El relato del viernes: “¡Feliz Año Nuevo!”

¡Feliz Año Nuevo!

El alba arañaba los últimos resquicios de una noche que parecía no querer terminar nunca cuando Alejandro introducía la llave en la cerradura de su casa. Su cuerpo acusaba el cansancio de un ajetreo al que llevaba demasiado tiempo sin estar acostumbrado. A los estragos que sobre él causaba el agotamiento se sumaba el alcohol que había tomado, mucho más que en todo el año.

Abrió la puerta con cautela y las luces del árbol de Navidad, colocado justo en la entrada de su casa, le dieron la bienvenida, dejándole prácticamente ciego con sus brillantes destellos. Tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarlos a la luminosidad que, en la penumbra de la madrugada, desprendía el abeto artificial. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado de no hacer ruido y sonrió. Era curioso comprobar cómo, a pesar de llevar varios años viviendo solo en su propia casa, todavía persistía esa costumbre de llegar como si de un ladrón se tratase para no despertar a sus padres.

Se dirigió hacia la cocina y, sin encender la luz, puso la cafetera en marcha. Le apetecía tomarse un buen café antes de acostarse, saborearlo con calma disfrutando del año nuevo en soledad, por fin. Se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina y, allí mismo, se quitó las botas, liberando a sus cansados pies de la prisión en la que llevaban encerrados desde el año anterior. Un gran suspiro de alivio se escapó de entre sus labios, rompiendo el silencio que a aquellas horas se había instalado a sus anchas en su apartamento. Fue entonces cuando echó algo en falta y sus entrañas dieron un respingo.

Agudizó el oído todo lo que pudo. En la casa reinaba un silencio absoluto, algo que en otras circunstancias hubiera sido normal, pero que en las últimas semanas había cambiado por completo. Se levanto y comenzó a recorrer las habitaciones. Estaban totalmente vacías. Ni el más mínimo sonido ni el menor signo de movimiento se podía apreciar en ninguna de ellas. El sonido del café subiendo en la cafetera italiana lo asustó.

Revisó cada rincón de la casa sin obtener resultado alguno. Salió, incluso, a la terraza, a pesar del intenso frío. Nada. No encontró nada y una incipiente ansiedad comenzó a hacer acto de presencia. Soltó un silbido y esperó. Tampoco tuvo respuesta.

Regresó a la cocina para retirar la cafetera del fuego. Quizá un buen sorbo de café bien cargado lo ayudase a pensar con claridad. Era imposible que se hubiese escapado porque, a su regreso, unos minutos antes, había encontrado la puerta bien cerrada y asegurada con una doble vuelta de la llave. Había revisado todas las ventanas y no había encontrado ninguna abierta. Incluso la puerta de la terraza estaba cerrada con pestillo antes de que hubiese salido afuera.

Una explosión rompió el silencio de la madrugada. Los más trasnochadores en aquella noche tan especial continuaban lanzando cohetes y petardos, desafiando al frío del amanecer. Entonces lo escuchó.

Era como un gemido lastimero, un lloro apagado que parecía provenir de su habitación. Se dirigió hacia allí, guiándose por el sonido y extrañado porque ya había revisado aquella habitación sin haber encontrado nada. Conforme se acercaba el llanto se escuchaba más cercano. Sin duda, estaba allí. Sus músculos se relajaron de inmediato.

La habitación estaba vacía, pero los quejidos continuaban, sutiles, llenado el ambiente. Se agachó y miró debajo de la cama. Unas patas peludas y suaves se abalanzaron sobre él, como si hubiesen encontrado en él una salvación durante mucho tiempo esperada. Unos ansiosos lametazos le cubrieron el rostro. Abrazó a su cachorro de pastor alemán con cariño, transmitiéndole toda la calma que fue capaz.

—Feliz año nuevo, Newman. Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Solo es una noche, solo esta noche…

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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