Reto literario: “Echando la vista atrás”

Reto literario: “Echando la vista atrás”

Relato para la actividad #escribirparaliberar del blog de Psheda

ECHANDO LA VISTA ATRÁS 

Hoy es el día de mi cumpleaños. Parece mentira, pero he llegado a los cincuenta con el recuerdo aún de la celebración de los cuarenta, la tan temida cifra para mí. Y, como quien no quiere darse cuenta, los años se han ido escurriendo entre mis dedos, se han ido sucediendo con tal magnetismo que, en apenas unas horas, ya han transcurrido diez años. Y ahora, que ya sé con exactitud que llevo más tiempo vivido que el que me queda por vivir, es cuando me planteo qué ha sido de mi vida, qué he hecho durante este breve suspiro que se resume en toda una década, y la imagen solo me causa desolación. Pienso que la depresión de los cuarenta está sobrevalorada, es a los cincuenta cuando llega el punto de inflexión, de no retorno.

Llevo tanto tiempo sin escribir, que ni siquiera sé si sabré hacerlo. De hecho, ni yo misma sé de dónde ha nacido este impulso de hacerlo hoy. Supongo que ha nacido en mí la necesidad de plasmar en este viejo folio en blanco los sentimientos que arrollan mi mente en un día como hoy. De compartir, aunque solo sea con esta simple hoja de papel añejo, la marabunta de emociones que arrasan y asolan mi corazón en este fatídico día. 

Aún recuerdo aquellos tiempos en los que escribir era mi mayor fuente de vitalidad, cuando creí haber encontrado mi gran pasión en la vida y comencé a luchar por un sueño que tan solo quedó en quimera. Porque mis libros, aquellos en los que yo vertía todo mi cariño, no alcanzaron nunca a partir del pequeño nido que les vio nacer. Los gastos y la hipoteca acuciaban a una ya de por sí flagrante economía, magullada en exceso. Y, aunque ya tenía claro que no iba a gastar mi tiempo de vida en un trabajo que no me satisficiera, aquí estoy de nuevo, recién levantada a las seis de la mañana, redactando estas líneas con rapidez para salir en breve en dirección a mi particular calvario. Y, desde luego, se supone que debo estar agradecida por ello, porque hay miles de jovencitos recién licenciados que estarían dispuestos a hacer mi trabajo por la mitad de dinero e invirtiendo muchas más horas. Así que aquí me encuentro, a estas horas intempestivas de un día de verano en el que el calor ya es asfixiante, dispuesta a sobrevivir al enésimo atasco de mi vida. Dispuesta a seguir pareciendo la persona que no soy, por simple dinero. A eso yo solo le encuentro un nombre, prostitución.

Observo a mi marido, que permanece en silencio leyendo las noticias en su móvil, mientras bebe con desgana una triste taza de café con leche. Por supuesto, no he tenido ningún comentario especial el día de hoy, ni siquiera se ha acordado de la fecha que es, o no se ha dado cuenta. Prefiero pensar esto último. Desayunamos juntos, pero en silencio, como cada día desde que la insidiosa rutina se instaló entre nosotros. Ya no hay gestos tiernos ni palabras de cariño, no hay miradas cómplices ni sexo apasionado. En realidad, ni apasionado ni de ningún tipo. Simplemente, no lo hay. Y yo veo asomar las orejas de lobo a la menopausia con miedo, como si fuera un enemigo al acecho. Un matrimonio que se sostiene por inercia desde hace años, cuando comenzó a hacer aguas y no supe cómo achicarlas. Podía haber escogido tres caminos hace mucho tiempo, y todavía no sé por qué escogí aferrarme a esta relación, como si tuviera alguna posibilidad de salvación. Supongo que aún pensaba que así era.

Por si fuera poco, el llamado síndrome del nido vacío me consume. Mis hijos ya son mayores, se han independizado. El mayor está en una gran ciudad europea cursando su Ingeniería y, cuando hablo con él, soy capaz de sentir a la perfección que no volverá al hogar. El pequeño, que cumple los dieciocho años en unos meses, se ha mudado a vivir con su novia hace un par de semanas. Luego dicen que en España es difícil echar a los hijos de casa. Yo hubiera pagado por que se quedaran un poquito más. Al menos así podría haberme seguido sintiendo un poco útil. 

Mi marido me dirige la palabra por primera vez en la mañana para decirme que me dé prisa o llegaré tarde al trabajo. ¿Sabes qué? Que ya no me importa llegar tarde. Estoy lista desde hace tiempo, con un vestido juvenil, los odiosos tacones imprescindibles y el rostro cubierto de maquillaje para poder aparentar ser lo que no soy de nuevo. Pero él ni siquiera se ha dado cuenta de que llevo un rato escribiendo en este folio rescatado de la bandeja que utilizaba cuando me creía escritora. 

Hoy puedo decir que echo la vista hacia atrás, hacia lo que ha sido mi vida, a la parte superior a la que aún me queda por vivir, y puedo decir alto y claro que me arrepiento de muchas cosas. Me arrepiento de no haber vivido más y no haber cuidado menos. Me arrepiento de no haber arriesgado más y no haber pensado tanto. Me arrepiento de renunciar a mí por ser parte de un nosotros que terminaría desapareciendo. Me arrepiento, sí, me arrepiento. 

Hoy, cuando salga del trabajo, iré a comprar mi propia tarta y unas velas con ese par de números que me dan tanto miedo. No vaya a ser que alguien lo haga por mí, ese sí que sería un bonito regalo de cumpleaños.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados. 

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Reto literario: “Encuentros”

Imagen tomada de la red

Esta es mi colaboración para el reto semanal que propone la fantástica página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, en esta semana inspirado en la imagen arriba mostrada.

ENCUENTROS 
El pequeño Luis había sido siempre un niño muy inquieto. Más que inquieto, era curioso a más no poder y siempre estaba preguntando cosas nuevas, en un ansia infinita por aprender. No podía remediarlo, le interesaba todo, y podía pasar horas absorto ante un documental cuando cualquier niño de su edad estaría viendo series de dibujos o jugando en el parque.
En principio, sus padres estaban algo asustados con aquella necesidad de aprender que tenía su hijo. Temían que dejara de socializarse con otros niños, porque se aislaba demasiado en su búsqueda del saber. En los últimos tiempos, se había convertido en todo un experto del espacio. El sistema solar, cómo se formó nuestra galaxia y las características de todos los planetas eran su nueva obsesión. Sabía por completo cómo se formaban las estrellas, los diferentes tipos y cosas inimaginables si quiera para sus padres. Era capaz de, con una simple mirada al cielo nocturno, distinguir cada constelación, aunque fuesen casi inapreciables, identificarlas con su nombre correcto y contar si ninguna duda todos sus secretos. 
Llegó un momento en que el pequeño, nada más terminar su cena, se encerraba en su habitación y no permitía que entrase nadie, ni siquiera su madre para darle un beso de buenas noches. Al principio, como parecía que Luis estaba descansado por las mañanas, no le dieron mayor importancia. Pero, con el tiempo, comenzaron a observar en él claros síntomas de agotamiento que, unidos a su insaciable sed de saber, hacían que a medida que avanzaba el día el niño mostrara unas prominentes ojeras, a la vez que perdía peso de una manera alarmante. La preocupación de sus padres iba en aumento día tras día. 
Cierta noche, cuando el pequeño se encerró en su habitación, sus preocupados padres aguardaron un momento y se acercaron con cautela a la puerta. Sin hacer el menor ruido, pegaron sus oídos a ella, para comprobar si podían oír algo de aquello que fuera a lo que se estaba dedicando su pequeño cada noche. Se quedaron perplejos cuando lo escucharon hablar. ¡Estaba hablando solo! Parecía que la conversación se estuviese desarrollando con alguna especie de alienígena, por lo que pudieron escuchar. Aguardaron allí, atentos, hasta altas horas de la madrugada cuando, tras un sonoro golpe, se hizo de nuevo el silencio. Al menos habían encontrado la causa de la eterna fatiga de su hijo.
Acudieron con urgencia a la consulta de un psicólogo, que lo único que llegó a determinar era que Luis tenía un cociente intelectual muy superior a la media. De ahí debían de provenir todas sus ansias de conocimiento y el aislamiento de los demás niños, que no le proporcionaban un nivel cultural suficiente para su extraordinario cerebro. Sin embargo, aquella respuesta no satisfizo a sus desesperados padres. Continuaron observando con atención aquel extraño comportamiento de su hijo. 
Cada noche que pasaba, el descanso del pequeño y de sus padres era menor. Luis aparecía al amanecer cada día más decaído, más apático, encerrado en un espectacular mutismo que pilló por completo desprevenidos a sus padres. A pesar de sus excentricidades, siempre había sido un niño que les contaba muchas cosas, sobre todo las nuevas aprendidas durante el día.
Continuaron la vigilancia, estableciendo turnos para que uno de los dos pudiera descansar algo. Todo sucedía según las noches anteriores hasta el momento, el niño parecía hablar solo hasta desplomarse sobre la cama en un golpe seco, o al menos eso era lo que pensaban ellos. Cierta noche, en la que le tocaba al padre mantener la guardia, notó cómo a las palabras del niño parecía responderles una voz, un tenue susurro que hasta entonces les había pasado por completo desapercibido. Intentó agudizar el oído, pero no lograba descifrar lo que aquel susurro hablaba con su pequeño hijo.
El corazón se le puso a latir con desenfreno cuando escuchó claramente la voz de Luis decir:

—Sí, hoy me voy contigo. No soporto más estar en este mundo donde nadie me entiende. 
El padre de Luis abrió de sopetón la puerta. Quedó maravillado al comprobar que la habitación de su hijo, en la que normalmente estaba la ventana, no tenía pared, quedando abierta a un amplio universo desconocido. Solo pudo ver entre tinieblas a su niño, diciéndole adiós con la mano y una gran sonrisa, mientras volaba por aquel extraño espacio acompañado de un ser con una apariencia extraterrestre que jamás había visto.
Aquella noche, Luis se marchó, se fue en busca de nuevos mundos como el que se abría cada noche en su habitación, en busca de nuevas fuentes de conocimientos que le eran inalcanzables en su hasta ahora conocido mundo. Su padre quedó llorando desconsolado, absorto ante aquel inexplicable suceso, y pensando en la manera en que se lo contaría a su mujer, sin romperle el corazón.
Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: Castillos en la arena

 

CASTILLOS EN LA ARENA
Imagen: Pixabay (editada)

 

 

CASTILLOS EN LA ARENA

Los pequeños estaban bastante nerviosos. Jamás, hasta aquel día, habían tenido tanta astucia como para conseguir construir un castillo sin apenas esfuerzo. Y todo gracias a aquella incauta pareja de extranjeros que, ante sus lloros y caritas de pena, se habían ofrecido a construirles el castillo de arena más grande jamás construido. Sus sonrisas triunfales quedaron bien escondidas mientras los mayores hacían todo el trabajo.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Este micro-relato es mi aportación al reto Cinco Líneas del mes de septiembre, del blog de Adella Brac. Es la primera vez que participo y creo que no será la última.

Reto literario: “El abuelo Rafael”

Reto literario: “El abuelo Rafael”

 

EL ABUELO RAFAEL
Imagen extraída de la red

 

Hoy lunes, os traigo el relato que escribí para el reto de la página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. ¡Por fin volvemos al formato original! ¡Yupi! Esta semana, la administradora nos propuso esta imagen y debíamos escribir el texto en base a ella. Esto fue lo que salió.

EL ABUELO RAFAEL

Aquel verano era el primero que Raquel iba a pasar separada de sus padres. Tan solo contaba con cuatro años y, como los dos tenían que trabajar, decidieron enviarla con sus abuelos del norte. Ella apenas les conocía, aunque habían ido a visitarla en varias ocasiones, sus recuerdos de ellos eran muy escasos y jamás había ido a su casa.

Aguantó la rabieta que estuvo a punto de asomar por sus pequeños ojos de niña y, con gran pesar, subió en el coche de su abuelo Rafael. Aunque la abuela Petra pasó todo el viaje intentando entretenerla, cantando canciones y comenzando juegos de “veo veo”, no logró sacar a la pequeña del mutismo que se había instalado en ella desde que abandonaron Madrid.

El ánimo de Raquel solo mejoró un poco cuando, tras cruzar el Puerto de Pajares, se adentraron en tierras asturianas. Atrás quedaron las grandes llanuras de tierras secas y amarillas. Ante sus ojos se extendía un paisaje maravilloso, de verdes prados y montañas de ensueño. Llegaron a la pequeña aldea donde vivían sus abuelos, en un pequeño concejo asturiano, y los ojos de la pequeña se abrieron como platos. Solo quería escuchar historias de aquel lugar, que parecía casi mágico.

Durante varios días, la abuela le estuvo contando leyendas de la zona, donde se suponía habitaban brujas y trasgos, sobre todo en los hórreos que había repartidos por todos los lugares, incluso junto a su casa. Raquel estaba fascinada con las historias y con la vida allí. Por primera vez, podía correr libre por el prado, acariciar a las vacas que pastaban en ellos y disfrutar de la naturaleza.

Fue a partir del quinto día de su estancia allí cuando comenzó a escuchar ruidos inquietantes durante la noche. No sabía de dónde provenían y tampoco tenía ninguna intención en saberlo. Se cubría la cabecita con la sábana y trataba de dormir, esperando que ninguno de esos pequeños trasgos de los que le había hablado la abuela Petra estuviese rondando por aquella casa.

El abuelo Rafael pasaba la mayor parte del día fuera de casa, con los animales, y solo regresaba para la cena, por lo que le había llegado a conocer muy poco. Lo que sí había notado en él fue un extraño cambio en su comportamiento desde que comenzaron aquellos extraños ruidos nocturnos. Raquel tenía miedo de que al abuelo le hubiese poseído un trasgo. La abuela le había contado que había ocasiones en que esto sucedía.

A medida que pasaban los días, la luna iba creciendo en el cielo y los ruidos eran cada vez mayores y escalofriantes. En ocasiones, le parecía escuchar la voz de su abuela intentando calmar a un animal, pero aquello no era posible, pues en la casa no había ninguno. En su mente, la historia de que el abuelo estaba poseído por un trasgo, comenzaba a tomar más fuerza.

El día que hubo luna llena, cuando todo su cuarto quedaba iluminado por la luz lunar, aquellos ruidos se convirtieron en agrios aullidos. Provenían del interior de la casa, de eso estaba segura. Pero también sabía que en la casa solo estaban sus abuelos, así que, en un arranque de valentía, decidió salir de su habitación para ver qué estaba ocurriendo en realidad.

Cuando estaba ya cerca de llegar al dormitorio de sus abuelos, la puerta se abrió de forma brusca. Un enorme y corpulento lobo apareció con las fauces abiertas y ojos malignos. Raquel intentó huir de él bajando hacia el piso de abajo, pero la prisa hizo que cayese por la escalera. Quedó atrapada en el rellano, mientras aquella bestia se acercaba a ella con hambre en los ojos.  Se quedó paralizada, comenzó a gritar, pero aquello no hizo más que enfurecer al animal, que presentaba mayor maldad en sus fieros ojos. Al momento, la abuela apareció corriendo por el pasillo del piso superior, mientras gritaba:

       —¡No, Rafael, por favor! ¡Es nuestra nieta!

Demasiado tarde. El abuelo Rafael, después de toda una vida de licantropía, no supo diferenciar a su familia de un vulgar alimento más.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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RETO CLUB

Reto literario: “El más bonito del estanque”

Reto literario: “El más bonito del estanque”

 

EL MÁS BONITO DEL ESTANQUE
Imagen: Morguefile (editada)

 

Retomamos los retos literarios de la página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Para este nuevo “curso” que comienza, el reto toma unas reglas distintas, bastante más relajadas a lo que venía siendo. A mí, particularmente, me gustaba más antes, pero… ¡es mejor que nada! Ahora la única regla es publicar cada semana un escrito de nuestra autoría, con el tema que elijamos, para poder formar parte del Reto Club. Aquí tenéis el mío de esta semana.

RETO CLUB

EL MÁS BONITO DEL ESTANQUE

Y allí estaba él, con su pico amarillo y su plumaje perfecto, de un azul intenso, mirándome de manera inquisidora. Retadora, me atrevería a decir. Era el pato más precioso que había visto jamás. Y estaba allí, mirándome, retándome.

No sé qué vería en mí. Desconozco los motivos que le llevaron a salir de su precioso estanque y venir en mi busca. Pero lo cierto es que me había buscado. Y yo eso lo interpreté como una señal del destino. Dentro del estanque, precioso, bien cuidado, con un agua límpida y transparente, nadaban decenas de patos más. Todos corrientes, con su soso plumaje pardo. Todos ausentes, sin mostrar ningún interés más allá de lanzarse a recoger las migas de pan que alguna persona bondadosa les lanzase al agua.

Pero él era diferente. No solo por su plumaje, que era espectacular. Sino por sus motivaciones, porque parecía querer rebelarse, no querer malgastar su vida nadando en soledad en un viejo estanque, rodeado de patos insulsos. A lo mejor fue eso lo que le llevó a salir de allí. O a lo mejor el estampado de mi camiseta, con un precioso cisne. ¿Quién sabe? A lo mejor se enamoró de él.

Pero no, yo sabía que no porque me miraba fijamente a los ojos. No miraba al cisne, me miraba a mí, sentada en un banco frente a su estanque con un libro en mi regazo. El duelo de miradas duró varios minutos, que se me antojaron interminables. Al fin, fue él quien lo rompió, cuando comenzó a acercarse más a mí, lento, temeroso, en frío contraste con su actitud altanera del comienzo.

No pude evitarlo, tuve que tomarlo en brazos, acariciar su dulce plumaje y ofrecerle una galletita que tenía guardada en mi bolso. Me miró con ojitos agradecidos. Yo lo miré con toda la ternura de que fui capaz. Lo cuidé entre mis brazos. El libro que había estado ocupando mi mente hacía unos minutos, cayó desamparado sobre el suelo de tierra reseca del parque. Pasamos un agradable momento haciéndonos compañía mutua. Era increíble cómo se dejaba querer en mis brazos, sin emitir tan siquiera un graznido, sin intentar siquiera mover un ala.

La decisión estaba tomada. Se vendría conmigo a casa. Nunca más volvería a encontrarse solo rodeado de aves insulsas. Lo deposité con cuidado en el banco, para poder recoger mi lectura olvidada en el suelo. Guardé el libro en mi bolso y me lo colgué al hombro. Cogí con cariño a mi lindo patito, lo tomé entre mis brazos y puse rumbo a casa. Advertí cómo la gente me miraba curiosa, no sé si por el hecho de llevar un pato entre los brazos o por haber tenido la osadía de robarlo del pequeño estanque de un parque municipal.

Mientras, yo caminaba feliz con mi pato en brazos, pensando en cuánto me gustaba el pato laqueado.

*Con todos mis respetos a los animales, benditos seres vivos que merecen vivir en libertad, sin que ningún humano les inflija el menor daño.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “Familia de acogida”

Reto literario: “Familia de acogida”

FAMILIA DE ACOGIDA

 

FAMILIA DE ACOGIDA

No puedo decir que mi infancia esté siendo fácil. Mis padres me abandonaron en la calle apenas unas horas después de nacer, o al menos eso es lo que me han contado. De ahí que mis primeros años los haya ido pasando en diferentes casas de acogida.

Tan solo tengo cinco años y creo que mi madurez es muy superior a la de cualquier otro niño de mi edad. En fin, las circunstancias te hacen de una manera u otra. Que yo recuerde he pasado por tres familias distintas desde que tengo uso de razón. Imagino que antes iría alguna más, de la que no tengo memoria.

Las conversaciones más largas que he tenido han sido con la asistente social. Ojalá pudiera haberme ido a vivir con ella, es tan bonita, tan simpática… Pero siempre encuentra una familia para que me acoja y al cabo de unos meses vuelvo al internado. No sé por qué nadie me quiere. Si yo procuro portarme bien y apenas hablo con nadie. A lo mejor es por eso, porque no me gusta abrirme a una familia que con gran probabilidad me devolverá al internado. Quizá sea la pescadilla que se muerde la cola. O a lo mejor les da miedo mi pelo color naranja como la zanahoria. Sé que hay gente que tiene ese extraño miedo. Pero yo no tengo la culpa. Simplemente nací así.

Hace un par de semanas, después de otra temporada en el internado, Marisa, la asistente social, vino a verme y me contó que había encontrado otra familia para mí. Que era un matrimonio que no había podido tener hijos y eso hacía que las probabilidades de que me quedase con ellos más tiempo, eran mayores. Incluso hasta mi mayoría de edad. O que incluso cabría la posibilidad de que me adoptasen.

Sé que debería haber dado saltos de contenta, pero no fue así. Otra vez la misma historia, otra vez a conocer una familia nueva que se desharía de mí a la primera ocasión. Ya no tenía ganas de pasar por eso otra vez. Vivía más feliz en el internado. Aún así, como no tenía otra opción, al día siguiente Marisa me acompañó a la casa de mi nueva familia. Me dio un tierno beso en la mejilla, me prometió llamarme y se fue, como siempre hacía.

Desde el primer momento noté algo extraño en aquel matrimonio. Algo que no pude identificar pero que me ha mantenido inquieta desde que llegué aquí, hace ya dos semanas. Apenas hablan entre ellos y mucho menos conmigo. Viven en una casa apartada del resto de la ciudad y ni siquiera tienen un mísero juguete con el que entretenerme. Mis días se limitan a dormir, a comer y a observar por la ventana.

Tienen una obsesión por la comida casi enfermiza. Me obligan a comer cantidades exageradas de una carne de sabor raro, que nunca antes había probado. Es como si quisieran cebarme. Después de comer, claro, caigo rota sobre la cama y a dormir. Es el único momento de calma que tengo, porque por las noches apenas puedo descansar, temiendo que vengan a buscarme en cualquier momento. No sé por qué, pero tengo esa preocupación. No me fío de ellos.

Esta noche, a altas horas de la madrugada, después de varias horas dando vueltas en la incómoda cama sin poder dormir, he bajado a la cocina a buscar un vaso de leche. Eso es algo que a veces me ayuda cuando no puedo dormir. Nunca antes he abierto esta nevera, ellos siempre se han ocupado de todo. Así que imaginaros mi sorpresa al encontrármela llena de piezas de carne humana. Incluso una cabeza, bien visible en uno de los estantes que quedaba a mi altura. Ahora comprendo por qué nunca había probado aquella carne que me daban. ¡He estado comiendo carne humana! Casi vomito en este mismo instante.

Me he quedado paralizada delante de la nevera, incapaz de mover un solo pie. No puedo dejar de mirar esa cabeza sangrante que me observa desde su interior. En mi estado de shock no me he dado cuenta de una sombra que se abalanza sobre mí desde detrás de la nevera. Al principio me ha parecido un monstruo, pero no. Es él, con un gran cuchillo de carnicero en la mano y viene hacia mí… viene hacia mí…

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido preparado para el reto literario del grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, en el que os recomiendo participéis. Es muy dinámico y ameno. Para esta ocasión, había que inspirarse en la imagen que veis en la cabecera.

 

Reto literario: “Nunca te dejaré escapar”

Reto literario: “Nunca te dejaré escapar”

 

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Imagen tomada de la red

 

 

NUNCA TE DEJARÉ ESCAPAR

No podía hacerme a la idea de cómo había llegado hasta allí. Había despertado hacía unos minutos por completo aturdida, sin poder abrir los ojos siquiera. Cuando por fin logré abrirlos y echar un vistazo a mi alrededor, me encontré en lo que supuse que era un sótano antiguo, con las paredes de madera y repleto de trastos viejos. Una única bombilla cubierta de telarañas alumbraba la habitación.

Lo observé todo con detenimiento y descubrí una trampilla en el techo por la que debían haberme metido allí. No recordaba nada. Nada de lo que había pasado ni de cómo había llegado hasta allí. Mis recuerdos se detenían aquella noche, en casa de mi novio, Carlos, mientras me declaraba su amor. Sé que me sentí la mujer más feliz del mundo y a partir de ahí no recuerdo nada más. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? No tenía manera de saberlo.

El sótano parecía herméticamente cerrado. Ninguna ventana por la que entrase un resquicio de luz, ninguna puerta. Solo la trampilla del techo y aquella bombilla que lucía incombustible. No tenía manera alguna de saber si era de día o de noche, cuanto menos de determinar en qué día de la semana me encontraba.

¿Me estarían echando de menos en casa? ¿Habrían denunciado mi desaparición a la policía y me encontrarían pronto? ¿O solo había pasado una noche y nadie se habría dado cuenta aún de mi ausencia? A cada momento me arrepentía más de haber sido tan independiente. Siempre desaparecía de casa durante días sin dar explicaciones. Seguro que nadie en mi familia sabía que me encontraba secuestrada.

Mi estómago rugía de hambre, lo que me llevó a pensar que no había comido nada desde mi encierro, por lo que no podía llevar mucho tiempo allí. Eso quería decir que nadie estaría buscándome. Las lágrimas surgían solas sin que yo pudiera evitarlo. Venga, Sara, tú eres fuerte, seguro que sales pronto de aquí.

A pesar del hambre y la sed que tenía, pronto, o tarde, no lo sé, volví a caer en un profundo sopor. Desperté bastante más descansada, hambrienta y sin saber qué día ni qué hora era. Pero a mi lado tenía un generoso plato de mi comida favorita, junto con una gran botella de agua. Lo primero que hice fue dar un gran trago de agua, para que mi reseca garganta se recuperase. Después devoré aquel plato de pasta con ansia a la luz de la pequeña bombilla que inundaba de luz todo el cuarto. Estaba fría. Debía llevar horas allí.

Hice cuatro más de aquellas comidas. Cuatro platos distintos, elaborados con sumo esmero, como si los hubiera preparado un chef de alta cocina. Todos eran mis favoritos. Pasaba el tiempo dormitando y comiendo, haciendo mis necesidades más primarias en un rincón, que a cada despertar estaba pulcramente limpio. ¿Quién podría mantenerme cautiva de esa manera? Y lo que más me preocupaba, ¿por qué?

Ni si quiera se me había pasado por la cabeza que pudiese ser mi novio. La última noche estaba difusa en mi cabeza, habíamos bebido mucho vino y fumado algo. Recuerdo su declaración de amor, mi felicidad, ese nunca te dejaré escapar de mis brazos, retazos de un encuentro sexual sobre el sofá de su casa…

Por eso, la sorpresa que me llevé fue enorme cuando, a la luz siempre brillante de la pobre bombilla, le vi bajar por la trampilla que daba acceso al sótano. Jamás imaginé que cuando me dijo que quería pasar conmigo el resto de su vida y que nunca me dejaría escapar, se estaba refiriendo a esto…

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”.  Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.