El relato del viernes: “Me falta vida”

El relato del viernes: “Me falta vida”
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Me falta vida

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Sí, ya lo sé, no es mío, no hace falta que me lo digas. Así comenzaba el poema de Pablo Neruda que tantas noches leímos juntos, mientras nos besábamos bajo el cielo infinito, cómo continúan esos versos. Pero ¿qué puedo hacer si son el más fiel reflejo de cómo me siento?

Te he escrito mis mejores versos, lo sabes. Si alguna vez ha salido alguna palabra coherente de mis labios, si en algún momento mi pluma ha vomitado una estrofa mínimamente aceptable, con cadencia y sentimiento, ha sido cuando estas, las palabras, iban dirigidas a ti. Y ahora solo me quedan los versos tristes, ataviados con un hábito de tan dudosa calidad que mucho me temo que jamás llegarán a salir de mi alma. Se quedarán allí, enquistados, rumiando su propia miseria en el paraje oscuro y taciturno de mi maltrecho corazón.

Te entregué todo sin restricciones, acomodada en la suave almohada de tu pecho, en la tibieza de tus labios, en la cálida cobija de tu piel. Sí, te lo entregué todo y sin esperar nada a cambio. A pesar de que, en demasiadas ocasiones, lo único que recibía era el decadente aroma de una cama ajena. A pesar de verme correspondida por el frío aliento de tu indiferencia. A pesar de que muchas veces quise protegerme bajo el oscuro paraguas de la distancia. A pesar de todo, siempre regresaba a ti. Porque siempre supe que en el fondo, aunque fuese muy en el fondo de tu corazón, tú me querías.

Y, a pesar de ello, esta noche tendrá el sabor dulce y amargo de una despedida y mi pluma solo podrá escupir los versos taciturnos de una bella elegía. Porque, parafraseando de nuevo a Neruda, yo te quise y, a veces, tú también me quisiste. Pero me falta vida para conseguir que ambos logremos querernos bien.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Atrapado"

El relato del viernes: "Atrapado"

Atrapado

Arturo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Hacía más de una hora que se había separado de su hijo y la desesperación comenzaba a hacer mella en él. Se giró hacia la izquierda solo para encontrarse con un gran muro verde que se alzaba a su frente. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había encontrado en aquella misma situación. Por su mente pasó la fugaz idea de cómo puede cambiar la tesitura en la que te encuentras tan solo de un momento a otro. Lo que había comenzado como un apacible día en el que compartir tiempo con su hijo había mutado hasta convertirse en una auténtica pesadilla para él.

Todo había comenzado con risas y complicidad. Jorge, su hijo mayor, estaba encantado. Desde que había nacido el bebé casi no pasaba tiempo a solas con su padre y a Arturo se le había ocurrido la brillante idea de pasar aquella mañana de domingo los dos solos. Entre su trabajo y las demandas de atención del pequeño, apenas le quedaba tiempo para él. Lejos quedaban ya aquellas tardes de juegos en las que padre e hijo eran inseparables y Arturo las echaba de menos.

El día en que llegó a sus manos la publicidad de aquel lugar lo interpretó como una señal. Llevaba días tratando de encontrar alguna actividad diferente para realizar con Jorge, algo que se saliera de lo habitual, y aquella idea le pareció fantástica y divertida. De hecho, lo había sido hasta hacía unos minutos.

Fue él el que propuso el reto. Cuando tuvo aquella ocurrencia, le pareció que sería un plus para añadir un poquito más de diversión adicional a la mañana y, simplemente, siguió el impulso. Además, se sentía tan seguro de sí mismo que en ningún momento pensó que pudiera llegar a encontrarse en aquella coyuntura. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que aquello le pudiese ocurrir. Jorge se mostró entusiasmado cuando se lo sugirió, así que, sin dudarlo un segundo más, cada uno se encaminó hacia una dirección. El primero en llegar a la salida sería el ganador de una deliciosa hamburguesa doble con ración extra de queso a la hora de la comida.

Ahora no podía estar más arrepentido. Cada vez que tomaba la decisión de torcer por uno de los recodos de aquel lugar, se daba de bruces con otro muro insalvable que le obligaba a retroceder y tomar la dirección contraria para, en la siguiente encrucijada, volverse a equivocar. Se sentía atrapado en aquel entresijo de grandes y tupidos muros formados por una frondosa vegetación que, aunque al principio le habían parecido hermosos y acogedores, cada vez se le antojaban más amenazantes. Para colmo, no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrarse su hijo. La creciente ansiedad que sentía se lo estaba haciendo pasar realmente mal.

Después de varias vueltas y revueltas más, Arturo volvió a echar un vistazo al reloj que marcaba el tiempo que duraba su suplicio. Llevaba ya cerca de una hora y media dando rodeos por aquella monstruosa obra de arquitectura disfrazada de atracción infantil. A punto estaba ya de ponerse a dar voces cuando vio un pequeño cartel en un rincón. Apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la inscripción que aparecía en él: «salida de emergencia». Creyó volver a nacer cuando detectó una pequeña puerta camuflada entre la vegetación. La abrió con cuidado y traspasó el verde umbral, sudoroso y agitado por la angustia.

Su corazón recuperó su latido normal cuando, al fin, salió de aquella trampa. Enfrente de él, sentado en el suelo y con cara de aburrimiento, estaba su hijo Jorge. Lo observó hacer un gesto de incredulidad y de cansancio mientras se levantaba y se dirigía hacia él.

—Ya te vale, papá, estaba a punto de pedir que fueran a buscarte. Menos mal que era un laberinto para niños, que si no tenemos que llamar a los bomberos para que vengan a rescatarte. Anda, vámonos, que me parece que me debes una hamburguesa.

Arturo no pudo evitar sonreír y, tomando la mano que Jorge le ofrecía, le contestó:

—Pues sí, hijo, sí, vamos, que te la has ganado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Embarque hacia una vida nueva”

El relato del viernes: “Embarque hacia una vida nueva”

Embarque hacia una vida nueva

Ya estaba en la puerta de embarque. Por fin estaba a punto de dar comienzo la aventura con la que llevaba años soñando y, por primera vez, sintió escalofríos. Nunca había tenido miedo de nada, pero, en aquellos momentos, se sintió frágil como nunca lo había hecho.

Era el menor de siete hermanos y, aunque en su casa nunca le había faltado cariño, desde que tuvo uso de razón se había sentido una carga para sus padres. Los casi diez años de diferencia que se llevaba con su siguiente hermano le habían llevado siempre a pensar que su presencia en este mundo solo había estado producida por un bendito error. Por eso, en cuanto tuvo edad para trabajar no dudó en hacerlo, mientras compaginaba aquellos trabajos mal pagados con sus estudios.

No se podía decir que su juventud hubiese sido como la de los demás muchachos de su edad, pues siempre había trabajado y estudiado y pocas eran las ocasiones en las que se había permitido pasar la noche fuera de casa. Quedaba demasiado poco tiempo para el ocio y, mucho menos, para pensar siquiera en el amor. Pero gracias a ello había podido echar una mano en la economía familiar y, a la vez, ahorrar lo justo para poder cumplir su sueño en un plazo razonable.

Ese afán suyo de autosuficiencia y de ayudar a los demás lo había convertido en un hombre arrojado, que no temía a nada y que emprendía cualquier empresa que se cruzaba en su camino a la menor oportunidad. Sin embargo, en aquel instante, separado ya de los brazos cariñosos de su madre, de la confianza incondicional que su padre le demostraba con profusas palmadas en la espalda y de las bromas y abrazos de sus hermanos, sintió miedo por primera vez en su vida.

Iba a romper con la vida como la había conocido hasta entonces y comenzar una nueva en un país que jamás había visitado, pero en el que esperaba que se abrieran muchas posibilidades. Sintió también el único temor que jamás hubiese podido imaginar sentir viviendo, como lo hacía, o más bien como lo había hecho hasta ahora, en una familia de nueve miembros, dos gatos y un perro. Más bien fue pánico lo que sintió, pánico a la soledad.

Una azafata con expresión amable lo observaba desde detrás del mostrador mientras esperaba a que se decidiese a entregarle su billete y subir por fin al avión. El resto del pasaje ya había embarcado y, como dudase unos minutos más, le tendría que comunicar que iban a proceder a cerrar la puerta de embarque. Él la miró y comprendió en su rostro la situación, después de haber echado un vistazo a su alrededor y comprobar que era el único pasajero que quedaba en aquel lugar. Con un suspiro, escondió sus recién estrenados temores bajo la lona de la mochila que cargaba al hombro y, con el billete en la mano, se adentró en el finger que lo llevaría a su nueva vida.

Caminó con paso lento por el largo pasillo de aquel avión con destino Berlín mientras intentaba localizar su asiento. Sonrió cuando lo encontró: ventanilla, como a él le gustaba. Al ir a sentarse, sus ojos se encontraron con los de la chica que ocupaba el asiento contiguo al suyo. Se sonrieron. A los pocos minutos, ambos hablaban en alemán y se reían a carcajadas con una complicidad que él jamás había experimentado con alguien del género femenino.

De rato en rato, miraba por la ventanilla y veía cómo sus miedos iban saltando desde el avión para quedar alojados en la densa masa de nubes que estaban sobrevolando.

—Bueno… —se dijo para sus adentros, mientras miraba a su compañera de asiento con una sonrisa en los ojos—, al final puede que no llegue a estar tan solo como pensaba.

Ana Centellas. Mayo 2019. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “A escasos milímetros”

A letras con los lunes: “A escasos milímetros”

A escasos milímetros

Paseas con suavidad tu dedo por mis labios entreabiertos, acariciándolos, quemándolos con la yema de tu pulgar, mientras veo cómo te acercas a ellos hasta quedarte a escasos milímetros. Siento tu aliento recorrer mi piel, mi boca, adentrarse en mi interior y la flama que provocas en mí sería suficiente para hacer arder este maldito cuarto que nos cobija.

Te mantienes ahí, distante, provocándome, haciéndome sufrir con la intensidad de tu mirada, con la calidez húmeda de tu aliento insolente y con la exquisitez del danzar de tu dedo por mis labios. Me quedo sin resuello con la mirada perdida en la lejana cercanía de tu boca, anhelando ese beso, lento y profundo, que sé que no llegará. Aún no.

Acabas de convertirnos en un juego, lo sé. Uno que solo finalizará cuando uno de los dos pierda la partida, cuando se rinda a la evidencia del deseo que nos urge a ambos desde que nuestras manos se rozaron hace unos instantes y prendió la chispa incendiaria que ahora amenaza con quemarnos juntos. Un juego en el que, tal vez, lleve todas las de perder. O no.

Y tú sigues manteniéndote ahí, en el mismo punto exacto, a escasos milímetros de mi boca, sin terminar de recorrer la distancia que nos llevaría a arder de inmediato. Y tu pulgar sigue ahí, rozándome los labios, mientras mi respiración convulsiona a cada segundo que pasa y los primeros gemidos de anticipación salen huérfanos al silencio de la noche fría.

Mis fuerzas flaquean, cierro los ojos y dudo si rendirme o hacerte creer que me has vencido. Mi lengua toma la decisión por mí, ambigua, y se escapa de mi cavidad bucal para salir al encuentro de tu dedo, ansiosa por recorrerlo, humedecerlo, succionarlo. Y yo, rendida por completo, dejo volar mi imaginación al compás de mis gemidos hacia otras zonas de tu cuerpo que me gustaría recorrer con la lengua con más fruición que tu pícaro dedo.

A escasos milímetros de tu boca el aire quema, el sonido baila, los cuerpos se hacen agua y la imaginación resbala.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

A letras con los lunes: “Germinación”

A letras con los lunes: “Germinación”

Germinación

Hacía meses que tenían que haber nacido, tantos, que ya nadie se acordaba de ellas. Quedaron olvidadas sin remedio, a la intemperie, relegadas a un oscuro rincón donde el frío y la oscuridad reinaban a sus anchas. Nadie se acordó de cuidarlas, de mimarlas, de aportarles un poquito de calor. Lejos quedaron la ilusión y las atenciones de los primeros días, cuando vivieron un sueño tan bonito en el que eran el centro de todo cuidado.

Eran varias y os puedo asegurar que todas, sin excepción, tenían miedo. Yo las acogía en mi seno con la mayor diligencia posible, con todo el cariño de que fui capaz, pero aquel invierno estaba siendo especialmente duro y una persistente sequía tampoco nos ayudaba nada. Aun así, en ningún instante tiré la toalla, pues sabía que en algún momento llegarían tiempos mejores. Como así fue.

La primavera llegó casi por sorpresa unas semanas antes de lo previsto, como si intuyese que de ella dependía la supervivencia de las pequeñas. Después de tantos días de frío intenso, aquella ligera subida de las temperaturas fue algo así como encontrar un oasis en un desierto. Los rayos de sol, aunque tenues y vergonzosos, llegaban hasta mí y yo los acogía a todos con agrado, procurando un ambiente más cálido para que ellas tuviesen un refugio un poco más acogedor.

A los pocos días ocurrió lo que llevaba tanto tiempo esperando. La llegada de las primeras lluvias supuso un punto de inflexión en todo aquel proceso de guarda y custodia al que estaba dedicada desde hacía meses. Las gotas caían sobre mí casi con ternura y yo me empapaba de ellas, las absorbía todas con esmero para que mis pequeñas tuviesen todo aquello que precisaban.

Yo guardaba nutrientes en mi interior, lo sabía. Los había estado almacenando durante todo este tiempo junto a ellas, en el lugar más resguardado y protegido del frío, para poder utilizarlos cuando llegara el momento. Y ya había llegado. Dejé que la magia se obrara.

Poco a poco, con timidez, los primeros brotes comenzaron a salir de mí, deseosos de que la luz del sol les diese un cálido baño después de tanto tiempo aislados en oscuridad. Animadas por estos, las demás hicieron lo mismo. Fueron perdiendo el miedo que las había arrinconado y saliendo a la luz, hasta que me cubrieron por completo. Nunca antes me había sentido tan bien, la sensación de bienestar en mí era plena.

No os podéis imaginar la alegría y el orgullo que sentí cuando María, la niña que las había depositado en mí tiempo atrás, me mostró su carita sonriente y, a voz en grito y con algarabía, le decía a su madre:

—¡Mamá, mamá! ¡Han brotado! ¡Las semillas que sembramos han brotado!

Hoy me siento verdaderamente como una madre: la madre tierra.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Abril”

El relato del viernes: “Abril”

Abril

Aún recuerdo el momento exacto en el que, acurrucados bajo las sábanas que hacía unos instantes habían sido testigos mudos de nuestro amor, decidiste cambiarme el nombre. Nuestra respiración todavía estaba desordenada, inhalábamos el aire con esfuerzo, como si acabásemos de ser arrollados por un tsunami desolador, y pequeñas gotas de sudor permanecían remanentes en nuestros cuerpos, ansiosas por mezclarse de nuevo en el crisol en que ambos nos convertíamos cuando nos dejábamos llevar por la pasión.

—A partir de ahora te llamaré Abril —dijiste, en un cálido susurro que me erizó la piel al instante, sin dejar de mirarme a los ojos, perdido en ellos como si hubieses sido víctima de un embrujo. Una vergüenza súbita se apoderó de mí tan pronto como pronunciaste aquellas palabras y, sin ni siquiera preguntarte el motivo de aquella decisión, la asumí y me acurruqué contra el calor de tu pecho, al amparo de aquel dulce ronroneo que surgía de tus adentros y del que, desde aquel momento, me sentiría una parte importante.

Abril. Desde aquel día me llamaste Abril. Y yo me sentí la lluvia que nos cubría a los dos cada mañana, que limpiaba nuestros cuerpos y refrescaba nuestras mentes cuando ambos abríamos los ojos a un nuevo amanecer. Me sentí el frescor que los dos necesitábamos para no caer en la desidia. Me sentí cálido refugio al que regresar siempre al final de cada día, el que guarece del frío y reconforta cuando lo sientes entre unos brazos que no son los propios. Me sentí la brisa fresca que te alborotaba el pelo y estiraba las comisuras de tus labios hasta deshacerte en sonrisas. Me sentí tisana ardiente en la que tú te sumergías al final de cada día para emerger renovado y siempre empapado en mí.

Aquella noche me llamaste Abril y, desde entonces, dejamos de caminar sobre el asfalto para hacerlo por grandes alfombras de encarnadas amapolas. Dejamos atrás el invierno para vivir en una eterna primavera.

Ana Centellas. Abril 2019. Derechos registrados.

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“El cuadro” – Desafíos Literarios

“El cuadro” – Desafíos Literarios

El cuadro

Cuando lo vi, aquella soleada mañana de domingo, supe que tenía que ser mío. Me había levantado temprano, como solía ocurrirme a menudo desde hacía un tiempo. Lejos habían quedado ya las largas mañanas de colchón durante mis fines de semana, cuando el desayuno y el almuerzo se convertían en una única comida. Quedaron reservadas para los ya pasados tiempos de mi juventud y la desazón que me producía el hecho de saberme ya un adulto con responsabilidades me impedía malgastar un segundo de más en la cama.

Precisamente ese era el sentimiento predominante aquella mañana, sentado frente a mi taza de café y al periódico del día, que me hizo recordar los grandes tazones de leche con cacao que, humeantes, me preparaba mi madre cada mañana cuando aún era un niño con ilusiones. Creo que la palabra que podría encajar mejor en la definición de ese sentimiento sería añoranza. Una brutal añoranza del pasado se había apoderado de mí, poco a poco y a lo largo de los últimos años, cargando mi espalda como con un lastre que me hacía que me replegara un poco más sobre mí mismo cada mañana.

Decidí despejar las ideas saliendo a dar un paseo. Las callejuelas del centro de Madrid siempre habían tenido un extraño poder curativo en mí y la mañana, radiante en aquella espléndida primavera, resultaba muy propicia para ello. Mis pasos, al principio lentos por la rémora de la apatía, se fueron transformando en un ágil caminar según iba avanzando por las calles y estas se iban volviendo cada vez más estrechas a mi paso. Fueron esos resueltos pasos los que me llevaron, sin que lo hubiese planeado, al Rastro.

El bullicio y la algarabía que había en el lugar, que siempre me había resultado mágico y bohemio, terminaron de alcanzar el resultado esperado de mi caminata. Una muchedumbre animada caminaba por entre los puestos, observando, conversando, riendo. Las terrazas estaban repletas de personas que disfrutaban del magnífico sol, algunas aún con el primer café de la mañana, mientras que otras ya habían dado paso a la alegría y el placer de unas cañas compartidas.

Fue allí, entre la multitud, cuando lo vi. Estaba apoyado contra el lateral de uno de los tantos puestos de arte del mercadillo, podría decirse que casi dejado con descuido, y nadie parecía prestarle atención a su paso. A mí, sin embargo, me cautivó. El tiempo se detuvo durante unos instantes en los que dejó de llegar hasta mis oídos el bullicio del gentío. De pronto, me sentí transportado a otro tiempo y a otro lugar. Pude apreciar en mi nariz el aroma a campos de cereal recién segado, a pan recién hecho, a noches de calor, a la paja mojada tras una lluvia de verano, a infancia y felicidad.

Dirigí mis pasos hasta él para apreciarlo mejor. Aquel cuadro, sin que tuviera en apariencia nada de particular, había conseguido evocar en mí tales sensaciones que supe de inmediato que se vendría conmigo a casa. Deslicé los dedos por el rugoso lienzo, cubierto por aquellos colores tan cálidos, y fui capaz incluso de escuchar la dulce voz de mi abuela llamándome con cariño para comer.

Lo coloqué en un lugar de honor en mi dormitorio, aquel que hasta entonces había ocupado la pequeña televisión que trataba, sin lograrlo, de aportar una pizca de recreo a mis noches. Ahora, cada vez que me invade la añoranza, no tengo más que introducirme en ese extraño paisaje que, sin embargo, representa tanto para mí. En él está reflejada mi juventud.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

“El paso” – Desafíos Literarios

“El paso” – Desafíos Literarios

El paso

Pasa cada día por delante de mí, ante mi mirada absorta que quisiera mantenerlo inmóvil, a mi lado, sin que, no obstante, pueda hacer nada por retenerlo. Todos mis esfuerzos han sido en vano, todas mis intenciones, todo el empeño dedicado para intentar detenerlo no han sido capaces de impedir que siga su avance sin tregua.

Quisiera poder declarar un armisticio en esta guerra enloquecida que mantengo con él, sentarme a su lado, comprender su silencio, descifrar el secreto que con tanto celo guarda, para llegar algún día a firmar una declaración de paz entre los dos. Sin embargo, él nunca se detiene, como si no tuviera el más mínimo interés en averiguar aquello de lo que sería capaz si en algún momento llegara a ponerse de mi parte.

Él solo continúa su paso, libre, y llega lejos, muy lejos. Mientras, mi mirada incrédula  y estéril ve cómo transcurren los minutos, las horas, los días, los años, los lustros incluso, sin que haya logrado ni el más mísero avance desde mi insignificante y desvalido punto de partida.

Aun así, nunca he cejado en mi empeño. He librado con fragor una batalla que, en mi indudable inocencia, desconocía que ya estaba de antemano perdida. Ahora que el agotamiento ha ganado el pulso a los sudores vertidos por mi frente, creo que ha llegado el momento de dar por perdida esta contienda a todas luces falta de sentido.

Hincaré una rodilla en el polvo del camino recorrido y, a pesar de mis denuedos, izaré a un lugar bien alto la bandera blanca de mi rendición y la haré ondear al viento. Nunca, jamás, debí luchar contra el paso del tiempo.

Ana Centellas. Marzo 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

Bajo la luz del candil

Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.

La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.

Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.

A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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