El relato del viernes: “Un trabajo bien hecho”

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Un trabajo bien hecho

Rebeca se encontraba en el pasillo de las conservas, tratando de alcanzar uno de los botes del estante superior. Aquella misma mañana había decidido realizar un cambio en su vida y el primer paso lo daría cambiando su alimentación. Más verdura, aunque fuese enlatada, que no le sobraba el tiempo para estar picando y cocinando. Las latas de guisantes la miraban desde lo alto, la retaban desde su posición de superioridad y ella trataba, en vano, de alcanzarlas poniéndose de puntillas y estirando uno de los brazos al máximo. Estaba rodeada de gente, cada cual a lo suyo, y nadie parecía prestarle atención y, mucho menos, brindarle ayuda. Justo cuando estaba a punto de rozarlas con las yemas de los dedos, sintió un pequeño pinchazo en el cuello.

Retiró de inmediato la mano para tocarse el cuello. Parecía como si un pequeño aguijón se hubiese insertado en su piel, aunque no consiguió palpar nada. Miró hacia arriba. Las latas seguían tambaleándose con el ligero roce de sus dedos al separarlos de forma tan brusca e intentó que no cayesen. Tarde. Varias cayeron al suelo con estruendo y salieron rodando desperdigadas por debajo de las estanterías. Rebeca no sabía dónde meterse. Todas aquellas personas que la habían ignorado cuando estaba en dificultades ahora estaban pendientes de ella. Y ella no sabía si reír o llorar.

Juanjo estaba en el pasillo de los yogures tratando de elegir alguno. Quería mejorar su alimentación y aquel mismo día se había dado cuenta de que apenas tomaba lácteos. Y allí llevaba al menos media hora, delante de una amplia oferta que nunca hubiese imaginado que pudiese existir, tratando de decidir entre los yogures griegos y los de bifidus activo.  Sopesaba ambos con las manos y leía las etiquetas como si así pudiese resultar más fácil tomar una decisión. De pronto, escuchó un intenso ruido. Una lata de guisantes se asomó por debajo de las cámaras de refrigeración y rodó perezosa hasta chocarse con su pie derecho. Al agacharse para recogerla, sintió un pinchazo en la nalga izquierda.

Dio un respingo, frotándose con insistencia en la zona y miró a su alrededor. ¿Alguien le había pinchado con algo? ¿Lo había picado algún insecto? Para su sorpresa, el pasillo se había quedado completamente desierto. Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar la lata de guisantes que había cogido justo antes del misterioso incidente. Y decidió devolverla a su lugar.

Al girar a la vuelta del pasillo, una azorada mujer se afanaba en recoger varias latas. Algunas de ellas aún rodaban por el suelo, dificultándole la tarea. Sin dudarlo, se acercó a ella para ayudarla en su laborioso cometido. Cuando sus manos se rozaron al tratar de alcanzar uno de los botes, los dos sintieron una corriente eléctrica que nació de sus manos, les recorrió el brazo y les llegó hasta el mismo centro del corazón. Ambos levantaron la vista a la vez, nerviosos. Una tímida sonrisa se asomó a los labios de ambos.

En lo alto de las estanterías, Cupido se frotaba los dedos en la solapa de su chaqueta con chulería. Otro trabajo bien hecho. Aunque ese par de ingenuos siempre pensaría que les había unido una lata de guisantes.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Se nos escapa el tiempo”

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Se nos escapa el tiempo

No me gusta mirarlo, lo reconozco. Me disgusta hacerlo porque, cuando lo miro, puedo contemplar aquello en lo que yo misma me he convertido. Es como si su rostro se transformase en la pulida superficie de un espejo que me devuelve una imagen fiel de mí misma. Que devuelve mis mismos gestos de cansancio, mis mismas miradas apagadas. Un reflejo de las mismas arrugas, las mismas bolsas, las mismas ojeras, la misma flacidez en la piel en aquellos lugares en los que un día solo hubo lozanía y belleza. Por eso, en ocasiones, rehúyo su mirada. Para no volver a asomarme a la calma superficie de ese estanque que son sus ojos, cubierta ya por el agrio limo de la decrepitud temprana.

Tampoco me gusta escucharlo porque es como seguir escuchándome a mí misma, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo. No quiero seguir oyendo las mismas malhumoradas letanías con otro timbre de voz. No soporto más la perezosa intransigencia que hace tiempo se instaló en mis palabras, en las suyas, en las nuestras. Por eso, a veces, me refugio en una burbuja de silencio y hago oídos sordos a las infundadas quejas sin aliento que, sin pena ni gloria, se rompen en el vacío.

Pero lo que más detesto, por encima de todas las cosas, es respirarlo. No tolero ese aroma a ineludible decadencia que lo impregna todo, la ropa, las sábanas, la cama. El mismo que emana de mí misma y que, por más que lo intento, es imposible de disimular bajo la fragancia artificial de una engañosa juventud. Por eso, durante algunos instantes, detengo incluso mi respiración, en un vago intento de que ese momento apnea borre de mi mente la huella, por otro lado indeleble, que ha dejado la esencia de la vejez.

Y, a pesar de todo, lo sigo haciendo. Sigo mirándolo porque, al hacerlo, aún observo en sus ojos la ilusión, la ternura y el cariño con el que me miraban hace años. Porque, en el fondo de su mirada, todavía puedo ver el reflejo de la mía, ilusionada, fresca y joven. Sigo escuchándolo porque, cuando lo hago, llega hasta mis oídos la misma voz del joven que fue, de los jóvenes que fuimos. Siguen llegándome las mismas palabras de amor de antaño, que perduran, firmes, por mucho que pasen los años. Y, sobre todo, sigo respirándolo. Porque su aliento es mi aliento, porque es el soplo que me mantiene viva.

El tiempo pasa, se nos escapa, pero, a su lado, cualquier instante se nos vuelve eterno.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Vuelta al hogar”

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Vuelta al hogar

Viajaban acompañados por el cómodo silencio que se instala entre los que no precisan de palabras para demostrarse los sentimientos. Él, concentrado en la carretera, tan angosta y maltrecha que parecía no querer terminar nunca. Ella, concentrada en la ventanilla, que mostraba un paisaje tan cambiante que parecían estar atravesando diferentes mundos, y con una pequeña crisálida creciendo en su interior.

Habían salido cuando la noche todavía reinaba y en ese momento, apenas una hora pasado el amanecer, una luminosidad hipnótica confería a los campos un aspecto que rozaba la fantasía. La gruesa capa de escarcha que cubría todo difuminaba los colores y parecía querer cubrir todo con un manto de mágica purpurina.

Poco a poco, los grandes edificios de la gran ciudad, aún sumidos en un profundo sueño, habían dado paso a extensos terrenos baldíos que la noche, sabiamente, se encargaba de ocultar. Poco a poco, fueron cubriéndose de una tímida siembra que parecía querer desafiar al hielo que la cubría. Nueva vida abriéndose paso a través de la crudeza de la propia vida, que mostraba, orgullosa, un contagioso afán de supervivencia. Se podía intuir entre las sombras, bajo las heladas gotas de rocío, asomada al balcón de la niebla de la incipiente mañana. Y, conforme avanzaban, la mariposa que se había instalado en su estómago parecía extender sus alas un poquito más, agitándolas con timidez.

Al rayar el alba, los amplios sembrados ya se habían convertido en extensos terrenos repletos de viñedos. Desnudos esqueletos en decadencia que, dormidos, soñaban con eternos veranos dorados en los que brindar su preciada ofrenda al dios Baco. Los pueblos ya comenzaban a despertar a su paso, ofreciéndoles una discreta bienvenida envuelta en aroma a café y a chimeneas prendidas. Y cuando los primeros olivares comenzaron a aparecer sobre la velada línea del horizonte, la mariposa le pegó un pellizco en el estómago, rompió el capullo que la había mantenido guarecida hasta entonces y batió sus alas con energía en su interior.

Muchos kilómetros transcurrieron zigzagueando entre los centenarios árboles, que mostraban sus frutos henchidos de su dorado néctar bajo un tímido sol que ya lucía, aunque con timidez, en el cielo. Continuaban en silencio, sumido cada uno en sus pensamientos, en unos recuerdos que aumentaban al mismo ritmo que disminuían los kilómetros que faltaban para llegar a su destino.

Ella fue la primera en divisar las blancas casas que el paso del tiempo casi se había encargado de hacer desaparecer de su memoria. Su mano se posó con cariño sobre la de él. Un mismo suspiro se escapó de entre dos pares de labios. Por fin, habían regresado a su hogar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¡Feliz Año Nuevo!”

¡Feliz Año Nuevo!

El alba arañaba los últimos resquicios de una noche que parecía no querer terminar nunca cuando Alejandro introducía la llave en la cerradura de su casa. Su cuerpo acusaba el cansancio de un ajetreo al que llevaba demasiado tiempo sin estar acostumbrado. A los estragos que sobre él causaba el agotamiento se sumaba el alcohol que había tomado, mucho más que en todo el año.

Abrió la puerta con cautela y las luces del árbol de Navidad, colocado justo en la entrada de su casa, le dieron la bienvenida, dejándole prácticamente ciego con sus brillantes destellos. Tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarlos a la luminosidad que, en la penumbra de la madrugada, desprendía el abeto artificial. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado de no hacer ruido y sonrió. Era curioso comprobar cómo, a pesar de llevar varios años viviendo solo en su propia casa, todavía persistía esa costumbre de llegar como si de un ladrón se tratase para no despertar a sus padres.

Se dirigió hacia la cocina y, sin encender la luz, puso la cafetera en marcha. Le apetecía tomarse un buen café antes de acostarse, saborearlo con calma disfrutando del año nuevo en soledad, por fin. Se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina y, allí mismo, se quitó las botas, liberando a sus cansados pies de la prisión en la que llevaban encerrados desde el año anterior. Un gran suspiro de alivio se escapó de entre sus labios, rompiendo el silencio que a aquellas horas se había instalado a sus anchas en su apartamento. Fue entonces cuando echó algo en falta y sus entrañas dieron un respingo.

Agudizó el oído todo lo que pudo. En la casa reinaba un silencio absoluto, algo que en otras circunstancias hubiera sido normal, pero que en las últimas semanas había cambiado por completo. Se levanto y comenzó a recorrer las habitaciones. Estaban totalmente vacías. Ni el más mínimo sonido ni el menor signo de movimiento se podía apreciar en ninguna de ellas. El sonido del café subiendo en la cafetera italiana lo asustó.

Revisó cada rincón de la casa sin obtener resultado alguno. Salió, incluso, a la terraza, a pesar del intenso frío. Nada. No encontró nada y una incipiente ansiedad comenzó a hacer acto de presencia. Soltó un silbido y esperó. Tampoco tuvo respuesta.

Regresó a la cocina para retirar la cafetera del fuego. Quizá un buen sorbo de café bien cargado lo ayudase a pensar con claridad. Era imposible que se hubiese escapado porque, a su regreso, unos minutos antes, había encontrado la puerta bien cerrada y asegurada con una doble vuelta de la llave. Había revisado todas las ventanas y no había encontrado ninguna abierta. Incluso la puerta de la terraza estaba cerrada con pestillo antes de que hubiese salido afuera.

Una explosión rompió el silencio de la madrugada. Los más trasnochadores en aquella noche tan especial continuaban lanzando cohetes y petardos, desafiando al frío del amanecer. Entonces lo escuchó.

Era como un gemido lastimero, un lloro apagado que parecía provenir de su habitación. Se dirigió hacia allí, guiándose por el sonido y extrañado porque ya había revisado aquella habitación sin haber encontrado nada. Conforme se acercaba el llanto se escuchaba más cercano. Sin duda, estaba allí. Sus músculos se relajaron de inmediato.

La habitación estaba vacía, pero los quejidos continuaban, sutiles, llenado el ambiente. Se agachó y miró debajo de la cama. Unas patas peludas y suaves se abalanzaron sobre él, como si hubiesen encontrado en él una salvación durante mucho tiempo esperada. Unos ansiosos lametazos le cubrieron el rostro. Abrazó a su cachorro de pastor alemán con cariño, transmitiéndole toda la calma que fue capaz.

—Feliz año nuevo, Newman. Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Solo es una noche, solo esta noche…

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¡Feliz Navidad!”

¡Feliz Navidad!

Cuando Andrea terminó de colocar el último adorno navideño, se dejó caer exhausta sobre el sillón. Había pasado toda la tarde decorando su pequeña casa con infinidad de detalles que había ido comprando en los últimos días. Quizá había sido un esfuerzo excesivo, por no hablar del dinero invertido, pero eran sus primeras navidades sola y quería que fuesen muy especiales. Miró a su alrededor y suspiró satisfecha.

Un frondoso abeto ocupaba un lugar privilegiado junto al ventanal, delicadamente decorado en tonos dorados y plateados. Las pequeñas luces emitían sutiles destellos blancos, como si le estuviesen guiñando un ojo en cada parpadeo. En lo más alto, una estrella argentada lo supervisaba todo con orgullo. El mismo que portaban dos renos luminosos que, desde los pies del árbol, vigilaban la estancia. Largas tiras de espumillón decoraban cada mueble y cada cuadro del salón, todas ellas en los mismos tonos que los utilizados en la decoración del árbol, manteniendo una pulcra y delicada armonía visual. Sobre la mesa, un precioso centro elaborado por ella misma con hojas secas y piñas presidía la superficie, y una serie de grandes velas en diferentes alturas, cubiertas con purpurina, completaban el conjunto. La nota de color rojo la aportaban varias poinsetias estratégicamente colocadas en diversos puntos del pequeño salón. Sin duda, había quedado muy hermoso, digno del mejor decorador de interiores.

Del equipo de música se desprendían las suaves notas de tiernas melodías navideñas que inundaban cada rincón del pequeño apartamento. Andrea se dejó mecer por el sonido y pensó que se merecía un descanso. Una infusión le vendría bien, siempre le caldeaba el cuerpo y el alma, así que se dirigió a la cocina y puso el agua a calentar. Mientras esperaba a que la tetera tuviese el agua a punto, revisó en el estante donde guardaba las infusiones. Le apetecía alguna que reconfortase una fría tarde invernal como aquella. Escogió un té de manzana y canela, uno de sus preferidos, y, una vez tuvo el agua a punto, lo endulzó bien y regresó al sillón con la taza caliente entre sus manos.

Acurrucada en el sillón, descalza y envuelta en su suave manta polar, Andrea aspiró el cálido aroma que desprendía la taza que sostenía entre las manos. Contempló su pequeño salón, tan profusamente decorado, y, por primera vez, se sintió sola. Un intenso sentimiento de soledad la arrasó, como una ola que llega a la orilla sin previo aviso, llevándose a su paso todo lo que hubiese por delante. Recordó las palabras de su madre, rogándole para que pasase las navidades junto a ellos, y se preguntó por qué no la habría hecho caso. Por supuesto, siempre negaría haber tenido ese pensamiento, pero en aquel instante, con la única compañía de la melodía del equipo de música, su orgullo se venía abajo por momentos. Su orgullo, sí, porque él había sido el culpable de que la soledad fuese su compañera durante aquellas navidades. Las habituales discusiones en casa y la perspectiva de pasar unas divertidas fiestas con sus compañeros de la facultad, la habían llevado a tomar aquella decisión. Por nada del mundo se atrevería a reconocer ante nadie que como en casa no se estaba en ningún sitio, por muchas tiranteces que tuviese que soportar. Y, aunque salir con los amigos estaba muy bien, se había dado cuenta de que, en los momentos que de verdad importaban, se encontraba sola.

Antes de que la primera lágrima se atreviese a saltar de sus ojos, se obligó a levantarse. Volvió a dirigirse a la cocina y hornear unas galletas. Al poco tiempo, el dulce olor que desprendía el horno la reconfortó un poco. Al día siguiente era nochebuena y podría darse un buen atracón de dulces. Total, un día es un día. Estaba comenzando a sacar arbolitos de navidad, hombrecillos y estrellas del horno cuando sonó el timbre de la puerta. Andrea se extrañó, no esperaba a nadie a aquellas horas y el clima fuera no invitaba a salir a hacer ninguna visita. Se quitó el delantal y fue a abrir, por simple curiosidad más que nada. Lo que se encontró tras la puerta la dejó sin palabras.

—¡Feliz Navidad!

Frente a ella, cargados con bolsas y maletas, sus padres y su hermano pequeño aguardaban con una enorme sonrisa, ataviado cada uno de ellos con un simpático gorro de Papá Noel. Ni si quiera aguardaron a que reaccionase. En apenas unos segundos se habían abalanzado hacia ella, estrujándola en un abrazo que le rozó el alma e hizo que aquellas lágrimas, que poco antes había conseguido detener, brotasen sin límite.

Mientras su familia conversaba, reía y cantaba sentada a su mesa, Andrea los observaba, completamente embargada por la emoción. El precioso centro navideño había quedado relegado a un rincón de la estantería y el luminoso árbol de navidad también había tenido que compartir espacio con el colchón hinchable en el que dormiría su hermano. Fue entonces cuando comprendió que el espíritu navideño no se lograba con adornos y villancicos. La auténtica Navidad residía en la familia.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La magia de la Navidad”

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La magia de la Navidad

Carlos llevaba toda la mañana recorriendo el bosque, caminando sobre la escarcha y bajo las copas nevadas de los árboles. A pesar de que se había abrigado bien, no había podido evitar que el frío le calase los huesos y comenzaba a sentirse entumecido. Tenía los guantes empapados de apartar las heladas ramas con las manos en busca de las mejores bayas que pudiese encontrar, las más bonitas y brillantes. Quería hacer con ellas una hermosa corona con la que sorprender a Mireia.

No había sido un buen año para ellos y Mireia, a pesar de que siempre sonreía y trataba de mantenerse fuerte, no estaba bien. Él lo sabía. La conocía demasiado bien para no darse cuenta de sus profundas ojeras de las mañanas, síntoma inequívoco de sus largas noches de insomnio; de sus llantos sordos a la hora de acostarse, cuando pensaba que ya dormía; de su pérdida de peso, que había dejado atrás las prominentes curvas de su enamorada para dar paso a apenas un espectro de la mujer que había sido. Sin embargo, Mireia nunca había mostrado síntomas de debilidad ante él. Ni ante él ni ante nadie. No se había permitido, ni por un momento, que nadie la viese sin su sonrisa, sin su infatigable energía, sin sus eternas ganas de vivir.

Por eso, porque él sabía la verdad que no se mostraba ante sus ojos, quería sorprenderla. Sabía que era un detalle insignificante y que con él no conseguiría aliviar ni el más mínimo resquicio de la pena que, poco a poco y en silencio, iba consumiendo a su mujer. Sabía cuánto le gustaba la Navidad, al igual que sabía que estas navidades iban a ser muy diferentes, las más tristes de todas las que habían vivido juntos. Y quería que aquel día, cuando volviese de la ciudad, encontrase la casa bellamente decorada. Se había puesto manos a la obra en cuanto Mireia había salido por la puerta aquella mañana, pero le faltaba el adorno más especial, la corona de bayas que daría la bienvenida a una casa en la que, a pesar de las dificultades, seguían luchando día tras día y que estaría repleta de un mágico y emotivo espíritu navideño.

Sin embargo, después de llevar varias horas recorriendo el bosque, aterido de frío y desmoralizado por completo, no había logrado encontrar ni una sola rama de los tan ansiados frutos rojos. Parecía como si el destino hubiese confabulado en su contra para que no pudiese completar su sorpresa con ese toque tan especial y, como por arte de magia, hubiesen desaparecido todos del bosque. De nada sirvió retirar la nieve y la escarcha de cada rama que iba encontrando a su paso, no había ni rastro de las bonitas bayas rojas. Desesperado y cabizbajo, emprendió el regreso a casa.

Llegó completamente calado, hasta los pies, a pesar de que había salido bien equipado con sus gruesas botas para la nieve, pero la caminata había sido tan larga que ni siquiera ellas habían podido resistir el embate del frío. Iba lamentándose, pensando en que cuando llegase a casa la encontraría tan fría como sus huesos. Estaba seguro de que su pequeña excursión le iba a costar bien caro, con una pulmonía como mínimo. Echó en falta un buen fuego con el que caldearse y desentumecerse, pero se conformó al pensar en una buena ducha bien caliente y su jersey más grueso, el que reservaba para los días más fríos. Con ese pensamiento en la mente, accedió al interior de la casa.

Cuál sería su sorpresa al encontrar un crepitante fuego prendido en el hogar, lanzando destellos dorados hacia toda la habitación que, con la decoración navideña que había dejado preparada por la mañana, conferían a la estancia un toque, cuando menos, mágico. Un dulce aroma a canela inundaba toda la estancia, transportándole de inmediato a una acogedora tarde invernal junto a su familia. A pesar de la sorpresa, no pudo evitar sentirse sumamente reconfortado. Se acercó al fuego y tendió sus frías manos hacia las hipnóticas llamas, que danzaban enredándose entre ellas en un complicado y, a la vez, delicado baile. Sin duda, Mireia había regresado antes de tiempo.

La llamó, pero no obtuvo respuesta alguna. Olvidándose del frío y de la humedad, fue a buscarla por toda la casa. Sin embargo, no encontró a nadie. Su abrigo tampoco estaba colgado en el perchero que había justo a la entrada y sus cálidas zapatillas de estar en casa estaban en su sitio. Si ella aún no había regresado, ¿quién había encendido el fuego? Extrañado, volvió a situarse junto a la chimenea. Y fue entonces, en el momento en que se acercaba al fuego para comprobar si el calor le permitía pensar con algo más de claridad, cuando reparó en algo de lo que no se había percatado hasta entonces. Sobre la mesa, colocado en el centro con pulcritud, reposaba un hatillo con las bayas más bonitas que había visto nunca.

No perdió más el tiempo y se dirigió hacia ellas. Desprendían un agradable aroma y aún conservaban algunas gotas del rocío que las habría cubierto. Las tomó con cuidado entre sus manos y sonrió. Aún estaba a tiempo de preparar la corona más bonita, más delicada y más navideña que Mireia pudiese llegar a imaginar. ¿Sería posible que en verdad existiese la magia de la Navidad? Sin duda, la sonrisa de su esposa cuando llegase a casa daría fe de que sí, la magia de la Navidad no solo existía, sino que, además, les había visitado para que pudiesen finalizar el año con un regusto algo más dulce, tanto en el paladar como en el corazón.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Llega la Navidad”

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Llega la Navidad

Gema casi se cayó al suelo mientras bajaba del altillo del armario de su habitación la preciada caja que tanto tiempo llevaba deseando coger. Era demasiado pequeña para hacerlo y, por eso, había subido un pequeño taburete sobre una de las sillas de la cocina, manteniéndose en un precario equilibrio que no había conseguido medrar su ilusión infantil. Un último traspiés había estado a punto de mandarlo todo al traste, pero, al final, consiguió mantenerse en pie, mientras sujetaba con firmeza el tan ansiado tesoro.

Llevaba gran parte de la tarde sola y aburrida, sin nadie con quien jugar. Una vez terminados los escasos deberes que tenía que hacer, había ido en busca de su madre, que dormitaba acurrucada en un sillón, adormecida por el efecto de las pastillas contra la ansiedad. La decepción se reflejó en su sonrosada carita cuando la vio en ese estado una tarde más y recordó la alegría que había sentido cuando se había enterado de que su mamá no tendría que volver al trabajo. Pensaba que, así, podrían pasar más tiempo juntas, pero, en lugar de ello, su madre se pasaba el día triste y amodorrada, sin hacer nada ni, mucho menos, jugando con ella. Gema no sabía por qué estaba ocurriendo aquello, pero deseó que volviese a ser la mamá cariñosa de siempre, aunque para ello tuviese que renunciar a ese tiempo juntas que, en su inocencia, había creído que iba a ser tan maravilloso.

Era ya mediados de diciembre y Gema llevaba demasiado tiempo esperando a que sus padres le concediesen ese momento que llevaba esperando desde hacía un año. Por eso, aquella tarde, la tristeza, la decepción y el aburrimiento la llevaron a tomar una determinación. Dejó sobre su cama la caja que tanto trabajo le había costado conseguir y la destapó un poquito. Lo hizo con un cuidado extremo, como si fuese el material más frágil del mundo, y con un pequeño nudo en el estómago, en parte debido a la emoción que sentía y en parte a la adrenalina de estar haciendo algo para lo que aún no tenía permiso. Cerró los ojos y aspiró el aroma que emanaba del interior, deleitándose con él. Un sonoro suspiro de satisfacción se le escapó de entre los labios y una gran sonrisa los decoró en cuestión de segundos.

Repitió la complicada operación de escalada del mobiliario para alcanzar la segunda caja que necesitaba, que, aunque era bastante menos pesada que la anterior, era mucho más voluminosa. Sus pequeñas manos apenas alcanzaban a abarcar el paquete, pero era tal su determinación que unos minutos más tarde ya la tenía sobre su cama junto a la otra. Contempló  ambas cajas extasiada durante unos instantes y, sin más protocolos ni tiempo para pensar, se puso manos a la obra.

No fue fácil. Al menos, no tanto como Gema había pensado. Había tenido que volver a hacer equilibrios en varias ocasiones para alcanzar a las zonas más altas, pero estaba contenta con el resultado. Solo le faltaba por dar el toque final y, para ello, volvió a colocar el taburete, que tan útil le había resultado aquella tarde, sobre la silla. Justo estaba a punto de subirse cuando se abrió la puerta de la calle y, por fin, llegó su padre a casa después de una larga jornada de trabajo.  Nada más entrar se quedó sin palabras. Ante él, un gran árbol de navidad lucía orgulloso, un poco torcido, con algunas ramas agolpadas en un lateral y muchas, muchas calvas. Su hija estaba tratando de subir a una altura considerable, con la gran estrella que lo coronaba en la mano. Corrió hacia ella y la cogió en brazos.

La madre de Gema abrió los ojos justo en el momento en que la niña era recogida por su padre. Se incorporó de un salto y no tardó ni un segundo en situarse a su lado. Gema se mordía el labio inferior, un gesto que hacía siempre que iba pensaba que se iba a llevar una buena reprimenda. En lugar de eso, su madre, con una lágrima resbalando ya por la mejilla, se abrazó a ellos.

—¿Lo has montado tú sola?

—Sí —respondió la niña con las mejillas sonrosadas y una más que evidente timidez en la voz —. ¿Me vais a castigar?

—¿Por qué te íbamos a castigar, cariño? —preguntó su padre, que parecía haberse contagiado con el contacto de la lágrima de su mujer y ya tenía la suya propia a punto de saltar de un ojo.

—Es el árbol de Navidad más bonito del mundo —dijo su madre con cariño—. ¿Qué te parece si ahora horneamos los tres juntos unas galletas?

El rostro de Gema se inundó de felicidad. Por fin había llegado la Navidad a casa.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

El relato del viernes: “El amigo invisible”

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El amigo invisible

Cuando Azucena llegó a la oficina, tenía la sonrisa más grande que nadie le había conocido nunca. Faltaban unos días para Navidad y todo estaba engalanado para la ocasión. Las calles, el vestíbulo del edificio donde se encontraba su oficina y, en la puerta de esta, una gran corona de flores de pascua le había dado la bienvenida. En el interior, también se respiraba el ambiente navideño, ya que se había encargado ella personalmente de que así fuera. Brillantes espumillones colgaban de los siempre aburridos cubículos y un gran árbol de navidad daba la bienvenida nada más traspasar el umbral. Le pareció incluso escuchar el alegre y ligero tintineo de un villancico que provenía de alguna de las mesas del fondo y su sonrisa se amplificó aún más.

Al llegar a su despacho, su semblante cambió a sorpresa cuando descubrió un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto y adornado con un brillante lazo, sobre su silla. Lo tomó con cuidado y lo observó, girándolo entre sus manos para tratar de ver si contenía alguna tarjeta o alguna pista de qué podía tratarse. Así era. Bajo la impecable lazada de raso rojo, una pequeña tarjeta asomaba con timidez. En ella, cuatro palabras destacaban por su excelente caligrafía en tinta también roja. “De tu amigo imaginario”.

Azucena quedó extrañada. ¿Del amigo imaginario? Por un instante, se quedó paralizada. ¡Se había olvidado por completo del regalo del amigo invisible! Cada año, en la oficina, organizaban entre todos el típico intercambio de regalos, de esos que llamaban “el amigo invisible”. Se trataba de tener un detalle con los compañeros, algo barato o realizado con sus propias manos, entregado con todo su cariño y su ilusión. Seguramente se tratase de eso, del amigo invisible, solo que quien había preparado la tarjeta se había equivocado con los términos. Entonces cayó en la cuenta. Aún faltaban algunos días para Navidad. De hecho, ese mismo día se celebraba el sorteo de la lotería navideña y los niños de San Ildefonso cantaban los agraciados números con sus melódicas voces desde los altavoces del portátil de su compañero de despacho. Y el intercambio de regalos se hacía en la mañana del día de Nochebuena, antes de irse a casa al mediodía y después de haber brindado todos juntos con un cava fresquito.

Preguntó a sus compañeros, pero ninguno supo decirle nada de la procedencia del misterioso paquete. Parecía ser que ninguno de ellos había sido el autor del obsequio y el desconcierto de Azucena no hacía más que ir en aumento. Decidida a no darle mayor importancia y a no dejarse vencer por la curiosidad, guardó el paquete en su bolso, se hizo a sí misma una anotación mental para aquella misma tarde ir a comprar el regalo para su amigo invisible y se dispuso a comenzar su jornada laboral con una sonrisa, amenizada por los villancicos, los niños cantores y la decoración navideña que tanto le gustaba.

Cuando, al fin, llegó a su casa, ya ni se acordaba del regalo misterioso. Fue al dejar su bolso sobre la cama cuando el pequeño paquete se deslizó de su interior, llamado su atención con el atractivo lazo rojo. Azucena, al verlo, decidió que había llegado el momento de despejar sus dudas. Se puso cómoda, se sentó sobre la cama y se dispuso a quitar el envoltorio. Se quedó sin aliento cuando del interior de aquella pequeña caja salió un retrato suyo, con apenas cinco o seis años, rodeado de un marco hecho con unos añejos macarrones coloreados con témpera que reconoció al instante. El deteriorado estado de la pintura daba fe de los años que habían pasado desde que unas manos infantiles lo decoraran con tanta torpeza como ilusión.

— ¿Te ha gustado mi regalo?

La voz le llegó desde la ventana del cuarto y ella sintió que el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho. No podía ser, aquello no podía estar ocurriendo. Cerró con fuerza los ojos, como si así pudiese borrar todo lo que fuese que estuviese pasando ahí afuera. Su voz le volvió a llegar, nítida y serena:

— Como ves, yo no me olvido de mis amigos. No como otras…

Azucena abrió ligeramente un ojo y giró la cabeza despacio, mordiéndose el labio inferior, tal y como solía hacer cuando era una niña cada vez que sentía miedo. Allí estaba, mirando a través del cristal de la ventana con la mirada perdida en el horizonte nocturno, mientras sujetaba con su pequeña mano las cortinas. Continuaba tal y como lo recordaba, con sus pantalones cortos y la tirita de Heidi en la rodilla, que ella misma le había puesto aquella vez que se cayó en el patio del colegio y se hizo un raspón bastante feo. El amigo imaginario que la había acompañado hasta sus años de universidad y por el que había tenido que soportar años de terapia psiquiátrica. Había vuelto.

Se quedó pensativa. Tendría que poner un cubierto más en la mesa la noche de Nochebuena…

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Se le acabaron las ganas”

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Se le acabaron las ganas

Se le acabaron las ganas. Muchos pensaron que no, que no se le habían acabado, sino que, simplemente, se las habían quitado. Sin embargo, ella siempre pensó que nadie le podía quitar nada a otra persona si esta no permitía que eso ocurriese. Y ella lo había permitido durante demasiado tiempo, hasta que se le acabaron las ganas.

Sí, se le acabaron las ganas. Las ganas de seguir, de continuar habitando en un mundo ajeno a ella misma, en el que se consideraba una extraña. Se le acabaron, incluso, las ganas de respirar, de amar, de vivir. Se encerró en sí misma para aislarse de una realidad demasiado cruel y cerró las puertas y las ventanas de su alma y de su corazón. Bajó las persianas y no dejó que entrase ni el más mínimo rayo de sol. La oscuridad se hizo su amiga, junto con las pelusas y las telarañas que, poco a poco, comenzaron a ocupar los rincones de su corazón en los que antes habitaba el amor. Cerró con llave la alacena en la que guardaba las ganas de vivir y las dejó allí, a la espera de que se cumpliese la fecha de caducidad para, después, enviarlas al contenedor de los residuos orgánicos.

Sí, se le acabaron las ganas. Durante demasiado tiempo se dedicó a observar en silencio la puerta, clausurada con cerrojo, cadena, candado y cerradura de doble seguridad. Temía que alguien pudiera llegar y derribar todas sus barreras, pero se le habían acabado las ganas, incluso, de levantarse a interponer también la cómoda de su dormitorio. Allí, encerrada, permaneció durante horas, días, meses. Tal vez fueron años, nunca lo logró saber con exactitud. Con la cabeza bien cubierta con el edredón de la indiferencia y de la auto compasión. Escondida del mundo, incluso de su propia cobardía.

Sí, se le acabaron las ganas. Pero, en su desidia, olvidó proteger las ventanas. Y un día, alguien, o quizá algo, de quien no sabe su nombre y nunca le preocupó, logró abrir una rendija por una de ellas. Al principio no se dio ni cuenta, pero, con el tiempo, pudo más la curiosidad que su miedo y su apatía. Fue a asomarse un poquito y la luz del sol la cegó. Volvió de inmediato a su refugio. Sin embargo, aquel resquicio por el que trataba de colarse la vida permaneció abierto y, sin quererlo, fue acercándose más y más, abriéndolo cada día un pequeño milímetro más, perdiendo el miedo, atisbando con asombro lo que había al otro lado. Y lo que vio le gustó.

Y sí, se le acabaron las ganas. Se murieron las ganas de permanecer encerrada, de esconderse de la vida, de no creerse merecedora de semejante privilegio. Se le acabaron las ganas de morir.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Por quién tocan las campanas”

Fuente: Pixabay

Por quién tocan las campanas

Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro, otro traspié. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y acomodar sus pisadas, mientras prestaba atención al lánguido y pausado tañer de las campanas. Tocaban a muerto. Mal augurio.

Continuó su camino por la calleja desierta. Ya había anochecido y un intenso frío se había instalado en las calles, haciéndose dueño y señor de todo. Las puertas de las casas permanecían cerradas, al igual que las ventanas, bien aseguradas con los postigos, impidiendo que el frío allanase con alevosía las moradas. Las chimeneas lanzaban vaporosas lenguas de humo hacia un cielo cuajado de estrellas, más brillantes que cualquier otra noche, que contribuía dando el punto de gracia a las gélidas temperaturas. María se arrebujó el abrigo contra su pecho y aceleró un poco más el paso. El único sonido que se podía escuchar en las calles era el repiquetear de sus tacones sobre el empedrado, que lanzaba un eco que lo envolvía todo, junto con el sombrío tañer de las campanas, que continuaban su plegaria, ajenas a todo.

Aquel lúgubre sonido, que parecía no finalizar nunca, se adentraba en sus oídos y le creaba una angustiosa sensación. Un creciente miedo se iba forjando en su interior con cada paso que avanzaba y se arrepintió de haber salido de casa tan tarde. Quizá fuese simplemente aprensión, pero tenía la extraña sensación de que alguien la observaba. Detuvo sus pasos otro momento, solo para asegurarse de que no se escuchaba ningún ruido. El silencio a su alrededor era prácticamente sepulcral, solamente roto por el tañido que provenía de la iglesia, que continuaba implacable, infatigable. Divisó su casa al final de la calle y calculó el tiempo que tardaría en llegar al resguardo del calor del fuego que, sin duda, Alfonso tendría prendido en la chimenea. Se consoló pensando que, en apenas cinco minutos, estaría riéndose del miedo que había pasado.

Retomó sus pasos con celeridad, pero la impresión de que no estaba sola continuaba allí, acompañándola durante el trayecto, para mantener su creciente desasosiego. Rebuscó, mientras caminaba, en el pequeño bolso que siempre la acompañaba hasta que dio con las llaves. Estaban frías. Aun así, el contacto con el metal le transmitió cierta serenidad y confianza. Las apretó con fuerza en el interior de su mano derecha, dejando asomar por entre sus dedos el extremo de la llave del altillo, la más larga de todas. Cuántas veces había hablado con Alfonso sobre la necesidad de cambiar esa cerradura a por una que tuviese una llave más manejable. Ahora, su exagerado tamaño y su dentado filo le transmitían seguridad. Tendría que recordar comentarle a Alfonso que no sería necesario cambiarla.

A punto estaba de llegar al cruce con la calle estrecha cuando sus temores se vieron confirmados y supo que nada había sido fruto de su imaginación. Se la conocía así por su evidente angostura, por la que no podía pasar ni el coche más pequeño, pero, además, contaba con diversos vericuetos que la convertían en un callejón de lo más peculiar. En aquellos momentos, a María le parecía, más que singular, prácticamente aterrador. Su respiración le llegó entrecortada, apenas un resuello, el típico aliento del que aguarda con ansia la llegada de un momento muy especial. Una pequeña sombra, saliendo del callejón, delataba su escondite. Se vio tentada a echar a correr, pero, una vez más, el sentido común se impuso a la imaginación y continuó sus pasos, aunque ahora mucho más cautelosos. Quizá fuese alguien que, simplemente, esperaba en el callejón. O un joven que fumaba a escondidas. Sí, seguramente se tratase de algo así.

Sus peores sospechas se vieron confirmadas conforme asomó el primer paso por la entrada del callejón. Una gran figura se abalanzó sobre ella, tapándole la boca con una enorme mano para impedirle que gritara. El pánico se apoderó de María y tomó ya forma que nunca jamás hubiese sospechado. Una increíble fuerza se desarrolló en su interior. Solo podía pensar en que tenía que librarse de su atacante, llegar a su cálida casa y dormir acurrucada en el regazo de Alfonso, como hacía cada noche desde hacía 10 años. Sin saber muy bien cómo, consiguió revolverse y encarar a su agresor. La rodilla salió disparada, como por voluntad propia, y, cuando aquel soltó su amarre y se encogió dolorido, María acarició el contorno de la llave que aún mantenía agarrada con fuerza en el interior de la mano derecha. No lo pensó. Los oxidados dientes de la llave rebanaron la yugular del asaltante, que cayó desplomado al suelo, mientras un denso río de sangre manaba a borbotones de la letal herida.

María continuó su camino resguardándose de nuevo en el interior de su abrigo, mientras una última campanada dejaba su eco latente en al gélido aire nocturno. El silencio volvía a ser lacerante. Entonces comprendió por quién tocaban las campanas.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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