El relato del viernes: “El tesoro”

El relato del viernes: “El tesoro”

El tesoro

Era la primera vez que Ainara visitaba el campo y en su mirada podía descubrirse la emoción y el entusiasmo de la primera vez. Acostumbrada como estaba a sentirse rodeada por aquellos gigantes de ladrillo y hormigón que formaban su ciudad, aquella pradera de hierba suave y fresca le parecía un auténtico paraíso. Por supuesto que había visitado el parque. De hecho, lo hacía muchas veces, en compañía de sus padres, abuelos o tíos, pero nada tenía que ver aquel espacio reducido de césped y arena en el que solía jugar con la maravillosa extensión de pasto verde que tenía ante sus ojos.

Bajo la impresionada mirada de sus padres, la pequeña correteaba de acá para allá con una alegría inusitada. Siempre había sido una niña feliz, con una perpetua sonrisa dispuesta para regalar, pero el júbilo que se podía contemplar en su semblante aquella mañana era digno de admiración. Sus gritos de algarabía resonaban por la campiña con ecos de tal dicha que hasta las briznas de hierba parecían danzar a su compás.

Ainara corría, brincaba, bailaba sobre el verde pastizal, que casi cubría sus pequeñas piernas por completo. Se tumbaba sobre la hierba hasta quedar casi cubierta, empapando su carita y sus manos con el fresco rocío que recubría las plantas por la mañana. Se dejaba acariciar por las flores, aspiraba su aroma y comprobaba la suavidad de sus pétalos de seda. Todo en ella era algazara, risas y exclamaciones de sorpresa.

De pronto, algo diferente rozó el rostro de Ainara. Suave, húmedo, frío, pero con una frialdad acogedora, que acariciaba. La niña dirigió la mirada en torno suyo para intentar averiguar de dónde provenía aquella tierna carantoña. Sus ojos asombrados se abrieron como nunca antes lo habían hecho cuando contempló una lluvia de pompas de jabón que se acercaba a ella y la envolvía con su sedosa redondez. Se sentó sobre la hierba, dejando que la rodease, y se dedicó a disfrutar de aquel chaparrón de caricias que parecían venir del mismo cielo. Desde detrás de un árbol cercano, sus padres lanzaban las pompas, escondidos, enviando con ellas todo su cariño envuelto en espuma de jabón.

La sonrisa de la pequeña expresaba lo que sus palabras no alcanzaban a decir. Allí, en el campo, había encontrado su tesoro.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

El tesoro by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Buscando a Paz”

El relato del viernes: “Buscando a Paz”

Buscando a Paz

Llegó un momento en mi vida en el que quise buscar la paz. No ya la paz mundial, jamás pretendí que mis humildes manos pudieran estar al alcance de semejante quimera. Mis pretensiones eran, con mucho, más modestas. Mi búsqueda se dedicaba tan solo al encuentro de mi paz interior.

Cuando utilizo la expresión «tan solo», no quiero decir con ello que se trate de una empresa de poca monta, ni mucho menos. De hecho, pronto tuve la ocasión de constatar que el camino no iba a ser sencillo. Es más, me di cuenta incluso de que ni siquiera sabía si disponía de los medios necesarios para conseguirlo, sobre todo, si partimos del hecho de que yo mismo desconocía cuáles eran esos medios.

En un primer momento creí conocerlos, pero pequé de ingenuo a más no poder. En mi ignorancia, estaba convencido de que mi intranquilidad era debida, ni más ni menos, que al estrés laboral. Traté, con muy buenos resultados, todo hay que decirlo, de tomarme las cosas de otra manera. Manteniendo mi constancia y mi saber hacer, realizaba mi trabajo con mucha más calma y procurando no alterarme demasiado. Gané mucho con ello. Sin embargo, aquellas simples medidas no consiguieron librarme de la desazón que me abatía interiormente.

Traté entonces de disponer de más tiempo libre para mí. Durante meses me dediqué a realizar todas mis actividades favoritas, a pasar el máximo tiempo posible con mi familia y mis amigos. Llegué incluso a ocuparme hasta la práctica extenuación en todo aquello que verdaderamente me gustaba hacer. Sin duda, aquello fue muy positivo. Mi vida social gozaba de una excelente salud, pero, aun así, no lograba alcanzar esa calma interior que tanto necesitaba. Me encontraba inquieto y todavía desconocía el motivo.

Algo dentro de mí se iluminó cuando tuve la idea de desconectar de todo y creí haber encontrado la solución. Puse toda mi ilusión en planificar el viaje que me llevaría al reencuentro con mi tan ansiada paz interior. Partí solo, sin más compañía que la que yo mismo me conseguía proporcionar y sin saber siquiera si era la correcta. Disfruté de los más bellos paisajes que jamás hubiera logrado contemplar con mi imaginación, descubrí maravillosas especies de una flora y una fauna por completo desconocidas para mí, conocí a personas increíbles que derrochaban cariño en la misma proporción que humildad. Sin embargo, dentro de mí podía seguir escuchando ese ruido que entorpecía mi paz.

Precisé de varios años y miles de kilómetros de distancia para comprender que, por más silencio que me rodease, no alcanzaría la paz hasta que no lograse callar a mi mente.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

Buscando a Paz by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Éxodo”

El relato del viernes: “Éxodo”

Éxodo

Era fácil reconocer su casa. De entre todas las del pueblo, construidas con grandes piedras o losas de pizarra que conferían a la aldea un aspecto montañés, la suya era la única encalada, en homenaje a algún pueblo andaluz que fue la cuna de alguno de sus antepasados. Cuando lucía el sol, este incidía sobre la pared blanca, emitiendo unos reflejos que destellaban a distancia. Era una casa preciosa.

Yo llegué al pueblo por casualidad. Hastiado de la gran ciudad, anhelaba esa tranquilidad que derrochaban los pequeños pueblos del campo o de la montaña y esa dosis extra de aire puro que tanto me estaba haciendo falta. Un despido laboral y una ruptura sentimental fueron el punto de inflexión que me llevó a iniciar mi particular éxodo. El día en que me vi encerrado en casa desde hacía una semana, supurando melancolía por el fin de una relación que había muerto hacía ya demasiado tiempo, fue cuando decidí huir de la vida que hasta entonces había conocido. Aquel mismo día busqué en internet un listado de pueblos con menos de cien habitantes. Escogí uno al azar.

Ella llevaba en aquel pueblo toda la vida. Nació en él. Creció en él. Maduró en él. Y se hartó de él. Cuando yo la conocí, asomada al balcón de la única casa blanca, llevaba ya un tiempo rumiando el pensamiento de dejar el pueblo. Se encontraba ahíta de vivir en un lugar en el que la única compañía estaba prácticamente compuesta por ancianos, de tener que desplazarse a lo largo de decenas de kilómetros a diario para llegar hasta su lugar de trabajo, de no tener nada más en lo que entretener su tiempo libre más que en dar largas caminatas por el campo, si el día era propicio.

Dos años. Eso fue lo que duró nuestra relación. Dos años durante los cuales yo fui el hombre más feliz del mundo y ella… se fue consumiendo cada día un poco más dentro del pueblo que la llevaba tantos años asfixiando. Puede que fuese yo, con mis aires recién surgidos de la ciudad, el que propició su marcha, aun sin pretenderlo. Nada más lejos de lo que yo hubiese deseado.

Han pasado ya un par de décadas y aquella casa blanca que tanta luz aportó en su día al pueblo ve cómo pierde parte de su albicie con el paso de cada jornada. Nunca más se volvieron a abrir aquellas contraventanas de madera que fueron testigos de nuestros primeros besos e intuyo que jamás volveré a traspasar el umbral de la puerta que tanta felicidad me aportó.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y no seré yo el primero en abandonarla, así que, cada día, sigo manteniendo con vida, al menos, a las plantas que la arroparon desde su niñez, con la ilusión de que, cualquier día de estos, ella regrese al pueblo como un escape de esa opresiva ciudad que ahora disfruta de ella todo lo que yo no puedo hacer.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

Éxodo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “La chica del pelo azul”

El relato del viernes: “La chica del pelo azul”

La chica del pelo azul

He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado por mi pelo.  A la gente suele llamarle la atención. Hay incluso personas que, aunque me ven habitualmente, me repiten una y otra vez las mismas preguntas y los mismos comentarios. «¿Por qué azul? ¿Y no prefieres un tono más normal, no sé, negro, castaño, rubio, incluso caoba o cobrizo? ¿No crees que estás llamando mucho la atención? Ay, chica, yo no me atrevería a utilizar ese color.» Para colmo, últimamente, hay algunas personas que me han hecho también comentarios del tipo: «¿No piensas que ya no tienes edad para llevar el pelo azul? ¿Cuándo vas a sentar la cabeza y te lo vas a cambiar?»

Estos últimos comentarios, de hecho, son mis preferidos y no porque me agraden, precisamente. Porque, vamos a ver, desde cuándo ahora hay una edad para teñirse el pelo de color. Lo que me faltaba por oír. En cualquier caso, en mi interior guardo todavía una niña que tiene muchas ganas de jugar y si mi niña interior quiere llevar el pelo azul, no seré yo quien le lleve la contraria.

La cuestión es que siempre, desde pequeñita, me he sentido diferente a los demás. Cierto es que no tenía ningún motivo en particular para sentirme así, pero lo hacía. Es más, me encontraba bien sintiéndome así. No fue hasta que fui creciendo cuando me di cuenta de que realmente no lo era, al menos no tanto como yo imaginaba. Para los demás no era más que una chica corriente, dedicada a sus estudios, con buenas notas, eso sí, y que se dedicaba a las actividades que cualquier otra chica de su edad haría. Fue entonces cuando decidí salirme del sistema. Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando tomé una mochila, la cargué con cuatro cosas y, ante la desesperación de mis padres, me lancé a recorrer España sin tan siquiera un medio de transporte.

Desde aquel momento mi vida se convirtió en una constante lucha por conseguir diferenciarme de los demás. Ignoraba yo entonces un pequeño matiz que, años después, me cambiaría la vida: todos somos únicos, especiales y diferentes. Pero por aquel tiempo no lo sabía y he de decir que, gracias a ello, he vivido experiencias increíbles que, de haber sido de otra manera, casi con total seguridad me habría perdido. La vida es una escuela y todo en ella es cuestión de aprendizaje, supongo.

La cuestión es que, antes de emprender mi aventura, me decidí a encontrar una manera de hacer saber a los demás de una manera inmediata que yo no era una chica como las demás. ¿Y cuál era mi carta de presentación ante un desconocido? ¡Mi imagen! Fue de esta manera que decidí colorearme el pelo con mi color preferido, para que cualquier persona, nada más verme, supiese que yo era diferente. Con el tiempo, mi pelo azul ha pasado a formar parte de mí, es mi identidad. Si no tuviese ese color no sería yo. Ya me he acostumbrado a que me llamen la chica del pelo azul. Ese comentario sí que me saca una sonrisa.

Esta es, con grandes pinceladas, la historia que explica el porqué del color de mi pelo. Además es divertido, así que, señoras, señores, ¡píntense el pelo de colores!

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910212287108-la-chica-del-pelo-azul

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “¿Quién soy?”

El relato del viernes: “¿Quién soy?”

¿Quién soy?

Con solo observar la mañana a través de la ventana no se podía adivinar el intenso frío que escondían aquellos engañosos rayos de sol. Era una radiante mañana de diciembre en la que una gélida brisa parecía penetrar hasta el mismo interior de los huesos y dolía como si estuvieses siendo atravesado por cientos de agujas. Pocas eran las personas que se atrevían a caminar por la calle, a pesar de que cualquier día, a esa misma hora, el trasiego de oficinistas que saldrían a tomar un café habría sido muy intenso.  Los pocos atrevidos que se habían aventurado a hacerlo iban bien parapetados tras recios abrigos y gruesas bufandas de lana. Uno de ellos era yo que, a falta de otra cosa que hacer, me inclinaba por salir a la calle a dejarme lapidar por las paredes de mi casa en un momento de mi vida en el que, ante todo, hubiese preferido desaparecer.

Hacía pocos minutos que había dejado atrás el portal de mi casa cuando observé en la distancia cómo un anciano, guarecido solo por una chaqueta de lana, arrastraba con lentitud sus pies por los anodinos adoquines de la acera. Conforme me fui acercando a él, pude comprobar cómo un intenso temblor le recorría de la cabeza a los pies, sin duda alguna aterido por la extremadamente baja temperatura,  mientras que su mirada vagaba por algún lugar que solo él parecía contemplar. Al faltar solo  unos pasos para llegar a su altura me di cuenta de que estaba llorando. Tenía el rostro congestionado por el frío y el sordo llanto que le acompañaban en su deambular. Sin pensarlo dos veces, me acerqué a él.

—¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

El anciano levantó la cabeza ante mi voz con un más que evidente gesto de cansancio. Su mirada me recordó a un pajarillo que aguarda en el nido el regreso de su madre con el alimento y su rostro me resultó vagamente familiar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, no precisamente por el frío, y no pude evitar enternecerme. Aún tuve que aguardar cerca de un largo minuto para escuchar su trémula voz.

—Gracias, joven —No pude eludir una ligera sonrisa en mi interior al oírlo referirse a mí con  aquel término—. ¿No sabrá usted quién soy?

Algo se quebró en mi interior cuando escuché aquella pregunta. Aquel anciano, sin pretenderlo, había activado dentro de mí un resorte que yo mismo había mantenido bien oculto durante mucho tiempo, quizá demasiado. Cientos de recuerdos llegaron en tropel a mi mente. Durante unos instantes, mi mirada compartió con él aquella fragilidad absoluta y a punto estuve de emitir esa lágrima que llevaba tiempo luchando por salir. Nos volvimos los dos igual de vulnerables.

Sacudí la cabeza para devolver mi consciencia al presente. Él seguía ante mí con la misma apariencia de indefensión. Yo, en cambio, me había repuesto por completo. Lo que a mí me quitaba el sueño en aquel momento eran otras inquietudes que, frente a la situación ante la que me encontraba, deberían quedar aparcadas. Lo tomé por el brazo mientras mis ojos le decían, sin palabras, que podía depositar en mí su confianza. Eso fue lo que hizo.

—Venga, acompáñeme, le invito a un café. Seguro que cuando hayamos entrado en calor podemos responder mejor a esa pregunta.

La calidez que había en el interior de la cafetería nos arropó como si de un cálido y acogedor abrazo se tratara en cuanto traspasamos el umbral. La camarera nos recibió con una sonrisa que competía en afectuosidad con el ambiente. Guié a mi compañero hasta una de las mesas que se encontraban junto a la ventana, donde los rayos de sol, al traspasar el cristal, aportaban unos grados extra a la agradable temperatura del local. Pedí un par de cafés y algo de bollería para mi nuevo amigo. En silencio, observé cómo devoraba su desayuno, al tiempo que su tez iba recuperando una vitalidad que los años que cargaba sobre su espalda no le habían logrado arrebatar. Sin necesidad de que me dijese nada, le pedí otro café y fue entonces cuando comenzó a hablar. Su rostro en ese momento solo reflejaba gratitud.

No recuerdo bien cuánto tiempo pasamos sentados frente a frente en aquella mesa, observando de vez en cuando el tráfico desordenado que transcurría por la avenida. El tiempo a su lado parecía haberse detenido y yo mismo hubiese dado lo que fuese por que aquella conversación no acabase nunca. Su compañía actuó como un bálsamo para mi corazón.

Entretanto intentaba descifrar de qué me sonaba su cara, esta fue pasando de una emoción a otra mientras me explicaba lo dura que fue su niñez en unos tiempos en los que la posguerra repartió demasiadas carencias y muy pocas dichas, lo fatigosa que había sido su vida, trabajando sin apenas descanso para tratar de sostener de la mejor manera posible a su familia, la felicidad que había sentido cuando nacieron sus tres hijos o la tristeza que le embargó cuando su esposa falleció hacía tanto tiempo que ya no era capaz de precisar. Sin embargo, era incapaz de recordar su nombre o el de sus hijos, ni el lugar en el que residía o si tenía siquiera un hogar al que regresar. Para cuando terminó de relatarme sus recuerdos, estaba atrapado de nuevo en una angustia lacerante.

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Emocionado, lo invité a salir de nuevo a la calle y juntos caminamos hasta que localicé uno de los carteles que recordaba haber visto un par de días atrás en varios lugares del barrio. Me di una bofetada mental por no haber reconocido antes el rostro de aquella persona que había desaparecido de su domicilio hacía unos días, al mismo tiempo que me embargaba una sensación de alivio muy intensa. Acababa de encontrar el presente de aquel anciano.

Cuando me despedí de él con un fuerte abrazo y lo dejé en compañía de su hasta entonces desesperada familia, le hice la firme promesa de volver a visitarle. En aquel instante no supe reconocer que la vida me había regalado a uno de mis mejores amigos.

Regresé a mi casa embargado por una sensación ambigua. Por un lado, la satisfacción y  el júbilo de haber podido ayudar a una persona. Por otro, la inquietante certeza de que yo, encontrándome en pleno uso de mis facultades, con todos mis recuerdos intactos y una consciencia plena de mi presente, cada mañana me repetía la misma pregunta que aquel anciano me formuló cuando le conocí. ¿Quién soy?

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910182266615-quien-soy-

*Imagen: Morguefile.com (editada)

El relato del viernes: “Una pequeña obsesión”

El relato del viernes: “Una pequeña obsesión”

Una pequeña obsesión

Llevaba días obsesionada con ella. Le parecía tan brillante que no podía concebir algo más lindo, como si todo el mundo que la rodeaba careciese de belleza. Sin embargo, había algo en ella que le inspiraba temor. No sabía bien a qué se debía, pero siempre se había guardado de acercarse demasiado y había mantenido una distancia que consideraba prudencial. Así, pasaba horas obnubilada ante su fulgor, prácticamente cegada por el majestuoso brillo que desprendía.

La había descubierto por primera vez hacía unos días, cuando al fin se vio capacitada para salir al mundo exterior por primera vez. En un principio quedó maravillada por esa vasta creación que se extendía ante sus ojos. Le fascinaron el profundo azul del cielo, el verde intenso de la frondosa vegetación, las piedras de las construcciones, en las que podía encontrar cientos de escondites donde vivir aventuras y, sobre todo, la luminosidad y el calor que emanaba del sol. Sin embargo, cuando el sol se ocultó tras las montañas y dio paso a la oscuridad de la noche, apareció ella y todo lo demás dejó de tener sentido. Surgió de una manera tan suave, tan sutil, tan paulatina, que ya desde el primer momento se quedó sin respiración.

Había comenzado como un tenue destello que había dado paso a una luz de color rosado que despertó su curiosidad. Su vista dejó de lado los delicados tonos del ocaso para centrarse en ella. Desconocía su origen, pero la obnubiló por completo, sobre todo cuando aquel delicado tinte rosáceo dio paso a la luz más brillante que había tenido ocasión de contemplar jamás. En primer lugar, el coral se había transformado en un blanco intenso para, finalmente, convertirse en una hermosa luz dorada. Quedó tan fascinada con su contemplación que todo lo demás dejó de tener importancia.

Cuando llegó la mañana y el sol hizo acto de aparición por las suaves colinas del este, aquella magnífica luz se desvaneció como por arte de magia. Ella se quedó apática, soñolienta, expectante ante su nueva aparición. No fue hasta muchas horas más tarde, aunque a ella aquel tiempo se le antojó como si hubiesen transcurrido lustros, cuando volvió a iluminarse. Era muy escaso el trecho que al sol le quedaba para desaparecer de nuevo. A ella se le iluminaron los ojos, sintió la fuerte necesidad de bailar, de revolotear a su alrededor, de acercarse incluso. Su dicha era plena.

Transcurrieron así varias jornadas sin llegar a tener el arrojo necesario para cumplir con su sueño de acercarse a aquella magnética luz. Algún sentido interior la alertaba para que no lo hiciera, para que continuara admirándola desde la distancia sumida en aquel estado de éxtasis que muchos hubiesen calificado de felicidad absoluta. Pero ella desconocía el significado de muchos términos y el de cobardía se encontraba entre ellos. Tenía que ser valiente. Algo que tanto bienestar le producía no podía ser peligroso, debía dejar de lado ese temor absurdo que le impedía acercarse y llegar hasta ella para vestirse de su luz, para danzar arropada por la magia calidez de su resplandor.

Una noche, tan pronto la luz del viejo farol comenzó a emitir sus primeros destellos, tomó una determinación. Había llegado el momento de demostrarse a sí misma que poseía todo el coraje que creía tener y lanzarse a disfrutar con total plenitud de aquella maravilla que la había acompañado durante las últimas noches. Aún pasó un momento deleitándose con el simple acto de contemplarla y, cuando se sintió preparada, sin emitir sonido alguno, extendió sus alas y emprendió el camino hacia ella.

Conforme se iba acercando supo que aquel acercamiento no iba a ser como lo había imaginado y tuvo la corazonada de que tendría que pagar un alto precio por su intrepidez. Sin ver, cegada como estaba por la deslumbrante luz, sintió cómo la temperatura iba subiendo sin tregua a medida que se aproximaba al objeto de sus anhelos. Las alas se le volvieron pesadas y dúctiles. El aire se tornó tan denso que prácticamente se le hizo imposible respirar. Quiso darse la vuelta y regresar a su refugio, volver a la cómoda vida contemplativa que había llevado hasta ese momento, pero no hubo nada que pudiese hacer por salvarse. Apenas llegó a rozar con el extremo de uno de sus alones el objeto que emitía aquella maravillosa luminosidad, dejó de percibir cuanto ocurría a su alrededor. Sus sentidos se apagaron.

Nadie llegó a avisar a la pobre polilla de que allí, en su pequeña obsesión, donde creyó encontrar la felicidad, hallaría el final de sus días.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910142226536-una-pequena-obsesion  

El relato del viernes: “No hubo palabras”

El relato del viernes: “No hubo palabras”

No hubo palabras

Se puso el sombrero, agarró la maleta con su mano izquierda, entornó la mirada en un gesto que parecía sacado de un guion cinematográfico y, sin más, abrió la puerta. Permaneció durante unos instantes parado en el umbral, sin volver la vista atrás, como si esperase la caricia de una mano que lo retuviese y que nunca llegó. Sus dedos se deslizaron por el borde de la madera en un intento de guardar para sí un poco de su esencia, de retener el tacto de la entrada al que durante tanto tiempo había sido su hogar y en el que tantas ilusiones había depositado y salió a la par que emitía un sonoro suspiro, cerrando la puerta con sutileza tras de sí. Ninguna palabra salió de sus labios durante el proceso, ni siquiera un escueto adiós, un hasta pronto o un fingido deseo de buenaventura, al igual que ninguna llegó hasta sus oídos. La despedida había llegado a su fin.

El descansillo lo recibió con un silencio denso que no reconoció. Mientras esperaba al ascensor, agarró con fuerza el sombrero que tanto le gustaba a ella y lo estrujó entre las manos. Ya no tendría que ponérselo nunca más. A él nunca le había gustado utilizarlo. Se enjuagó con él una lágrima que se había quedado trabada en las puntas de su incipiente barba y lo arrojó a la papelera que estaba situada a las puertas del ascensor, esa misma que tantas noches le había visto regresar a casa. Las puertas del ascensor se abrieron justo en el instante en que otra lágrima amenazaba con caer de sus ojos grises. No se lo permitió, se adentró en el aparato, pulsó el botón de la planta baja y, sin darse tiempo a seguir pensando, se alejó de allí para siempre.

En el interior de la vivienda, ella lo vio partir con la misma indiferencia que si hubiese estado observando marcharse al repartidor del supermercado. Sentada en uno de los cómodos sillones del salón, fingía ojear una revista mientras le miraba colocarse el sombrero y cerrar la puerta sin hacer ruido. No pronunció ninguna palabra de despedida ni hizo ademán alguno por acompañarle con un abrazo o un simple apretón de manos. Se limitó a observarle y al verle allí, detenido por unos segundos en el umbral, el pensamiento que le cruzó la mente fue el de por qué se empeñaría en ponerse aquel estúpido sombrero que tan poco le gustaba a ella. Nunca le dijo que no le gustaba, por supuesto. Al contrario, siempre había alabado el buen gusto que tenía al usarlo. Quizá aquel fuera el momento de sincerarse al respecto, pensó, pero continuó callada.

El suspiro que salió de los labios de él al cerrar la puerta fue el detonante de las lágrimas de ella. Lloró en silencio lo que nunca había sabido expresar con palabras y, cuando creyó haberse lamentado lo suficiente, dedicó un instante a preguntarse en qué habían fallado. Al no encontrar una respuesta, se levantó y se enfrentó con una sonrisa a aquella nueva vida en soledad después de tantos años de silencios compartidos.

Él se fue en silencio. Ella se quedó sola con su silencio. Ninguno de los dos llegó a darse cuenta de que en su relación jamás hubo palabras suficientes.

Ana Centellas. Octubre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1910102152226-no-hubo-palabras

*Imagen tomada de la red (editada)