El relato del viernes: «Desvergonzada»

El relato del viernes: «Desvergonzada»
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Desvergonzada

No conozco la vergüenza, es cierto. Lo mismo me da ponerme el pelo de colores que subir a cantar a voz en grito en el escenario de un karaoke, aun a riesgo de provocar una gota fría. Podría presentarme desnuda en una reunión de trabajo si hiciese falta sin que, por ello, se asomase el más tímido atisbo de rubor a mis mejillas. Y, por supuesto, no tengo el menor problema en decir a la cara lo que pienso y lo que siento, sin filtros, con la verdad siempre por delante.

No penséis que siempre ha sido así. Al contrario. Durante la mayor parte de mi vida la vergüenza ha sido una carga que he soportado a mis espaldas en una mochila perpetua. Aún recuerdo como si fuera hoy el momento en que me visitó por primera vez y, desde entonces, fue mi fiel compañera durante largos años. Fue de niña, en una de esas obras teatrales que se representan en los colegios para Navidad. Debía de tener seis o siete añitos. Estaba yo tan orgullosa sobre el escenario, interpretando el que, en mi opinión, era el mejor papel de todos: el de la Virgen María. Vestía una amplia túnica azul tornasolada con un precioso cinturón dorado. Mis rizos rubios enmarcaban mi, por aquel entonces, angelical rostro, que lucía una alegría pletórica. Saludaba con ilusión a mis padres, situados en primera fila del improvisado patio de butacas que los profesores habían montado. Entonces ocurrió.

A falta de animales que acompañasen al pesebre, alguien tuvo la genial idea de colocar unos grandes peluches colgando sobre el escenario, pendidos de unos finos hilos de algodón. Justo sobre mí se encontraba lo que debía ser el buey, pero que, en realidad, era un gracioso toro con unas enormes astas de felpa blanca. La mala suerte quiso que la frágil hebra que lo sostenía se rompiese justo en el momento en que yo decía unas palabras. El animal fue a caer sobre mi espalda, apoyado ligeramente sobre mi cabeza. Y allí me encontraba yo, con unos enormes cuernos que rodeaban la areola de papel de plata que portaba a modo de diadema y abrazada por un gran toro de juguete. La risotada del público fue tan sonora que, todavía hoy, parece sonar en mis oídos. Para colmo de males, aquel fatídico momento quedó inmortalizado por decenas de cámaras de fotos. Una de esas fotografías presidió el salón de la casa familiar durante años, para mi bochorno, hasta que tuve la valentía de deshacerme de ella ya pasada la treintena.

Aquel acontecimiento marcó un antes y un después en mi corta vida. Nunca fui capaz de volver a subirme a un escenario. Pero, más allá de eso, la vergüenza se apoderó de muchos otros aspectos de mi día a día. Me convertí en una niña vergonzosa y reservada que dio paso, a su vez, a una adulta tímida y esquiva. Durante mucho tiempo fui la introvertida, la callada, la cortada, la cobarde. En fin, la rarita, vamos a hablar con claridad.

Sin embargo, parece que el tiempo tenía preparado para mí un antídoto contra mi timidez. Cuando ya había conseguido aceptar, más o menos, mi apocada personalidad, ocurrió lo inesperado. Y, de nuevo, tuve que enfrentarme a una situación que pondría a prueba mi capacidad de humillación. Como si de una de broma del destino se tratara, sucedió también en Navidad. Fue en una de esas cenas de empresa que siempre he odiado, pero a las que asistía puntualmente por temor a que mi reputación de mujer esquiva fuese a peor. Aún no sé cómo ocurrió, debió de ser que algo me sentó mal, pero de repente me encontré subida sobre una mesa bailando con la corbata de uno de mis compañeros anudada alrededor de la frente. Como colofón a mi triunfal actuación, le planté a mi jefe un beso en la boca que no sé si estuvo a punto de costarme el despido o un ascenso. Y, por supuesto, también quedaron testimonios gráficos de ello, que no cesaron de circular entre mis compañeros desde aquel día hasta varios meses después.

Para mi sorpresa, y la de todos los que me conocían, aquella bomba actuó como un revulsivo frente a mi timidez que, desde aquel momento, desapareció por completo. Ahora todos me llaman cuando hace falta que alguien se lance a la hora de hacer algo para lo que nadie se atreve. Y claro, cómo no, ahora también me he ganado un sobrenombre. Si antes era la vergonzosa, ahora soy la desvergonzada. Y menos mal que no me llaman sinvergüenza.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «En emisión: Radio Patio»

El relato del viernes: «En emisión: Radio Patio»
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En emisión: Radio Patio

Era temprano en la mañana y la señora Aureliana ya había abierto su puesto de frutas y verduras y estaba colocando en la parte frontal los últimos calabacines que le quedaban del pedido del lunes. Se encontraba colocándoles un pequeño cartel con el precio en oferta, deseando poder venderlos aquel mismo día o tendría que tirarlos, cuando llegó Sofía, una de sus clientas más antiguas y que vivía en la misma calle del pequeño mercado. Arrastrando su viejo carro de la compra, se paró frente al puesto de la frutera, se ajustó una media y se abanicó con una mano el acalorado rostro, a pesar de que la temperatura de la mañana aún era fresca. No necesitaba nada, pero todos los días se acercaba para comprar, aunque fuese una lechuga, para escuchar los chismes más frescos del barrio que, a diario, la buena tendera se encargaba de difundir con la misma eficacia y precisión que un periódico vecinal. La conversación entre ellas fue, como siempre, directa al grano.

—¡Buenos días, Sofi! ¿Qué? ¿Tu lechuguita? —preguntó mientras cogía la más lozana, sin darle tiempo a contestar—. ¿Ya sabes lo de Patri, la hija de la Julita?

Sofía no hizo ni el intento de contestar. Ya sabía que su amiga se lo iba a contar directamente, como así fue.

—Pues resulta que vino ayer con un disgusto la mujer. Por lo visto, la niña se les quiere ir con el novio al extranjero, un año dice, para aprender idiomas. Y, claro, ella que esperaba que todavía estuviese en casa unos añitos más, que si se van a quedar solos, que si la va a echar mucho de menos… ¡Ay, qué congoja traía cuando vino!

—¿Al extranjero dices? ¿Y adónde se marcha? —preguntó Sofía, con más curiosidad que interés.

—A un pueblo de esos de Inglaterra, no me acuerdo el nombre que me dijo. Ya sabes que yo con eso del inglés…

A media mañana, Sofía llegaba a su casa cargada con las bolsas de la compra. Después de visitar a la señora Aureliana, había seguido realizando algunas compras y, para finalizar, había pasado un ratito por la peluquería para que le retocasen el moldeado. Su marido, Sebastián, estaba sentado a la mesa de la cocina haciendo crucigramas mientras escuchaba la radio. Sofía dejó las bolsas junto a él, al tiempo que soltaba un sonoro suspiro.

—¿Ya estás de vuelta? Poco has tardado hoy. Eso es que no te han entretenido mucho. ¿No había cotilleos o qué? —preguntó el señor, bajándose las gafas de ver de cerca hasta la punta de la nariz.

—¡Bah! Poca cosa. Solo que, ¿te acuerdas de la Julita? La que vive enfrente del bar de Luis… Pues su hija. Que se marcha a vivir a Londres con su novio. Ya ves, sin estar casados ni nada. Un disgusto que tiene su madre…

Un rato después, justo antes de comer, el señor Sebastián se encontraba con sus amigos en el bar de Luis. Como cada mañana, quedaban para tomarse unos vinos que abriesen el apetito. Acodados en la barra, mientras picaban una tapa de queso, se contaban las novedades ocurridas desde el día anterior.

—¿Sabéis lo de la niña de la Julita? —preguntó Sebastián, tras darle un segundo sorbo al vino.

—¿Quién, la Patri? Qué chica más maja, ¿eh? Y, además de simpática, guapa —contestó José, el más joven del grupo.

—Sí, muy guapa y muy simpática, es verdad. Pues se va a Londres a vivir con su novio.

—¿A Londres? ¿Y para qué? ¿Es que no está a gusto en el barrio? —preguntó Fermín, el tercero de la cuadrilla.

—Vete tú a saber —dijo José—. Pero, vamos, que sin estar casados ni nada… A mí me suena un poco raro. ¿A ver si va a estar embarazada la chiquilla?

—¡Uy! Pues lo mismo es eso. Seguro —replicó Fermín—. Ya sabéis la de habladurías que hay en el barrio. A lo mejor se van para evitarlo.

—¿Habladurías? ¿Qué dices? A ver, aquí comentamos entre amigos lo que ocurre en el barrio, pero porque nos preocupamos por los demás. Pero de ahí a decir que son habladurías… —contestó Sebastián, ligeramente indignado.

Los amigos siguieron charlando mientras se tomaban otro vino y, a las dos en punto, se retiraron cada uno para su casa. Cuando José llegó a la suya, Mari Carmen ya estaba esperándole con la mesa puesta y un plato de sopa humeante. Se dieron un beso, como siempre hacían cuando uno de ellos llegaba a casa, y se dispusieron a comer. Durante la comida, no tenían por costumbre poner la televisión, como hacían otras familias, sino que aprovechaban para charlar antes de que José se marchase de nuevo al trabajo.

—¿Qué tal hoy el día, cariño? —preguntó Mari Carmen antes de meterse una cucharada de sopa en la boca, previo soplido para que se enfriase un poco.

—Bien, bien. Sin nada especial. La mañana se ha pasado en un suspiro y después he estado tomando un vino con la cuadrilla —contestó él.

—¿Y qué se cuentan? —fue una pregunta inocente, pero casi provoca un tsunami.

—Pues hoy nos ha contado Sebastián que la Patri, la hija de la Julita, se ha quedado embarazada y que se va a Londres. Para abortar, imagino.

—¿Qué dices, José? ¿Y para qué iba a querer irse a Londres? Si quiere abortar puede hacerlo aquí.

—¡Ay, yo qué sé, mujer! Las mujeres siempre se han ido a abortar a Londres, ¿no? Esta chica está embarazada y se va allí con el novio, pues blanco y en botella —repuso José, al tiempo que terminaba su plato de sopa y se levantaba para acercar a la mesa una bandeja con filetes empanados.

—¿Pero tú en qué tiempo vives? Anda, anda. Esta tarde veré a Julita en clase de Pilates, le preguntaré a ver.

A media tarde, Julita estaba llegando a su clase de Pilates cuando se encontró con su amiga Mari Carmen en la entrada del polideportivo. Tras saludarse, las dos mujeres se dirigieron al vestuario para cambiarse. Fue allí cuando Mari Carmen se animó a sacar el tema.

—Julita, que ya me he enterado de que tu hija está embarazada. ¿Es verdad eso que dicen que se va a ir a Londres a abortar? Mujer, si ya no hace falta hacer eso. Además, yo la animaría a tenerlo. Si necesitáis ayuda, para eso estamos los vecinos. No te preocupes, mujer.

La cara de Julita era todo un poema tras escuchar las palabras de su amiga. Tanto fue así que fue incapaz de contestarla y, mirando el reloj, tiró de ella agarrándola por el brazo.

—Anda, anda, vamos, que ya empieza la clase. Luego hablamos.

Tras una hora de estiramientos y ejercicios que les dejaron la espalda como nueva, Julita pasó por el vestuario para recoger su mochila, pero salió corriendo a la calle, sin esperar a su amiga.

Una vez en casa, esperó con impaciencia a que su hija llegase. Conforme esta entró por la puerta, la abordó con nerviosismo.

—Patri, hija. ¿Es verdad que estás embarazada? Que no hace falta que te vayas a Londres, que yo te ayudo en lo que necesites, pero no abortes, cariño —le soltó del tirón y con lágrimas asomándose a sus ojos.

Patri, estupefacta, no sabía si ponerse a reír, echarse a llorar o lanzarse a gritar enfadada.

—Pero, ¿qué dices, mamá? ¿Quién te ha dicho eso? Si yo solo me voy a ir un año a Bristol para mejorar el inglés. ¿De qué embarazo hablas?

—Ay, hija, me lo ha dicho Mari Carmen en clase de Pilates, que se lo había dicho su marido, que se lo había contado no sé quién… —habló Julita, nerviosa, frotándose las manos e incapaz de mirar a su hija a los ojos.

—¡Pero mamá! ¿Cuántas veces te he dicho que no escuches nada de lo que digan en Radio Patio? ¡Y encima te lo crees! ¡Contenta me tienes! Anda, mamá, vamos a cenar. Vamos a cenar…

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Luna de lobo»

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Luna de lobo

Cuentan que la primera noche de luna llena del año es la más esperada por las mujeres y niñas de la aldea. No se engalanan como si fuesen a asistir a una ceremonia especial, aunque la ocasión lo merece, pero un ambiente de solemnidad recorre las calles durante las horas que preceden a un ritual único.

Todo queda preparado en los hogares para que no falte de nada durante su ausencia y tanto niños como mayores estén bien atendidos. No hay nada que las impida acudir a la cita, ni obligaciones ni aficiones ni mucho menos excusas. Visten de negro, aunque no sea imperativo, pero ya es una costumbre ancestral que ninguna se atreve a contravenir. Simplemente acuden porque deben, porque quieren y porque lo desean.

Es invierno y la noche viene temprana, pero la luna aún remolonea un poquito antes de brillar. Hace frío y de las chimeneas de las pequeñas casas de la aldea se elevan hacia el cielo las caprichosas columnas de humo de los hogares, que parecen querer juguetear con las estrellas. No es hasta que la luna se alza imponente sobre el cielo cuando salen de sus casas, mujeres y niñas, por parejas, en grupos o solas, en un silencio solemne. En la aldea no se escucha más sonido que el que producen sus zapatillas al caminar, despacio, sobre las calles de tierra, como si se tratase de una procesión silente.

Las mujeres se internan en el bosque hasta llegar al que, desde hace siglos, conocen como ‘el claro de la luna’. Es pequeño, íntimo y apacible, con una quietud que nadie nunca se ha atrevido a perturbar llegada la hora de la ceremoniosa asamblea. En el centro prenden la lumbre, que, además de caldear el ambiente e iluminar sus rostros, ajados unos y lozanos otros, les confiere del rigor que declama la situación. Y, en torno a ella, se sitúan, cada una en el lugar que le corresponde sin que nunca haya existido el atisbo de la más mínima duda al respecto.

Es la más anciana la que inaugura el acto. Alzándose, no sin dificultad, sobre el bastón que cambiará de manos cuando llegue su hora, pronuncia las primeras palabras que rompen la quietud de la noche. Es entonces, como si de un auténtico aquelarre se tratara, cuando la magia hace acto de presencia. De generación a generación, todas las antiguas sapiencias, reunidas con el paso de los siglos, se van transmitiendo. Se comparten secretos, confidencias compartidas únicamente de boca a boca y que solo ellas son dignas de conocer. Solo son susurros lanzados al aire que cada una de ellas sabe perfectamente cómo debe interpretar.

Es entonces cuando cientos de estrellas fugaces surcan el cielo de invierno. Mudos testigos de la infinita sabiduría que, desde tiempos inmemoriales, portan las mujeres. Y cuentan que todos los lobos del lugar aúllan a un tiempo.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Tan solo una palabra»

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Tan solo una palabra

La relación de Elena y Samuel parecía ir viento en popa. A ojos de todos, lucían como la pareja perfecta. Pasaban juntos todo el tiempo que podían y se les veía felices, siempre regalando sonrisas a quien estuviera dispuesto a recibirlas. Sin embargo, a Elena cada vez se le hacía más difícil permanecer al lado de Samuel. Y no porque no lo quisiera, que lo quería, y mucho. Y tampoco porque él no la quisiera a ella, que no lo dudaba o, al menos, prefería pensar que así era.

Llevaban juntos más de diez años. Una larga temporada en la que habían madurado al unísono, habían vivido casi tantos buenos momentos como lágrimas habían derramado y se habían acomodado a un cariño tranquilo y sin sobresaltos. Habían pasado por épocas de mucha bonanza y otras, en cambio, las vacas flacas habían sido sus compañeras de viaje. Pero Elena sentía que le faltaba algo, que no recibía de aquella relación justo aquello que más necesitaba: cariño, cariño a raudales.

Los últimos tiempos habían sido muy buenos para la pareja, si hablamos en términos económicos. Samuel se deshacía en detalles hacia Elena. Cada dos por tres le hacía los regalos más maravillosos y caros. Salían a cenar a los mejores restaurantes de la ciudad. La sorprendía a menudo con los ramos de flores más espectaculares. Para ella siempre quería y le ofrecía lo mejor.

Sin embargo, había algo que Elena echaba en falta. Ya no recordaba cuándo le dedicó una palabra amable. Nunca le demostraba su afecto en público. Bueno, ni en público ni en privado, porque los escasos besos y abrazos que le prodigaba quedaban limitados a los momentos de la más estricta intimidad, que tampoco eran demasiado habituales. Y, que ella recordara, de los labios del que suponía era el amor de su vida jamás habían salido las palabras ‘te quiero’.

Elena le había pedido muchas veces una actitud más cariñosa; le había, incluso, llegado a recriminar que nunca le hubiese dicho que la quería, pero su respuesta siempre había sido la misma: ‘soy un hombre de hechos, no de palabras’. El problema estaba en que esos hechos eran siempre materiales.

Elena se marchó un día en busca de aquel cariño que no recibía, pero que tanto necesitaba, dejando a Samuel sin comprender el porqué de su marcha. Sin entender que, tan solo una palabra pronunciada en el momento idóneo, podría haber cambiado su vida para siempre.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «La princesa de la más alta torre»

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La princesa de la más alta torre

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una princesa que vivía feliz con sus padres, los reyes, en el castillo más bello jamás imaginado. Parecía sacado de un cuento de hadas, pero la belleza del castillo era apenas comparable con la de la joven muchacha, que tenía encandilados a todos los caballeros del reino. Todos deseaban enredar los dedos en su larga cabellera trigueña, bucear en el intenso océano de sus ojos, besar aquella boca nacarada y perderse en la intensidad de una sonrisa que parecía capaz de eclipsar al mismo sol.

Cada día, se contaban por decenas los apuestos caballeros que se acercaban hasta el castillo para conocer a la doncella. Todos ellos se creían dignos merecedores de sus atributos, así como del derecho a ser sucesores del rey. Para ello, se presentaban con sus mejores galas, una labia embaucadora y haciendo estúpidos alardes de sus supuestas habilidades. La princesa los observaba en silencio, con un aburrimiento soberano, nunca mejor dicho, y haciendo verdaderos esfuerzos por disimular los bostezos que aquellas tediosas sesiones le provocaban. Sin embargo, su educación y saber estar la impedían dejar de asistir a aquellas reuniones que ya estaban llegando a impacientar, incluso, a sus padres.

Cierto día, la princesa amaneció encerrada en la más alta torre del castillo. Permaneció allí durante meses, años quizá, con las ventanas cerradas y sin recibir ni un tímido rayo de sol que ruborizase sus lozanas mejillas. La noticia de que la bella princesa había sido enclaustrada corrió como la pólvora a lo largo de todos los confines del reino. Todos dieron por hecho que los reyes, que no querían que abandonara el hogar, habían sido los que habían girado la llave que aprisionaba a la muchacha. Y estos, que nunca habían demostrado interés por las habladurías ajenas, tampoco se molestaron en desmentir el rumor.

Aquel sinfín de variopintos personajes que habían pasado por el gran salón con la intención de pedir la mano de la princesa emprendió una cruzada para liberarla. Pertrechados con cuerdas y los más extravagantes inventos, acudían, día tras día, a tratar de salvarla. Mas todos sus intentos fueron en vano, pues aquella parecía estar encarcelada en la más infranqueable fortaleza. Todos regresaban a sus hogares exhaustos y con las manos vacías, pero con la firme determinación de intentarlo, al menos, una vez más. Dentro de sus inflados egos no cabía la posibilidad de fracaso.

Sin embargo, el transcurrir del tiempo dejó en evidencia que todos sus intentos eran infructuosos. Y, junto con el fracaso, el cansancio y el hastío llegaron para poner su granito de arena al fin de aquella inútil empresa. Cada día eran menos los valientes que se aventuraban a tratar de subir a la torre, a desafiar al rey o a jugarse la vida sobre el profundo foso que rodeaba la fortaleza. Hasta que un día soleado de otoño, no acudió ninguno más.

Durante todo este tiempo, la princesa había permanecido en sus herméticos aposentos, trazando un plan que le permitiese abandonar aquella vida tediosa con un destino cuajado de todo menos de independencia. Hizo oídos sordos al bullicio que provocaban sus aspirantes a libertadores hasta que llegó un momento en que, hasta sus oídos, solo alcanzó a llegar el tranquilo trino de los pajaritos y el susurro del viento entre las ramas de los árboles. Se habían rendido. Era su momento.

Descorrió, uno tras otro, los cerrojos que con tanto ahínco había cerrado meses atrás y partió lejos del castillo con un propósito propio en el bolsillo y un destino forjado por sus propias manos. Nunca más se volvió a saber de ella en el reino, pero el tiempo la convirtió en leyenda. Generación tras generación, quedó para siempre en el recuerdo como la princesa de la más alta torre.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Solo una leyenda»

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Solo una leyenda

Es la noche de Halloween. A través de la ventana ya solo se puede ver la densa niebla que hace un rato ha comenzado a caer sobre el pueblo, convirtiéndolo en brumas. Junto a la chimenea encendida, el abuelo Alejandro dormita con las piernas cubiertas por una manta, mientras disfruta del silencio. La densa barba blanca descansa sobre su pecho; sus pensamientos, sobre las nubes. Pero su tranquilidad pronto se ve interrumpida por las voces de los pequeños Andrea, Luis y Rocío, que corren a sentarse sobre la alfombra que está a sus pies, formando un semicírculo.

—¡Abuelo, abuelo! ¡Cuéntanos la leyenda de Halloween! —reclama Andrea, su nieto mayor.

El anciano abre los ojos sobresaltado, da un ligero respingo en su sillón. Un suspiro cansado se escapa de sus labios. Les habrá contado la historia cientos de veces y, tratándose de esa noche, le extrañaba que no se la hubiesen pedido ya.

—¿Otra vez? Si os la tenéis que saber de memoria— replica, con un fingido malestar.

—¡Sí, abuelo, porfa! Sabes que nos gusta mucho escucharla. Además, Rocío era muy pequeña la última vez que nos la contaste y ya no se acuerda— contesta Luis, el mediano.

La pequeña Rocío, más reservada, se limita a observar al abuelo con ojillos de súplica. Él le devuelve la mirada y vuelve a suspirar, pero esta vez consigue que parezca un bufido.

—Ya sabéis que siempre me emociono cuando os cuento esa historia…

—Pero, abuelo, si no es más que una leyenda, ¿verdad? —interviene de nuevo Andrea—. ¡Venga, cuéntanosla!

Alejandro se acomoda en su sillón, entorna ligeramente los ojos y, como si su mente volara hacia algún lugar o tiempo muy lejano, comienza a narrar.

<Era la Noche de Difuntos. Ahora es una noche de juegos y disfraces, pero por aquella época era la más lúgubre y tenebrosa del año. Alejandro y sus amigos, para hacerse los valientes, habían ido a jugar al cementerio. Tendrían, más o menos, tu edad, Andrea. Todos tenían miedo, pero ninguno estaba dispuesto a admitirlo. Por eso, hablaban a gritos y reían con estridencia, para tratar de paliar el denso silencio que habitaba el camposanto.

Fue a Nicolás a quien se le ocurrió la idea de jugar al escondite. Entre tantas lápidas había cientos de lugares donde esconderse y podrían pasar un rato entretenido. Y, aunque ni a Alejandro ni a Martín les atraía la idea de quedarse solos entre todas aquellas tumbas, aceptaron sin dudarlo.

El primero en ligársela fue Alejandro que, apoyado contra una de las lápidas más altas, contaba hasta veinte en voz alta con los ojos cerrados mientras Martín y Nicolás corrían a esconderse, cada uno en una dirección. Cuando Alejandro terminó de contar, a su alrededor solo  se escuchaba un silencio sepulcral.

—¡Voy! —gritó, en parte para que sus amigos lo oyeran y, en parte, para reconfortarse al escuchar su propia voz.

El cementerio parecía vacío. No se oía ni un solo sonido más allá del viento meciéndose en las altas ramas de los cipreses que lo bordeaban. Alejandro comenzó a buscar a sus amigos, rodeando tumbas y saltando sobre las lápidas de piedra. Por más que daba vueltas, recorrió pasillos y se asomó, incluso, a mirar en el interior de los nichos vacíos, no lograba encontrarlos.

En un momento dado, a su izquierda, un susurro le habló al oído y a él le pareció reconocer la burlona voz de Nicolás. Se giró de golpe, esperando encontrar a su amigo, pero allí no había nadie. Apenas había dado un par de pasos en aquella dirección cuando escuchó, con total claridad, otro susurro en el oído derecho. Volvió a girarse en busca de sus compañeros, pero fue recibido por la misma cruel soledad. El corazón le comenzó a martillear con fuerza dentro del pecho; las sienes, a palpitar con ferocidad; y un ligero dolor de cabeza comenzó a fraguarse en su nuca para llegar hasta su frente.

Llevaba ya más de diez minutos tratando de encontrar a sus amigos y el miedo y la desesperación pudieron con él. Sin molestarse en aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, comenzó a gritar:

—¡Nicolás! ¡Martín! ¡Salid ya! ¡No me está gustando nada esta broma! ¡Nico! ¡Martín!

Lejos de recibir una respuesta de los chavales, multitud de murmullos le llenaron los oídos. Atormentado, no podía más que llevarse las manos a ambos lados de la cabeza para tratar de callar a todas aquellas voces que le martirizaban. El mundo pareció comenzar a dar vueltas a su alrededor y, por unos instantes, perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente, cuando las primeras personas llegaron al cementerio con ramos de flores para visitar a sus difuntos, encontraron al pequeño Alejandro aterido contra una lápida. Agarrándose las piernas con fuerza con las manos, permanecía acurrucado, balanceándose de delante a atrás, con los ojos abiertos desmesuradamente y la vista clavada en algún lugar del infinito. Cuenta la leyenda que a sus amigos nunca más los volvieron a ver.>

El silencio se apodera del pequeño salón, en el que solo se oye el crepitar del fuego en la chimenea. Andrea, Luis y la pequeña Rocío, con la piel erizada, permanecen callados durante algunos segundos. Es Andrea el que, tratando de disimular su temor, se atreve a romper la calma.

—Jo, abuelo, menos mal que solo es una leyenda, ¿eh? —dice en un tono demasiado alto, al tiempo que le da un codazo a su hermano Luis.

—Sí, es solo una leyenda —contesta el abuelo Alejandro, con la mirada perdida a través de la ventana y mientras una lágrima rueda por su mejilla para ir a morir a su poblada barba blanca.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Me falta vida»

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Me falta vida

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Sí, ya lo sé, no es mío, no hace falta que me lo digas. Así comenzaba el poema de Pablo Neruda que tantas noches leímos juntos, mientras nos besábamos bajo el cielo infinito, cómo continúan esos versos. Pero ¿qué puedo hacer si son el más fiel reflejo de cómo me siento?

Te he escrito mis mejores versos, lo sabes. Si alguna vez ha salido alguna palabra coherente de mis labios, si en algún momento mi pluma ha vomitado una estrofa mínimamente aceptable, con cadencia y sentimiento, ha sido cuando estas, las palabras, iban dirigidas a ti. Y ahora solo me quedan los versos tristes, ataviados con un hábito de tan dudosa calidad que mucho me temo que jamás llegarán a salir de mi alma. Se quedarán allí, enquistados, rumiando su propia miseria en el paraje oscuro y taciturno de mi maltrecho corazón.

Te entregué todo sin restricciones, acomodada en la suave almohada de tu pecho, en la tibieza de tus labios, en la cálida cobija de tu piel. Sí, te lo entregué todo y sin esperar nada a cambio. A pesar de que, en demasiadas ocasiones, lo único que recibía era el decadente aroma de una cama ajena. A pesar de verme correspondida por el frío aliento de tu indiferencia. A pesar de que muchas veces quise protegerme bajo el oscuro paraguas de la distancia. A pesar de todo, siempre regresaba a ti. Porque siempre supe que en el fondo, aunque fuese muy en el fondo de tu corazón, tú me querías.

Y, a pesar de ello, esta noche tendrá el sabor dulce y amargo de una despedida y mi pluma solo podrá escupir los versos taciturnos de una bella elegía. Porque, parafraseando de nuevo a Neruda, yo te quise y, a veces, tú también me quisiste. Pero me falta vida para conseguir que ambos logremos querernos bien.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Donde el tiempo fue»

El relato del viernes: «Donde el tiempo fue»
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Donde el tiempo fue

Dicen que existe un hilo rojo que, aunque sea invisible a nuestros ojos, nos conecta con una persona especial que está destinada a nosotros, nuestra alma gemela. No sé si será cierto o no, porque yo aún no he encontrado a esa persona que vuelva del revés mis días y acelere mi corazón de tal manera que no quiera perderme nunca más un amanecer a su lado. En mi caso, pienso que, de existir ese hilo rojo, estaría, sin duda, conectado con un lugar. Porque a las personas no, pero hay lugares a los que pertenecemos para siempre.

A este lugar especial no me guió ningún hilo rojo, sino la blanca línea continua de una carretera comarcal. Es más, me llevó el viejo Seat 127 de mi padre, al que nosotros llamábamos coche con mayúsculas y que recorría más problemas que kilómetros, pero en cuyo interior éramos una familia, sin más. Después de varias horas de renqueante traqueteo y varias casetes de dudosa calidad, arriesgando la vida sin cinturones de seguridad y sin tan siquiera un mísero espejo retrovisor derecho, llegábamos a aquel lugar donde el tiempo parecía detenerse. Aislado entre las montañas de una cordillera ibérica cualquiera, al abrigo de las encinas y de los olivos, aparecía, tímido y recóndito, el que, para mí, era el pueblo más bonito del mundo.

Allí me recibían los abuelos, con esa familiar naturalidad que a punto estaba de romperte una costilla o de arrancarte un moflete. Me recibía la vieja casona, que escondía tantos secretos y misterios como daba de sí mi intensa imaginación infantil. En especial, la troje, aquel lugar que yo creía plagado de fantasmas y que, con el tiempo, descubrí que no contenía más que los recuerdos de vidas que no conocí. Y me recibía el vasto campo, que insuflaba en mis pulmones tal cantidad de oxígeno a la que no estaba acostumbrado y que me tenía tosiendo durante horas.

Aquel lugar olía a leña en invierno y a botijo de agua fresca en verano. Se respiraba el pan y los dulces recién salidos de una sartén. Olía a amistad y a buenos momentos, a río y a hogar. Las redes sociales se tejían sobre una hamaca en el medio de la calle y no hacía falta dar ningún like para que todos supieran que estábamos enamorados. Los días se estiraban como si fueran de goma y las noches llegaban hasta las estrellas. Aquel lugar era donde podías quitarte los disfraces, corazas y máscaras, y ser. Solo ser. Tú.

Ahora regreso y aún me parece escuchar la voz de la abuela llamándonos a la mesa porque ya está listo el puchero y los rezongos del abuelo cuando lo despertábamos de la siesta. Aún puedo saborear el primer beso y masticar la pulpa de la verdadera amistad. Allí vuelvo a ser un niño con pantalones cortos y raspones en las rodillas, sin achaques ni problemas, cargado de sueños. Allí el tiempo se detiene y no existe nada más.

Regreso y vuelvo a pertenecer al pueblo, así como él me pertenece, porque el uno jamás sería el mismo sin el otro. Unidos por el destino o por un vulgar hilo rojo. Como sea, yo siempre regreso a ese lugar donde puedo, simplemente, ser; donde el tiempo, simplemente, fue.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «La marioneta»

El relato del viernes: «La marioneta»
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La marioneta

El día de su vigésimo cumpleaños, Virginia recibió un regalo inesperado. No era gran cosa, ni siquiera era algo que le hubiese hecho ilusión tener antes de aquel día, pero que, por alguna extraña razón, le encantó y lo recibió como el mejor de los presentes que le podían haber entregado para celebrar su nuevo inicio de década.

Venía dentro de una hermosa cajita de vivos colores, no demasiado grande, pero sí lo suficientemente llamativa para que desde un principio captase su atención. En su interior, cuidadosamente envuelto en delicadas hojas de papel de seda de diferentes tonos pastel, apareció lo que, a primera vista, parecía un muñeco. Virginia lo observó con curiosidad antes de tomarlo entre sus manos con suma delicadeza. Era de madera, cuidadosamente tallada, y las redondeces de sus formas invitaban a acariciarlo. Cubrían su cuerpo unos exquisitos ropajes que, por su tacto, debían de estar elaborados con lujosas sedas del más Lejano Oriente. Pero lo que más llamó la atención de Virginia fue su rostro. Parecía estar pintado a mano y reflejaba una expresión de felicidad tan plena que casi daba envidia contemplarlo.

De los brazos y de las piernas del fascinante muñeco, así como de su cabeza, surgían unos hilos tan finos que a punto estaban de alcanzar la transparencia. Todos ellos se unían en una bella cruceta de madera que, también, parecía estar tallada a mano, con unos intrincados relieves que no hacían sino sumar majestuosidad al conjunto. Era una marioneta, sí, pero la más hermosa que jamás se hubiera podido imaginar.

Sin embargo, lo que más despertó la ilusión en Virginia fue el hecho de que nunca había tenido una en sus manos. Había asistido, en varias ocasiones, a divertidas representaciones de títeres y marionetas, pero siempre las había visto desde la distancia. Nunca había tenido la oportunidad de manejar aquellos hilos mágicos que parecían dotar de vida a los muñecos. Y le parecía maravilloso poder crear un personaje que casi cobraba vida bajo sus manos.

Durante un tiempo, Virginia pasaba casi todos sus ratos libres con su marioneta, ideando historias para ella que, después, representaba para todo aquel que las quisiese disfrutar. Sin embargo, pronto se cansó de dar rienda suelta a su creatividad y comenzó a disfrutar más del hecho de poder manejar al muñeco a su antojo. Se regocijaba viendo cómo el pobre pelele hacía todo cuanto a ella se le encaprichase, desde darse cabezazos contra la pared hasta adoptar las posturas más ridículas que pasaban por su imaginación. Pasó de convertirse en su compañero de cuentos a ser su bufón particular y las carcajadas de Virginia ante la pusilanimidad de este eran tan estridentes que se llegaban a escuchar por todos los vecinos de su edificio.

Una mañana, al despertar, Virginia se encontraba cabizbaja. Tanto era así que, por más que lo intentaba, no lograba enderezar la cabeza y su estado de ánimo había caído por los suelos. Se puso la ropa como un autómata, preparó su desayuno y se dispuso a dar comienzo a su rutina diaria. Sin ser consciente de ello, se dirigió a su puesto de trabajo, acató sin rechistar todas las órdenes que recibió aquel día, comió con sus compañeros en el restaurante de moda y, al salir del trabajo, compró en el supermercado aquel lavavajillas tan extraordinario que había visto en un anuncio de televisión la noche anterior. Cuando estaba a punto de regresar a casa, deseosa de descansar un rato y desconectar viendo el reality que seguían todos sus amigos, sus ojos se abrieron de una forma exorbitante. Parecía como si alguien tirase con fuerza de sus párpados y, como por arte de magia, logró apreciar algo que hasta entonces le había pasado por completo desapercibido.

La gente caminaba a su alrededor con las mismas prisas de siempre, pero ahora podía apreciar cómo unos delgados hilos sostenían brazos, piernas y cabeza de cada persona, guiándolos en sus pasos. Sorprendida y, a la vez, asustada, Virginia elevó un brazo y lo observó con una atención que nunca antes había prestado. Anudado con una fuerte lazada, un ligero filamento partía de él para perderse de vista a varios metros de altura. Semejantes hilos estaban amarrados a sus piernas.

El pánico se apoderó de ella al comprobar la dura realidad a la que llevaba tiempo enfrentándose sin tener plena consciencia de ella. Probablemente, toda su vida. Subió los escalones de dos en dos y, tras encerrarse en su casa, se dirigió presurosa a su habitación para tomar a su marioneta entre sus brazos. Las lágrimas salieron a raudales mientras, abrazada a ella, solo conseguía preguntar:

—Yo te manejo a ti, pero ¿quién lo está haciendo conmigo?

Las lágrimas duraron lo que tardó en tomar la determinación de cortar sus propios hilos y, tras pedirle perdón a su marioneta, Virginia respiró, por primera vez en la vida, por su propia voluntad.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: «Como el tiempo»

El relato del viernes: «Como el tiempo»
Fuente: Pixabay

Como el tiempo

Paula observaba a través de la ventana de su habitación cómo unas gruesas nubes negras iban cubriendo el cielo, permitiendo solo traspasar a los últimos reductos de luz de un sol que ya había desaparecido tras las bambalinas que ocultaban aquel hermoso telón gris. Eran hermosas, sí, pero dentro de su belleza asomaba implícita una amenaza que parecía cernirse sobre la ciudad. En tan solo unos minutos, el cielo se había encapotado por completo, cubriendo de negro un día que hasta aquel mismo instante pretendía haber sido radiante.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo en el mismo momento en que las nubes cubrían el último resquicio de sol, que desapareció de su vista en apenas un parpadeo. Fue un estremecimiento que transitó a lo largo de su espina dorsal en un viaje ascendente, hasta que llegó a la misma coronilla y descargó un denso nubarrón que parecía decidido firmemente a quedarse allí instalado.

A Paula se le nubló la mente igual que lo había hecho el día, una vez más, sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Ni siquiera fue consciente de ello. Solo se dedicó a seguir mirando a través del cristal de su ventana, que comenzaba a enturbiarse con las primeras gotas de lluvia en caer sobre la ciudad. Curioso espectáculo, pensó en su ingenua inocencia, que no recordaba haber presenciado antes. Con los ojos bien abiertos, contemplaba cómo las gotas golpeaban ya con fuerza el ventanal y dirigió una mano temblorosa hacia ellas. Su expresión de asombro hubiese maravillado a cualquiera, a excepción de a Arturo que, en ese momento, entraba en la habitación.

La sonrisa que Arturo portaba al adentrarse en el dormitorio fue sustituida de golpe por una expresión situada a medio camino entre la decepción y la más profunda de las tristezas. Apretó los puños en señal de impotencia, realizó tres respiraciones profundas y se obligó a recomponer su mejor expresión amable. A punto estuvo de decirle algo a Paula, pero algo le detuvo.

El aguacero fue tan intenso como breve y, conforme la última gota de lluvia se deslizaba frente a la atenta mirada de Paula, un rayo de sol se abrió camino entre las nubes y un brillante arcoíris se dibujó en el cielo. En apenas unos segundos, aquellas nubes que tan  amenazadoras se habían mostrado unos instantes atrás, comenzaron a disolverse para dar paso de nuevo a una soleada tarde de verano. Y conforme se iban dispersando, la nube que con tanto ahínco se había alojado en la cabeza de Paula hizo una graciosa cabriola y voló.

Arturo respiró tranquilo al reconocer en los ojos de su compañera de vida la misma mirada clara y brillante que la había acompañado desde su juventud. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de ella al verle y, sin mediar palabra, ambos se fundieron en un reconfortante abrazo que les almidonó el alma y les caldeó el corazón.

Al fin, Arturo se atrevió a romper el silencio que hasta entonces los había acompañado:

—¿Qué tal estás, vida mía?

—Pues ya ves, cariño, como el tiempo. Como el tiempo…

Ana Centellas. Septiembre 2021. Derechos registrados.

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