Reto literario: “Familia de acogida”

Reto literario: “Familia de acogida”

FAMILIA DE ACOGIDA

 

FAMILIA DE ACOGIDA

No puedo decir que mi infancia esté siendo fácil. Mis padres me abandonaron en la calle apenas unas horas después de nacer, o al menos eso es lo que me han contado. De ahí que mis primeros años los haya ido pasando en diferentes casas de acogida.

Tan solo tengo cinco años y creo que mi madurez es muy superior a la de cualquier otro niño de mi edad. En fin, las circunstancias te hacen de una manera u otra. Que yo recuerde he pasado por tres familias distintas desde que tengo uso de razón. Imagino que antes iría alguna más, de la que no tengo memoria.

Las conversaciones más largas que he tenido han sido con la asistente social. Ojalá pudiera haberme ido a vivir con ella, es tan bonita, tan simpática… Pero siempre encuentra una familia para que me acoja y al cabo de unos meses vuelvo al internado. No sé por qué nadie me quiere. Si yo procuro portarme bien y apenas hablo con nadie. A lo mejor es por eso, porque no me gusta abrirme a una familia que con gran probabilidad me devolverá al internado. Quizá sea la pescadilla que se muerde la cola. O a lo mejor les da miedo mi pelo color naranja como la zanahoria. Sé que hay gente que tiene ese extraño miedo. Pero yo no tengo la culpa. Simplemente nací así.

Hace un par de semanas, después de otra temporada en el internado, Marisa, la asistente social, vino a verme y me contó que había encontrado otra familia para mí. Que era un matrimonio que no había podido tener hijos y eso hacía que las probabilidades de que me quedase con ellos más tiempo, eran mayores. Incluso hasta mi mayoría de edad. O que incluso cabría la posibilidad de que me adoptasen.

Sé que debería haber dado saltos de contenta, pero no fue así. Otra vez la misma historia, otra vez a conocer una familia nueva que se desharía de mí a la primera ocasión. Ya no tenía ganas de pasar por eso otra vez. Vivía más feliz en el internado. Aún así, como no tenía otra opción, al día siguiente Marisa me acompañó a la casa de mi nueva familia. Me dio un tierno beso en la mejilla, me prometió llamarme y se fue, como siempre hacía.

Desde el primer momento noté algo extraño en aquel matrimonio. Algo que no pude identificar pero que me ha mantenido inquieta desde que llegué aquí, hace ya dos semanas. Apenas hablan entre ellos y mucho menos conmigo. Viven en una casa apartada del resto de la ciudad y ni siquiera tienen un mísero juguete con el que entretenerme. Mis días se limitan a dormir, a comer y a observar por la ventana.

Tienen una obsesión por la comida casi enfermiza. Me obligan a comer cantidades exageradas de una carne de sabor raro, que nunca antes había probado. Es como si quisieran cebarme. Después de comer, claro, caigo rota sobre la cama y a dormir. Es el único momento de calma que tengo, porque por las noches apenas puedo descansar, temiendo que vengan a buscarme en cualquier momento. No sé por qué, pero tengo esa preocupación. No me fío de ellos.

Esta noche, a altas horas de la madrugada, después de varias horas dando vueltas en la incómoda cama sin poder dormir, he bajado a la cocina a buscar un vaso de leche. Eso es algo que a veces me ayuda cuando no puedo dormir. Nunca antes he abierto esta nevera, ellos siempre se han ocupado de todo. Así que imaginaros mi sorpresa al encontrármela llena de piezas de carne humana. Incluso una cabeza, bien visible en uno de los estantes que quedaba a mi altura. Ahora comprendo por qué nunca había probado aquella carne que me daban. ¡He estado comiendo carne humana! Casi vomito en este mismo instante.

Me he quedado paralizada delante de la nevera, incapaz de mover un solo pie. No puedo dejar de mirar esa cabeza sangrante que me observa desde su interior. En mi estado de shock no me he dado cuenta de una sombra que se abalanza sobre mí desde detrás de la nevera. Al principio me ha parecido un monstruo, pero no. Es él, con un gran cuchillo de carnicero en la mano y viene hacia mí… viene hacia mí…

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este relato ha sido preparado para el reto literario del grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, en el que os recomiendo participéis. Es muy dinámico y ameno. Para esta ocasión, había que inspirarse en la imagen que veis en la cabecera.

 

Reto literario: “Nunca te dejaré escapar”

Reto literario: “Nunca te dejaré escapar”

 

NUNCA TE DEJARÉ ESCAPAR.jpeg
Imagen tomada de la red

 

 

NUNCA TE DEJARÉ ESCAPAR

No podía hacerme a la idea de cómo había llegado hasta allí. Había despertado hacía unos minutos por completo aturdida, sin poder abrir los ojos siquiera. Cuando por fin logré abrirlos y echar un vistazo a mi alrededor, me encontré en lo que supuse que era un sótano antiguo, con las paredes de madera y repleto de trastos viejos. Una única bombilla cubierta de telarañas alumbraba la habitación.

Lo observé todo con detenimiento y descubrí una trampilla en el techo por la que debían haberme metido allí. No recordaba nada. Nada de lo que había pasado ni de cómo había llegado hasta allí. Mis recuerdos se detenían aquella noche, en casa de mi novio, Carlos, mientras me declaraba su amor. Sé que me sentí la mujer más feliz del mundo y a partir de ahí no recuerdo nada más. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? No tenía manera de saberlo.

El sótano parecía herméticamente cerrado. Ninguna ventana por la que entrase un resquicio de luz, ninguna puerta. Solo la trampilla del techo y aquella bombilla que lucía incombustible. No tenía manera alguna de saber si era de día o de noche, cuanto menos de determinar en qué día de la semana me encontraba.

¿Me estarían echando de menos en casa? ¿Habrían denunciado mi desaparición a la policía y me encontrarían pronto? ¿O solo había pasado una noche y nadie se habría dado cuenta aún de mi ausencia? A cada momento me arrepentía más de haber sido tan independiente. Siempre desaparecía de casa durante días sin dar explicaciones. Seguro que nadie en mi familia sabía que me encontraba secuestrada.

Mi estómago rugía de hambre, lo que me llevó a pensar que no había comido nada desde mi encierro, por lo que no podía llevar mucho tiempo allí. Eso quería decir que nadie estaría buscándome. Las lágrimas surgían solas sin que yo pudiera evitarlo. Venga, Sara, tú eres fuerte, seguro que sales pronto de aquí.

A pesar del hambre y la sed que tenía, pronto, o tarde, no lo sé, volví a caer en un profundo sopor. Desperté bastante más descansada, hambrienta y sin saber qué día ni qué hora era. Pero a mi lado tenía un generoso plato de mi comida favorita, junto con una gran botella de agua. Lo primero que hice fue dar un gran trago de agua, para que mi reseca garganta se recuperase. Después devoré aquel plato de pasta con ansia a la luz de la pequeña bombilla que inundaba de luz todo el cuarto. Estaba fría. Debía llevar horas allí.

Hice cuatro más de aquellas comidas. Cuatro platos distintos, elaborados con sumo esmero, como si los hubiera preparado un chef de alta cocina. Todos eran mis favoritos. Pasaba el tiempo dormitando y comiendo, haciendo mis necesidades más primarias en un rincón, que a cada despertar estaba pulcramente limpio. ¿Quién podría mantenerme cautiva de esa manera? Y lo que más me preocupaba, ¿por qué?

Ni si quiera se me había pasado por la cabeza que pudiese ser mi novio. La última noche estaba difusa en mi cabeza, habíamos bebido mucho vino y fumado algo. Recuerdo su declaración de amor, mi felicidad, ese nunca te dejaré escapar de mis brazos, retazos de un encuentro sexual sobre el sofá de su casa…

Por eso, la sorpresa que me llevé fue enorme cuando, a la luz siempre brillante de la pobre bombilla, le vi bajar por la trampilla que daba acceso al sótano. Jamás imaginé que cuando me dijo que quería pasar conmigo el resto de su vida y que nunca me dejaría escapar, se estaba refiriendo a esto…

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”.  Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.

Reto literario: “Los artistas”

Reto literario: “Los artistas”

 

LOS ARTISTAS
Imagen tomada de la red

 

 

LOS ARTISTAS

Nosotros somos nómadas. Sí, eso es exactamente lo que somos. Pequeños luchadores trashumantes sin oficio ni beneficio que tratan de ganarse la vida de la mejor manera posible haciendo lo único que sabemos hacer, sin importar el lugar.

Siempre viajamos solos, en nuestro pequeño cochecito heredado del abuelo. Toda nuestra vida guardada con mimo y cautela en una pequeña maleta. Nada más. Por eso nunca hemos tenido hijos. ¿Qué clase de educación podríamos darles si siempre estamos viajando de acá para allá? Es mucho mejor así.

Somos artistas, actores rendidos ante una prometedora carrera que pudo ser y no fue. Pero somos artistas, sí señor, y podemos decirlo a mucha honra y en voz alta. Aunque cuando llegamos a un nuevo pueblo nos llamen feriantes, no es lo que somos. Eso es algo que tenemos bien aprendido.

Solo nos tenemos el uno al otro. Nuestras escasas pertenencias y las monedas que conseguimos recolectar en nuestras actuaciones, siempre en la plaza mayor del pueblo, buscando el máximo público posible. Hacemos grandiosas representaciones de obras teatrales que nunca son reconocidas. Hemos encontrado gente que se ha separado de nosotros porque nuestros números “cómicos” no hacían gracia. A ver, señores, que no somos comediantes, ni feriantes, ni nada por el estilo, con todos nuestros respetos. Somos artistas. Os llevamos el arte a la puerta de vuestras casas y no sabéis verlo.

Y lo peor de todo es que, entre tanto ir y venir, en cada pueblo que visitamos, en cada decepción que nos llevamos, hemos ido perdiendo poco a poco nuestra propia esencia. Poco queda de lo que fuimos algún día. Somos artistas, incompletos, en un largo viaje sin final.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”.  Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.

Reto literario: “La Señorita Encarna”

LA SEÑORITA ENCARNA.JPG
Imagen tomada de la red

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Llevábamos varias semanas sin reto porque Esperanza estaba malita, pero ya que está mejor, ¡volvemos a la carga! Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.

LA SEÑORITA ENCARNA

La señorita Encarna nos había cuidado a mi hermano y a mí desde que nacimos. Bueno, en realidad, siempre había estado ahí, pues también había cuidado a mi padre y a sus hermanos cuando eran pequeños. Además de ocuparse de muchas más labores del hogar. Todos la teníamos un cariño muy especial.

Pero lo cierto era que a la señorita Encarna de señorita ya no le quedaba nada. Pasaba con creces los ochenta años y llevaba un tiempo que se estaba volviendo torpe en los quehaceres de la casa, se le olvidaban cosas y ya era demasiado mayor para acompañarnos al colegio y recogernos todos los días. Yo soy Pancho, y tengo once años, y mi hermano, Curro, ocho.

Por eso mis padres tomaron la decisión de prescindir definitivamente de los servicios de la señorita Encarna y contratar a una persona más joven y mejor cualificada para el puesto. Ellos siempre habían pensado que su mayor responsabilidad éramos nosotros, y por ello no podían dejar nuestro cuidado en manos de cualquiera, aunque ese cualquiera nos haya acompañado fielmente durante años y nosotros la considerásemos parte de la familia.

La señorita Encarna escuchó sin querer aquella conversación entre mis padres, y se sintió despreciada después de todo lo que había hecho y dado por nuestra familia. Nunca se casó por seguir a nuestro lado y, por el mismo motivo, nunca tuvo hijos. Decía que nosotros éramos los hijos que nunca tuvo. Y lo cierto es que siempre nos cuidó con extrema delicadeza, con mano firme cuando era necesario, pero derrochando amor. Era mi imagen de abuela, ya que yo no llegué a conocer a las mías, y la quería como tal.

Desde aquel fatídico día, el comportamiento de la señorita Encarna cambió por completo. No con nosotros, sino con nuestros padres. Yo la entendía plenamente e intenté hablar con mis padres sobre ella. Les planteé la posibilidad de que siguiese con nosotros aunque contrataran a otra persona más joven. Pero ellos solo se guiaron por el dinero, diciendo que no iban a pagar dos sueldos para que una sola persona hiciese el trabajo. No tuvieron ningún reparo en echar de casa a la persona que más tiempo había pasado con nosotros, y la que nos había criado.

—¿Dónde va a ir ahora, Señorita Encarna? —la pregunté, realmente preocupado, el día que dejaba nuestra casa con su pequeña maleta en la que guardaba sus escasas pertenencias.

—No te preocupes por mí, cariño. Ya se darán cuenta de cuál es mi lugar. —me contestó con un brillo extraño en los ojos, mientras me acariciaba la cara con una mano que se había vuelto áspera, en lugar de suave como de costumbre. Un escalofrío me recorrió por entero.

Obviamente, me abstuve de decirle nada a nadie y, como todos, observé cómo la Señorita Encarna se alejaba y llegaba la nueva asistenta, Alejandra. Apenas tenía veinte años y vestía unos shorts excesivamente cortos y ajustados. Al instante comprendí, por la mirada de mi padre, quién la había elegido y por qué. Y realmente dudaba de cuáles eran las cualidades que tenía aquella muchacha para el puesto. Podía entender las cualidades que había visto mi padre para contratarla, pero para cuidar de nosotros y hacer las tareas del hogar, desde luego se veía a la legua que no tenía ninguna. La única que lloró con la partida de la Señorita Encarna fue mi madre, supongo que tanto por la pérdida de aquella gran compañía como lo que la llegada de la nueva asistenta suponía para su matrimonio.

Aquella misma noche, estaba yo a punto de dormirme, bien arropado con la sábana y la colcha, cuando noté algo que me agarraba una pierna. Instintivamente, retiré el pie y me deslicé hacia el cabecero de la cama, tratando de alejarme de lo que fuera aquello que había en mi cama. De pronto, noté cómo de debajo de mis sabanas aparecía una figura humana.

Era la Señorita Encarna, que había venido a buscarme. Aún no logro a entender cómo llegó a aparecer dentro de mi cama, cuando al acostarme yo estaba seguro de que no había nadie. Su expresión estaba por completo alterada y de sus callosas manos surgían unas enormes uñas.

—Ven conmigo, hijo. —me dijo con voz ronca. —Te aseguro que serás feliz.

¿Qué podía hacer yo ante aquella mujer que había significado tanto para mí en mi vida? Le pedí silencio y, con señas, le indiqué que iba a buscar a mi hermano. Cuando los dos volvimos a nuestra cama, sentimos cómo una mano nos agarraba a cada uno de una pierna, deslizándonos por la cama hacia abajo.

Por allí desaparecimos. Aún no sé precisar el lugar en el que nos encontramos, pero sé que desde aquí puedo contemplar a mis padres, separados por la desaparición de sus hijos y la intromisión de Alejandra. Nosotros continuamos con nuestra querida Señorita Encarna, que ha retomado su imagen habitual e incluso se la ve más rejuvenecida. Creo que sí, que podremos ser felices con ella.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Reto literario: “Día de la Madre, por fin”

Reto literario: “Día de la Madre, por fin”

DÍA DE LA MADRE, POR FIN

DÍA DE LA MADRE, POR FIN

La señora Margarita se levantó muy temprano aquella mañana. Era el primer domingo del mes de mayo y, como siempre, era un manojo de nervios mientras preparaba su ritual. Todos los años el mismo.

Bajó al salón comunitario a tomar el desayuno. Tomó una galleta más de las permitidas, a hurtadillas, pues necesitaba fuerzas para afrontar aquel día, fuerzas que hacía tiempo le habían abandonado. Y a pesar de que esperaba aquel día con mucha ilusión, lo cierto es que también terminaba agotada.

Se dio una ducha ella sola, a pesar de que hacía años que no lo hacía, no se lo tenían permitido, siempre tenía que haber un auxiliar con ella para evitar riesgos de caídas que llevasen a problemas aún mayores. Aunque parecía que las normas se habían vuelto un poco laxas de un tiempo a esta parte. Ya nadie la regañaba y la verdad es que se sentía un poco solitaria.

Pero aquel día era especial. Tras la ducha, rebuscó en el armario con manos temblorosas su mejor vestido. El mismo cada año, porque era su preferido. Peinó con cuidado y lentitud sus ralos cabellos blancos y se aplicó con la mayor precisión de que fue capaz una capa de carmín rojo, el único que guardaba de sus tiempos fuera de aquel lugar. El último toque especial fue unas gotas de perfume, del caro, del que le regaló su nuera hace muchos años y que guardaba para las ocasiones especiales. Y aquella era una ocasión especial.

Se sentó en el sillón de su habitación, mirando hacia la ventana, con las cortinas bien abiertas para que la habitación estuviese bien iluminada y así poder verlos llegar. Al cabo de un par de horas de angustiosa espera, allí estaban. Les observó a sus anchas desde la ventana sin que pudieran verla. Vio cómo su hijo parecía un poco más avejentado que el año anterior, su nuera cada vez más ostentosa y sus dos nietos iban a lo suyo, con los auriculares puestos en los oídos. Cualquiera que los viese vería a una familia desunida, con unos hijos adolescentes que pasaban de sus padres, una mujer pretenciosa que jamás había hecho ningún trabajo y un hombre que estaba pagando duro los resultados de su vida.

La señora Margarita tenía ganas de hablar con su hijo y contarle las señales que había visto, pero para una vez al año que la visitaban no quería estropearlo. Al cabo de unos minutos, la habitación estaba llena de algarabía. Se habían vuelto la familia más unida del mundo y aparentaban ser felices y sentirse felices por verla. Todos la besaban y abrazaban con cariño, como si nada hubiese cambiado, como si solo fuese el único día al año que se veían desde hace mucho tiempo. Colocaron el ramo de flores que le habían traído en un gran jarrón que había sobre la mesilla de noche.

Abrió su regalo con ilusión, como si no supiese lo que le iban a regalar. No entendía por qué, pero llevaban ya cuatro años regalándole la misma falda. Exactamente la misma. ¿Casualidad? Lo dudaba. Pero era su familia, sus hijos, sus nietos, no podía decepcionarlos, y fingía la mayor de las sorpresas y ponía su mejor sonrisa al recibir aquel regalo, acompañado de alegres exclamaciones de “feliz día, mamá” o “feliz día, abuela”. Su compañera de habitación, la señora Elisa, la observaba asustada desde un rincón de su habitación. Todos los años, el día de la madre, la señora Margarita se comportaba de aquella forma extraña. Pero aquel año ocurrió algo diferente, que nunca antes había pasado. Margarita estaba feliz, aunque solo fuese una vez al año podía estar rodeada de sus seres queridos. Su nieta se acercó con ternura a ella y le abrazó con fuerza.

—No te preocupes, abuela. Nunca más volverás a estar sola. Este año te vendrás con nosotros. Ya no tendrás que estar más en este sitio.

La señora Elisa observó cómo Margarita tendía los brazos con una gran sonrisa, como si estuviese abrazando a alguien. Y en ese mismo instante,  Margarita emitió su último suspiro. Elisa llamó de inmediato a las enfermeras, pero nada pudieron hacer por ella. Por fin podría reunirse con su familia, que había muerto en un accidente de tráfico años atrás. A Elisa, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio el gran ramo de flores sobre la mesilla de noche y la falda nueva tendida sobre la cama. Era el Día de la Madre y Margarita por fin podría celebrarlo con su hijo como se merecía.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, que desde aquí os animo a visitar. He de decir que Esperanza me pidió uno de terror, pero salió misterio ligero…

 

Reto literario: “Confianza plena”

Reto literario: “Confianza plena”

 

CONFIANZA PLENA
Imagen tomada de la red

 

 

CONFIANZA PLENA

Cuando cumplí diez años pedí de regalo un perrito. Pero no podía ser un perrito cualquiera. Quería un cachorro, sí, pero de un perro grande y agresivo, de los que sabía que podrían defenderme llegado el momento.

Me costó mucho trabajo convencer a mis padres. Decían que si un perro tan grande en un piso no lo podríamos tener, que si iba a pasar demasiadas horas solo, que si nos íbamos a dejar el sueldo en comida para el perrito, que si bla, bla, bla. Pero como siempre he sido una niña muy convincente, hasta que llegué a la adolescencia y ya dejó de colar, y yo era la niña de los ojos de mi papá, conseguí el cachorrito que quería.

No tenía ni idea de la raza del perrito ni me molesté en preguntarlo. Era un cachorro vivaracho y cariñoso de color negro. Precioso. A mí me encantaba peinarle y él se quedaba agazapado en mi regazo dejándose hacer. El cariño que nos cogimos mutuamente llegó a ser inmenso en tan solo unos días.

Para antes de que yo llegase a cumplir los once años, Axl, como le llamé en honor al cantante de mi banda de rock favorita, ya me llegaba a más de la mitad de mi altura. Tenía unos colmillos afilados que asustaban a todos mis amigos, pero yo sabía que si metía la mano en su boca lo más que haría sería lamerme o darme algún mordisquito cariñoso.

Según fui creciendo, la lealtad de Axl hacia mí también fue creciendo en la misma proporción. Era un perro buenísimo, super cariñoso y muy bien adiestrado. No os voy a contar demasiado de mi época adolescente, cuando bebía un poco más de la cuenta por la noche. Axl salía de casa, iba a buscarme rastreando mi olor y me empujaba hasta casa. Cogía con el hocico la llave que siempre había bajo el felpudo de casa y él se ocupaba de abrir la puerta de y guiarme hasta la cama. Me velaba toda la noche. Siempre sabía por instinto cuándo me había pasado de la raya.

Cuando se me pasó la etapa rebelde adolescente y comencé a salir con chicos, resultó ser la carabina perfecta. Nunca había dado ningún problema con ninguno de mis novios hasta que conocí a Rick. No sabía por qué, pero cada vez que estaba el chico cerca o venía a casa, Axl le estaba siempre rondando, a la defensiva y lanzándole amenazadores gruñidos que nos sorprendían a todos. Nunca jamás se había comportado así. Tuve que dejarle en casa cuando salía con Rick.

Pronto me di cuenta del aviso de Axl. El perro había intuido algo fuera de lo común en su comportamiento. Pronto comenzaron las palabras más altas, amenazantes, los celos. Me hizo la vida imposible, mientras yo en casa intentaba normalizar todo para que nadie lo notase. Excepto Axl, que no paraba de gruñir y amenazar a Rick. Este último incluso llegó a recomendarme que me deshiciera de aquel perro, que lo único que me traería eran problemas. Mi querido Axl… Con nadie tenía tanta confianza como con él.

Una noche que habíamos salido, Rick se molestó mucho con el vestido que me había puesto. Me llamó cosas horribles y le pedí que me llevase a casa, que no quería volver a verle en la vida. Aprovechándose de mi todavía ingenuidad, aprovechó para llevarme a un lugar apartado de la ciudad, donde tuvimos una discusión bastante fuerte. Me bajé del coche para huir de allí, pero me alcanzó y ahí comenzó mi calvario. Me agredió de todas las maneras posibles.

Allí estaba yo, tirada sobre el suelo de tierra mientras Rick me lanzaba patadas empleando los insultos más soeces de los que era capaz, cuando apareció Axl. No sé cómo logró salir de la casa ni mucho menos cómo nos encontró, pero sí sé que jamás le había visto tan agresivo. Se lanzó con una gran dentellada a la pierna de Rick, que dejó de agredirme y cayó derrumbado al suelo quejándose de dolor y sangrando. Como pude llegué hasta el coche, lancé un grito a Axl para que subiese y, encerrándonos a los dos dentro, llamé a la policía.

El muy… mejor me ahorro la palabra para definirlo, culpó a Axl del ataque y a mí de agredirle a él. Menos mal que el parte de lesiones dejaba muy claro cómo habían sucedido las cosas. Y la mordida de Axl fue demostrada que fue en mi defensa.

Desde entonces no se separó de mí. Hoy estoy felizmente casada y soy madre de una niña preciosa que mi maravilloso perro acuna como si fuera su propio cachorro. Podré dudar de mí misma, pero de Axl, jamás.

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

copyrighted

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, que desde aquí os animo a visitar.

Reto literario: “La curiosa”

Reto literario: “La curiosa”

 

LA CURIOSA
Imagen tomada de la red

 

 

LA CURIOSA

Es la segunda vez que sucede en lo que va de mes. Y puedo decir que nunca antes nos había ocurrido, por lo menos a mi compañero y a mí. No sé si a los compañeros de otras habitaciones les habrá pasado, pero como no se nos permite hablar con ellos, creo que nunca lo podré saber.

Yo llevo viviendo aquí desde hace seis años, cuando yo solo tenía cuatro. Mi compañero Rodri ya vivía aquí, en este mismo cuarto, cuando yo llegué. Rodri tiene solo dos meses más que yo, pero aparenta mucho más. Siempre me está defendiendo. Aún no se lo he dicho y es algo que me tiene preocupado, porque nunca he tenido ningún secreto con él. Es la única persona en la que puedo confiar aquí dentro.

En la planta baja vivimos los más pequeños. En la alta los más mayores, esos que siempre nos insultan desde la ventana cuando salimos a jugar al patio. Creo que el año que viene Rodri y yo subiremos al piso de arriba, pero yo nunca voy a ser como ellos. No pienso tener asustados a los más pequeños, como hacen ellos. Y estoy seguro de que Rodri tampoco. Me gustaría quedarme en la planta baja, pero sé que no puede ser. Vendrán nuevos, siempre vienen nuevos y se van mayores. Ha sido así desde que entré y así será siempre.

Pero este verano está siendo diferente porque ya ha sucedido dos veces. La próxima vez, porque habrá una próxima vez, de eso estoy seguro, despierto a Rodri. Yo no sé él, pero yo era la primera vez que veía una. Algo nos habían explicado en clase. Yo sabía que nosotros éramos chicos y que también había chicas, que eran como las profesoras pero de nuestra edad, pero nunca había visto a ninguna. Hasta el otro día.

Era muy temprano. Nuestra casa está casi metida por completo dentro del bosque y entra poco la luz del día. En invierno, los días lluviosos, parece que es de noche durante todo el día. Pero sé que era muy temprano porque todavía no había pasado la señorita Estrella a despertarnos. No sé por qué desperté, pero el caso es que abrí los ojos casi de sopetón. Y allí estaba ella. Asomada a nuestra ventana, con sus manos enmarcando el rostro para intentar ver algo mejor el interior de nuestra habitación. Me sorprendió tanto que me incorporé de golpe. Y ella salió corriendo.

Estoy casi seguro de que era una niña porque era como nosotros pero con el pelo largo, como la señorita Estrella, aunque se empeñe en recogérselo en ese moño tan tirante. Y aquella niña debía ser muy curiosa. Ser curioso era muy malo, o eso nos habían dicho. No sé por qué estaba fuera, a nosotros no nos dejaban salir nunca. Bueno, algunos sí que salían. A algunos venían a buscarles unas personas mayores y se tenían que ir con ellos. Por suerte, nunca vinieron a por Rodri ni a por mí. No hubiese podido separarme de él. Era como mi hermano.

Un par de días más tarde volvió a ocurrir. Me desperté sintiéndome observado y, al abrir los ojos, allí estaba ella de nuevo. Me cuidé mucho de no moverme para así poder contemplarla a mi antojo, igual que estaba haciendo ella, ¿no? Era tan guapa… Lo mismo si se lo decía a Rodri se antojaba de ella, como le pasaba siempre con la merienda que me gustaba. Era lo único que no soportaba de él. Que siempre quería lo mismo que yo cuando solo había para uno de los dos. Y como tenía más antigüedad, según decían las profesoras, pues siempre se lo quedaba. Y entonces me miraba con esa sonrisa de suficiencia. Sé que lo hacía a posta, de verdad no lo quería, era solo por quitármelo. Y tuve miedo de que me pasase lo mismo con la niña.

Luego lo pensé mejor. ¡Qué absurdo! Si nosotros no podíamos salir de aquí y hablar con ella. Y aunque pudiésemos, seguro que habría más como ella, igual que aquí éramos un montón de niños. Así que se lo conté a Rodri.

A la mañana siguiente, estábamos ya los dos despiertos para cuando llegó. Y además vino acompañada de otra niña. Las dos se asomaban descaradamente por la ventana intentando vernos. Rodri y yo nos levantamos despacio. Vimos el miedo durante unos segundos en sus caras, luego la duda y, finalmente, cómo se cogían de las manos, infundiéndose valor.

Cuando llegamos a la ventana, pusimos las manos en el cristal. Ellas hicieron lo mismo. Durante unos instantes pudimos notar la conexión que había entre los cuatro. Hasta que sonó una voz en el bosque:

—¡Carmen! ¡Manuela! ¡Como os vuelva a ver cerca del orfanato vais a estar castigadas todo el verano!

Las dos niñas salieron corriendo y no volvieron más aquel verano. Ni aquel verano ni nunca. Le pregunté a Rodri si él sabía lo que era un orfanato. Era la primera vez que oía aquella palabra en mi vida. Me dijo que no. Nunca supe en realidad si me decía o no la verdad. Solo sé que nuestras vidas siguieron como hasta el momento, hasta que subimos al piso de arriba, con los mayores.

Desde allí se veían más casas, más gente, más niños y niñas como las que habíamos visto aquel verano, y un futuro fuera de aquel sitio de nombre tan feo que no sabía ni lo que significaba.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

copyrighted

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, que desde aquí os animo a visitar.