Los 52 golpes – Golpe #52 – “El fin”

Los 52 golpes – Golpe #52 – “El fin”

El fin

Pensaban que nunca llegaría, que aquel largo año que tenían por delante sería eterno, pero fue como todos los anteriores, un minúsculo punto en la inmensidad de la existencia. Los días, las semanas, los meses, pasaron con una velocidad vertiginosa y, cuando quisieron darse cuenta, la sombra del final del año planeaba sobre sus cabezas con actitud intimidatoria, amenazando de esta manera con ponerle un punto y final a aquel proyecto tan bonito que habían comenzando juntos.

Un año, ese era el trato. Ni un día más, ni uno menos. Un año en el que trabajarían juntos, codo con codo, golpeando con fuerza a las vicisitudes del camino para ofrecer al mundo las más hermosas historias, las más extravagantes divagaciones, las más fantásticas aventuras con las que brindar al público una fuente de evasión.

Así lo hicieron. Semana tras semana, ninguno faltó a la cita. Muchos de ellos ni siquiera llegaron a conocerse, pero el propósito de un fin común era más que suficiente para otorgarles a todos un nexo de unión inquebrantable. Durante ese año, casi pudieron decir que fueron felices, porque lo cierto era que, el mismo proyecto que ofrecían al mundo, les servía a ellos mismos como un venero del que manaba la ilusión.

Pero el tiempo, como siempre, fue implacable. Sin apenas hacer ruido, el último domingo del año había llegado. Era su última cita, el último encuentro virtual de centenares de manos que pugnaban por no separarse jamás. No hubo lágrimas en esa postrera reunión, sino todo lo contrario. Solo sonrisas y brindis se derrochaban por los complicados recovecos de la red, esa que tan bien habían sabido aprovechar para tejer una propia en la que sentirse protegidos del exterior.

El fin había llegado, pero, con él, se puso también de manifiesto la firme determinación de continuar golpeándole a la vida con bolígrafos, plumas y teclas, hasta que esta perdiese la agresividad que tanto la caracterizaba.

Así lo hicieron, para alegría de unos y para desesperación de otros, los golpistas continuaron aporreando a la vida durante otro año más. Ninguno de ellos puso aún el punto y final.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Este relato puso punto y final a dos años de andadura con el proyecto Los 52 golpes. Un total de 104 ejercicios entre los que espero que, como bien decía Bradbury, haya habido alguno bueno. Si bien es cierto que es el cierre de una etapa, como siempre digo, no es un punto y final. Es un continuará…

Los 52 golpes – Golpe #51 – “Nadie”

Los 52 golpes – Golpe #51 – “Nadie”

Nadie

Siempre supe que no iba a ser fácil. Desde pequeñita, tuve un sexto sentido que me indicó que la vida, en realidad, no era aquella situación de fantasía y felicidad en que me encontraba inmersa, rodeada siempre de sonrisas y juegos. Algo en mi interior me decía que, cuando creciese, la cosa iba a cambiar hasta tal punto que iba a encontrarla casi, casi, insufrible.

Comencé a preguntar a los mayores. A veces, los veía preocupados sin una razón aparente y no fueron pocas las ocasiones en que, de vez en cuando, encontraba a alguno de ellos llorando a escondidas. Incluso mi padre, mi gran ejemplo de fuerza por excelencia, fue incapaz de evitar que, en alguna ocasión, viese cómo alguna lagrimilla errante se desplazaba sin querer por sus mejillas.

Poco a poco, fui consiguiendo que me contaran, aunque solo fuese a grandes rasgos, en qué consistía aquello de hacerse mayor. Entre lo que me decía uno y lo que me decía otro, logré llegar a hacerme una idea aproximada de lo que me esperaba, así que, cuando maduré, casi de golpe y sin apenas darme cuenta, estaba en cierto modo preparada para ello.

Superé con éxito muchos de los primeros escollos que encontré en mi camino. No derramé ni una sola lágrima cuando mi primer amor; aquel que, en mi todavía ingenuidad, había pensado que duraría toda la vida, se esfumó delante de mis ojos como por arte de magia. Afronté con entereza los duros años en los que nadie apostaba ni un céntimo por mí, hasta que, al fin, llegó la tan ansiada oportunidad laboral que andaba buscando. El mismo aplomo me acompañó incluso en los difíciles momentos en los que tuve que hacer frente a la pérdida de un ser querido. Todos se maravillaban con mi capacidad de adaptación a las circunstancias, considerándome más madura incluso de lo que se suponía que debía ser.

Sin embargo, hubo algo que nunca nadie había tenido en cuenta a la hora de explicarme qué supondría para mí hacerse mayor. Algo que me marcó y de lo que, bastantes años después, aún sigo tratando de recuperarme. Algo que, cada vez que lo recuerdo, hace que me suma en un estado de shock alarmante, incluso para mí. Y es que nadie me preparó para el horroroso momento en el que me llamaron por primera vez… señora.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #50 – “No”

Los 52 golpes – Golpe #50 – “No”

No

Hasta mis oídos solo llegan sonidos por completo incomprensibles para mí. Te veo frente a mí, mueves los labios y sé que debes estar pronunciando palabras, pero lo que yo oigo no tiene en absoluto ningún sentido. Me siento como una extranjera en mi propia tierra, desprotegida ante un idioma extraño por el que cambiaron las tiernas palabras de cariño que solías regalar a mis oídos. No te comprendo, por más que me esfuerce, no comprendo lo que está ocurriendo.

No sé qué demonios ocurre ni cómo hemos llegado a esta situación. Solo sé que las palabras  que deben de estar saliendo de tu boca ni siquiera alcanzan a mi cerebro, colapsado en algún momento perdido en el vaivén de los recuerdos felices. Únicamente puedo ofrecerte silencio, mi regalo más preciado ante una situación que no sé cómo afrontar, ante un discurso barato de frases hechas para un idioma muy diferente del mío.

Cierro los ojos, como si de esta manera estuviese cerrando también mis oídos, como si así pudiese evitar que pronuncies aquello que nunca quise escuchar. Cierro los ojos y mi mente vuela hacia otro lugar, hacia otra época, hacia otra vida. Ni si quiera sé cuánto tiempo permanezco así, si han sido horas, minutos o segundos. Solo sé que cuando vuelvo a abrirlos no estás, que has cumplido tus promesas, que has seguido siendo fiel a ti mismo, como siempre has hecho.

Por un instante, te odio. Te odio como jamás llegarías a imaginar, pero solo durante un instante, menos quizá de lo que dura un pestañeo. La mordaza que me cubría se libera para que mi voz resuene en el piso vacío sin ti y solo puedo pronunciar una palabra. Un no alto y rotundo llega hasta mis oídos sin que sea capaz de reconocer mi propia voz en ellos. Me levanto y salgo en tu busca con la seguridad que otorga haber aprendido, por fin, a hablar en tu idioma.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #49 – El espíritu inmortal

Los 52 golpes – Golpe #49 – El espíritu inmortal

El espíritu inmortal

Siempre le tuve miedo a la muerte, aunque quizá sea más correcto hablar de pánico. Su sola mención ya me causaba escalofríos y las consiguientes horas de angustia ante la idea, que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza como si de una noria se tratara. He de reconocer que se trataba de un miedo casi irracional, abrumador, que me dejaba paralizado incluso para el ejercicio de cualquier actividad cotidiana. Algo así como una fobia, aunque imagino que como nunca recibí tal diagnóstico no se podría denominar así.

De una manera o de otra, la realidad era esa. Me daba pánico la muerte. Y la vida, con su tremenda ironía, me la trajo, la muerte, mucho antes de lo que yo tenía planeado. Qué cosas. Fue un lunes por la mañana. Una bonita mañana de invierno, fría, muy fría. La noche había dejado una gruesa capa de hielo que recubría las aceras mojadas por la lluvia del día anterior. Yo salía de mi casa, feliz, como todos los lunes, y nada más poner un pie en el suelo, resbalé, con la mala de suerte de que fui a dar con la cabeza contra uno de los hierros decorativos de la puerta de mi portal.

Recuerdo contemplar la escena desde una cómoda nube, la única que había en el cielo aquella mañana. Y no pude evitar reírme a carcajadas al pensar que, oye, al final no había sido para tanto. Y lo mejor de todo es que ahora mi espíritu es inmortal.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.


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Los 52 golpes – Golpe #48 – “Celos (III)”

Los 52 golpes – Golpe #48 – “Celos (III)”

Celos (I) Celos (II)

Celos (III)

Llegó un momento en que a duras penas lograba soportar la situación. De entre todas las personas que hay en el mundo, había conseguido establecer una relación sentimental con las dos más celosas que había conocido jamás. Me llegaban los reproches de todas partes. Durante el día, Fabián me torturaba en la oficina con su insistencia para que dejase a Anais y compartiese mi vida con él. Cuando llegaba la noche era aún peor. Regresaba a casa y mi compañera olisqueaba hasta mi ropa en busca de algún perfume ajeno. Llegué incluso a plantearme con seriedad el hecho de romper con los dos.

Entonces fue cuando se me ocurrió la brillante idea. Pasó por mi mente como una estrella fugaz que iluminó todo a su paso y se presentó como la solución a todos mis quebraderos de cabeza. A partir de aquel momento, enfoqué todos mis esfuerzos en hacer realidad lo que había ideado: que Fabián y Anais se conocieran. Si lo hiciesen, estaba convencida de que todo iría sobre ruedas. Llegué incluso a fantasear con una relación en la que los tres fuésemos piezas clave, viviésemos juntos y tuviésemos, juntos también, el mejor sexo que hubiese sido capaz de imaginar. Había quedado en el olvido la experiencia que tuve con Javier.

Ahora, no sé por qué, ya no me parece tan buena idea. Quizá sea por la actitud hostil que ha adoptado Anais desde que ha entrado por la puerta y ha visto a Fabián acomodado en su sillón favorito. O quizá sea por la actitud tan apocada que ha tomado Fabián ante la presencia de Anais. A pesar de que la reacción de ambos ha sido exactamente la que me esperaba, al vivir la situación he comprendido que el cuento que había imaginado no iba a tener nada que ver con la realidad. Tomo aire en profundidad y comienzo con las presentaciones.

La cena no está yendo tan mal como había imaginado hace unos instantes. Es más, parece que al final incluso han congeniado. Yo era consciente de la cantidad de intereses que tenían en común, pero, si soy sincera, no me esperaba que conectasen tan bien en tan poco tiempo. Quizá hayan tenido algo que ver las copas de vino que les serví mientras terminaba de preparar la cena para que fueran limando asperezas. Y vaya si las han limado. De hecho, no me están haciendo ni caso ninguno de los dos. Llevan como media hora hablando de filosofía, un tema que a los dos les interesa mucho y del que yo no tengo ni idea. He intentado intervenir un par de veces con algo de humor y la mirada de reproche que me han lanzado los dos ha sido tremenda.

Así que aquí estoy, viendo cómo Fabián y Anais se lo pasan estupendamente bien sin mí, mientras devoran la cena que yo me he encargado de preparar y vacían las botellas de vino que se han llevado casi la mitad de mi sueldo de un mes. Incluso parece que se están acercando un poco más de la cuenta, ¿no? Ay, ay, ay… a ver si ahora va a resultar que la celosa soy yo… ¿Qué es esto que siento, si no? No me había sentido así jamás.

El reloj roza ya la medianoche y mis dos queridos amantes deciden salir a tomar una copa. ¡Sin mí! ¿Qué os parece? Que muchas gracias por haberlos presentado, me dicen. Aquí me quedo, sola, aferrada a una enorme terrina de helado de chocolate con nueces y la última botella de vino bien cerquita. Y ahora es cuando me pregunto, ¿será esto lo que llaman por ahí karma?

FIN

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #47 – “Celos (II)”

Los 52 golpes – Golpe #47 – “Celos (II)”

Celos (I)

Celos (II)

Aquella fue la noche en la que la incertidumbre entró de lleno en mi vida. No solo en el plano sexual, aunque he de reconocer que ocupaba el lugar predominante de mis dudas. Mi amiga me había regalado el mejor sexo que había tenido en mi vida y todas las bases sobre las que había ido construyéndome desde la niñez se tambaleaban como si las hubiese sostenido sobre una masa informe y vacilante de flan. Aparte de eso, el cambio radical que se operó en su actitud hacia mí desde entonces, tampoco me ayudaba a centrarme. Fueron meses extraños.

Anais se volvió tan cariñosa conmigo que llegué a pensar que ese era el problema que siempre había existido entre nosotras: estábamos destinadas a ser pareja y hasta aquel momento todo lo que había existido entre ambas eran resistencias. La relación entre las dos se volvió tan fluida y agradable desde que las vencimos que, confundida como estaba dentro de mi propia confusión, me dejé engañar por aquella y me acomodé en una relación sentimental con mi mejor amiga basada en la fidelidad.

Todo parecía ir bien hasta que conocí a Fabián. Era el chico más tímido que había conocido nunca, mi nuevo compañero de trabajo. Su carácter reservado y poco comunicativo me llamó la atención desde el primer momento, por no hablar de que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en mi vida. Su color era tan intenso que me sentía hipnotizada por ellos, me perdía en su mirada, que podía quedarme contemplando durante horas si no fuera por que ambos estábamos trabajando. Desde el primer día sentí la necesidad de estar a su lado, fue como una especie de atracción magnética tan fuerte que no pude ni quise resistir.

Fabián y yo nos volvimos inseparables en el trabajo. Compartíamos el tiempo de la comida y, algunas tardes, unas cervezas a la salida de la oficina. Descubrí a un muchacho divertido, tierno e interesante que derrochaba inteligencia por todos los costados. Y me enamoré de él.

A pesar de que Fabián conocía la existencia de Anais desde el primer día, los sentimientos son incontrolables y, entre los dos, comenzamos una especie de relación. Fueron tiempos confusos de nuevo, creo que he pasado la mitad de mi vida confundida y la otra mitad tratando de comprender mis confusiones. Cada noche, cuando regresaba a casa con Anais, me decía a mí misma que aquello no podía ser, que no podía estar sucediendo. Aunque mi corazón y mis sentimientos se empeñasen, para mi mente era imposible poder estar enamorada de dos personas a la vez. Por fuerza, una de las dos relaciones tenía que ser un error y me debatía entre los años y la confianza compartidos con Anais y la relación fresca y sincera que había iniciado con Fabián, pero era incapaz de renunciar a cualquiera de ellos. Al final, terminé aceptando mis propios sentimientos.

Si en algún momento creí que aquella historia podía funcionar, no podía estar más equivocada. Por un lado, Fabián. Al poco tiempo comenzó a sentir unos celos terribles de Anais, porque era ella la que compartía la cama conmigo cada noche y era, según él, mi relación oficial. Por otro lado, Anais. Siempre tuvo un instinto muy desarrollado y enseguida sospechó algo. Los celos volvieron a hacer acto de presencia entre nosotras y desconfiaba de mí hasta cuando bajaba a comprar el pan. Y con razón, pensaba yo, pero no toleraba para nada aquella actitud tan extremadamente posesiva.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.


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Los 52 golpes – Golpe #46 – “Celos (I)”

Los 52 golpes – Golpe #46 – “Celos (I)”

Celos (I)

—¿Quién es ese? —me pregunta Anais con un gesto arrugado nada más entrar por la puerta. Ni tan siquiera un saludo, solo la cara agria al ver que tenemos compañía. Y que esa compañía es, para colmo, masculina.

Ha tenido justo la reacción que me temía, siempre ha sido muy celosa de nuestra amistad. En ocasiones, esta actitud suya me agobia. Somos el ejemplo perfecto de mejores amigas. Nos conocimos en el primer día de colegio, cuando éramos unas niñas ingenuas presas de todos los miedos e inseguridades posibles y necesitábamos a alguien en quien apoyarnos. Desde entonces hemos sido inseparables, amigas incondicionales, compañeras de estudios, compañeras también de piso e incluso amantes.

Imagino lo que habrá sentido Fabián al verla entrar y recibir semejante saludo. Lo miro. Soy capaz de sentir cómo se encoge hasta hacerse diminuto en el sofá favorito de Anais. Llevo semanas preparándole para este momento, a espaldas de mi compañera, y sabía que no le iba a resultar sencillo. La timidez es su punto débil y necesita un gran refuerzo para su autoestima. Ahora mismo debe de estar pensando que para qué habrá venido. Pero yo lo sé, lo ha hecho por mí. Le sonrió con vehemencia, necesito que sepa a través de mi mirada que la actitud de Anais no es su culpa. Es mía.

Si hay algún defecto remarcable que tenga Anais, tiene un nombre muy claro: celos. Desde que nos conocimos, siempre ha querido tenerme a su lado. Al principio me reconfortaba mucho, en mi niñez, tener una amiga tan entregada. Consideraba nuestra amistad como irrompible y, al fin y al cabo, así lo ha sido hasta ahora. El problema llegó cuando entramos en la adolescencia y yo quise ampliar mi, o debería decir nuestro, círculo de amigos. En ese tiempo fue cuando descubrí que sufría unos celos desorbitados que a mí me agobiaban a diario. Llegó incluso a acosarme. Cada vez que yo salía con otros amigos sin ella, la veía en cada esquina, observando desde la distancia. En aquella época lo consideré como una extravagancia adolescente que, aunque en ocasiones pudiese llegar a ser asfixiante, no tenía mayor importancia. Con el tiempo dejó de hacerlo.

Cuando terminamos la carrera, juntas, la situación con Anais casi se había normalizado por completo. Fue entonces cuando decidimos compartir piso. Todo iba bien entre nosotras, no nos veíamos demasiado por nuestros respectivos trabajos y el tiempo que coincidíamos en casa era agradable, casi como el de una pareja que lleva años de convivencia. Nos tratábamos con respeto y eso era más de lo que habíamos conseguido durante los tiempos de la adolescencia. Y la balsa del cariño siempre estuvo ahí, en todo momento.

La situación comenzó a cambiar cuando empecé a salir con uno de los pocos amigos que teníamos en común, Javier. La confianza que había entre los tres me dio pie a llevarlo a casa. Al principio no supuso ningún problema, pero, con el tiempo, los celos de Anais retornaron con fuerza, volviéndose más y más intensos, hasta el punto de que, cada noche, las dos amigas discutíamos a voces lo que los silencios habían callado durante todo el día. Como consecuencia de esta situación, Javier se alejó de las dos. Nunca más volvimos a saber de él. Una vez hubo salido de nuestras vidas, la normalidad regresó al apartamento. Hasta que, una noche, Anais se metió en mi cama.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #45 – “Venganza por un crimen”

Los 52 golpes – Golpe #45 – “Venganza por un crimen”

 

VENGANZA POR UN CRIMEN

VENGANZA POR UN CRIMEN

Esteban llevaba años preparándose para aquel día. Para ser precisos, eran veintitrés años, tres meses y cinco días los que llevaba esperando, ansioso por volver a encontrarse con Andrés. No había nada que desease más en el mundo que echarse a la cara a aquel malnacido. Solo con pensar en que hubo una época en la que lo consideraba su mejor amigo le causaba una repulsa tremenda.

Cuando eran jóvenes, Esteban y Andrés eran inseparables. Se habían criado juntos, vivían en el mismo bloque, compartieron colegio, juegos en el barrio e incluso alguna que otra novia. Esto ocurrió con Inés. Fue la novia de Andrés durante un par de años. Inés era una muchacha preciosa con una inteligencia excepcional, que derrochaba dulzura en cada cosa que hacía y cursaba con mucha ilusión sus estudios de veterinaria. Era perfecta, en todos los sentidos, y tanto Esteban como Andrés lo sabían.

Andrés cambió su manera de comportarse con ella cuando comprendió que quizá era demasiada mujer para él, que nunca llegaría a estar a su altura. Se llenó de inseguridades y los celos le corroían por dentro, aunque jamás hubiese confesado algo así. A pesar de que con las demás personas Andrés seguía siendo en apariencia el mismo chico jovial y educado de siempre, en la intimidad con Inés se transformó en un auténtico monstruo. Comenzó a controlar todo lo que hacía, con quién hablaba, a quién veía. La alejó de sus amistades y, para aplacar su inseguridad, se volvió agresivo con ella. Cualquier excusa era buena para gritarle y pronto llegó a utilizar las manos.

La amistad que Esteban había trabado con Inés se intensificó durante ese tiempo. A escondidas de Andrés, Esteban fue su paño de lágrimas, un hombro en el que apoyarse y con quien compartir el sufrimiento que estaba viviendo. Fue él quien, sin ningún interés particular, la aconsejó que se alejara de su amigo. Para Inés, aquella fue la mejor decisión que pudo haber tomado y siempre agradeció a Esteban que le abriese los ojos de la manera en que lo hizo. Fue el tiempo el que, poco después, los unió. Todo el cariño y el apoyo mutuo que se habían prodigado durante el tiempo que duró el calvario de la chica, se fue tornando poco a poco en un amor inquebrantable.

Poco les duró la dicha, pues cuando Andrés tuvo noticias de la relación que mantenía su supuesto mejor amigo con Inés, entró en cólera, aun sabiendo que su vínculo con ella hacía tiempo que se había roto. Llevarían poco más de seis meses de noviazgo cuando, una noche en la que estaban cenando los dos solos en un coqueto restaurante, apareció Andrés totalmente fuera de sí. No pronunció palabra alguna, solo se limitó a asestarle a Inés varias puñaladas mortales sin importarle la gente que estaba presenciando la escena. Inés murió en brazos de Esteban, con un «te quiero» roto en susurros entre los labios.

Más de veintitrés años después, Esteban lleva más de dos horas esperando a la salida del centro penitenciario. Tan solo quiere ver la cara de Andrés por última vez, saber cómo le ha tratado la vida desde aquella maldita noche, intuir si su sufrimiento ha sido solo una mínima parte del suyo propio. El día ha salido lluvioso y hay poca gente en el recinto. Los coches de los funcionarios y algún que otro vehículo esporádico son los únicos que permanecen en el aparcamiento en aquella mañana de enero. Andrés aguarda dentro del coche con el motor parado, le hierve tanto la sangre que ni siquiera necesita encender la calefacción para mantener el calor de su cuerpo en llamas, a pesar del frío. Han sido demasiados años esperando este momento, planificando su venganza. Jamás pensó en dejar impune el atroz crimen cometido por su remoto amigo. Bajo su abrigo, el arma conseguida de manera ilegal, con su flamante silenciador, espera con agonía su turno para entrar en acción.

Son las doce en punto del mediodía cuando Andrés sale por la puerta del centro penitenciario. Mira hacia todos lados en busca de alguna cara conocida, pero no hay nadie esperando por él en la salida. Esteban se revuelve inquieto en el asiento, se asegura de que no pueda verlo y empuña el arma con su mano derecha enguantada. Los dedos tiemblan alrededor de la pistola sin que se atrevan a cerrarse del todo sobre ella, como si esta quemara. Ve cómo Andrés comienza a caminar despacio bajo la lluvia hacia una parada de autobús que se divisa en la distancia. Decide observarlo bien, quiere mantener esa imagen en su memoria, los últimos minutos de vida del desgraciado que se la quitó a Inés.

Lo ve demacrado, no tiene muy buen aspecto. Ha perdido por lo menos las dos terceras partes del peso que tenía cuando era su amigo y parece un esqueleto andante. Unas intensas ojeras no contribuyen para nada a mejorar su aspecto y parece que hubiese envejecido al menos cincuenta años. Así, bajo la lluvia, parece incluso un anciano decrépito y el aspecto mojado no hace más que acrecentar esa sensación. Desde la distancia, cree ver lágrimas resbalando por sus mejillas, que bien podrían ser gotas de lluvia, pero la apariencia enrojecida de sus ojos le indican que es llanto. Está llorando. Por soledad, por arrepentimiento, por tener la libertad que tanto tiempo habrá estado esperando, o incluso por el lamento de alguna enfermedad incurable quizás. Desde luego, solo con verlo se adivina algo así. Lleva una pequeña bolsa de plástico en la mano. Deben de ser sus pertenencias, todo lo que le ha quedado en la vida ahora cabe en una simple bolsa de supermercado. Esteban se estremece, y no precisamente por el frío.

Deja el arma de nuevo en su posición inicial. Quería venganza, sí, pero parece que la propia vida ya se ha encargado de ello. Además, él no es un asesino. No como lo fue Andrés. Arranca el coche y sale del aparcamiento levantando una gruesa capa de agua del suelo. Por el espejo retrovisor, ve cómo Andrés queda solo en aquella oscura y triste marquesina de autobús. Ahora puede vivir en paz.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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Aquí tenéis mi cuadragésimo quinta participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

317. CALM

Los 52 golpes – Golpe #44 – “El jefe”

Los 52 golpes – Golpe #44 – “El jefe”

 

EL JEFE

EL JEFE

—¡Vamos, panda de holgazanes! ¡Que esto no se mantiene solo! ¡Al próximo que vea descansando lo pongo de patitas en la calle! ¿Me habéis oído?

La voz del jefe atronaba en los oídos de los presentes. El calor era insoportable y, de vez en cuando, necesitaban un pequeño respiro para poder continuar con la tarea que, sin pedirlo, les habían encomendado. Para ello, solían esconderse tras las pilas de carbón con las que tenían que alimentar a paladas la enorme pira que ocupaba el centro de la estancia, que debía permanecer encendida las veinticuatro horas del día durante todos los días. Pero el jefe siempre les pillaba, aunque pareciese que no estaba presente, y no permitía ni un segundo de tregua.

Aquel día, la hoguera gigante ardía con inusitado frenesí por órdenes del jefe. Los empleados de los cuartos de las calderas también estaban trabajando a un ritmo frenético. Todos estaban agotados y apenas era segunda hora de la mañana. Mientras tanto, el jefe seguía emitiendo sus singulares berridos, que aquel día estaban cargados de una intensidad especial.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Al próximo que vea parado lo lanzo a la hoguera!

Sebastián se quitó la ennegrecida camiseta, que algún día fue blanca, y la utilizó para secarse el sudor que le perlaba la frente y la nariz. Se encontraba ya agotado y acababa de comenzar su turno. Con un crujido de espalda, se apoyó sobre la pesada pala que utilizaba para realizar el trabajo y sacó un cigarrillo del bolsillo trasero de sus viejos pantalones vaqueros, que prendió con una de las alargadas llamas de la propia hoguera que estaban alimentando. Elevó la voz para hacerse oír y se dirigió a su compañero:

—¿Se puede saber qué mosca le ha picado a este hoy? Si yo llego a saber esto…

Alfredo se detuvo un instante, el necesario para hacer crujir sus articulaciones hasta recolocarlas en su posición, y continuó con la tarea de avivar la hoguera, mientras contestaba a su compañero entre jadeos:

—Pues, ¿qué va a ser? ¡Lo de siempre! Otro día que no ha follado…

La carcajada que soltó Alfredo llegó hasta los mismos oídos del jefe, que los miró con desaprobación. Sebastián ocultó de inmediato el cigarrillo y fingió recoger unas ascuas empujando la pala con el pie que había dejado apoyado sobre ella. Cuando se hubo cerciorado de que ya no eran el centro de atención, prosiguió:

—¡Anda, como todos! ¡No te jode! Pues que se apañe como todo el mundo, porque nos va a matar. ¡Otra vez!

No pudo evitar soltar una risotada ante su ocurrencia, que contagió a Alfredo.

—¡Ya te digo! —dijo este último, entre risas, sin abandonar la pala—. Yo que pensaba que esto iba a ser una gran orgía y míranos, trabajando como negros. Esto se avisa antes, coño. Me hubiese portado mejor…

Sebastián y Alfredo comenzaron a desternillarse de la risa, ya sin preocuparse por nada más. Alfredo soltó también la pala para quitarse la sudorosa camiseta y le pidió a Sebastián una calada del cigarrillo. No sabía cómo se las apañaba su compañero para conseguirlos. Allí dentro estaba prohibido fumar. El jefe los pilló desprevenidos. Apareció de la nada y se materializó a su lado con un enfado de dimensiones épicas.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¡Sois los operarios más vagos que he tenido nunca! ¡La próxima vez que os vea parados os mando derechos al cielo! ¿Me habéis oído?

—No nos lo digas dos veces, Satanás, no nos lo digas dos veces…

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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El jefe by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi cuadragésimo cuarta participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

315. TIEMPO

Los 52 golpes – Golpe #43 – “Imaginando”

Los 52 golpes – Golpe #43 – “Imaginando”

 

IMAGINANDO

IMAGINANDO

Fermín llega a su casa cada día cuando sus hijos ya se han dormido. Carola, su esposa, dormita en el viejo sillón de la estancia que hace las veces de salón-comedor. La tenue luz de una lamparita la ilumina desde un rincón. Él entra en silencio para no sobresaltarla y se detiene unos segundos, tras girar la llave, en contemplarla. Incluso dormida muestra en su rostro una perpetua sonrisa que cada día le parece más hermosa. Su abultado vientre le da la bienvenida desde la distancia y Fermín piensa, durante un instante, que vendrá otro hijo al mundo que apenas podrá ver a su padre.

Carola abre los ojos muy despacio, como si se tratase de una película rodada a cámara lenta. Ver a Fermín en la puerta es lo que la hace reaccionar y trata de incorporarse con rapidez, pero su avanzado estado de gestación le dificulta el proceso. Él se apresura a llegar hasta donde está ella y la ayuda a ponerse en pie. Los dos se funden en un cálido abrazo que hace que a Fermín se le esfume de golpe todo el frío acumulado en el cuerpo durante el largo día trabajando a la intemperie. Se besan en los labios con timidez, como si temiesen que alguno de los pequeños pudiese llegar a ver un acto tan simple que, a pesar de su naturalidad, ellos consideran cargado de intimidad.

Se dirigen hacia la cocina tomados de la mano. Fermín acompaña a Carola en su lento arrastrar de pies. Sobre la mesa, un plato con la cena le espera desde hace por lo menos un par de horas, cuando su mujer y sus hijos cenaron juntos. Guarda una porción en una fiambrera; será su comida del día siguiente. Calienta el resto en el microondas y se sienta a la mesa junto con Carola. Ella escucha con atención las noticias que su marido le cuenta de su día, sin saber que están edulcoradas para que no llegue a saber cuán cuesta arriba se le hace mantener el ritmo, hasta que el sueño se empieza a apoderar de ella de nuevo.

Es él el que acompaña ahora a su mujer hasta la cama, le da un beso en el vientre y otro en los labios y la arropa con cariño. La besa en la frente antes de dirigirse a la habitación de los niños. En la misma cama duermen Adrián y Nicolás, abrazados. Fermín aún no sabe dónde dormirá la pequeña Lola cuando nazca. No se pueden permitir una casa más grande y tampoco puede echar más horas de las que ya trabaja. Arropa bien a sus hijos y le da un beso en la frente a cada uno. Después sale de la habitación con cuidado para no despertarles, aunque en el fondo se muere de ganas por que le den un abrazo. Sabe que no hay alternativa, pero cada día continúa preguntándose si será bueno para ellos tener un padre al que solo ven los domingos.

Mientras se pone el pijama, Fermín ya ha comenzado a imaginar, como cada noche. Imagina que no tienen problemas económicos, que tiene un trabajo estable y con una jornada normal. Se mete en la cama y el cansancio parece quintuplicarse. Imagina que pasa las tardes jugando con sus hijos, que viajan todos juntos a los lugares más maravillosos. El sueño va tornando sus párpados más y más pesados a cada instante. Imagina que todas las semanas sale a cenar con Carola, que puede hacerle los regalos con los que siempre ha soñado. Sus músculos se relajan sobre la cama e, imaginando, Fermín se queda dormido como una sonrisa, como cada noche.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi cuadragésimo tercera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

308. CALM