“En la última tarde” – Desafíos Literarios

“En la última tarde” – Desafíos Literarios

EN LA ÚLTIMA TARDE

 

Aquí os dejo con una de mis últimas aportaciones a Desafíos Literarios, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

 

EN LA ÚLTIMA TARDE

Regresó al cementerio con la mirada perdida, mientras las frías gotas de lluvia le calaban por completo. Había ido caminando, como solía hacer siempre que necesitaba encontrar su propia tranquilidad, cuando la ansiedad se comenzaba a adueñar de su ser. Las calles estaban prácticamente desiertas aquella tarde de noviembre en el que las nubes habían comenzado ya a descargar de manera casi torrencial sobre la ciudad.

La humedad sobre su cuerpo hacía que el frío se anclase a sus viejos huesos, en un cruel recordatorio de que ya no era, ni muchísimo menos, el joven que algún día logró enamorar a la mujer a la que se disponía a visitar, al igual que había hecho la tarde anterior. Divisó el cementerio en la distancia, oculto tras una bruma narcótica que bien podía ser causada por la cortina de agua que se cernía sobre él, bien por la espiritualidad que desprendía el lugar. No era la primera vez que sentía aquel hálito mágico rodeando el camposanto, pero aquella tarde se presentó ante sus cansados ojos con una apariencia en cierto sentido tétrica.

Desechó aquellos lúgubres pensamientos de anciano y continuó con su pesado avance, volviendo a perder la mirada en un punto indeterminado que oscilaba entre el horizonte y sus pies. La lluvia continuaba derramándose con intensidad sobre él y, cuando llegó a la puerta del cementerio, tuvo que detenerse para sofocar los dolorosos crujidos de sus articulaciones. El interior del lugar estaba vacío, como cabía esperar en una tarde como aquella. Si hubiese sido soleada, a aquellas horas habría varias decenas de personas portando flores y limpiando lápidas con sonrisas melancólicas. Pero cuando el día se presenta desapacible nadie parece querer cuidar de sus seres queridos que se mojan bajo la lluvia que va empapando la tierra que los cubre.

Apoyado en el dintel de la gran verja de hierro forjado, levantó su mirada hacia el interior del cementerio. El silencio era absoluto, solo se lograba escuchar el sonido de la lluvia al caer incesante sobre los caminos. No había cantos de pájaros aquel día, refugiados como estarían entre las ramas de los viejos y gruesos álamos que rodeaban el cercado. Allí dentro todo parecía estar cubierto por una atmósfera relajada y acogedora, incluso la densidad del aire parecía ser diferente, más ligera, menos sofocante. Dirigió sus pasos hacia los caminos de tierra que tantas veces había transitado, siguiendo un recorrido que conocía de memoria. La suave grava del sendero crujía bajo sus pies, haciendo salpicar el agua de los incipientes charcos hasta mojar aún más, si cabe, sus pantalones ya calados.

Comenzó a arrastrar los pies cuando divisó la tumba de su mujer. Las flores que dejó la tarde anterior estaban espléndidas, frescas y lozanas bajo la lluvia, aportando un toque de color que contrastaba demasiado con la grisácea oscuridad que cubría aquella tarde. La tarde se tiñó más de luto si cabe, unas poderosas nubes negras se arremolinaron sobre su cabeza y el cielo se partió en un sonido desgarrador cuando dejó caer su cuerpo agotado sobre la tumba de su esposa. Creyó ver grandes jirones de niebla arremolinándose en torno a él, subiendo por sus piernas y envolviéndole en su suave telaraña, siguiendo el trazado de cada uno de sus músculos faltos de vigor y lozanía.

Una intensa calma se adueñó de él, algo por completo desconocido que no se asemejaba a ninguna sensación que hubiese podido experimentar en su vida. Otro trueno resonó de forma estrepitosa, provocando un sonido demasiado intenso en aquel lugar, en el que chocaba contra los nichos y reverberaba en todas direcciones. En su mirada, los jirones de niebla desaparecieron totalmente y una luminosidad radiante se abrió ante sus ojos asombrados. La paz que sintió en ese instante fue realmente intensa y supo sin temor a equivocarse lo que estaba a punto de suceder. Cerró los ojos y se dejó llevar, mientras su cuerpo seguía recibiendo las gruesas gotas de lluvia de aquella tarde de noviembre.

La mañana siguiente despertó con un intenso sol apareciendo desde detrás de las montañas. No quedaba rastro alguno de las furiosas nubes de la tarde anterior. Los pájaros retomaron sus vuelos y sus canciones, llenando el camposanto de una alegría fuera de lugar. Pequeños charcos quedaban diseminados por los senderos, único recuerdo de la lluvia de ayer. Cuando lo encontraron, aún empapado, sobre la tumba de su esposa, solo pudieron asombrarse por la gran sonrisa de felicidad que aún acogía su rostro.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

196. CORRECTAS

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“Me despido de ti” – El Poder de las Letras

“Me despido de ti” – El Poder de las Letras

ME DESPIDO DE TI

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

ME DESPIDO DE TI

Una desmesurada sensación de congoja me invadió cuando sus labios abandonaron los míos. No hubo más palabras, más besos ni más abrazos. Ese último beso parecía querer poner un punto y final a mi vida tal y como la había concebido hasta ahora. A su lado. A pesar de nuestra juventud, en mi mente ya se había recreado el anhelo de envejecer a su lado, aquí, en el pueblo que nos vio nacer a ambos. Y en ese momento estaba allí, viendo cómo se despedía de mí para siempre con un tierno beso en los labios, casi derrochando una lástima hacia mí que me hubiese gustado no poder apreciar. Bonita despedida.

La vi abrir la portezuela del coche y, sin girarse una vez más hacia mí, acomodarse en su interior, dispuesta a poner rumbo a esa nueva vida que tan ilusionada había construido y en la que yo no tenía cabida. Me dirigió una última mirada de compasión, como si me tratase de un animalito al que abandonan en una carretera secundaria. Una última pincelada de orgullo hizo que me girase hacia el interior de mi casa sin tan siquiera dirigirle la mirada. Una vez dentro, pude escuchar a la perfección el rugir del motor al arrancar, como queriendo emitir el quejido lastimero que yo había reprimido.

Las ruedas sonaron sobre el pavimento, haciendo crujir la gravilla que había sobre él. El vacío que comencé a sentir en el pecho era indescriptible, sentí cómo se iba desmoronando mi mundo como un castillo de naipes ante una ráfaga de aire, a pesar de llevar meses preparándome para ese momento. No conseguí reprimir el impulso que me sobrevino en aquel instante, como una llamarada que se encendiese de pronto dentro de mí por combustión espontánea.

Mis pies tomaron el mando del resto de mi cuerpo y cuando quise darme cuenta me encontraba corriendo por las callejuelas del pueblo como alma llevada por el diablo. Hacía calor aquella mañana de finales de agosto y el sudor resbalaba por mi rostro al mismo ritmo que mis lágrimas, nublándome la visión. Continué corriendo y corriendo, haciendo caso omiso de los saludos de las personas que se cruzaban en mi paso, hasta que llegué a la iglesia. No era una construcción muy antigua ni de gran valor cultural, pero estaba situada en el punto más alto del pueblo, en un promontorio desde el que se divisaban varías kilómetros de distancia a su alrededor.

Agradecí de manera inconsciente el hecho de que la puerta estuviese abierta y, tras invadir el templo como un huracán, comencé una trepidante subida por las escaleras que conducían al campanario, donde de niño subía a hacer voltear las campanas en la llamada a misa. Ni las voces del párroco intentando evitar que accediese a aquel lugar me disuadieron de aquel deseo loco e irrefrenable de subir. Varios traspiés en aquellos escalones de piedra desgastada por el correr de los años casi me hacen caer, pero conseguí sobreponerme con el corazón encerrado dentro del puño de mi mano izquierda.

Cuando llegué a lo alto de la torre, las lágrimas ya habían desaparecido de mis mejillas, solo las densas gotas de sudor cubrían mi frente y mi respiración era apenas un jadeo. Una ráfaga de viento me acarició con decaimiento, como si me estuviera acunando entre sus etéreos brazos, cuando llegué justo a tiempo de ver aquel coche por última vez desaparecer tras la última loma a la que alcanzaba la vista. La última lágrima cayó, pesada e intensa, sobre el suelo adoquinado del campanario.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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195. CALM

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XXX – Carol Solís”

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas XXX – Carol Solís”

TU RECUERDO

¡Bienvenidos a todos un domingo más! Sin descanso, continúo con vosotros para ofreceros otra colaboración que me ilusiona.

Hoy os traigo un poema de nuestra compañera Carol Solís, publicada en el blog Buenos Relatos. Su título es “Tu recuerdo”. Espero que os guste.

¡Disfrutad del domingo! ¡Besos!

*Imagen: Pixabay.com (editada)

194. ESTÁ BIEN

Los 52 Golpes – Golpe #26 – “El último minuto”

Los 52 Golpes – Golpe #26 – “El último minuto”

 

EL ÚLTIMO MINUTO

EL ÚLTIMO MINUTO

Grandes gotas de sudor le cubrían la frente, se deslizaban sobre su nariz y mejillas, y le nublaban la visión al agolparse sobre sus pestañas. En algunos momentos creyó que incluso podría llegar a desvanecerse. El calor era demasiado intenso y la presión que sostenía sobre sí mismo en aquellos instantes era excesiva. Con un gesto brusco, sacudiendo la cabeza hacia los lados, David intentó espantar el malestar, y de paso sus temores, para que nadie notase nada. Elevó el semblante en una única muestra de orgullo.

Habían sido noventa y tres minutos de juego intenso. Todos los esfuerzos que había realizado el equipo resultaron nulos ante la estrategia del rival y bien podían darse por satisfechos por la buena defensa que habían realizado, protegiéndose de él en todo momento, y que había dado como resultado la llegada al tiempo de descuento marcado por el árbitro sin que el contrario hubiese podido encajarles ningún gol. Pero para David aquello no era suficiente, era el capitán del equipo y cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de llevar una victoria a casa.

Los últimos tres minutos le habían resultado eternos y no sabía si dar las gracias por ello o sumirse en la desesperación. Su equipo lo estaba dando todo y el contrario parecía haberse resignado por completo al indiferente resultado. A punto estaba de comenzar el minuto cuatro del tiempo de descuento cuando una falta no muy bien intencionada del rival en el último intento que había realizado su equipo por aproximarse a puerta les había proporcionado la oportunidad de lanzar un penalti.

Allí estaba David, situado frente a la portería contraria con el balón a sus pies. Todo el estadio permanecía en un denso silencio, a la expectativa de lo que estaba a punto de ocurrir. Los segundos del último minuto parecían querer escaparse del reloj, latiendo en las sienes del capitán como si tuviese las manecillas dentro de su propia cabeza. El corazón le golpeaba con fuerza al mismo ritmo, sincronizado con aquel reloj interno que pulsaba por dar por terminado un partido que no podía finalizar con aquel resultado.

Sin querer perder ni un segundo más ni permitirse más tiempo para pensar, tomó impulso y golpeó con fuerza el balón con su pierna izquierda, al tiempo que cerraba los ojos para dejarse llevar por la adrenalina que corría con fuerza por sus venas en aquellos instantes. El tiempo pareció detenerse, las primeras voces de la afición le llegaban con retardo y amortiguadas por una suave alfombra de abotargamiento. De pronto, una gran ovación devolvió el sonido al estadio y a David a la realidad.

Abrió tan solo un ojo, lo justo para ver cómo el portero yacía tumbado en el suelo por el ángulo contrario a aquel por el que se había colado el balón. Se dejó caer de rodillas con los ojos cerrados mientras sus compañeros se lanzaban sobre él y las lágrimas se le agolpaban en las pestañas, mezclándose con las espesas gotas de sudor. El sonido del pitido del árbitro marcando el final del partido dos segundos después del tiempo estipulado le llegó amortiguado, esta vez por la avalancha de compañeros que le había caído encima.

David abandonó el terreno de juego con una gran sonrisa, mientras sus pensamientos viajaban por el amplio periodo de tiempo que se puede recorrer en tan solo un minuto.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi vigésimo tercera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 27, 28 y 29. ¡Esta semana ya el 30!

193. CALM

 

El relato del viernes: “Mashhur”

El relato del viernes: “Mashhur”

MASHHUR

MASHHUR

Mashhur despierta al alba cada día, toma un frugal desayuno y camina durante media hora para llegar a la mezquita. Le hacen bien esos paseos matutinos, le despejan la mente y el alma, a la par que despojan de dudas a la parte racional de su ser que le invade cada noche como si fuera un castigo. Para cuando alcanza a divisar el minarete que tanto admira, su ser espiritual ya ha despertado, y lo ha hecho con total plenitud.

Ya en el patio de la mezquita, mientras realiza las preceptivas abluciones, Mashhur agradece a Alá poder disponer de un templo para la oración en el que país que le acogió gustoso hace ya tantos años. Es una persona humilde, trabajadora y, sobre todo, agradecida. Cubre sus ropas con la amplia chilaba color crema heredada de su padre, que guarda con pulcritud en su riñonera de cuero negro. Ajusta en su cabeza la hiyab y se despoja del calzado para disponerse a entrar en el templo. El sol está a punto de verter sus primeros rayos sobre la ciudad.

Sabe que tardará unos buenos diez minutos en acostumbrar a sus pies a la fría dureza del suelo del interior de la mezquita, el mismo que dentro de unas horas el propio Mashhur habrá dejado limpio como una mancerina. Dedica este tiempo a observar las inscripciones de su interior, en un intento por no olvidar la caligrafía de su lengua natal, que en tan escasas ocasiones tiene la oportunidad de utilizar. Toma la mopa con sus manos encallecidas y morenas y, en silencio, da comienzo a su trabajo. Ninguna queja sale de sus labios durante la jornada casi maratoniana de mantener el santo lugar pulcro e inmaculado, a pesar de que se hubiese tratado de un perfecto desahogo. Acepta con igual resignación la llegada de los primeros visitantes a la mezquita, sin lograr comprender aún, después de tantos años, que se permita esa explotación comercial de tan sagrado espacio. Al fin y al cabo, él no es nadie para imponer opiniones y esta es la vida que le ha tocado vivir. No, no tiene queja alguna.

Finaliza su tarea a escasos cinco minutos de que la llamada a la oración le llegue amortiguada por los gruesos muros del templo. Se dirige hacia la sala de oración mientras esquiva a un grupo de turistas que le realiza fotos sin su permiso a pesar de la prohibición expresa de no tomar fotografías en el interior del edificio. Les lanza una mirada reprobatoria, pero mantiene su mutismo. Las alfombras que cubren los suelos de la sala de oración dan la bienvenida a sus doloridos pies descalzos. La extrema suavidad de las mismas ya le transporta a otro plano sensorial, dejando en la puerta de entrada, bien custodiadas, sus aflicciones.

Cuando Mashhur sale al exterior después del rezo, se siente purificado. Es tal la calma que le invade que la media hora de camino hacia su casa se le antojan diez minutos escasos. Sus amigos estarán ya esperándole en el bar de la esquina, donde no podrá evitar compartir unas cervezas con ellos. Los más de diez años de convivencia en la cultura occidental le hacen dudar de las convicciones que con tanto fervor cultivó desde su infancia y que acaba de ratificar hace un rato. Incluso las estrictas condiciones del Ramadán se le empezaron a hacer cuesta arriba hace ya muchos años. Aquí todos parecen más felices sin creencias religiosas o practicando la laxa doctrina de un Dios que es el mismo que el suyo, por mucho que se empeñen en otorgarle otro nombre. Como cada noche, Mashhur pasará de nuevo las horas inquieto, sin lograr conciliar un sueño por completo reparador, acongojado por las dudas que pueblan su interior a diario, poniendo en algún punto de una cuerda floja su fe.

Mashhur despierta al alba cada día, toma un frugal desayuno y camina durante media hora para llegar a la mezquita. Le hacen bien esos paseos matutinos, le despejan la mente y el alma, a la par que despojan de dudas a la parte racional de su ser que le invade cada noche como si fuera un castigo. Para cuando alcanza a divisar el minarete que tanto admira, su ser espiritual ya ha despertado, y lo ha hecho con total plenitud.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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192. REÍRSE

Mi jueves de poesía: “Palabras silenciadas”

Mi jueves de poesía: “Palabras silenciadas”

PALABRAS SILENCIADAS

PALABRAS SILENCIADAS

Enmudecen las palabras
que vertimos en reproches
guarecidos con las cobijas
de un invierno que partió.
Enmudecen, ahora callan,
mueren en nuestra garganta
como consignas cobardes
que pronunciadas al viento
quieren ahogar nuestra voz.
No hay espacio en nuestros cuerpos
para albergar tal desaire
de disparates desnudos,
de conciencias remachadas
por la maza del destino
que quiso cambiar de opinión.
Que salgan, pues las palabras,
que planeen cual aeroplanos
surcando el cielo del tiempo
tras habitar soterradas
en angostos vericuetos
de un simple nudo en la voz.
Que surjan ya las palabras,
que abandonen su mutismo,
que olviden hoy los reproches
que algún día pronunciaron
y jamás priven al orbe
de la grandeza que emana
de un vocablo articulado
con el vibrar de las cuerdas
que cuelgan del corazón.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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190. SECRETO