pero le faltaba el adorno más especial, la corona de bayas que daría la bienvenida a una casa en la que, a pesar de las dificultades, seguían luchando día tras día y que estaría repleta de un mágico y emotivo espíritu navideño.

Sin embargo, después de llevar varias horas recorriendo el bosque, aterido de frío y desmoralizado por completo, no había logrado encontrar ni una sola rama de los tan ansiados frutos rojos. Parecía como si el destino hubiese confabulado en su contra para que no pudiese completar su sorpresa con ese toque tan especial y, como por arte de magia, hubiesen desaparecido todos del bosque. De nada sirvió retirar la nieve y la escarcha de cada rama que iba encontrando a su paso, no había ni rastro de las bonitas bayas rojas. Desesperado y cabizbajo, emprendió el regreso a casa.

Llegó completamente calado, hasta los pies, a pesar de que había salido bien equipado con sus gruesas botas para la nieve, pero la caminata había sido tan larga que ni siquiera ellas habían podido resistir el embate del frío. Iba lamentándose, pensando en que cuando llegase a casa la encontraría tan fría como sus huesos. Estaba seguro de que su pequeña excursión le iba a costar bien caro, con una pulmonía como mínimo. Echó en falta un buen fuego con el que caldearse y desentumecerse, pero se conformó al pensar en una buena ducha bien caliente y su jersey más grueso, el que reservaba para los días más fríos. Con ese pensamiento en la mente, accedió al interior de la casa.

Cuál sería su sorpresa al encontrar un crepitante fuego prendido en el hogar, lanzando destellos dorados hacia toda la habitación que, con la decoración navideña que había dejado preparada por la mañana, conferían a la estancia un toque, cuando menos, mágico. Un dulce aroma a canela inundaba toda la estancia, transportándole de inmediato a una acogedora tarde invernal junto a su familia. A pesar de la sorpresa, no pudo evitar sentirse sumamente reconfortado. Se acercó al fuego y tendió sus frías manos hacia las hipnóticas llamas, que danzaban enredándose entre ellas en un complicado y, a la vez, delicado baile. Sin duda, Mireia había regresado antes de tiempo.

La llamó, pero no obtuvo respuesta alguna. Olvidándose del frío y de la humedad, fue a buscarla por toda la casa. Sin embargo, no encontró a nadie. Su abrigo tampoco estaba colgado en el perchero que había justo a la entrada y sus cálidas zapatillas de estar en casa estaban en su sitio. Si ella aún no había regresado, ¿quién había encendido el fuego? Extrañado, volvió a situarse junto a la chimenea. Y fue entonces, en el momento en que se acercaba al fuego para comprobar si el calor le permitía pensar con algo más de claridad, cuando reparó en algo de lo que no se había percatado hasta entonces. Sobre la mesa, colocado en el centro con pulcritud, reposaba un hatillo con las bayas más bonitas que había visto nunca.

No perdió más el tiempo y se dirigió hacia ellas. Desprendían un agradable aroma y aún conservaban algunas gotas del rocío que las habría cubierto. Las tomó con cuidado entre sus manos y sonrió. Aún estaba a tiempo de preparar la corona más bonita, más delicada y más navideña que Mireia pudiese llegar a imaginar. ¿Sería posible que en verdad existiese la magia de la Navidad? Sin duda, la sonrisa de su esposa cuando llegase a casa daría fe de que sí, la magia de la Navidad no solo existía, sino que, además, les había visitado para que pudiesen finalizar el año con un regusto algo más dulce, tanto en el paladar como en el corazón.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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