El relato del viernes: “Entre la vida y la muerte, nos conocimos”

El relato del viernes: “Entre la vida y la muerte, nos conocimos”

 

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, NOS CONOCIMOS

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, NOS CONOCIMOS

Solo podíamos esperar. No había más que pudiéramos hacer. La vida de Manuel pendía de un hilo y lo único que podíamos hacer era permanecer en aquella aséptica sala de espera que, aun así, olía a muerte. Solas. Ella y yo.

Aquella mañana, cuando Manuel se despidió de mí con un apasionado beso, como cada día desde que compartíamos vida juntos, tuve un mal presagio. Fuera llovía con fuerza y yo siempre le había tenido pánico a la moto. No me gustaba nada dejarle salir cada mañana a sortear el intenso tráfico de la ciudad sin más protección que el casco y la cazadora de cuero. Pero a él le encantaba. Decía que esa manera de comenzar la mañana, con la adrenalina corriendo con fuerza por las venas, era el combustible que necesitaba para afrontar los pesados días de trabajo. Le abracé con fuerza y le susurré al oído «ten cuidado», justo antes de que se calara el casco rojo y negro.

Dieciocho horas después, Manuel se debatía entre la vida y la muerte mientras nosotras esperábamos en una sala en la que el propio silencio reverberaba en un eco sordo. Creo que nunca había sentido un silencio tan plausible, casi palpable en el ambiente. Llegué a dudar acerca de si aquello que parecía que se podía masticar era el propio silencio o la tensión que existía entre nosotras.

Durante un par de horas más, la misma tensión no resuelta, el mismo silencio tangible, el mismo miedo personificado, permanecieron con nosotras. Algún sollozo desgastado por las horas de espera se escuchaba de vez en cuando. Unas veces era ella. Otras, yo. Fue ella la que, finalmente, rompió el hielo:

—¿Te apetece un café? —escuché, de pronto, viéndola junto a la máquina. No había sido consciente de cuándo se había movido desde la silla de plástico frente a mí.

—Me sentaría bien, sí —le respondí, con voz neutra, mientras frotaba mis manos, que ya estaban sufriendo los estragos del aire acondicionado furioso de aquella sala.

Me acerqué hasta ella con la única y más noble intención de ayudar. Estaba agotada, las horas parecían no tener fin en aquel cuarto, la incertidumbre ahogaba y el consuelo de una palabra parecía la única alternativa posible. Siempre me odió, aun cuando jamás le di motivos para hacerlo. Eso hizo que mi impresión sobre ella tampoco fuera demasiado buena. Le tendí mi mano para acompañarla hasta la zona de sillas y me senté a su lado.

—¿Le querías mucho, verdad? —pregunté, aunque sabía que me enfrentaba a la posibilidad de no obtener ninguna respuesta.

Para mi sorpresa, no solo me contestó, sino que al final compartimos juntas todas las palabras que nunca se dijeron, superamos los rencores absurdos y nos perdimos en recuerdos, en los suyos, en los míos, en el elemento común que ambos tenían. El dolor fue el mayor sentido común para que ambas comprendiéramos que el motivo por el que las dos estábamos allí era el mismo. Terminamos sumergidas en lágrimas, fundidas en abrazos, y la luz de un nuevo día nos sorprendió, de nuevo, compartiendo un café.

—¿Familiares de Manuel Oliveira? —preguntó una voz al fondo del pasillo. Las dos nos levantamos al mismo tiempo, mientras compartíamos una cómplice mirada de angustia. Tomadas de la mano, llegamos hasta el enfermero que pretendía dar el parte— ¿Su esposa?

—¡Yo! —respondimos las dos, al unísono.

Vi en su mirada un ligero rubor, una disculpa velada que compensaba mirando hacia el suelo. La agarré aún más fuerte.

—Somos nosotras —contesté, segura de mí misma, frente a la atónita mirada del enfermero. Le vi dudar unos instantes, para acto seguido dejar de lado la cuestión.

—El estado en que llegó el paciente era muy crítico, pero, afortunadamente, a estas horas podemos decir que ya está fuera de peligro. Quedan por determinar las posibles secuelas físicas derivadas del accidente, pero a grandes rasgos parece que no se aprecia ninguna significativa.

Ella y yo nos abrazamos con energía, mientras nuestras lágrimas de alivio y alegría se mezclaban para siempre después de una noche en que, entre la vida y la muerte, pudimos conocernos.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Entre la vida y la muerte, nos conocimos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

 

177. CALM

Anuncios

El relato del viernes: “El aroma de lavanda”

El relato del viernes: “El aroma de lavanda”

EL AROMA DE LAVANDA

EL AROMA DE LAVANDA

Un relajante aroma a lavanda se extiende por toda la habitación, haciéndome cerrar los ojos por puro instinto. Dejo que el delicado perfume del aceite esencial me inunde, se extienda por todo mi cuerpo en cada respiración. Siento cómo, poco a poco, cada uno de mis músculos se va relajando, con suavidad, casi con miedo. Va cediendo la tensión que siempre llevan a cuestas mis hombros, dejo los brazos caer inertes a mi costado, siento cómo las piernas se aligeran por momentos.

Una melodía suave, narcótica, comienza a vibrar en el ambiente. Es exactamente el toque que necesitaba para liberar a mi cuerpo y mi mente de todas las tensiones. Me concentro en el embriagador aroma, en las notas armónicas que parecen llegar de todos los lugares a un tiempo, en la frescura de la sábana bajo mi cuerpo desnudo, en la suavidad de la toalla que aún me cubre por la espalda.

Una ligera corriente de aire me recorre cuando la toalla es retirada con sumo cuidado y un escalofrío se extiende por todo mi cuerpo. Me dejo llevar por la agradable sensación, sumida en un estado de abandono total. Giro hacia un lado la cabeza, para liberar también las tensiones acumuladas en las cervicales, y un rizo rebelde cae, para quedar alojado sobre mi nariz. Mi cuerpo, entero, está preparado para el disfrute. La sola expectativa hace que mi corazón, en lugar de pausarse, lata a un ritmo demasiado frenético para la pesada calma que ha comenzado a condensarse en el lugar.

Unas manos grandes y fuertes se posan de pronto sobre mis hombros, lo que provoca un respingo involuntario de todos mis músculos. Esas manos calientes comienzan a acariciar con fuerza, deslizándose sobre mí con la facilidad que les proporciona el aceite de lavanda, que llega hasta mí ahora de una forma mucho más intensa. Me vuelvo a relajar y me dejo hacer, sumisa, vulnerable.

El momento de relax termina para mí en un breve periodo de tiempo, lo que tardan las manos en deslizarse por mi espalda y acariciar mis costados, rozando con sus expertos dedos el contorno de mis pechos ya endurecidos. Siento una especie de vacío cuando son abandonados para continuar más allá, en la parte baja de mi espalda.

Me acomodo en apenas un segundo para dejar un pequeño espacio de separación entre mis piernas, que ya no sé si sabrán volver a caminar. Siento cómo las fuertes manos las recorren y tonifican, mientras continúan un sendero ascendente que comenzó en las puntas de los dedos de mis pies. Mi cuerpo reacciona de manera involuntaria y pequeños suspiros de placer se escapan por mi boca entreabierta mientras continúo dejándome llevar.

El recorrido de aquellas manos es como una tortura para mí. Masajean con fuerza la cara interior de mis muslos y llegan, por descuido, a ejercer un suave roce sobre mi sexo que, hace ya varios minutos, permanece expectante rociado por completo con una intensa humedad. Pero las manos se retiran, suben a los glúteos, y mis suspiros aumentan en intensidad, como si fueran un reclamo de mis deseos. Siento que la más mínima invasión sería capaz de llevarme de inmediato al más violento de los orgasmos.

Pero las manos se retiran, comienzan a ascender de nuevo por la espalda y tengo que contener un nuevo suspiro, casi gemido, de necesidad y urgencia.

Siento de pronto la suavidad de la toalla recorrerme entera, arrastrando a su paso el exceso de aceite sobre mi piel y dejándola impregnada de un aroma intenso que ya no evoca solo a la lavanda. Mi suspiro ahora es casi ya un quejido.

—Hemos terminado, señora. Espero que el masaje haya sido de su agrado —escucho decir, en la lejanía, a una bonita voz varonil.

¿De mi agrado? Uffff, si tú supieras…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

El aroma de lavanda by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Durante un año más”

El relato del viernes: “Durante un año más”

 

DURANTE UN AÑO MÁS

DURANTE UN AÑO MÁS

Salió a dar un paseo por la playa, caminando con sus pies descalzos sobre la fina arena. El océano estaba especialmente sosegado aquel día, como si quisiera mandarle un mensaje de tranquilidad, sin utilizar ninguna botella de envoltorio. Esas cosas solo ocurrían en las películas y en los cuentos. Sonrió ante aquel pensamiento, la sonrisa iluminó su rostro durante unos breves instantes y sacudió la cabeza ligeramente ante la ocurrencia. Continuó caminando por la arena, ya sin el menor asomo de sonrisa.

Acababa de comenzar el mes de enero y la playa estaba desierta. En la distancia podía divisar una sola persona que, acompañada de un animal, paseaba con tranquilidad, al igual que él. Varios kilómetros de arena impoluta, serena, virgen, solo profanada por las huellas de dos personas desconocidas separadas por un enorme abismo en su mente. En el mar, alcanzaba a divisar la silueta de un único buque en el horizonte, difuminado por las brumas que escondía la lejanía aquella mañana. Durante un breve lapso de tiempo, tuvo la sensación de que el mundo se hubiese detenido, al igual que él, al igual que su vida.

Todos los años le ocurría lo mismo en el mes de enero. Aquella fecha simbólica que ponía fin a un año y marcaba el comienzo de uno nuevo ponía en funcionamiento su mente, que parecía replantearse cada año si el camino elegido había sido el correcto. Con gesto serio, se sentó sobre la arena, cerca de la orilla, demasiado cerca quizás para encontrarse en pleno invierno. Las ligeras olas que llegaban hasta él con sosiego le acariciaban los pies descalzos, provocando escalofríos que le recorrían todo el cuerpo. Pero no le importaba, su mente estaba a muchos kilómetros de distancia de allí.

Con la mirada perdida en el lejano horizonte, recordó su antigua vida en Madrid. Recordó con una ligera melancolía todo lo que había dejado atrás. Aquella mañana parecía añorar las prisas de la gran ciudad, el anonimato que le protegía frente al resto del mundo, el trabajo acelerado y sin descanso, el sexo disfrazado de amor sin complicaciones, sin responsabilidades. El relajante sonido del mar se transformó durante unos minutos en el ruidoso tráfico de la capital. El olor a salitre y humedad desapareció para dejar paso al olor a ciudad. Se preguntó si no se habría equivocado dejándolo todo para partir hacia la costa, a su actual vida tranquila y sin sobresaltos.

El sonido de unas pisadas sobre la arena le sacó de su ensimismamiento bañado en añoranza. La persona que paseaba con su perro en la distancia ahora estaba a su altura. El olor marino le sacudió como una bofetada y su cerebro recordó. Recordó, de golpe, todos los motivos que le habían llevado a refugiarse allí. Recordó sus coqueteos con las drogas y con las enfermedades de transmisión sexual. Recordó las noches de amnesia y desenfreno bañadas en alcohol. Recordó la soledad de su apartamento, solo ocupado un par de veces a la semana por una mujer diferente y desconocida en su cama, que partía con los primeros rayos de sol sin compartir con él ni un triste desayuno. Recordó el amago de infarto debido a la sobrecarga de trabajo. Recordó.

Y entonces supo con claridad que había hecho lo correcto, que su vida seguía en orden. Al menos durante un año más.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Durante un año más by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Alicientes”

El relato del viernes: “Alicientes”

ALICIENTES

ALICIENTES

Él solía ser un buen policía. Llevaba más de treinta años al servicio del Cuerpo y jamás había tenido una tacha, ni un simple borrón que empañase su brillante expediente elaborado durante tantos años a base de esfuerzo y fidelidad al Cuerpo de Policía.

Acababa de cumplir cincuenta años, algo que en la comisaría donde trabajaba fue celebrado por sus compañeros por todo lo alto. Cuando llegó por la mañana, las primeras lágrimas hicieron acto de presencia según hubo traspasado el umbral, cuando se encontró con que todos los compañeros de turno le estaban esperando para felicitarle a coro, entre bandejas de dulces que estaban repartidas por las mesas para formar un desayuno muy especial. Globitos de colores teñían con un aire de fiesta aquel lugar que, habitualmente, era tan serio como administrativo.

Sobre su mesa, una tarta con dos velas ya prendidas, que formaban un número cincuenta que se iba derritiendo por efecto del calor. Y, a su lado, un regalo grande y brillante que ocupaba casi todo el espacio disponible sobre su mesa de trabajo. A esas alturas de la vida, se sintió vergonzoso y tímido mientras sus compañeros le cantaban a oscuras el «Cumpleaños feliz». Sopló las velas de su tarta por segunda vez aquel día, pues su esposa también había tenido la idea de sorprenderle con una pequeña tarta en el desayuno que compartían cada día.

Tras dar buena cuenta de la tarta y los bollitos, acompañados de buenas dosis de café, del bueno, no del que siempre tomaban en la máquina que había en la entrada de la Comisaría, los compañeros le instaron a que abriese su regalo. Lo contempló durante unos instantes, aunque ya llevaba un buen rato observándolo y emitiendo conjeturas acerca de lo que podría ser. El paquete era grande, voluminoso y alargado. Una idea fugaz le cruzó la mente por unos segundos, pero la desechó de inmediato por su valor económico. Sus sueldos no estaban mal, pero tampoco eran para tirar cohetes, y no creía que sus compañeros estuviesen dispuestos a realizar un desembolso de aquel calibre en un compañero, por mucho que llevase treinta años compartiendo aventuras con ellos y que celebrase su quincuagésimo cumpleaños.

Lo abrió sin dejar asomar ninguna muestra de curiosidad, con toda la tranquilidad del mundo. Tantos años de ejercicio le habían dado la capacidad de esconder en cualquier momento de manera perfecta cualquier emoción que no quisiera compartir con los demás. Algo que no logró cuando se encontró frente a él con una gran funda de cuero en la que lucía claramente visible un anagrama que conocía muy bien. Aquellas tres flechas englobadas en un círculo que, a su vez, atravesaban tres círculos más pequeños, lograron que el puso le latiese con fuerza. Las manos comenzaron a temblarle y su rostro no podía esconder los signos de asombro, que sus compañeros inmortalizaron con decenas de disparos imprevistos con sus teléfonos móviles. Abrió el estuche con cuidado, como si se tratase de un tesoro.

Ante sus ojos apareció una impresionante carabina. Una Beretta Cx4 Storm semiautomática que parecía una auténtica preciosidad. La tomó entre sus manos, miró por el objetivo y pudo sentir de inmediato el maravilloso placer que podría proporcionarle aquel grandioso regalo. Evitó, ahora sí, el torrente de lágrimas que aquel enorme detalle estuvo a punto de provocarle, y se dispuso a agradecer de forma efusiva a sus compañeros, uno por uno, dándoles fuertes abrazos acompañados por cómplices palmadas en la espalda, con un rostro radiante de felicidad.

Cuando regresaba a casa por la noche, mil ideas rondaban por su mente. Aquel había sido en líneas generales un día bastante agridulce, lo suficiente como para hacer que algo en su interior se removiese solicitando un cambio inminente. Por un lado, estaba demasiado emocionado por los detalles que habían demostrado tanto su pareja como los compañeros de trabajo, que parecían sinceramente felices por celebrar su cumpleaños. Por otro, sentía que había pasado ya con creces el ecuador de su vida y, si hacía un repaso hacia atrás, comprendió que había estado tan dedicado a lo que se suponía que era lo que debía hacer, que en su vida jamás había habido espacio para la locura. Ni siquiera para una simple improvisación.

Recordó el nuevo juguete que llevaba en el maletero y una lucecita se encendió sobre su cabeza, lo que le provocó una sonrisa malévola y una aceleración inmediata del pulso.

Semanas más tarde, la Comisaría hervía en actividad. Al parecer, un franco tirador se había apostado en el barrio. Los disparos eran siempre certeros y jamás quedaban restos de munición que pudieran guiar las investigaciones por algún camino. Disparaba cada vez desde un lugar distinto y no habían encontrado ni el más mínimo rastro, ni tan siquiera de alguna huella, aunque fuese parcial. Aquel hombre debía ser un experimentado, sin duda, sabía lo que se hacía.

Nuestro policía, al mando, se encargaba de las exhaustivas investigaciones, a la par que se encargaba de borrar los posibles rastros que lo evidenciaran. Ahora sí, sentía que su vida tenía un aliciente especial.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

logo_SafeCreative

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Clandestinidad nocturna”

El relato del viernes: “Clandestinidad nocturna”

CLANDESTINIDAD NOCTURNA

CLANDESTINIDAD NOCTURNA

Cada noche, cuando se cerraban las puertas y el último visitante se alejaba ya sin echar una mirada atrás, el parque cobraba vida. Durante el día, estaba repleto de personas que disfrutaban de sus paseos al sol o bajo la lluvia, de turistas que observaban con curiosidad todo lo que les rodeaba, de niños traviesos que jugaban en un estado de felicidad auténtica, ajenos a que algún día perderían esa percepción, de ciclistas y corredores que ejercitaban sus músculos como remedio eficaz para escapar de la rutina, de parejas acarameladas que aprovechaban cualquier rincón para hacerse las más físicas manifestaciones del amor, de grupos de amigos que se reunían sobre el cuidado césped, de abuelos que paseaban con orgullo a sus nietos en cochecitos cada vez más sofisticados, incluso de calesas tiradas por caballos, que eran utilizadas como un souvenir, como antídoto contra el olvido de tiempos pasados. Los pájaros trinaban con alegría, mientras paseaban mostrando sus bellos plumajes de rama en rama. Algún pequeño roedor hacía su aparición estelar de vez en cuando.

Mientras todo eso ocurría, la vida del parque permanecía latente, a la espera. Árboles, plantas y flores adoptaban su forma tradicional de ser vivo inanimado y se regocijaban con las vistas que el bullicioso parque les proporcionaba. Todos se esforzaban por mostrarse en todo su esplendor para recibir las mejores alabanzas y muestras de cariño. Los árboles agitaban sus ramas ante la más mínima brisa con orgullo y acogían entre ellas a las exultantes aves que tanto se afanaban en alegrar las tardes y mañanas. Las flores se abrían en todo su esplendor, a la par que emitían sus más preciados aromas para crear una atmósfera de embrujo, a pesar de exponerse a que alguien quedase tan prendado de ellas que se atreviese a tomar su delicado tallo y cortarlas. Incluso las estatuas, inertes por naturaleza, en lo más profundo de su interior albergaban un cierto sentimiento muy parecido al orgullo cada vez que alguien se quedaba observándolas asombrado o les hacían fotografías.

Pero cuando caía la noche y las puertas del parque se cerraban a miradas indiscretas, toda aquella vida inanimada que había permanecido a la espera durante el día, comenzaba a bullir de actividad.

Las flores, las más alegres y juguetonas, se reunían en grupos para jugar a algún juego y cantar canciones con sus preciosas voces. Las plantas más frondosas, que solían ser las más dicharacheras, organizaban corrillos entre los que los chismes y cotilleos acerca del día pasado circulaban a más velocidad que la propia luz. El césped que poblaba cada rincón del parque, excepto los caminos, era tan presumido que se pasaba la noche acicalándose, estirando las pequeñas briznas que habían quedado aplastadas tras el descanso de los humanos sobre él. Los árboles, que eran los más viejos y sabios del lugar, organizaban tertulias en las que fumaban en pipa y reían a carcajadas con sus voces graves, lo que hacía que los pajaritos, agotados de estar todo el día volando y exhibiéndose, se pasaran quejándose la mitad de la noche porque no les dejaban descansar.

Las estatuas aprovechaban para limpiar cualquier resto de polvo y sacar brillo a sus superficies talladas en piedra, para estar listas para su posado del día siguiente. Incluso las fuentes, después de haber pasado todo el día despidiendo chorros de agua cada vez más altos para conseguir hipnotizar a los paseantes con los arco iris que se formaban cuando los rayos de sol traspasaban su círculo de acción, se dedicaban a limpiar con cuidado sus cañerías para que el espectáculo pudiese continuar a la mañana siguiente con la misma precisión que de costumbre.

Los tres árboles más jóvenes y robustos eran los encargados de vigilar que no surgiese ningún imprevisto que pudiera perturbar la clandestina actividad nocturna del parque. Siempre se quejaban de no poder participar en las tertulias de los más sabios, pero acataban con estoicismo su misión, a sabiendas de que pronto serían reemplazados por otros más jóvenes que ya apuntaban maneras de ser robustos. Estos, agrupados en formación, creando una perfecta línea que servía de barrera para esconder lo que acontecía en el interior del parque, compartían sus sueños e ilusiones los unos con los otros, mientras fumaban cigarrillos a escondidas con el tabaco que habían robado a los mayores.

En cuanto la claridad de la luz del día comenzaba a hacer acto de presencia y sentían el tintinear de las llaves del guarda que se acercaba distraído y soñoliento a abrir las puertas del parque, estos tres árboles, con una seña secreta, daban la voz de alarma y el parque recobraba de inmediato su aspecto matinal.

Mientras el guarda hacía la ronda para comprobar que todo estuviese en orden, siempre se asombraba de que aquellos tres árboles, alistados e imponentes, parecía que cada día que pasaba formaban una línea cada vez más precisa. Se quedaba observándolos, se rascaba la cabeza y, encogiéndose de hombros, continuaba su recorrido a la espera de que los primeros visitantes del día llegaran a disfrutar de la mágica majestuosidad de aquel parque.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Clandestinidad nocturna by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Parque de María Luisa (Sevilla)

El relato del viernes: “Ángel cazafantasmas”

El relato del viernes: “Ángel cazafantasmas”

ÁNGEL CAZAFANTASMAS

ÁNGEL CAZAFANTASMAS

La trampa estaba preparada. Ángel llevaba semanas trazando un plan para atrapar de una vez por todas al supuesto fantasma que andaba rondando por su habitación todas las noches. No sentía miedo, pero sí una enorme curiosidad por saber lo que estaba pasando. Tras mucho pensar, creía haber dado con la solución que desenmascararía a quienquiera que fuese el que se colaba en su habitación cada noche. La idea era muy sencilla, pero le había costado trabajo dar con ella y había quedado satisfecho con el resultado.

Desde hacía meses se venían sucediendo los mismos sucesos extraños en su habitación. Cada noche, cuando se iba a la cama, su madre iba a arroparle bien y a darle un beso de buenas noches. Rápido se quedaba dormido, o al menos en un estado de duermevela que hacía que estuviese más inconsciente que lo contrario. Entre sueños, creía escuchar cómo la puerta de su habitación se abría con cuidado, sin dejar pasar ningún haz de luz proveniente de la casa. A continuación, la misma secuencia se desarrollaba noche tras noche, un sutil arrastrar de pasos, un aliento que le calentaba el rostro y una caricia húmeda en su cara. Para cuando quería despertar del todo, ya podía escuchar con claridad los suaves pasos arrastrados sobre la alfombra y el ligero chirrido de los goznes de la puerta, mientras se cerraba con lentitud.

La iluminación de la habitación no variaba en ningún momento. La sensación que Ángel percibía era la de una presencia caliente junto a él, que le proporcionaba aquella especie de caricia húmeda para luego desaparecer por el mismo lugar por donde había venido. A pesar de que en ningún momento percibió ningún signo de malignidad en su comportamiento, estaba intrigado y necesitaba resolver aquel misterio de una vez por todas. Cuando miraba el reloj, después de aquellos acontecimientos, siempre marcaba las dos de la mañana.

Pero ya tenía la trampa preparada. Aquella noche todo apuntaba a que sería muy emocionante. Para él, desde luego, era toda una aventura. Así que cuando su mamá le deseó buenas noches y cerró la puerta despacio mientras apagaba la luz del dormitorio, Ángel se levantó de la cama y dispuso todo lo necesario para atrapar al fantasma. Era simple, solo un gran bote de pintura apoyado sobre el dintel en su parte interior y, cuando el fantasma abriese la puerta, ploffff, le caería encima toda la pintura y lo pillaría in fraganti. Ángel se reía con solo imaginarlo.

Ahora solo le quedaba permanecer despierto hasta la hora de costumbre. Eran las once de la noche cuando él solía acostarse, así que disponía de tres largas horas por delante para entretenerse. Lo importante era no dormirse. En la oscuridad del cuarto, iluminada por una pequeña linterna que escondía entre las sábanas, Ángel estuvo leyendo, dibujando, incluso se atrevió a jugar un ratito a la consola con el volumen apagado por completo.

Unos diez minutos antes de que el reloj marcase las dos, Ángel recogió todo y simuló estar dormido. Por poco fracasa su plan, pues a punto estuvo de quedarse dormido en esos diez minutos de espera. Pero al final lo logró. Expectante, aguardaba envuelto en las sábanas con los ojos cerrados. El corazón le había comenzado a latir con una rapidez inusitada. Aún tuvo que aguardar unos cinco minutos más para que tuviese lugar el nocturno ritual.

Por el rabillo de un ojo observó cómo la puerta comenzaba a abrirse muy, muy despacio. Una vez abierta por la mitad de su recorrido, el cubo de pintura cumplió con su misión a la perfección, derramándose sobre aquel enorme ser que estaba irrumpiendo en su habitación justo en aquel momento. El color que había elegido, brillante en la oscuridad, delataba con claridad una forma. De inmediato, encendió la luz. Iba a por todas.

Imaginaos la cara de sorpresa que se le quedó a Ángel cuando, al encender la luz, se encontró con su padre cubierto de aquella pintura verde fosforescente, que le goteaba desde el pelo, manchando todo. A la sorpresa inicial le siguió una tremenda carcajada que no fue capaz de contener y que le llevó varios minutos controlar. Estuvo a un tris de mojar incluso la cama.

Al que no pareció hacerle tanta gracia fue a su padre que, recién llegado del trabajo, se veía cansado, soñoliento y cubierto de aquella guisa. De nada le sirvió a Ángel intentar explicar que él lo que quería era desenmascarar al fantasma de las caricias húmedas. Hasta que no hubo pasado un mes de aquel incidente, sus padres no se dignaron a levantarle el castigo.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

CREATIVE COMMONS

Ángel cazafantasmas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

El relato del viernes: “Que todo fluya”

El relato del viernes: “Que todo fluya”

QUE TODO FLUYA

QUE TODO FLUYA

Noelia escribe. Esa es una afirmación rotunda que podríamos dejar así y no contar nada más sobre ella. Pero Noelia no escribe notas cuando necesita acordarse de una cita importante, que también, en su sempiterna agenda que guarda con celo dentro de su bolso. Noelia no escribe correos electrónicos en su trabajo para comunicarse con proveedores y clientes. Sí lo hace, pero está claro que esa no es la escritura que le gusta. Noelia no escribe cartas a familiares lejanos ni a ningún amor de juventud que hubiese quedado anclado en los recuerdos de una buena relación. Le gustaría, quizá, retomar esa vieja costumbre que aún recuerda desde niña, cuando la única forma de comunicación escrita entre dos personas eran esas cartas que luego guardaba escondidas en una caja en el rincón más recóndito del armario de su habitación. Era bonito, en lugar de los simples mensajes al teléfono que utilizamos en nuestros días o el correo electrónico que tanto odiaba. Sí, definitivamente le gustaría enviar preciosas cartas de amor a su novio, en la distancia, perfumarlas sutilmente, pegarles la estampilla correspondiente  e introducirlas en el buzón con la ilusión de un niño en la noche de Reyes.

Lo que Noelia escribe es algo mucho más profundo que todo esto. Ella escribe sobre su propia vida, plasma sus emociones en decenas de papeles que no guardan orden ni concierto dentro del propio caos en el que está convertida su vida. Escribe historias en las que se retrata a sí misma, siempre vertiendo la parte más íntima de su existencia en ellas. Páginas y páginas manuscritas, con la suave tinta de una pluma de color azul, que quedan relegadas a estar desperdigadas por los cajones de su escritorio.

Noelia escribe poesía. Porque le encanta dejar fluir sus emociones en forma de versos, en consonancia, siempre en consonancia. Y esos versos que transcribe de forma directa desde el centro mismo de su corazón, la van limpiando por dentro, sacando las impurezas que puedan quedar en el más obsoleto rincón de su alma. Porque Noelia, cuando escribe, se libera. Se libera de tal forma que es capaz de evadirse por completo del mundo cruel en el que le ha tocado vivir, en una época sangrienta en la que los más atroces crímenes se realizan en el nombre de algún Dios. Ella plasma todos esos sentimientos en cuadernos, repletos de poesía, en los que puedes encontrar un repaso completo al diario de sus emociones. Todas, sin faltar ninguna.

Pero Noelia no se considera escritora. No cree en sí misma como tal, cuando decenas de editoriales matarían por conseguir uno de sus apasionantes manuscritos. Ella no es escritora, no, es constructora de sueños, de realidades paralelas donde poder buscar la liberación del alma, la cura contra el insomnio, el remedio infalible contra el estrés y, sobre todo, la sanación más absoluta de cualquier dolor instalado en el corazón.

Por eso, Noelia, escribe solo para ella. Solo para sus cuadernos, para sus hojas en blanco. Escribe para su alma, para su corazón y para su cuerpo. Escribe para sus plantas, para su armonía, para la Madre Tierra. Escribe para sofocar el dolor que le causa su implacable enfermedad y para apaciguar el cruel sentimiento de culpa que siente desde que decidió no contárselo a nadie. Por eso escribe sola y lo hace solo para ella. Porque no necesita reconocimientos, es el placer por el placer, la medicina de su humilde vida.

Cuando Noelia va a la cama, a altas horas de la madrugada debido a su pasión por la escritura, duerme rápido y sueña. Las sábanas se transforman en las páginas de un libro, uno que lleva su nombre en la portada. Y Noelia se acurruca entre ellas, sintiéndose más arropada y protegida que nunca en su vida. Duerme envuelta en palabras, en sentimientos, en pasiones, en tristezas, en iras, en fracasos. Pero, a pesar de todo, continúa sintiéndose segura entre las páginas de su libro.

De pronto, dentro del sueño, el libro cambia de portada. Ya no es su nombre el que figura en ella, quizá el designio de una premonición que no tardará en cumplirse. Pero ella continúa sintiéndose protegida por las palabras, por las suaves páginas del fino papel que utiliza para la escritura, envuelta en cálidas letras que le proporcionan el abrigo necesario en las duras noches de frío, en las ocres noches vividas en soledad. Permanece así el resto de la noche, mientras las letras comienzan a entonar un cántico y a practicar una danza alrededor de ella. Y Noelia se siente en paz, plena, acompañando a las letras de su ininterrumpido sueño en el canto y en el baile. Se siente feliz.

Por eso, cada mañana, regresa a su viejo cuaderno, rescata la última página, esa que está garabateada y llena de tachones, y escribe con soltura la canción que le han dictado las letras aquella noche.  Regresa a su vieja dolencia, la que no tiene remedio, y deja salir de su interior cualquier sentimiento encontrado que pudiera guardar en sus adentros.

En definitiva, Noelia no escribe, no. Noelia solo deja fluir.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

*Imagen: Tomada de la red (editada)