“El paso” – Desafíos Literarios

“El paso” – Desafíos Literarios

El paso

Pasa cada día por delante de mí, ante mi mirada absorta que quisiera mantenerlo inmóvil, a mi lado, sin que, no obstante, pueda hacer nada por retenerlo. Todos mis esfuerzos han sido en vano, todas mis intenciones, todo el empeño dedicado para intentar detenerlo no han sido capaces de impedir que siga su avance sin tregua.

Quisiera poder declarar un armisticio en esta guerra enloquecida que mantengo con él, sentarme a su lado, comprender su silencio, descifrar el secreto que con tanto celo guarda, para llegar algún día a firmar una declaración de paz entre los dos. Sin embargo, él nunca se detiene, como si no tuviera el más mínimo interés en averiguar aquello de lo que sería capaz si en algún momento llegara a ponerse de mi parte.

Él solo continúa su paso, libre, y llega lejos, muy lejos. Mientras, mi mirada incrédula  y estéril ve cómo transcurren los minutos, las horas, los días, los años, los lustros incluso, sin que haya logrado ni el más mísero avance desde mi insignificante y desvalido punto de partida.

Aun así, nunca he cejado en mi empeño. He librado con fragor una batalla que, en mi indudable inocencia, desconocía que ya estaba de antemano perdida. Ahora que el agotamiento ha ganado el pulso a los sudores vertidos por mi frente, creo que ha llegado el momento de dar por perdida esta contienda a todas luces falta de sentido.

Hincaré una rodilla en el polvo del camino recorrido y, a pesar de mis denuedos, izaré a un lugar bien alto la bandera blanca de mi rendición y la haré ondear al viento. Nunca, jamás, debí luchar contra el paso del tiempo.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

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“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

Bajo la luz del candil

Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.

La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.

Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.

A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

Bajo la luz del candil by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Los 52 golpes – Golpe #51 – “Nadie”

Los 52 golpes – Golpe #51 – “Nadie”

Nadie

Siempre supe que no iba a ser fácil. Desde pequeñita, tuve un sexto sentido que me indicó que la vida, en realidad, no era aquella situación de fantasía y felicidad en que me encontraba inmersa, rodeada siempre de sonrisas y juegos. Algo en mi interior me decía que, cuando creciese, la cosa iba a cambiar hasta tal punto que iba a encontrarla casi, casi, insufrible.

Comencé a preguntar a los mayores. A veces, los veía preocupados sin una razón aparente y no fueron pocas las ocasiones en que, de vez en cuando, encontraba a alguno de ellos llorando a escondidas. Incluso mi padre, mi gran ejemplo de fuerza por excelencia, fue incapaz de evitar que, en alguna ocasión, viese cómo alguna lagrimilla errante se desplazaba sin querer por sus mejillas.

Poco a poco, fui consiguiendo que me contaran, aunque solo fuese a grandes rasgos, en qué consistía aquello de hacerse mayor. Entre lo que me decía uno y lo que me decía otro, logré llegar a hacerme una idea aproximada de lo que me esperaba, así que, cuando maduré, casi de golpe y sin apenas darme cuenta, estaba en cierto modo preparada para ello.

Superé con éxito muchos de los primeros escollos que encontré en mi camino. No derramé ni una sola lágrima cuando mi primer amor; aquel que, en mi todavía ingenuidad, había pensado que duraría toda la vida, se esfumó delante de mis ojos como por arte de magia. Afronté con entereza los duros años en los que nadie apostaba ni un céntimo por mí, hasta que, al fin, llegó la tan ansiada oportunidad laboral que andaba buscando. El mismo aplomo me acompañó incluso en los difíciles momentos en los que tuve que hacer frente a la pérdida de un ser querido. Todos se maravillaban con mi capacidad de adaptación a las circunstancias, considerándome más madura incluso de lo que se suponía que debía ser.

Sin embargo, hubo algo que nunca nadie había tenido en cuenta a la hora de explicarme qué supondría para mí hacerse mayor. Algo que me marcó y de lo que, bastantes años después, aún sigo tratando de recuperarme. Algo que, cada vez que lo recuerdo, hace que me suma en un estado de shock alarmante, incluso para mí. Y es que nadie me preparó para el horroroso momento en el que me llamaron por primera vez… señora.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #48 – “Celos (III)”

Los 52 golpes – Golpe #48 – “Celos (III)”

Celos (I) Celos (II)

Celos (III)

Llegó un momento en que a duras penas lograba soportar la situación. De entre todas las personas que hay en el mundo, había conseguido establecer una relación sentimental con las dos más celosas que había conocido jamás. Me llegaban los reproches de todas partes. Durante el día, Fabián me torturaba en la oficina con su insistencia para que dejase a Anais y compartiese mi vida con él. Cuando llegaba la noche era aún peor. Regresaba a casa y mi compañera olisqueaba hasta mi ropa en busca de algún perfume ajeno. Llegué incluso a plantearme con seriedad el hecho de romper con los dos.

Entonces fue cuando se me ocurrió la brillante idea. Pasó por mi mente como una estrella fugaz que iluminó todo a su paso y se presentó como la solución a todos mis quebraderos de cabeza. A partir de aquel momento, enfoqué todos mis esfuerzos en hacer realidad lo que había ideado: que Fabián y Anais se conocieran. Si lo hiciesen, estaba convencida de que todo iría sobre ruedas. Llegué incluso a fantasear con una relación en la que los tres fuésemos piezas clave, viviésemos juntos y tuviésemos, juntos también, el mejor sexo que hubiese sido capaz de imaginar. Había quedado en el olvido la experiencia que tuve con Javier.

Ahora, no sé por qué, ya no me parece tan buena idea. Quizá sea por la actitud hostil que ha adoptado Anais desde que ha entrado por la puerta y ha visto a Fabián acomodado en su sillón favorito. O quizá sea por la actitud tan apocada que ha tomado Fabián ante la presencia de Anais. A pesar de que la reacción de ambos ha sido exactamente la que me esperaba, al vivir la situación he comprendido que el cuento que había imaginado no iba a tener nada que ver con la realidad. Tomo aire en profundidad y comienzo con las presentaciones.

La cena no está yendo tan mal como había imaginado hace unos instantes. Es más, parece que al final incluso han congeniado. Yo era consciente de la cantidad de intereses que tenían en común, pero, si soy sincera, no me esperaba que conectasen tan bien en tan poco tiempo. Quizá hayan tenido algo que ver las copas de vino que les serví mientras terminaba de preparar la cena para que fueran limando asperezas. Y vaya si las han limado. De hecho, no me están haciendo ni caso ninguno de los dos. Llevan como media hora hablando de filosofía, un tema que a los dos les interesa mucho y del que yo no tengo ni idea. He intentado intervenir un par de veces con algo de humor y la mirada de reproche que me han lanzado los dos ha sido tremenda.

Así que aquí estoy, viendo cómo Fabián y Anais se lo pasan estupendamente bien sin mí, mientras devoran la cena que yo me he encargado de preparar y vacían las botellas de vino que se han llevado casi la mitad de mi sueldo de un mes. Incluso parece que se están acercando un poco más de la cuenta, ¿no? Ay, ay, ay… a ver si ahora va a resultar que la celosa soy yo… ¿Qué es esto que siento, si no? No me había sentido así jamás.

El reloj roza ya la medianoche y mis dos queridos amantes deciden salir a tomar una copa. ¡Sin mí! ¿Qué os parece? Que muchas gracias por haberlos presentado, me dicen. Aquí me quedo, sola, aferrada a una enorme terrina de helado de chocolate con nueces y la última botella de vino bien cerquita. Y ahora es cuando me pregunto, ¿será esto lo que llaman por ahí karma?

FIN

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Revista Intropia Nº24 Diciembre 2018

Revista Intropia Nº24 Diciembre 2018

Como en meses anteriores, os traigo el nuevo número de la revista Intropia nº 24, correspondiente al mes de diciembre. Como siempre, tras la mano de la genial Isabel di Vinci, sale a la luz un nuevo ejemplar de la revista con unos muy interesantes contenidos y un diseño espectacular. Podéis acceder al contenido de la revista en este enlace.

Y para no perder la costumbre, os traigo hasta aquí mi colaboración, que espero que os guste.

Diciembre no es más que una hoja en el calendario

Pasa el tiempo volando sobre nuestras vidas, mientras nosotros, absurdos humanos inhumanos, morimos poco a poco tratando de vivir. Obviamos las cosas importantes, las que deberíamos tratar como prioridad, y dedicamos ingentes esfuerzos en aquellas que solo nos reportan bienestar material. Miramos hacia otro lado ante todo aquello que pueda hacernos algún daño, no vaya a ser que la consciencia arruine nuestro perfecto mundo construido a base de inestables naipes jugados en una partida perfecta.

Así, viendo sin querer mirar, oyendo sin querer escuchar, vamos dejando pasar la vida, una función perfecta tutelada bajo el mejor de los maestros de orquesta. Pero nuestra música no suena, queda apagada por la sordina de las rutinas egoístas y vacías. Solo unos pocos se atreven a emitir su melodía, para observar con absoluta indefensión cómo los demás miembros de la sinfónica solo consideran que están haciendo lo que aquellos creen que sería ruido, un ruido incómodo, molesto y dañino para la silenciosa banda sonora de sus anodinas vidas.

Entonces, llega un día, uno cualquiera, uno más en el frenético devenir de las funciones orquestadas bajo vestidos de tiros largos y aforos completos, en el que, de pronto, la música comienza a sonar. Y todos, músicos y espectadores, se alzan en pie y entonan al unísono la más bella de las melodías. Sus voces y sus músicas se elevan hacia el cielo y quieren ser escuchadas, necesitan ser oídas. Voces de diferentes tesituras que proclaman el mismo cántico, de paz, de armonía, de felicidad.

De pronto, cual si de una carrera se tratara en lugar de una banda orquestal sincronizada, el día primero del mes de diciembre es cuando claman todas las voces juntas, en un revuelo de algarabía e ilusión. Gritos de paz, de solidaridad con un prójimo hasta entonces ignorado, buenos deseos que vuelan de hogar en hogar, que esperan cumplirse con devoción. Parece que la caridad envuelve las calles, las sonrisas, los abrazos se prodigan con efusividad durante treinta y un días, quizás alguno más, en un intento de compensar el resto de días del año, que quedaron atrás en la más absoluta indiferencia.

Y yo me pregunto, ¿acaso no os dais cuenta de que diciembre no es más que otra simple hoja en el calendario?

Diciembre no es más que una hoja en el calendario by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

No nos queda ni París

No nos queda ni París

Os dejo con una de mis últimas colaboraciones con la fantástica página de escritores El Poder de las Letras. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

No nos queda ni París

Se murieron las promesas que algún día nos hicimos, se quedaron enterradas para siempre en un cajón junto con aquellas cartas mojadas por el olvido, donde las palabras, por estar escritas, parecían resultar eternas. Qué ingenuos fuimos al creer en una perpetuidad que resultó ser tan efímera como la estela que queda en el cielo tras el paso de una estrella fugaz.

Ya ni siquiera nos quedan los rincones que nos vieron abrazados por las calles de París. Se quedaron congelados por el tiempo, a la espera de otros besos que derritan la escarcha acumulada en los balcones a causa de la frialdad que nació entre los dos. Cuántos abrazos quedaron extraviados en las calles del descuido, cuántas risas apagadas al tiempo de caer el sol.

Dónde quedaron las ganas de viajar al fin del mundo subidos en un trineo a la velocidad de la luz. Las auroras boreales no se creerán la leyenda que cuenta que hubo un tiempo en que tú y yo creímos en el amor. Y nos perdieron de vista las calles de Nueva York, las de Estambul, las de Venecia, hasta la más pequeña isla que había en los mares del sur. Igual que nosotros, perdidos, sin ninguna posibilidad de aproximación. Tan perdidos que, a estas alturas, no nos queda ni París.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #45 – “Venganza por un crimen”

Los 52 golpes – Golpe #45 – “Venganza por un crimen”

 

VENGANZA POR UN CRIMEN

VENGANZA POR UN CRIMEN

Esteban llevaba años preparándose para aquel día. Para ser precisos, eran veintitrés años, tres meses y cinco días los que llevaba esperando, ansioso por volver a encontrarse con Andrés. No había nada que desease más en el mundo que echarse a la cara a aquel malnacido. Solo con pensar en que hubo una época en la que lo consideraba su mejor amigo le causaba una repulsa tremenda.

Cuando eran jóvenes, Esteban y Andrés eran inseparables. Se habían criado juntos, vivían en el mismo bloque, compartieron colegio, juegos en el barrio e incluso alguna que otra novia. Esto ocurrió con Inés. Fue la novia de Andrés durante un par de años. Inés era una muchacha preciosa con una inteligencia excepcional, que derrochaba dulzura en cada cosa que hacía y cursaba con mucha ilusión sus estudios de veterinaria. Era perfecta, en todos los sentidos, y tanto Esteban como Andrés lo sabían.

Andrés cambió su manera de comportarse con ella cuando comprendió que quizá era demasiada mujer para él, que nunca llegaría a estar a su altura. Se llenó de inseguridades y los celos le corroían por dentro, aunque jamás hubiese confesado algo así. A pesar de que con las demás personas Andrés seguía siendo en apariencia el mismo chico jovial y educado de siempre, en la intimidad con Inés se transformó en un auténtico monstruo. Comenzó a controlar todo lo que hacía, con quién hablaba, a quién veía. La alejó de sus amistades y, para aplacar su inseguridad, se volvió agresivo con ella. Cualquier excusa era buena para gritarle y pronto llegó a utilizar las manos.

La amistad que Esteban había trabado con Inés se intensificó durante ese tiempo. A escondidas de Andrés, Esteban fue su paño de lágrimas, un hombro en el que apoyarse y con quien compartir el sufrimiento que estaba viviendo. Fue él quien, sin ningún interés particular, la aconsejó que se alejara de su amigo. Para Inés, aquella fue la mejor decisión que pudo haber tomado y siempre agradeció a Esteban que le abriese los ojos de la manera en que lo hizo. Fue el tiempo el que, poco después, los unió. Todo el cariño y el apoyo mutuo que se habían prodigado durante el tiempo que duró el calvario de la chica, se fue tornando poco a poco en un amor inquebrantable.

Poco les duró la dicha, pues cuando Andrés tuvo noticias de la relación que mantenía su supuesto mejor amigo con Inés, entró en cólera, aun sabiendo que su vínculo con ella hacía tiempo que se había roto. Llevarían poco más de seis meses de noviazgo cuando, una noche en la que estaban cenando los dos solos en un coqueto restaurante, apareció Andrés totalmente fuera de sí. No pronunció palabra alguna, solo se limitó a asestarle a Inés varias puñaladas mortales sin importarle la gente que estaba presenciando la escena. Inés murió en brazos de Esteban, con un «te quiero» roto en susurros entre los labios.

Más de veintitrés años después, Esteban lleva más de dos horas esperando a la salida del centro penitenciario. Tan solo quiere ver la cara de Andrés por última vez, saber cómo le ha tratado la vida desde aquella maldita noche, intuir si su sufrimiento ha sido solo una mínima parte del suyo propio. El día ha salido lluvioso y hay poca gente en el recinto. Los coches de los funcionarios y algún que otro vehículo esporádico son los únicos que permanecen en el aparcamiento en aquella mañana de enero. Andrés aguarda dentro del coche con el motor parado, le hierve tanto la sangre que ni siquiera necesita encender la calefacción para mantener el calor de su cuerpo en llamas, a pesar del frío. Han sido demasiados años esperando este momento, planificando su venganza. Jamás pensó en dejar impune el atroz crimen cometido por su remoto amigo. Bajo su abrigo, el arma conseguida de manera ilegal, con su flamante silenciador, espera con agonía su turno para entrar en acción.

Son las doce en punto del mediodía cuando Andrés sale por la puerta del centro penitenciario. Mira hacia todos lados en busca de alguna cara conocida, pero no hay nadie esperando por él en la salida. Esteban se revuelve inquieto en el asiento, se asegura de que no pueda verlo y empuña el arma con su mano derecha enguantada. Los dedos tiemblan alrededor de la pistola sin que se atrevan a cerrarse del todo sobre ella, como si esta quemara. Ve cómo Andrés comienza a caminar despacio bajo la lluvia hacia una parada de autobús que se divisa en la distancia. Decide observarlo bien, quiere mantener esa imagen en su memoria, los últimos minutos de vida del desgraciado que se la quitó a Inés.

Lo ve demacrado, no tiene muy buen aspecto. Ha perdido por lo menos las dos terceras partes del peso que tenía cuando era su amigo y parece un esqueleto andante. Unas intensas ojeras no contribuyen para nada a mejorar su aspecto y parece que hubiese envejecido al menos cincuenta años. Así, bajo la lluvia, parece incluso un anciano decrépito y el aspecto mojado no hace más que acrecentar esa sensación. Desde la distancia, cree ver lágrimas resbalando por sus mejillas, que bien podrían ser gotas de lluvia, pero la apariencia enrojecida de sus ojos le indican que es llanto. Está llorando. Por soledad, por arrepentimiento, por tener la libertad que tanto tiempo habrá estado esperando, o incluso por el lamento de alguna enfermedad incurable quizás. Desde luego, solo con verlo se adivina algo así. Lleva una pequeña bolsa de plástico en la mano. Deben de ser sus pertenencias, todo lo que le ha quedado en la vida ahora cabe en una simple bolsa de supermercado. Esteban se estremece, y no precisamente por el frío.

Deja el arma de nuevo en su posición inicial. Quería venganza, sí, pero parece que la propia vida ya se ha encargado de ello. Además, él no es un asesino. No como lo fue Andrés. Arranca el coche y sale del aparcamiento levantando una gruesa capa de agua del suelo. Por el espejo retrovisor, ve cómo Andrés queda solo en aquella oscura y triste marquesina de autobús. Ahora puede vivir en paz.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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Venganza por un crimen by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi cuadragésimo quinta participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana.

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