El relato del viernes: “Cuando se muere una flor”

El relato del viernes: “Cuando se muere una flor”

 

CUANDO SE MUERE UNA FLOR
Imagen: Morguefile (editada)

 

 

CUANDO SE MUERE UNA FLOR

Se me secaron las hojas, se me secaron los pétalos. A mí y a mis compañeras, nos quemamos bajo el sol, ese torrente abrasador que nos quitaba la vida, mientras el mundo seguía girando sin apenas vernos. Nos morimos en silencio, como las grandes personas, sin emitir lamentos, ni llantos ni queja alguna. Y los niños que, en su día, corrieron entre nosotras, nos olvidaron de pronto. Partieron a otros lugares, a disfrutar de su verano en sitios de playa y sol. Quedamos abandonadas bajo un infierno dorado que, poco a poco, casi sin dejar rastro, nos fue consumiendo a todas. Nos morimos bajo el sol.

A nadie le ha preocupado que nosotras marchitáramos. A nadie vimos llorar por la primavera que partió. Todos siguen con sus vidas, nos cambiaron por la arena, por paseos en la noche y largas siestas al sol. Nosotras les dimos vida, alegría, dulce aroma y vivos colores. Todos estaban contentos, nos llevaban a sus casas, nos cuidaban, nos mimaban, nos mojaban con su agua cuando la lluvia no estaba. Pero cambiaron los vientos y mudaron la veleta que les traía hacia nuestros campos. Y con los vientos cambiados se fueron a otros lugares, se fueron sin importarles si vivíamos o no.

Ahora ha llegado el otoño, todo se cubrirá de hojas. Nuestros pétalos marchitos se irán volando otra vez. Y cuando llegue el invierno y la nieve cubra todo, volverán a recordarnos y a querernos, a pedir que volvamos con ellos de nuevo.

Soy flor y, como tú, siento, pero no guardo rencores. Cuando la primavera regrese, volveremos a los campos, a llenarlos de luz y color. Traeremos colores rojos, amarillos y azulados, todos quedarán enamorados de la belleza que mostraremos para que puedan sentir la primavera corriendo por sus heladas venas. Volveremos, sí, volveremos. De eso no os quepa duda. Pero aunque no guardemos rencores, daña nuestros corazones, que nadie en el mundo llore cuando se muere una flor.

Volveremos con colores cada vez menos brillantes, viendo cómo en todo el año nuestra vida va acortándose. La primavera se muere, se os escapa de las manos, y todo es por culpa vuestra, por vuestros malos quehaceres. Cada cual sigue a lo suyo, no hacéis nada por remediarlo, volveréis con vuestras risas, vuestros juegos y descansos, a disfrutar del verano. Mientras tanto, cada día, moriremos de una en una, tristes, solas y abandonadas, y a nadie le importará nada. No os extrañe si algún día, no regresa vuestra flor.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Hacia otro lado”

El relato del viernes: “Hacia otro lado”

HACIA OTRO LADO

 

HACIA OTRO LADO

El día ha amanecido despejado, no hay ni rastro de nubes en el cielo y una brisa fresca lo recorre todo, llegando hasta el más recóndito de los rincones de esta amplia playa, destino elegido para las vacaciones perfectas.

Los paseos matinales por la orilla del mar siempre han sido mis preferidos. Es cuando puedes notar la frescura de la arena bajo unos pies descalzos, la brisa marina acariciándote la piel y alborotando los cabellos, el silencio interrumpido solo por las olas del mar arribando a la orilla. La multitud todavía no se arremolina en torno del mar, deseando saciar sus ansias de desconexión, haciendo caso omiso de los niños que lanzan sus pelotas sin miramientos, o colocando su sombrilla a dos centímetros de tu toalla, invadiendo espacios vitales a discreción.

Siempre huyo de las multitudes, no por ausencia de necesidad social, sino por mi recalcitrante tendencia al agobio y a la ansiedad dentro del ruido gratuito que emiten decenas de personas hablando a la vez, progresivamente a un nivel más alto para poder escucharse entre el gentío y las voces a los pequeños cachorros humanos que amenazan con perderse entre la marabunta de congéneres. Por eso, mis paseos por la playa siempre son en la mañana, temprano, cuando todos ellos están pensando aún en desayunar o ni siquiera han abierto el ojo, después de trasnochar en torno a una mesa del chiringuito de turno. Esta mañana el paseo está siendo más largo de lo habitual. Solo con notar la fresca brisa que corría al amanecer, ya sabía que la multitud no se acercaría a la playa hasta pasadas las doce del mediodía. Así que, dispuesta a caminar a mis anchas por la inmensa playa, llevo ya un buen rato disfrutando de la tranquilidad y la calma que solo el mar sabe transmitir. Incluso he realizado un alto en el camino para retomar fuerzas con un buen desayuno, con la mirada perdida en la inmensidad oceánica.

Tras el fantástico desayuno he continuado mi paseo, ya con otra disposición. Ahora mi paso es más rápido, más enérgico, necesito quemar todo lo que he ingerido, por eso he llegado hasta una zona que no suelo frecuentar, ya que mis paseos habitualmente toman una dirección para después volver sobre mis pasos hasta el punto de partida. Hoy he rebasado este, caminando varios centenares de metros más allá.

No sabía la sorpresa que tenía preparada esta mañana para mí. Aunque, de haberlo sabido, creo que habría continuado de igual forma con mi paseo. Quizá no sea casualidad que hoy precisamente haya avanzado hasta aquella zona. Suele ser la más concurrida de la playa y, a estas horas, ya hay varios atrevidos que han dispuesto todas sus piezas de artillería sobre la arena y se están dando un revitalizante baño de agua helada. Hace tiempo que dejé de creer en las casualidades, hoy yo tenía que llegar hasta aquel lugar, para encontrar lo que debía encontrar.

El bonito tono dorado de mi rostro ya bronceado por los días pasados al sol reflejado en el mar se ha perdido en décimas de segundo, lo puedo notar. Frente a mí, justo en el camino que llevan trazando mis pasos un buen rato, encuentro los restos de una patera, rota, desinflada y varada sobre la arena de la playa. Reflejo de sueños truncados y, quizá, vidas sesgadas en la bravía alta mar. Historias vividas en una noche cerrada, apenas abierta a los sueños de los que disfrutamos de su placidez. A escasos metros, varias personas se bañan despreocupadas, riendo y jugando en el agua, comentando las jugadas de la noche anterior o haciendo planes para el día que comienza. Mi estómago se revuelve, amenaza con expulsar el desayuno tan merecido. ¿Tan merecido? Ya no me lo parece. Me siento al lado de la barca, mientras observo a la familia que se divierte en el agua, ajena a su alrededor, y pienso. ¿Hasta cuándo miraremos hacia otro lado?

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “A ti”

El relato del viernes: “A ti”
A TI
Imagen: Morguefile (editada)

 

A TI

Tú, que estás a punto de rendirte, de tirarlo todo por la borda. Tú que lo ves todo negro, que ya no admites ni tan siquiera una nota de color en tu vida. Sí, tú.

Déjame decirte que conozco bien ese sentimiento. Que conozco muy bien esas ganas de huir, de terminar con todo, de dejar de sufrir. Déjame decirte que lo conozco bien porque lo he sufrido, lo he vivido, me ha hundido, como a ti. Pero déjame decirte también una cosa. Párate un momento y observa. Tan solo hazme ese favor. Observa…

Observa el maravilloso sol que anuncia cada mañana un nuevo día, que nos llena de luz y de calor. Y también de color. Observa que, aunque incluso llueva, siempre puede aparecer un inmenso e increíble arco iris sobre ti.

Observa esas preciosas flores que cada día nos regalan su belleza, sus colores, sus aromas. Que embelesan y cautivan. Respira, inhala su fragancia, están en cualquier lugar. Imagina un precioso campo de amapolas.

Observa la maravillosa familia que tienes, esos que darían la vida por ti. Los que se deshacen en muestras de cariño cuando te ven. Los que nunca te perdonarían tu falta, los que quieren verte y hacerte feliz.

Observa a todos los amigos que tienes. Esa otra familia elegida, que nunca te abandona. Porque un amigo estará ahí siempre, en lo bueno y en lo malo, sin esperar nada a cambio. Obsérvalos bien, ¿acaso no percibes el amor que hacia ti derrochan?

Observa esa maravillosa luna que ilumina el cielo cada noche, que nos saca de las tinieblas, que nos muestra las estrellas. Luna brillante y hermosa que tienes la oportunidad de contemplar a diario.

Observa ese mar tranquilo, que envía con suavidad sus frescas olas a tus pies, descalzos sobre un manto de fina arena. Que te permite disfrutar de un espectáculo maravilloso, mágico, casi místico.

Observa con detenimiento tus sueños. Lucha por ellos y no cejes en el empeño. Fíjate que nunca te los podrán quitar, que son solo tuyos. Y que soñar es importante.

Pero, sobre todo, obsérvate a ti. Observa que eres única, que mereces lo mejor, luchadora, amiga, amada y amante. Eres como ese campo de amapolas, colorido y armonioso, feliz por el simple hecho de existir. Y quiérete, como quieres a los demás, quiérete. Porque de esa manera, nadie, jamás, podrá hacerte daño.

Observa todas esas cosas y ahora dime. Dime si no merece la pena vivir tanta belleza, tanto colorido, tanto amor, tanta amistad, tanta luz, tanta intensidad y tanto sueño por cumplir. Observa todo eso y atrévete a decir que la vida no es bella. Porque lo es, casi tanto como tú.

Y, por favor, no te rindas. Porque tú eres única. Porque sin ti, la vida no sería lo mismo. Porque ayudas al mundo a girar sobre su eje. Porque, si faltases, se pararía en un seco frenazo que nos lanzaría a todos fuera de aquí, de forma directa al infierno. Si hace falta, recuerda. Y repite como un mantra. Recuerda aquellas sabias frases, escritas para ti, para mí, para nosotras, quebradas por la vida y recién salidas del horno de nuevo, re fortalecidas, inquebrantables. “¿Detenerse? ¡Nunca! ¿Avanzar? ¡Siempre! ¿Rendirse? ¡Jamás!”

Y si aún no te ha quedado claro, recuerda los versos que el maestro Benedetti nos dedicó: “No te rindas, por favor, no cedas,

aunque el frío queme,

 aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma,

aún hay vida en tus sueños”.

Son palabras de maestro, compartidas desde el corazón, para que las escuche el alma desangelada. Y a los maestros, tendremos que hacerles caso.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Mi herencia”

El relato del viernes: “Mi herencia”

 

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Imagen: Morguefile (Editada)

 

 

MI HERENCIA

Una suave brisa cálida agita mis cabellos dorados como los trigales, que también se mecen al compás del candente aire veraniego. Mi falda, larga y de alegres colores, parece querer cobrar vida propia y se agita enardecida, mientras sube, baja y rodea mis piernas desnudas. Deja entrever la pequeña pulsera de plata anudada al tobillo de mi pie derecho. Y yo, por completo descalza mientras me adentro en los extensos campos de trigo. Siempre he gozado de caminar de esta manera campo a través, hasta llegar al que fue el granero de mi padre.

Lo distingo en la distancia y un ligero sentimiento de congoja se va apoderando poco a poco de mí. La brisa sigue soplando, aligerando mis pasos, que cada vez me llevan más cerca del antiguo granero. Una pequeña piedra me lastima en uno de los pies, pero no le doy importancia, continúo mi sutil avance. Siento como si la brisa estuviera empujándome hacia allí. Los trigales me acompañan en mi pequeña excursión, mientras se mecen al compás del viento, como si entonasen una bella melodía que hace resurgir en mí más recuerdos de los que me gustaría.

Poco a poco, el viejo granero se va acercando a mí. Sé que soy yo la que está en movimiento, pero lo percibo de esa manera. Es como si se me estuviese acercando, lanzando una queda llamada de auxilio. Cuando quiero darme cuenta, la brisa, juguetona, me ha situado a tan solo unos metros de él, mi antiguo y querido granero. Sigue allí, igual de imponente que cuando era pequeña, majestuoso, mágico. Los signos de deterioro son evidentes, eso no lo puedo discutir. El precioso color rojo que lucía en sus mejores tiempos, ha quedado deslucido por la fuerte solana que azota estos áridos parajes. Se pueden apreciar también grandes desconchones en la pintura y partes en las que el óxido ha sido más duro que él en la batalla.

Pero si hay algo que me llame más la atención en aquel lugar, algo que me desencaja por completo y provoca en mí una extraña sensación de angustia, es el silencio. El silencio en aquel lugar es extremo. Ni el más mínimo sonido se puede apreciar en el ambiente, a excepción de las espigas de trigos al mecerse con el hálito del viento. Un gran escalofrío recorre mi cuerpo, de norte a sur.

El que había sido mi lugar preferido durante la infancia, siempre lleno de bullicio, con decenas de personas trabajando en el grano, la siembra, la cosecha, la molienda, ahora no era más que un mero cementerio donde fueron a parar todos los recuerdos olvidados, enterrados entre aquellas enormes paredes de pintura deslucida.

No esperaba encontrarme con este sentimiento cuando llegué ayer al pueblo. La repentina muerte de mi padre me había dejado por completo huérfana y propietaria de un viejo granero que hacía años había olvidado. Ni siquiera hubiera regresado al pueblo de no ser por lo acontecido.

Mi primera decisión cuando conocí la noticia fue la de vender el granero de inmediato. Por eso hoy he caminado hasta allí, con la melancolía por la muerte de mi padre cargada en la gran mochila que llevo a mi espalda, para comprobar en qué estado se encuentra. El sentimiento que me ha producido solo puedo calificarlo como de absoluta desolación.

Me arrodillo en el suelo, a escasos metros de aquel lugar, hasta entonces arrinconado en el olvido, y lloro. Lloro con urgencia la muerte de mi padre como no me había permitido hacerlo durante el funeral, manteniendo las apariencias, como siempre he hecho. Lloro con melancolía, de nuevo, la muerte de mi madre, muchos años después de aquel terrible suceso. Y lloro por la agonía de aquel inmenso edificio que había conocido mi primer amor. ¿Desprenderme de él? Ni loca, ahora que lo he visto, ahora que ha revivido en mí tantos recuerdos, siento que es el único nexo de unión que tengo con mi pasado. Con esos recuerdos borrados a estocadas de mi mente, que ahora pugnan por salir todos a la vez.

Enjuago mis lágrimas. No es momento de lloros. Es hora de comenzar a pensar en qué utilidad le podría dar al viejo granero. Lo que está claro, es que permanecerá junto a mí, fiel custodio de mis recuerdos, durante el resto de mis días.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: “Recuerdos de aquel verano”

 

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Imagen propia. Derechos registrados.

 

 

RECUERDOS DE AQUEL VERANO

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Con este relato pretendo participar en el concurso “Amores de verano”, organizado por Zenda e Iberdrola. A ver si les gusta…

#AmoresDeVerano

El relato del viernes: “El calor de tu llama”

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EL CALOR DE TU LLAMA

Te enciendo y me enciendes. Siento el calor de esa llama que se aviva tan cerca de mí. Quisiera tocarla con mis dedos, apagarla, sofocarla. Pero no puedo. Soy incapaz, si toco tu llama, me quemo.

¿Qué hacer si no soy capaz de sofocar ese fuego, esa llama prendida que irradia calor a tan escasos centímetros de mí? Lo he intentado, de verdad que lo he intentado, pero al final siempre regreso en busca de tu calor.

Siento tu dulce calor deslizarse por mi cuerpo. Comienza en mi boca para terminar bajando, escurriendo resbaladizo entre mis pechos. Y lo único que puedo hacer es dejarme llevar por ese momento, rendirme al placer de volver a hacerlo. De tu calor soy reincidente, culpable, lo confieso.

Un calor que llega tan adentro de mí que me trastorna. Lo necesito, preciso de él para poder existir. Aun sabiendo que no puedo esperar más de ti. Que cuando llegue a su culmen, lo único que quedará serán cenizas envueltas en volutas de humo, que se desvanecerán con la misma rapidez con la que encendí tu llama.

Hasta que te vuelva a encender. Porque sí, lo confieso, soy adicta a ti, maldito. Maldito tabaco.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El ego del escritor”

El relato del viernes: “El ego del escritor”

EL EGO DEL ESCRITOR

 

 

EL EGO DEL ESCRITOR

El escritor se hallaba sentado en el patio sobre un cómodo sillón. Recostado con desgana, tenía preparados sobre la mesa su cuaderno y su flamante pluma. Era primera hora de la mañana, cuando el calor era menos acuciante, y tenía la mente fresca, su hora preferida para escribir.

A su lado, un café humeante lanzaba bocanadas de vapor al aire fresco de la mañana. El humo de un cigarrillo ayudaba a enturbiar el claro ambiente matutino. Estaba a punto de despuntar el sol y nuestro escritor sonreía relajado, mientras fumaba con calma su primer cigarrillo del día. Detrás de ese vendría muchos más, pero él aún no lo sabía.

Se deleitó tomando con tranquilidad el café que hacía unos minutos había preparado él mismo. Se sentía en la gloria, en el silencio de la mañana, con el café caliente recorriéndole el cuerpo y sin ningún tipo de prisa.

Su editor llevaba tiempo exigiéndole que le entregase su segundo manuscrito. El primero había sido todo un éxito y quería más. Su carrera despegaría como un cohete que cruzaría aquel cielo límpido y natural. Estaba tranquilo, un par de días de concentración en su antigua casa de veraneo le ayudarían a encontrar la inspiración que necesitaba. Hasta el momento ni siquiera se había planteado volver a escribir. Pero después de aquellos dos días de aislamiento, volvería con un best seller en la mano para contento de su editor.

Terminó su café y encendió un segundo cigarrillo. El sol ya comenzaba a lanzar sus primeros rayos sobre el pueblo. En unas pocas horas, el calor sería sofocante. Pero a él no parecía importarle. A fin de cuentas, era un gran escritor y podía regalarse aquel momento de tranquilidad antes de ponerse a trabajar.

Depositó la cajetilla de tabaco junto al cenicero y se puso manos a la obra. Tomó entre sus delicados dedos la cara pluma, que él mismo había comprado con los beneficios de la venta de su primera obra, y se dispuso a escribir. Una hora después, el cuaderno permanecía por completo en blanco.

El calor del verano comenzaba a hacer mella en su pequeño patio, tan acogedor a primera hora de la mañana. Llevaba ya varias horas allí sentado, mientras su consumo de tabaco se incrementaba de manera exponencial. Una palabra garabateada en el cuaderno, tachada con fuerza, era lo único que había sido capaz de exprimir de su cerebro nuestro buen escritor. Aquella hoja fue arrancada de cuajo, sin contemplaciones, arrugada y lanzada contra la pared más cercana.

Puso los ojos en blanco y comenzó a sudar a mares. No habría podido determinar si era debido al calor del verano o a la ansiedad que comenzaba a sentir ante aquella mañana tan infructífera. Esto no le había pasado nunca. Siempre se sentaba delante de un folio o de un teclado y las palabras fluían solas, mientras creaban una historia que se iba formando en su mente al compás de su escritura. Pero el bloqueo mental de aquella mañana le pilló por completo desprevenido.

Desabotonó algo más su camisa de lino para intentar aplacar el sudor y la ansiedad. No podía ser, él era un buen escritor, no le podía estar pasando aquello. Otro cigarrillo y un viaje a la cocina a por un botellín de agua fresca. Y el cuaderno seguía en blanco.

El cenicero, que con tanto cuidado había depositado sobre la mesa aquella mañana, estaba a rebosar de colillas malolientes. Su mente seguía pareciendo un campo yermo, sin ser capaz de escribir una sola palabra.

A pocos metros, sobre un árbol seco carente de hojas, se posó un pequeño pájaro de vivos colores. Contempló a nuestro escritor con curiosidad y comenzó a trinar para llamar su atención, quizá esperando que este le pudiese entregar algo de comida. El escritor lo miró, pero siguió a lo suyo sin prestarle atención.

El trino del pájaro seguía constante. Parecía feliz sobre aquel viejo árbol, parecía feliz mientras le contemplaba en su desesperación. El escritor se mesaba los cabellos, tapaba con las manos sus oídos, el trino del ave le estaba llevando a un estado de alteración sin antecedentes.

Se levantó de manera brusca de su sillón y fue a increpar al pobre pajarillo:

—¿Quieres dejar de trinar de una vez? ¿No ves que estoy intentando trabajar y me desconcentras? Por tu culpa no soy capaz de escribir ni una sola frase buena, por tu culpa me estoy quedando sin historia que contar. ¿Por qué no vuelas y te vas a trinar al árbol de otro?

El pájaro lo miró, torció la cabeza con un gesto de desaprobación y emprendió el vuelo, mientras pensaba: “Hay que ver el ego que tienen estos escritores. Siempre están culpando a los demás de lo que no pueden hacer por sí mismos.”

Aquel pajarillo voló a buscar otra rama donde seguir trinando feliz, mientras que nuestro escritor quedó solo en su patio, sumido en el más absoluto silencio, aferrado a su caja de cigarrillos, sin poder plasmar ni una sola palabra sobre su impoluto cuaderno.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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