El relato del viernes: Memories – “La abuela Aurelia”

El relato del viernes: Memories – “La abuela Aurelia”
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La abuela Aurelia

—Sé que la he dejado por aquí, ¿dónde diablos se habrá metido? —rezongaba la señora Aurelia, mientras daba vueltas por la habitación.

En el pequeño cuarto de estar, Nico, su nieto mayor, estaba tirado en un sillón jugando a uno de sus videojuegos preferidos, ajeno por completo a las indagaciones que su anciana abuela estaba haciendo por la habitación. Se había quedado con ella para cuidarla mientras el abuelo iba al médico a hacerse una revisión rutinaria, pero para él cuidar de su abuela era estar en el mismo cuarto donde ella estuviese, sin prestarle apenas atención.

El cuarto era pequeño y la señora Aurelia fue revisando uno por uno los distintos lugares en los se podía encontrar el objeto tan ansiado por ella en aquellos momentos.

—Levántate un momento, Salva, cariño, que voy a ver si estuviese en el sillón.

—Abuela, que no soy Salva, soy Nico, que no te enteras de nada. —le contestó divertido su nieto, levantándose por un momento del pequeño sillón sin apartar la vista del juego que tenía entre manos.

—Nada, que aquí no parece que esté. Anda, ya te puedes sentar, Nico. Es que eres tan parecido a tu hermano que siempre os confundo.

—¿Pero qué dices, abuela? Si yo soy mucho más guapo. Anda que compararme con el pavisoso de mi hermano. ¡Mierda! ¡Ya me han matado! Anda, abuela, no me distraigas que pierdo la partida.

La señora Aurelia siguió revisando minuciosamente cada rincón del cuartito. En la mesita baja, estaba solo el teléfono, tan antiguo que Nico aún no comprendía cómo podía seguir funcionando. Al lado, colocada con pulcritud sobre un pañito de ganchillo, confeccionado por ella misma bastantes años atrás, una fotografía de su único hijo el día de su boda. Nada más.

—Vaya por donde, aquí tampoco está. ¿Cómo puede ser posible? En la mesa camilla ya he mirado, pero voy a revisar otra vez, por si acaso. —la abuela seguía hablando sola, expresando en voz alta sus pensamientos como siempre había hecho, desde su juventud.

La mesa camilla era una mesa redonda, cubierta por un gran mantel de color cereza, sobre el que reposaba un gran tapete también de ganchillo y un plástico que protegía el conjunto. Nico siempre decía que era vintage, palabra que la señora Aurelia no sabía ni lo que significaba. En el centro, un gran jarrón de cerámica talaverana con un gran ramo de flores de tela. No había nada más sobre la mesa. Miró también por debajo, donde se colocaba el brasero durante los meses de invierno. A pesar de que la casa tenía instalada una potente calefacción, no había manera de que la abuela abandonase la costumbre de recogerse en su mesa camilla, bien arropada con el mantel, al calor del brasero. Ahora era verano y el brasero no estaba en su lugar, pero el objeto que con tanto afán buscaba nuestra buena señora tampoco.

—Será posible. Aquí tampoco está. ¿Pero dónde la he dejado yo, entonces? Ay, Salva, que tu abuela ya chochea.

—Nico…

—Nico a ver si viene a verme algún día, que hace mucho que no le veo. Cuando venga se va a llevar un buen pescozón. ¿Pero tú has visto qué descaro? ¡No venir ni a visitar a su abuela de vez en cuando! Con la de pañales que le habré cambiado yo…

—Que no abuela, que yo soy Nico, que no soy Salva. —le contestaba su nieto sin perder por un segundo la paciencia ni la vista de su videojuego.

—¡Anda! Pues entonces se va a enterar Salva cuando le vea. Si es que le reconozco, claro, porque hace tanto tiempo que no viene que habrá cambiado un montón.

—Pero abuela, si estuvo aquí el domingo. ¿No te acuerdas de que vinimos todos a comer contigo y con el abuelo?

—Así que ese mocetón que vino con esa muchacha tan guapa era Salva… ¿Por qué nadie me lo dijo? —la señora Aurelia frunció el ceño y se subió las gafas, que habían ido descendido poco a poco por su nariz.

Nico suspiró ruidosamente. Estaba claro que no se podía dejar sola a la abuela. El día que saliese sola a la calle iban a tener un problema gordo, pero que muy gordo.

—Bueno, tú sigue con lo tuyo, cariño, que no te entretengo más. Yo voy a seguir buscando, porque por aquí tiene que estar, seguro.

—Pero abuela, ¿qué es lo que estás buscando? —le preguntó su nieto, levantando la cabeza de la pantalla del móvil, por fin.

—Nada, nada. Tú no te preocupes, hijo. Sigue con lo tuyo, que bastante guerra te estoy dando ya.

La señora Aurelia rebuscó en el otro sillón que había en la salita, pero tampoco tuvo suerte. Ya no le quedaba más remedio que buscar en el mueble donde estaba la televisión. Estaba segura de que no la había puesto allí, pero como no aparecía por ningún sitio, se resignó a mirar allí.

Fue levantando con calma todas las figuritas que rodeaban la antigua televisión, por si estuviese oculta tras una de ellas. Hizo lo mismo con las que estaban por encima, incluida la del torero y la sevillana, recuerdo de su viaje a Sevilla. No le quedaba más que mirar dentro de los pequeños cajones del mueble, siempre rezongando para sí.

—Es imposible que esté aquí dentro, pero es el último sitio que me queda por mirar.

De esta guisa la encontró el señor Mariano, que volvía de su revisión con un periódico bajo el brazo.

—¿Pero qué buscas, Aurelia?

— Lleva así toda la mañana, abuelo. Yo le he preguntado, pero no me ha querido decir nada. —respondió Nico aliviado, pues la llegada del abuelo suponía que ya podría irse a su casa.

—¡Ay, Mariano! ¡Que no aparece! La he estado buscando por todas partes, pero nada. Y yo estoy segura de haberla dejado por aquí.

—Aurelia, tranquilízate y dime qué estás buscando. A lo mejor yo puedo ayudarte. —le contestó con calma el señor Mariano, más acostumbrado a tratar con ella que su joven nieto.

—¿Pues qué va a ser? ¡Mi dentadura! Que desde que llegó Salva con la barra de pan, estoy deseando comerme un trozo y no puedo. —contestó, angustiada, la señora Aurelia.

—¡Pero si la llevas puesta, Aurelia! —le dijo su marido, divertido.

—¡Anda! ¡Pues es verdad! ¡Qué cabeza tengo! Te quedas a comer, ¿verdad, Salva?

—Nico…

—¡Ay, a Nico ya le diré yo cuatro cosas cuando le vea!

—Sí, abuela, sí, me quedo a comer.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Al compás de la marea”

Miércoles de poesía: Memories – “Al compás de la marea”
Imagen: Pixabay (editada)

Al compás de la marea

Al compás de la marea
te amaré,
bajo el murmullo de las olas
te amaré.
Dejaré marchar al viento
los gemidos de mi cuerpo,
que se los lleve el levante
al otro extremo del mundo,
que el universo se entere
del deseo que me ahoga
al compás de la marea
y mecido por las olas.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “La siembra”

A letras con los lunes: “La siembra”
Fuente: Pixabay

La siembra

Cada uno cosecha lo que siembra, le dijeron. Y se lo tomó tan al pie de la letra que, junto al pequeño huerto de hierbas aromáticas, sembró corazones humanos. Estaba muy necesitado de amor.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”

El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”
Fuente: Pixabay

Surcando las olas

Yo era un mar en calma. Era un mar tranquilo, sosegado, sereno. Los rayos de sol incidían sobre mí creando efectos dorados, plateados, de todas las tonalidades. Incluso en los días nublados se podía observar la serenidad de mis aguas.

Los peces nadaban tranquilos en todas direcciones, sin temer a nada, porque, yo, su mar, siempre estaba en calma. En mis profundidades albergaba preciosos arrecifes de coral donde se alojaban miles de criaturas preciosas, a sabiendas de la tranquilidad que encontrarían en mis aguas.

No penséis que siempre he sido así. Hace tiempo era un mar inquieto, que formaba pequeñas olas, sobre todo en los días nublados, en los que soplaba el viento y me viraba en mil direcciones, pero mis olas nunca llegaron a gran altura.

Un día descubrí que ser un mar en calma me hacía ser extraordinario. Todo el que se acercaba a mí, quedaba prendado de la bondad de mis aguas, encontrando un oasis de relajación donde en otros lugares sólo encontraban oleaje. Y yo era feliz. Los niños se adentraban en mis aguas sin temor y yo jugaba con ellos alegremente, sin proporcionarles ningún peligro. Todos disfrutábamos. Todos compartíamos mi calma.

Y yo me sentía orgullosa de ser así, tranquila, calmada, sin olas, serena. Es cierto que me relacionaba poco con los peces que habitaban en mis aguas, pero siempre les acogía con gusto, transmitiéndoles mi serenidad y ayudándoles en lo que pudiera.

Entonces por azar, por el destino, por simple casualidad, llámalo como quieras, llegaste tú, con tu flamante barco de bandera extranjera, y te adentraste en mis aguas. La velocidad a la que surcabas mis aguas desplazaba grandes olas a tu alrededor, y decidiste quedarte en mi mar. Cada día lo surcabas de norte a sur y de este a oeste, provocando en mí un oleaje que jamás había experimentado. Al principio intenté luchar contra ti, intentando serenar mis aguas después de tu paso. Lo conseguí durante bastante tiempo, mis aguas eran más duras de lo que parecían, eran resistentes y al instante borraban las huellas de tu paso por ellas.

Los niños seguían acercándose a mí, a jugar conmigo con sus grandes sonrisas llenas de ilusiones. Y yo les acogía como siempre, con mi calma, con mis juegos, con mis peces circulando a su alrededor. Durante años creí haberlo conseguido, haber conseguido superar el avance impetuoso de tu barco sobre mis tranquilas aguas, intentando generar altos oleajes que yo acallaba con todas mis fuerzas.

Fue tal el esfuerzo que hice, que un día ya no pude más. Me ganó la desidia, el desprestigio, la humillación de verme poco a poco convertida en un mar bravío. Niños y mayores se adentraban en mis aguas esperando encontrar la calma sempiterna de mi existencia, pero les recibía con grandes oleajes que les hicieron apartarse poco a poco de mí.

Mi calma se fue hacia el fondo, junto a los arrecifes de coral, hundida en las más profundidades de mi ser. Ya no podía ni sabía la manera de sacarlas de allí. Yo quería volver a ser aquel mar tranquilo y calmado que prodigaba serenidad. Pero tú no me dejabas con tu bravuconearía. Inspiraba y expiraba profundamente tratando de vencer el oleaje que se producía en mi superficie, pero no podía respirar. Trataba con todas mis fuerzas salir a la superficie, pero tus fieros impulsos hacían que fuese imposible para mí. Los corales se iban apagando, la violencia de las corrientes arrastraban a los pececitos en busca de otros mares más tranquilos. Y yo me sentí sola, qué curioso, un mar que se siente solo por haberle robado su tranquilidad, su autoestima, su manera de ser feliz. Y me di por vencida, en mi soledad de las profundidades, sin arrecifes de colores que me animaran a seguir luchando. ¿Quién iba a sacarme ahora de las profundidades donde me encontraba para volver a sentir la tranquilidad de mi superficie?

Sólo varias criaturas marinas permanecieron siempre a mi lado, ayudándome a luchar contra ti, poderoso barco de bandera extranjera, que utilizaste tus engaños para embaucarme, para que confiase en ti, para después arrastrarme a las profundidades y convertirme en un mar bravío que sólo buscaba la soledad.

Y junto a ellos, lucharé contra ti, poderoso barco, y por ellos saldré a flote, y cuando consiga echarte de mis aguas, volveré a recuperar mi calma habitual, mi felicidad, mis niños jugando con mis aguas y mis arrecifes de coral y peces de mil colores. Volveré a encontrar mi felicidad en mi calma.

Y no lo dudes, poderoso barco de bandera extranjera, porque te venceré. Porque los mares buenos siempre lo seremos, por más que nos quieran convertir en mares apáticos, antisociales y rabiosos.  Y el día que consiga vencerte, sólo podré agradecer a mis fieles acompañantes toda la ayuda que me prestaron en el proceso.

Y volveré con mi antiguo resplandor, mi calma y mi espíritu juguetón, sabiendo que habré ganado la mayor batalla de mi vida. Porque sí, podré hacerlo, estoy segura de ello, y volveré a ser ese mar especialmente apacible, o más, donde los niños siempre quieran jugar.

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Rumbo a sotavento”

Miércoles de poesía: Memories – “Rumbo a sotavento”

Rumbo a sotavento

Aún quedan en mí las huellas

de tu paso apresurado,

sin tiempo para el cariño,

que dejaste bien marcadas

a fuego sobre mi vida.

Yo me quedé a la deriva,

esquivando el oleaje

que dejaste en tu partida.

Pongo rumbo a sotavento,

en busca de nuevos mares 

que me curen las heridas.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

Quiéreme a mí, mujer

Quiéreme a mí, mujer, con mis defectos y mis virtudes. Con mis risas y mis llantos. Con mis alegrías y mis enojos. Con mis caprichos y mi generosidad. Con mis complejos y mis coqueterías. Con mis curvas y mis provocaciones.


Quiéreme así, mujer, con todas mis complicaciones, con todas mis implicaciones. Con mis cambios de humor y mis cariños desmedidos. Con mis sorpresas y mis ausencias. Compréndeme, no digas que no hay quien me entienda, empatiza con mi personalidad de mujer. No quiero palabras, quiero actos. Actos que me demuestren que me quieres tal como soy, mujer. Me gustan los detalles, sí, pero tampoco los necesito. Me gusta que me cuides, pero también que sepas que soy muy capaz de cuidar de mí misma. Me gusta que me quieras así, mujer.


Quiéreme a mí, mujer, la que te cuida y te mima. La que se entrega a ti sin condiciones, sin esperar nada a cambio. La que es una dama a pesar de en ocasiones utilizar palabras malsonantes. La juguetona y amante. La que espera cada noche acogerte en su interior, sentirte, fundirte conmigo en un único ser, dejando atrás todo rastro de la dama que ven los demás. Soy mujer, soy sensualidad.


Quiéreme así, mujer, con mis gritos, mis salidas de tono, mi insufrible carácter. Con mi absoluta inteligencia y mi capacidad para todo. Con mi dulzura y hasta a veces mi ñoñería. Quiéreme despeinada, descuidada, sudorosa, con mis deportivas y mis leggins, y también quiéreme vestida de gala, perfumada, con mis tacones de vértigo y mis pestañas kilométricas.


Pero quiéreme así, mujer, y también y sobre todo, respétame así, mujer. Porque sí, soy mujer, pero eso no me hace vulnerable, ni sumisa, ni manejable, ni  dependiente, ni peor ni mejor que tú. Soy mujer, punto.


Acepta mis capacidades, que son las mismas que las tuyas, y mis limitaciones, que igualmente son las mismas que las tuyas. Te guste o no, así es. Soy mujer, quiéreme mujer.

Acepta también mi orgullo de mujer, libre, luchadora, trabajadora, incansable, insondable, leona, peleona, guerrera. Y quiéreme como yo me quiero, mujer. Te contaré un secreto, de mujer, si yo me pongo guapa, si me arreglo, si me visto con elegancia, es por mí, sólo por mí. Porque me quiero gustar a mí, no a ti, ni a nadie más, sólo a mí. Y que sepas, que no te quede la más mínima duda, que no lo hago para impresionarte, ni muchísimo menos para provocarte.

Libérate por mí, mujer, de cualquier clase de estereotipo machista que ya no tiene cabida ni sentido. Acepta de una vez que yo, mujer, puedo desarrollar el mismo trabajo que tú por el mismo valor que puedas desarrollarlo tú. Que mi inteligencia no es menor, cuando quieras te lo demuestro yo, mujer, y que puedo competir contigo en cualquier disciplina.

Y quiéreme a mí, mujer, por todo ese valor añadido que tengo, capaz de albergar vida en mi interior, una maravillosa experiencia que sólo puedo vivir yo, por el mero hecho de ser mujer. Honra a tu madre y hónrame a mí. Gran orgullo de madre y gran orgullo de mujer.


Por favor, quiéreme así, tal cual, mujer.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Tardes de pena y asueto”

Miércoles de poesía: Memories – “Tardes de pena y asueto”
Imagen tomada de la red

Tardes de pena y asueto

Hoy la pena recrudece 

las largas tardes de asueto,

cierro los ojos y pienso 

qué haría con tu recuerdo.

Murió perdido en la arena

de alguna playa lejana,

olvidado en el destierro 

al que envié tu mirada.

Ya no recuerdo tus ojos,

ya no recuerdo tu alma.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

El relato del viernes: Memories – “La búsqueda”

El relato del viernes: Memories – “La búsqueda”
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La búsqueda

Hay veces que simplemente dejo pasar el tiempo, esperando que llegue la inspiración. Escribo líneas sin sentido en unas páginas en blanco que nunca llegarán a ver la luz. Páginas arrugadas en una papelera a rebosar.

Escribo, escribo y escribo, pero nada me realiza. Pero sigo escribiendo, dejando pasar el tiempo hasta que aparezca la inspiración. Y la muy condenada no aparece, mi cabeza se bloquea, mi cerebro se niega a continuar. Las páginas en blanco se deslizan sobre mi mesa de trabajo; unas palabras más, algún garabato, cuando me doy cuenta estoy dibujando un gatito. Y el gatito me mira con su carita de pena, “qué lástima das”, parece querer decirme. Otra hoja arrugada, vete puñetero gato, la envío junto a sus compañeras a la papelera.

Un poco de música quizás. Rebusco entre mis discos, ninguno me motiva. ¿Algo de clásica? Siempre me relaja. Elijo “Para Elisa”, de Beethoven. Mi pequeño cuarto se inunda con las notas de tan deliciosa melodía. Ahora sí, pienso. Seguro que la inspiración viene a mí.

Otra página en blanco delante de mí. Cierro los ojos dejando que la placentera música inunde mis sentidos. Es maravilloso, qué bien se siente. Espera, no estás escribiendo. Vale, querida página en blanco, tú vas a ser la afortunada. Pero mi mente se adormece con las increíbles notas musicales, mi vista se desvía hacia la ventana. Cuando me doy cuenta, mi querida página en blanco, la afortunada, está por completo llena de círculos concéntricos. Vale, a lo mejor no es el día. Dejemos pasar el tiempo, tomemos un café. Fumemos el enésimo cigarrillo de hoy.

Quizá si salgo a la calle consiga oxigenar mi cerebro aturdido. Hace frío. Es un día gris otoñal. Me enfundo en mi abrigo y me enrollo una gran bufanda al cuello, pillando con ella mi desordenada melena. Qué más da, no me importa nada. Solo quiero salir, salir de estas cuatro paredes con su aire ya enrarecido. Antes de salir vacío la papelera. No soporto verla así, llena de páginas en blanco arrugadas que nunca llegarán a ver la luz. Borrón y cuenta nueva.

Salgo a la calle y el frío me atiza en la cara. Parece que me esté diciendo, “espabila”, con una gran bofetada. Me cubro entonces la cara con la bufanda. No me volverás a abofetear, frío del carajo. Miro a mi alrededor. El tráfico es denso y la gente corre de un lado para otro, siempre con sus prisas. Igual que yo.

Pero hoy no. Hoy lo que necesito es un paseo relajado, enfrentando al frío, buscando mi musa, mi inspiración. Mis pasos me dirigen sin querer al gran parque central. Yo, totalmente abstraída, ni siquiera me he enterado de cómo he llegado hasta allí. Iba con la mirada perdida rebuscando entre la gente, en el cielo, en los comercios llenos a rebosar… Nada, en todo aquello no había nada.

Me adentro despacio en el parque. El suelo está por completo recubierto de hojas secas, amarillas, doradas, como el elixir dorado que enfrasca mi inspiración. Caminar sobre ellas es todo un placer. Las levanto, las alzo al vuelo, juego con ellas con mis pies. Entonces elevo la vista al frente. Solo una persona solitaria camina por el parque, al igual que yo. Quizá también esté buscando su inspiración.

Entonces la veo. Allí, al fondo, donde nada ya se vislumbra. La fresca y densa niebla aparece ante mí como un soplo de aire fresco. Me deshago de las ataduras de mi boca e inhalo con fuerza el aire frío de la arboleda. Allí está la niebla llamándome con todo su esplendor. Y corro, corro como una loca de vuelta a mi casa, a mi pequeño cuarto, a mi querida página en blanco, antes de que pierda la inspiración.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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