El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "Atrapado"

El relato del viernes: "Atrapado"

Atrapado

Arturo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Hacía más de una hora que se había separado de su hijo y la desesperación comenzaba a hacer mella en él. Se giró hacia la izquierda solo para encontrarse con un gran muro verde que se alzaba a su frente. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había encontrado en aquella misma situación. Por su mente pasó la fugaz idea de cómo puede cambiar la tesitura en la que te encuentras tan solo de un momento a otro. Lo que había comenzado como un apacible día en el que compartir tiempo con su hijo había mutado hasta convertirse en una auténtica pesadilla para él.

Todo había comenzado con risas y complicidad. Jorge, su hijo mayor, estaba encantado. Desde que había nacido el bebé casi no pasaba tiempo a solas con su padre y a Arturo se le había ocurrido la brillante idea de pasar aquella mañana de domingo los dos solos. Entre su trabajo y las demandas de atención del pequeño, apenas le quedaba tiempo para él. Lejos quedaban ya aquellas tardes de juegos en las que padre e hijo eran inseparables y Arturo las echaba de menos.

El día en que llegó a sus manos la publicidad de aquel lugar lo interpretó como una señal. Llevaba días tratando de encontrar alguna actividad diferente para realizar con Jorge, algo que se saliera de lo habitual, y aquella idea le pareció fantástica y divertida. De hecho, lo había sido hasta hacía unos minutos.

Fue él el que propuso el reto. Cuando tuvo aquella ocurrencia, le pareció que sería un plus para añadir un poquito más de diversión adicional a la mañana y, simplemente, siguió el impulso. Además, se sentía tan seguro de sí mismo que en ningún momento pensó que pudiera llegar a encontrarse en aquella coyuntura. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que aquello le pudiese ocurrir. Jorge se mostró entusiasmado cuando se lo sugirió, así que, sin dudarlo un segundo más, cada uno se encaminó hacia una dirección. El primero en llegar a la salida sería el ganador de una deliciosa hamburguesa doble con ración extra de queso a la hora de la comida.

Ahora no podía estar más arrepentido. Cada vez que tomaba la decisión de torcer por uno de los recodos de aquel lugar, se daba de bruces con otro muro insalvable que le obligaba a retroceder y tomar la dirección contraria para, en la siguiente encrucijada, volverse a equivocar. Se sentía atrapado en aquel entresijo de grandes y tupidos muros formados por una frondosa vegetación que, aunque al principio le habían parecido hermosos y acogedores, cada vez se le antojaban más amenazantes. Para colmo, no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrarse su hijo. La creciente ansiedad que sentía se lo estaba haciendo pasar realmente mal.

Después de varias vueltas y revueltas más, Arturo volvió a echar un vistazo al reloj que marcaba el tiempo que duraba su suplicio. Llevaba ya cerca de una hora y media dando rodeos por aquella monstruosa obra de arquitectura disfrazada de atracción infantil. A punto estaba ya de ponerse a dar voces cuando vio un pequeño cartel en un rincón. Apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la inscripción que aparecía en él: «salida de emergencia». Creyó volver a nacer cuando detectó una pequeña puerta camuflada entre la vegetación. La abrió con cuidado y traspasó el verde umbral, sudoroso y agitado por la angustia.

Su corazón recuperó su latido normal cuando, al fin, salió de aquella trampa. Enfrente de él, sentado en el suelo y con cara de aburrimiento, estaba su hijo Jorge. Lo observó hacer un gesto de incredulidad y de cansancio mientras se levantaba y se dirigía hacia él.

—Ya te vale, papá, estaba a punto de pedir que fueran a buscarte. Menos mal que era un laberinto para niños, que si no tenemos que llamar a los bomberos para que vengan a rescatarte. Anda, vámonos, que me parece que me debes una hamburguesa.

Arturo no pudo evitar sonreír y, tomando la mano que Jorge le ofrecía, le contestó:

—Pues sí, hijo, sí, vamos, que te la has ganado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Embarque hacia una vida nueva”

El relato del viernes: “Embarque hacia una vida nueva”

Embarque hacia una vida nueva

Ya estaba en la puerta de embarque. Por fin estaba a punto de dar comienzo la aventura con la que llevaba años soñando y, por primera vez, sintió escalofríos. Nunca había tenido miedo de nada, pero, en aquellos momentos, se sintió frágil como nunca lo había hecho.

Era el menor de siete hermanos y, aunque en su casa nunca le había faltado cariño, desde que tuvo uso de razón se había sentido una carga para sus padres. Los casi diez años de diferencia que se llevaba con su siguiente hermano le habían llevado siempre a pensar que su presencia en este mundo solo había estado producida por un bendito error. Por eso, en cuanto tuvo edad para trabajar no dudó en hacerlo, mientras compaginaba aquellos trabajos mal pagados con sus estudios.

No se podía decir que su juventud hubiese sido como la de los demás muchachos de su edad, pues siempre había trabajado y estudiado y pocas eran las ocasiones en las que se había permitido pasar la noche fuera de casa. Quedaba demasiado poco tiempo para el ocio y, mucho menos, para pensar siquiera en el amor. Pero gracias a ello había podido echar una mano en la economía familiar y, a la vez, ahorrar lo justo para poder cumplir su sueño en un plazo razonable.

Ese afán suyo de autosuficiencia y de ayudar a los demás lo había convertido en un hombre arrojado, que no temía a nada y que emprendía cualquier empresa que se cruzaba en su camino a la menor oportunidad. Sin embargo, en aquel instante, separado ya de los brazos cariñosos de su madre, de la confianza incondicional que su padre le demostraba con profusas palmadas en la espalda y de las bromas y abrazos de sus hermanos, sintió miedo por primera vez en su vida.

Iba a romper con la vida como la había conocido hasta entonces y comenzar una nueva en un país que jamás había visitado, pero en el que esperaba que se abrieran muchas posibilidades. Sintió también el único temor que jamás hubiese podido imaginar sentir viviendo, como lo hacía, o más bien como lo había hecho hasta ahora, en una familia de nueve miembros, dos gatos y un perro. Más bien fue pánico lo que sintió, pánico a la soledad.

Una azafata con expresión amable lo observaba desde detrás del mostrador mientras esperaba a que se decidiese a entregarle su billete y subir por fin al avión. El resto del pasaje ya había embarcado y, como dudase unos minutos más, le tendría que comunicar que iban a proceder a cerrar la puerta de embarque. Él la miró y comprendió en su rostro la situación, después de haber echado un vistazo a su alrededor y comprobar que era el único pasajero que quedaba en aquel lugar. Con un suspiro, escondió sus recién estrenados temores bajo la lona de la mochila que cargaba al hombro y, con el billete en la mano, se adentró en el finger que lo llevaría a su nueva vida.

Caminó con paso lento por el largo pasillo de aquel avión con destino Berlín mientras intentaba localizar su asiento. Sonrió cuando lo encontró: ventanilla, como a él le gustaba. Al ir a sentarse, sus ojos se encontraron con los de la chica que ocupaba el asiento contiguo al suyo. Se sonrieron. A los pocos minutos, ambos hablaban en alemán y se reían a carcajadas con una complicidad que él jamás había experimentado con alguien del género femenino.

De rato en rato, miraba por la ventanilla y veía cómo sus miedos iban saltando desde el avión para quedar alojados en la densa masa de nubes que estaban sobrevolando.

—Bueno… —se dijo para sus adentros, mientras miraba a su compañera de asiento con una sonrisa en los ojos—, al final puede que no llegue a estar tan solo como pensaba.

Ana Centellas. Mayo 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Abril”

El relato del viernes: “Abril”

Abril

Aún recuerdo el momento exacto en el que, acurrucados bajo las sábanas que hacía unos instantes habían sido testigos mudos de nuestro amor, decidiste cambiarme el nombre. Nuestra respiración todavía estaba desordenada, inhalábamos el aire con esfuerzo, como si acabásemos de ser arrollados por un tsunami desolador, y pequeñas gotas de sudor permanecían remanentes en nuestros cuerpos, ansiosas por mezclarse de nuevo en el crisol en que ambos nos convertíamos cuando nos dejábamos llevar por la pasión.

—A partir de ahora te llamaré Abril —dijiste, en un cálido susurro que me erizó la piel al instante, sin dejar de mirarme a los ojos, perdido en ellos como si hubieses sido víctima de un embrujo. Una vergüenza súbita se apoderó de mí tan pronto como pronunciaste aquellas palabras y, sin ni siquiera preguntarte el motivo de aquella decisión, la asumí y me acurruqué contra el calor de tu pecho, al amparo de aquel dulce ronroneo que surgía de tus adentros y del que, desde aquel momento, me sentiría una parte importante.

Abril. Desde aquel día me llamaste Abril. Y yo me sentí la lluvia que nos cubría a los dos cada mañana, que limpiaba nuestros cuerpos y refrescaba nuestras mentes cuando ambos abríamos los ojos a un nuevo amanecer. Me sentí el frescor que los dos necesitábamos para no caer en la desidia. Me sentí cálido refugio al que regresar siempre al final de cada día, el que guarece del frío y reconforta cuando lo sientes entre unos brazos que no son los propios. Me sentí la brisa fresca que te alborotaba el pelo y estiraba las comisuras de tus labios hasta deshacerte en sonrisas. Me sentí tisana ardiente en la que tú te sumergías al final de cada día para emerger renovado y siempre empapado en mí.

Aquella noche me llamaste Abril y, desde entonces, dejamos de caminar sobre el asfalto para hacerlo por grandes alfombras de encarnadas amapolas. Dejamos atrás el invierno para vivir en una eterna primavera.

Ana Centellas. Abril 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Niebla”

El relato del viernes: “Niebla”

NIEBLA

NIEBLA

Dirijo mis pasos sin rumbo hacia algún lugar de la nada mientras mi mente pasea de igual manera por un vacío repleto de silencios. Tengo el pensamiento en una huelga de hambre voraz que se alimenta sin yo quererlo de tenues ráfagas de lucidez circunscritas a una parcela sin dueño de mi escaso razonamiento. Intento abrir más los ojos, desenmascarar en las tinieblas al fantasma que me ronda desde hace tiempo y que llegó sin permiso ni visado a colarse por la aduana de mi razón.

Todo se mantiene lóbrego, borroso. Parece que mis ojos estuvieran cubiertos por una venda tan opaca que ni el más mínimo rayo de luz pudiera atravesarla. Y continuó mi camino a tientas, mientras trato de encontrar algún sentido extraordinario que supla mi capacidad de visión. Tropiezo, caigo, me derrumbo, me levanto de nuevo para volver a tropezar. Me siento como una gallinita ciega que estuviera participando en una carrera de obstáculos, todos colocados en su camino, sin dejar ninguno a los demás.

Mientras, el fantasma que persigue mis sueños se carcajea como un demente, divertido con la situación en la que me veo, o en la que no me veo, y yo solo quiero pagar de una vez el peaje que me dé vía libre a la autopista de la razón. Mas no logro divisar nada más allá de la niebla que cubre mi vista. Hay niebla en mis ojos, niebla en mi mente y niebla en mi corazón.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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322. CALM

El relato del viernes: “El bibliotecario”

El relato del viernes: “El bibliotecario”

 

EL BIBLIOTECARIO

EL BIBLIOTECARIO

El anciano traspasó el umbral de la biblioteca que había sido su vida con paso trémulo. Después de más de cincuenta años trabajando allí y casi diez desde la última vez que pisó aquellos suelos, comprobó con satisfacción que aún seguía estremeciéndose al cruzar aquellas imponentes puertas. El inconfundible aroma de los libros, antiguos y nuevos, se introducía por sus fosas nasales como un bálsamo que hacía que su cuerpo se suavizase por completo, después del más que conocido escalofrío que lo recorría nada más entrar. Aquel olor era el perfume de su hogar.

Echó un vistazo al interior desde el umbral. Lo primero que pudo apreciar fue el silencio que dominaba el ambiente, tan intenso que, con un poco de esfuerzo, podía incluso escucharse el sonido que hacían las motas de polvo al depositarse sobre los libros. No era de extrañar, tan solo había una persona en el interior de la biblioteca, que recorría los lomos de los libros con un dedo como si de aquella manera fuese a mitigar la miopía que le afectaba. Comprobó la hora en su reloj de pulsera, el que le habían regalado sus compañeros cuando se jubiló en aquel amplio espacio que se abría ahora ante él. Pasaba con amplitud del mediodía. A esas horas, la biblioteca debería estar llena ya de público. Suspiró apenado y, finalmente, entró en el edificio.

A la derecha, en el mostrador que él mismo había ocupado durante tanto tiempo, una jovencita parecía tan ocupada con el ordenador que ni siquiera reparó en su presencia. Sus dedos se deslizaban con agilidad por el teclado de aquel aparato que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado a él años atrás. Comprobó que no se trataba de la misma persona que había ocupado su puesto aquel último día, ¿cuántas personas habrían ocupado ya el sillón que le había acomodado durante tantos años? A la gente ya no le gustaba el oficio de bibliotecario, no sabía ver la magia que guardaba en su interior aquel trabajo, ahora, para colmo, tan mal remunerado.

Embriagado por la emoción de volver a verse allí cuando ya había pensado que jamás regresaría a aquel lugar, se dedicó a recorrer con lentitud los pasillos, aspirando con fuerza aquel aroma que, de golpe, le devolvía a su juventud. Paseó por entre las estanterías repletas de los libros de siempre, imponentes, espléndidas, elevándose hasta el techo como si quisieran traspasarlo y llegar al mismo cielo. Algunas de las pegatinas que los libros tenían en el lomo mostraban aún su caligrafía del momento en que realizó su primera clasificación. En silencio, se sintió orgulloso de encontrar aún las huellas de su paso por aquel santuario, como si hubiese sido una parte esencial del mismo.

Subió las escaleras que conducen al piso superior con la misma lentitud empleada en recorrer los pasillos del piso inferior. Se estaba deleitando con aquel paseo entre años y años de trabajo, entre tanta cultura concentrada en tan solo unos metros cuadrados, entre obras magistrales y otras no tanto que, en conjunto, representaban la literatura del mundo por completo. El calor allí arriba era más intenso y el aroma de los libros parecía macerado en un almíbar dulzón que casi le causa un mareo.

En la parte media de una de las estanterías que se asomaban al balcón que daba al piso inferior encontró una sección nueva: «Publicaciones especiales». A pesar de que se había prometido a sí mismo no acercarse a los libros para evitar el riesgo de tomar alguno para una lectura que su desgastada vista ya no le permitía, no logró impedir que sus pies se dirigieran hacia ella. La curiosidad por saber en qué consistían aquellas publicaciones especiales era superior al temor que el dolor de sus ojos por un sobre esfuerzo le producía. De manera instintiva, guió sus ojos al lugar donde reposaba la letra «z». Era algo que siempre había hecho, fantaseando por encontrar algún día su nombre en uno de aquellos libros que siempre había cuidado con tanto mimo.

El aire se volvió aún más denso a su alrededor cuando lo vio. Era su apellido. Precediéndole, estaba impreso su nombre. No se trataba del autor de ninguna obra, sino del título de un bonito ejemplar de cubiertas negras en un precioso acabado mate. «Qué casualidad», pensó, y lo tomó entre sus arrugadas manos. Deslizó las páginas con cautela, echando un vistazo a su interior como quien tiene miedo de que le pillen haciendo algo prohibido. Una rodilla cayó al suelo cuando se dio cuenta. Apenas podía sostenerse. La otra persona que se encontraba en la biblioteca, a pocos metros de distancia, ni siquiera hizo un ademán de preocupación al verlo caer.

Aquel libro narraba su historia. El protagonista de aquel bonito volumen era él. Un libro dedicado a todos los años de entrega al cuidado del legado literario. Estaba escrito por aquella joven que le reemplazó en su jubilación. Lo abrazó contra su pecho y, a duras penas, logró ponerse en pie. Bajó las escaleras con el libro bien apretado entre sus brazos. Recorrió el vestíbulo hasta el que fuese su escritorio y esperó paciente a que la muchacha lo atendiese. Ni siquiera levantó la cabeza al sentir que había alguien esperando para ser atendido. El anciano se giró sobre sus talones, cruzó de nuevo el vestíbulo, y salió por el umbral de la biblioteca con el libro protegido por un fuerte abrazo, ahora sí sabiendo que aquella había sido la última vez que visitaría aquel lugar del que ahora se llevaba un auténtico tesoro.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

307. PERDER

El relato del viernes: “Extranjera”

El relato del viernes: “Extranjera”

 

EXTRANJERA

EXTRANJERA

Hay días, como hoy, en los que no puedo evitar preguntarme qué estoy haciendo aquí. Son días en los que, sin ningún motivo aparente, me encuentro de repente en una ciudad extraña, lejos de mi familia, de mis amigos, de la gente que me quiere. Sé que no es así. Llevo ya cerca de dos años en mi nuevo hogar y la vida ya se ha acomodado a las nuevas circunstancias, he conocido a nuevas personas de las que me será muy difícil separarme en algún momento, tengo un trabajo que me apasiona y que es el verdadero motivo por el que estoy aquí.

Simplemente ocurre. Sucede que no me reconozco cuando de mis labios salen palabras pronunciadas en un idioma que no es el mío, por mucho que me esfuerce en que así sea. Comienzo entonces a vagar por las avenidas y no reconozco en ellas las tranquilas calles en las que jugaba durante mi infancia. Es entonces cuando echo de menos mi humilde barrio, a pesar de llevar más de una década sin pasar por él. No reconozco en los brillantes rótulos luminosos y en las abarrotadas tiendas la sonrisa amable del tendero que me regalaba una piruleta cada vez que me acercaba a darle los buenos días. Julián, creo recordar que se llamaba.

No reconozco en los rostros perdidos con los que me cruzo en mi deambular el cariño y la dulzura de las vecinas cada vez que iba a la panadería y me miraban cada día con renovado asombro para decirme «niña, cuánto has crecido», aunque me hubiesen visto el día anterior. No reconozco el final de los colosales rascacielos, que parecen elevarse en busca de un cielo oculto que hace tiempo dejó de cubrir nuestras cabezas para desaparecer entre el brillo frío y desquiciado de las luces de neón. Echo en falta ver las nubes tan cerca de mí que pareciera poder tocarlas con solo estirar el brazo derecho.

No reconozco la penumbra que me aguarda en el interior de un apartamento tan aséptico como desconocido porque aún no me he acostumbrado a encontrar en él mi hogar cuando giro una llave extraña en una puerta idéntica a las diez que acabo de recorrer en un largo pasillo sin ventanas. No reconozco mi nombre en el casillero del correo, rodeado de tantos otros impronunciables y carentes de significado.

Hoy es uno de esos días. Uno de esos en los que solo me considero una extranjera en tierra ajena, en los que la palabra hogar solo tiene un significado claro que está muy lejos de aquí. Solo cuando llego a casa, qué raro suena eso en mi mente, y me despojo de los corsés de la rutina, me permito que las lágrimas se deslicen sin piedad por mi rostro foráneo con arrugas marcadas por el fuego de la melancolía. Enciendo un cigarrillo liado con tiento en torno a unas hojas secas tan extranjeras como yo y, sentada en el alféizar de la ventana, contemplo la ciudad extraña que se abre paso a mis ojos.

El cielo, ese cielo tan extraño como yo y que pasa desapercibido entre los jirones desbaratados de la urbanización desmedida, logra empatizar conmigo en una noche en la que el calor tiene un sabor diferente al que siempre conocí. Una fina cortina de lluvia se interpone entre mis pensamientos y el corazón latente de la grandiosa ciudad y, por fin, logro relajarme con la lunática idea de que, al fin y al cabo, la lluvia que nos moja a ti y a mí siempre es la misma.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

301. VIDA

El relato del viernes: “Ella”

El relato del viernes: “Ella”

 

ELLA

ELLA

Cada mañana, ella cubre su rostro con cremas y pinturas de colores, en un intento por mostrarse siempre joven y atractiva. Aplica una cobertura perfecta a la más mínima e incipiente arruga que pretenda deslucir el contorno de sus ojos. Elimina de las miradas ajenas cualquier pequeña espinilla, el más pequeño de los puntos negros o un insignificante poro abierto. Esconde también las decenas de minúsculas pecas que tanto le gustan. Recubre sus pestañas con una máscara que las haga lucir mucho más espesas, mucho más largas y, sobre todo, mucho más bonitas. Colorea sus pómulos y sus labios hasta conseguir el acabado perfecto. Todo ello lo hace mirándose en el espejo sin llegar a ver su reflejo en él.

Cepilla su cabello con mimo, hasta dejarlo sedoso y brillante. Recoge sus bonitas ondas y deja caer unos mechones, casi por descuido, que le aportan una apariencia elegante a la par que informal, de mujer urbana, cosmopolita. Lo rocía con una generosa capa de laca para que se mantenga impecable durante toda la jornada.

Se viste la piel con prendas sofisticadas que la hagan parecer una mujer implacable. Recubre sus piernas con unas finas medias que la broncean al instante; sería impensable pasear la palidez de varios meses sin recibir los beneficiosos rayos solares. Ajusta la falda para que quede dos centímetros por encima de las rodillas, ni un milímetro por encima ni uno por debajo. Cambia sus cómodas zapatillas por unos zapatos de salón con un elegante tacón de más de siete centímetros, aun a sabiendas de que sus pies serán los que sufran semejante martirio. Ahora sus piernas, además de bronceadas, aparecen torneadas y ha conseguido ganar esos centímetros de altura que la naturaleza, traicionera, decidió robarle.

Vaporiza sobre el conjunto una nube del perfume en el que invirtió el sueldo de varios días, no vaya a ser que, en un descuido, se llegue a apreciar el más mínimo atisbo de su olor corporal, el natural, aroma a jabón fresco después de la ducha. La fragancia la envuelve, logra que las pituitarias ajenas se embelesen a su paso. Se adorna con infinidad de complementos, todo para alcanzar la perfección que se le exige por la sociedad.

Ella sale de casa con un disfraz inmejorable, ese que falsea también su personalidad dulce y divertida, y la encubre con otra seria y agresiva. Todos la admiran. Ella es perfecta.

Cuando regresa a casa, ella se siente libre. Se despoja de disfraces, de ataduras. Arroja los malditos tacones a una esquina del cuarto, se desprende de la incómoda ropa, se libera del sostén y suelta su llamativa melena. Deja al descubierto sus lindas pecas, con las que se siente más joven, más ella. Dibuja la sonrisa que lleva guardada durante todo el día y, después de desprenderse de todas las máscaras, se sienta en su sillón preferido a tomarse una taza de té, sin más compañía que ella misma. Y, entonces, piensa que así es ella. Perfecta.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Ilustración: Brunna Mancuso

287. PÁJAROS

El relato del viernes: “Regreso”

El relato del viernes: “Regreso”

 

REGRESO

REGRESO

El anciano escuchó un suspiro en el barco que le llevaba de vuelta a su tierra natal, al otro lado del océano, después de más de cincuenta años. La noche era fría y el mar salpicaba con fuerza contra los costados del buque. La oscuridad era absoluta; solo la luna brillaba en la lejanía del cielo estrellado. El enorme barco, todo el pasaje y su tripulación no eran más que un minúsculo punto en un inmenso océano de oscuridad y aguas bravías. El ruido que provocaba el oleaje al romper contra la embarcación era tal que escuchar un suspiro tan profundo sobreponerse al estruendo causado por las olas le hizo estremecer.

No esperaba que nadie más se encontrase en cubierta en una noche tan desapacible como aquella, en la que el frío se colaba por las ropas hasta llegar al interior de los huesos y lograba empaparlos de humedad. Por eso el anciano se había relajado y había permitido salir a la superficie esa parte de sí mismo que durante toda su vida había mantenido escondida por considerarla un signo de debilidad. Un buen rato después de la cena, cuando ya suponía que todo el pasaje estaría en sus respectivos camarotes, había salido al exterior para dejar que las bajas temperaturas le castigasen como creía merecer y poder llorar en soledad, como siempre había hecho.

Aquel suspiro le había hecho regresar de golpe a una realidad mucho más apacible que los recuerdos que, en aquellos momentos, le atormentaban la mente. Pero también había conseguido devolverle todo el pudor que le otorgaba su hombría para no dejarse ver en tal situación. Enjugó con disimulo las lágrimas y buscó en la penumbra el origen de aquel sentido suspiro. A pocos metros, apoyada en la baranda, una mujer miraba hacia la luna, en apariencia ajena al frío y al movimiento del barco. Sus cabellos grises estaban recogidos en un moño bajo y un enorme chal de lana gruesa la cubría por completo. A pesar de la penumbra, pudo apreciar que debía de tener su misma edad y, por un instante, deseó que se tratase de la persona que había ocupado su mente hasta hacía solo un momento. El solo hecho de imaginar esa posibilidad hacía que se le erizase el vello.

Ella volvió a viajar hasta su mente en una travesía temporal de varias décadas, lo que hizo que la emoción le embargase de nuevo. Regresó a su juventud, a su isla natal, a sus grandes ojos verdes. Regresó a los paseos por la playa al atardecer y a las largas noches de baile. Regresó a las caricias furtivas bajo las estrellas y a los besos robados bajo un malecón. Al día en que se despidió de ella para embarcar rumbo hacia otro continente con la esperanza hueca de volver a encontrarse guardada en un bolsillo del pantalón. Jamás volvieron a verse, perdieron el contacto, a pesar de que ninguno de los dos llegó a cerrar la habitación que ocupaba el otro en el interior de sus corazones.

Un nuevo suspiro le trajo de vuelta una vez más a la fría realidad de aquella agitada noche. Una ráfaga de viento lo acercó hasta sus oídos, traviesa, conciliadora, conocedora del efecto que su acción provocaría. Un escalofrío que no fue consecuencia del gélido aire recorrió el cuerpo del anciano. Ese suspiro, ese torrente de emociones lanzadas al cielo nocturno, no le era desconocido. Sin detenerse a pensarlo, recorrió con paso lento y emocionado los escasos metros que le separaban de aquella mujer. Actuó con cautela, temeroso de que el subconsciente y la necesidad le hubiesen hecho incurrir en un error fatal.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó, nervioso, a la espalda de la mujer.

La tensión en el cuerpo de ella se hizo evidente en cuanto escuchó aquella voz que provenía del dorso sombrío de la oscuridad. Se giró con demasiada lentitud, como se giraría alguien que estuviese de pronto paralizado por el miedo de no encontrar a su espalda aquello que tanto esperaba. Las lágrimas del anciano se mezclaron al instante con la salazón del agua que salpicaba por el costado del buque cuando unos ojos verdes cargados de emoción le miraron a tan solo unos centímetros de su mirada.

Sobraron más palabras aquella noche en cubierta. Un abrazo tierno y sentido se llevó consigo el frío acumulado durante varias décadas. El buque, ajeno a todo, prosiguió su travesía por alta mar.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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284. COMBINACIÓN

El relato del viernes: “El hombre de gris”

El relato del viernes: “El hombre de gris”

EL HOMBRE DE GRIS

EL HOMBRE DE GRIS

El hombre de gris se lamentó de no haber sabido reaccionar antes, pero ya era demasiado tarde. La plena consciencia de lo que había estado ocurriendo le llegó el día en que se encontró solo, exactamente el mismo día en el que se enteró de cómo le conocían todos en el barrio: el hombre de gris. Ese día, una mañana nublada y gris de otoño, nuestro hombre se planteó por primera vez qué había sucedido.

El hombre de gris siempre vestía de este color, fuese cual fuese la ocasión. Tenía un empleo que, a pesar de ser estable y no estar mal remunerado, era monótono, rutinario y sin emoción. Para él, su empleo era tan gris como los trajes que vestía para acudir cada día. El gris se acomodó a su vestuario de tal manera que toda su vestimenta abarcaba una amplia gama de tonos de gris. La ropa de deporte, la informal, el calzado… todo en su armario era gris. Conducía también un coche gris y, poco a poco, fue siendo conocido entre sus amigos y conocidos con aquel sobrenombre.

Lo que comenzó con aquel trabajo aburrido que no le reportaba ninguna satisfacción personal, y que él trasladó casi sin querer a su modo de vestir, se fue tornando en algo tan cotidiano y normalizado que llegó a trasladarse hasta su carácter, adoptándolo en su manera de ser de un modo alarmante en cuestión de poco tiempo. Fue entonces cuando nuestro hombre de gris se convirtió, de igual manera, en una persona gris donde las hubiese. Se volvió taciturno y reservado, huraño y rencoroso. La sonrisa desapareció de su rostro y comenzaron a marcarse las arrugas que produce el hecho de vivir siempre con el ceño fruncido. El sentido del humor quedó desterrado para siempre de su personalidad.

A pesar de que el cambio en el carácter fue muy evidente para los demás, no lo fue así para el hombre de gris. Él se consideraba una persona seria y responsable, ordenada y eficiente, quizá demasiado, cierto, pero no llegó a percatarse en ningún momento de la transformación que había experimentado. Su humor se agriaba más si cabe en los días soleados, que le irritaban sobremanera, y se sentía más cómodo en los días grises, lluviosos y con niebla. Odió el verano, las fiestas y todo aquello que llevase implícito el menor atisbo de sonrisa.

Aunque nunca llegó a ser lo que podría denominarse una persona antisocial, que buscase el aislamiento, lo cierto fue que fueron sus propios amigos los que empezaron a evadir su compañía. Por muy fuerte que fuese su amistad, esta se fue debilitando sin remedio debido al mal carácter de nuestro hombre. Fue cuestión de tiempo que su vida social se limitase al lapso que pasaba en la oficina. Su familia, aunque hizo todo lo posible e incluso más por operar un cambio en él, terminó dándose por vencida. Sus hijos se independizaron jóvenes, movidos por el deseo de salir de un hogar tan sumamente gris, y su mujer terminó abandonándole para ir en busca de la felicidad que había perdido a su lado.

El hombre de gris se encuentra solo y la soledad no hace más que aportar más ambiente plomizo a su existencia. No comprende qué ha ocurrido hasta que escucha en el barrio, por casualidad, su propio mote. Mira hacia el cielo, hacia esas nubes grises que descargan agua sobre él y con las que tan cómodo se siente, y de pronto lo comprende todo. Se lamenta de no haber sabido reaccionar antes.

El hombre de gris, por vez primera en mucho tiempo, desea que cese la lluvia, aparezca el arco iris y luzca el sol.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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279. CALM