Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”

Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”
Fuente: Pixabay (editada)

Mariposas

Hoy vi pasar ante mí una mariposa blanca,
alegre, juguetona,
revoloteando con gracia,
como si quisiera darme envidia
de su libertad al volar.
Hoy mi ser se ha abierto al fin
en miles de mariposas de colores
que invaden el cielo azul
libres, por fin, junto a mi mariposa blanca.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

Mariposas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”

El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”
Fuente: Pixabay

Bajo la niebla

Sergio y Sofía habían decidido pasar un fin de semana de aventuras, romántico, sin niños. Una escapada a plena naturaleza, que tanto les gustaba a los dos. Compraron una flamante tienda de campaña y el viernes por la tarde se despidieron con cariño de Tomás y Andrea, sus dos pequeños, que habían dejado con sus abuelos mientras durase la escapada.


Llevaban semanas planificando el viaje, el lugar al que irían, las rutas que querían hacer… Todo estaba organizado a la perfección. Así era Sergio, planificador a más no poder, no podía faltar un detalle. Sofía era más aventurera, le gustaba salir sin un rumbo fijo y acampar en el lugar que les pareciese más bonito, que más les llamase la atención, sin tener nada preparado con antelación. Esta vez había ganado Sergio, tenía unas más que abundantes dotes convincentes, debido a su trabajo de comercial. Así que Sofía no pudo más que claudicar y rendirse a la evidencia de que Sergio tenía razón. Ir sin ninguna planificación podía resultar incluso peligroso.


Guardaron en sus grandes mochilas todo lo necesario. Cargaron en su flamante todoterreno la tienda de campaña y pusieron rumbo al lago que Sergio había seleccionado. Llegaron casi al anochecer, tuvieron que montar la tienda alumbrados por el candil, y terminaron tan rendidos que cenaron unos sándwiches dentro de la tienda y cada uno se fue a su saco a dormir.


La mañana amaneció gris, como anunciando un mal presagio, cosa que sólo presintió Sofía, mientras Sergio preparaba el desayuno. El lago apenas se veía, cubierto por una neblina espesa que a Sofía se le antojó hasta tétrica. Aún así, iniciaron su excursión, ya que el móvil de última generación de Sergio no anunciaba lluvia para esa zona, es más, anunciaba un tiempo radiante. A pesar de los temores de Sofía, la excursión transcurrió sin incidentes. Diez kilómetros de ruta bosque a través, parada para comer en un claro del bosque, y otros diez kilómetros de vuelta hasta el lago.


Cuando llegaron al lago, dispusieron todas las cosas para mantener una cena romántica, hacía tiempo que no podían disfrutar de algo así, y en la mirada de ambos se podía descifrar el deseo contenido de tantas noches de cama ocupada por los pequeños. La niebla sobre el lago se había convertido en aún más densa. Pero a esas alturas a ninguno de los dos les importaba. Sofía, a espaldas de Sergio, fingiendo dar un paseo antes de desayunar, había escondido entre unos matorrales cercanos al lago un regalo especial para él.


Tras la cena, y varias copas de vino, estaban los dos bastante animados. Sofía se levantó insinuante y le comunicó a Sergio que en seguida volvía. Sergio rápidamente le perdió de vista, la oscuridad de la noche era total, no había ninguna luna que alumbrase el cielo y la niebla densa que había sobre el lago no le permitían ver más allá de lo que alumbraba la luz de la pequeña hoguera que habian preparado. No obstante, Sofía se había adentrado en las profundidades de la maleza sin ningún tipo de luz.


Tardó bastante tiempo en regresar y Sergio estaba ya visiblemente inquieto. Hasta que por fin le vio, caminando lentamente por la oscuridad tarareando una siniestra canción. No pudo por menos que poner una cara de espanto en cuanto le vio a la luz de la hoguera. El precioso vestido blanco que se había puesto para la romántica cena, lucía desgarrado y cubierto de sangre. Tenía unos extraños arañazos por la cara y el pecho y su expresión era totalmente ausente. Continuaba tarareando aquella maldita canción. Después del shock inicial, Sergio se levantó de golpe y fue corriendo hacia ella, a abrazarle, a darle su cariño y protección. Pero la mirada de ella se volvió voraz, y Sergio detuvo enseguida su acercamiento. ¿Qué demonios estaba pasando alli? ¿Qué le había pasado a su alegre y vital mujer?


– ¿Qué ha pasado vida mía? – se atrevió a preguntarle. Ella esbozó una sonrisa que a Sergio se le antojó un tanto sádica.


– La criatura del lago me ha hablado. Debemos ir con ella cuanto antes. – y le ofreció una de sus ensangrentadas manos, una mano huesuda que no reconoció como la de su propia mujer.


– Pero, ¿qué estás diciendo Sofia? ¿Acaso te has vuelto loca? – pero la expresión de ella era cada vez más y más infrahumana.


– Apura, Sergio, la criatura del lago nos espera y no debemos hacer que se moleste.


Ante la resistencia que él puso, una fuerza hasta entonces desconocida en Sofía, casi casi sobrenatural, emergió de ella, arrastrándole hacia la densa niebla la que cubría el lago sin ningún tipo de conmiseración. El agua, lejos de ser cristalina como había pensado en un principio, era un nauseabundo cenagal que amenazaba con tragárselo por completo. Enloqueció completamente cuando vio emerger de la ciénaga al ser más horripilante que jamás había podido imaginar. Vio cómo Sofía se entregaba a él sin restricciones, le arrancaba el corazón con una facilidad pasmosa y vio desaparecer a su amada en las profundidades del lago sin poder hacer nada por evitarlo. Ningún sonido salió de la garganta de Sofía. Posteriormente, se abalanzó sobre él y repitió el mismo proceso, retumbando en el valle un alarido de dolor.

Cuentan los ancianos del lugar que en las noches de luna nueva como aquella, aún se pueden escuchar los gemidos del amante que no pudo hacer nada por salvar a su chica, mientras una hoguera que nadie ha prendido, ilumina un precioso mantel a cuadros y dos copas de vino.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos reservados.

http://www.copyrighted.com/copyrights/confirm/kozt-qlil-ph5e-sheu

Miércoles de poesía: Memories – “El día que la luna no se acostó”

Miércoles de poesía: Memories – “El día que la luna no se acostó”

El día que la luna no se acostó

Llega el día y la luna
quiere quedarse despierta,
quiere jugar con las nubes,
quiere echarle un pulso al tiempo,
quiere que hasta el sol la vea.
Yo que soy alma nocturna,
no me resisto a su influjo,
me dejo llevar por la luna
como en el mar la marea.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

El día que la luna no se acostó by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”
Fuente: Pixabay (editada)

A las puertas del cielo

La esperó delante de la puerta que daba paso a los bellos jardines con los que siempre había soñado que estaría vestido el paraíso. Se trataba un hermoso portón de hierro forjado que daba paso a unas amplias extensiones de parterres cubiertos por el césped más brillante que había visto nunca, salteado por enormes y frondosos árboles que proporcionaban una fresca sombra y ramilletes de flores de los más vistosos colores que nacían por doquier, sin orden ni concierto aparente. Hasta él llegaba un cóctel de aromas tan delicioso que deseó que ella no tardase demasiado para poder internarse en aquel maravilloso lugar donde poder dar un romántico paseo tomados de la mano, como cuando eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que tampoco le importaba. Se encontraba en la gloria y lo único que quería era regodearse en aquella maravillosa sensación que le embaucaba por completo. Nunca antes se había sentido tan sereno, la temperatura era de lo más agradable e incluso le habían desaparecido los dolores que desde hacía tiempo aquejaban a sus huesos. Nada importaba ya el hecho de encontrarse de pronto, sin explicación aparente, ante aquel majestuoso lugar que invitaba al sosiego de aquella manera.

Hacía tan solo unos minutos que se había separado de ella, pero la impaciencia le estaba matando. Eso era algo que sí le había llamado la atención. No comprendía por qué, estando juntos, no le había acompañado hasta aquel lugar y, en cambio, le había pedido que la esperase. Con casi total seguridad habría querido arreglarse un poco para la ocasión. Ella era tan coqueta. Siempre lo había sido. Evocó su mirada de hacía tan solo unos instantes, tan cerca de su rostro, con aquellos ojos suyos tan expresivos del color de las avellanas, mirándole con ternura mientras le hablaba, a la par que le acariciaba el rostro. Se le habían formado aquellas decenas de arruguitas tan graciosas en torno a los ojos que tanto le gustaban mientras le susurraba con cariño:

—Espérame, mi amor. Me reuniré contigo. Te lo prometo.

Y allí estaba, esperando frente a la puerta sin atreverse a traspasarla sin ella, deseando que llegase para poder disfrutar de aquel bucólico ambiente a solas.

Un sutil movimiento llamó su atención y reparó, por primera vez desde que había llegado, en un anciano de barba blanca y largos cabellos también cubiertos de canas, con aspecto bondadoso, que, sin embargo, le miraba con gesto impaciente. Sintió de pronto como si su presencia allí fuese una molestia, a pesar de que nadie le había advertido de que no pudiese permanecer en aquel lugar ni hubiese hecho ningún ruido molesto. Se acercó hasta él con gesto interrogante, mirándole de arriba abajo, por completo maravillado por su porte indulgente.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo más ahí afuera, Germán? Aunque no lo creas, no puedo estar esperándote aquí durante toda la eternidad. Si no estás satisfecho con el destino que se te ha asignado, siempre podemos hablar con el jefe —. La voz profunda del anciano le sobresaltó. Parecía proceder de todas partes y de ninguna a la vez, y aquel abuelo de amigable aspecto apenas se había limitado a realizar un ligero movimiento de labios. Se sorprendió de que conociese su nombre. Que él supiera, no habían sido presentados.

—Solo estoy esperando a Margarita, mi esposa. Debe de estar al llegar. Ella nunca se retrasa y no llevo aquí más de cinco minutos.

—¿Cinco minutos, Germán? —se carcajeó el anciano, provocando que el suelo temblara como un flan bajo sus pies. Ahora que se fijaba, parecía estar cubierto por algún tipo de material acolchado—. Llevas esperando a las puertas del cielo desde hace ya tres años. No tengas prisa por reunirte con Margarita, ella tardará un tiempo todavía en llegar. Anda… pasa… Claro, que si prefieres que te acompañe al sótano…

Con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, Germán asintió con un leve movimiento de cabeza y se deslizó, como flotando en una nube, hasta traspasar la bonita puerta forjada.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1809108323382-a-las-puertas-del-cielo

Miércoles de poesía: Memories – “Dentro de mi locura”

Miércoles de poesía: Memories – “Dentro de mi locura”
Fuente: Pixabay (editada)

Dentro de mi locura

Me volveré loca dentro de mi locura,
por ti yo abandonaré
cualquier resto de cordura
que me hubiera podido habitar.
Qué importa si me dicen loca,
si la locura me aporta
aquello que quise encontrar.
Soy loca, lo reconozco,
y perdonen si confieso
que cuerda no quiero volver a estar.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

Dentro de mi locura by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”
Fuente: Pixabay (editada)

A escasos milímetros

Paseas con suavidad tu dedo por mis labios entreabiertos, acariciándolos, quemándolos con la yema de tu pulgar, mientras veo cómo te acercas a ellos hasta quedarte a escasos milímetros. Siento tu aliento recorrer mi piel, mi boca, adentrarse en mi interior y la flama que provocas en mí sería suficiente para hacer arder este maldito cuarto que nos cobija.

Te mantienes ahí, distante, provocándome, haciéndome sufrir con la intensidad de tu mirada, con la calidez húmeda de tu aliento insolente y con la exquisitez del danzar de tu dedo por mis labios. Me quedo sin resuello con la mirada perdida en la lejana cercanía de tu boca, anhelando ese beso, lento y profundo, que sé que no llegará. Aún no.

Acabas de convertirnos en un juego, lo sé. Uno que solo finalizará cuando uno de los dos pierda la partida, cuando se rinda a la evidencia del deseo que nos urge a ambos desde que nuestras manos se rozaron hace unos instantes y prendió la chispa incendiaria que ahora amenaza con quemarnos juntos. Un juego en el que, tal vez, lleve todas las de perder. O no.

Y tú sigues manteniéndote ahí, en el mismo punto exacto, a escasos milímetros de mi boca, sin terminar de recorrer la distancia que nos llevaría a arder de inmediato. Y tu pulgar sigue ahí, rozándome los labios, mientras mi respiración convulsiona a cada segundo que pasa y los primeros gemidos de anticipación salen huérfanos al silencio de la noche fría.

Mis fuerzas flaquean, cierro los ojos y dudo si rendirme o hacerte creer que me has vencido. Mi lengua toma la decisión por mí, ambigua, y se escapa de mi cavidad bucal para salir al encuentro de tu dedo, ansiosa por recorrerlo, humedecerlo, succionarlo. Y yo, rendida por completo, dejo volar mi imaginación al compás de mis gemidos hacia otras zonas de tu cuerpo que me gustaría recorrer con la lengua con más fruición que tu pícaro dedo.

A escasos milímetros de tu boca el aire quema, el sonido baila, los cuerpos se hacen agua y la imaginación resbala.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

A escasos milímetros by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

Miércoles de poesía: Memories – “Sin fuerzas”

Miércoles de poesía: Memories – “Sin fuerzas”

Sin fuerzas

Y si te encuentras perdido,
sin fuerzas ya para continuar
el camino recorrido,
recuerda que en el vasto mundo,
en algún lugar,
siempre habrá alguien
soñando contigo.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

Sin fuerzas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

A través de las rejas

Vivía en el balcón de enfrente. Cerca, muy cerca. La callejuela que nos separaba era tan estrecha que casi podíamos tocarnos las manos. Pero jamás lo hicimos. Las rejas de nuestros balcones siempre estuvieron ahí, impidiendo el contacto.

Yo lo ansiaba tanto como ella, desde niños. Regresaba del colegio con la ilusión de verla aparecer en el pequeño balcón. Allí estaba ella, siempre. Jugábamos mucho juntos, en la distancia que nos mantenía separados, pero también hablábamos mucho. Para cuando cumplimos los quince ya sabíamos todo el uno del otro y, sin embargo, no habíamos estado juntos jamás.

Esa amistad de balcón de nuestra niñez fue dando paso al amor sin que apenas lo notásemos. Volaban los te quieros entre los balcones, estirábamos los brazos todo lo que podíamos para poder sentir el contacto del uno con el otro. Sin embargo, nunca llegamos a hacerlo.

Éramos demasiado jóvenes para tener libertad y demasiado adultos para reconocer lo que queríamos. Durante todo este tiempo, nunca habíamos coincidido fuera del balcón. Yo moría por darle un beso. Ella, por recibirlo. En nuestra ingenuidad de adolescentes enamorados, pensábamos que un día aquellas verjas que nos separaban dejarían de estar allí, que podríamos fundirnos en un gran abrazo, unirnos en un beso y sentir el dulce contacto de piel contra piel. No podíamos estar más equivocados. El destino nos tenía preparado algo por completo diferente.

Una mañana, ella ya no se asomó al balcón. Estuve todo el día esperándola, deseando verla aparecer entre los barrotes que nos aprisionaban a ambos, muriendo por vomitar todo el amor que sentía dentro de mí. Sin embargo, ella no apareció. Ni ese día, ni los siguientes. Llegué a pasar noches enteras en vela asomado a mi pequeño balcón, sin entender qué ocurría, por qué ella había desaparecido de aquella manera. Mi alma se volvió taciturna, me encerraba en mi cuarto a escribir versos por ese amor perdido sin ni siquiera saber el motivo. Fue durante esa temporada cuando escribí mi primer poemario y elegí el que sería mi estilo de vida.

Cuando cumplí los dieciocho, yo era un muchacho bohemio, entristecido, carente de amistades. Dejé todo de lado por la poesía, encerrado en mi cuarto, a menudo apoyado en los barrotes que siempre me separaron de ella, a menudo buscando volver a verla aparecer en aquel  lindo balcón de la casa de enfrente. Dejé crecer mi pelo, mi barba, vivía de recitar poesía por entre los bares de la ciudad.

Aún no sé por qué tardé tanto en reunir el valor suficiente para preguntar por ella. Ya había cumplido los veinticinco y era un alma libre, un simple poeta sin grandes pretensiones que ahogaba sus males de amor en vasos de alcohol y mujeres de mala fama. Me creí curado de su ausencia. Puede que fuese ese el detonante para que me decidiese a acudir hasta su casa y preguntar por ella.

La respuesta que recibí, seca y cortante, como si no aceptaran a aquel joven de aspecto descuidado que se había presentado un día cualquiera en la puerta de aquella casa para preguntar por el pasado, me dejó un sabor agridulce. En menos de quince segundos aquella puerta ya se había cerrado ante mí. Agrio por el destino que había corrido mi amada pero dulce porque había quedado una puerta abierta a mi esperanza.

Removí cielo y tierra hasta que la encontré, pero lo hice. No hay nada como la esperanza y la ilusión para volverse fuerte como un guerrero. Llegué hasta aquella nueva puerta con una nueva energía bullendo en mi interior, pero ni siquiera llegó a abrirse. Solo una pequeña rendija a media altura me mostró unos ojos severos que me escrutaban con frialdad y, con una respuesta tajante, se cerró delante de mí sin siquiera esperarlo.

Ahora vivo frente a aquella puerta. Salen y entran muchas personas al cabo del día, pero nunca es ella. No importa. Las noches son nuestras. Cuando ya es bien entrada la noche y todo el mundo en el barrio duerme, una pequeña ventana de la planta baja, que da a un oscuro callejón por donde nunca pasa casi nadie, se abre para mí. Y cada noche aparece frente a mí el rostro angelical que tanto recordaba, nuestras manos se unen a través de las rejas y, de vez en cuando, un casto beso en los labios reconforta mis ansias de tenerla entre mis brazos. Una última mirada lo dice todo entre nosotros cada noche cuando ella regresa a la intimidad de su cuarto, mientras vuelve a cubrirse la cabeza con el hábito.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1712135093831-a-traves-de-las-rejas

El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”

El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”
Fuente: Pixabay

Nueva vida

Paseando bajo la lluvia por las angostas callejuelas empedradas de mi pueblo, voy poco a poco siendo consciente de la gran riqueza que tengo. La lluvia cae con fuerza, arrastrando con su ímpetu cualquier rastro de añoranza que hubiera podido quedar escondido dentro de mí. Me encanta cuando llueve aquí, en el pueblo, y yo suelo salir a recorrer las calles, empapándome de la naturaleza que Zeus, de manera generosa, me envía cual regalo divino, para limpiarme y liberarme.

Son las ocho de la tarde, aún es temprano, pero ya no se ve un alma por las calles que, al contacto con el agua, se vuelven peligrosas y resbaladizas. Solo yo, transeúnte solitario de unas callejuelas despobladas, se atreve a salir a disfrutar de la lluvia cadenciosa que me va empapando poco a poco. Hasta los animales están reguardados de la lluvia. El humo de las chimeneas inunda el ambiente, consiguiendo una mezcla de olores inconfundible y maravillosa que llena de goce mis sentidos, el bucólico olor de la lluvia y el hogareño olor de la leña.

Las luces de las casas están encendidas. En aquella ventana que veo al fondo está la señora Emilia, la de la panadería, refugiada casi con total seguridad en un buen libro al abrigo de la chimenea. La ventana que tengo ahora mismo a mi derecha es la casa de Marquitos y Ezequiel, dos de mis mejores alumnos, que seguro que a estas horas ya han terminado sus tareas y estarán pasando un rato divertido jugando a la consola. En aquella de allí, estará la señora María, la de la tienda, preparando ya la cena para su esposo, Manuel, el del bar, y sus dos hijos, Sara y Jorge, también alumnos míos.

Continúo mi caminar bajo la lluvia, dejándome calar hasta los huesos, hasta llegar a la casa de Julia, justo al lado de la plaza. Las luces encendidas y la chimenea echando humo me hacen saber que allí está ella, resguardada del frío y la lluvia, seguro que con una taza de té entre las manos. Me imagino a mí mismo tocando a su puerta, diciéndole al oído de una vez por todas lo que siento por ella y besando sus jugosos labios por primera vez, dulces, tentadores, hipnotizantes. Pero una vez más paso de largo, cobarde, estúpido, buscando el resguardo de mi pequeña casita de piedra, huyendo de la vergüenza que me produce mi propia falta de arrojo.

Calado hasta los huesos, con una mezcla de paz e intranquilidad en mi interior, me cambio de ropa y me acerco a la chimenea, dejando que el calor vaya llenando mi interior y que el crepitar de las llamas me termine de infundir la calma que necesita mi encaprichado corazón.

Recuerdo con pesar la decepción que me llevé cuando, en el concurso de traslados, me destinaron a este pequeño pueblo perdido de la mano de dios. Yo estaba acostumbrado al bullicio de la gran ciudad, a las salidas nocturnas, a las prisas cotidianas, a las clases multitudinarias. Me gustaba salir a pasear bajo la lluvia, al igual que he hecho hoy, a empaparme de su frescura, hipnotizado por el sonido del tráfico de coches deslizándose sobre el asfalto mojado, refugiado en mi anonimato, inadvertido para el resto de la gente. Qué poco sabía yo en aquellos momentos de lo que era vivir, de lo que era gozar de una pequeña vecindad donde todos somos familia, donde cada uno conoce a los demás de tal manera que, con una simple mirada, todos saben cuándo no estás pasando por tu mejor momento y se vuelcan en ti de manera incondicional.

Ahora doy gracias por ello, por mi gran chimenea y me pequeña cocina de gas, por mi bonito patio al que salir en las calurosas noches de agosto y por despertar escuchando los pájaros que, remolones, me anuncian que llega el momento de ir a mi pequeña escuela, mi otro hogar. Y reconozco que aquí la lluvia no huele igual.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

http://www.copyrighted.com/copyrights/confirm/xfwq-ep2q-quem-wz2c

Miércoles de poesía: Memories – “Ansia”

Miércoles de poesía: Memories – “Ansia”
Fuente: Pixabay (editada)

Ansia

Ansia,
eso es lo que siento,
de rodear con mis piernas
tu cuerpo desnudo,
de sentirte en mis adentros,
profundo,
más profundo a cada instante,
y dejarnos fluir juntos
obviando todas las palabras
que no necesitamos pronunciar.
Ansia,
de sentirte muy adentro,
en mi alma y en mi cuerpo.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

Ansia by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License