A letras con los lunes: “Oveja negra”

A letras con los lunes: “Oveja negra”
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Oveja negra

Siempre se había considerado la oveja negra de la familia. Un rebelde, un inconformista, un indisciplinado insurrecto que había conseguido huir del sistema. Y se sentía orgulloso de serlo.

Hasta que un día, llegando a su trabajo, con su traje y su corbata recién planchados, se encontró inmerso en la marabunta de gente que, cabizbaja, salía del vagón del metro. Entonces comprendió que nunca había estado fuera del rebaño.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

Oveja negra por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”

El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”
Fuente: Pixabay

Nueva vida

Paseando bajo la lluvia por las angostas callejuelas empedradas de mi pueblo, voy poco a poco siendo consciente de la gran riqueza que tengo. La lluvia cae con fuerza, arrastrando con su ímpetu cualquier rastro de añoranza que hubiera podido quedar escondido dentro de mí. Me encanta cuando llueve aquí, en el pueblo, y yo suelo salir a recorrer las calles, empapándome de la naturaleza que Zeus, de manera generosa, me envía cual regalo divino, para limpiarme y liberarme.

Son las ocho de la tarde, aún es temprano, pero ya no se ve un alma por las calles que, al contacto con el agua, se vuelven peligrosas y resbaladizas. Solo yo, transeúnte solitario de unas callejuelas despobladas, se atreve a salir a disfrutar de la lluvia cadenciosa que me va empapando poco a poco. Hasta los animales están reguardados de la lluvia. El humo de las chimeneas inunda el ambiente, consiguiendo una mezcla de olores inconfundible y maravillosa que llena de goce mis sentidos, el bucólico olor de la lluvia y el hogareño olor de la leña.

Las luces de las casas están encendidas. En aquella ventana que veo al fondo está la señora Emilia, la de la panadería, refugiada casi con total seguridad en un buen libro al abrigo de la chimenea. La ventana que tengo ahora mismo a mi derecha es la casa de Marquitos y Ezequiel, dos de mis mejores alumnos, que seguro que a estas horas ya han terminado sus tareas y estarán pasando un rato divertido jugando a la consola. En aquella de allí, estará la señora María, la de la tienda, preparando ya la cena para su esposo, Manuel, el del bar, y sus dos hijos, Sara y Jorge, también alumnos míos.

Continúo mi caminar bajo la lluvia, dejándome calar hasta los huesos, hasta llegar a la casa de Julia, justo al lado de la plaza. Las luces encendidas y la chimenea echando humo me hacen saber que allí está ella, resguardada del frío y la lluvia, seguro que con una taza de té entre las manos. Me imagino a mí mismo tocando a su puerta, diciéndole al oído de una vez por todas lo que siento por ella y besando sus jugosos labios por primera vez, dulces, tentadores, hipnotizantes. Pero una vez más paso de largo, cobarde, estúpido, buscando el resguardo de mi pequeña casita de piedra, huyendo de la vergüenza que me produce mi propia falta de arrojo.

Calado hasta los huesos, con una mezcla de paz e intranquilidad en mi interior, me cambio de ropa y me acerco a la chimenea, dejando que el calor vaya llenando mi interior y que el crepitar de las llamas me termine de infundir la calma que necesita mi encaprichado corazón.

Recuerdo con pesar la decepción que me llevé cuando, en el concurso de traslados, me destinaron a este pequeño pueblo perdido de la mano de dios. Yo estaba acostumbrado al bullicio de la gran ciudad, a las salidas nocturnas, a las prisas cotidianas, a las clases multitudinarias. Me gustaba salir a pasear bajo la lluvia, al igual que he hecho hoy, a empaparme de su frescura, hipnotizado por el sonido del tráfico de coches deslizándose sobre el asfalto mojado, refugiado en mi anonimato, inadvertido para el resto de la gente. Qué poco sabía yo en aquellos momentos de lo que era vivir, de lo que era gozar de una pequeña vecindad donde todos somos familia, donde cada uno conoce a los demás de tal manera que, con una simple mirada, todos saben cuándo no estás pasando por tu mejor momento y se vuelcan en ti de manera incondicional.

Ahora doy gracias por ello, por mi gran chimenea y me pequeña cocina de gas, por mi bonito patio al que salir en las calurosas noches de agosto y por despertar escuchando los pájaros que, remolones, me anuncian que llega el momento de ir a mi pequeña escuela, mi otro hogar. Y reconozco que aquí la lluvia no huele igual.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Ansia”

Miércoles de poesía: Memories – “Ansia”
Fuente: Pixabay (editada)

Ansia

Ansia,
eso es lo que siento,
de rodear con mis piernas
tu cuerpo desnudo,
de sentirte en mis adentros,
profundo,
más profundo a cada instante,
y dejarnos fluir juntos
obviando todas las palabras
que no necesitamos pronunciar.
Ansia,
de sentirte muy adentro,
en mi alma y en mi cuerpo.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”

El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”
Fuente: Pixabay

Me pareció haber visto un lindo gatito

Hace unos días, durante unos de mis paseos nocturnos, me pareció ver un pequeño gatito negro acurrucado en el arcén de la carretera. Me gusta mucho salir a dar paseos por la carretera, vivo en un pueblecito pequeño y es normal salir a pasear sobre el asfalto, rodeados de naturaleza, sobre todo en verano. Aquel día vi a aquel pequeño gato, parecía asustado, así que lo acogí en mi regazo y, tras comprobar que no tenía collar alguno, decidí llevarlo a casa.

Al principio parecía asustado, pero según fueron pasando los días fue cogiendo confianza conmigo, agradecido por los mimos que le hacía y la comida que con tanto amor le entregaba. Siempre he sentido pasión por los animales y, como me encontraba sola, pensé que aquel pequeño gatito podría hacerme la compañía que tanto necesitaba.

Los primeros días con él fueron maravillosos. Le compré una camita, una cajita de arena y dos comederos, uno para la comida y el otro para el agua. A pesar de ello, Frankie, que fue el nombre que le puse, prefería venir a dormir conmigo a la cama, acurrucado a mis pies.

Yo estaba encantada. Cada vez que llegaba a casa, venía en mi busca, zalamero. Encontré el compañero perfecto que llenaba mis momentos de soledad.

Pero una noche, todo aquello cambió. Frankie, sin saber por qué, dejó de venir a dormir conmigo y prefería quedarse en su camita. Yo lo interpreté como un signo de independencia y tampoco le di mayor importancia. Tampoco salía a recibirme cuando llegaba a casa, y eso me extrañó bastante más. No comprendía a qué se debía aquella forma de comportarse tan huraña.

Pasaron unos días y, una noche próxima a la luna llena, yo dormía plácidamente en mi mullida cama. Algo me sobresaltó dentro de mi sueño, aunque no sabría precisar qué fue. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la imagen de Frankie caminando hacia mí en la oscuridad. Podía distinguirlo con total claridad, gracias a unas rendijas de luz que se colaban por los agujeros de la persiana.

Su imagen, siempre tan adorable, había cambiado de manera radical. Venía hacia mí amenazante, con los ojos verdes inyectados por la ira, el pelo por completo revuelto y las garras afiladas sobresaliendo de sus pequeñas pezuñas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo entero, pero apenas duró un segundo, pues Frankie, con pasmosa habilidad, recobró su cariñosa imagen habitual y se alejó con parsimonia de mi habitación, no sin antes girar la cabeza y dirigirme una mirada entre tenebrosa y desafiante. Fui por completo incapaz de volver a dormir aquella noche.

Las noches siguientes fueron igual. Por mucho que tardase en conciliar el sueño, cuando al final caía rendida por el cansancio, el amenazante Frankie volvía a despertarme avanzando hacia mí, para después regresar por el mismo lugar por el que había venido.

La noche del plenilunio, aterrada ya por Frankie pero incapaz de echarle de mi casa, cuando desperté, allí estaba él. Su pose era soberbia, altiva y en exceso amenazante. Los grandes ojos verdes brillaban en la oscuridad llenos de maldad, esa era la palabra más adecuada para describirlos. El pelo erizado, que yo siempre cepillaba cada día, le confería un aspecto espeluznante. Y las garras, como siempre, mostraban unas largas y afiladas uñas. Pensé que volvería a su lugar, como las noches anteriores, pero nada más alejado de lo que ocurrió.

Frankie, con un habilidoso salto, recorrió de un tirón la distancia que le separaba de mí y se encaramó sobre cuerpo. Mi cara de espanto se reflejaba en sus malditos ojos verdes. Un fuerte zarpazo atravesó mi rostro, desde la frente hasta la barbilla. Fue entonces cuando descubrí el gran poder de su mente, pues se introdujo en la mía de una forma alta y clara, que no dejaba lugar a dudas:

—¿Me tienes miedo? Haces bien en tenerlo. Tenía que haberte mostrado mucho antes mi verdadera cara. Yo soy tu amo, ¿lo has entendido bien? ¡Tu amo!

Desde entonces, apenas salgo de casa. Hasta la compra me la entregan en mi puerta. He tenido que dejar mi trabajo para atender todos los deseos de mi señor. Las pocas veces que salgo a la calle, los vecinos se refieren a mí como “la loca”. Luciendo mi perfecta cicatriz en la cara, no hay nadie más en el pueblo que se deje pasear por su gato con un collar al cuello.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Despierta”

Miércoles de poesía: Memories – “Despierta”

Despierta

Despierta la primavera
del letargo sosegado
que hizo dormir nuestros sueños,
que nos tuvo amilanados.
Florece el día en tus ojos
y volvemos a la vida
cual zombies de cartón-piedra,
lamiéndonos las heridas.
Despierta la primavera,
el sol ilumina el día.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

Hoy no

Contempló el mar desde su privilegiada posición en la arena. La playa, prácticamente desierta a aquellas alturas del mes de noviembre, era como un remanso de paz para su atormentada alma.

Sintió cómo la arena se deslizaba bajo sus pies, fresca, suave. Comenzó a deslizarlos sobre ella, formando círculos y recreándose en esa sensación.

Pensó en dar un paseo por la orilla del mar, el último, pero finalmente decidió permanecer donde estaba, sentada sobre la arena, los brazos agarrando las rodillas, lamiéndose las heridas como un animal solitario. La fresca brisa marina le revolvía juguetona el pelo, formando una maraña sin sentido, pero aquello no le importaba. Por nada del mundo separaría los brazos de sus piernas, un último abrazo a sí misma, casi como una despedida.

Su mirada quedó fija en el horizonte durante unos eternos instantes. Contemplando la inmensidad del mar que tenía delante se sentía más insignificante aún, un punto diminuto en el universo, sin importancia alguna.

El mar. ¿Cómo había podido vivir sin él? Un pensamiento pasó por su cabeza de manera fugaz: su próxima vida quería pasarla en el mar. Cerró con fuerza los ojos y escuchó. Percibió claramente el chocar de las olas contra la orilla, preciosa música que pocas veces había tenido la oportunidad de disfrutar. Percibió el chillar de las gaviotas sobrevolando su cabeza, sobrevolando el mar, en busca de algún pececillo despistado que les sirviera de alimento. A lo lejos, las risas y los gritos felices de unos niños jugando en uno de los columpios que había sobre la arena de la playa. Una lágrima silenciosa rodó lánguida por su mejilla izquierda.

Siempre le había gustado esa sensación. Cerraba los ojos y todo se amplificaba. Sonidos que normalmente pasaban desapercibidos se escuchaban con total claridad. Percibía los olores con una intensidad brutal.

Pero aquella mañana soleada de noviembre todo daba igual. Lo único que le atraía era el mar, delante de ella, hechizante, hipnótico, retador. Abrió nuevamente los ojos y lo contempló con calma, recreándose en cada ola que venía a romper a la orilla con ese sonido tan maravilloso. Quería disfrutar tranquila por última vez de lo único que había sido capaz de otorgarle calma en los últimos tiempos.

Todo estaba decidido, pensó, ya no había vuelta atrás. Demasiado sufrimiento acarreado a sus espaldas. Tenía que terminar de una vez por todas con ello, cortar de manera radical con la melancolía que le estaba consumiendo por dentro. Y allí estaba el mar, a partir de entonces su mar, llamándole a gritos.

Se levantó con lentitud y se permitió un breve instante de contemplar tanta magnificencia por última vez en su vida. Ya tendría la próxima, o eso esperaba, para poder disfrutar de él en todo su esplendor. El mar continuaba llamándole, hipnotizándole, con su vasta infinidad. Así que comenzó a adentrarse en sus aguas saladas y dulces a la vez, caminando despacio, sin dejar de contemplar el horizonte en ningún momento. Podía notar su embrujo, su tabla de salvación.

Un último arranque de ira le llevó a nadar ferozmente hacia mar adentro, hasta el punto en que sus músculos cansados le permitieron. Se detuvo un momento, sintiendo su propia ligereza mientras flotaba de pie, alargándose en toda su extensión. Y entonces lo hizo. Se sumergió lo más adentro que pudo expulsando todo el aire que tenían sus cansados pulmones. El silencio que sentía bajo el agua era reconfortante. Abrió las fosas nasales permitiendo que el agua marina entrase por ellas, sintiendo plenamente la quemazón de la sal.

Fue entonces cuando abrió los ojos y miró hacia arriba. Una luz grande y brillante se proyectaba sobre ella, llamándole a ir hacia ella. El sol, como si conociese sus intenciones, brilló con más fuerza aún, penetrando en el agua hasta alcanzarle. Y ella lo comprendió. Con escasas fuerzas pataleó con rabia hacia la superficie.

Salió expulsando de manera feroz el agua de sus pulmones y tomando una gran bocanada de aire. Exhausta, observó al sol que brillaba con furia sobre ella.  Y braceó como pudo hacia la orilla.

Volvió a sentarse en el mismo lugar, completamente calada, con la respiración agitada y un hálito de esperanza en su interior. El sol brillaba por ella aquella mañana, el mar se mecía plácidamente satisfecho. Sin duda, sólo por ese mero hecho merecía la pena seguir con vida. A partir de ese momento, la vida le tendría preparadas cosas mejores y ella lucharía por ellas. Aceptó encantada el reto del sol.

Permaneció allí sentada, en la misma posición, durante un buen rato más, esperando a que el sol secara sus ropas. Lo miró con una tímida sonrisa y le guiñó un ojo. Gracias amigo, pensó, ya llegará mi hora, pero todavía no. Hoy no.

Y regresó con calma a su casa de alquiler. Todo parecía tener otro color. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. De momento, había vencido a uno de sus monstruos interiores. Ya era hora de empezar a hacerlo con los demás.

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “En tus brazos”

Miércoles de poesía: Memories – “En tus brazos”
Fuente: Pixabay

En tus brazos

Que se abran los cielos,
que derramen sobre mi cuerpo
toda la lluvia que sea capaz
de expulsar el universo.

Que se rompan los mares,
que abran para mí un camino
que consiga alejarme
de aquello que consideré mi destino.

Que se apaguen los fuegos,
que poco a poco se extingan
los placeres incendiarios
que un día fueron mi vida.

Que se incendie el planeta,
que no quede ni rastro
de una civilización ciega
que no supo cuidarlo.

Que estallemos en pedazos,
que nos desintegremos juntos,
nada importa el fin del mundo
si, cuando llegue el momento
en que desaparezca,
yo me encuentro en tus brazos.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

En tus brazos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.