Reto literario: “Confesiones”

 

CONFESIONES
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Hoy os traigo el nuevo “relato” para el reto actual de Psheda, en su octavo miércoles de #escribirparaliberar. Para esta semana consistía en lo siguiente:

‘Hoy confieso: una mentira, un daño, una equivocación jamás admitida.’

Creo que hasta ahora este ha sido el más difícil. Aparte del estilo que le quiera dar al reto, mezclándolo con algo de creatividad literaria, soy yo en estado puro. Seguro que más de uno se sorprende. Es lo que hay.

 

CONFESIONES

Cuando la otra tarde nos reunimos el grupo de amigos de costumbre en casa de Ángel y nos pusimos a jugar a aquel juego, no tenía ni idea de lo complicado que iba a resultarme. Cuando me hablaron del juego pensé de inmediato en el “verdad, beso o atrevimiento” de toda la vida. Y no dudé en aceptar entrar en el juego. Pero lo que en principio debía ser una tarde de diversión con los amigos, se convirtió en un auténtico sufrimiento para mí. Los niños se lo estaban pasando en grande en una habitación diáfana que había en la casa y estaban por completo ajenos a nuestra tontería.

No tengo ni la más mínima idea de quién llevó el juego. Sí puedo decir que parecía un juego de mesa al uso, de los más tradicionales, con un tablero y unas tarjetas tipo Monopoly, en el que ibas avanzando por la vida. En aquellas sencillas tarjetas, en apariencia inofensivas, había varios apartados, siendo uno de ellos el llamado “Hoy confieso”, que sería el que se convertiría en mi tortura de aquella tarde.

Para hacer más interesante la partida, entre todos decidimos que la prenda a pagar por no cumplir con lo que pedía la tarjeta sería un chupito de licor. Os podréis imaginar cómo terminó aquello. Algunos, borrachos como cubas, vivían felices su borrachera sin importarles nada más. Otros, más sobrios que de buena mañana, lucían en la cara los signos de la vergüenza. Más de un enfado salió de aquella tarde y varias relaciones dañadas. ¿Quién sería el que tuvo la brillante idea de llevar aquel juego? Con lo fácil que hubiese sido echar unas rondas de mus, como hacíamos siempre que la tarde era desapacible para salir fuera.

He de confesar que yo no bebo, mi único vicio tanto confesable como inconfesable es el tabaco, por lo que yo formaba parte del grupito de sobrios avergonzados. Sé que fácilmente podría haber cubierto la tarde con alguna mentira, pero es en esos momentos cuando aflora mi integridad moral y me lo impide. En mi tarjetita de “Hoy confieso” se me pedían tres cosas: una mentira, un daño y una equivocación jamás admitida.

La mentira fue lo más fácil para mí. Incapaz de mentir por naturaleza, lo único que había contado en mi vida eran mentiras piadosas y alguna que otra omisión de la realidad, aunque eso no lo consideraba como una mentira. Así que tuve que rebuscar bien en mi interior para encontrar esa mentira. Me llegó a la mente brillando con luz propia, era la mayor mentira que había contado jamás, pero me exculpa pensar que prácticamente el cien por cien de la población la cuenta. Sí, lo reconozco, he mentido a mis hijos durante años contándoles historias acerca de los Reyes Magos y de Papá Noel. Incluso un año me inventé que Rudolf, el más importante de los renos de Papá Noel, se había hecho daño en una patita y por eso ese año Papá Noel solo podría traer un regalo, porque Rudolf no podía con más peso… “Así que sí, confieso que he mentido, crucificadme si queréis por ello”, les dije a mis amigos sacándoles la lengua.

Tener que confesar un daño fue algo más complicado. Sobre todo si tengo en cuenta que en mi esencia no tiene cabida dañar a nadie. A veces de buena, peco de tonta, ¿qué le vamos a hacer? Y, si lo pienso con seriedad, el mayor daño siempre me lo he hecho a mí misma. Y continúo haciéndolo. Me dañé muy seriamente durante años aguantando una situación insoportable. Todos se quejaban de que eso no valía, que tenía que ser un daño causado a otra persona. Y, de momento, creo que es algo que no he hecho. Quizá en un futuro, ¿quién sabe? Lo más seguro es que sí, pero de momento lo que hay es lo que hay. Se pusieron tan pesados con el tema que tuve que confesar que sí, el mayor daño me lo estaba haciendo a mí misma cada vez que me autolesionaba como consecuencia del rechazo hacia mí misma que me había creado toda esta situación. El silencio se volvió sepulcral, nadie tenía ni idea de eso. De verdad que le eché valor a la cosa…

Por último, tuve que confesar una equivocación que jamás hubiera admitido. Aunque en varias ocasiones ya había hecho alguna alusión al tema en tono de media broma, lo cierto es que nunca había admitido abiertamente que me había equivocado de profesión. Que a mis cuarenta años, reconocía haber fallado estrepitosamente cuando escogí mi camino profesional, y que esto solo me había producido frustración, escudándome durante años en un “a mí me gusta lo que hago”, que no se sostenía de ninguna de las maneras pero que al fin lograba convencer a mi entorno. Ahora que me lo pregunto, ¿podría considerarse esto también como una mentira? No, no creo, porque cuando yo decía esa frase, realmente me la creía. Aún no había abierto los ojos a la gran verdad que se extendía ante mí.

Lo bueno de aquella tarde es que no fui de las que terminó bailando sobre las mesas escudando las verdades tras alcohol, ni tampoco provoqué ningún enfado. Puede que mi pareja me mirase raro cuando confesé que a lo mejor en un futuro podría hacer daño a alguien, pero tampoco le di mayor importancia. Lo que sí sé es que mis amigos se quedaron preocupados por mí, porque la tontería esa de depresión que tenía encima, al parecer no era tal tontería.

Y sí, sigo pensando que el mayor daño que he hecho ha sido a mí misma, que la mayor mentira que he dicho me la he contado a mí misma, y que la mayor equivocación que jamás me atreví a confesar me dañaba directamente a mí. Puñetero juego, ¿a quién se le ocurriría? Mejor me hubiera ahogado las verdades en alcohol.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

logo_SafeCreative

 

Anuncios

Reto literario: “Balances sin cuadrar”

Reto literario: “Balances sin cuadrar”

 

BALANCES SIN CUADRAR
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Os traigo hoy mi participación en el anterior reto #escribirparaliberar, de Psheda. En este caso, para el reto #8, se solicitaba lo siguiente:

Describe los logros que has tenido en el último año.

A los que no estáis participando, os animo a hacerlo. Es un reto muy terapéutico, además de innovador.

 

BALANCES SIN CUADRAR

Se acerca ya el fin de año. Dentro de poco volveremos a adentrarnos en las frenéticas fechas en las que la alegría parece llenar los hogares a raudales, las compras volverán a dejar tiritando nuestras ya mermadas cuentas corrientes y la humanidad y el hermanamiento parecen llegar por fin a instalarse entre nosotros, aunque bien sepamos que tienen una fecha de caducidad concreta: el día siete de enero. Parece que alguno de los ingredientes del roscón de Reyes hace que volvamos a abrir la vista a la devastadora realidad y a la cruel rutina. Necesito saber cuál es, para no ponérselo este año…

En fin, como decía, con el fin de año llegan también las listas de buenos propósitos que quedan sin cumplir y se repiten año tras año, y los consabidos balances del año que se va. Yo nunca lo hago, al balance me refiero, porque los buenos propósitos siempre son un sin fin. Siempre despido cada año con un alto y claro “vete a la mierda” y me preparo para un nuevo año que siempre parece que va a ser mejor, para terminar despidiéndolo de la misma manera.

Pues este año no. Este año voy a hacer balance, sí, pero solo de las partidas que van al debe. Dejaré mi balance descuadrado, porque toda partida en el debe tiene que tener su contrapartida al haber, y me da la sensación de que mis anotaciones en el haber van a ser mayores que los apuntes en el debe y el balance va a quedar sin cuadrar de igual forma, así que solo me voy a centrar en las entradas, en los logros, en las alegrías.

Y, joder, es difícil encontrar esas partidas del debe. Quizá hubiese sido mejor dirigirme directamente al haber y podría rellenar con total seguridad un gran listado. Echo la vista hacia atrás, a este año 2017 que tan buena pinta tenía, porque termina en uno de mis números preferidos y eso solo podía representar cosas positivas… Pues no, he aquí otro año digno de mandar a la mierda y sentarse cómodamente a esperar a 2018 y buscarle una buena rima.

Lo pienso, lo pienso, le vuelvo a dar otra vuelta, y no puedo más que poner cara de póker y pensar, ¿qué coño he logrado este año? Pero, al final, después de pasar de la cara de póker a la de incredulidad, de esta a la de frustración, de esta última a la de rabia, y de la rabia a la de tristeza, consigo quitarle a esa cara de tristeza el rictus amargo y ponerle una sonrisa. ¡Sí, por fin lo consigo!

Al final, las cosas más sencillas son las que son tus mayores logros. Y a mí este año me ha dado el mejor de todos, confirmando que lo esencial es invisible para los ojos. Mi mayor logro de este año ha sido que la vida ha puesto en mi camino personas maravillosas, personas humildes y de gran corazón, que te dan el apoyo necesario para salir adelante. Muchos amigos, de los de verdad, aunque haya la mayor de las distancias de por medio. Y ese es mi mayor tesoro. Mi mayor logro.

Este año la balanza sí se inclinará hacia el lado positivo, hacia el lado en el que estáis vosotros. Gracias a vosotros, gracias 2017.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

logo_SafeCreative

 

Reto literario: “Las noches de Sandra”

LAS NOCHES DE SANDRA

Esta es mi colaboración para el reto semanal que propone la fantástica página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Esta semana, basado en la imagen  mostrada arriba.

LAS NOCHES DE SANDRA

La habitación de Sandra era preciosa, propia de una niña de su edad. Pero, además, ella se encargaba siempre de mantenerla recogida y ordenada. No había ninguna cosa fuera de su lugar. Los estantes, perfectamente ordenados. Los peluches, colocados con la estrategia perfecta para mantener una simetría planificada dentro de su pequeña cabecita de siete años. Su mesa, esa en la que cada día dedicaba un pequeño rato a hacer los deberes de la escuela, ordenada de tal manera que siempre podía encontrar lo que estaba buscando. Los lápices de colores cuidadosamente colocados por tonos en un portalápices fabricado por ella misma. Aquella habitación era el orden personificado en una pequeña niña de pelo moreno y perfectas trenzas enmarcándole el rostro.

Pero la habitación de Sandra, cuando caía la noche, se transformaba por completo. El gran ventanal que había junto a su cama siempre estaba abierto, de manera que las estrellas y la luna se pudiesen colar en su cuarto. Sandra se sentaba sobre la cama, en una especie de duermevela que no podía evitar, a esperar a que comenzase la magia, noche tras noche. Y la magia empezaba a mostrarse ante sus ojos, todas y cada una de las noches. El cuarto se iluminaba, los peluches cambiaban su posición habitual y se situaban muy cerca de ella. Luces de todos los colores aparecían de la pared que se encontraba frente a su cama. El espectáculo era realmente mágico.

Los primeros días Sandra se asustaba mucho cuando comenzaba aquel desfile de magia ante sí. Se tapaba la cabeza y se acurrucaba en un rincón de la cama mientras podía continuar viendo a través de sus párpados cerrados cómo su habitación se convertía en un desfile de luces y colores. Frente a ella siempre se presentaban lo que pensaba que eran un par de ojos diabólicos y ello la llenaba de un profundo terror. Pero jamás se fue del cuarto. Fue una vez que se había habituado a ello, cuando comenzó a sentarse en la cama a esperarlo.

Siempre ocurría en el mismo instante, cuando sus cansados ojitos de niña comenzaban a velarse por el sueño. Era entonces cuando los peluches se disfrazaban con sus accesorios preferidos y se colocaban muy cerca de ella, prestos también a disfrutar del espectáculo. Lo que en un principio creyó unos diabólicos ojos venidos del inframundo, resultaron ser dos maravillosas mariposas doradas que inundaban de luz la estancia. Revoloteaban a su alrededor, dejando estelas de luces de los más variados colores, siempre alegres, siempre brillantes. En ocasiones, creía distinguir unas pequeñas voces muy suaves que la invitaban a tener un dulce sueño reparador.

Y así, poco a poco, Sandra se iba quedando dormida profundamente cada día, envuelta en un mágico espectáculo de luz, colores y sonido que la llevaban a viajar en sueños a los lugares más maravillosos y fantásticos.

Jamás contó nada a sus padres de aquello que vivía, la habrían tachado de loca. Pero ella no estaba loca, no, solo tenía una imaginación desbordante.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

logo_SafeCreative

Reto personalizado: “Me perdono”

Reto personalizado: “Me perdono”

EL RETO DE ANA

Tengo que agradecer a Sofía Alonso, del blog Psheda, este reto personalizado que me ha enviado para liberar. Sé el tiempo y la dedicación que le ha tenido que poner, así que el agradecimiento es doble.  Hoy os traigo la actividad 2, que consiste en lo siguiente:

Escríbete una carta para ti misma, pidiéndote perdón en lo que crees que has podido fallar. 

He dejado fluir y ha salido esto, que no es que sea una carta propiamente dicha, pero… se le asemeja bastante.

ME PERDONO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

 

ME PERDONO

Hoy he decidido reconciliarme conmigo misma, mirar en mi interior y buscar todas las fallas que me estén hiriendo por dentro. De vez en cuando nunca viene mal echar una mirada introspectiva y ver cómo estamos en nuestro interior. Y, siendo sincera, voy arrastrando una serie de culpas que van dejando su poso, horadando el corazón y provocando un dolor intenso que está ahí siempre, en el fondo, esperando a salir a la superficie en el momento menos esperado.

Bien podría acercarme a una iglesia y que un sacerdote limpiase mis pecados rezando un simple Ave María o un Credo. Pero resulta que no soy creyente, así que hoy me voy a conceder la sanación de mis pecados desde mi interior, el mejor templo al que se me ocurre asistir.

Hoy me perdono. Me perdono por tantos días llegando tarde a la escuela por anteponer el trabajo a mi familia. Lo hice lo mejor que pude, pero lidiar con un jefe manipulador no es sencillo y al final siempre estaba en la oficina a la hora de salir del colegio. No quiero hablar de culpas, las reconozco todas como mías, por no saber imponerme, por no saber dar el lugar que corresponde a lo que más quiero en la vida. Pero hoy me perdono por ello. Y me otorgo el perdón a mí misma habiendo establecido con mucha claridad mis prioridades en la vida. Sé que no volverá a ocurrir. Por eso, me perdono.

Hoy me perdono. Me perdono por todos estos meses de ausencia involuntaria. Una presencia corpórea que no estaba realmente en el presente, sino anclada al daño producido por un pasado demasiado cercano en el tiempo. Ahora que reconozco que la enfermedad me ha ganado la batalla, me perdono por ello. Por no haber tenido la fuerza necesaria para vencerla. Pero sigo en la batalla y sé que, al final, la que ganará la guerra soy yo. Porque me he convertido en luchadora, y eso ya no habrá nada ni nadie que lo pueda cambiar. Sé que voy a salir de este pozo inmundo, volveré a estar aquí con la mejor de mis sonrisas y nunca más volveré a estar ausente. Por eso, me perdono.

Hoy me perdono. Me perdono por no haber tenido la fuerza de voluntad necesaria para abandonar el peor de mis vicios en un momento en el que todos me requerían que lo hiciera. Pero lo he intentado, y con eso me basta. De momento, con eso me basta. Todo tiene su momento y el mío no era este. Y lo venceré, porque las luchadoras siempre vencen. Por eso, me perdono.

Hoy me perdono. Me perdono por toda esa irascibilidad acumulada durante los largos meses de enfermedad. Me perdono por los gritos lanzados al aire, por los que no iban lanzados al aire, por la ansiedad que me inunda la vida ante el menor de los contratiempos. Porque sé que todo es consecuencia del mismo proceso. Y que de él saldré, ya lo he dicho y lo confirmo. Por eso, me perdono.

Hoy me perdono. Me perdono por no tener el físico perfecto para mí que siempre he deseado y que había logrado. Por no haber visto con anticipación el efecto que la medicación estaba haciendo en mi cuerpo. Por eso ahora derramo sudor al intentar hacer una carrera o sobre una bicicleta. Por eso aguanto hasta que ya no puedo dar más de mí misma. Me perdono también por los atracones que de vez en cuando me doy cuando la ansiedad está en su pico más alto. Pero hace tiempo que aprendí a controlar las crisis sola y creo que eso tiene su mérito, aunque sea mínimo. Por eso, me perdono.

Hoy me perdono. Me perdono por no haber sabido expresar con palabras lo que determinadas situaciones producían en mí. Por haber sido presa de un miedo paralizante que me impedía parar los pies a determinadas personas y expresar lo que estaba sintiendo, lo que de verdad pensaba. Era débil, o soy débil, no creo haber encontrado aún la fuerza y la autoestima suficientes para afrontar ese tipo de situaciones sin hacerme pequeñita. Pero estoy trabajando en ello. Todo lo que he logrado me lo he currado yo solita. Sola. Por eso, me perdono.

Por último, hoy me perdono. Me perdono por todo el daño que haya podido causar a alguien sin tener consciencia de ello. Dentro de mi naturaleza no entra el dañar a los demás, por lo que todo daño que provenga de mí ha de ser de manera involuntaria. Pido perdón si alguna vez he herido u ofendido a alguien. Y me perdono a mí misma por ello. Es inconsciente. Por eso me perdono.

Podría terminar imponiéndome una penitencia, pero creo que con este ejercicio de introspección he cubierto con creces cualquiera de ellas. Por eso, también, me la perdono.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Reto literario: “La atracción”

Reto literario: “La atracción”

 

LA ATRACCIÓN
Imagen: Pixabay (editada)

 

Hoy os traigo el nuevo “relato” para el reto actual de Psheda, en su séptimo miércoles de #escribirparaliberar. Para esta semana consistía en lo siguiente:

‘Escribiremos en forma de cuento cómo nos sentimos en este momento. El cuento no tendrá que superar la carilla de papel.’

Después de las cartas de la semana pasada, este ha parecido más sencillo (que no fácil, ¿eh?). Et voilá, c’est moi.

 

LA ATRACCIÓN

Había una vez una muchacha, porque el término mujer le venía grande, aunque tenía que reconocer que lo era, y con todas las letras, que vivía montada en una eterna montaña rusa de la que no era capaz de bajar. Un buen día, sin comerlo ni beberlo, se subió en la montaña rusa por equivocación, y desde entonces no ha encontrado el modo de bajarse de ella. Y esta muchacha, bueno mujer, lleva ya un año y medio montada en la atracción estrella del parque de atracciones.

Aquella atracción funcionaba sin descanso, ni durante el día ni por la noche, así que imaginaos cómo tenía la cabeza nuestra amiga, que ya no sabía si estaba subiendo, si estaba bajando en picado o realizando un looping en tirabuzón.

Había días que aquella montaña rusa funcionaba más lenta que en otros, debía ser porque los operarios se habrían tomado el día libre o algo así. Otros, en cambio, viajaba a una velocidad vertiginosa. Tanto, que daba hasta miedo. Así que nuestra amiga, llamémosle por ejemplo Alicia, vivía siempre con el terror de cómo amanecería cada día aquella montaña rusa.

La verdad es que desde fuera tenía una apariencia incluso atractiva, pero una vez que te habías montado, era imparable. Hay leyendas que cuentan que hubo gente que lo ha conseguido, pero seguramente sean antiguos cuentos de viejos, de esos que van cambiando según van saltando de boca en boca.

Había veces que Alicia llegaba a tocar el cielo con las manos, de lo alto que subía aquella montaña rusa. Y entonces ella se sentía bien, libre, poderosa, fuerte. En cambio, había otras en las que descendía a tal velocidad que parecía se fuese a adentrar en la tierra hasta llegar al mismísimo infierno, y se sentía débil, triste, melancólica. Pero lo peor no era eso, no. Lo peor era cuando la vagoneta comenzaba a girar en un looping infernal que le alborotaban las ideas y le hacían tener pensamientos extraños.

En las últimas semanas, Alicia había notado un cambio considerable en el funcionamiento de aquel artefacto infernal. Y es que, cuando subía, en lugar de bajar de forma rápida, como hacía al principio, permanecía durante más tiempo en la zona alta. También se había dado cuenta de que, cuando bajaba, no lo hacía a tanta velocidad y no descendía tan abajo. Aquello debía ser una buena señal. Quizá se estuviera quedando sin alimentación la gran maquinaria que escondía en su interior. Ya casi no había loopings, lo que resultaba un gran alivio para Alicia, que ya había tomado la costumbre de vomitar el desayuno, la comida o lo que tocase, cada vez que la dichosa montaña hacía alguno.

Y así, Alicia continuaba esperando día tras día, que algún agraciado operario se apiadase de ella y decidiese dar al botón de stop algún día. Ella llegaba perfectamente a pulsarlo, sobre todo cuando la montaña hacía su recorrido más lento, pero lo cierto es que le daba miedo…

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

 

Reto literario: “Invisible para los ojos”

Reto literario: “Invisible para los ojos”

 

INVISIBLE PARA LOS OJOS
Imagen: Pixabay (editada)

 

Os traigo hoy mi participación en el anterior reto #escribirparaliberar, de Psheda. En este caso, para el reto #7, se solicitaba lo siguiente:

Elige la frase o cita que más te guste y explica el por qué de tu elección.

A los que no estáis participando, os animo a hacerlo. Es un reto muy terapéutico, además de innovador.

 

INVISIBLE PARA LOS OJOS

Tumbados en el sillón, acurrucados, acaramelados, en esta fría y lluviosa tarde del año, me pierdo en ti. Me pierdo en tus ojos color azabache, en tu barba suave y sedosa, en tus besos inesperados, en tus horas de conversación interminables. Porque cuando estamos juntos, no necesitamos nada más, ni libros ni mucho menos televisiones que llenen nuestro silencio. Porque, aunque sean pocos los silencios, también los hay, y son silencios dulces, cómodos, reconfortantes.

Llevamos toda la tarde aquí, abrazados, hasta que vemos caer la noche como un telón de fondo tras la ligera cortina que colorea nuestro salón en penumbras. Comenzamos hablando de Schopenhauer, pasamos por Quevedo, dimos un repaso a los cuadros de Miró, hablamos de la lluvia, del otoño, del amor. Y después de todo esto, me preguntas:

—    ¿Cuál es la frase que más te gusta?

Sé que lo haces porque me has visto apagarme como lo hace el día, como este domingo que nos alejará durante otros cinco largos días, porque la melancolía hace rato que empezó a cubrir mi rostro. Y cumples tu cometido como siempre lo haces, sacándome una sonrisa.

—    Pero si lo sabes de sobra… Te lo habré dicho ya cerca de mil veces…

Me miras con una gran sonrisa que no sé identificar si como el preludio de algo mejor o como tu manera de hacerme ver que vas a liarme a soltar el mismo discurso una vez más, y eso te divierte.

—    Lo sé, pero me gusta escucharte cuando hablas de ella. Las mejillas se te encienden y la sonrisa brilla casi tanto como tus ojos. Anda, cuéntamelo otra vez.

Y claro que te lo cuento, mil veces y millones si me lo hubieses pedido.

—    “Solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos”.

Tu silencio te delata. Quieres que continúe hablando para distraer mi absurda mente de los irracionales pensamientos que están comenzando a invadirla. Porque sabes de mi pasión por El Principito y porque sabes que esa cita es por poco una filosofía de vida para mí.

El Principito marcó un antes y un después en mi vida. Enamorada quedé de Saint-Exupéry después de leer aquella pequeña pero aleccionadora historia que había encontrado aburrida en mi niñez. Y sabes que elijo esa frase como podría haber elegido cualquier otra, pero que con esa se resume a la perfección lo que piensa mi corazón. Porque no me guío por corazas, ni por apariencias, sino por lo que guarda enfrascado un corazón, esa esencia, la más valiosa del mundo, que solo se puede apreciar con otro corazón. Por eso no valoro imágenes, ni absurdas manifestaciones intelectuales, porque solo miro con los ojos del corazón, esos que son capaces de ver lo invisible, el interior de las personas, lo que en verdad esconden tras los escudos que el ego ha fabricado para protegerlas.

Y me emociono al contarte otra vez la misma historia. Porque has vuelto a escucharla en silencio y mi corazón me dice mucho acerca de tus sentimientos hacia mí. Y dos tímidas lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas y las recoges con un beso. Y ese beso llega de forma directa a mi corazón, que solo puede apreciar una cosa, invisible por completo a los ojos, un sentimiento correspondido, esencial, ese que ni tú ni yo nos atrevemos aún a llamar amor.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Reto literario: “Sororidad”

Reto literario: “Sororidad”

 

SORORIDAD
Imagen: Pixabay (editada)

 

 

SORORIDAD

Somos todas mujeres en la sala. No podemos dejar de sernos fieles a nosotras mismas y luchar por lo que queremos. Aquí estamos todas, juntas, en sororidad, acunándonos las unas a las otras, mientras al mismo tiempo luchamos por la gran utopía de nuestra vida. Que exista un mundo de igualdad, donde no tengamos que hacer ver nuestra valía y donde la violencia de género sea cosa de un pasado muy, pero que muy remoto.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este micro-relato es mi aportación al reto Cinco Líneas del mes de noviembre, del blog de Adella Brac.