La frase de la semana

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‘Pensar no es reconocerse en lo ya pensado, sino extraviarse; es ensayar, inventar nuevas formas de percibir y nuevas formas de reflexionar. (…) las mujeres tenemos que ser inventoras, construir nuevos valores, no ser imitadoras.’

Alexandra Bochetti

Directora del Centro Cultural Wirginia Woolf, Roma

Desde aquí mí más sincera enhorabuena a Alexandra por estas reflexiones. En sus propias palabras, ‘Sobre la mujer pesan siglos de historia de haber respondido a una idea formulada en negativo, pues en la cultura occidental el hombre ha sido siempre un sujeto pleno y la mujer un sujeto carente, carente de algo respecto de la plenitud masculina’. Gracias a personas como Alexandra, se continúa con la lucha para que esto no siga siendo así.

Y ahora vamos con la frase de la semana, que hoy va a ser la siguiente:

‘Que las arrugas que te besan la piel no lleguen jamás a poblar tu alma.’

Esta magnífica frase, que suscribo totalmente, es de nuestro compañero Rogerescribe en el siguiente post. Como siempre, os recomiendo visitar su blog.

Eso, que las arrugas de la piel no envejezcan jamás nuestras almas, que nuestro niño interior siga siempre vivo y disfrutemos de su locura, a pesar de la edad.

Un besazo. Hasta la semana que viene.

Reto literario: “¿Será un fantasma? ¿Será un ladrón?”

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Imagen tomada de la red

Otro lunes más, otra semana más, y ¡nuevo reto esperando! Como siempre, desde la página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros“, se nos plantea el reto de escribir un relato a partir de la imagen que veis arriba. Esto es lo que ha salido. Espero que os guste. ¡Feliz semana!

¿SERÁ UN FANTASMA? ¿SERÁ UN LADRÓN?

Era viernes por la mañana y Jorge se levantó entusiasmado. Dio un salto para salir de la cama en cuanto su madre le llamó, y en menos que canta un gallo ya estaba vestido y listo para tomar el desayuno. Había dejado su habitación perfectamente ordenada y la cama hecha prácticamente a la perfección, como si tuviese que pasar revista.

Su madre se quedó sorprendida al verle bajar las escaleras con tanta decisión. Incluso su padre levantó la vista del periódico para echar una ojeada a su hijo, que estaba peinado de una forma impecable y con una enorme sonrisa. Ambos se lanzaron una mirada de complicidad al ver a su hijo tan dispuesto, y sonrieron con disimulo.

— ¡Vamos papá, vamos mamá! ¿Qué estáis mirando? Vamos a desayunar o si no llegaremos tarde al cole, como todas las mañanas.

Tomaron un buen desayuno los tres juntos y acto seguido Jorge por poco tiene que empujarlos hacia el coche para que pusiesen rumbo al colegio. Todas las mañanas, sus padres le acompañaban al colegio antes de irse juntos al trabajo. Los dos trabajaban en la misma empresa.

Cuando llegaron, Jorge apenas se despidió de sus padres, pues ya había visto a su amigo Jaime en la fila de su clase. Corrió hacia él y, emocionados, iniciaron una amigable conversación hasta que sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases. Cuando los padres de Jorge comprobaron que había entrado dentro del edificio, salieron hacia su trabajo. A la hora de la salida, los dos muchachos estaban tremendamente emocionados. No era la primera vez que Jaime iba a la casa de Jorge, o al revés, pero aquella sí sería la primera vez que se quedaría a dormir. Imaginaban una noche super emocionante, en la que no pegarían ojo en toda la noche contando historias y jugando con sus muñecos preferidos. Pasaron toda la tarde jugando juntos, disfrutaron de una deliciosa merienda y gritaron y cantaron como locos en un juego de la consola. Eran los mejores amigos y todo el tiempo que pasaban juntos lo disfrutaban al máximo. Antes de que pudieran darse cuenta ya había llegado la hora de la cena. Esta fue muy amena, la relación de los padres de Jorge con Jaime era buenísima y ya era prácticamente un hijo más. Disfrutaron otro rato jugando y, cuando la madre de Jorge les pidió que fueran a lavarse los dientes y se fueran a la cama, ninguno de los dos puso pega alguna.

Pasaron un rato juntos en la cama de Jorge, con la luz de la lamparita de noche encendida. Al poco tiempo entró el padre para decirles que la fiesta había terminado, que se fuera cada uno a su cama y apagasen la luz. Ellos también se iban a acostar, estaban agotados después de la dura semana de trabajo.

— ¡Vale, papá! —contestó Jorge. Y Jaime se cambió de cama sin quejarse.

Esto sorprendió un poco al padre, pero estaba tan rendido que no dijo nada, les deseó las buenas noches y, cerrando la puerta de la habitación, se fue a dormir.

Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad, fue Jorge el que saltó a la cama de Jaime con una linterna en la mano. Estuvieron un buen rato hablando en cuchicheos, iluminados por la pequeña luz de la linterna, con total tranquilidad porque Jorge sabía que cuando sus padres se iban a la cama, tardaban escasos minutos en quedarse dormidos. Estarían así toda la noche, contándose historias y planeando juegos divertidos para la mañana siguiente.

Pero poco les duraron sus planes, porque al poco tiempo ambos cayeron rendidos por el sueño, quedándose dormidos los dos juntos en la cama de Jaime.

Al cabo de un rato, Jaime, que tenía el sueño bastante ligero, sobre todo al encontrarse en una cama extraña, despertó a Jorge agitado.

— ¡Jorge, Jorge! ¿Has oído eso? —despertó a su amigo dándole ligeros codazos en el costado. — ¿El qué? —contestó con voz adormilada su amigo, entre grandes bostezos.

— He oído ruidos muy raros… ¿Se habrán levantado tus padres?

— No creo. Nunca se levantan por las noches, están demasiado cansados y, además, tienen baño dentro de su habitación.

Ambos agudizaron el oído. Una serie de golpes, cuchicheos y estruendo de cosas al caer, se sucedían dentro de la casa. Jaime estaba comenzando a arrepentirse de haberse quedado a dormir en aquella casa. Con lo tranquilito que estaría él en su camita, donde dormía a pierna suelta.

— ¿Será un fantasma? —preguntó, con los ojos como platos.

— ¿Cómo va a ser un fantasma, Jaime, si los fantasmas no existen? —le contestó Jorge, mostrando una seguridad que en realidad no tenía.

— Entonces, ¿será un ladrón?

— Ostris, eso sí puede ser… Pues yo no pienso salir de aquí para comprobarlo. A ver si, encima, nos ataca.

Se escondieron debajo de las cálidas mantas de la cama. No sabían cuál de los dos estaba más nervioso. Eso de tener un ladrón en casa era una cosa muy seria. Deberían llamar a la policía, pero dentro de la habitación de Jorge no había teléfono y eso supondría salir de su escondite. Entonces escucharon unos pasos que se acercaban a su habitación. Los dos niños, agazapados bajo las mantas con la linterna en la mano, asomando un poco la cabeza para poder ver, observaban aterrorizados cómo la puerta comenzó a abrirse con lentitud, como si quienquiera que fuese no quisiera hacer ruido. La luz del pasillo comenzaba a filtrarse por la rendija que cada vez se agrandaba un poquito más, dando paso a una figura ensombrecida por la luz que provenía de detrás.

— ¡Dulces sueños, Jorge! —exclamó aquella figura redondeada con voz torpe y cantarina.

— ¡Abuela! ¡Qué susto nos has dado!

Jorge salió de debajo de las sábanas, seguido por su amigo. De inmediato, los dos irrumpieron a reír a carcajadas. Las risas de los niños despertaron a sus padres, que dormían ajenos a todo en la habitación contigua. Salieron al pasillo, adormilados y restregándose los ojos.

Menudo rapapolvo se llevó la abuela, por llegar a aquellas horas del bingo, borracha como una cuba, tirándolo todo a su paso y, por si fuera poco, despertando a los niños.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Eudora Welty: Antes de escritora…

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Como ya os comenté en mi entrada de presentación, mi autora adoptada es Eudora Welty. Conocí a esta autora casi por casualidad, en uno de los talleres que realizo durante la semana. Después de leer varios pasajes de su obra, he de decir que me encantó. Por eso, cuando conocí el proyecto Adopta una autora no tuve ninguna duda de que Eudora iba a ser mi autora adoptada. En primer lugar, porque yo misma deseaba conocer más acerca de ella; y en segundo lugar, para que más personas tuviesen la oportunidad de conocerla.

En esta primera entrada, intentaré hacer una pequeña biografía para que podamos centrarnos un poco en lo que fue su vida, paso que considero indispensable antes de entrar en otros detalles o hacer alguna reseña de su bibliografía. Pero me voy a centrar en su actividad antes de llegar a dedicarse a la escritura.

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Eudora nació a comienzos del siglo XX, en el año 1909, en Jackson, Mississippi. Tras graduarse en la Columbia University School of Business, trabajó en una emisora de radio, escribió columnas de sociedad para la Memphis Commercial Appeal, y finalmente trabajó como publicista para la Works Progress Administration, ocupación que la llevó a viajar bastante por todo Mississippi. Durante esa época, Eudora consideraba que su vocación era la fotografía, aprovechando los viajes que tenía que realizar por motivos laborales para tomar fotografías, que reflejaban los efectos de la Gran Depresión. Sus fotografías eran informales, nunca posados, y mostraban la pobreza que proliferaba en las calles de todas las ciudades.

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En 1936, sus fotografías fueron exhibidas en Nueva York, a la par que se publicaba su primera novela corta, “Death of a Travelling Salesman“. Acerca de ella, el editor de la revista literaria Manuscript diría que era una de las mejores historias que había leído. Su primer libro no se publicaría hasta cinco años después, “A Curtain of Green“, que incluía diecisiete historias que iban desde la comedia hasta la tragedia, con escenarios tanto realistas como surrealistas. En algunas de las historias de este primer libro, trasladó a la ficción algunas de las personas y lugares que había fotografiado, centrándose en los afroamericanos, demostrando una gran empatía. Se diría de ella que escribía sobre las personas negras de una manera que la mayoría de los hombres blancos jamás llegarían a ser capaces de hacerlo.

Una vez decidida y asentada su vocación literaria, Eudora abandonó la fotografía para dedicarse a la escritura. En algún momento de los años 50, dejó su cámara abandonada en un banco del metro de París, y se obligó a sí misma a no volver a comprar otra.

Es a partir de este momento cuando realmente comienza la carrera literaria de Eudora, bastante prolífica hasta el momento de su muerte. Tuvo una larga vida, falleciendo a causa de una neumonía el 23 de julio de 2001, en la misma ciudad que la vio nacer, su hogar durante toda la vida.

En el próximo post, intentaré centrarme en la obra literaria de Eudora, intentando realizar una bibliografía cronológica de esta autora que ganó el premio Pullitzer en 1973 y fue galardonada con la Medalla Presidencial de la Libertad en 1980.

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Por capítulos: “Le délinquant” (Parte V)

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La Géneve – Ginebra

Parte I      Parte II      Parte III      Parte IV

¿Qué os estaba contando? ¡Ah, sí! Ya me acuerdo, es que tengo la cabeza en las nubes. ¿Veis? Os iba a contar la historia de aquel día que cambió mi vida.

Llevaba yo todo el día holgazaneando en casa. Hacía apenas una semana que había perdido mi trabajo y ya había visto pasar a mi hombre por la mañanita temprano. Le dediqué como una media hora a buscar trabajo por internet y envié algún currículum. Y el resto del día lo pasé sin hacer nada de forma casi literal. Lo único que tenía en mente era que llegase la tarde para verle pasar de nuevo.

Desde que perdí el trabajo se había apoderado de mí una especie de apatía hacia todo. Lo único que me ilusionaba era ver a aquel misterioso chico que se había ganado un hueco muy dentro de mi corazón. Con lo fácil que hubiese sido bajar y entablar conversación con él. Al menos hubiese sido un buen comienzo para que supiera de mi existencia al menos. Pero no me atrevía. ¿No os lo creéis? Pues era así, tal y como os lo cuento. Yo, que siempre había sido una chica lanzada, no me atrevía a hablar con aquel hombre. ¿Sería por su aspecto de malote? No creo, pues no he conocido yo tíos así.

Así que allí me encontraba, sola en mi casa, rumiando las penas de haberme quedado sin el trabajo que sustentaba mi alquiler y de haberme enamorado de alguien que no sabía ni que existía.

Cuando llegó la noche, le vi pasar de nuevo en dirección a la taberna. Por un instante creí ver que me miraba. ¡Ya estaba viendo hasta fantasmas! Me quedé sentada en mi ventana hasta que volviese a pasar de nuevo, con total seguridad varias horas después. Era una calurosa noche de verano y sentía el sudor recorriendo mi piel. Serían alrededor de las tres de la mañana cuando escuché mucho revuelo en el callejón. Por el tono elevado de las voces supuse que se trataba de una pelea. Y yo, ni corta ni perezosa, bajé a ver qué sucedía. Ya sabéis, como no le tengo miedo a nada menos a hablar con el chico que ni siquiera sabía nada de mí, y sobre todo, por curiosidad, bajé con rapidez la escalera y salí a la calle.

¿Adivináis lo que me encontré? ¿No? Pues, en efecto, se trataba de una pelea. Si es que yo tengo un sexto sentido. Lo que nunca imaginé es que mi chico misterioso fuera uno de los involucrados en ella. Allí fuera estaba él, navaja en mano, discutiendo con uno de los borrachos de la taberna. Me quedé mirándole con fijeza. Cuando me vio, su reacción me pilló tan de sorpresa, que apenas me enteré de lo que había sucedido.

Y allí me encontraba yo, rodeada por los fuertes brazos de mi adonis, como en uno de mis mejores sueños, a no ser por el pequeño detalle de que este me apuntaba con la navaja en el cuello. Como lo oís, me había tomado como una especie de rehén para que el borracho le dejara en paz. Y yo ahora sí que estaba al borde del ataque de nervios, no tanto por la navaja que estaba empujando con su punta contra mi cuello sino por estar en brazos de su portador. De los puros nervios que tenía se me soltó la lengua y le dije: “Ay, con la de tiempo que llevo soñando con estar entre tus brazos…” Así, tal cual lo oís.

Claro, el chico se quedó perplejo y por unos instantes no supo qué hacer. Al borracho le dio la risa y se volvió con andares torpes hacia el interior de la taberna. Mi chico, porque a esas alturas yo ya le consideraba mi chico, se quedó paralizado y no aflojaba la presión en el cuello a punta de navaja. Le tuve que dar un codazo para que reaccionara. Imagino que nunca se había encontrado con un rehén como yo. Si ya sabía yo que era especial. Yo, quiero decir.

Aún no sé cómo, pero logré convencerle para que subiera a mi casa a tomar algo para recuperarse de la impresión. No sé si de la impresión de la pelea o de mis mágicas palabras escupidas en el momento menos oportuno. Pero la cuestión es que subió. Y sin pretenderlo, bueno a lo mejor con un poquito de intención de mi parte, todo hay que decirlo, comenzamos una agradable charla en la semioscuridad de mi pequeña casa.

Yo, que ya había soltado una parte de mis sentimientos sin querer, me abrí a él. Ya os he contado que cuando empiezo a hablar no puedo parar. Pues eso me pasó aquella noche. Le hablé de los años que había permanecido viéndole pasar por debajo de mi ventana, de las mil y una historias que había imaginado para él, del misterio que me producía su ir y venir, de cómo un día me di cuenta de lo que me estaba pasando… En fin, que lo solté todo. Hasta mi despido de hacía unos días y de mi preocupación por dejar mi dulce morada.

Él me miraba con los ojos muy abiertos, con una expresión casi divertida en su rostro de chico malo sin afeitar. No pudo ni hablar, porque yo le solté todo de un tirón delante de la taza de café que le había preparado y que hacía al menos un par de horas que había quedado vacía. Cuando acabé, casi sin aliento, mi peculiar monólogo, una gran sonrisa se dibujó en su cara. Seguida después de una sonora carcajada. Tuve miedo de que me tomase como una tarada, vosotros sabéis que no lo soy, pero él por aquel entonces no lo sabía. Solo soy una chica normal con un gran sentido de la curiosidad.

Pero no. No me trató como si estuviese loca, no. Al contrario. Me confesó que él también se había fijado en mí y que algunas veces miraba con disimulo hacia mi ventana esperando verme. Por lo visto me había imaginado como una chica bohemia con un estudio de pintura en el apartamento. ¿Os lo podéis creer? ¿Bohemia, yo? Por poco me da la risa. Pero no soltó nada más, el muy ladino. Y me quedé con la intriga de saber a qué se dedicaba.

Después de aquella noche vinieron muchas más. Al fin me confesó su modo de vida, sustrayendo con experto disimulo la cartera a los despistados turistas que contemplaban anonadados el gran lago Leman y el Jet d’Eau. Me enseñó todos sus trucos para convertirme en una buena ratera y así poder pagar el alquiler. Hasta que un día, bueno una de nuestras noches de charlas, sucedió lo que yo tanto ansiaba. Entre los dos decidimos que ya que compartíamos beneficios también podíamos compartir piso y, ya de paso, cama.

Ahora le tengo aquí, a mi lado, mientras os cuento nuestra historia, tendido desnudo sobre nuestra cama, fumando un cigarrillo con aire insolente mientras me hace señas para que me acerque. Hoy es lunes y hay menos turistas, por lo que nos hemos tomado el día libre. Y no me puedo quejar de nuestra vida de delincuentes, la verdad. El otro día me quedé más que a gusto al ver la cara que ponía mi antigua jefa al verme aparecer por la tienda a comprarme un modelito de varios cientos de francos suizos. Eso no tiene precio. Y ahora os dejo, que tengo que ir a satisfacer los deseos de mi adonis particular.

FIN

 

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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Como aquel gatito negro – El Poder de las Letras

Por si alguien se lo ha perdido, os comparto mi colaboración con El Poder de las Letras de esta semana. ¡Besitos!

Me siento como si fuera un gato negro. Uno de esos pobres animalitos que la gente rehúye porque piensan que les va a dar mala suerte. ¡Pobrecitos! Si supieran lo cariñoso que puede llegar a ser un gatito negro… Así, veo cómo cada vez que intento acercarme a ti, tú te alejas, como si fuese […]

a través de Como aquel gatito negro — El poder de las letras

El relato del viernes: “Aquel banco del parque”

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AQUEL BANCO DEL PARQUE

Ella salía a pasear cada mañana por el mismo parque, ese que tenía la gran suerte de poder contemplar desde la ventana de su habitación.

Él iba todos los días, mañana y tarde, a ofrecer su actuación y amenizar los paseos de las personas que tenían la fortuna de disfrutar de aquel hermoso paraje.

Ella veía cada mañana a aquel violinista que llenaba de preciosos acordes el silencio que se respiraba. Todos los días, a la misma hora, pasaba por aquel lugar y allí estaba él, incansable, regalando sus maravillosas melodías a quien pasase por allí.

Él observaba todas las mañanas a  aquella hermosa muchacha que a diario paseaba por el parque. Era realmente preciosa, aunque notaba un halo de tristeza a su alrededor que llegaba a conmoverle.

Ella, un día cualquiera, al pasar junto a aquel magnífico violinista del parque, decide sentarse a contemplarlo en un pequeño banco que había justo enfrente de él. Cierra los ojos y se deja llevar por el embrujo de las notas en el aire, que se deslizan hacia sus oídos con la suavidad del aleteo de una mariposa.

Él, al ver a aquella muchacha allí sentada, con aquel halo de tristeza que le rodea, interpreta para ella la canción más dulce de su repertorio. Mientras, la observa con detenimiento.

Ella, a partir de aquel día, todas las mañanas se sienta un ratito en el mismo banco. Las notas musicales son como un pequeño bálsamo que la alejan por instantes de su triste realidad.

Él, después de varias mañanas de observar la belleza de aquella muchacha, decide terminar un poco antes su repertorio, sacrificando parte de su pobre recaudación. Se atreve por primera vez a sentarse a su lado. Así permanecen, en silencio, durante un buen rato.

Ella, cada mañana, va a dar su paseo con la mayor ilusión del mundo, esperando que llegue el momento de encontrarse con su violinista particular. Ese que se sienta con ella durante horas y, entre charlas y tiernos a la par que cautos besos, le hace olvidarse del resto del mundo durante un ratito cada día.

Él, que espera el momento de reunirse con ella en el banco, ve con sorpresa un día cualquiera cómo se acercan por uno de los caminos laterales del parque su mujer junto a sus dos pequeños hijos. Le dedica una mirada furtiva, se va con ellos sin detenerse ni siquiera una sola vez.

Ella, llena de desconsuelo, se deja llevar por la enfermedad que desde hacía meses la estaba atenazando. Se va de este mundo sin saber que él nunca volvió a tocar en aquel mismo lugar.

Él, arrastrando tras de sí un leve aroma a melancolía, trasladó sus notas musicales a otro parque, en busca de otro público, sin saber que ella jamás podría volver al parque de los besos robados.

Y allí quedó, triste y abandonado, el pequeño banco del parque, viendo pasar las estaciones sin poder ser testigo de aquel tierno amor que en sus brazos se estaba fraguando. Cubriéndose de flores en primavera, de hojas en otoño, de calor en el verano y de las crudas nieves del frío invierno.

 

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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Cien textos solidarios – Scripto.es

Muchísimas gracias por vuestra colaboración. “El mundo en tus manos” está a punto de ser una realidad, y todo gracias a vosotros.

Tras concluir la recepción de vuestras colaboraciones a final de año podemos decir con satisfacción que contamos con 100 textos para formar nuestro libro solidario. Entramos ahora en la fase de composición del propio libro, que nos conducirá en breve plazo a su publicación. Es muy de agradecer el inmenso trabajo del equipo de redacción que se…

a través de Cien textos solidarios. — Scripto.es