El relato del viernes: “La chispa de la felicidad”

El relato del viernes: “La chispa de la felicidad”

LA CHISPA DE LA FELICIDAD

LA CHISPA DE LA FELICIDAD

Llegó el otoño a la ciudad y, con él, las lluvias. El agua caía sin cesar, sin dar un día de respiro a una ciudad que había vivido tantos meses ahogada en el aire turbio y canicular del verano. Las hojas de los árboles, que habían comenzado a tornarse con los colores ocres más bonitos, cambiando un paisaje lleno de vida dentro del sofoco, caían sin remedio sobre el asfalto de las calles y sobre la tierra de los parques, dejando una alfombra suave y algodonada de bonitos tonos que lo cubría todo. Sin embargo, en aquellos días no era posible disfrutar del placer de caminar sobre aquel bonito tapiz improvisado de hojas secas, no estaba disponible el placer de sentir sus crujidos bajo los pies mientras el fresco viento de otoño te acaricia la cara.

Las lluvias no cesaban y las hojas que caían mojadas se iban acumulando sobre el suelo alfombrado de viejas hojas también húmedas. Pronto, aquel tapete natural estuvo encharcado. Las calles eran auténticas pistas de patinaje que los operarios de limpieza se afanaban en mantener lo más despejadas posible, en una ardua tarea que parecía no tener fin.

Llovía y llovía sin parar, día tras día, hasta que los árboles de la ciudad quedaron por completo desnudos de hojas. Parecía que, nada más llegar el otoño, el tiempo hubiese dado un paso agigantado en las manecillas de algún reloj, que hacía que el invierno se precipitase sobre la ciudad sin freno ni pausa. Conforme iban desapareciendo las hojas que lo cubrían todo con aquella multitud de colores brillantes, amarillos, ocres, dorados, arrastradas por las lluvias o por los limpiadores, la ciudad fue quedando ensombrecida por un manto gris sin alegría ninguna. Los opacos y lúgubres tonos del hormigón y el asfalto fueron tomando poco a poco el lugar.

Las personas que antes llenaban los parques, terrazas y bulevares de una explosión de vida ahora caminaban cabizbajas de un lugar a otro, siguiendo una rutina preestablecida que no les llevaba a ningún sitio cierto, ni mucho menos feliz. Todo se tornó plomizo y húmedo. La gente comenzó a adaptar también su vestuario a la nueva situación y las calles parecían una pasarela de tonos negros, grises y marrones. Expresiones sombrías enfundadas en ropajes sombríos en un eterno deambular por pavimentos grises, cobijadas bajo tenebrosos paraguas monocromáticos en negro. Incluso los niños abandonaron sus alegres juegos, sus colores vivos y sus sonrisas que parecían eternas por un taciturno ir y venir de la escuela.

Cuando cesaron las lluvias, un grueso manto de nubes negras continuaba cubriendo el cielo sobre la triste ciudad. Alguien, alguna persona cualquiera, desconocida, anónima, algún alma alegre superviviente en soledad en una sociedad demacrada, tuvo la brillante idea de lanzar a la deriva por los canales unos divertidos juguetes de goma. Decenas de patitos de goma de alegres colores comenzaron a circular por la ciudad. Recorrieron todas y cada una de las calles como en una alocada aventura, sonrientes, brillantes, iluminados en su excursión. Por allí donde pasaban, surgían sonrisas en los rostros de los viandantes y la cuidad, poco a poco, fue recuperando su alegría y su bullicio acostumbrados.

En realidad, basta muy poco para que hacer prender la chispa de la felicidad.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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273. GIMNASIOS

El relato del viernes: “Sigue durmiendo”

El relato del viernes: “Sigue durmiendo”

 

SIGUE DURMIENDO

SIGUE DURMIENDO

—Sigue durmiendo…

Las palabras de Ernesto me llegan envueltas en un susurro amortiguado por las cálidas sábanas de algodón. Sus sutiles caricias han logrado proporcionarme un agradable despertar para esta mañana de sábado, pero aún no he conseguido separar los párpados, así que decido mantenerlos cerrados y concentrarme solo en la placentera sensación. Como un pequeño gato, me desperezo entre las sábanas, a la vez que emito un ligero ronroneo.

Lo cierto es que me encantaría poder hacerlo, poder obedecer a Ernesto, poder volver a dejarme caer entre los dulces brazos de Morfeo y sumirme en un embriagador sueño que transporte a mi cuerpo a un estado de absoluta relajación, pero las sutiles caricias de Ernesto no me lo permiten. Sus grandes manos se deslizan por mis piernas con una extrema suavidad, lo que provoca en mí el efecto contrario al de su mandato, más aún cuanto más asciende por ellas.

Él lo nota, lo sabe, pero no da tregua. Aun así, insiste.

—Shhhhh… Sigue durmiendo…

Comienzo a ser más consciente de todo, del roce de las sábanas sobre mi piel desnuda, del tenue sonido del resbalar de sus manos sobre mi piel. Estiro mi cuerpo al máximo y giro sobre mí misma, de manera que quedo tendida boca abajo, abrazada a la mullida almohada. Ernesto se sirve de mi movimiento y aprovecha la ocasión para colocarse a horcajadas sobre mis piernas, dispuesto a darme un masaje en la espalda como solo él me sabe dar. A cada instante, se inclina sobre mí para susurrarme al oído su incesante letanía de cada mañana de sábado.

—Sigue durmiendo…

La temperatura de la habitación parece haber subido varios grados. La humedad también. La mía. Así no hay quien duerma…

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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269. CALM

El relato del viernes: “Una noche con María”

El relato del viernes: “Una noche con María”

 

UNA NOCHE CON MARÍA

UNA NOCHE CON MARÍA

Es difícil precisar, no ya con exactitud, sino como una mera aproximación, la edad que puede tener María. Yo recuerdo verla caminar por el barrio desde hace años, muchísimos años. Es más, creo que desde que tengo uso de razón, María siempre ha estado ahí y siempre ha mantenido el mismo aspecto. Pudiera parecer que ha conseguido burlar el paso de los años y se hubiese detenido en una edad imprecisa o, por el contrario, que tuviese ya tal edad que fuese imposible envejecer más. En cualquier caso, la apariencia de María lleva siendo la misma desde hace al menos tres décadas.

Siempre se ha visto a María por las calles tirando de un pequeño carro donde iba apilando los cartones que encontraba o le daban los vecinos. A día de hoy, sigue haciendo lo mismo. Su minúsculo cuerpo, encogido por la edad, tira del carro con el mismo vigor con el que lo ha hecho siempre. Acarrea los cartones cada día hasta una fábrica de las afueras donde se los pagaban a veinte duros el kilo y ahora apenas le dan unos míseros treinta céntimos. Lo sé porque me lo cuenta todos los días. Es una historia convertida en bucle dentro de su cabeza, que cuenta una y otra vez, como si fuese la primera, sin que parezca que recuerde si ya te lo había contado o no. Quizá no lo recuerde, o quizá simplemente le guste contar su historia. Yo solo sé que me encanta escucharla.

Todos los días, cuando regreso a casa desde el trabajo, tomo del brazo a María, que ya ha terminado su tarea diaria y espera con paciencia sentada en un banco de la plaza. Juntas vamos a la cafetería de Miguel, otro veterano del barrio, aunque a este sí creo recordarlo con algo más de lozanía y de juventud. La invito a un café con leche mientras me cuenta la misma historia de todos los días, que yo escucho con una sonrisa. María es única contando su historia, la adorna con todo lujo de detalles y por su forma de expresarse diría que ha sido o, mejor dicho, es una mujer muy culta. Quizá algún día me cuente la historia que yo quiero escuchar y que nunca me atrevo a preguntar.

Ese ratito que paso con ella cada día, excepto los fines de semana, es como un remanso de paz en mis tardes. La voz de María es extremadamente dulce y pausada, una auténtica melodía para mis sentidos. Sus manos ya trémulas sujetan con nerviosismo la taza de café. Cualquiera diría que son las mismas manos que unas horas antes derrochaban fortaleza tirando del carrito. Observo, mientras la escucho, las arrugas que surcan la piel de sus manos que, a pesar de todo, tienen la suavidad de la seda cuando se las estrecho con cariño. La admiro.

Hace unos días, un problema laboral me hizo regresar a mi casa cerca ya de la medianoche. Encontraba mi ánimo pesado y sentía el cansancio como una cargante losa sobre mi espalda. Además, echaba de menos de María. A aquellas horas, el banco donde siempre la encontraba ya estaba vacío y la cafetería de Miguel, cerrada. Era el primer día que la fallaba en muchos años, lo que me hacía sentir aún peor. Al entrar en el portal de mi casa, un bulto extraño me sobresaltó. A punto estuve de dar un grito cuando vi aparecer el dulce rostro añejo de María desde debajo de unos cartones.

Me acurruqué a su lado y, de inmediato, me sentí mucho mejor. María me acariciaba el pelo como si fuera su niña, con un cariño infinito que no parecía morir en ningún punto. Aquella noche, María me habló como nunca antes lo había hecho. Abrió su corazón para mí de una manera que jamás hubiese imaginado que podría hacer. Me habló de su vida anterior, de su familia, de las circunstancias que la habían llevado a malvivir de aquella manera, de su soledad, de lo consoladora y grata que le resultaba mi compañía. Fui incapaz de articular una sola palabra, me limité a escucharla como ella necesitaba y, cuando el día despertó y nos sorprendió a las dos en el portal, noté también cierto grado de alivio en ella.

Se apresuró a recoger sus cartones, no quería que nadie la sorprendiese allí, tenía que comenzar a trabajar si quería comer algo aquella mañana. En silencio, como durante toda la noche, la tomé de la mano y la acompañé a mi casa.

Conozco a María desde que tengo uso de razón. No lo sabía, pero María es, y siempre ha sido, mi familia.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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258. GRACIAS

El relato del viernes: “Perdidos”

El relato del viernes: “Perdidos”

 

PERDIDOS

PERDIDOS

—Déjame el mapa —le dijo Paloma a Santiago, después de un par de horas caminando por el bosque—. Juraría que ya hemos pasado por este lugar varias veces.

—Que no, Paloma, que te digo yo que no —respondió Santiago, fingiendo una indignación que no sentía. Tenía que rendirse a la evidencia y admitir que ella tenía razón. Se habían perdido.

Paloma tomó el mapa entre sus manos y le dio un par de vueltas, intrigada. No tenía que haberse fiado de Santiago, nunca había tenido muy buena orientación y era desastroso interpretando los mapas. A pesar de ello, debía reconocer que aquel mapa que les habían dado en la oficina de turismo no tenía mucha utilidad. Y, también, que había sido ella la que había propuesto alejarse de la ruta de senderismo marcada. Sí, estaban perdidos.

—¡Esto no hay quien lo entienda! —gritó Paloma—. ¡Estamos perdidos por tu culpa! ¿Por qué te habré dejado hacer de guía, si te pierdes hasta cuando vienes de la compra?

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Quién ha sido la que se ha empeñado en salirse del sendero a pesar de que le he dicho mil veces que no era una buena idea? Además, volviendo de la compra solo me perdí una vez —respondió Santiago, malhumorado.

—¡Serás exagerado! ¿Mil veces? Que yo recuerde, no he tenido que insistirte mucho —le contestó Paloma.

Los dos eran expertos senderistas, era raro que se encontrasen en aquella situación. Habían salido de mañana a hacer una excursión a través de los bellos bosques de la selva de Irati, una zona que a ambos les encantaba. Poco antes de mediodía, Paloma había propuesto desviarse de la ruta para poder disfrutar aún más de la agreste experiencia. El día era soleado y los frondosos árboles invitaban a perderse por entre sus troncos. La luz solar se filtraba entre las copas, creando unos magníficos efectos luminosos en aquella mañana de primavera y el frescor era más acusado que en el camino. A ambos les pareció buena idea comer entre los recodos de la floresta. Y ahora se veían en medio de aquella discusión absurda.

—Eso es porque he preferido no llevarte la contraria. Ya sabes que cuando quieres algo no paras hasta que lo consigues, así que, ¿para qué iba a perder el tiempo discutiendo? —contestó Santiago, casi sin pensar su respuesta.

—¡¿Me estás llamando mandona?! ¡O pesada! ¡No me lo puedo creer! ¡Si nunca hacemos nada de lo que digo! —gritó Paloma, cruzándose de brazos y expresando una mueca de disgusto.

Parecía verdaderamente enfadada y Santiago temió haberse pasado con la respuesta, pero ya no podía echarse atrás, así que siguió adelante con la discusión con todas las consecuencias. Algo que, por otro lado, era lo que estaba buscando.

—¡¿Que nunca hacemos nada de lo que quieres?! ¡¿Cómo puedes decir eso?! Por favor, Paloma, no seas cínica, anda —continuó Santiago. Le dirigió una última mirada antes de girarse de medio lado, como si no quisiera continuar con aquella discusión.

La encontró más guapa que nunca, con aquellos pantalones cortos nuevos y la camiseta de tirantes en color turquesa que tan bien le sentaba. Combinaba de maravilla con el tono encarnado que ya habían tomado sus mejillas.

—¡¿Cínica?! ¡¿Tienes el valor de llamarme cínica?! Bueno, eso, y todas las otras cosas que me has dicho… —respondió, a su vez, ella.

—¡Yo no te he dicho nada más! ¡Te lo estás diciendo todo tú solita!

Con este último grito de Santiago, la mujer no pudo más y quiso poner término de súbito a aquella discusión. Totalmente excitada, se lanzó a rodear con sus brazos el cuello del hombre, besándole con delirio. Por supuesto, Santiago respondió al beso con la misma emoción que ella había puesto en él. Le hubiera gustado que la pelea durase un poco más pero… así era ella. En pocos segundos, los dos peleaban por quitarse mutuamente la ropa, tumbados sobre las agujas de los pinos que cubrían el suelo.

Desde que descubrieron que las discusiones tenían aquel efecto en ellos, les encantaban las disputas que se formaban entre los dos por cualquier tontería. Incluso aquellas que, como hoy, habían provocado intencionadamente. A pocos metros del lugar donde Paloma y Santiago se prodigaban muestras de amor, el sendero discurría tranquilo, ajeno a la discusión que, sin saberlo, había provocado.

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*Imagen tomada de la red (editada)

252. CALM

El relato del viernes: “Desesperación”

El relato del viernes: “Desesperación”

DESESPERACIÓN

DESESPERACIÓN

—¿Dónde están? —gritó Toni, haciendo detonar todas sus fuerzas en aquel bramido.

Llevaba varias horas rebuscando por todos los rincones de la casa y cuando Rocío entró por la puerta, aquel descontrolado grito fue su recibimiento. La casa que compartían estaba por completo desordenada, los cajones habían sido saqueados y la ropa aparecía esparcida por todos los lugares, además de algún que otro mueble derribado y los restos de algún elemento decorativo hecho trizas sobre el suelo. Rocío quedó por completo paralizada ante Toni, nunca antes le había visto tan enfadado. Su rostro estaba rojo de ira y unas gruesas venas amenazaban con estallar en su cuello y en su frente. A ambos lados de su cuerpo, sus puños caían apretados con fuerza. Era una mezcla de furia y desesperación la que se apreciaba en el iracundo rostro de Toni.

—Toni… —intentó hablar la chica, echando de inmediato un pie hacia atrás, mientras se acorralaba, sin querer, contra la puerta que ella misma había cerrado tras de sí.

En cuestión de segundos, sin esperarlo para nada, Rocío se encontró intimidada por Toni, que la sujetaba contra la puerta mientras una de sus grandes manos la agarraba con fuerza del cuello.

—¡No se te habrá ocurrido tirarlas! ¿Verdad? —bramó de nuevo Toni, demasiado cerca de su rostro.

—Tranquilízate, Toni, por favor… —Rocío intentaba calmarlo, trataba de hablar con él, de hacer que entrase en razón. Pero Toni estaba íntegramente fuera de sí.

—¡Como hayas sido capaz de tirarlas, te mato! ¿Me oyes? ¡Te mato, joder! —escupió Toni con furia, soltándola con un empujón que hizo que la muchacha se golpease la cabeza contra la puerta.

Rocío se dejó caer hasta el suelo, deslizando su espalda por la madera de la puerta, ligeramente aturdida por el golpe y dos gruesas lágrimas resbalando por las mejillas, llevándose con ellas buena parte del maquillaje que se había puesto aquella mañana. Enterró la cara entre sus manos para no ver cómo Toni seguía revolviendo todo, completamente fuera de sí, mientras pensaba cómo actuar. Los rugidos del chico reverberaban contra las paredes de la casa, amplificándose hasta llegar a sus oídos.

En ese breve tiempo que Toni le dio a Rocío mientras seguía rebuscando con desesperación por todos los lugares habidos y por haber, esta recordó, bañada en lágrimas, al Toni que había conocido tiempo atrás. El Toni del que se había enamorado, aquel chico vivaz y divertido, cariñoso y alegre, había desaparecido hacía más de diez años. Con su insolente inteligencia, había conseguido labrarse un brillante futuro como broker de Bolsa, un trabajo cargado de emoción que, sin embargo, le llevó a la autodestrucción.

Comenzó a tomar pastillas cuando llevaba cerca de un año dedicándose a la correduría. El eco de su talento se había expandido como la pólvora y cada vez eran más los clientes que estaban deseando engrosar su cartera. Toni era implacable y lo continuaba siendo. Durante todo este tiempo había conseguido que sus clientes amasaran verdaderas fortunas, así como él también había logrado enriquecerse a un ritmo frenético. El estrés de los negocios fue lo que le hizo adentrarse en el mundo de las drogas. Cuando tomaba las pastillas, Toni se creía inmortal. Con ellas, era capaz de soportar el ritmo frenético que se había impuesto sin ni siquiera despeinarse un pelo de su engominado flequillo.

Al principio, las tomaba en secreto. Rocío siempre había admirado su entereza, su aguante y su saber estar ante la presión. Para cuando quiso darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya era demasiado tarde. La adicción de Toni se puso especialmente de manifiesto cuando aquel aliciente peculiar que utilizaba comenzó a volverle especialmente violento con ella. Mucho era lo que había sufrido Rocío durante aquellos años, pero siempre había aguantado con estoicismo gracias al amor que sentía por él, algo que, en estos momentos, se empezaba a desmoronar como un castillo de naipes soplado por el viento. Había comenzado a odiar al Toni que tomaba aquellas dichosas pastillas y el Toni que no las tomaba… Bueno, el Toni que no las tomaba, simplemente, no estaba.

Tenía que haber reaccionado antes. Tenía que haberse levantado del suelo, haber recogido su amor propio y haber salido por aquella puerta sin mirar atrás. Pero no lo había hecho. Seguía encogida en la misma postura, llorando, cuando Toni regresó con su furia desbocada:

—¡Te juro que como las hayas tirado de mato! ¡Te juro por Dios que te mato! —le espetó Toni, de nuevo, con un alarido, mientras la levantaba del suelo con violencia.

—Lo he hecho por tu bien, cariño… —intentaba, entre sollozos, explicarse Rocío—. No puedes seguir así, mi vida…

Una fuerte bofetada hizo que Rocío callase de inmediato. Su mano se deslizó con disimulo y temor hacia el bolsillo trasero de su pantalón, mientras miraba a Toni con horror. Este, tras darse cuenta de lo que acababa de hacer, se quedó paralizado durante unos instantes. Nunca antes había hecho algo así, demasiados gritos y zarandeos, quizá, pero nunca la había golpeado. Se sintió poderoso. Rocío aprovechó el momento de aturdimiento de Toni para marcar en su teléfono el número de la policía.

Diez minutos más tarde, era Toni el que lloraba de desesperación y falso arrepentimiento mientras lo llevaban esposado. Rocío era atendida por los sanitarios, que trataban las heridas consecuencia de la fuerte paliza que le acababa de propinar. Él solo quería sus malditas pastillas. Si no se las hubiera tirado…

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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249. SOLEDAD

El relato del viernes: “El ramo”

El relato del viernes: “El ramo”

 

EL RAMO

EL RAMO

Tenía que reconocer que el día estaba resultando maravilloso. El enclave era precioso, situado en una pequeña cala que, a aquellas horas de la tarde, permanecía casi desierta. El sol descendía con lentitud hacia el horizonte y todo estaba cubierto por un embaucador tono dorado. Varias decenas de sillas forradas en raso blanco y engalanadas con hermosas rosas rojas habían acogido a los invitados, todos ellos ataviados en tonos blancos. Frente a las hileras de sillas, dispuestas con una precisión milimétrica, un pequeño altar, en el que los novios se habían dado el sí quiero en una ceremonia sencilla y emotiva, completaba el idílico escenario.

El amor flotaba en el ambiente, casi se podía respirar una fragancia empalagosa que emanaba de todas las parejas presentes. Quien más y quien menos había caído bajo el romántico influjo de la maravillosa puesta de sol en aquel lugar paradisíaco, unido a la magia de la boda que acababa de celebrarse. Las parejas jóvenes se deshacían en arrumacos mientras observaban cómo el sol moría en el horizonte; los más mayores revivían la nostalgia de sus noviazgos, regalándose cariños que demostraban al mundo que su amor aún se mantenía vivo. Mientras tanto, elegantes camareros repartían copas de cava con las que bañar el mágico momento.

Cristina no podía menos que sentirse un poco fuera de lugar. Por supuesto que disfrutaba de la magia del atardecer y compartía la alegría de su mejor amiga, que acababa de contraer matrimonio, pero el hecho de encontrarse sola entre tanto enamoramiento le molestaba. Poco a poco, todas sus amigas habían ido formando familia o, al menos, tenían una pareja estable, menos ella. Se sentía bien así, nunca había envidiado su situación ni había dejado de verlas por este hecho, pero en esos momentos hubiera dado lo que fuera por desaparecer de allí. A cada minuto que pasaba se encontraba un poco más incómoda.

Acababa de tomar la quinta copa de cava de una bandeja que pasó por su lado como una exhalación, cuando se fijó en él. A pocos metros de ella, acodado sobre la improvisada barra desde la que se servían las bebidas, un hombre moreno con una bonita sonrisa la miraba con intensidad. Cuando sintió su mirada sobre él, este guiñó un ojo y levantó su copa hacia ella en señal de saludo. Las piernas de Cristina se pusieron a temblar. No sabía qué hacer, si continuar como hasta ahora, sola, haciendo de niñera para sus amigos, o acercarse hasta aquel hombre que parecía haberse interesado en ella. Tras unos segundos de duda, la decisión no fue demasiado difícil. Apuró su copa, la depositó sobre una bandeja y se dirigió hacia él.

Desde el primer momento la conversación fue fluida entre ambos. Se las ingeniaron para sentarse juntos en la cena, a pesar del orden preestablecido para las mesas, y pasaron una noche encantadora de risas y charla. Cristina no sabía si era por el alcohol, por el ambiente tan romántico que dominaba en la boda o por la simpatía de su compañero de mesa, pero hubo un momento en la noche en el que llegó a ilusionarse por encontrarse a sí misma en una situación así, como protagonista de una boda tan encantadora como aquella, y por su imaginación pasó incluso formar una familia junto a aquel hombre que acababa de conocer. Con lo independiente que se consideraba, le resultaba extraño aquel sentimiento de ilusión por algo que nunca había deseado ni necesitado.

Tras la cena, y antes de que comenzase el baile, la novia lanzó su ramo. Descalzas sobre la arena de la playa, las pocas solteras que había en el evento esperaban ilusionadas que cayese en sus manos. Cristina, tras el exceso de imaginación que había tenido lugar durante la cena, también lo esperaba con ilusión. El ramo volaba por el aire como en cámara lenta y ella tenía que conseguirlo como fuera, pero tratando de no parecer desesperada. No hizo falta ni que se moviese del lugar, las rosas rojas trazaban una parábola que iba en la dirección correcta, directamente a sus manos. Se limitó a estirar los brazos para recogerlo antes de que la mano de alguna otra chica lo hiciese antes que ella. De hecho, llegó a rozarlo con la punta de los dedos cuando, aparecida de quién sabe qué lugar, una mano masculina se interpuso, enviando el dichoso ramo hacia el resto de féminas, que gritaban entusiasmadas.

Cristina, decepcionada, se giró para ver a quién pertenecía aquella inoportuna mano. Allí estaba él, el hombre con el que llevaba media noche fantaseando planes de futuro. «Vaya, será mi destino permanecer soltera», pensó. Y, con una sonrisa de agradecimiento por haber evitado aquella bochornosa escena que estaba a punto de protagonizar, le tomó de la mano y ambos desaparecieron abrazados de la fiesta.

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242. GALIANO

El relato del viernes: “El regreso”

El relato del viernes: “El regreso”

EL REGRESO

 

EL REGRESO

Soledad viajaba con el rostro apoyado contra la ventanilla, con un gesto sombrío que la acompañó durante todo el trayecto. Sus apenados ojos fueron testigos del paulatino cambio en el paisaje que, poco a poco, fue dejando atrás los altos edificios de la gran ciudad para adentrarse en las amarillas planicies de cereal de la estepa castellana. La duración del trayecto no fue muy extensa, pero a Soledad le parecieron días los que pasó encerrada en aquel vagón que la devolvía a la pequeña ciudad en la que nació.

No habían transcurrido ni diez años cuando partió hacia la capital para cumplir su sueño desde la infancia, ser actriz de teatro. Aún recordaba las tardes que pasaba en el desván de la casa familiar disfrazándose con los vestidos antiguos que habían quedado relegados al olvido en el baúl de la abuela, entre bolitas de naftalina y el polvo de los años. En su niñez, se veía como una famosa actriz que viajaría con su arte por los principales teatros de la geografía española, donde era despedida siempre con una enorme ovación. Las compañías se pelearían por tenerla entre su elenco de actores y sería famosa.

No bien hubo cumplido la mayoría de edad cuando, sin apenas dinero en los bolsillos y una pequeña maleta con lo indispensable, tomó aquel mismo tren en sentido contrario al del traqueteo sin pausa que la devolvía a la cuna cargada de decepción. Nunca contó con el apoyo de su familia, que veía una auténtica locura que dejase la apacible vida que tenía para marchar al infierno urbano y anónimo de la gran ciudad. Siempre creyeron sus aspiraciones a ser una reconocida artista como sueños propios de una niña y jamás pensaron que llegase a tener la firme determinación de cumplirlos. Por no hablar de la decepción que supuso para ellos que no continuase con el negocio familiar. Ni siquiera su hermano, con el que siempre había tenido mayor afinidad de ideas, le entregó el apoyo que necesitaba en aquellos momentos. De manera que se fue sola, una fría mañana de invierno, con el corazón encogido de dolor pero la sangre hirviendo a borbotones por la emoción que recorría sus jóvenes venas. Nadie acudió aquella mañana a despedirla a la pequeña estación de tren que suponía el punto de partida de su nueva y prometedora vida.

Comenzar de cero en una ciudad extraña, en la que no conocía a nadie, no resultó ser para nada fácil. Los primeros meses, de hecho, se convirtieron para Soledad en un auténtico infierno y a punto estuvo de tirarlo todo por la borda y regresar a su casa con las orejas gachas. Por suerte o por desgracia, no lo hizo. Sobrevivió como pudo en un minúsculo apartamento de alquiler en el que llegó a conocer de primera mano el verdadero significado de su nombre. Muchos fueron los trabajos mal pagados que tuvo que realizar para llegar a duras penas a fin de mes antes de conseguir su primer papel secundario, por no decir figurante, en una pequeña compañía de teatro de barrio.

Soledad tenía talento y, tras varios años, consiguió su primera gira con una compañía de cierto nivel. Hizo muchos amigos, la vida parecía sonreírle al fin y su pequeño cuento de la lechera iba comenzando a tomar forma. La primera actuación en su ciudad natal la llenó de orgullo, pero también le dejó un agrio sabor en la boca del estómago, donde un tenso nudo se había instalado desde que fue consciente de que su familia ni siquiera se molestaría en ir a verla. Fueron años controvertidos, en los que los buenos y los malos momentos se fueron sucediendo sin orden ni concierto. Aquello que un día había creído motivo de alegría, en realidad resultó ser la antesala de un sinfín de decepciones y malos tragos. Descubrió que todos aquellos amigos que tanto la acompañaban en los buenos momentos, a la hora de la verdad desaparecían sin dejar rastro en cuanto mostraba la más mínima necesidad, y solo estaban motivados por el más puro interés. Llegó un momento en que su vida le resultó intolerablemente vomitiva.

La decisión de abandonar su sueño y regresar a su ciudad no fue tomada a la ligera, ni mucho menos. Fue acompañada de mucho sufrimiento, esfuerzo y sacrificio, además de largas noches en vela intentando discernir qué sería lo correcto. Una vez tomada, resultó todo un alivio.

Era ya noche cerrada cuando el tren que la devolvía al punto de su tardía adolescencia donde se quedó hizo su entrada en la estación. Apenas quedaba gente en los vagones y el andén estaba prácticamente desierto. Un viento gélido le dio la bienvenida en cuanto puso el primer pie en la plataforma. Ya casi no recordaba la crueldad del invierno en su ciudad. La neblina comenzaba a agolparse en torno a las farolas que iluminaban la estación y, de pronto, la sensación de alivio que le había procurado la decisión de regresar se fue transformando en una bien diferente de vacío desapacible. Buscó con la mirada a su familia, a los que llevaba avisando durante semanas de su vuelta. Una última persona corría hacia el interior del edificio en busca de abrigo. Nadie más quedaba en el frío de la noche. Una vez dentro, solo encontró rostros extraños entre las pocas personas que a aquellas horas aún quedaban en el lugar.

Regresaba de la misma forma en que partió, sumida en la más absoluta soledad. Con una lágrima amenazando con suicidarse del lagrimal, rumió una vez más el pensamiento que durante todo aquel tiempo se había ido formando en su mente, cuestionándose si su nombre no habría condicionado de alguna manera su vida o si solo se trataba de una desabrida casualidad.

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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228. CALM

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (III)”

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (III)”

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS

 

El libro de tus sueños (I)      El libro de tus sueños (II)

 

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS (III)

Cuando, al fin, terminó aquel interminable día, Dani regresó a casa con una extraña sensación en el estómago. Era una mezcla de intriga, ilusión y miedo que le hizo dar incluso un rodeo para alargar el camino de vuelta, después de las increíbles ganas que había tenido durante toda la jornada por regresar.

Fue directo a su habitación y cerró la puerta con cuidado. Todo parecía estar en orden. No había ningún paquete misterioso sobre la mesa ni en el suelo y el cajón donde había escondido el libro se encontraba cerrado, tal y como lo había dejado por la mañana. De manera inconsciente, emitió un suspiro de alivio apoyado contra la puerta, que fue sustituido casi de inmediato por el ya conocido hormigueo en el estómago provocado por el temor que le infundía tomar de nuevo el libro entre sus manos. En el fondo, una parte del él deseaba encontrar el cajón vacío. Armándose de valor, recorrió con lentitud el escaso metro que le separaba de la cajonera y, con mano temblorosa, abrió el primer cajón. Allí estaba, enigmático, el libro, en la misma posición en que lo dejó. Lo tomó entre sus manos y lo abrió por la primera página.

Ante sus ojos volvió a mostrarse el sueño que había vivido aquella noche, con todo lujo de detalles, fantásticas ilustraciones y una preciosa caligrafía. Las letras inundaban las páginas junto con las imágenes y algo en su interior despertó en él una imperiosa necesidad de leer aquellas maravillosas letras que parecían atraerle como si estuvieran imantadas. Durante una hora, más o menos, Dani estuvo sumergido en la lectura de la apasionante historia de su sueño.

A la mañana siguiente, tras otra apacible noche en la que pudo vivir las aventuras escalando la cima de una alta montaña, lo primero que hizo Dani fue ir en busca del libro para saber si aquel sueño también se encontraba plasmado entre sus páginas. Ahora la nueva historia estaba narrada junto a la anterior y su rostro volvía a aparecer en las magníficas ilustraciones que la acompañaban. Despejados ya todos los miedos, Dani fue aquel día con ilusión al colegio, deseando regresar a casa para leer aquel fabuloso cuento que había surgido de su imaginación.

Desde aquel día, siempre se podía ver a Dani con aquel gran libro entre las manos, leyendo con avidez como no lo había hecho nunca antes. Pero no solo era el libro de sus sueños el que devoraban sus pequeños ojos lectores, sino que disfrutaba de la lectura de todos los libros que una vez habían permanecido aburridos y olvidados en la estantería. Fue la tableta la que quedó arrinconada en un extremo de la mesa de Dani, apagada y sola.

El día que Dani terminó de leer el último de los libros que había en su estantería coincidió con la última página del libro de sus sueños. A partir de aquel momento, la biblioteca pasó a ser el lugar favorito del niño, santuario por el que siempre pasaba cuando iba de camino a casa desde el colegio y salía cargado con el máximo número de libros que le permitían tomar en préstamo. En un par de días los había terminado todos. El gran libro de sus sueños ocupó desde entonces un lugar de honor en la preciosa estantería de Dani. Había cumplido a la perfección con su misión, despertar la pasión del niño por la lectura.

Sus padres, cómplices, se sonreían el uno al otro cada vez que lo veían con un libro entre las manos.

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

226. CALM

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (II)”

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (II)”

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS (I)

 

El libro de tus sueños (I)

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS (II)

Aquella noche Dani se acostó temprano. No era lo habitual en él, pero un cansancio extraño le invadió desde tempranas horas de la tarde. En apenas unos minutos se había quedado dormido. El sueño fue apacible y sosegado, sin ninguna interrupción hasta que, ya de mañana, sonó el despertador que avisaba de que tenía que ir al colegio un día más. Cuando se despertó, observó el libro que su madre había dejado el día anterior sobre su mesa y recordó las extrañas circunstancias en las que había aparecido. Sin darle mayor importancia, fue directo a la cocina para tomar un buen desayuno.

Entre bostezos y grandes cucharadas de su tazón de cereales con leche, Dani fue recordando escena por escena todas las imágenes del sueño que había tenido aquella noche. En raras ocasiones se acordaba de lo que había soñado durante la noche y, casi siempre que lo recordaba, solía olvidarse a los pocos minutos. En cambio, aquel día el sueño se le presentaba en su mente como si fuera una película, como si en realidad lo hubiese vivido y se tratase de un recuerdo más. Le sorprendió de una manera muy grata, era maravilloso poder volver a recrear aquel estupendo sueño en el que era un malvado pirata que luchaba con fiereza sobre la cubierta de su barco, mientras la bandera negra con la calavera ondeaba a merced del viento y de los envites de la cruenta lucha. Tanto se dejó llevar por la viveza del recuerdo que solo volvió a la realidad cuando su madre le dio una voz más alta y se dio cuenta de que su bol de cereales seguía sin terminar y ya era casi la hora de marchar hacia el colegio.

Sacudiéndose el sueño de la cabeza, terminó con prisa su desayuno y regresó a su habitación para vestirse. La ropa le esperaba doblada con cuidado sobre una silla pero, cuando estaba a punto de cogerla, algo nuevo llamó su atención una vez más aquella mañana. Era el libro, aquel aburrido libro de páginas vacías. «El libro de tus sueños». Llamativo nombre para no contener más que añejas hojas de papel en blanco. En apariencia, nada en él había cambiado, salvo por el detalle de que el grueso volumen se encontraba tirado en el suelo. Él recordaba a la perfección haberlo visto sobre la mesa cuando se despertó y su madre jamás lo dejaría sobre el suelo. Soltando la ropa, se dirigió a recogerlo y, por curiosidad, echó un nuevo vistazo a sus páginas. Casi pierde la respiración.

Las primeras páginas del libro, que ayer mismo estaban impolutas, ahora representaban una historia que ocupaba varias de ellas. Con una caligrafía preciosa, acompañada de ilustraciones de vivos colores, se encontraba narrado el mismo sueño que había tenido aquella noche, el que había recordado con tanta precisión hacía unos minutos mientras tomaba su desayuno. Incluso estaba él mismo representado en una de las escenas del forcejeo entre piratas. ¡Era él! ¡Estaba seguro! ¿Cómo era aquello posible? Una nueva llamada de atención de su madre le hizo guardar el libro con premura en uno de los cajones. Se vistió y partió hacia el colegio sin decir nada de lo que había ocurrido.

El día transcurrió intranquilo para Dani. No lograba concentrarse y su mente solo podía pensar en el suceso extraordinario que había tenido lugar en su dormitorio. Las horas parecían  sucederse con una lentitud fuera de lo común y no veía la hora de que terminaran las clases y poder regresar a casa. Necesitaba comprobar que aquello que había visto por la mañana era cierto y no un producto de su imaginación. Quizá el haber recordado aquel sueño con tanta agudeza le había jugado una mala pasada y después había creído ver algo que no era real. Debía de ser eso. Si no, ¿cómo se explicaba toda esa situación?

Pero, en el fondo, sabía que aquella explicación racional que estaba ideando no justificaba ni siquiera el hecho de que el misterioso libro en blanco hubiese aparecido de buenas a primeras sobre su mesa sin que sus padres hubiesen tenido nada que ver en ello, como le decían. Y, a juzgar por la expresión de sorpresa que había podido observar en sus caras cuando abrió el paquete, juraría que, en realidad, ellos estaban igual de sorprendidos o más que él.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

220. INTELIGENTE

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (I)”

El relato del viernes: “El libro de tus sueños (I)”

 

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS (I)

EL LIBRO DE TUS SUEÑOS (I)

A sus diez años de edad, Dani odiaba la lectura. En su habitación, una estantería prácticamente vacía de libros pasaba las horas dormitando perezosa sin que nadie le hiciese el más mínimo caso. En cambio, las cajas repletas de juguetes se llevaban gran parte de la atención del niño. Eran vaciadas y rellenadas una y otra vez. De ellas salían coches, aviones, personajes de lo más variados e incluso artilugios inservibles para los que Dani podía imaginar cualquier utilidad posible. Sobre la mesa del cuarto, agotada siempre por el esfuerzo, reposaba la estrella principal de la atención del niño: la tableta. Dani era capaz de pasar horas y horas sin descanso con ella entre las manos, sentado sobre la cama, sin mover ni un solo músculo ni ejercitar la imaginación.

Cierto día, cuando Dani regresó del colegio, encontró sobre su mesa, junto a la tableta que él mismo dejó allí por la mañana, recibiendo su dosis diaria de energía eléctrica, un regalo. No era muy voluminoso, pero el papel con el que estaba envuelto le llamó poderosamente la atención. Se trataba de un paquete rectangular cubierto con un brillante papel de color azul eléctrico cubierto por estrellas doradas de diferentes tamaños que parecían destellar con vida propia ante sus ojos. La tableta ya estaba preparada para ser acogida entre las manos del niño, pero, para su sorpresa, estas no se dirigieron hacia ella, como de costumbre, sino que fueron directas a tomar el inquietante regalo.

Con el paquete abrazado contra su pecho, Dani fue en busca de sus padres. Quería saber a qué se debía aquel regalo. No era su cumpleaños ni ningún día especial. Es más, era un lunes cualquiera del mes de marzo. Ni siquiera sus notas en el colegio habían sido especialmente brillantes. Al contrario, la semana pasada había regresado a casa cabizbajo con un par de suspensos que añadir a los que ya llevaba acumulados en aquel trimestre.

La expresión de sorpresa en el rostro de sus padres fue tan auténtica que, por un momento, Dani pensó en creerles. Pero sabiendo que era imposible, se dispuso a abrir su regalo bajo la atenta mirada de toda la familia. Aquel papel brillante era suave como la seda y casi podía sentir la calidez de las estrellas que lo decoraban. Creyó incluso sentir un pequeño chispazo al abrirlo, pero lo atribuyó a una jugada de su imaginación. Cuando por fin desplegó todo el papel de regalo, ante sus ojos apareció un bonito libro que hipnotizó tanto a Dani como a sus padres. La encuadernación era antigua, las páginas estaban recubiertas por un filo dorado que le otorgaba una majestuosidad sin explicación y, con grandes letras también doradas, mostraba el título en su cubierta: «El libro de tus sueños».

Dani retiró la pesada portada con inquietud y mucha curiosidad. El libro había conseguido despertar su interés, sin saber con exactitud qué era lo que esperaba encontrar en su interior. Sus padres, a su lado, lo observaban con la misma desazón, o incluso más. Se dirigían miradas entre ellos, preguntándose en silencio si el otro había sido el que había tenido algo que ver con la aparición de aquel inesperado regalo. Ambos negaban con asombro. Centraron su atención en su hijo y el extraño libro.

La primera página estaba completamente en blanco. Dani pasó a la siguiente, esperando encontrar algo, una ilustración, una historia, o incluso de nuevo el título, como ocurría en los demás libros. Pero, para su sorpresa, tampoco halló nada. Deslizó con impaciencia todas las páginas, originando una fresca corriente de aire al hacerlo, pero todas ellas estaban en blanco. ¿Quién le habría hecho aquel extraño regalo? Se trataba de un regalo que, en apariencia, había aparecido solo sobre su escritorio y que contenía un libro… vacío.

Dani le retiró de inmediato su atención y se dirigió a su cuarto a reclamarle a la tableta su disponibilidad. Su madre, intrigada por aquel regalo tan curioso que parecía haber surgido de la nada, decidió hacerle caso a su intuición y depositó el libro con cuidado sobre el escritorio de Dani. Mientras salía del dormitorio de su hijo, le pareció percibir un extraño brillo, algo similar a un guiño de ojos, procedente del grueso volumen por escribir.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2018. Derechos registrados.

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215. DEJAR IR