El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

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Ni la muerte podrá separarnos

—Ni la muerte podrá separarnos, te lo prometo.

A Martina se le humedecieron los ojos ante sus palabras. Se dejó envolver en un abrazo que despojó a su alma de todos sus temores y, un momento después, a su cuerpo de toda su ropa. Veinte minutos más tarde, un cigarrillo compartido fue testigo mudo de aquella declaración de amor, vestida de sudor satinado y envuelta en volutas de humo.

—¿De verdad lo prometes?

—Lo prometo.

Él la había mirado a los ojos y ella lo había creído. Y tanto que lo había creído. Se había aferrado a sus palabras como si fuesen una tabla de salvación, atendiendo a una desesperada necesidad de cariño que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Había suspirado profundamente y se había quedado dormida con una sonrisa de deliciosa satisfacción en los labios. Cuántas veces había maldecido aquel momento.

Más de veinte años después, a Martina se le humedecían de nuevo los ojos. Y, en la situación en la que se encontraba, le dolía en el alma no saber distinguir si aquellas lágrimas que escapaban sin su permiso eran de dolor o de alivio. Dirigió la mirada hacia el cielo, como si de esta manera pudiera impedir su fuga y devolverlas a su lugar. Unos oscuros nubarrones lo cubrían y el viento había comenzado a soplar con fuerza. Sin duda, estaba a punto de comenzar a llover. Regresó la mirada al frente, donde el sacerdote estaba a punto de finalizar su responso. Bien podía habérselo ahorrado. Al fin y al cabo, nunca había sido creyente y dudaba mucho que lo fuera ahora, después de todo. Pero nunca se sabía.

Una veintena de personas comenzó a arremolinarse a su alrededor. Ella apenas veía rostros, sino meras manchas borrosas que se acercaban y le ofrecían un abrazo o una caricia que pretendía ser reconfortante. Si ellos supieran. Menos aún escuchaba sus voces. Le llegaban amortiguadas por la capa de ruido que provocaban sus propios remordimientos de conciencia. Increíble, pero así era. Su conciencia le hablaba a gritos, reclamándole los sentimientos que se suponía debía tener en un momento como aquel. A ella ya solo le quedaban dudas.

En apenas cinco minutos, aquellas personas se habían dispersado, dejándola sumida en una soledad que a ella le hubiese gustado disfrutar desde el primer momento. Las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con languidez desde el cielo plomizo de aquella tarde de noviembre. Pesaba más la preocupación por no mojarse que el motivo por el que se habían reunido allí. Vio cómo los últimos paraguas salían por la puerta, en la distancia, y suspiró.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido cortaba el aire, logrando que impidiese llegar con fluidez a sus fosas nasales. De hecho, parecía el único sonido que se permitía escuchar, junto al repiqueteo de las gotas de una lluvia que ya comenzaba a arreciar. Ambos se mezclaban en una siniestra melodía que parecía haber sido compuesta de forma expresa para ella y que le arrancó un sollozo ahogado. Creyó asfixiarse.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Permaneció allí, de pie, inmóvil bajo la lluvia, con los ojos mirando, pero sin ver, al hombre que componía aquella tétrica canción. Sin pedir permiso, los recuerdos acudieron a su mente. Lo hicieron en tropel, atropellándose los unos a los otros en una carrera en la que solo uno de ellos podría resultar vencedor. Una tierna caricia. Un grito. Una rosa blanca envuelta en papel de celofán azul. Una mano que se alza sobre una cabeza doblegada. Risas compartidas que se bañan en espuma de cerveza. Ansiolíticos disueltos en la blanca crema de un café con leche. Pasión. Temor. Golpes. Miedo. Terror. Y, finalmente, alivio. Un alivio culpable que ni tan siquiera ahora le permitía permanecer tranquila.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido continuaba, implacable, acelerando su cadencia conforme el cielo derramaba mares de lágrimas y el ocaso se acercaba de manera peligrosa. Tierra sobre tierra. Polvo sobre polvo. Barro sobre barro.

Empapada de pies a cabeza, Martina vio cómo aquel hombre finalizaba su trabajo sin apenas esfuerzo. La miró con gesto cohibido y ella le dirigió un ligero ademán de asentimiento con la cabeza, en parte demostrando gratitud y en parte escondiendo un tácito permiso para retirarse. Se quedó completamente sola, al fin.

Calculó que debía faltar una media hora para que el sol se ocultase y poder dar por terminado aquel largo día. Seguía lloviendo, pero no le importaba. Al contrario, las gotas de agua deslizándose sobre su pelo, sobre su piel, sobre su ropa, parecían ejercer un efecto purificador sobre ella. A cada minuto que pasaba se iba sintiendo cada vez más ligera, como si la lluvia arrastrase consigo todo aquel peso que le lastraba el alma y el corazón. La melodía había cambiado y ya solo se escuchaba el tintineo de la lluvia sobre el suelo, meciéndola como si de una suave canción de cuna se tratase. Y decidió despedirse, en silencio, a solas, durante unos minutos más.

En aquel corto espacio de tiempo, Martina consiguió perdonarlo. Le perdonó los bramidos, las humillaciones, los golpes que llegaron disfrazados de cariño. Y tan bueno había sido aquel disfraz, confeccionado a base de años de desprecios y de lágrimas atravesadas en la garganta, que nadie había conseguido desenmascarar al portador del mismo. Fue la cara oculta de una luna que brillaba con esplendor en el cielo cada noche, pero que, cuando salía el sol, mostraba su verdadero rostro, el más cruel. Y fue en ese preciso instante, en el momento del perdón, cuando la última lágrima se escapó de sus ojos para mezclarse con las del cielo. Y supo, con certeza, que todas y cada una de las lágrimas que había derramado habían sido de alivio. Y que aquella sería la última.

Se acercó con decisión al hueco que acababa de ser cubierto con la tierra humedecida del otoño y tomó, de un costado, una porción más. La acarició entre sus dedos, sintiendo su textura, su frescor, incluso su aroma. Dirigió una última mirada al lugar donde yacía el que había sido su compañero de vida y, con una ligera sonrisa, arrojó aquel último puñado sobre su sepultura. Sin darse tiempo para pensar en nada más, giró sobre sus talones y, sin detenerse, se alejó con la intención de no regresar jamás a aquel lugar. Atrás dejaba un pasado enterrado en el sentido más literal de la palabra.

Para cuando quiso llegar a la puerta del cementerio, hacía ya tiempo que la noche había caído sobre ella. Se acercó, ya con prisa por alejarse de allí, para comprobar, con estupor, que la verja estaba cerrada. De nada sirvieron sus voces, que reclamaban auxilio para salir de aquel lugar. Su calado cuerpo clamaba por una ducha caliente y sus entrañas por el reposo del hogar. Nadie acudió en su auxilio. ¿Acaso no había vigilantes que hicieran ronda cada noche? Echó mano de su teléfono móvil. Sin batería. Emitió un suspiro frustrado. ¿Algo más podía salir mal? Decidió esperar tras la cancela, obligándose a mantener la calma. Alguien debería de aparecer de un momento a otro.

Pasaron al menos dos horas de espera, de llamadas inútiles a la oscuridad de la noche, apenas atenuada por la luz de un farol cada centenar de metros. Esta aparecía distorsionada por la lluvia que, como si se hubiese puesto de acuerdo con el destino para hacerle aquella mala jugada, no paraba de caer. A lo mejor, el vigilante de turno había decidido quedarse al amparo de su garita en aquella desapacible y gélida noche.

Exhausta, tanto física como emocionalmente, dedicó unos segundos a decidir qué hacer. No podía quedarse junto a la verja, a la intemperie, a pesar de que el frío y la humedad ya le habían calado los huesos. De aquella noche salía con una pulmonía, por lo menos. Entonces, recordó el frondoso árbol que había junto al recién estrenado sepulcro de su marido. Sus gruesas ramas, repletas de hojas, a pesar de lo avanzado del otoño, le servirían, al menos, de un ínfimo resguardo. Abrazando su propio cuerpo para aplacar los temblores que la recorrían, dirigió sus pasos hacia allí. Además, una última noche en su compañía, pensó, no le haría daño. Menos aún ahora, que ya no podía ponerle la mano encima y podría descansar a su lado sin escuchar sus bramidos. Sería su última despedida. El broche final a una vida compartida de cariño y odio.

Se acurrucó junto al tronco del frondoso árbol, que parecía un viejo roble. Justo a sus pies, la tierra húmeda y fresca sobre la que había arrojado el último puñado hacía dos horas. Por suerte, había dejado de llover, pero la humedad del suelo y del ambiente y el aire frío la tenían entumecida. Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ligeramente ladeada. Cerró los ojos y trató de descansar un poco.

En el relativo silencio de la noche, pudo escuchar un ruido que nada tenía que ver con los habituales. Era el sonido de tierra removiéndose, un crujir de entrañas de barro que podía, incluso, sentir bajo su propio cuerpo. Pensó que debía estar quedándose dormida, sufriendo alguna especie de alucinación propia del estado de duermevela, y no le dio mayor importancia. Al rato, una fuerte sacudida hizo que abriese los ojos de inmediato. El terror le congeló la sangre en las venas.

Una enorme grieta se había abierto sobre el suelo, justo en el lugar donde él reposaba en su eterno descanso. Y pensar que en algún momento había creído que el descanso sería para ella. Por aquella amplia fisura en el suelo, una mano sobresalía, buscando con desesperación algún lugar al que aferrarse. Lo encontró con prontitud en uno de los extremos de la propia lápida. Una gran cantidad de terreno se revolvió, para dejar a una tétrica figura aparecer por él.

—Martina… Cariño…

Martina no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin duda, toda la tensión de los últimos días, unido a la terrible noche encerrada en el cementerio, le estaban pasando factura. Debía estar viviendo una pesadilla, pero era tan real que se sentía paralizada por el pánico. El rostro de él era más aterrador que nunca y, con una mueca espeluznante, la miraba directamente. Trató de levantarse y correr, pero no podía. Era como si estuviese anclada a aquel suelo de barro y muerte.

Sintió cómo una de aquellas manos la agarraba de una pierna y tiraba con fuerza de ella hacia el interior del agujero. Un alarido escapó de su garganta, mientras se hundía junto con su captor en las profundidades de la misma fosa que habían cubierto aquella tarde, sin saber que se trataba de su propia tumba.

—Te dije que ni la muerte podría separarnos… y yo siempre cumplo mis promesas.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Una nueva oportunidad”

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Una nueva oportunidad

Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo desbocado y la respiración agitada. Suspiró con alivio al comprobar que estaba en el salón de su casa, en el mismo sillón donde horas antes se había recostado y se había dejado mecer por el plácido sueño que deseaba le acompañase para siempre. Ya había anochecido y por las cortinas entreabiertas de la ventana se colaban los haces de luz de los coches, que circulaban ahora por su salón, dotándolo de una iluminación tan intermitente como real. 

Tres parpadeos. Al menos eso era lo que le había parecido. Toda la película de su vida había pasado ante sus ojos en el breve intervalo que duraban tres tristes parpadeos. No pudo evitar preguntarse con amargura si a eso se reducía todo. Todo lo que había vivido, todo lo que había sufrido, todo lo que había amado. Todas las penas que le habían sumido en la angustia más profunda, todas las grandes alegrías que creía haber vivido. Al final se resumía en tres breves parpadeos. 

Se dio cuenta entonces de lo efímera que había sido su vida, apenas una caída de ojos en un cortometraje en blanco y negro, y casi sintió alegría por que su plan hubiese fracasado. Fue entonces cuando la vio.

Sentada sobre la mecedora de Nadia, balanceándose con parsimonia, lo miraba con una intensidad tal que apenas pudo aguantar su mirada unos segundos. Los suficientes, sin embargo, para poder contemplarla en toda su amplitud. Tenía la tez nívea, tersa y joven. Su belleza no era comparable con la de ninguna mujer que hubiera conocido, de tal manera que casi resultaba doloroso para la vista mirarla de frente. El cabello negro, liso y sedoso, quedaba cubierto por una capucha de satén tan oscura como la propia noche que se asomaba a su ventana. Una elegante pose acompañaba al ligero balanceo de la mecedora, con el que parecía querer hipnotizarlo.

Un sutil carraspeo llegó hasta sus oídos y se vio obligado a devolver la vista a aquella enigmática dama. Por un instante, le pareció contemplar un brillo de diversión en aquellos profundos ojos que no le quitaban la vista de encima. Trató de desviar la mirada, pero le fue imposible. Sentía cómo una magnética tensión le impedía mirar hacia otro lado que no fuese ella. El silencio reinaba dolorosamente en el salón, pero, a pesar de ello, escuchó un murmullo con claridad en sus oídos.

—Sabes quién soy, ¿verdad, Darío?

***

Nadia exhaló una gran bocanada de humo y miró asqueada el cigarrillo que sostenía con su mano derecha. Tenía los dedos agarrotados por el intenso frío y la menuda brasa no conseguía traspasarla ni un ápice de calor. Pensó que, en aquellos momentos, ni tan siquiera una hoguera hubiese sido suficiente para caldear la sensación de gelidez que se había instalado en su interior. 

Dirigió la vista hacia la entrada del hospital donde, horas antes, habían ingresado a Darío con la premura que requería su estado. Urgencias hervía de actividad y médicos y enfermeros trasegaban con premura por los abarrotados pasillos. Por un momento recordó todo el terror que había vivido hacía solo unas horas, que se le habían antojado eternas, y la angustia que se había instalado en su pecho desde entonces se intensificó. Dio una intensa calada a su cigarrillo y lo arrojó con rabia al suelo. 

Cruzó la calle hasta llegar a apoyarse sobre la barandilla que quedaba justo frente a la entrada de urgencias. La vista desde allí a aquellas horas de la noche era insuperable. La oscuridad del cielo contrastaba con la iluminación de las calles y con la intensa luminosidad que desprendía, al fondo, la gran ciudad. Por una carretera cercana, decenas de coches circulaban con rapidez en ambos sentidos, sin duda de regreso a un hogar que le estaría aguardando con calidez, dispuesto a despejarlos de la miseria del día. Por su mente transcurrió el fugaz pensamiento de que su hogar nunca más la aguardaría para ofrecerle ese anhelado remanso de paz. La vida, como la conocía, jamás volvería a ser igual. Ni siquiera estaba segura de si lo que estaba por venir se iba a poder seguir llamando vida.

Una fuerte racha de viento frío la azotó en la cara, llevándose con ella las lágrimas que, irremediablemente, llevaban horas cayendo por sus mejillas. Al sentir el viento, fue más consiente que nunca de una irónica y cruda realidad. La vida seguía su curso. Y le pareció de lo más injusto que todo siguiese como si nada, los coches circulando, la gente riendo, el viento soplando, mientras su mundo se resquebrajaba por completo. El nudo instalado en su interior se tensó un poco más y miró hacia el cielo, como si de esa manera suplicase clemencia por la insensibilidad de la vida ante su propio dolor. Un pequeño claro se abrió entre las nubes que cubrían su cabeza y un pequeño rayo de luna se coló a través de él. Entonces lo supo. Había encontrado la solución.

***

—Oh, por supuesto que sabes quién soy, si tú mismo me has llamado —susurró la dama, un tenue murmullo que pareció taladras el cerebro de Darío. El salón permanecía en el más absoluto silencio—. ¿Puedo saber para qué? No es tu hora y yo estoy muy ocupada. Ahora tengo que estar aquí perdiendo el tiempo contigo, en lugar de atender otros compromisos ineludibles.

Darío sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. A pesar de que sus palabras habían sido suaves, transmitían una frialdad y una crudeza que helaba la sangre. Trató de articular palabra, pero de su garganta no salió sonido alguno. Algo la estaba obstruyendo y, de pronto, sintió una gran presión en esa zona, como si se estuviera asfixiando.

—No puedo llevarte conmigo, ¿comprendes? —La dama misteriosa continuó hablando como si nada estuviese ocurriendo, como si él no se estuviera ahogando frente a ella—. En cambio ella… me está llamando. Y su llamada es sincera. Voy a tener que acudir sin demora. —Hizo una pausa significativa, como si le estuviera dando el tiempo necesario para comprender la situación, y emitió un leve suspiro. Continuó hablando con un ligero tono de un indulgencia en su voz—. E imagino que conocerás el motivo de su llamada.

Un extraño brillo se formó en los ojos de la mujer y Darío se sintió palidecer por momentos. No podía ser cierto lo que creía que aquella mujer estaba insinuando. Nadia, no. No podía ser cierto, no podía dejar que se la llevara a ella. No a su Nadia. Sintió cómo el pánico se apoderaba de él y abrió los ojos desmesuradamente. Lo que fuera que le estaba obstruyendo la garganta continuaba allí, así que se limitó a negar con fuerza con la cabeza.

—Todo lo que hacemos tiene consecuencias, ¿sabes? —dijo la mujer con una extraña mueca. Darío hubiese jurado que había sido una mínima sonrisa, aunque en aquel angelical rostro de hielo le pareció tétrica—. Y, por lo que parece, tú no estás dispuesto a afrontarlas. Lo lamento, Darío, pero es lo que hay.

Darío se sintió asfixiar aún más si cabe y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas de desesperación. Sin apenas fuerzas, logró lanzarse a los pies de la oscura dama en una última y atormentada súplica. Aquella parecía divertirse con su sufrimiento y Darío pensó si acaso merecía tanta crueldad. 

—¡Oh! ¡Está bien, está bien! —su voz llegó a los oídos de Darío como un chirrido—. Por esta vez, lo dejaré pasar, pero solo porque me pillas muy ocupada y ya he perdido demasiado tiempo contigo. Pero la próxima vez te aseguro que no tendré tanta clemencia.

***

Nadia dirigió sus pasos hacia el interior del hospital para refugiarse en la extraña calidez de la sala de espera. La última lágrima se había secado con una postrera ráfaga de aire y, para cuando se sentó en una de las desvencijadas sillas de plástico, se encontraba mucho más tranquila. El haber tomado una determinación, aunque fuese tan drástica como lo era la suya, había conseguido quitarle el hondo pesar que le lastraba el alma. Ahora, pasase lo que pasase, estarían juntos. Y esta vez sí sería para siempre.

Comprobó la hora en su teléfono móvil y compuso un rictus de amargura al comprobar cuántas horas habían transcurrido sin que nadie le diese noticias de Darío. Mala señal, sin duda. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por no haber sabido interpretar una señales que, ahora que miraba en restrospectiva, hacía tiempo que estaban allí. Se maldijo, incluso, por no haber llegado a casa antes. 

Se obligó a salir de aquella espiral de autodestrucción en la que había entrado. De nada servían ya los lamentos o los deseos de haber hecho las cosas de otro modo. Ya era tarde. Y, en cualquier caso, no importaba. Acalló a su intranquila conciencia y, con el resquicio de calma que había comenzado a fraguarse en su interior, se dejó mecer en un turbado sueño.

Se vio a sí misma sentada en una silla de la cocina, con una taza de café caliente entre las manos. Parecía verano, pero un insistente frío se había instalado en su interior y era incapaz de dejar de tiritar. De pronto, la puerta de entrada a la casa se abría con ímpetu y aparecía Darío, con los ojos inyectados en sangre y las manos fuertemente apretadas en dos firmes puños a los costados de su cuerpo. De sus brazos aún colgaban varios tubos y presentaba un aspecto tan pálido que rozaba la transparencia. Su púrpura mirada cayó sobre ella como una losa de granito y, de pronto, le faltó la respiración. 

La boca de Darío se abrió con lentitud, dejando a la vista una dentadura mellada y revestida en sangre que le heló el alma. Su voz salió enronquecida y modulada con esfuerzo, pero a los oídos de Nadia llegó con una claridad perfecta. Solo cuatro palabras: “Tú tienes la culpa”.

Nadia despertó de inmediato, sudorosa y trémula, justo a tiempo para escuchar cómo por los altavoces de megafonía se emitía un llamado para los familiares de Darío Vallés. 

***

Una lágrima se precipitó desde los ojos de Darío cuando vio a Nadia aparecer a través del cristal de la UCI. Una única lágrima que cargaba con todo el peso de su culpa, casi tanta como la que soportaba Nadia en lo más profundo de su alma.

Debía de hacer al menos una hora que había abierto los ojos. Lo hizo alarmado, asustado por la imposibilidad de moverse y buscando con desesperación algo con la mirada. Algo o a alguien. Solo atinó a ver a varios enfermeros a su alrededor y a una doctora que trataba de calmarle con la sonrisa más reconfortante que le habían dedicado jamás. Ni rastro de la mujer que acababa de conocer. Un dolor agudo le traspasaba la garganta y continuaba sin poder emitir sonido alguno, pero comprobó, con alivio, que era debido al tubo que le había facilitado la respiración. Solo quería gritar. Gritar un nombre. Nadia.

Reconoció su perfume entre el olor a desinfectante y antiséptico y supo, sin duda, que ella había entrado en la habitación. La buscó con la mirada y, antes de que sus ojos llegasen a encontrarse, ya lo habían hecho sus manos. Dos palabras fueron pronunciadas al tiempo, aunque solo las de uno de ellos llegaron a romper el silencio. Un “lo siento” pronunciado con desgarro, otro silenciado sin permiso. Dos lágrimas convergentes que se unieron en un mar de suero fisiológico. Dos suspiros ahogados ante la certeza de que la vida, o quizás la muerte, había puesto ante ellos una nueva oportunidad.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

El relato del viernes: “Sin nombre”

El relato del viernes: “Sin nombre”

Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

Encuentros efímeros

Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El primer tranvía de la mañana

Aquella mañana, cuando Alberto se levantó de la cama observó, no sin sorpresa, que una gran nevada había cubierto la ciudad por completo. Todo un manto blanco recubría cualquier cosa que tuviese a la vista, parques, tejados, coches, aceras y calles. Acababa de amanecer y la ciudad aún estaba aletargada, ningún vehículo circulaba por aquellas callejuelas blancas ni se veía persona alguna que se hubiese aún atrevido a profanar aquella alfombra virtuosa. Desde la ventana de Alberto, parecía como si el tiempo hubiese quedado detenido en algún lugar extraño a miles de kilómetros de allí.

En tan solo unas horas las calles estarían repletas de niños alegres porque no tendrían que ir a la escuela y que jugarían ilusionados con la nieve como si no la hubieran visto jamás, a pesar de que aquel maravilloso espectáculo visual y sensorial se repitiese año tras año. Pero en aquellos momentos, ante aquel desierto blanco que se extendía ante sus ojos, Alberto solo podía pensar en aquella reunión que tenía a primera hora con uno de los clientes más prestigiosos de su bufete. Era más que evidente que no podía faltar a aquella cita, por más que su cansado cuerpo le pidiese lo contrario, pero veía con tristeza cómo el circular por aquellas calles con su pequeño coche se iba a convertir en prácticamente toda una odisea.

Se preparó el desayuno mientras daba vueltas en su mente a la manera más rápida de conseguir llegar hasta el sitio acordado con el cliente sin necesidad de circular por aquellas improvisadas pistas de esquí urbanas. Con el primer sorbo de café, en el preciso instante en que el aroma penetraba en profundidad por su todavía adormiladas fosas nasales, evocó los viajes en tranvía que solía hacer con sus abuelos en los días de nieve. Para cuando terminó su efímero desayuno, ya había decidido que tomaría el tranvía, con la esperanza de que estuviese en funcionamiento en un día como aquel, en el que la nieve parecía haber querido cubrirlo todo, incluso los raíles por los que circularía el vehículo de su salvación.

Salió a la calle vestido con una pulcritud exquisita, como siempre que se dirigía al trabajo,  protegido del frío con un abrigo de lana de primera calidad. Avanzó como pudo hasta la parada del tranvía, puesto que su calzado no era el apropiado para la nieve, pero en ningún caso se presentaría en una reunión laboral con un atuendo impropio para la misma. Cuando consiguió llegar a la marquesina, que se encontraba a escasos metros de su portal, se limitó a permanecer estático, sin atreverse a mover ni uno solo de sus músculos, sobre todo de sus extremidades inferiores, mientras esperaba a que apareciese el primer tranvía.

Un alivio casi instantáneo se apoderó de él cuando hubo puesto sus pies dentro del vehículo, en apariencia vacío. Alberto tomó asiento en un lugar cercano a la puerta, al tiempo que comprobaba en su caro reloj de pulsera que todavía estaba a tiempo de llegar con puntualidad a su cita, siempre había detestado la impuntualidad, tanto la propia como la ajena. Levantó la cabeza con desgana hasta que su mirada se topó con unos preciosos ojos color miel que le escrutaban a través de una delgada franja delimitada entre un gorro de lana gris y una inmensa bufanda. Fuera del habitáculo, la nevada había ganado en intensidad.

Perdido en aquellos enigmáticos ojos, alguna especie de fuerza superior a su propia voluntad le hizo cambiar de asiento para acercarse a ellos. En cuanto lo hubo hecho, una amplia sonrisa surgió de las fauces de aquella extravagante bufanda, como si aquella mirada lo hubiera estado esperando desde hacía muchísimo tiempo. Alberto, que nunca había dispuesto de tiempo ni ganas para encontrar el amor, se encontró de pronto atrapado por aquella misteriosa muchacha de la que no sabía nada, una completa desconocida. En pocos minutos, la conversación y las risas recorrían el interior del tranvía, que se deslizaba con fluidez por aquel paraje albino, al tiempo que la cantidad y el grosor de los copos de nieve iban en aumento conforme pasaba el tiempo.

Según avanzaba la mañana, la ciudad había comenzado a despertar y la actividad del tranvía era mucho más intensa que cualquier otro día. Nuevos pasajeros subían, otros bajaban, en un intenso frenesí de gentes con prisas o que, simplemente, no querían arriesgar su vida deslizando por las calles heladas, mientras el tranvía continuaba su ruta y repetía itinerario una y otra vez, sin que ni Alberto ni la muchacha fueran conscientes de ello. El conductor lanzaba miradas cómplices a través del espejo retrovisor a aquella nueva pareja que acababa de nacer al resguardo y abrigo del interior de su tranvía. Mientras tanto, aquella absurda reunión de trabajo iba quedando cada vez más olvidada en algún rincón de la mente de un enamorado Alberto.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

Pequeña fábula del mago desamparado

Había una vez un mago que vivía solo y desamparado en una isla desierta. Víctima de algún naufragio, llevaba tanto tiempo en aquella situación, que ya ni recordaba tan siquiera como había llegado hasta allí. Los recuerdos de su vida anterior habían ido quedando diluidos entre el salitre y la arena de unas playas que, por muy paradisíacas que pareciesen, escondían el mayor de los males para su marchita alma: la soledad.

En aquella isla, su pelo se había vuelto cano y encrespado y su barba había crecido hasta donde la naturaleza había querido imponer su propio límite. Su piel hacía años que había abandonado la palidez que la caracterizaba para tornarse en un cuero renegrido y curtido que hacía mucho tiempo había dejado de reconocer. Las arrugas se habían convertido en sus únicas compañeras en aquel atolón de maleza y arena.

Por supuesto que había tratado de salir de aquel lugar. De hecho, lo había intentado en infinidad de ocasiones. ¿Cómo no hacerlo cuando la única compañera con la que podía contar era con su soledad? Y la soledad, cuando no es buscada, no suele resultar una buena compañía. Sin embargo, todos sus intentos por abandonar la isla habían terminado en un fracaso absoluto. De nada había servido la barca que trató de construir con madera extraída con gran esfuerzo de las palmeras. Las señales de humo que comenzó a emitir cuando, al fin, fue capaz de lograr prender un fuego, tampoco sirvieron para nada. Nadie parecía pasar por aquel lugar que nunca llegó a saber situar en un mapa. En realidad, jamás consiguió ver un avión sobrevolar el lugar, ni siquiera a una altura tan considerable que tampoco le hubiera servido de gran ayuda. Estaba realmente aislado y completamente solo. Como consecuencia, había desistido del intento mucho tiempo atrás. Lustros, décadas tal vez, un tiempo imposible de cuantificar.

Cierta noche, mientras observaba las estrellas que poblaban el cielo de aquel perpetuo verano, una estrella fugaz surcó la bóveda celeste con una velocidad extraordinariamente lenta. Fue casi un minuto lo que duró el transcurrir de aquella pequeña bola de fuego en el cielo y el mago se quedó absorto en su contemplación. Jamás había visto un fenómeno tan extraño como aquel.

Hipnotizado como estaba por aquel luminoso astro, un pensamiento traspasó su mente a la par que la estrella lo hacía en el cielo. «Parece cosa de magia», se dijo para sí. Y, entonces, como si una pequeña luz se hubiera encendido también en el interior de su cabeza, recordó que él era mago. No un mago cualquiera, además, sino uno de los mejores. Pensó que, quizá, con su magia lograría salir de aquella penosa situación en la que se encontraba.

Maldijo cientos de veces la torpeza cometida al haber pasado por alto durante tanto tiempo aquel pequeño detalle que podría cambiar para siempre el devenir de su vida. Gritó, pataleó, se mesó los largos cabellos con rabia y, una vez calmado, fue cuando puso su magia a actuar. Y, entonces, se obró el milagro.

El mago fue recibido con alegría y cariño por todos sus amigos y familiares. Descubrió con tristeza que algunos de ellos ya no estaban, recibió con algarabía a los nuevos integrantes de la familia y pudo constatar que la mayoría de los que recordaba apenas le eran reconocibles. Él tampoco lo era para ellos, después del tiempo transcurrido en soledad. Sin embargo, ahora había vuelto y todos le habían recibido con los brazos abiertos. Así era el poder de la magia, infinito y magistral.

Moraleja:

No trates de buscar en el exterior la magia. La verdadera magia es la que guardas en tu interior.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "La señora Adelaida"

El relato del viernes: "La señora Adelaida"

La señora Adelaida

La señora Adelaida era un personaje curioso. Vivía en el bajo de mi bloque, en la única vivienda que había en el portal. Su puerta era oscura, escondida en el rincón que el hueco de la escalera se encargaba de cubrir siempre de sombras. Igual de oscura era la buena mujer que, ataviada siempre de negro y con un rictus serio y grave en la boca, jamás era capaz de ofrecer una tenue sonrisa a sus vecinos de comunidad.

Creo que desde que tuve uso de razón aquella señora lo único que llegó a infundirme fue miedo. Un temor tétrico se apoderaba de mí cada vez que la veía. Tengo que decir que, además, era irracional e infundado, porque lo cierto es que jamás tuve motivos para temer de ella. Sin embargo, no podía evitar sentir cómo un escalofrío me sacudía el cuerpo desde los pies hasta la cabeza en las contadas ocasiones en las que tuve la mala suerte de coincidir con ella en el portal.

Recuerdo que, siendo una niña, al regresar a casa del colegio, cruzaba corriendo el portal y subía los escalones de dos en dos para evitar encontrarme con aquella señora que, en mi imaginación, era una auténtica bruja. Quizá algo tuviera que ver en aquello la, bajo mi punto de vista, repugnante verruga que adornaba su nariz, coronada por tres fuertes y oscuros pelos que se encaracolaban sin que a ella pareciera molestarle en absoluto.

Desde mi terraza podía ver con total nitidez la suya, una especie de patio cerrado por altas paredes que lo mantenían la mayor parte del día en penumbra. En raras ocasiones podías ver a la señora Adelaida disfrutando de un momento de relax en aquel espacio, que utilizaba únicamente para tener la ropa y poco más. Yo, que solía pasar tardes enteras jugando en la terraza, entraba en pánico cada vez que alguno de mis juguetes tenía la desgracia de escaparse barandilla abajo y llegar a caer al patio de aquella lúgubre señora. Prefería mil veces quedarme sin mi juguete preferido a tener que bajar y tocar en aquella puerta para pedir el favor de que me lo devolviera. En las contadas ocasiones en las que lo hice, me atendió siempre malhumorada, rezongando entre dientes, exhortándome a tener más cuidado, para devolverme a mi querido juguete mustio y arrugado después de haber pasado por el cubo de la basura. Una experiencia que no me apetecía nada tener que repetir.

Había ocasiones en las que, por un descuido, a mi madre se le caía alguna prenda a su patio cuando tendía o recogía la ropa del tendedero. No sé por qué extraña razón era a mí a la que siempre le tocaba bajar a recuperarla. Creo que, en el fondo, a mi madre tampoco le gustaba aquella señora e intentaba tratar con ella lo menos posible. Jamás traspasé aquel umbral siniestro que se abría ante mí, un recibidor oscuro como su dueña y que, para mí, era como las fauces de una fiera salvaje que me fuera a devorar si ponía un pie más allá del felpudo de la entrada. Por supuesto, tampoco fui nunca invitada a hacerlo.

Han pasado los años y la señora Adelaida, a pesar de continuar con su lóbrego aspecto y su rictus amargo, ya no se me antoja ser la bruja que solía ser en mi niñez. Los años han pasado como apisonadoras sobre ambas y a ella le han dejado un poso de tristeza en la mirada y a mí me han quitado las gafas del temor. Esta mañana la encontré en el portal, apoyada sobre la barandilla que asegura los cinco escalones que separan a la calle de su vivienda, agotada, sudorosa y temblorosa. Sin dudarlo, le he ofrecido mi ayuda. Con pasos trémulos, ha recorrido agarrada a mi brazo el pequeño tramo de escalones y, por primera vez en la vida, me ha abierto la puerta de su casa. Tras el oscuro recibidor, un hogar cálido y luminoso me ha dado la bienvenida. La señora Adelaida me ha sonreído, me ha dado un abrazo demasiado fuerte para las fuerzas que aún resisten a abandonarla y me ha invitado a café.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Todo va a ir bien"

El relato del viernes: "Todo va a ir bien"

Todo va a ir bien

—Todo va ir bien… Todo va a ir bien…

Estas eran las palabras que se repetían sin cesar en la cabeza de Rafael, como un mantra, mientras caminaba cabizbajo por la calle, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Hacía meses que no se ponía aquellos pantalones y fue entonces, en aquel momento en el que una relativa calma había hecho acto de presencia, cuando notó que le quedaban grandes. Por la mañana, cuando se vistió, estaba tan alterado que los nervios le habían impedido darse cuenta de nada. Estaba perdiendo demasiado peso.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

El mantra continuaba repitiéndose en su mente sin cesar, en un segundo plano, mientras Rafael repasaba lo que acababa de ocurrir. Hacía unos minutos que había abandonado aquella oficina y la sensación que se le había quedado era, en cierto modo, ambigua. Era la primera entrevista de trabajo que realizaba en meses y no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien. Pero necesitaba aquel trabajo con urgencia y, desde luego, había puesto todo lo mejor de sí mismo en aquellos minutos que había pasado en ese bonito despacho.

Mientras caminaba, recordó las últimas entrevistas que había realizado. De ellas siempre había salido con una impresión muy buena y, sin embargo, las respuestas que recibió siempre habían sido negativas. Había pasado ya tanto tiempo desde la última, que esta la había realizado con una ilusión especial. Pero, en el fondo, se temía cuál iba a ser la respuesta. Sus más de cincuenta años de edad, junto a los casi cinco años que llevaba sin empleo, le hacían ser el candidato ideal, sí, pero para desestimar. Nadie le quería y hacía ya demasiado tiempo que no recibía ayuda económica alguna. Sufría cuando veía a sus hijos tener que dejar a un lado los estudios para poder ayudar a la economía familiar.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

A unos metros de distancia, Mariana, sentada en su cómodo sillón de un despacho situado en la quinceava planta de un moderno edificio de oficinas, sostenía entre sus manos el currículum de aquel hombre que se acababa de ir. Tantos años ejerciendo su profesión la habían dotado de una capacidad excepcional para leer a través de las personas y lo que había visto en la mirada de aquel hombre la había dejado intranquila. Detrás de aquella sonrisa que, claramente, no alcanzaba a iluminar su mirada, Mariana había podido vislumbrar la desesperación y la resignación. Detrás de aquella voz, en apariencia tranquila y modulada, había podido percibir el miedo.

Echó un vistazo a la pila de papeles que, ordenada con precisión milimétrica, aguardaba en un extremo de su mesa. En ella había decenas de currículum que postulaban para el puesto que ofrecía su compañía. Todos ellos pertenecían a gente joven, idealista y que, sin duda, aportarían dinamismo, empuje y ganas al puesto de trabajo. Ideas nuevas e ilusión para reactivar el proyecto que tenían entre manos. Sin embargo, ninguno con la cualificación con la que podría contribuir el hombre de los ojos tristes. Acarició con suavidad las hojas con las yemas de los dedos y se mordió el labio inferior. Cerró los ojos y dejó que fuera su corazón el que la guiase en la decisión que estaba a punto de tomar.

Cuando los abrió, sonrió, dejó los papeles sobre la pila de currículum y tomó el auricular del teléfono modernista que quedaba a su izquierda.

Rafael estaba a punto de adentrarse en la boca de metro para emprender el viaje de regreso a su casa. El aire fresco de la calle le había hecho bien y, con una expresión mucho más relajada en su rostro, seguía manteniendo en su mente el mantra que le llevaba acompañando durante toda la mañana.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

Apenas había bajado los primeros escalones que descendían hacia el subterráneo cuando sintió una vibración en el interior del bolsillo del pantalón, ese que le quedaba grande. Respondió con premura. En los últimos meses se había acostumbrado a atender cada llamada con la urgencia de la desesperación, nunca sabía dónde podría encontrar la oportunidad que tanto tiempo llevaba buscando. Una voz de mujer le dibujó la primera sonrisa verdaderamente auténtica de las últimas semanas:

—¿Rafael? Soy Mariana, nos acabamos de ver. Quizá sea un poco precipitado, pero… ¿podrías comenzar mañana?

Rafael sonreía y asentía a su interlocutora con extrema gratitud, mientras aquella voz mental le susurraba:

—¿Ves? Te lo dije… que todo iba a ir bien…

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


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El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

Simbiosis melódica

Elena se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a sí y apenas logró reconocerse. El vestido de terciopelo negro con un solo tirante que cruzaba su pecho era precioso, una auténtica maravilla que realzaba su curvatura natural y que la hacía sentirse como si fuese una persona importante. El cabello estaba recogido en un sobrio rodete que dejaba escapar, casi por descuido, varios mechones que caían enmarcándole el rostro. Un maquillaje suave resaltaba sus rasgos, confiriéndole un aspecto casi angelical, excepto por el color de sus labios, un intenso tono rojo que jamás se hubiese atrevido a llevar. Unas pequeñas lágrimas de cristal, que colgaban solitarias de los lóbulos de sus orejas, completaban el conjunto. Giró sobre sí misma y dejó escapar una tenue sonrisa. A pesar de que estaba maravillada con lo que veía, no podía evitar que la ansiedad le ganase la partida a la emoción.

Exhaló con fuerza hasta que no quedó ni una sola gota de aire en sus pulmones y agradeció que hubiesen respetado su petición de estar a solas esos últimos instantes. No quería que nadie la viese así. Llevó su mano al estómago, donde un intenso dolor se había instalado desde hacía unos largos minutos y se dobló, apoyándose con la otra mano en el espejo que le devolvía aquella imagen de cuento. Después de todo lo que había luchado, del esfuerzo, del tesón, de la alegría por haberlo conseguido, de la ilusión por que llegase aquel día, no hubiese podido imaginar sentirse tan mal como lo estaba haciendo. Se miró nuevamente en el espejo de reojo. Una auténtica princesa le devolvía la mirada, pero era una princesa derrotada, una princesa vencida por la angustia, que ya no quería vivir dentro de aquel cuento que siempre soñó habitar.

Sus manos comenzaron a temblar mientras escuchó cómo sonaban unos leves golpes en la puerta. Supo que había llegado el momento. Por unos instantes, la idea de permanecer encerrada en su inquietud, paradójicamente, la llenó de tranquilidad. Pero sabía que no podía hacer aquello, nunca se había rendido y no iba a comenzar a hacerlo justo ahora que se encontraba delante de la oportunidad que llevaba toda la vida esperando. Sería la princesa más valiente que había existido jamás.

Traspasó el umbral y comenzó a caminar por el pasillo, tambaleándose sobre aquellos tacones con los que apenas sí lograba mantener el equilibrio. Sentía manos a su alrededor, manos que se posaban sobre ella, que le regalaban caricias que no llegaba a agradecer. Hasta sus oídos llegaban palabras de cariño envueltas en un sutil velo que las convertían en indescifrables. Aquel pasillo parecía haberse estirado aquella noche como si estuviese hecho de goma. Sus pies avanzaban perezosos y renqueantes sobre la moqueta, pero el final no parecía llegar nunca. Cuando apenas quedaban unos centímetros, cerró los ojos y avanzó.

Al abrirlos, una luz cegadora le impidió ver más allá del propio suelo por donde pisaba, tratando de aparentar una seguridad en sus pasos que en realidad no sentía. Detrás de aquella luz, todo era oscuridad y silencio, un silencio categórico que no hacía sino intimidarla más aún. Creyó desvanecerse por unos segundos, pero entonces lo vio. Caminó hasta él en soledad, tratando de reprimirse ante el temor que aquel sobrecogedor silencio le imponía. Cuando llegó hasta él, se sentó con una extrema delicadeza en la banqueta forrada con terciopelo rojo que estaba aguardando su llegada. Sus manos se deslizaron por las teclas de aquel majestuoso piano que, soberbio, aguardaba con paciencia a ser pulsado. Entonces fue cuando se obró el milagro.

Al tiempo que las yemas de sus dedos reptaban por su superficie, Elena sintió una vez más aquella seráfica conexión con el instrumento, que convertía a ambos en un único ser. Todos sus temores desaparecieron al instante, sus manos abandonaron los últimos temblores y una sonrisa se instaló en su rostro para quedarse. Cerró los ojos y, simplemente, comenzó a tocar, disfrutando de aquella simbiosis que sus manos lograban con las teclas.

Cuando, minutos después, Elena pulsó la última tecla de la melodía, el teatro al completo irrumpió en una intensa ovación. Ella, agradecida y emocionada, se puso en pie y dedicó al público una suave reverencia, mientras que, con disimulo, prodigaba una última caricia a su compañero.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

En tiempos de guerra

El soldado tomó asiento sobre un tocón viejo y sucio que encontró a escasos centímetros del lugar donde estaba atrincherado el batallón. Pasó el dorso de la mano por su frente polvorienta y se limpió las últimas gotas de sudor que destilaba. Una sensación incómoda y desconcertante le asaltó durante un breve instante. Fueron solo unos segundos, pero por ese breve lapso de tiempo le asaltó la duda de si las gotas que recorrían su rostro, en lugar de sudor, no serían lágrimas. Frunció el ceño. Era la primera vez que se planteaba aquella cuestión y, compungido, descubrió que no había lugar a dudas. No hizo falta que se pasara la ennegrecida mano por los ojos para advertir la humedad en ellos y el regusto salado que dejaba a su paso por los labios. Había estado llorando.

Elevó la mirada y agudizó la vista. En la distancia,  podía percibir perfectamente los agotados contornos de la vida que latía tras las barricadas del frente enemigo. Una ligera columna de humo se elevaba con un suave zigzagueo hacia un cielo que, bajo su interpretación, cada vez mostraba menos estrellas. Debían de estar cocinando la cena, un exiguo y frugal sustento con el que a duras penas lograban reponer una mínima parte de las fuerzas desgastadas en combate. A su espalda, algunos de sus compañeros estaban entregados también a aquel afán, cada vez más simple por la escasez de víveres. Torció el gesto. Si no los mataba la guerra, lo haría el hambre.

Emitiendo un sonoro suspiro, se puso en pie y, al hacerlo, su rodilla emitió un quejido suplicante. De pronto, se sintió viejo. No anciano, pero sí con la vejez prematura del que lleva más batallas libradas en su interior que en el propio frente. Quizá fue esa selecta senectud la que le llevó a caminar arrastrando los pies, derrotado, sin fuerzas ya para continuar y remolcando tras de sí la amargura de un pasado que ya jamás podría  borrar.

Sin pretenderlo, guiado quizá por algún confraternizador instinto, fue reduciendo el camino que le separaba de las filas enemigas. Aún faltaban varios cientos de metros cuando creyó percibir movimiento no muy lejos de él, una sombra tal vez, una respiración ardua y pesada. Su reacción, en primera instancia, le llevó a sentir temor. Siempre le ocurría, a pesar de llevar combatiendo ya varios meses. Antes de entrar en combate, no sentía una descarga de adrenalina, como algunos de sus compañeros decían sentir, ni tan siquiera una exaltación del orgullo, como referían otros. Siendo sincero, debía reconocer que aquel hormigueo que notaba en el vientre y aquel sudor frío que le mojaba las manos no era otra cosa que miedo. Miedo en su estado más básico. Ni él había elegido estar allí ni aquello era un juego.

En ese momento, en solitario y con las defensas bajas, un escalofrío le erizó el vello. Sin embargo, aquella sensación duró solo unos instantes. Si algo tenía el miedo era la capacidad de agudizar el resto de sentidos. Cada vez que sentía un peligro, cada vez que se avecinaba un ataque, el aire parecía volverse más denso, el silencio se volvía desgarrador y un olor acre impregnaba el ambiente. Al menos, así lo percibía él. Pero en aquellos momentos, en la calma silente del anochecer en el campo, ninguno de estos signos parecía presente y se relajó de inmediato. Su instinto le decía que no debía temer.

Afinó el oído y creyó escuchar lo que le pareció un suave sollozo. Retomó el paso, con cautela, tratando de guardar el máximo sigilo posible. Entre la bruma nocturna alcanzó a distinguir una figura recostada contra una roca. Avanzó un metro más, un uniforme enemigo. Un metro más, una misma melancolía en la atmósfera. Se quedó quieto, observando, y el tiempo pareció también detenerse a su alrededor. Se vio a sí mismo reflejado en aquel cuerpo derrotado, en aquel joven con expresión vetusta que aparentaba mucha más edad de la que en realidad debía de tener, apenas un niño en un cuerpo ya prácticamente senil. Vio sus mismas ojeras, su mismo aspecto demacrado y extenuado. Su misma resignación en una mirada que hacía demasiado tiempo que quedó extraviada.

El soldado enemigo no parecía haber percibido su presencia. Sin embargo, cuando levantó la mirada, su vista se posó en él al instante de manera fatigada. Parecía haberse rendido de antemano a un posible enfrentamiento. Fueron solo unos segundos los que duró aquel cruce de miradas hasta que sus ojos regresaron al suelo, a algún punto indefinido que estaba muy lejos de allí, como si quisiera traspasar las mismas entrañas de una tierra a la que desearía que sus huesos hubiesen llegado ya.

El soldado se aproximó en silencio hasta quedar recostado junto a aquel compañero de fatigas. Extrajo un cigarrillo liado a mano de una vieja pitillera que traía al instante recuerdos de un tiempo pasado y se lo tendió. Fumaron en silencio, sin palabras, sin reproches, sin confidencias ni agravios, sin cortesías y sin lamentos. Nadie pudo negarles en ese momento el pequeño placer de, en tiempos de guerra, fumarse un cigarrillo de la paz.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


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