El relato del viernes: Memories – “Consumación celestial”

El relato del viernes: Memories – “Consumación celestial”
Imagen tomada de la red

Consumación celestial

-¿Por qué nunca quieres estar conmigo? -le preguntó la noche al día, extremadamente zalamera, durante ese breve momento en que, cada día, podían coincidir.

-¿Por qué dices eso?- le contestó el día, extrañado.

-Siempre que nos vemos te vas corriendo. Creí que me querías-. La voz de la noche cada vez se iba tornando más sensual.

 -¿Cómo puedes siquiera pensar eso? ¡Llevo siglos amándote!- respondió el día, herido infinitamente en su amor propio.

-Pero siempre te alejas de mí…- La noche se iba acercando cada vez más al día, contoneándose, faltaban pocos minutos para el amanecer y no podía perder el tiempo. -Yo también te amo, ¿no crees que ya es hora de sellar nuestro amor? Llevo toda la eternidad esperando este momento…

El día comenzó a estremecerse, gotas de sudor resbalaban por su frente. Jamás había visto a la noche tan seductora como aquella vez. A pesar de llevar siglos amándose en silencio, apenas podían compartir unos escasos momentos al amanecer y al anochecer. Él tampoco quería esperar más a que llegase aquel instante tan deseado por ambos.

¿Cómo era posible que el día y la noche pudieran sentir un deseo tan carnal el uno por el otro? Un deseo que llevaba demasiado tiempo avivándose en el interior de ambos.

La noche estaba a solo un paso del día, consciente de que apenas quedaban unos escasos segundos para que volviera a desaparecer y habrían desaprovechado otra oportunidad de oro.

El día la contempló, tan hermosa, desnuda completamente en su oscuridad y se abalanzó sobre ella. Juntaron sus cuerpos etéreos, el de él abrasando al de ella, el de ella enfriando al de él. ¡Qué sensación tan grandiosa! Fundidos en mil besos, el día y la noche, por fin, pudieron consumar su amor, durante tantos siglos escondido. Y unieron sus cuerpos, mientras el universo entero era partícipe de las locuras de los eternos enamorados.

Día y noche, noche y día, fundidos en uno solo, provocaron una gran explosión en el universo. Miles de estrellas fugaces recorrían el firmamento, celebrando por fin la unión celestial de los dos enamorados. Pequeñas explosiones a su alrededor comenzaron a formar nuevas estrellas que harían aún más exquisita a la noche. Los fulgores del día refulgían en todo su esplendor, deseando que no acabase nunca ese momento.

Cuando la unión del día y la noche alcanzó su punto más álgido, un éxtasis del más puro placer recorrió el firmamento entero, creando una gran explosión de colores, destellos y fulgores.

-He de irme-, dijo, vergonzosa, la noche tras la mística experiencia vivida.

-No te vayas, por favor, ahora no-, le imploró el día. -No puedes dejarme ahora, no soportaré el momento de volver a verte.

Noche y día se fundieron en un cálido abrazo. El firmamento esperaba la aparición estelar del día, como cada mañana, y las estrellas querían refugiarse en la cálida oscuridad de la noche. Aun así, la noche fue incapaz de desatender los deseos del día, presa también de un deseo desbocado. Y día y noche volvieron a unirse con lentitud, disfrutando cada caricia después del deseo ya satisfecho, y el nuevo éxtasis provocó la más profunda oscuridad del cosmos entero, causando el mayor eclipse nunca visto en millones de años.

Desde entonces, cada cierto tiempo, día y noche vuelven a sucumbir a sus deseos de enamorados. Nada es imposible en el universo. Cada eclipse que encontréis, cada lluvia de estrellas, cada color extraño en el cielo… son suspiros de placer de los eternos enamorados.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

A salvo de la tormenta

Estoy viendo cómo unos grandes nubarrones cubren el cielo, amenazadores, intimidantes. Van agrupándose raudos, superando con creces mi capacidad de razonamiento en estos momentos. ¡Dios mío! ¿Qué hago? La tormenta se desatará en breve y no puedo permitir que me pille sin cobijo.

Pero, ¿y mi hijo? ¿Dónde se habrá metido este pobre diablillo? Hace rato que se separó de mí para irse a investigar por su cuenta, mientras yo recogía alimentos para la cena. No le culpo, es un pequeñín que lo único que quiere hacer es jugar y buscar nuevos amigos. Pero siempre le advierto de que no se aleje mucho de mí. Ahora por más que miro a mi rededor no soy capaz de visualizarlo. Llevo un buen rato llamándole a voces sin obtener ninguna respuesta.

No quiero ni imaginar en perder a mi hijo. La vida dejaría de tener sentido alguno. ¿Y mi mujer? No quiero ni pensarlo. Tengo que encontrarlo como sea, antes de que se desate la tormenta. Como comience a llover, estaremos perdidos los dos. Aquí, en esta selva, las lluvias siempre son torrenciales. Nos arrastrarían sin miramiento alguno. ¿Qué miramientos va a tener el agua?

Estoy comenzando a angustiarme. Vuelvo a mirar en derredor, vuelvo a llamar a mi hijo y nada. El silencio es absoluto, como si la vida en la selva se hubiese paralizado por completo. Lo único que se escucha son los rugidos del cielo anunciando la inminente tormenta. Más de una vez nos ha pillado desprevenidos una tormenta cuando lucía un sol maravilloso, cuando viene el gigante ese que nos echa cubos de agua encima. Pero hoy tenemos tiempo suficiente para cobijarnos y ¡no encuentro a mi hijo!

El cielo se ilumina con un relámpago aterrador. A los pocos segundos parece que se va a abrir la tierra con gran estruendo, al estallar un trueno que rebota en las paredes del valle donde se encuentra nuestra selva, haciendo que el atemorizante sonido dure una eternidad.

Comienzo a correr de un lado para otro, gritando el nombre de mi hijo. Aparto como puedo la maleza que me impide avanzar con rapidez, mientras sigo desgañitándome. Tengo que encontrarle, tengo que encontrarle… Es lo único que se repite en mi cabeza, mientras los relámpagos y los truenos se suceden cada vez más cercanos.

Las primeras gotas empiezan a caer sobre mí. El terreno se vuelve resbaladizo en cuestión de segundos, haciéndome tropezar con una rama que surcaba mi camino, dándome de bruces contra el suelo embarrado. A duras penas consigo ponerme de pie, si hubiese permanecido algo más en esa postura, hubiese sido sepultado por el barro con total seguridad. Por suerte, no ha sido así y consigo levantarme a tiempo, antes de que ocurra ninguna desgracia.

Continúo mi huída desesperada. Al final opto por buscar lo antes posible un refugio donde guarecerme y, cuando acabe la tormenta, salir en busca del chiquitín. Ojalá haya sabido aplicar los consejos que siempre le he dado y se encuentre ya bajo cubierto. Entonces, mi cara se ilumina. En un pequeño claro de la selva, bajo la flor más grande y hermosa de todas, está mi pequeño acurrucado, con cara de miedo, temblando a más no poder, desgañitándose gritando “papá”. Corro hacia él todo lo deprisa que puede. Su semblante cambia nada más verme. Se levanta e intenta salir corriendo en mi busca, pero le hago una señal para que se detenga y me espere. Al cabo de unos minutos, nos encontramos los dos a salvo y guarecidos, mientras el agua cae con furia a nuestro alrededor.

Para quien nos viese, seguramente pasaríamos desapercibidos. Dos pequeños escarabajos, cobijados bajo una gran margarita, un día de lluvia, en el frondoso huerto de un  anciano labrador.

Qué a gusto estará mamá escarabajo en nuestro agujero, pienso, dando un enorme suspiro.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “¡Qué regalo!”

El relato del viernes: Memories – “¡Qué regalo!”
Fuente: Pixabay

¡Qué regalo!

Hace poco me hicieron un regalo inesperado. Así, sin venir a cuento. De esos detalles que te sumen en un agradecimiento infinito y te hacen pensar que todavía quedan personas que te quieren. De esos detalles que te reconfortan como pocas cosas pueden hacerlo, a excepción de un gran abrazo de oso que, sin necesidad de palabras, lo dice todo. Pero el regalo venía acompañado de ese gran abrazo, así que, ¿qué más podía pedir?

El regalo venía en una gran caja envuelta en papel plateado y con un hermoso lazo de color azul eléctrico. Era precioso. Daba pena hasta abrirlo. Con la mayor emoción del mundo, me dispuse a abrirlo con delicadeza, intentando no romper ni un pedazo del precioso envoltorio. Cuál no sería mi sorpresa al ver su contenido. Cerré de inmediato la caja y, con la mejor de mis sonrisas, intenté dar una muestra de gran agradecimiento ante semejante ofrenda.

Caminaba hacia mi casa con el regalo bajo el brazo con cautela, cual si fuera una bomba de relojería. De vez en cuando, una mirada furtiva se me escapaba hacia él, pero instintivamente una voz interior me decía que no lo hiciese. Creo que prolongué el paseo hacia mi casa algo más de lo habitual, solo para no tener que centrar mi atención en la apertura del magnífico regalo.

Cuando llegué a casa, decidí dejar el regalito de marras en la mesa del salón, mientras me ponía cómoda. Desde la habitación, sentía cómo me llamaba. Estaba segura de que aquello era algo que me iba a dar mucho placer, pero… tenía mis reticencias. Ahora estaba sola en casa. Si lo escondía bien, nadie se daría cuenta. Aunque seguro que mi cara me delataba, lo confieso, nunca he tenido aptitud para guardar secretos y enseguida me notarían algo raro. Pero claro, el problema sería mucho mayor como llegasen todos a casa y viesen mi regalo allí, sobre la mesa del salón. Ahí sí que se iba a liar una buena.

Así que decidí esconderlo lo mejor posible. Cuando cogí la caja de la mesa del salón, sentí una descarga eléctrica en mi mano y noté un cosquilleo por todo mi cuerpo. Sin duda, mi cerebro estaba preparado para todo el placer que aquello le reportaría, ¡y encima para mí solita! Vencí el impulso de abrir la caja y disfrutar de aquel placer inmediato, pero con una fuerza de voluntad increíble, conseguí reprimir este potente impulso y meter la caja en lo alto de mi armario, allí donde estaba segura que nadie iba a rebuscar.

Al día siguiente, ya más calmada, después de mis ejercicios matinales y mi paseo diario, volvía hacia mi casa con una única idea en la mente. Ir directa a disfrutar de mi regalo. Casi se me escapa un gemido solo con pensarlo.

Ni ascensor ni nada, subí las escaleras de dos en dos, llevada por un impulso casi irrefrenable. Abrí la puerta de casa con cuidado, no fuera que me fuese a llevar una sorpresa. Me sentía casi como una ladrona en mi propia casa, a punto de cometer su primer delito. Pero una vez me hube asegurado de que no había nadie, corrí hacia mi habitación y cerré de un golpe la puerta.

El corazón me bombeaba con fuerza en el pecho, casi podía ya sentir el placer que iba a experimentar en tan solo unos instantes. Me puse de puntillas para alcanzar la caja, tan cuidadosamente guardada. La acogí en mi regazo y me senté en la cama.

Otra descarga eléctrica en mi mano cuando la abrí me recordó lo que estaba a punto de hacer. Pero ya todo me daba igual, lo iba a hacer y punto, allá tú con las consecuencias. Después de tantos meses de sequía bien podía darme un gusto al cuerpo, ¿o no?

Así que abrí, sin pensarlo dos veces, la caja. Ante mí se extendían decenas de bombones, cada cual más apetitoso: chocolate blanco, negro, con leche, con almendras, trufa, con avellanas, rellenos de licor… Un amplio abanico de posibilidades se extendió ante mí. Me decidí por uno relleno de cerezas con licor. Creo que mis gemidos de placer debían escucharse hasta el ático de mi edificio, pero me daba igual.

Tan absorta estaba en mi delirio que ni siquiera escuché abrirse la puerta de la habitación, cuando mi marido ya estaba entrando furioso: “¿Qué se supone que está pasando aquí?”, me espetó. Pobrecillo, no quiero ni imaginar lo que debió haber pensado.

Sintiéndome pillada, con la boca llena de chocolate, no pude más que componer mi mejor carita de niña buena, escondiendo como mejor pude los remordimientos que ya empezaban a asomar, y preguntarle: “¿quieres uno?” Adiós a mi regalo, ahora no dejarían ni uno solo para mí. Bueno, total, qué más da, a buen seguro que mis caderas me lo iban a agradecer.

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La niña de rojo”

El relato del viernes: “La niña de rojo”
Fuente: Morguefile

La niña de rojo

Cuentan que el día que nació Noelia las nubes estaban teñidas de un intenso color rojo. A lo mejor, por eso, a nadie pareció sorprenderle que la niña naciera con una larga melena del mismo color. Desde aquel momento, aquella tonalidad marcaría la vida de la niña, que, desde que tuvo uso de razón, se empeñó en que todo lo que la rodeaba fuese de color rojo. Su ropa, sus juguetes, su mochila e incluso sus cuadernos, todo era de color rojo. El nuevo coche de sus padres tuvo que ser tan encarnado y brillante como su melena, por expreso deseo de la niña, que, presa de un berrinche espectacular, no dejó de llorar hasta que sus padres consintieron en comprarlo.

Pronto comenzó a llamar la atención en el barrio, donde se hizo conocida con el original apelativo de “la niña de rojo”. No solo por su obsesión por este color, sino, y sobre todo, por su espectacular cabellera, que llevaba siempre suelta hasta la cintura y que ella cuidaba como su tesoro más preciado.

Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, Noelia comenzó a cansarse de ser el centro de todas las miradas y el tema en torno al que giraban buena parte de los comentarios. La agobiaban todos los pretendientes que, atraídos por el magnetismo que desprendía, querían conocer más a aquella enigmática mujer de cabellos rojizos. Y, cuando llegó a la universidad, decidió que era el momento de pasar desapercibida.

No solo desterró el color rojo de toda su indumentaria y objetos personales, sino que, además, cubrió su pelo con un rabioso tono negro. Ni rastro quedó de su impresionante melena roja que, cuidadosamente y semana y tras semana, se encargaba con empeño de ocultar. Siguió atrayendo miradas, pues su atractivo y vitalidad eran demasiado intensos, pero, al menos, la gente comenzó a dejar de hablar de ella y, en poco tiempo, había logrado deshacerse del mote que la había acompañado durante toda su vida. Casi logró llevar una existencia dentro de la normalidad.

Los años pasaron con la misma rapidez fulminante de una apisonadora y, cuando menos se lo esperó, Noelia se encontró siendo una anciana que ya no precisaba cubrir su cabello con ningún tinte. Su larga melena continuaba allí, pero cubierta por unas hermosas canas plateadas que la acompañaron hasta el final de sus días.

Una mañana, el amanecer sorprendió al mundo con unas gruesas y esponjosas nubes teñidas de un intenso color rojo. Noelia se asomó a la ventana, como el resto del mundo, y emitió un sonoro suspiro. Con paso lento, se dirigió a la cama, desató el lazo que sujetaba su pelo en una coleta y se recostó sobre la almohada. Cerró los ojos y se preparó para marchar. Con una última y tranquila exhalación, se despidió de la vida con las manos apoyadas sobre el regazo y la blanca melena desparramada a su alrededor.

Cuando sus hijos llegaron a casa y encontraron a su madre sumida en aquel plácido sueño, no pudieron ni tan siquiera sorprenderse al comprobar cómo sus cabellos habían vuelto a colorearse de su intenso tono rojo original. Noelia dejó la vida de la misma manera en que había llegado a ella, besada por el cielo de fuego. Un sol radiante apareció tras las nubes.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La cuarta ventana por la derecha”

Fuente: Morguefile

La cuarta ventana por la derecha

La fachada estaba cubierta por decenas de pequeños ventanales, todos ellos cubiertos por una contraventana de madera que siempre permanecía abierta. Estaban distribuidos sin orden aparente, como si hubiesen sido colocados por azar u obedeciendo a una caprichosa distribución interior de la casa, en cuyo interior todavía no había tenido la suerte de permanecer. Fuera como fuese, era un auténtico  galimatías de ventanucos, todos iguales y acompañados por el blasón de la familia.

La primera vez que reparó en ella, estaba asomada a una de aquellas inquietantes ventanas. Sus cabellos dorados, recogidos en una pulcra trenza, fulguraban bajo el sol de la mañana y a él se le antojó que emitían un brillo prácticamente celestial. Con la mirada perdida en la lejanía, daba mordiscos distraídos a una manzana que, en aquellos momentos, fue el motivo de todas sus envidias. Sintió el deseo irrefrenable de saborear aquellos labios que, a pesar de la distancia, se apreciaban carnosos y sonrosados, pese a que no vestían carmín alguno.

Desde aquel momento, pasaba las noches en vela, solo esperando que llegase la mañana para acercarse a la casona y poder contemplar a la causa de sus desvelos. Permanecía allí, clavado en el suelo, durante horas, observando con ansiedad las ventanas hasta que aparecía su amada. Su mirada vagaba de ventanal en ventanal, sin la certeza de cuál sería aquel por el que saldría el sol. No tardó en descubrir un patrón: la cuarta ventana empezando por la derecha de la penúltima de aquellas irregulares filas.

Cinco años fueron los que se mantuvo bajo la ventana, imperturbable, sin importarle el frío y los aguaceros del invierno ni el justiciero sol del verano. Cinco largos años sin que la protagonista de sus sueños se percatase de su presencia o, al menos, sin que diese la menor muestra de ellos. Todo un lustro sin verla aparecer por la gran puerta de la casona, sin poder dirigirle una tierna palabra, sin observar de cerca la luz que irradiaban sus ojos.

Lo intentó. Por supuesto que lo hizo. Pero cada vez que osaba quebrantar su timidez y tocar a la puerta para preguntar por ella era despachado con cajas destempladas. Aun así, no cejó en su empeño. Hasta el día en que la vio salir, al fin, radiante, ataviada con un vestido marfil del brazo de su padre y camino de su propio enlace.

Así había transcurrido media década que nunca dio por perdida. El mismo tiempo que tardó en comenzar una nueva vida y tratar de rozar, aunque solo fuera un poco, la felicidad con la yema de los dedos. A día de hoy, aún recuerda aquellos años como los más felices de su vida. Años repletos de una ilusión que nunca ha logrado volver a sentir, por mucho empeño que pusiera en ello.

El abuelo cerró el libro que hasta ese momento había fingido leer. Yo abrí mis ojos, que también habían fingido estar dormidos. Aquella lágrima que vi resbalar por su mejilla, escondida tras las sombras que dejaba en su rostro la tenue luz de la mejilla de noche, fue la confirmación de lo que ya intuía. El abuelo no me había contado ningún cuento. Me había estado relatando la historia de su vida.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Empezar de cero”

Fuente: Morguefile

Empezar de cero

Llegó a la cabaña al borde de la hipotermia, con los labios temblorosos y con un preocupante tono azulado. Las ropas estaban caladas, a pesar de que el temporal no había traído lluvia, únicamente el viento azotaba con fuerza todo lo que encontraba a su paso. La nieve que pendía de las ramas de los árboles salía disparada como proyectiles de guerra que impactaban contra su cuerpo, dejándolo totalmente empapado. Sentía cómo el agotamiento hacía mella en sus doloridos músculos y parecía como si no fuese a ser capaz de dar un solo paso más. Por eso, cuando vio en la lejanía una tenue luz que resplandecía entre la oscuridad más absoluta, creyó estar ante un auténtico milagro. Las fuerzas que sacó de donde parecía que ya no quedaban fueron las que le salvaron de una muerte segura.

Estaba oculta en la inmensidad del bosque y solo podía intuir el destello de una luz a través de las frondosas ramas de los abetos, pero no cabía duda de que estaba allí. A partir de ese instante, todo su empeño se dirigió a recorrer una distancia que parecía agrandarse a cada sacrificado paso que daba. Cuando al fin llegó, tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para no caer rendido en el mismo umbral. Golpeó en la puerta con desesperación, pero nadie respondió.  Angustiado, rodeó la cabaña agarrándose a las paredes hasta que localizó una ventana por la que observar el interior. Un cálido fuego crepitaba en la chimenea y algo se agitó en su interior como si hubiera visto un oasis en el mismísimo desierto. Por lo demás, no parecía haber nadie en la casa.

Regresó al umbral y volvió a aporrear la puerta con los puños, esta vez con la renovada fuerza que otorga estar rozando la salvación con la yema de los dedos. Ninguna respuesta vino del interior, solo el ulular del viento entre los frondosos árboles llegaba hasta sus oídos, dando a la noche una apariencia aterradora. Sin pensarlo mucho, giró el pomo de la puerta y esta cedió sin mayor esfuerzo. Parecía estar esperándolo.

Accedió al interior de lo que parecía ser una cómoda casa de una sola estancia, completamente equipada. Le extrañó no haberla visto antes. Eran muchos años recorriendo aquel bosque y nunca había visto ninguna construcción por los alrededores, pero como hacía varios meses que no salía de excursión pensó que, quizás, la habrían instalado después de su última visita o la habrían construido con inusitada rapidez. Tampoco estaba en situación de hacerse preguntas. Igual que tampoco le importó no hallar a ninguna persona en el interior. Solo le importaba ponerse a resguardo, acurrucarse junto al fuego y salvarse de la hipotermia.

Una vez que se hubo caldeado, rebuscó en los armarios en busca de algo para comer. Para cuando hubo saciado su hambre, seguía sin aparecer nadie por la casa. Se tumbó en el cómodo sofá, se envolvió con una cálida manta y se dispuso a aguardar a que regresase el dueño de la cabaña para explicarle la situación. En menos de lo que hubiese esperado, se quedó plácidamente dormido.

Se despertó sobresaltado a la mañana siguiente. Del fuego de la noche anterior apenas quedaban unas brasas que languidecían en el hogar. El silencio era tan intenso que podía, incluso, escuchar los latidos de su propio corazón. No había ni rastro de persona alguna. Pero, la mayor sorpresa la encontró cuando salió al exterior.

Ni rastro quedaba del bosque por el que deambuló la pasada noche, al igual que tampoco quedaba ni rastro de la nieve que tan malos ratos le había hecho pasar. En su lugar, un sol radiante resplandecía sobre una extensa campiña cubierta del verde más intenso que había visto jamás. Se frotó los ojos, como si tratase de borrar el espejismo que tenía ante ellos. Pero, en lugar de asustarse, sonrió. Quizá era la oportunidad perfecta para comenzar una nueva vida, esta vez, desde cero.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La escarcha”

Fuente: Morguefile

La escarcha

La vida de Silvia era tranquila. Todo lo sosegada que puede resultar una vida carente de emoción, en el sentido más estricto de la palabra. Porque, al igual que sus días se resumían en la misma rutina, a la que, a fuerza de repetirse, había cogido cariño, también estaban dominados por un intenso vacío emocional.

Las circunstancias de la vida habían hecho que Silvia construyera una fría coraza de hielo alrededor de su corazón y de un pedacito de su alma. No estaba dispuesta a sufrir más, a aguantar más dolor, a soportar más pena. Por eso, ahora, ni sentía ni padecía, ni alegría ni tristeza, ni amor ni odio, ni plenitud ni vacío. Era solo un cuerpo que fluía con el transcurrir de los días sin inmutarse por nada.

Ni siquiera la vida que había comenzado a crecer en su interior desde hacía unas semanas consiguió despertar en Silvia la más mínima inquietud, a pesar de que no había sido buscada ni mucho menos deseada. Ni una lágrima de emoción, ni una tristeza absurda, ni una alegría escondida. Ni tan siquiera un enojo. Simplemente había aceptado la situación como una más de las que tendría que vivir y había continuado con su cruel rutina. No le dio un vuelco el corazón la primera vez que escuchó sus latidos, ni se estremeció ante la primera patada que sintió en lo más profundo de su vientre. No sintió la menor ilusión mientras le preparaba el cuarto ni temor cuando llegó el momento de dar a luz.

Desde que había recubierto su corazón de hielo, no se había sentido sola. Su propia compañía era lo único que necesitaba, apreciaba y valoraba. Por eso, hasta que no tuvo entre sus brazos a aquella pequeña criatura que la miraba con la mayor inocencia desde la profundidad de sus oscuros ojos, no se dio cuenta de cuánto había estado precisando aquello. Unos pequeños dedos se aferraban a su mano con una fuerza impensable para alguien de su tamaño y, con esa presión, algo en el interior de su pecho explotó. El amor que se había prohibido sentir durante los últimos años salió a raudales, inundando la habitación de una calidez inusitada y sus ojos de desbordantes lágrimas.

Parecía increíble, ni ella misma comprendía cómo había ocurrido, pero aquella pequeña personita había sido capaz de derretir la escarcha que recubría lo que ya parecía un insensible corazón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La media naranja”

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La media naranja

Ella era como una naranja. Dulce y considerada, pero con un puntito ácido que no terminaba de gustar a todo el mundo. Era consciente de ello y, con el fin de agradar, trataba de ocultar su acritud revistiéndola de todas las caretas de que era capaz. Igual que una naranja que se recubre de azúcar para acentuar su dulzor, ella encubría su carácter con halagos y zalamerías que, en la intimidad, iban agriando cada vez un poco más su temperamento.

Él era como un limón. Ácido y mordiente, pero con un regusto dulce que a pocos agradaba. Aunque lo sabía, nunca trató de cambiar su forma de ser a cambio de complacer a nadie. Es más, se sentía cómodo así, solitario y apático, y le gustaba mantener esa apariencia reservada y seria. Era su carácter y se encontraba a gusto con él.

Ella llevaba toda la vida tratando de encontrar a su media naranja. Su mayor anhelo era compartir su tiempo con alguien que caldease el frío vacío que provocaba en ella la soledad. Pero, pese a sus intentos por aparentar ser siempre esa dulce persona que deleitaba a todos, al final su acerba naturaleza salía inevitablemente a la luz en algún momento. Trató por todos los medios de ocultarla, de cambiar, pero se veía impedida a convertirse en una persona que no era en realidad. Todo aquel que había tratado de convivir con ella, irremediablemente, se alejaba de su lado.

Él nunca tuvo ningún interés especial en compartir su vida con nadie. Protegía su intimidad como su más preciado tesoro y disfrutaba de la libertad emocional que le confería no disponer de más compañía que la suya propia. Adoraba el silencio de su apartamento, únicamente interrumpido por las suaves notas de alguna melodía clásica cuando le apetecía, y nadie interfería en el riguroso orden que mantenía con sus pertenencias. Y, en los momentos en los que la vida le daba limones, tampoco echaba de menos un hombro sobre el que llorar.

Ella ya había perdido toda esperanza de encontrar a su media naranja y él, como siempre había hecho, no tenía ninguna intención de buscarla. Por eso, cuando se encontraron, la inmediata atracción que sintieron el uno por el otro les pilló desprevenidos a ambos. Apenas supieron gestionar el torrente de emociones que se generó a causa de aquel encuentro, pero los dos se dejaron guiar por él como los ciegos lo hacían por su perro lazarillo. Y fluyeron como un río colina abajo.

Él, por fin, encontró la comodidad al lado de una persona que respetaba su espacio y sus silencios, que no se incomodaba ante su enmohecido talante y que lo amaba por encima de todas las cosas. Ella, al fin, encontró a alguien con quien podía ser ella misma, sin máscaras ni justificaciones, que la quería por ser como era y que anteponía su felicidad al resto del mundo. Ella que siempre había buscado su media naranja y nunca había imaginado que pudiese ser un limón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Como una fruta madura”

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Como una fruta madura

Hacía ya mucho tiempo que el ambiente en casa se había enrarecido. Atrás habían quedado los buenos tiempos, aquellos en los que, casi, parecían una familia normal. Y feliz. Sobre todo, parecían una familia feliz. Rafael no sabía precisar con exactitud en qué momento había cambiado todo. Puede que el punto de inflexión hubiese sido la primera infidelidad de su padre, que su madre supo perdonar con paciencia y resignación, pero no sin rencor, en beneficio de la familia. Y a la que respondió, por supuesto que respondió, sintiéndose tan libre como él lo había hecho. Desde entonces, una larga lista de infidelidades mutuas se fue sucediendo, silenciadas, pero de todos conocidas. Y el amor se había desvirtuado hasta tal punto que la frialdad que reinaba en la casa la había convertido en un árido paraje por el que circulaban cual nómadas en busca de un camino  que ninguno de los dos llegaba a encontrar. Pero lo cierto era que el único punto que esos desconocidos caminos tenían en común era él, varado en una encrucijada que cada día que pasaba lo asfixiaba un poco más.

Desde el momento en que pudo ver la situación con un poco de perspectiva, Rafael pensó que, quizás, no había sido aquel el desencadenante. O, al menos, no había sido la fuente de la que había brotado el agua de la indiferencia. Él mismo no había sido un chico fácil, tenía que reconocerlo. La suya había sido una adolescencia complicada que había puesto a sus padres entre la espada y la pared en demasiadas ocasiones. Sus continuos escarceos con las drogas y su agrio carácter, puede que hubiesen tensado la cuerda de la convivencia mucho más de lo que era capaz de soportar. De hecho, él mismo se había encargado de poner entre todos una distancia que, aunque al principio sus padres parecían estar dispuestos a recorrer, hacía tiempo que habían desistido del intento.

Por eso, cuando pasó el tiempo y su carácter se fue pausando, asentándose sobre los cimientos de una incipiente responsabilidad, quiso rehacer el camino desandado. Sin embargo, este parecía haber quedado diluido por las lágrimas derramadas por su madre en los últimos años, borrado por la necesidad de buscar una válvula de escape de su padre y enterrado por su propia desilusión. Cuando se dio cuenta, quiso huir, pero la realidad cayó sobre su consciencia como una pesada losa que lo dejó sin aliento y sin posibilidad de escapatoria. No estaba preparado.

Y aguantó, igual que hace la fruta en el árbol, que espera a estar madura para caer por su propio peso y regresar a la tierra que la hizo nacer. Ahora, ya maduro, pone tierra de por medio sin que nadie se sorprenda, sin que nadie le reproche ni le retenga.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Las ramas del abeto”

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Las ramas del abeto

Me miró por encima de la montura de sus gafas de pasta, mientras daba un nuevo sorbo a la cuarta o quinta cerveza de la tarde. En ese momento, hubiese jurado que tenía la mirada más bonita que había visto jamás. Y no comprendía cómo no me había dado cuenta antes. Éramos amigos desde la niñez, pero su belleza siempre había pasado totalmente desapercibida para mí. Quizá por eso habíamos logrado una amistad tan fuerte y duradera.

La expresión de su rostro, asomada al balcón que formaban las gafas, hizo que se me escapase una pequeña sonrisa. Ya había visto esa expresión muchas veces, quizá demasiadas. Tantas como días habíamos vivido esta misma situación. Creo que toda mi vida se podría describir como una montaña rusa emocional en la que me embarqué cuando era joven y que me hacía subir hasta casi tocar el cielo para luego catapultarme con fuerza hasta el mismísimo infierno. Cuando eso ocurría, cuando creía haber tocado fondo una vez más y más hondo aún de lo que hubiese vivido antes, ella siempre estaba ahí. Parecía que no importase nada más. Fuera lo que fuese lo que tuviese entre manos, lo dejaba todo para venir corriendo a mi lado, ofrecerme su consuelo, sus palabras de ánimo, sus eternas sonrisas y sus cálidos brazos. Y allí, enterrado en sus abrazos, yo me sentía tan protegido y seguro que recuperaba las fuerzas para volver a subir en el vagón que he elevase hasta el cielo.

Lo estaba volviendo a hacer. Hacía solo tres horas que me quería morir y ahora pensaba que podría quedarme a vivir en aquella mirada para siempre. Y de verdad que estaría dispuesto a hacerlo. Solo que ella no lo sabría jamás. Eso era algo que no me podía permitir contarle.

Allí seguía su mirada, observándome por encima de las gafas durante aquel largo segundo que me llevó hilar aquel pensamiento secreto. Y cuando habló, como siempre, fue para sentenciar la tarde y convertirla en algo completamente diferente a lo que era cuando comenzó. Una especie de aforismo que yo siempre creía a pies juntillas, en parte por la verdad que encerraba y en parte porque necesitaba hacerlo. Amaba aquella manera suya de transformar las emociones, de convertir los sentimientos y de cambiarte el ánimo. Lo hacía de la misma manera que, en secreto, la
amaba a ella.

—¿Sabes? —En sus palabras ya se dejaban sentir los efectos de las cervezas y alargó demasiado la ese—. Creo que eres como las ramas del abeto —y tomó otro trago, como si, con aquellas palabras, no fuese necesario añadir más.

Creo que debió sentir la incomprensión en mi rostro, porque se incorporó ligeramente, se limpió los labios con el dorso de la mano en un gesto que se me antojó de un erotismo absoluto y, señalándome con el dedo, continuó hablando:

—Sí, como las ramas del abeto. Parecen tan frágiles bajo el peso de la nieve que parece que se vayan a romper. Pero lo cierto es que son tan fuertes y flexibles que pueden soportar quintales de nieve sin quebrarse. Y, después, recuperan su forma.

Dicho esto, se volvió a recostar para quedar sumida en una especie de sopor con una mueca de satisfacción en su rostro. Me dejó sin palabras, mucho más animado y un poquito más enamorado de ella.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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