Reto literario: “A quien pueda interesar”

Reto literario: “A quien pueda interesar”
A QUIEN PUEDA INTERESAR
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A QUIEN PUEDA INTERESAR

En los últimos tiempos está bastante de moda hacer listas de regalos. Da igual que sea para una boda, una comunión, un bautizo, el nacimiento de un bebé o la graduación del sobrino de Cuenca. La gente hace estas listas para todo. He de reconocer que nunca he hecho una de esas listas, que ni siquiera las he consultado y que no tengo la más mínima idea de cómo funcionan.

Pero como hay que estar a la última en todo, porque si no enseguida te cuelgan cualquier apelativo que te pueda generar un cierto mal rollo, hoy he decidido hacer mi propia lista. Como no sé cómo funcionan, ni dónde hay que hacerlas, me he tomado la libertad de hacerla aquí mismo, en mi cuaderno, ese que me acompaña siempre a donde quiera que voy, y así se la puedo enseñar a cualquier persona con la que me tope, para que sepa que tengo una lista y que está invitado a colaborar con ella en lo que le plazca.

Me ha costado un buen rato discurrir los elementos que iba a incluir en la lista, no os creáis. Porque si ponía pocos, se cumplirían enseguida y se acabó la lista. Pero si ponía muchos, seguro que alguien me tacha de avariciosa y me quedaba sin muchos de ellos. Así que he decidido fijar el número en veinte. Sí, veinte creo que es una buena cifra. Veinte cosas que os aseguro que me harían muy, pero que muy feliz. No hace falta que os diga que estáis todos invitados a colaborar conmigo, que un grano no hace granero, pero ayuda al compañero, o al menos eso dice el refrán.

Me dejo de charla porque para cuando lleguéis a leer la lista ya estaréis aburridos y no la querrá leer nadie, así que, sin más preámbulos, aquí va mi lista de veinte cosas con las que me haréis feliz.

  1. Un buen café por la mañana. O por la tarde. O por la noche. Vamos, que cualquier momento es bueno si queréis invitarme a tomar un café. Este punto también es aplicable para la cerveza y demás espirituosos.

 

  1. Unos «buenos días». Siempre, siempre, buenos días. No hay cosa que me dé más rabia que llegar a un sitio o cruzarte con alguien y que no respondan a tus «buenos días». Pero con alegría, ¿eh? Que hay formas y formas de decirlo. ¡Ah! Y un «que tengas un buen día» al despedirnos tampoco estaría nada mal.

 

 

  1. Una sonrisa. Regálame una sonrisa e inmediatamente me pondrás a mí una en la cara. El efecto es milagroso. Sonríeme, por favor.

 

  1. Un fuerte abrazo. Pocas cosas hay que reconforten tanto como un buen abrazo, fuerte, duradero y, a ser posible, acompañado de un movimiento oscilante de izquierda a derecha, acunándome. Llevo ya muchos años conociéndome, unos cuantos, y he llegado a la conclusión de que la media de abrazos que necesito al día para estar feliz son diez. Así que ya sabéis, os podéis aprovechar de este regalo varios…

 

 

  1. Un beso. Bésame, bésame mucho. Pero nada de apoyar un moflete y lanzar besos al aire. Eso no vale, ¡no son besos! Yo quiero besos de los que suenan y mojan, de los que aprietan. Al igual que con el abrazo, este regalo también está permitido para muchos de vosotros.

 

  1. Un beso apasionado. Reservado para esa persona que ya sabe quién es.

 

 

  1. Una caricia. Aunque sea un solo roce con la mano… El poder de la caricia está casi, casi, a la altura del abrazo. Depende, claro está, del tipo de caricia…

 

  1. Un anochecer. No hay nada que me relaje más que ver cómo el sol se va ocultando. Da igual el lugar, playa, montaña o ciudad. Acompáñame y seré feliz.

 

 

  1. Un amanecer. Igual de relajante que un anochecer pero con el contra de que hay que levantarse temprano… Podéis acompañarme también a ver el amanecer, pero que conste que prefiero el anochecer…

 

  1. Sexo, sexo, sexo. Personita que tiene reservado el beso apasionado, también te ha tocado este. Se ruega la abstención del resto.

 

 

  1. Una tarde de juegos con mis hijos. Esto solo lo pueden conseguir ellos, así que los demás también estáis exentos de este regalo. No os quejéis que os estoy liberando de unos cuantos.

 

  1. Sentir la lluvia en la cara. Ya sé que aún no se puede controlar el tiempo y no me podéis regalar una tarde de lluvia, pero es que disfruto tanto con eso… Si veis una tarde lluviosa, dadme un toque y acompañadme a caminar, a bailar, a pisar charcos…

 

 

  1. Desayuno, comida, merienda o cena con los amigos. Si puede ser todo junto, mejor que mejor. Aquí hago un llamamiento especial a mis chicas, con las que siempre me siento segura.

 

  1. Una llamada telefónica. Más fácil no lo pudo poner…

 

 

  1. Un libro nuevo. El mejor regalo que podéis hacerme. Ese olor que tienen las hojas de los libros me hace volar… Da igual que tenga muchos, nunca se tienen suficientes. Este es fácil, ¿eh?

 

  1. Una conversación hasta altas horas de la noche. Me encanta. Ya sabéis.

 

 

  1. Cualquier tontería que tenga que ver con la escritura. A saber, bolígrafos, pinturas de colores, marcadores, cuadernos… A vuestro gusto, hay un amplio abanico con el que me podéis sorprender.

 

  1. Unas botas. Aquí empiezo mi lista de cosas materiales de verdad, ejem, las que cuestan dinero. Muero por las botas. Altas, bajas, con tacón, planas, ¡cómo queráis! Eso sí, aseguraos que son un número treinta y nueve, por favor.

 

 

  1. Bolsos. Decenas, cientos, miles, de todos los tamaños y colores. Solo una salvedad, aplicable también a las botas, abstenerse de animal prints.

 

  1. Un viaje al Caribe. Para los más atrevidos y solventes. ¡Pero qué feliz me haría! Si queréis triunfar con vuestro regalo, ¡este es el vuestro!

Bueno, pues aquí tenéis mi lista de regalos. Podéis iros apuntando al que mejor os apetezca. ¡Se permite repetir regalos! Como compensación, siempre tendréis mi más sincero agradecimiento.

Como no sé cuántos de vosotros os apuntaréis, dejo la lista abierta a quien pueda interesar…

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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16. LOCOS

 

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Reto literario: “Juegos de niños”

Reto literario: “Juegos de niños”

 

JUEGOS DE NIÑOS
Imagen tomada de la red

 

JUEGOS DE NIÑOS

Eran aún unos críos, ninguno de los dos llegaba a los diez años, pero su amistad podía servir de modelo para la de muchos adultos. Inseparables siempre, jamás habían dejado el uno al otro en la estacada. Jugaban juntos, celebraban juntos y también daban la cara juntos cuando era necesario. Para ellos, que aún  estudiaban en la escuela y sus obligaciones eran mínimas, la vida era un precioso juego.

Eran felices, sus familias les querían, tenían muchos amigos y las notas no iban mal, mejorables, pero buenas al fin y al cabo. Aún creían en la magia de los Reyes Magos, en ese curioso ratoncito que les traía un regalo cuando se les caía un diente, en los superhéroes y en las princesas de cuento.

Comenzaron a ir juntos a la escuela el año en que ambos cumplían los once. Solos, sin que ningún adulto les acompañase, se sentían ya mayores. E importantes. Se creían importantes para un mundo que solo mira hacia su propio ombligo en cualquier situación.

Cristina comenzó a madurar ese mismo año. Daniel no supo seguirle el ritmo. Así que cuando ella, que ya tenía todas las hormonas revolucionadas por culpa de la pubertad, le pidió que fueran novios, él no supo qué hacer. Le invadió un miedo tan repentino que salió corriendo dentro de la burbuja en la que todavía andaba metido, alejándose de ella. Cristina, sin saber cómo actuar ante el comportamiento de su amigo, se quedó en su propia burbuja, acobardada y decepcionada.

Aquel año, las burbujas en las que habían vivido durante su niñez les explotaron en pleno rostro. De pronto, los Reyes Magos no existían, el ratoncito Pérez tampoco, ni siquiera los superhéroes ni las princesas de cuento. Daniel aprendió que la vida no era tan fácil, que hay veces que te exige compromisos que no eres capaz de aceptar. Cristina aprendió que la vida no era tan fácil, y que quien menos te lo esperas te puede decepcionar en el momento más inesperado.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Este relato es mi primera contribución a los retos literarios del grupo de Facebook “El bic naranja: viernes creativos”. La casualidad ha querido que Facebook me bloquease en estas fechas y no lo he podido publicar en el grupo y como ya hay un nuevo reto, he decidido publicarlo al menos aquí. Espero que las siguientes contribuciones ya puedan llevar el orden correcto.

Reto literario: “Arrepentido”

Reto literario: “Arrepentido”

 

ARREPENTIDO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

ARREPENTIDO

Llegado ya este momento en el que no tengo nada que perder, creo que he de ponerme al día con todos los asuntos pendientes. Sé que tengo muchos sin resolver y no me estoy refiriendo precisamente a los temas del trabajo. A esos que les den, con perdón. Pero es verdad, ya no voy a perder más el tiempo en ello. Es hora de mirar atrás e intentar reparar todo el daño causado, y después, a vivir, que son dos días y nunca mejor dicho.

Tengo tantas cosas por las que pedir perdón que podría pasarme una eternidad haciéndolo, pero el tiempo es el único que precisamente no me sobra. Disculpadme, pero a estas alturas ya no puedo poner remedio a todas las cosas que he hecho mal si tengo que ir haciéndolo una por una. Por eso, os pido que aceptéis de mi parte una disculpa global.

Sí, ya sé que no estoy esforzándome lo necesario. Los que me conocéis bien sabéis que nunca he sido de hacerlo. Pero ya no puedo hacer otra cosa, así que lo haré en mi línea, como siempre. Genio y figura hasta la sepultura.

Así que os dirijo estas palabras con las mejillas enrojecidas, más por el rubor que por el calor de este insoportable mes de agosto, porque lo cierto es que me cuesta más de lo que imaginé que me supondría. Siempre me ha costado, ni no hubiese sido así, ahora no tendría que hacer este trabajo. Pero ya no hay más remedio. O lo hago ahora, o callo para siempre, porque ya no tendré oportunidad de hacerlo.

Por eso hoy, a diecisiete de agosto de 2017, os muestro mi más sincero arrepentimiento. A todas aquellas personas que he fallado a lo largo de mi vida, a las que he mentido, a las que he engañado, a las que mi orgullo les cerró la puerta. A todos aquellos a los que he calumniado, insultado, a los que les he hecho  la vida imposible, a los que he guardado rencor desde hace años. A todos ellos, les pido mis más sinceras disculpas.

Pero, sobre todo, a todas aquellas personas a las que he estafado durante estos años. A los que confiaron en mí, creyendo que era una persona muy diferente de la que soy en realidad. Sobre todo a ellos. Les ruego sepan perdonarme ahora que me voy, ahora que solo me quedan dos días para estar entre vosotros. Para todos vosotros, os envío mi más sincero arrepentimiento desde estas humildes líneas que escribo con mano temblorosa, mientras las lágrimas amenazan con saltar desde mis ojos en una catarata mortal.

Me arrepiento, sí, pero no por ello voy a dejar de cumplir mi sueño en estos dos últimos días de vida. Por ello también os pido perdón.

Ya he cumplido mi sueño, ahora solo me queda materializarlo. Después de tantos años recurriendo a la estafa, he conseguido la suma necesaria para salir del país y comenzar una nueva vida llena de lujos muy lejos de aquí. En solo dos días mi avión estará volando hacia un destino desconocido para todo el mundo, incluso para mi esposa. Me acompañará mi fiel secretaria, a la que muchos de vosotros ya conocéis.

Por eso también te pido perdón de manera directa a ti, cariño, por todos estos años que me has soportado. No quería hacerlo, pero entiéndeme, era mi sueño y los sueños están para cumplirlos.

Cuando leáis esto, ya no me encontraré entre vosotros. Así que no os queda otra que perdonar y continuar con vuestras vidas. En compensación, me daré un baño en cualquier playa paradisiaca por todos y cada uno de vosotros. Entonces sí tendré tiempo.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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09. PACIENCIA

Reto literario: “Sin descanso”

Reto literario: “Sin descanso”

 

ENERO-18 - SIN DESCANSO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

SIN DESCANSO

Llevo meses sin poder dormir. Cada día vienen a visitarme cientos de personas y, cuando creo que ya ha llegado el último y me puedo retirar, ya está otra alma llamando a mi puerta. Voy a tener que hablar con San Pedro, porque esto no me parece justo. Él siempre está descansando desde que el mundo se convirtió en un lugar de guerras e insolidaridad. Nunca pensé que fuese tan duro el trabajo de ser diablo.

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Aquí os dejo mi colaboración del mes de enero en el #reto5líneas del blog de Adella Brac. Espero que os haya gustado.

Reto literario: “No te aguanto más”

Reto literario: “No te aguanto más”

 

NO TE AGUANTO MÁS
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NO TE AGUANTO MÁS

Lucía se dirigía al trabajo cada día igual que los cerdos cuando los llevan camino del matadero. Eso es exactamente lo que sentía durante el trayecto en coche, durante el paseo hasta la oficina, durante la subida en el ascensor y durante el avance por el largo pasillo que desembocaba en su pequeño despacho.

No es que no le gustase su trabajo. Al contrario, le apasionaba. No en vano era su profesión, a la que había dedicado largos años de estudio. Lo que no soportaba ni por asomo era el carácter de su jefe. Compartía con él el escaso espacio de que disponían en aquel despacho, durante nueve, diez, doce horas cada día. Y llegó un momento en que aquella situación se hacía insoportable para ella.

No se podía decir de Lucía que no fuese una persona transigente. Era amable, siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás y se caracterizaba por una paciencia infinita. En la atención telefónica había tenido que lidiar con personas de los más variados caracteres y estaba más que acostumbrada a aceptar el talante de los demás como si no fuese con ella, porque realmente no era su problema.

Pero con su jefe era diferente. El carácter de su jefe era tan peculiar que Lucía se sentía perdida cada mañana. Y eso la desorientaba de tal manera que acudía al trabajo con miedo, por el temor a no saber a lo que iba a tener que enfrentarse aquel día. Pero eso no era lo peor de todo, no. El carácter «bipolar» de su jefe no era la mayor de sus inquietudes. El problema es que el buen hombre, por nombrarle de alguna manera, poseía una de las características que más detestaba ella en el carácter de una persona: la soberbia y la prepotencia.

Lucía siempre había tenido un carácter humilde y había considerado a los demás como iguales, se encontrasen en la situación en que se encontrasen. Y aquel hombre tenía un afán de superioridad infinito. Necesitaba dejar claro quién era el que mandaba allí y trataba a Lucía sin el menor respeto. Los gritos estaban a la orden del día. Los imperativos urgentes también. Humillaciones. Dolor.

Una mañana, harta ya de tanta falta de respeto, Lucía decidió poner freno a la situación. Se estaba alargando ya demasiado en el tiempo y se le estaba escapando de las manos. Poco a poco veía como su personalidad iba quedando anulada por culpa de la soberbia de su jefe. Y no solo eso, sino que ya estaba poniendo en duda incluso su propia profesionalidad. Se sentía como una farsante ante los demás, por no hablar de la falsedad tras la que se había tenido que escudar para que el daño recibido fuera menor.

Acababa ella con la situación o la situación acababa con ella. Tenía que decidir. Y decidió. Aquella mañana, ante el primer grito del día, Lucía respiró hondo y, con toda la calma del mundo, se dirigió hacia su jefe:

—Disculpa, pero a mí no me vuelves a gritar así. Soy una persona y merezco respeto. ¡No te aguanto más!

Vio la cara de su jefe ponerse roja de la ira, mientras sus piernas temblaban por la contestación que le acababa de dar. No la volvió a dirigir la palabra en toda la mañana, nada más que para lo estrictamente necesario.

Al día siguiente, Lucía comenzó su jornada laboral con una sorpresa. Sobre su mesa, dentro de un sobre cerrado, se hallaba su finiquito. Sonrió para sus adentros. Al fin se había liberado de su tortura.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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02. AGRADECE

 

Vuelve por Navidad

Vuelve por Navidad

 

VUELVE POR NAVIDAD
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VUELVE POR NAVIDAD

Apoyado sobre su viejo y desvencijado escritorio de madera de roble, ya añeja, vierte sobre su cuaderno, con las manos temblorosas, cientos de palabras inconexas. Ya no sabe por qué escribe, solo le queda un sentimiento que le impulsa a hacerlo, guiado por la pila de cuadernos que hay guardados en aquel cuarto que huele a enfermedad y a leña.

Se encuentra inquieto sin llegar a saber bien el porqué. Quizá sea porque esa señora tan dulce que convive con él ha pasado más veces de las necesarias por su viejo cuarto. Le inspira mucho cariño, pero no podría asegurar que sabe quién es.

La casa lleva ya unos días engalanada de una manera preciosa. Le gusta ese gran árbol que preside el salón y la música alegre con la que ameniza cada mañana su compañera. Se respira otro ambiente, hay aromas nuevos fuera de su cuarto y hoy lleva puesto un pantalón diferente del habitual, de suave pana marrón.

Su mirada se queda perdida durante momentos a través de la ventana, como si esperase la llegada de alguien. Pero no puede ser, él apenas recibe visitas, aunque ese día tiene la sensación de que hay algo diferente a su alrededor. Vuelve la vista a su cuaderno y traza unas cuantas palabras más. Da una pequeña cabezada sobre él. Despierta y vuelve a escribir otro par de palabras sin sentido. «Amor», «soledad», con trazo irregular. No sabe qué significan ni por qué las ha escrito, pero tampoco le preocupa mucho.

Echa otro vistazo hacia la ventana. Ya ha caído la noche y su estómago se queja, reclamándole alimento. Mira en el reloj una hora que no sabe interpretar y se aventura a salir de aquel cuarto en busca de su fiel compañera. La encuentra trajinando afanosa en la cocina. En el horno algo huele de maravilla. Ella se le acerca, le da un suave beso en los labios y le acompaña al salón, donde la mesa está preparada como si fuera una ocasión especial. Se sienta junto a la chimenea a esperar no sabe qué.

Al poco tiempo, suena el timbre de la puerta. Aquella afable mujer sale corriendo a abrir, con una gran sonrisa en los labios. Varias personas entran en la casa con gran algarabía, mientras besan y abrazan a su compañera. Les ve dirigirse hacia él.

De pronto, algo en su mente despierta. ¡Son sus hijos! Acaban de llegar los tres, acompañados por sus parejas. Dos pequeñajos corren hacia él, a agarrarse de su pantalón. Son sus nietos. Los coge a los dos en brazos con la misma fuerza de su juventud y los besa con ganas, sonriente.

—¡María, cariño! ¡Han venido todos! —acierta a decir, con una mezcla de ilusión y melancolía en la voz.

Una lágrima de emoción resbala por la mejilla de María, que se acerca hasta él y lo abraza. Él la corresponde con un cariñoso beso en los labios.

Aquella noche de Navidad, Julián volvió a ser Julián. Y disfrutó de su familia como si fuese el último día de su vida. Todo volvía a tener sentido para él. Charló con sus hijos, jugó con sus nietos, cantó villancicos como antaño hacía y no perdió la ocasión de besar a María en cuanto podía.

A altas horas de la madrugada, cuando todos se hubieron marchado, Julián regresó a su escritorio y anotó en su cuaderno: «Esta ha sido la mejor Navidad de mi vida. No la olvidaré nunca». En el dormitorio, María le estaba esperando. Durmieron abrazados por primera vez en varios años.

A la mañana siguiente, sentado en su viejo escritorio, intenta leer las últimas palabras que hay escritas en él. No comprende nada. ¿Por qué hay veces que escribe cosas tan incomprensibles? El olvido, sin ser invitado, ha vuelto a casa tras Navidad.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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Este relato es mi participación en el concurso #cuentosdeNavidad organizado por Zenda Libros.

HAPPY NEW YEAR

 

Reto literario: “Respira”

 

RESPIRA
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RESPIRA

Virginia llegó a su casa con un auténtico nudo en el estómago, un nudo que estaba tan alto que le impedía hasta la respiración. Había tenido un día desastroso, más que eso, juraría que había sido el peor día de su vida.

Por ponernos un poco en antecedentes, podemos decir que comenzó con un tremendo atasco en el camino del trabajo que la hizo llegar más de dos horas tarde. Cuando, al fin, consiguió llegar, se encontró con una carta de despido sobre su mesa, como consecuencia de los retrasos acumulados. Recogió las pocas pertenencias que tenía en la oficina y fue directa a casa de Ricardo, su novio. Trabajaba por la noche y a esas horas seguro estaría en casa. Lo que más necesitaba en aquellos momentos era un poco de consuelo y un abrazo de su chico. Pero, al llegar, Ricardo no estaba solo. Una guapísima rubia que debía medir unos veinte centímetros más que ella le acompañaba en el silencio de la mañana. Salió de allí sin detenerse a mirar atrás y, en el camino hacia su casa, su coche decidió dejarla también tirada en el carril central de la carretera. Varias horas después, cuando por fin llegó la grúa y tras haber organizado otro monumental atasco, consiguió llegar a su casa. La encontró más vacía y oscura que nunca.

Cerró la puerta tras de sí y permaneció allí apoyada durante unos instantes. Estaba comenzando a hiperventilar y un fuerte dolor le oprimía el pecho. Dudó durante un segundo si llamar a atención médica, pero decidió que ya era lo último que le faltaba aquel día, y reconoció los síntomas como lo que realmente eran: un ataque de ansiedad en toda regla. Demasiadas emociones juntas en un mismo día. Y ninguna buena.

Las lágrimas resbalaban por su rostro mientras se esforzaba por hacer que el aire entrara con regularidad en sus pulmones. Tenía que hacer algo, no contaba con ninguna ayuda para que aquel ataque pasase. Entonces recordó las recomendaciones de su amiga Ana cada vez que se ponía nerviosa. Decidió hacerla caso por una vez en la vida. Quizá no estuviese tan equivocada.

Allí mismo, sentada sobre el suelo de la entradita, cerró los ojos. Tomó aire por la nariz lentamente, mientras iba contando mentalmente hasta cuatro. Sentía cómo su tripa se inflaba como un globo, recordaba que no eran los pulmones los que se tenían que inflar, sino que debía dirigir todo el aire hacia la tripa. Aguantó la respiración durante el tiempo que tardó en contar hasta siete. Después, fue dejando salir el aire por la boca mientras contaba hasta ocho. En la tercera de las respiraciones ya notó cómo el ritmo cardiaco se le estaba normalizando. Las respiraciones eran menos atropelladas a cada momento. Continuó así durante un buen rato, hasta que se sintió por completo relajada. Tan, tan relajada que se quedó dormida allí mismo.

Al despertar, lo único que pudo sentir fue alivio. Alivio por no tener que volver a ese trabajo que tanto odiaba. Alivio por no tener que seguir manteniendo una relación que no funcionaba. Alivio porque por fin iba a tener la excusa perfecta para cambiar de coche.

Después de todo, quizá la vida le había sonreído aquel día.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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