Reto: “Escapada en Halloween”

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¡Hola a todos! De nuevo, cumpliendo con el reto de la página literaria EL MARAVILLOSO MUNDO DE LOS LIBROS, que os recomiendo al 100%, consistente en crear un relato inspirado en la imagen seleccionada, hoy os traigo este relato de Halloween, como no podía ser de otra manera en las fechas en las que nos encontramos. Espero que os guste.

ESCAPADA EN HALLOWEEN

Llegaba el fin de semana de Halloween y, como cada año, Marisa y Roberto huían de la ciudad enloquecida con un rito que no les complacía. Cientos de personas saliendo a las calles disfrazadas de personajes terroríficos para celebrar la noche de los muertos. Ellos ni tan siquiera daban importancia al Día de Todos Los Santos, de marcada importancia en el santoral español, cuando la gente, mayoritariamente una vez al año, iba a visitar las tumbas de sus fallecidos con un miserable ramo de flores.

No, no les gustaba Halloween. Tampoco creían en espíritus, muertos vivientes ni demás tonterías. Aquel año habían elegido una casita adentrada en un denso bosque navarro donde esperaban poder desconectar de la rutina de sus frenéticos ritmos de vida.

Les costó bastante encontrarla, tan adentrada en el bosque, pero luego de recorrer varios caminos llenos de hojarasca con su estupendo coche biplaza, consiguieron llegar a ella. Cuando bajaron del coche, los dos se quedaron sin respiración. La preciosa casa que habían localizado por internet no tenía nada que ver con el lugar al que habían llegado. Se trataba de una gran casona desvencijada y agrietada por el paso del tiempo. El porche, pleno de flores en las fotografías, parecía hasta tétrico con aquel columpio de madera que chirriaba al compás de la fresca brisa otoñal.

En la entrada les esperaba una anciana, completamente vestida de un riguroso luto. El pelo encanecido recogido en un tenso moño y un rictus serio en la mirada. Les sonreía al llegar con su boca desdentada, pero la sequedad de su mirada hacía que aquella tétrica sonrisa careciese de valor. Cogieron sus dos pequeñas maletas y se dirigieron hacia ella con paso inseguro.

– Estamos encantados de volver a tenerles con nosotros, señores. Por favor, síganme que les acompaño a su habitación de siempre.

Marisa y Roberto se miraron extrañados. A Roberto casi se le escapa una risa al pensar “esta mujer está loca”, mientras que Marisa estaba más preocupada por el lugar en el que se estaban metiendo. A punto estuvo de pedirle a Roberto que se marcharan de allí inmediatamente, pero había algo que se lo impedía.

– A las nueve se servirá la cena en el salón, como siempre. Relájense, aprovechen para darse una ducha y luego les esperamos para la cena. – les explicó la extraña anciana, cerrando la puerta con cuidado al salir. Aún así, los goznes chirriaron como en un lastimero quejido.

Tanto Marisa como Roberto estaban anonadados. El caso es que también a ellos les resultaba algo familiar el rostro de la anciana. Sabían que habría más huéspedes en la casa, era muy grande y tenía muchas habitaciones, pero tampoco sabían de aquella formalidad a la hora de la cena. Eran poco más de las ocho, así que decidieron darse una ducha y prepararse para la cena.

La habitación tenía todo el aspecto de llevar abandonada varios años. Las cortinas algo raídas se adentraban en la habitación empujadas por el viento otoñal. Marisa sintió un escalofrío y cerró apresuradamente la ventana, justo en el momento en que Roberto salía del baño, con el pelo mojado. ¡Estaba tan guapo así! Sin dudarlo Marisa se habría abalanzado sobre él si no fuera por la extraña situación en la que se encontraban.

Ella salió del baño refunfuñando, no había ningún espejo donde poder mirarse para poder peinarse y retocarse un poco. No es que tuviese la intención de impresionar a nadie, pero ella era muy coqueta y necesitaba ponerse guapa. Se conformó con hacerlo a tientas. Bajaron al salón donde en teoría se serviría la cena. Les sorprendió ver una mesa alargada, con los platos ya servidos y varios comensales ya sentados a su alrededor. La anciana mujer presidía la mesa. Al llegar les saludaron educadamente, como si ya les conociesen, y en cierta manera a ellos les pasaba lo mismo, les sonaba toda aquella gente, como si no fuese la primera vez que se reunían. La cena transcurrió en un absoluto silencio.

Todos tenían el mismo rictus serio en la mirada, como la anciana anfitriona, y a medida que pasaba la noche sus rostros parecían cada vez más demacrados, podría decirse incluso que cadavéricos. Marisa miró a Roberto y se le escapó una pequeña exclamación al ver que a él le estaba sucediendo lo mismo. Parecía que había perdido toda la vitalidad que tenía cuando llegaron, y ahora tenía todo el aspecto de un muerto en vida. Los ojos demacrados de Roberto se fijaron en Marisa. Se le cayó el tenedor de las manos cuando vio su rostro, tan perfectamente maquillado unos instantes antes. Ahora estaba totalmente demacrada, unos ligeros chorretes de rímel se deslizaban bajo sus ojos sin vida, y el precioso labial rojo ofrecía un aspecto macabro a unos labios prácticamente inexistentes.

La anciana percibió la inquietud en ellos dos y, levantándose serenamente de la mesa, fue hasta ellos, apoyó sus huesudas manos sobre sus hombros y les susurró con voz cruelmente tierna:

– Tranquilos, ya iréis recordando. Necesitáis un poquito más de tiempo.

Marisa y Roberto se excusaron cortésmente de la mesa y subieron a su habitación.

– ¿Qué nos está pasando, cariño? – murmuró Marisa asustada abrazando el cuerpo cada vez más delgado de Roberto. Pudo notar cómo las costillas de su marido se clavaban prominentes contra sus propias costillas.

– No lo sé, mi amor. – dijo Roberto preocupado mientras le abrazaba, sintiendo también su extrema delgadez.

Entonces Marisa emitió un sonoro suspiro mientras se llevaba las manos a la boca. El miedo se apreciaba claramente en las cuencas ya casi vacías de sus ojos. Salió corriendo a rebuscar en la maleta la linterna que siempre llevaban por si acaso y tomó a Roberto de la mano, guiándole a todo correr al exterior de la gran casona.

Dieron un rodeo por completo a ella y ambos cayeron de rodillas cuando Marisa alumbró un epitafio cubierto de hierba donde se podía leer claramente:

“Marisa y Roberto. 31 de octubre de 1996.”

A varios kilómetros de distancia, entre los restos de la maleza, aún se podían ver caídos a un precipicio, los restos oxidados de lo que en su día debió ser un moderno deportivo biplaza.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El pueblecito extremeño”

 

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Villafranca de los Barros – Badajoz

 

 

El pequeño pueblecito de casas blancas encaladas había crecido hasta convertirse en una pequeña ciudad.

El progreso, implacable e inevitable a partes iguales, había llegado como a todos los lugares. Pero la esencia del pueblo había sabido preservarse por encima de todo aquello. En una armoniosa comunión, convivían en el pequeño pueblecito, ahora ya pequeña ciudad, el ayer y el futuro, creando un presente fabuloso a la par que impactante.

Los comercios de todo tipo, restaurantes, academias… se mimetizaban con el paisaje natural de  antaño en el pueblo, de manera que conseguía conservar el embrujo de un pequeño pueblo dentro de una ciudad.

Las casas, todas blancas cual si de un típico pueblo andaluz se tratase, no elevaban más de doble altura, aunque la mayoría seguían siendo de una única altura. Grandes puertas de madera con labrados, en su mayoría abiertas, invitaban al paseante a curiosear en su interior. Acompañando a las enormes puertas, grandes ventanales rodeaban a las mismas, siempre cubiertas por unas enormes rejas de forja que daban un aspecto señorial a las mismas. Podías ver a las mujeres, respetando las tradiciones de antaño, limpiando su pedazo de acera aprovechando el frescor de la mañana.

Por sus calles empedradas, junto al tráfico trepidante de la ciudad en algunas zonas, se podía contemplar el lento circular de los tractores y remolques que iban o venían de recolectar la uva. Porque el pueblo estaba rodeado de viñedos. Grandes y frondosas viñas que ocultaban en su interior el principal sustento del pueblo, como antaño, el vino, excelente en la comarca. Ese tesoro que brotaba de la tierra, uvas grandes, brillantes, de diversas variedades, como un grandioso regalo a los habitantes que las cuidaban con cariño.

Era todo un placer pasear por esas calles, donde se entremezclaban con inmensa armonía las más bellas costumbres tradicionales con el inexorable avance del progreso. Esa mezcolanza de sabores, del pasado, presente y futuro, en un mismo lugar, creando un ambiente mágico.

Yo misma paseé por esas calles, pude sentir la vida tranquila del pueblo, el aroma de los hornos de leña, la algarabía revolucionaria del mercado de abastos de toda la vida, conviviendo en santa hermandad con las grandes cadenas de supermercados actuales. Y comprendí la riqueza que poseían aquellas gentes, que hacían de sus labores cotidianas un excelente ejemplo para la gente que, como yo, provenía de la ciudad.

Y sentí, momentáneamente y por impulso, la ilusión de enraizar con esas tierras ricas y fértiles, de mezclarme con esas personas que todavía saludaban al pasar a cualquier desconocido, donde los valores aún no se habían perdido. Y mi corazón se insufló de energía, de ilusiones antaño perdidas, para volver a desinflarse instantáneamente al percibir el atisbo de que solamente era eso, una simple ilusión, y que la vuelta a mi realidad era cada vez más cercana…

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos reservados.

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“QUIÉREME A MÍ, MUJER” – Relato para el concurso

 

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Buenos días a todos, he aquí mi relato con el que pretendo participar en el concurso. ¡Animaros, a participar! Espero que os guste.

QUIÉREME A MÍ, MUJER

Quiéreme a mí, mujer, con mis defectos y mis virtudes. Con mis risas y mis llantos. Con mis alegrías y mis enojos. Con mis caprichos y mi generosidad. Con mis complejos y mis coqueterías. Con mis curvas y mis provocaciones.

Quiéreme así, mujer, con todas mis complicaciones, con todas mis implicaciones. Con mis cambios de humor y mis cariños desmedidos. Con mis sorpresas y mis ausencias. Compréndeme, no digas que no hay quien me entienda, empatiza con mi personalidad de mujer. No quiero palabras, quiero actos. Actos que me demuestren que me quieres tal como soy, mujer. Me gustan los detalles, sí, pero tampoco los necesito. Me gusta que me cuides, pero también que sepas que soy muy capaz de cuidar de mí misma. Me gusta que me quieras así, mujer.

Quiéreme a mí, mujer, la que te cuida y te mima. La que se entrega a ti sin condiciones, sin esperar nada a cambio. La que es una dama a pesar de en ocasiones utilizar palabras malsonantes. La juguetona y amante. La que espera cada noche acogerte en su interior, sentirte, fundirte conmigo en un único ser, dejando atrás todo rastro de la dama que ven los demás. Soy mujer, soy sensualidad.

Quiéreme así, mujer, con mis gritos, mis salidas de tono, mi insufrible carácter. Con mi absoluta inteligencia y mi capacidad para todo. Con mi dulzura y hasta a veces mi ñoñería. Quiéreme despeinada, descuidada, sudorosa, con mis deportivas y mis leggins, y también quiéreme vestida de gala, perfumada, con mis tacones de vértigo y mis pestañas kilométricas.

Pero quiéreme así, mujer, y también y sobre todo, respétame así, mujer. Porque sí, soy mujer, pero eso no me hace vulnerable, ni sumisa, ni manejable, ni  dependiente, ni peor ni mejor que tú. Soy mujer, punto.

Acepta mis capacidades, que son las mismas que las tuyas, y mis limitaciones, que igualmente son las mismas que las tuyas. Te guste o no, así es. Soy mujer, quiéreme mujer. Acepta también mi orgullo de mujer, libre, luchadora, trabajadora, incansable, insondable, leona, peleona, guerrera. Y quiéreme como yo me quiero, mujer. Te contaré un secreto, de mujer, si yo me pongo guapa, si me arreglo, si me visto con elegancia, es por mí, sólo por mí. Porque me quiero gustar a mí, no a ti, ni a nadie más, sólo a mí. Y que sepas, que no te quede la más mínima duda, que no lo hago para impresionarte, ni muchísimo menos para provocarte.

Libérate por mí, mujer, de cualquier clase de estereotipo machista que ya no tiene cabida ni sentido. Acepta de una vez que yo, mujer, puedo desarrollar el mismo trabajo que tú por el mismo valor que puedas desarrollarlo tú. Que mi inteligencia no es menor, cuando quieras te lo demuestro yo, mujer, y que puedo competir contigo en cualquier disciplina. Y quiéreme a mí, mujer, por todo ese valor añadido que tengo, capaz de albergar vida en mi interior, una maravillosa experiencia que sólo puedo vivir yo, por el mero hecho de ser mujer. Honra a tu madre y hónrame a mí. Gran orgullo de madre y gran orgullo de mujer.

Por favor, quiéreme así, tal cual, mujer.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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CUENTO DE HALLOWEEN

 

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El pasado viernes tuve la suerte de poder participar en la clase de mi hijo pequeño en 1º de primaria, en el taller que habían preparado para Halloween. Allí estaban todos los peques, con sus disfraces y yo, ni corta ni perezosa, que la vergüenza hace ya tiempo que la perdí, disfrazada de Maléfica (con lo buena que yo soy, ejem), tuve el placer de poder relatarles este pequeño cuento que escribí para ellos.

Tengo que agradecer la ayuda desinteresadamente ofrecida por mi gran amigo Fran Rubio Varela, que me prestó su conjuro para la ocasión, aunque al final lo reduje y lo modifiqué de tal modo que poco quedó de él. Siento el sacrilegio Fran, pero es que era para niños de seis añitos…

Fue un momento estupendo y una de las mejores experiencias que he tenido el placer de vivir, así que me gustaría compartirlo con vosotros. Espero que os guste. Aviso que no es para nada terrorífico, que no era plan de traumatizar a ningún peque…

¡Que paséis una terrorífica noche de Halloween!

CUENTO DE HALLOWEEN

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos, muchísimos años, antes incluso de que yo naciera, imaginaros, en un pequeño pueblo americano, los muertos que yacían tranquilos en sus tumbas, estaban tan tan taaaaan aburridos que decidieron salir una noche a buscar un poco de diversión. Así que entre todos decidieron que la noche del treinta y uno de octubre, cada uno se pondría sus mejores galas de zombie y saldrían a asustar a la gente del pueblo.

Cuando la gente vio llegar a todos aquellos monstruos, taaaaaan horrorosos, huyeron despavoridos y el terror se apoderó de ellos. En el pueblo reinaba el caos, la gente corría de un lado a otro huyendo de los zombies. Los muertos se lo estaban pasando de miedo.

Pero lo que los habitantes del pueblo no sabían era que esos monstruos tenían una debilidad, un punto débil. ¿Sabéis cuál era? Los caramelos. Un niño bastante atrevido, que no les tenía miedo, se acercó a uno de los zombies y le ofreció una piruleta. Él no lo sabía, pero eso hizo que todos los zombies corriesen hacia él a por más chucherías. Les repartió a todos, y los muertos volvieron felices a sus tumbas.

Al año siguiente, el treinta y uno de octubre, los zombies salieron a por más caramelos. Pero ¿sabéis lo que se encontraron? Que todos los habitantes del pueblo se habían disfrazado como ellos e iban repartiéndose caramelos los unos a los otros.

Habían adornado todo el pueblo con calabazas, esqueletos… todo lo que se les había ocurrido. Y cuando llegaron los zombies, recogieron tantos caramelos que volvieron a sus tumbas y nunca más volvieron a salir.

Por eso desde entonces, cada treinta y uno de octubre, todos los habitantes del pueblo y de los pueblos de alrededor, y de toda América y hasta de Europa, y por supuesto de España, siguen disfrazándose de monstruos y repartiendo caramelos para celebrar que habían conseguido que los muertos volvieran a sus tumbas para siempre.

Y, por si acaso, inventaron un conjuro para que no volviesen a salir. ¿Lo conocéis?

“Noche de Halloween,

terrorífica y valiente,

tranquiliza a los zombies,

y que en mi casa sólo lo bueno entre.”

 

Ana Centellas. Octubre 2016.

Os dejo una fotito de una tarde muy especial con mi brujita preferida:


¡¡Espero que os haya gustado!!

Os veo el miércoles con una nueva reseña. ¡Besos terroríficos!

Reseña: “Luis, Luisito, SuperLuis: o cómo unos calzoncillos rosas pueden cambiar el mundo”

15. RESEÑA LUIS, LUISITO, SUPERLUIS.PNG

Hola amigos. Hoy, como todos los miércoles, os traigo una reseña de mis últimos libros leídos. En este caso, me he atrevido con uno de los géneros más complicados, al menos para mí: la literatura infantil.

Mis hijos, de seis y nueve años, aún no le han cogido el gustillo a la lectura, a las historias tan divertidas que pueden disfrutar leyendo un buen libro. Cosa que para mí, lectora empedernida desde la niñez, me parecía algo importantísimo para inculcarles: el gran placer de la lectura. Comencé a comprarles libros digitales pensando que, tan obsesionados con las tablets como están, podrían ser una buena motivación. No fue así. Así que hace poco les saqué a los dos el carné de la biblioteca y que ellos mismos elijan. De momento, con paciencia y algo de ayuda, parece que lo estamos consiguiendo.

Creo que el primer libro en formato digital que compré, es el que os traigo hoy, y creo que fue el único por el que mi chico mayor mostró interés y se lo leyó completo de un tirón. Anonadada, no pude evitar leerlo. Se trata de “Luis, Luisito, Superluis: o como unos calzoncillos rosas pueden cambiar el mundo”, de A. P. Hernández.

Narra la historia de Luis, un niño de nueve años, que medía un escaso metro de altura y apenas alcanzaba los treinta kilos de peso. Luis soportaba diariamente las charlas de su profesora por tener su pupitre “personalizado”, lleno de fantásticos dibujos salidos de su potente imaginación. Soportaba también el acoso de Pedro y su pandilla, los grandullones de sexto, que continuamente se burlaban de él y le daban empujones. Y también tenía que soportar los ladridos del perrazo de su vecina, que cada vez que pasaba hacia su casa, se dirigía hacia él con los ojos inyectados en sangre, como si tratara de comérsele. Por si fuera poco, estaba convencido de que había dos fantasmas en su habitación que no le dejaban pegar ojo en toda la noche.

Hasta que un viernes, al regresar del colegio, encontró un regalo de su papá: un cómic que trababa de un superhéroe, SuperZoy, que llevaba unos calzoncillos rosas por fuera de su ropa (como todos los superhéroes). Tras leer el cómic con avidez, ahí es cuando Luis cambió su actitud frente al mundo y consiguió hacer frente a todos sus miedos. ¿De qué manera? Eso tendréis que buscarlo en el libro.

Me parece un libro bastante apropiados para niños de entre siete y nueve años, que ya pueden empezar a sufrir el tan conocido y, por desgracia, frecuente bullying escolar, y aprender que NADIE  es mejor que ellos (al igual que ellos no son mejores que nadie), además de conseguir superar sus hasta ahora infundados miedos. Incluso más de algún adulto puede sacar una lección del libro, entre los que me incluyo.

Además, por su duración, puede hacer que hasta el menos lector de la casa quede enganchado desde el principio al final sin apenas darse cuenta. Y lo digo por experiencia. En fin, un libro más que interesante para los pequeños de la casa y cuya lectura recomiendo al cien por cien.

Me ha gustado mucho esto de releer libros infantiles, así que no os sorprenda encontrar de vez en cuando alguna reseña de este tipo. Especialmente importante para los que tenemos hijos en edades de merecérselo.

Aquí me despido, que no quiero yo pecar de pesada, hasta este viernes con un nuevo relato que espero que os guste, escrito siempre desde el corazón (o desde donde la inspiración dicte, jajaja).

Reto: “Consumación celestial”

CONSUMACIÓN CELESTIAL.JPGImagen tomada de la red

Nuevamente, seducida por el reto de una página literaria amiga (que es que no doy abasto), os presento este relato inspirado en la imagen arriba expuesta. Espero que os guste.

CONSUMACIÓN CELESTIAL

-¿Por qué nunca quieres estar conmigo? -le preguntó la noche al día, extremadamente zalamera, durante ese breve momento en que, cada día, podían coincidir.

– ¿Por qué dices eso? – le contestó el día extrañado.

– Siempre que nos vemos te vas corriendo. Creí que me querías. – La voz de la noche cada vez se iba tornando más sensual.

– ¿Cómo puedes siquiera pensar eso? ¡Llevo siglos amándote! – respondió el día, herido infinitamente en su amor propio.

– Pero siempre te alejas de mí… – La noche se iba acercando cada vez más al día, contoneándose, faltaban pocos minutos para el amanecer y no podía perder el tiempo. – Yo también te amo, ¿no crees que ya es hora de sellar nuestro amor? Llevo toda la eternidad esperando este momento…

El día comenzó a estremecerse, gotas de sudor resbalaban por su frente. Jamás había visto a la noche tan seductora como aquella vez. A pesar de llevar siglos amándose en silencio, apenas podían compartir unos escasos momentos al amanecer y al anochecer. Él tampoco quería esperar más a que llegase aquel momento tan deseado por ambos.

¿Cómo era posible que el día y la noche pudieran sentir un deseo tan carnal el uno por el otro? Un deseo que llevaba demasiado tiempo avivándose en el interior de ambos.

La noche estaba a sólo un paso del día, consciente de que apenas quedaban unos escasos segundos para que volviera a desaparecer y habrían desaprovechado otra oportunidad de oro.

El día le contempló, tan hermosa, desnuda completamente en su oscuridad y se abalanzó sobre ella. Juntaron sus cuerpos etéreos, el de él abrasando al de ella, el de ella enfriando al de él. ¡Qué sensación tan grandiosa! Fundidos en mil besos, el día y la noche por fin pudieron consumar su amor, durante tantos siglos escondido. Y unieron sus cuerpos, mientras el universo entero era partícipe de las locuras de los eternos enamorados.

Día y noche, noche y día, fundidos en uno solo, provocaron una gran explosión en el universo. Miles de estrechas fugaces recorrían el firmamento, celebrando por fin la unión celestial de los dos enamorados. Pequeñas explosiones a su alrededor comenzaron a formar nuevas estrellas que harían aún más exquisita a la noche. Los fulgores del día refulgían en todo su esplendor, deseando que no acabase nunca ese momento.

Cuando la unión del día y la noche alcanzó su punto más álgido, un éxtasis del más puro placer recorrió el firmamento entero, creando una gran explosión de colores, destellos y fulgores.

– He de irme – dijo vergonzosa la noche tras la mística experiencia vivida.

– No te vayas, por favor, ahora no. – le imploró el día. – No puedes dejarme ahora, no soportaré el momento de volver a verte.

Noche y día se fundieron en un cálido abrazo. El firmamento esperaba la aparición estelar del día, como cada mañana, y las estrellas querían refugiarse en la cálida oscuridad de la noche. Aún así, la noche fue incapaz de desatender los deseos del día, presa también de un deseo desbocado. Y día y noche volvieron a unirse con lentitud, disfrutando cada caricia después del deseo ya satisfecho, y el nuevo éxtasis provocó la más profunda oscuridad del cosmos entero, provocando el mayor eclipse nunca visto en millones de años.

Desde entonces, cada cierto tiempo, día y noche vuelven a sucumbir a sus deseos de enamorados. Nada es imposible en el universo. Cada eclipse que encontréis, cada lluvia de estrellas, cada color extraño en el cielo… son suspiros de placer de los eternos enamorados.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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