Reto literario: “Día de la Madre, por fin”

Reto literario: “Día de la Madre, por fin”

DÍA DE LA MADRE, POR FIN

DÍA DE LA MADRE, POR FIN

La señora Margarita se levantó muy temprano aquella mañana. Era el primer domingo del mes de mayo y, como siempre, era un manojo de nervios mientras preparaba su ritual. Todos los años el mismo.

Bajó al salón comunitario a tomar el desayuno. Tomó una galleta más de las permitidas, a hurtadillas, pues necesitaba fuerzas para afrontar aquel día, fuerzas que hacía tiempo le habían abandonado. Y a pesar de que esperaba aquel día con mucha ilusión, lo cierto es que también terminaba agotada.

Se dio una ducha ella sola, a pesar de que hacía años que no lo hacía, no se lo tenían permitido, siempre tenía que haber un auxiliar con ella para evitar riesgos de caídas que llevasen a problemas aún mayores. Aunque parecía que las normas se habían vuelto un poco laxas de un tiempo a esta parte. Ya nadie la regañaba y la verdad es que se sentía un poco solitaria.

Pero aquel día era especial. Tras la ducha, rebuscó en el armario con manos temblorosas su mejor vestido. El mismo cada año, porque era su preferido. Peinó con cuidado y lentitud sus ralos cabellos blancos y se aplicó con la mayor precisión de que fue capaz una capa de carmín rojo, el único que guardaba de sus tiempos fuera de aquel lugar. El último toque especial fue unas gotas de perfume, del caro, del que le regaló su nuera hace muchos años y que guardaba para las ocasiones especiales. Y aquella era una ocasión especial.

Se sentó en el sillón de su habitación, mirando hacia la ventana, con las cortinas bien abiertas para que la habitación estuviese bien iluminada y así poder verlos llegar. Al cabo de un par de horas de angustiosa espera, allí estaban. Les observó a sus anchas desde la ventana sin que pudieran verla. Vio cómo su hijo parecía un poco más avejentado que el año anterior, su nuera cada vez más ostentosa y sus dos nietos iban a lo suyo, con los auriculares puestos en los oídos. Cualquiera que los viese vería a una familia desunida, con unos hijos adolescentes que pasaban de sus padres, una mujer pretenciosa que jamás había hecho ningún trabajo y un hombre que estaba pagando duro los resultados de su vida.

La señora Margarita tenía ganas de hablar con su hijo y contarle las señales que había visto, pero para una vez al año que la visitaban no quería estropearlo. Al cabo de unos minutos, la habitación estaba llena de algarabía. Se habían vuelto la familia más unida del mundo y aparentaban ser felices y sentirse felices por verla. Todos la besaban y abrazaban con cariño, como si nada hubiese cambiado, como si solo fuese el único día al año que se veían desde hace mucho tiempo. Colocaron el ramo de flores que le habían traído en un gran jarrón que había sobre la mesilla de noche.

Abrió su regalo con ilusión, como si no supiese lo que le iban a regalar. No entendía por qué, pero llevaban ya cuatro años regalándole la misma falda. Exactamente la misma. ¿Casualidad? Lo dudaba. Pero era su familia, sus hijos, sus nietos, no podía decepcionarlos, y fingía la mayor de las sorpresas y ponía su mejor sonrisa al recibir aquel regalo, acompañado de alegres exclamaciones de “feliz día, mamá” o “feliz día, abuela”. Su compañera de habitación, la señora Elisa, la observaba asustada desde un rincón de su habitación. Todos los años, el día de la madre, la señora Margarita se comportaba de aquella forma extraña. Pero aquel año ocurrió algo diferente, que nunca antes había pasado. Margarita estaba feliz, aunque solo fuese una vez al año podía estar rodeada de sus seres queridos. Su nieta se acercó con ternura a ella y le abrazó con fuerza.

—No te preocupes, abuela. Nunca más volverás a estar sola. Este año te vendrás con nosotros. Ya no tendrás que estar más en este sitio.

La señora Elisa observó cómo Margarita tendía los brazos con una gran sonrisa, como si estuviese abrazando a alguien. Y en ese mismo instante,  Margarita emitió su último suspiro. Elisa llamó de inmediato a las enfermeras, pero nada pudieron hacer por ella. Por fin podría reunirse con su familia, que había muerto en un accidente de tráfico años atrás. A Elisa, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio el gran ramo de flores sobre la mesilla de noche y la falda nueva tendida sobre la cama. Era el Día de la Madre y Margarita por fin podría celebrarlo con su hijo como se merecía.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, que desde aquí os animo a visitar. He de decir que Esperanza me pidió uno de terror, pero salió misterio ligero…

 

Reto literario: “Confianza plena”

Reto literario: “Confianza plena”

 

CONFIANZA PLENA
Imagen tomada de la red

 

 

CONFIANZA PLENA

Cuando cumplí diez años pedí de regalo un perrito. Pero no podía ser un perrito cualquiera. Quería un cachorro, sí, pero de un perro grande y agresivo, de los que sabía que podrían defenderme llegado el momento.

Me costó mucho trabajo convencer a mis padres. Decían que si un perro tan grande en un piso no lo podríamos tener, que si iba a pasar demasiadas horas solo, que si nos íbamos a dejar el sueldo en comida para el perrito, que si bla, bla, bla. Pero como siempre he sido una niña muy convincente, hasta que llegué a la adolescencia y ya dejó de colar, y yo era la niña de los ojos de mi papá, conseguí el cachorrito que quería.

No tenía ni idea de la raza del perrito ni me molesté en preguntarlo. Era un cachorro vivaracho y cariñoso de color negro. Precioso. A mí me encantaba peinarle y él se quedaba agazapado en mi regazo dejándose hacer. El cariño que nos cogimos mutuamente llegó a ser inmenso en tan solo unos días.

Para antes de que yo llegase a cumplir los once años, Axl, como le llamé en honor al cantante de mi banda de rock favorita, ya me llegaba a más de la mitad de mi altura. Tenía unos colmillos afilados que asustaban a todos mis amigos, pero yo sabía que si metía la mano en su boca lo más que haría sería lamerme o darme algún mordisquito cariñoso.

Según fui creciendo, la lealtad de Axl hacia mí también fue creciendo en la misma proporción. Era un perro buenísimo, super cariñoso y muy bien adiestrado. No os voy a contar demasiado de mi época adolescente, cuando bebía un poco más de la cuenta por la noche. Axl salía de casa, iba a buscarme rastreando mi olor y me empujaba hasta casa. Cogía con el hocico la llave que siempre había bajo el felpudo de casa y él se ocupaba de abrir la puerta de y guiarme hasta la cama. Me velaba toda la noche. Siempre sabía por instinto cuándo me había pasado de la raya.

Cuando se me pasó la etapa rebelde adolescente y comencé a salir con chicos, resultó ser la carabina perfecta. Nunca había dado ningún problema con ninguno de mis novios hasta que conocí a Rick. No sabía por qué, pero cada vez que estaba el chico cerca o venía a casa, Axl le estaba siempre rondando, a la defensiva y lanzándole amenazadores gruñidos que nos sorprendían a todos. Nunca jamás se había comportado así. Tuve que dejarle en casa cuando salía con Rick.

Pronto me di cuenta del aviso de Axl. El perro había intuido algo fuera de lo común en su comportamiento. Pronto comenzaron las palabras más altas, amenazantes, los celos. Me hizo la vida imposible, mientras yo en casa intentaba normalizar todo para que nadie lo notase. Excepto Axl, que no paraba de gruñir y amenazar a Rick. Este último incluso llegó a recomendarme que me deshiciera de aquel perro, que lo único que me traería eran problemas. Mi querido Axl… Con nadie tenía tanta confianza como con él.

Una noche que habíamos salido, Rick se molestó mucho con el vestido que me había puesto. Me llamó cosas horribles y le pedí que me llevase a casa, que no quería volver a verle en la vida. Aprovechándose de mi todavía ingenuidad, aprovechó para llevarme a un lugar apartado de la ciudad, donde tuvimos una discusión bastante fuerte. Me bajé del coche para huir de allí, pero me alcanzó y ahí comenzó mi calvario. Me agredió de todas las maneras posibles.

Allí estaba yo, tirada sobre el suelo de tierra mientras Rick me lanzaba patadas empleando los insultos más soeces de los que era capaz, cuando apareció Axl. No sé cómo logró salir de la casa ni mucho menos cómo nos encontró, pero sí sé que jamás le había visto tan agresivo. Se lanzó con una gran dentellada a la pierna de Rick, que dejó de agredirme y cayó derrumbado al suelo quejándose de dolor y sangrando. Como pude llegué hasta el coche, lancé un grito a Axl para que subiese y, encerrándonos a los dos dentro, llamé a la policía.

El muy… mejor me ahorro la palabra para definirlo, culpó a Axl del ataque y a mí de agredirle a él. Menos mal que el parte de lesiones dejaba muy claro cómo habían sucedido las cosas. Y la mordida de Axl fue demostrada que fue en mi defensa.

Desde entonces no se separó de mí. Hoy estoy felizmente casada y soy madre de una niña preciosa que mi maravilloso perro acuna como si fuera su propio cachorro. Podré dudar de mí misma, pero de Axl, jamás.

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “La curiosa”

Reto literario: “La curiosa”

 

LA CURIOSA
Imagen tomada de la red

 

 

LA CURIOSA

Es la segunda vez que sucede en lo que va de mes. Y puedo decir que nunca antes nos había ocurrido, por lo menos a mi compañero y a mí. No sé si a los compañeros de otras habitaciones les habrá pasado, pero como no se nos permite hablar con ellos, creo que nunca lo podré saber.

Yo llevo viviendo aquí desde hace seis años, cuando yo solo tenía cuatro. Mi compañero Rodri ya vivía aquí, en este mismo cuarto, cuando yo llegué. Rodri tiene solo dos meses más que yo, pero aparenta mucho más. Siempre me está defendiendo. Aún no se lo he dicho y es algo que me tiene preocupado, porque nunca he tenido ningún secreto con él. Es la única persona en la que puedo confiar aquí dentro.

En la planta baja vivimos los más pequeños. En la alta los más mayores, esos que siempre nos insultan desde la ventana cuando salimos a jugar al patio. Creo que el año que viene Rodri y yo subiremos al piso de arriba, pero yo nunca voy a ser como ellos. No pienso tener asustados a los más pequeños, como hacen ellos. Y estoy seguro de que Rodri tampoco. Me gustaría quedarme en la planta baja, pero sé que no puede ser. Vendrán nuevos, siempre vienen nuevos y se van mayores. Ha sido así desde que entré y así será siempre.

Pero este verano está siendo diferente porque ya ha sucedido dos veces. La próxima vez, porque habrá una próxima vez, de eso estoy seguro, despierto a Rodri. Yo no sé él, pero yo era la primera vez que veía una. Algo nos habían explicado en clase. Yo sabía que nosotros éramos chicos y que también había chicas, que eran como las profesoras pero de nuestra edad, pero nunca había visto a ninguna. Hasta el otro día.

Era muy temprano. Nuestra casa está casi metida por completo dentro del bosque y entra poco la luz del día. En invierno, los días lluviosos, parece que es de noche durante todo el día. Pero sé que era muy temprano porque todavía no había pasado la señorita Estrella a despertarnos. No sé por qué desperté, pero el caso es que abrí los ojos casi de sopetón. Y allí estaba ella. Asomada a nuestra ventana, con sus manos enmarcando el rostro para intentar ver algo mejor el interior de nuestra habitación. Me sorprendió tanto que me incorporé de golpe. Y ella salió corriendo.

Estoy casi seguro de que era una niña porque era como nosotros pero con el pelo largo, como la señorita Estrella, aunque se empeñe en recogérselo en ese moño tan tirante. Y aquella niña debía ser muy curiosa. Ser curioso era muy malo, o eso nos habían dicho. No sé por qué estaba fuera, a nosotros no nos dejaban salir nunca. Bueno, algunos sí que salían. A algunos venían a buscarles unas personas mayores y se tenían que ir con ellos. Por suerte, nunca vinieron a por Rodri ni a por mí. No hubiese podido separarme de él. Era como mi hermano.

Un par de días más tarde volvió a ocurrir. Me desperté sintiéndome observado y, al abrir los ojos, allí estaba ella de nuevo. Me cuidé mucho de no moverme para así poder contemplarla a mi antojo, igual que estaba haciendo ella, ¿no? Era tan guapa… Lo mismo si se lo decía a Rodri se antojaba de ella, como le pasaba siempre con la merienda que me gustaba. Era lo único que no soportaba de él. Que siempre quería lo mismo que yo cuando solo había para uno de los dos. Y como tenía más antigüedad, según decían las profesoras, pues siempre se lo quedaba. Y entonces me miraba con esa sonrisa de suficiencia. Sé que lo hacía a posta, de verdad no lo quería, era solo por quitármelo. Y tuve miedo de que me pasase lo mismo con la niña.

Luego lo pensé mejor. ¡Qué absurdo! Si nosotros no podíamos salir de aquí y hablar con ella. Y aunque pudiésemos, seguro que habría más como ella, igual que aquí éramos un montón de niños. Así que se lo conté a Rodri.

A la mañana siguiente, estábamos ya los dos despiertos para cuando llegó. Y además vino acompañada de otra niña. Las dos se asomaban descaradamente por la ventana intentando vernos. Rodri y yo nos levantamos despacio. Vimos el miedo durante unos segundos en sus caras, luego la duda y, finalmente, cómo se cogían de las manos, infundiéndose valor.

Cuando llegamos a la ventana, pusimos las manos en el cristal. Ellas hicieron lo mismo. Durante unos instantes pudimos notar la conexión que había entre los cuatro. Hasta que sonó una voz en el bosque:

—¡Carmen! ¡Manuela! ¡Como os vuelva a ver cerca del orfanato vais a estar castigadas todo el verano!

Las dos niñas salieron corriendo y no volvieron más aquel verano. Ni aquel verano ni nunca. Le pregunté a Rodri si él sabía lo que era un orfanato. Era la primera vez que oía aquella palabra en mi vida. Me dijo que no. Nunca supe en realidad si me decía o no la verdad. Solo sé que nuestras vidas siguieron como hasta el momento, hasta que subimos al piso de arriba, con los mayores.

Desde allí se veían más casas, más gente, más niños y niñas como las que habíamos visto aquel verano, y un futuro fuera de aquel sitio de nombre tan feo que no sabía ni lo que significaba.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “La renovación del contrato del ascensor”

Reto literario: “La renovación del contrato del ascensor”

 

LA RENOVACIÓN DEL CONTRATO DEL ASCENSOR
Imagen tomada de la red

 

LA RENOVACIÓN DEL CONTRATO DEL ASCENSOR

 Paloma se había mudado a aquel céntrico edificio de Madrid hacía apenas un par de semanas. Llevaba años trabajando en una notaría de la calle Velázquez, con una posición consolidada dentro de la misma, y su nivel económico por fin le permitía trasladarse a un piso en la zona. Se había mudado a un ático en la calle Juan Bravo, a escasos metros de la estación de metro Núñez de Balboa, lo que le permitía dar un cómodo paseo hasta la notaría.

El edificio al que se había mudado, residencial del Madrid más castizo, de altos techos y grandes puertas, contaba con un ascensor de los antiguos, que consistían en un enrejado a través del cual se veía todo el hueco por el que se deslizaba, además de los cables que lo sujetaban. Era exactamente igual al que había en el edificio donde trabajaba y que siempre le había causado un respeto especial. Lo bueno era que como la notaría estaba en la planta baja, ella se libraba de montar en aquel trasto infernal.

Pero en el piso nuevo todo era diferente. Vivía en una octava planta y, aunque las vistas que tenía de la zona eran fantásticas desde su estupenda terraza, ya que ninguno de los edificios de los alrededores superaba al suyo en altura, la mala noticia era que tenía que montar en aquel ascensor a diario. Eso, o hacer unas buenas piernas subiendo y bajando los ocho pisos caminando. Por las mañanas no tenía problemas en bajarlos, pero por la tarde la cuestión ya era distinta. El cansancio acumulado del día prácticamente le obligaban a utilizarlo. Y la cuestión es que aquel cacharro le resultaba más claustrofóbico que los modernos ascensores cerrados por completo.

Una tarde, mientras regresaba a su casa agotada y sudorosa, pidiendo a gritos una buena ducha, coincidió en el ascensor con un chico que no había visto aún en la semana que llevaba allí viviendo. A pesar de las horas, parecía estar fresco como una lechuga y olía divinamente. ¿Cómo lo hará? Se preguntaba Paloma.

Una mañana, al salir de casa, le llegó perfectamente el aroma del muchacho esperando el ascensor en piso de debajo de ella, así que fue corriendo a llamarle, sabiendo que así subiría primero a por ella y coincidiría con su tan deseado vecinito. Así fue. Bajaron completamente solos hasta abajo, donde el conserje les abrió solícito la puerta. Al parecer, a aquellas horas de la mañana no había mucho tránsito en el ascensor, lo que al principio extrañó un poco a Paloma, pero que luego consiguió ver como algo de lo más conveniente, pues podía disfrutar a solas de su vecinito.

Un día, por fin, él se acercó a ella. Aún no habían intercambiado ni una sola palabra, ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero era evidente que entre ellos dos saltaban chispas. Tan absorta estaba ella en la maniobra de aproximación del vecino, que iba lanzado a darle un beso, que no se fijó que se saltaban su piso y el ascensor continuaba rumbo al ático. En el momento justo en que ella cerró los ojos para besar al muchacho, el sonido de un cable rompiéndose la hizo echar las manos hacia adelante para agarrarse al cuerpo del susodicho, pero lo más que encontró fue la barra que separaba el espejo del ascensor.

La cabina tardó segundos en llegar al suelo, mientras Paloma, horrorizada, vio llegar su muerte cara a cara sin que hubiese nadie más en su compañía. Lo que sí le quedó muy claro en el momento del impacto brutal contra el suelo, que terminó con su vida en el momento, fue que ella era ahora la encargada de buscar la próxima víctima para que su alma pudiese quedar al fin liberada. Así quedaba estipulado en el contrato de renovación de su alma en el ascensor, parte de la letra pequeña que no leyó del contrato de arrendamiento de la vivienda. Mientras, quedaría encerrada en aquella jaula de por vida.

Ahora, mientras su yo no corpóreo veía al operario del ascensor encargarse de la reparación y colocar una pegatina una vez hubo terminado, pensó que en ningún momento le pasó por la mente ningún tipo de sospecha cuando ella vio la misma pegatina la primera vez que ella utilizó el ascensor. Este había sido reparado hacía apenas una semana.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “La montaña del olvido”

Reto literario: “La montaña del olvido”

 

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Imagen tomada de la red

 

 

LA MONTAÑA DEL OLVIDO

Paco y Miriam salían aquel viernes por la noche para pasar un fin de semana fuera de casa, lejos de obligaciones y de la rutina de la gran ciudad. Hacía un par de días que Paco había recibido una oferta increíble que no podía dejar escapar y, como los chicos ya eran mayores y cada uno tenía su vida, decidió comentarle a Miriam para escaparse aquel fin de semana, que hacía mucho que no lo hacían y así aprovechar la impresionante oferta.

Se trataba de un hotel de reciente creación que se había construido en la que llamaban Montaña del Olvido, apenas a cincuenta kilómetros de donde vivían. Era precioso, con unas instalaciones de lujo y un gran spa que lo hacían irresistible a los ojos de Paco. Miriam tenía sus reticencias, pues de todos eran bien conocidas las desapariciones que habían ocurrido en la Montaña del Olvido, como si hiciese honor a su nombre.

En las últimas tres décadas iban ya cerca de cincuenta las desapariciones en la zona, lo que la habían convertido en una zona muy poco concurrida, con las carreteras en un precario estado de conservación, puesto que debido al poco tránsito de la zona, no convenía la inversión en la misma . Era como una especie de Triángulo de las Bermudas en plena meseta ibérica.

A Miriam no le quedó más remedio que reconocer que las instalaciones del hotel eran fabulosas y, dado que alguien se había arriesgado a construir en un lugar tan poco afortunado, debía ser por alguna subvención destinada a reactivar el turismo de la zona, esperando que el historial de desapariciones quedase pronto en el olvido, y que todo fuese debido a una serie de malas coincidencias. Así que finalmente cayó embaucada por la perspectiva del fin de semana de relax que le prometía Paco.

Caía ya la noche cuando llegaron a las inmediaciones de la Montaña del Olvido. Paco iba concentrado en la conducción por aquella estrecha carretera de hacía décadas, mientras que Miriam se quedaba anonadada por la visión que tenía delante de sí. Un enorme ojo les vigilaba desde la ladera de la montaña, algo por completo irracional y, sin embargo, totalmente real. Se quedó completamente sin habla y comenzó a golpear en el brazo a Paco que, molesto, intentaba mantener la concentración en la carretera, que en aquellos momentos se introducía en un túnel con una iluminación bastante precaria.

Cuando Miriam consiguió articular palabra para poner sobre aviso a Paco, el angosto túnel comenzó a cerrarse detrás de ellos, quedando el coche engullido en aquella siniestra montaña.

Unos días después, los informativos de la zona alertaban de una nueva desaparición en la Montaña del Olvido. Los hijos del matrimonio mostraron la publicidad que habían encontrado en la casa de sus padres acerca del nuevo hotel construido en la zona, al que iban a ir a pasar el fin de semana. Nadie había oído hablar jamás de él ni figuraba inscrito en ningún Registro. Era como un hotel fantasma ubicado en una montaña fantasma que se había cobrado dos víctimas más.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “Las consecuencias”

Reto literario: “Las consecuencias”

 

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LAS CONSECUENCIAS

Carlos sabía que estaba metido en un buen lío. Porque él así lo había querido, aunque no lo hubiese buscado. El caso es que había ocurrido y ahora los remordimientos no le dejaban vivir. Bien podría haber dejado correr el asunto, después de todo no tenía importancia ninguna, pero tenía una conciencia demasiado noble para quedarse callado. Y ya llevaba callando más de un mes. Demasiado tiempo para él, demasiado sufrimiento para su conciencia.

Todo había ocurrido a mediados del mes de marzo. Todavía no sabía lo que había ocurrido, si la llegada de la primavera que le había alterado la sangre en demasía o se había tratado de un periodo de locura transitoria. Pero lo cierto es que había sucumbido a los encantos de Alicia, una compañera de trabajo que llevaba tirándole los trastos prácticamente desde que entró en la empresa, hacía ya cerca de cuatro años. La cantidad de cenas de trabajo en las que había tenido que salvar la situación de la mejor manera posible, rechazando a su compañera procurando no dañarla. Pero, a pesar de las veces que la había rechazado, ella lo había seguido intentando. Hasta que lo consiguió.

Bueno, en realidad decir que lo consiguió era echarle la culpa a ella, cuando el auténtico culpable era él, o al menos eso era lo que su conciencia le dictaba. Porque él mantenía una feliz relación con Susana que ya duraba diez años. Nunca se habían casado porque no creían en el matrimonio y no tenían hijos porque así lo habían decidido los dos. Y ahora iba él y la cagaba de esa manera. Tenía que contárselo a Susana, eso lo tenía claro, y esperaba que el sentido común de ella le echase una mano, aunque aquello significase pasarse una buena temporada durmiendo en el sillón. Solo tenía que encontrar la manera más adecuada para decírselo.

A finales del mes de mayo una luz se encendió en su cabecita. Reservó en un pequeño hotel con encanto no muy lejos de su ciudad y le dio una sorpresa a Susana. El viernes le dedicó la cena más romántica de su vida y con rapidez subieron a la habitación, donde colgó el letrero de no molestar, pues no pensaba abandonar la habitación en todo el fin de semana.

A Susana le pareció un poco extraño el comportamiento de Carlos, pero tampoco le dio demasiada importancia. A fin de cuentas el momento era extraordinariamente mágico y no podía pensar en ninguna otra cosa más. El problema vino después, cuando ambos estaban totalmente relajados después de una formidable sesión de sexo. Carlos aprovechó ese momento en que creía a Susana más vulnerable, para soltarle la noticia. Eso sí, a bocajarro y sin anestesia.

La reacción de Susana no se hizo esperar. No pronunció ni una sola palabra, pero no hizo falta, porque los ojos inyectados en sangre la delataban. Tras soltarle a Carlos una sonora bofetada en la cara, se vistió con rapidez con la ropa que tenía desperdigada por el suelo de la habitación, cogió su pequeña maleta, que aún no había tenido tiempo en deshacer y salió de manera violenta por la puerta, soltando un “no quiero verte nunca más” y dando un portazo tras de sí.

Carlos, viendo el giro que acababa de dar su vida en un segundo por un absurdo desliz, se acurrucó en el rincón más oscuro de la habitación, completamente desnudo, cubriéndose la cabeza con las manos y llorando sin parar por las consecuencias de su comportamiento.

Así le encontraron las chicas que fueron a realizar la limpieza de la habitación el lunes por la mañana, acurrucado en el rincón, balanceándose de atrás hacia adelante y sin cesar de llorar.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “El manuscrito perdido”

Reto literario: “El manuscrito perdido”

 

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Imagen tomada de la red

 

EL MANUSCRITO PERDIDO

Las ideas se agolpaban por momentos en su mente, formando un torbellino que amenazaba con volverle loco. Llevaba cerca de un mes intentando comenzar a escribir una novela medio decente, pero lo más que había conseguido eran palabras sin sentido plasmadas sobre una hoja de un frío procesador de textos. Todas ellas habían terminado en la papelera de reciclaje.

Y ahora, de repente, le sobrevenía ese aluvión de ideas, esa historia definida con una claridad casi precisa en su mente que le estaba volviendo loco. No podía aguantar a estar delante del ordenador, ni siquiera hubiera podido aguantar la espera hasta que este arrancase. Se volvería loco si no volcaba aquella historia de inmediato.

Se encerró en su cuarto y comenzó a escribir como un loco sobre cientos de folios con una caligrafía casi ilegible. Estuvo diez días completos con sus diez noches escribiendo sin parar. Su esposa le llevaba cada cierto tiempo algún refrigerio que en más de la mitad de las ocasiones retiraba sin tocar. Estaba más que acostumbrada a aquellos arrebatos de inspiración que de vez en cuando le daban a su marido. Luego terminaba tan exhausto que dormía sin parar durante dos días seguidos. Durante ese tiempo, ella se encargaba de transcribir las palabras casi ilegibles de su marido. Habitualmente pilas y pilas de folios escritos con una rapidez extraordinaria.

Tras aquellos episodios, él no recordaba apenas nada. Solo que una historia había emergido de su mente y que había comenzado a plasmarla sobre el papel. Y cuando despertaba, el archivo estaba preparado en el ordenador, listo para ser revisado.

Pero en aquella ocasión ocurrió algo diferente. Tras siete días escribiendo sin parar, su cabeza se quedó por completo en blanco cuando estaba casi llegando al final de la historia. Esperó, con paciencia, durante horas. Salió de la habitación a tomar algo, cosa que sorprendió gratamente a su esposa. Volvió a su encierro y comprobó con horror que ninguna idea fluía en su mente. Era como si se le hubiesen agotado de un solo plumazo. Estaba ya histérico, se mesaba los cabellos como si de un loco se tratase. Abrió la ventana en un vano intento por refrescar su mente.

Gritó a su mujer con cólera cuando esta entró en su pequeño cuarto de escritura para preguntar si se encontraba bien. Al abrir la puerta, una pequeña corriente de aire cruzó la habitación como si se tratase de un huracán, haciendo que los centenares de hojas que tenía manuscritas saliesen volando desordenadas. Las más atrevidas se escaparon por la ventana, buscando destinos más interesantes que aquella historia en la que se habían visto metidas.

Enloqueció como nunca, volvió a dirigir a su mujer una serie de improperios ininteligibles y, sin pensárselo dos veces, salió por la ventana del cuarto. Solo jugó en su favor que este se encontrase en la planta baja de la casa.

Su mujer, atemorizada, vio por la ventana cómo se alejaba corriendo enloquecido por completo, internándose en el bosque que había cerca de la parte trasera de la casa. Salió corriendo detrás de él, lo más rápido que pudo, pero fue incapaz de determinar el camino que había tomado su marido.

Fueron horas de búsqueda desesperada, ya había comenzado a anochecer cuando lo encontró. Tirado en el suelo, con los cabellos por completo revueltos y cubiertos de barro, se aferraba con fuerza a la hierba que cubría el suelo del bosque, tan fértil en aquella primavera tardía. Arrancaba briznas a su paso, reptando como un loco hacia unas hojas de su manuscrito que habían llegado hasta allí. En su camino había dejado atrás muchas más, completamente destrozadas por aquellos dedos febriles y embarrados.

Ante su imposibilidad por hacerle entrar en razón, y después de varios arañazos que le lanzó  a las piernas, no tuvo más remedio que llamar a los servicios de emergencia.

Han pasado ya dos años y aún continúa en aquella habitación acolchada, inmovilizado por su camisa de fuerza, mientras grita desesperado que ha encontrado ya el final para su historia.

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

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