El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

Recuerdos de aquel verano

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “El asesino que anda suelto”

El relato del viernes: Memories – “El asesino que anda suelto”
Fuente: Pixabay

El asesino que anda suelto

Varias series de asesinatos tenían al barrio consternado. En las últimas semanas, habían sido cuatro las víctimas que se había cobrado el misterioso asesino en serie tan sólo en mi manzana. Aparte de otras seis en un barrio algo más alejado. Si algo le caracterizaba era su grotesca forma de actuar. Separaba las extremidades y la cabeza de sus víctimas y luego las colocaba a modo de puzzle, haciendo encajar tendón con tendón, hueso con hueso, hasta el más mínimo capilar estaba alineado con una precisión casi pasmosa.

El barrio en el que yo vivo, Wallace Town, es, o mejor dicho era, un barrio tranquilo, formado por perfectas casitas blancas, todas iguales, formando una serie de manzanas perfectas. En el centro, una pequeña plazuela con una blanca iglesia que cada domingo llamaba a los feligreses a la oración. Era todo tan blanco, que daba un aspecto casi aséptico. Los niños jugaban tranquilos por las calles, iban de casa de un vecino a otro, recorrían el barrio en bicicleta o patinete, y nunca había habido nada que temer. Las puertas de las casas siempre habían estado abiertas, en una clara invitación a los vecinos a pasar.

En las afueras del barrio, se encontraba el centro de salud y la escuela. Los jóvenes tenían que tomar un autobús para ir al instituto, que se hallaba a varios kilómetros de aquí.

La policía federal llevaba detrás del caso durante varios meses, pero en los últimos días parece que se había ensañado con sus víctimas, o su sed de sangre había comenzado a crecer a niveles alarmantes.

Ni qué decir tiene que el barrio ya no fue el mismo desde el principio de aquella fatídica semana en la que el asesino parecía haberse ensañado con nosotros. Ya no había niños jugando por las calles, las casas permanecían cerradas a cal y canto, y las únicas personas que teníamos la osadía de salir, éramos los afortunados que teníamos que ir a trabajar. Yo trabajaba en una cafetería céntrica del barrio y ya comenzaba a mirar con desconfianza a cualquier desconocido que entraba en el local. Mi marido, Trevor, trabajaba fuera del barrio, así que yo me encontraba sola en nuestro queridísimo barrio, junto a los niños, que dejaba puntualmente en la escuela cada mañana, antes de ir a cumplir mi densa jornada laboral.

Aquella semana eran cuatro, una por día, las víctimas que se había cobrado nuestro ahora enemigo. Había comenzado el lunes y hoy era viernes, por lo cual todos estábamos con los nervios a flor de piel aquel día. No sabíamos si se cobraría una nueva víctima o dejaría en paz nuestro barrio.

Los federales aún no tenían ni una mínima pista, lo que les traía irritados e insufribles. Cada miembro del vecindario fue interrogado y no lograron encontrar a nadie sospechoso de hacerlo. Por no tener, no tenían ni la más mínima idea de si se trataba de un hombre o una mujer. Supusieron en un principio de que se trataría de un hombre por la fuerza en mover los cuerpos de un sitio a otro. Para vuestra información, supusieron mal.

Aquel viernes, Trevor, como cada viernes, salía del trabajo a la hora de comer y fue él a recoger a los pequeños, Denisse, de once años, y Juliette, de siete, los grandes amores de mi vida. Mi turno en la cafetería se alargó bastante y para cuando yo salí ya era de noche. Aquello me inquietaba bastante, aún sabiendo que el modus operandi del asesino era atacar cuando sus víctimas ya estaban dormidas. A punto estuve de llamar a Trevor para que viniese a recogerme, pero logré contenerme. Recorrí los cerca de mil metros que había desde la cafetería hasta mi casa con el corazón en un puño. Ni un alma se veía por las calles, salvo algún que otro gato callejero que me dieron un buen susto.

Cuando por fin llegué a casa, me extrañó encontrar todas las luces apagadas. Mi corazón se encogió dentro del pecho y tuve un mal presentimiento. Me adentré en la casa con sigilo, no sin antes pasar por la cocina y apropiarme del mayor cuchillo que encontré. Me pareció escuchar un ruido en el piso superior, así que temerosa me dirigí a subir las escaleras. Cuando irrumpí en la pequeña habitación que hacía las veces de sala de estar, todas las luces se encendieron de golpe y me encontré a toda mi familia al grito de ¡Feliz cumpleaños! Caí arrodillada al suelo llorando, tirando lejos de mí el cuchillo que había estado sosteniendo en mi mano con tanta fuerza que la tenía agarrotada. ¿Pero a quién se le ocurre algo así después de lo que está pasando en el vecindario? ¡No recordaba ni que era mi propio cumpleaños! Tal era la congoja que tenía.

Tras celebrar debidamente mi cumpleaños, sándwiches, gusanitos, croquetas, la deliciosa tortilla de patata de Trevor, que había heredado la receta de su abuela española, soplé las velas de mi tarta y nos fuimos a dormir.

Les di un beso de buenas noches a los niños, como cada noche, y me fui a la cama con Trevor. Me costó dormirme, hasta que me introduje en un suave duermevela que me dejó por completo tranquila.

Cuando desperté, cerca de la medianoche, la cabeza diseccionada de Trevor, descansaba entre mis manos, dispuesta a ser colocada en el lugar exacto en el que debía estar. Un alarido de espanto escapó de mi garganta, mientras ensangrentaba mi cara con la sangre de mi propio marido, con mis manos escrupulosamente enguantadas.

Aún en estado de shock, llamé a los federales, indicándoles que el asesino que buscaban estaba en mi casa. La estampa que encontraron al llegar seguro que no se les borraría de la retina en mucho tiempo. Yo abrazada al cuerpo inerte y diseccionado de mi marido, llorando lágrimas de su propia sangre. Los niños dormían plácidamente después de recibir una nueva dosis de cloroformo.

De inmediato me llevaron a la comisaría, y me tomaron declaración. Confesé que había padecido sonambulismo desde pequeña y que no recordaba nada de lo que ocurría cuando estaba en ese estado. Esta había sido la primera vez que había despertado de mi trance justo cuando estaba manos a la obra. ¿Cómo podía yo haber hecho tales cosas? ¿Y a mi propio marido, al que quería con toda el alma?

Cuando me preguntaron por los crímenes ocurridos al otro lado de la ciudad, recordé que había trabajado durante una temporada en un restaurante durante el turno de noche en aquella zona. Terminaba tan agotada que aprovechaba un cuartito con un camastro que había al final de las dependencias antes de irme hacia casa en mi propio coche. Así fue como debió suceder, yo no recordaba nada de nada.

Nunca olvidaré el rostro sin expresión de mi marido cuando desperté. Y no creo que sea capaz de olvidar nunca la cara de repugnancia de mis hijos cuando venían una vez cada semana al centro penitenciario a visitarme. Yo sólo podía repetirles una y otra vez con lágrimas en los ojos: “no sabía lo que hacía, no sabía lo que hacía”. Las visitas cada vez se fueron espaciando más y más. A día de hoy hace años que no les veo. Cadena perpetua, y aún así es la menor pena a la que me podrían haber condenado.

La mayor pena la llevaré dentro de mi cabeza y de mi corazón durante el resto de mis días.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados

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El relato del viernes: Memories – “Los tres deseos”

El relato del viernes: Memories – “Los tres deseos”
Imagen: Magda Playà

Los tres deseos

Como cada noche, la pequeña Elena se acostó arrullada con un tierno beso de su madre, mientras le arropaba con esmero. Su hermanito Alfonso, con sólo dos añitos, hacía un rato que se había acostado, pero ella era mayor, ya tenía cinco años y podía acostarse más tarde. Eran las diez de la noche.

Como cada noche, Elena oía en el silencio que reinaba en su casa desde hacía meses, cómo su madre lloraba desconsoladamente y su padre intentaba consolarle, como cada noche, con las mismas palabras: ” Saldremos de esta, mi amor, ya lo verás. Tenemos que salir de esta”.

Como cada noche, Elena se hacía un ovillo en su cama y lloraba en silencio, no fuese que sus padres le escuchasen y se preocupasen aún más. Hacía meses que su hogar no era el mismo. Ella todavía no lograba comprender la magnitud de los problemas que tenía encima su familia, pero sí sabía que había cambiado mucho. Antes, su papá y su mamá jugaban con ella y con su hermanito, las risas siempre llenaban la casa, ella era feliz.

Pero desde hacía meses, la cosa había cambiado. Su papá, un hombre joven, fuerte y aguerrido, andaba cabizbajo y siempre estaba en casa. Antes no, antes salía de casa mucho antes de que ella se levantara para ir al cole y no regresaba hasta por la tarde. Cuando Elena le preguntaba a su mamá dónde estaba papá, le decía que trabajando. Y ella odiaba el trabajo, porque le separaba de su papá durante largas horas durante la semana y sólo podía aprovecharse de sus juegos los fines de semana.

Su mamá, una preciosa joven que siempre estaba en casa cuidando de que no les pasara nada, que siempre sonreía y jugaba con ellos sin parar, y les preparaba unas comidas riquísimas, andaba ahora ojerosa y triste, arrastrando sus pies al caminar. Elena sabía que lloraba a escondidas, para que ellos no se dieran cuentas, pero ella sabía que lloraba y mucho. Desde hacía un tiempo era ella la que se ausentaba de casa durante largos ratos para ir a trabajar. El trabajo de su mamá consistía en limpiar las casas de otras personas, según le había contado papá. Ella no comprendía eso, por qué tenía que ir a limpiar las casas de otras personas cuando estaban ellos allí, solos con papá, que apenas levantaba la cabeza del suelo y preparaba unas comidas asquerosas.

Solamente se entretenía y jugaba en los ratos de cole, pero cuando volvía a comer a casa, aquello era un auténtico drama.

La cosa empezó a cambiar un día en que papá llegó a casa diciendo que se había quedado sin trabajo. Elena se alegró muchísimo, ya sabemos que odiaba que su padre tuviera que irse a trabajar todos los días, pero cuando fue a darle un abrazo cargado de alegría, él le detuvo con el ceño fruncido y aspecto preocupado. Vaya, parecía que eso de que papá se hubiese quedado sin trabajo era algo gordo.

Un par de meses después, tras varias visitas al médico con Alfonso, que al parecer estaba malito, aunque Elena le veía jugar y reír igual que siempre, ajeno a lo que estaba ocurriendo en casa, ocurrió otra cosa inesperada. En la consulta del médico, mamá irrumpió en un llanto desgarrador y cayó desmayada poco después. Papá se mesaba los cabellos repitiendo una y otra vez las mismas palabras: “no puede ser, no puede ser”. Poco nos podía contar la pequeña Elena, pues no comprendía aquello que decían los médicos, que su hermanito tenía leucemia. Pero, ¿qué era aquello y por qué no le podían curar los médicos? Ella cuando estaba malita iba al médico, le mandaban un jarabe y ya está, se ponía buena. ¿Sería que no había ningún jarabe para la leucemia?

Los siguientes días fueron caóticos para la familia. Elena los recordaba con horror. Les hicieron pruebas a todos, incluida ella, y los resultados fueron que ninguno de ellos era compatible. ¿Compatible? ¡Qué palabra más rara! Nunca la había escuchado, pero cuando preguntó a papá y a mamá qué quería decir, ninguno de los dos le contestó, sólo iniciaron un llanto aún más descontrolado. Así que no volvió a preguntar.

Así que, como cada noche, Elena se hizo su ovillito en la cama y lloró en silencio hasta quedarse dormida. Pero aquella noche ocurrió algo diferente. Algo completamente inesperado y mágico para Elena. Una intensa luz le despertó del sueño en el que acababa de caer hacía apenas unos instantes. Elena abrió los ojos despacio, medio adormecida y deslumbrada por la brillante luz que tenía delante de sí. Se restregó los ojos para poder contemplarla mejor. ¿De dónde provenía toda esa luz en su habitación? ¿Acaso estaba soñando? Se pellizcó en un brazo, como había visto hacer en alguna película, y le dolió. Sin duda, estaba despierta.

Poco a poco aquel intenso resplandor se fue apagando, hasta que apareció frente a ella una pequeña muchacha con un hermoso vestido rosa y una corona de flores adornando su cabeza. De su espalda brotaban unas preciosas alas semitransparentes. En lugar de asustarse, Elena sentía una mayor tranquilidad que nunca. Se le quedó observando durante unos instantes con cara curiosa, propia de una niña de tan sólo cinco años de edad. Entonces, aquella pequeña muchacha le habló.

– Hola mi querida Elena. No te asustes, soy tu hada madrina. Llevo muchas noches oyéndote llorar en silencio, sólo yo he podido escucharte. Noto mucho sufrimiento en ti y he venido a ayudarte. Por eso te voy a conceder tres deseos. Pero ten mucho cuidado, has de escogerlos bien porque ya no podré ofrecerte más. – En ningún momento abandonó una dulce sonrisa en su rostro de figura mágica.

Elena se quedó pensativa. Había una muñeca que le hacía mucha ilusión. Y en el cole muchas amigas llevaban una taleguita que le gustaba mucho. Y a lo mejor… ¡Tener el pelo liso! ¡Sí! Su mamá siempre le daba muchos tirones cuando intentaba peinarle su enorme melena de pelo rizado. Pensaba todo aquello con ojos soñadores y una sonrisa de emoción.

Pero, poco a poco, la sonrisa se le fue desvaneciendo. ¿De qué le serviría tener esas cosas si al final terminaría llorando en silencio hecha un ovillo en su cama? Como todas las noches. Todos en su casa estaban cargando un enorme peso a sus espaldas que, a pesar de que ella no lograba a comprender, sí sabía que les entristecía a todos. Incluso a ella misma. Sólo su hermanito Alfonso, a pesar de aquella terrible enfermedad que padecía y que al parecer los médicos no eran capaces de curar, seguía feliz y jugando ajeno a todo.

Lo pensó detenidamente durante unos instantes más. ¿Y si su hada madrina conseguía devolver la alegría a su hogar? Eso le gustaría mucho más que aquella muñeca tan maravillosa, su taleguita era bonita y, después de todo, no le importaría soportar esos pequeños tirones en el pelo a cambio de que su familia volviera a ser feliz. ¡Ya tenía tomada su decisión! Y así se lo hizo saber a su hada madrina, que le miraba con expectación.

– ¡Hada madrina! ¡Ya sé cuáles son mis deseos!

– ¿Los has pensado bien, Elena? Recuerda que ya no podrás cambiar tu decisión y no podré concederte ningún deseo más…

– ¡Sí! Los he pensado muy bien y ya sé lo que quiero.

– Adelante entonces, querida Elena, ¿cuáles son tus deseos?

– Deseo… Que mi papá encuentre un buen trabajo para que mamá pueda volver a cuidar de nosotros y no tenga que limpiar otras casas nunca más.

– Muy bien, Elena. ¿Y tu segundo deseo cuál es?

– Deseo… Que mi hermanito Alfonso se cure de esa horrible enfermedad que llaman leucemia y pueda estar siempre con nosotros.

– De acuerdo, Elena. Ahora es el turno de tu tercer deseo. Recuerda que es el último. – dijo el hada madrina de manera bondadosa.

– Deseo… Que papá y mamá vuelvan a sonreír y a jugar con nosotros como siempre…

– Sabía que no me defraudarías, Elena, y que darías un buen uso a tus deseos. Ahora descansa, mi preciosa niña, y que tengas dulces sueños.

Dicho esto, tras una gran explosión de luz similar a la que le había despertado, su hada madrina desapareció. Elena durmió tranquila y con una sonrisa en la cara.

Cuando a la mañana siguiente su madre fue a despertarle para ir al colegio, Elena le contó lo ocurrido la noche anterior. Su mamá, con expresión apesadumbrada, le contestó:

– Mi niña, habrá sido un sueño. Las hadas madrinas sólo existen en los cuentos.

– ¡Que no mamá! ¡Yo le vi! ¡Y me concedió tres deseos! Verás cómo se cumplen. – pero por qué los adultos se empeñaban en no creer las cosas que decía. Como aquella vez que vio un monstruo debajo de la cama, pero nadie le creyó, y pasó la noche en vela con la cabeza tapada a la espera de que regresase el monstruo.

Era ya la hora del desayuno y la familia estaba reunida en torno a la mesa. Alfonso daba golpes a su comida con una cuchara, salpicándolo todo, mientras su madre trataba de impedir que lo hiciese. De pronto, sonó el móvil de su padre. Salió de la cocina para evitar el alboroto que estaba provocando Alfonso. Cuando regresó, traía en la cara una sonrisa mitad divertida mitad incrédula.

– María, me acaban de ofrecer un puesto de trabajo en una gran multinacional. Han visto mi currículum y me consideran la persona más adecuada para el puesto. ¡Tengo una reunión dentro de una hora para negociar los términos económicos y firmar el contrato! ¿Dónde está mi mejor traje? ¡No tengo tiempo que perder! ¡Ya no volverás a limpiar!

Elena sonrió satisfecha. Su primer deseo se había cumplido. Miró de reojo a mamá. Simplemente estaba estupefacta. Mamá miró también a Elena, pero aún podía ver un rastro de incredulidad en su mirada. Cuando pasó por el lado de Elena, le susurró al oído: “pura coincidencia, cariño”.

Mientras el padre iba frenético a vestirse, sonó el móvil de su madre. Elena vio diferentes gestos en su cara durante la conversación. Pasó del asombro a la incredulidad, de la incredulidad a la emoción, que hizo caer una pesada lágrima por su rostro, y de la emoción a la alegría. Lo único que Elena pudo escuchar de aquella conversación fue como su madre se despedía con un ” gracias, gracias, gracias, muchísimas gracias”.

Se giró hacia Elena con una amplia sonrisa en la cara. Elena también sonrió. Justo en ese momento, entraba su padre en la cocina, engalanado con su mejor traje y ajustándose el nudo de la corbata.

– ¿Qué es lo que pasa aquí que estáis tan contentas las dos?

– ¡Ay, Jorge, un milagro! Acaban de llamar del hospital, ¡que han encontrado un donante de médula compatible con Alfonso! ¡Nuestro hijo se va a curar, Jorge, se va a curar!

Y los dos se fundieron en un profundo abrazo, con una enorme sonrisa en la cara cada uno. Fueron a abrazar a Elena y a Alfonso con una gran alegría. Al fin papá y mamá volvían a sonreír después de tantos meses.

Elena suspiró y se asomó a la enorme ventana de la cocina, encaramando su pequeño cuerpecito en un taburete. Miró hacia el cielo y gritó, con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!

Mamá, al verle, se puso a su lado y, juntas, como si de un dueto acompasado se tratase, volvieron a gritar al cielo:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!


ANOTACIÓN:

 Donde dice papá, puede leerse mamá, y viceversa. Que no estoy yo para asignar roles machistas donde no corresponde. Es decir, en ningún lugar.

 Ojalá todos pudiéramos tener un hada madrina… Por vosotros, pequeños guerreros que no cesáis en la lucha.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Acordes”

El relato del viernes: Memories – “Acordes”
Fuente: Pixabay (editada)

Acordes

Era una noche cálida del mes de agosto. Después de mi cena, en solitario, disfrutaba con tranquilidad de mi mojito, contemplando el reflejo de la luna sobre el mar. Andaba yo absorta en mis pensamientos, quién me mandaba venir a pasar unas vacaciones sola. Era cierto que necesitaba alejarme de todo durante una temporada, de ahí que tomase aquella decisión. Pero también era cierto que llevaba dos días y ya me estaba consumiendo. Me aburría, no soportaba los largos días en soledad.

Estaba meditando sobre si regresar o no a casa, llamar a alguna amiga para que pasase unos días conmigo, o ser consecuente conmigo misma y llevar adelante mi decisión con todas sus consecuencias. En este último caso, he de reconocer que sentía miedo. Por un lado, mi vuelta a casa podía suponer un alivio y sentirme a gusto en el sitio al que se suponía que pertenecía. Pero por otro, podía ocurrir que con el transcurso de los días, me acostumbrase e incluso me gustase aquello y no quisiera volver a la monotonía de siempre.

De pronto, un rasgueo de cuerdas llegó hasta mis oídos. Un músico ambulante había comenzado a tocar una guitarra, de la que salían los acordes más bonitos que jamás había escuchado. Al poco tiempo, a ellos se les unió el sonido de una preciosa y desgarradora voz. Fijé mi atención en él, y podría jurar que él también se fijó en mí. Aquellos acordes, junto con su melodiosa voz, acapararon por completo mis sentidos aquella noche. No había nada más excelso en la vida, nada que me pudiese aportar más que aquel sonido que estaba escuchando.

Cuando aquel músico recogió sus cosas y se despidió, tomé la decisión de quedarme en aquel paradisiaco lugar sin más compañía que mi yo interior, con todas sus consecuencias. Bien podía morir de aburrimiento, bien podía resultar una experiencia extraordinaria.

El chico de aire bohemio y guitarra curtida en mil batallas, se acercó a mí ofreciéndome una gorra gastada, solicitando unas monedas. Se las di sin vacilar, por completo seducida por aquella mirada, profunda y viva. Se despidió de mí con un guiño y yo sentí que mi paso por allí no iba a ser para nada aburrido.

A partir de entonces, mi vida transcurría ilusionada por que llegase la noche y volver a escuchar aquella maravillosa voz otra vez. Intercambiábamos miradas, sonrisas, éramos cómplices sin si quiera conocernos. Toda idea de volver fue desterrada de mi mente.

Los días fueron pasando en un juego cómplice, que dio paso al poco a uno más seductor. Ni qué decir tiene que nunca más volví a mi casa. Me quedé junto a mi amor, mi bohemio, su voz y la música que nos unió. Me quedé donde se hallaba mi verdadero hogar.

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Consumación celestial”

El relato del viernes: Memories – “Consumación celestial”
Imagen tomada de la red

Consumación celestial

-¿Por qué nunca quieres estar conmigo? -le preguntó la noche al día, extremadamente zalamera, durante ese breve momento en que, cada día, podían coincidir.

-¿Por qué dices eso?- le contestó el día, extrañado.

-Siempre que nos vemos te vas corriendo. Creí que me querías-. La voz de la noche cada vez se iba tornando más sensual.

 -¿Cómo puedes siquiera pensar eso? ¡Llevo siglos amándote!- respondió el día, herido infinitamente en su amor propio.

-Pero siempre te alejas de mí…- La noche se iba acercando cada vez más al día, contoneándose, faltaban pocos minutos para el amanecer y no podía perder el tiempo. -Yo también te amo, ¿no crees que ya es hora de sellar nuestro amor? Llevo toda la eternidad esperando este momento…

El día comenzó a estremecerse, gotas de sudor resbalaban por su frente. Jamás había visto a la noche tan seductora como aquella vez. A pesar de llevar siglos amándose en silencio, apenas podían compartir unos escasos momentos al amanecer y al anochecer. Él tampoco quería esperar más a que llegase aquel instante tan deseado por ambos.

¿Cómo era posible que el día y la noche pudieran sentir un deseo tan carnal el uno por el otro? Un deseo que llevaba demasiado tiempo avivándose en el interior de ambos.

La noche estaba a solo un paso del día, consciente de que apenas quedaban unos escasos segundos para que volviera a desaparecer y habrían desaprovechado otra oportunidad de oro.

El día la contempló, tan hermosa, desnuda completamente en su oscuridad y se abalanzó sobre ella. Juntaron sus cuerpos etéreos, el de él abrasando al de ella, el de ella enfriando al de él. ¡Qué sensación tan grandiosa! Fundidos en mil besos, el día y la noche, por fin, pudieron consumar su amor, durante tantos siglos escondido. Y unieron sus cuerpos, mientras el universo entero era partícipe de las locuras de los eternos enamorados.

Día y noche, noche y día, fundidos en uno solo, provocaron una gran explosión en el universo. Miles de estrellas fugaces recorrían el firmamento, celebrando por fin la unión celestial de los dos enamorados. Pequeñas explosiones a su alrededor comenzaron a formar nuevas estrellas que harían aún más exquisita a la noche. Los fulgores del día refulgían en todo su esplendor, deseando que no acabase nunca ese momento.

Cuando la unión del día y la noche alcanzó su punto más álgido, un éxtasis del más puro placer recorrió el firmamento entero, creando una gran explosión de colores, destellos y fulgores.

-He de irme-, dijo, vergonzosa, la noche tras la mística experiencia vivida.

-No te vayas, por favor, ahora no-, le imploró el día. -No puedes dejarme ahora, no soportaré el momento de volver a verte.

Noche y día se fundieron en un cálido abrazo. El firmamento esperaba la aparición estelar del día, como cada mañana, y las estrellas querían refugiarse en la cálida oscuridad de la noche. Aun así, la noche fue incapaz de desatender los deseos del día, presa también de un deseo desbocado. Y día y noche volvieron a unirse con lentitud, disfrutando cada caricia después del deseo ya satisfecho, y el nuevo éxtasis provocó la más profunda oscuridad del cosmos entero, causando el mayor eclipse nunca visto en millones de años.

Desde entonces, cada cierto tiempo, día y noche vuelven a sucumbir a sus deseos de enamorados. Nada es imposible en el universo. Cada eclipse que encontréis, cada lluvia de estrellas, cada color extraño en el cielo… son suspiros de placer de los eternos enamorados.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

A salvo de la tormenta

Estoy viendo cómo unos grandes nubarrones cubren el cielo, amenazadores, intimidantes. Van agrupándose raudos, superando con creces mi capacidad de razonamiento en estos momentos. ¡Dios mío! ¿Qué hago? La tormenta se desatará en breve y no puedo permitir que me pille sin cobijo.

Pero, ¿y mi hijo? ¿Dónde se habrá metido este pobre diablillo? Hace rato que se separó de mí para irse a investigar por su cuenta, mientras yo recogía alimentos para la cena. No le culpo, es un pequeñín que lo único que quiere hacer es jugar y buscar nuevos amigos. Pero siempre le advierto de que no se aleje mucho de mí. Ahora por más que miro a mi rededor no soy capaz de visualizarlo. Llevo un buen rato llamándole a voces sin obtener ninguna respuesta.

No quiero ni imaginar en perder a mi hijo. La vida dejaría de tener sentido alguno. ¿Y mi mujer? No quiero ni pensarlo. Tengo que encontrarlo como sea, antes de que se desate la tormenta. Como comience a llover, estaremos perdidos los dos. Aquí, en esta selva, las lluvias siempre son torrenciales. Nos arrastrarían sin miramiento alguno. ¿Qué miramientos va a tener el agua?

Estoy comenzando a angustiarme. Vuelvo a mirar en derredor, vuelvo a llamar a mi hijo y nada. El silencio es absoluto, como si la vida en la selva se hubiese paralizado por completo. Lo único que se escucha son los rugidos del cielo anunciando la inminente tormenta. Más de una vez nos ha pillado desprevenidos una tormenta cuando lucía un sol maravilloso, cuando viene el gigante ese que nos echa cubos de agua encima. Pero hoy tenemos tiempo suficiente para cobijarnos y ¡no encuentro a mi hijo!

El cielo se ilumina con un relámpago aterrador. A los pocos segundos parece que se va a abrir la tierra con gran estruendo, al estallar un trueno que rebota en las paredes del valle donde se encuentra nuestra selva, haciendo que el atemorizante sonido dure una eternidad.

Comienzo a correr de un lado para otro, gritando el nombre de mi hijo. Aparto como puedo la maleza que me impide avanzar con rapidez, mientras sigo desgañitándome. Tengo que encontrarle, tengo que encontrarle… Es lo único que se repite en mi cabeza, mientras los relámpagos y los truenos se suceden cada vez más cercanos.

Las primeras gotas empiezan a caer sobre mí. El terreno se vuelve resbaladizo en cuestión de segundos, haciéndome tropezar con una rama que surcaba mi camino, dándome de bruces contra el suelo embarrado. A duras penas consigo ponerme de pie, si hubiese permanecido algo más en esa postura, hubiese sido sepultado por el barro con total seguridad. Por suerte, no ha sido así y consigo levantarme a tiempo, antes de que ocurra ninguna desgracia.

Continúo mi huída desesperada. Al final opto por buscar lo antes posible un refugio donde guarecerme y, cuando acabe la tormenta, salir en busca del chiquitín. Ojalá haya sabido aplicar los consejos que siempre le he dado y se encuentre ya bajo cubierto. Entonces, mi cara se ilumina. En un pequeño claro de la selva, bajo la flor más grande y hermosa de todas, está mi pequeño acurrucado, con cara de miedo, temblando a más no poder, desgañitándose gritando “papá”. Corro hacia él todo lo deprisa que puede. Su semblante cambia nada más verme. Se levanta e intenta salir corriendo en mi busca, pero le hago una señal para que se detenga y me espere. Al cabo de unos minutos, nos encontramos los dos a salvo y guarecidos, mientras el agua cae con furia a nuestro alrededor.

Para quien nos viese, seguramente pasaríamos desapercibidos. Dos pequeños escarabajos, cobijados bajo una gran margarita, un día de lluvia, en el frondoso huerto de un  anciano labrador.

Qué a gusto estará mamá escarabajo en nuestro agujero, pienso, dando un enorme suspiro.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “¡Qué regalo!”

El relato del viernes: Memories – “¡Qué regalo!”
Fuente: Pixabay

¡Qué regalo!

Hace poco me hicieron un regalo inesperado. Así, sin venir a cuento. De esos detalles que te sumen en un agradecimiento infinito y te hacen pensar que todavía quedan personas que te quieren. De esos detalles que te reconfortan como pocas cosas pueden hacerlo, a excepción de un gran abrazo de oso que, sin necesidad de palabras, lo dice todo. Pero el regalo venía acompañado de ese gran abrazo, así que, ¿qué más podía pedir?

El regalo venía en una gran caja envuelta en papel plateado y con un hermoso lazo de color azul eléctrico. Era precioso. Daba pena hasta abrirlo. Con la mayor emoción del mundo, me dispuse a abrirlo con delicadeza, intentando no romper ni un pedazo del precioso envoltorio. Cuál no sería mi sorpresa al ver su contenido. Cerré de inmediato la caja y, con la mejor de mis sonrisas, intenté dar una muestra de gran agradecimiento ante semejante ofrenda.

Caminaba hacia mi casa con el regalo bajo el brazo con cautela, cual si fuera una bomba de relojería. De vez en cuando, una mirada furtiva se me escapaba hacia él, pero instintivamente una voz interior me decía que no lo hiciese. Creo que prolongué el paseo hacia mi casa algo más de lo habitual, solo para no tener que centrar mi atención en la apertura del magnífico regalo.

Cuando llegué a casa, decidí dejar el regalito de marras en la mesa del salón, mientras me ponía cómoda. Desde la habitación, sentía cómo me llamaba. Estaba segura de que aquello era algo que me iba a dar mucho placer, pero… tenía mis reticencias. Ahora estaba sola en casa. Si lo escondía bien, nadie se daría cuenta. Aunque seguro que mi cara me delataba, lo confieso, nunca he tenido aptitud para guardar secretos y enseguida me notarían algo raro. Pero claro, el problema sería mucho mayor como llegasen todos a casa y viesen mi regalo allí, sobre la mesa del salón. Ahí sí que se iba a liar una buena.

Así que decidí esconderlo lo mejor posible. Cuando cogí la caja de la mesa del salón, sentí una descarga eléctrica en mi mano y noté un cosquilleo por todo mi cuerpo. Sin duda, mi cerebro estaba preparado para todo el placer que aquello le reportaría, ¡y encima para mí solita! Vencí el impulso de abrir la caja y disfrutar de aquel placer inmediato, pero con una fuerza de voluntad increíble, conseguí reprimir este potente impulso y meter la caja en lo alto de mi armario, allí donde estaba segura que nadie iba a rebuscar.

Al día siguiente, ya más calmada, después de mis ejercicios matinales y mi paseo diario, volvía hacia mi casa con una única idea en la mente. Ir directa a disfrutar de mi regalo. Casi se me escapa un gemido solo con pensarlo.

Ni ascensor ni nada, subí las escaleras de dos en dos, llevada por un impulso casi irrefrenable. Abrí la puerta de casa con cuidado, no fuera que me fuese a llevar una sorpresa. Me sentía casi como una ladrona en mi propia casa, a punto de cometer su primer delito. Pero una vez me hube asegurado de que no había nadie, corrí hacia mi habitación y cerré de un golpe la puerta.

El corazón me bombeaba con fuerza en el pecho, casi podía ya sentir el placer que iba a experimentar en tan solo unos instantes. Me puse de puntillas para alcanzar la caja, tan cuidadosamente guardada. La acogí en mi regazo y me senté en la cama.

Otra descarga eléctrica en mi mano cuando la abrí me recordó lo que estaba a punto de hacer. Pero ya todo me daba igual, lo iba a hacer y punto, allá tú con las consecuencias. Después de tantos meses de sequía bien podía darme un gusto al cuerpo, ¿o no?

Así que abrí, sin pensarlo dos veces, la caja. Ante mí se extendían decenas de bombones, cada cual más apetitoso: chocolate blanco, negro, con leche, con almendras, trufa, con avellanas, rellenos de licor… Un amplio abanico de posibilidades se extendió ante mí. Me decidí por uno relleno de cerezas con licor. Creo que mis gemidos de placer debían escucharse hasta el ático de mi edificio, pero me daba igual.

Tan absorta estaba en mi delirio que ni siquiera escuché abrirse la puerta de la habitación, cuando mi marido ya estaba entrando furioso: “¿Qué se supone que está pasando aquí?”, me espetó. Pobrecillo, no quiero ni imaginar lo que debió haber pensado.

Sintiéndome pillada, con la boca llena de chocolate, no pude más que componer mi mejor carita de niña buena, escondiendo como mejor pude los remordimientos que ya empezaban a asomar, y preguntarle: “¿quieres uno?” Adiós a mi regalo, ahora no dejarían ni uno solo para mí. Bueno, total, qué más da, a buen seguro que mis caderas me lo iban a agradecer.

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La niña de rojo”

El relato del viernes: “La niña de rojo”
Fuente: Morguefile

La niña de rojo

Cuentan que el día que nació Noelia las nubes estaban teñidas de un intenso color rojo. A lo mejor, por eso, a nadie pareció sorprenderle que la niña naciera con una larga melena del mismo color. Desde aquel momento, aquella tonalidad marcaría la vida de la niña, que, desde que tuvo uso de razón, se empeñó en que todo lo que la rodeaba fuese de color rojo. Su ropa, sus juguetes, su mochila e incluso sus cuadernos, todo era de color rojo. El nuevo coche de sus padres tuvo que ser tan encarnado y brillante como su melena, por expreso deseo de la niña, que, presa de un berrinche espectacular, no dejó de llorar hasta que sus padres consintieron en comprarlo.

Pronto comenzó a llamar la atención en el barrio, donde se hizo conocida con el original apelativo de “la niña de rojo”. No solo por su obsesión por este color, sino, y sobre todo, por su espectacular cabellera, que llevaba siempre suelta hasta la cintura y que ella cuidaba como su tesoro más preciado.

Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, Noelia comenzó a cansarse de ser el centro de todas las miradas y el tema en torno al que giraban buena parte de los comentarios. La agobiaban todos los pretendientes que, atraídos por el magnetismo que desprendía, querían conocer más a aquella enigmática mujer de cabellos rojizos. Y, cuando llegó a la universidad, decidió que era el momento de pasar desapercibida.

No solo desterró el color rojo de toda su indumentaria y objetos personales, sino que, además, cubrió su pelo con un rabioso tono negro. Ni rastro quedó de su impresionante melena roja que, cuidadosamente y semana y tras semana, se encargaba con empeño de ocultar. Siguió atrayendo miradas, pues su atractivo y vitalidad eran demasiado intensos, pero, al menos, la gente comenzó a dejar de hablar de ella y, en poco tiempo, había logrado deshacerse del mote que la había acompañado durante toda su vida. Casi logró llevar una existencia dentro de la normalidad.

Los años pasaron con la misma rapidez fulminante de una apisonadora y, cuando menos se lo esperó, Noelia se encontró siendo una anciana que ya no precisaba cubrir su cabello con ningún tinte. Su larga melena continuaba allí, pero cubierta por unas hermosas canas plateadas que la acompañaron hasta el final de sus días.

Una mañana, el amanecer sorprendió al mundo con unas gruesas y esponjosas nubes teñidas de un intenso color rojo. Noelia se asomó a la ventana, como el resto del mundo, y emitió un sonoro suspiro. Con paso lento, se dirigió a la cama, desató el lazo que sujetaba su pelo en una coleta y se recostó sobre la almohada. Cerró los ojos y se preparó para marchar. Con una última y tranquila exhalación, se despidió de la vida con las manos apoyadas sobre el regazo y la blanca melena desparramada a su alrededor.

Cuando sus hijos llegaron a casa y encontraron a su madre sumida en aquel plácido sueño, no pudieron ni tan siquiera sorprenderse al comprobar cómo sus cabellos habían vuelto a colorearse de su intenso tono rojo original. Noelia dejó la vida de la misma manera en que había llegado a ella, besada por el cielo de fuego. Un sol radiante apareció tras las nubes.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Sin nombre”

El relato del viernes: “Sin nombre”

Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

Encuentros efímeros

Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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*Imagen: Pixabay.com (editada)