El relato del viernes: “El bibliotecario”

El relato del viernes: “El bibliotecario”

 

EL BIBLIOTECARIO

EL BIBLIOTECARIO

El anciano traspasó el umbral de la biblioteca que había sido su vida con paso trémulo. Después de más de cincuenta años trabajando allí y casi diez desde la última vez que pisó aquellos suelos, comprobó con satisfacción que aún seguía estremeciéndose al cruzar aquellas imponentes puertas. El inconfundible aroma de los libros, antiguos y nuevos, se introducía por sus fosas nasales como un bálsamo que hacía que su cuerpo se suavizase por completo, después del más que conocido escalofrío que lo recorría nada más entrar. Aquel olor era el perfume de su hogar.

Echó un vistazo al interior desde el umbral. Lo primero que pudo apreciar fue el silencio que dominaba el ambiente, tan intenso que, con un poco de esfuerzo, podía incluso escucharse el sonido que hacían las motas de polvo al depositarse sobre los libros. No era de extrañar, tan solo había una persona en el interior de la biblioteca, que recorría los lomos de los libros con un dedo como si de aquella manera fuese a mitigar la miopía que le afectaba. Comprobó la hora en su reloj de pulsera, el que le habían regalado sus compañeros cuando se jubiló en aquel amplio espacio que se abría ahora ante él. Pasaba con amplitud del mediodía. A esas horas, la biblioteca debería estar llena ya de público. Suspiró apenado y, finalmente, entró en el edificio.

A la derecha, en el mostrador que él mismo había ocupado durante tanto tiempo, una jovencita parecía tan ocupada con el ordenador que ni siquiera reparó en su presencia. Sus dedos se deslizaban con agilidad por el teclado de aquel aparato que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado a él años atrás. Comprobó que no se trataba de la misma persona que había ocupado su puesto aquel último día, ¿cuántas personas habrían ocupado ya el sillón que le había acomodado durante tantos años? A la gente ya no le gustaba el oficio de bibliotecario, no sabía ver la magia que guardaba en su interior aquel trabajo, ahora, para colmo, tan mal remunerado.

Embriagado por la emoción de volver a verse allí cuando ya había pensado que jamás regresaría a aquel lugar, se dedicó a recorrer con lentitud los pasillos, aspirando con fuerza aquel aroma que, de golpe, le devolvía a su juventud. Paseó por entre las estanterías repletas de los libros de siempre, imponentes, espléndidas, elevándose hasta el techo como si quisieran traspasarlo y llegar al mismo cielo. Algunas de las pegatinas que los libros tenían en el lomo mostraban aún su caligrafía del momento en que realizó su primera clasificación. En silencio, se sintió orgulloso de encontrar aún las huellas de su paso por aquel santuario, como si hubiese sido una parte esencial del mismo.

Subió las escaleras que conducen al piso superior con la misma lentitud empleada en recorrer los pasillos del piso inferior. Se estaba deleitando con aquel paseo entre años y años de trabajo, entre tanta cultura concentrada en tan solo unos metros cuadrados, entre obras magistrales y otras no tanto que, en conjunto, representaban la literatura del mundo por completo. El calor allí arriba era más intenso y el aroma de los libros parecía macerado en un almíbar dulzón que casi le causa un mareo.

En la parte media de una de las estanterías que se asomaban al balcón que daba al piso inferior encontró una sección nueva: «Publicaciones especiales». A pesar de que se había prometido a sí mismo no acercarse a los libros para evitar el riesgo de tomar alguno para una lectura que su desgastada vista ya no le permitía, no logró impedir que sus pies se dirigieran hacia ella. La curiosidad por saber en qué consistían aquellas publicaciones especiales era superior al temor que el dolor de sus ojos por un sobre esfuerzo le producía. De manera instintiva, guió sus ojos al lugar donde reposaba la letra «z». Era algo que siempre había hecho, fantaseando por encontrar algún día su nombre en uno de aquellos libros que siempre había cuidado con tanto mimo.

El aire se volvió aún más denso a su alrededor cuando lo vio. Era su apellido. Precediéndole, estaba impreso su nombre. No se trataba del autor de ninguna obra, sino del título de un bonito ejemplar de cubiertas negras en un precioso acabado mate. «Qué casualidad», pensó, y lo tomó entre sus arrugadas manos. Deslizó las páginas con cautela, echando un vistazo a su interior como quien tiene miedo de que le pillen haciendo algo prohibido. Una rodilla cayó al suelo cuando se dio cuenta. Apenas podía sostenerse. La otra persona que se encontraba en la biblioteca, a pocos metros de distancia, ni siquiera hizo un ademán de preocupación al verlo caer.

Aquel libro narraba su historia. El protagonista de aquel bonito volumen era él. Un libro dedicado a todos los años de entrega al cuidado del legado literario. Estaba escrito por aquella joven que le reemplazó en su jubilación. Lo abrazó contra su pecho y, a duras penas, logró ponerse en pie. Bajó las escaleras con el libro bien apretado entre sus brazos. Recorrió el vestíbulo hasta el que fuese su escritorio y esperó paciente a que la muchacha lo atendiese. Ni siquiera levantó la cabeza al sentir que había alguien esperando para ser atendido. El anciano se giró sobre sus talones, cruzó de nuevo el vestíbulo, y salió por el umbral de la biblioteca con el libro protegido por un fuerte abrazo, ahora sí sabiendo que aquella había sido la última vez que visitaría aquel lugar del que ahora se llevaba un auténtico tesoro.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

307. PERDER

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El relato del viernes: “Extranjera”

El relato del viernes: “Extranjera”

 

EXTRANJERA

EXTRANJERA

Hay días, como hoy, en los que no puedo evitar preguntarme qué estoy haciendo aquí. Son días en los que, sin ningún motivo aparente, me encuentro de repente en una ciudad extraña, lejos de mi familia, de mis amigos, de la gente que me quiere. Sé que no es así. Llevo ya cerca de dos años en mi nuevo hogar y la vida ya se ha acomodado a las nuevas circunstancias, he conocido a nuevas personas de las que me será muy difícil separarme en algún momento, tengo un trabajo que me apasiona y que es el verdadero motivo por el que estoy aquí.

Simplemente ocurre. Sucede que no me reconozco cuando de mis labios salen palabras pronunciadas en un idioma que no es el mío, por mucho que me esfuerce en que así sea. Comienzo entonces a vagar por las avenidas y no reconozco en ellas las tranquilas calles en las que jugaba durante mi infancia. Es entonces cuando echo de menos mi humilde barrio, a pesar de llevar más de una década sin pasar por él. No reconozco en los brillantes rótulos luminosos y en las abarrotadas tiendas la sonrisa amable del tendero que me regalaba una piruleta cada vez que me acercaba a darle los buenos días. Julián, creo recordar que se llamaba.

No reconozco en los rostros perdidos con los que me cruzo en mi deambular el cariño y la dulzura de las vecinas cada vez que iba a la panadería y me miraban cada día con renovado asombro para decirme «niña, cuánto has crecido», aunque me hubiesen visto el día anterior. No reconozco el final de los colosales rascacielos, que parecen elevarse en busca de un cielo oculto que hace tiempo dejó de cubrir nuestras cabezas para desaparecer entre el brillo frío y desquiciado de las luces de neón. Echo en falta ver las nubes tan cerca de mí que pareciera poder tocarlas con solo estirar el brazo derecho.

No reconozco la penumbra que me aguarda en el interior de un apartamento tan aséptico como desconocido porque aún no me he acostumbrado a encontrar en él mi hogar cuando giro una llave extraña en una puerta idéntica a las diez que acabo de recorrer en un largo pasillo sin ventanas. No reconozco mi nombre en el casillero del correo, rodeado de tantos otros impronunciables y carentes de significado.

Hoy es uno de esos días. Uno de esos en los que solo me considero una extranjera en tierra ajena, en los que la palabra hogar solo tiene un significado claro que está muy lejos de aquí. Solo cuando llego a casa, qué raro suena eso en mi mente, y me despojo de los corsés de la rutina, me permito que las lágrimas se deslicen sin piedad por mi rostro foráneo con arrugas marcadas por el fuego de la melancolía. Enciendo un cigarrillo liado con tiento en torno a unas hojas secas tan extranjeras como yo y, sentada en el alféizar de la ventana, contemplo la ciudad extraña que se abre paso a mis ojos.

El cielo, ese cielo tan extraño como yo y que pasa desapercibido entre los jirones desbaratados de la urbanización desmedida, logra empatizar conmigo en una noche en la que el calor tiene un sabor diferente al que siempre conocí. Una fina cortina de lluvia se interpone entre mis pensamientos y el corazón latente de la grandiosa ciudad y, por fin, logro relajarme con la lunática idea de que, al fin y al cabo, la lluvia que nos moja a ti y a mí siempre es la misma.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

301. VIDA

El relato del viernes: “Ella”

El relato del viernes: “Ella”

 

ELLA

ELLA

Cada mañana, ella cubre su rostro con cremas y pinturas de colores, en un intento por mostrarse siempre joven y atractiva. Aplica una cobertura perfecta a la más mínima e incipiente arruga que pretenda deslucir el contorno de sus ojos. Elimina de las miradas ajenas cualquier pequeña espinilla, el más pequeño de los puntos negros o un insignificante poro abierto. Esconde también las decenas de minúsculas pecas que tanto le gustan. Recubre sus pestañas con una máscara que las haga lucir mucho más espesas, mucho más largas y, sobre todo, mucho más bonitas. Colorea sus pómulos y sus labios hasta conseguir el acabado perfecto. Todo ello lo hace mirándose en el espejo sin llegar a ver su reflejo en él.

Cepilla su cabello con mimo, hasta dejarlo sedoso y brillante. Recoge sus bonitas ondas y deja caer unos mechones, casi por descuido, que le aportan una apariencia elegante a la par que informal, de mujer urbana, cosmopolita. Lo rocía con una generosa capa de laca para que se mantenga impecable durante toda la jornada.

Se viste la piel con prendas sofisticadas que la hagan parecer una mujer implacable. Recubre sus piernas con unas finas medias que la broncean al instante; sería impensable pasear la palidez de varios meses sin recibir los beneficiosos rayos solares. Ajusta la falda para que quede dos centímetros por encima de las rodillas, ni un milímetro por encima ni uno por debajo. Cambia sus cómodas zapatillas por unos zapatos de salón con un elegante tacón de más de siete centímetros, aun a sabiendas de que sus pies serán los que sufran semejante martirio. Ahora sus piernas, además de bronceadas, aparecen torneadas y ha conseguido ganar esos centímetros de altura que la naturaleza, traicionera, decidió robarle.

Vaporiza sobre el conjunto una nube del perfume en el que invirtió el sueldo de varios días, no vaya a ser que, en un descuido, se llegue a apreciar el más mínimo atisbo de su olor corporal, el natural, aroma a jabón fresco después de la ducha. La fragancia la envuelve, logra que las pituitarias ajenas se embelesen a su paso. Se adorna con infinidad de complementos, todo para alcanzar la perfección que se le exige por la sociedad.

Ella sale de casa con un disfraz inmejorable, ese que falsea también su personalidad dulce y divertida, y la encubre con otra seria y agresiva. Todos la admiran. Ella es perfecta.

Cuando regresa a casa, ella se siente libre. Se despoja de disfraces, de ataduras. Arroja los malditos tacones a una esquina del cuarto, se desprende de la incómoda ropa, se libera del sostén y suelta su llamativa melena. Deja al descubierto sus lindas pecas, con las que se siente más joven, más ella. Dibuja la sonrisa que lleva guardada durante todo el día y, después de desprenderse de todas las máscaras, se sienta en su sillón preferido a tomarse una taza de té, sin más compañía que ella misma. Y, entonces, piensa que así es ella. Perfecta.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Ilustración: Brunna Mancuso

287. PÁJAROS

El relato del viernes: “Regreso”

El relato del viernes: “Regreso”

 

REGRESO

REGRESO

El anciano escuchó un suspiro en el barco que le llevaba de vuelta a su tierra natal, al otro lado del océano, después de más de cincuenta años. La noche era fría y el mar salpicaba con fuerza contra los costados del buque. La oscuridad era absoluta; solo la luna brillaba en la lejanía del cielo estrellado. El enorme barco, todo el pasaje y su tripulación no eran más que un minúsculo punto en un inmenso océano de oscuridad y aguas bravías. El ruido que provocaba el oleaje al romper contra la embarcación era tal que escuchar un suspiro tan profundo sobreponerse al estruendo causado por las olas le hizo estremecer.

No esperaba que nadie más se encontrase en cubierta en una noche tan desapacible como aquella, en la que el frío se colaba por las ropas hasta llegar al interior de los huesos y lograba empaparlos de humedad. Por eso el anciano se había relajado y había permitido salir a la superficie esa parte de sí mismo que durante toda su vida había mantenido escondida por considerarla un signo de debilidad. Un buen rato después de la cena, cuando ya suponía que todo el pasaje estaría en sus respectivos camarotes, había salido al exterior para dejar que las bajas temperaturas le castigasen como creía merecer y poder llorar en soledad, como siempre había hecho.

Aquel suspiro le había hecho regresar de golpe a una realidad mucho más apacible que los recuerdos que, en aquellos momentos, le atormentaban la mente. Pero también había conseguido devolverle todo el pudor que le otorgaba su hombría para no dejarse ver en tal situación. Enjugó con disimulo las lágrimas y buscó en la penumbra el origen de aquel sentido suspiro. A pocos metros, apoyada en la baranda, una mujer miraba hacia la luna, en apariencia ajena al frío y al movimiento del barco. Sus cabellos grises estaban recogidos en un moño bajo y un enorme chal de lana gruesa la cubría por completo. A pesar de la penumbra, pudo apreciar que debía de tener su misma edad y, por un instante, deseó que se tratase de la persona que había ocupado su mente hasta hacía solo un momento. El solo hecho de imaginar esa posibilidad hacía que se le erizase el vello.

Ella volvió a viajar hasta su mente en una travesía temporal de varias décadas, lo que hizo que la emoción le embargase de nuevo. Regresó a su juventud, a su isla natal, a sus grandes ojos verdes. Regresó a los paseos por la playa al atardecer y a las largas noches de baile. Regresó a las caricias furtivas bajo las estrellas y a los besos robados bajo un malecón. Al día en que se despidió de ella para embarcar rumbo hacia otro continente con la esperanza hueca de volver a encontrarse guardada en un bolsillo del pantalón. Jamás volvieron a verse, perdieron el contacto, a pesar de que ninguno de los dos llegó a cerrar la habitación que ocupaba el otro en el interior de sus corazones.

Un nuevo suspiro le trajo de vuelta una vez más a la fría realidad de aquella agitada noche. Una ráfaga de viento lo acercó hasta sus oídos, traviesa, conciliadora, conocedora del efecto que su acción provocaría. Un escalofrío que no fue consecuencia del gélido aire recorrió el cuerpo del anciano. Ese suspiro, ese torrente de emociones lanzadas al cielo nocturno, no le era desconocido. Sin detenerse a pensarlo, recorrió con paso lento y emocionado los escasos metros que le separaban de aquella mujer. Actuó con cautela, temeroso de que el subconsciente y la necesidad le hubiesen hecho incurrir en un error fatal.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó, nervioso, a la espalda de la mujer.

La tensión en el cuerpo de ella se hizo evidente en cuanto escuchó aquella voz que provenía del dorso sombrío de la oscuridad. Se giró con demasiada lentitud, como se giraría alguien que estuviese de pronto paralizado por el miedo de no encontrar a su espalda aquello que tanto esperaba. Las lágrimas del anciano se mezclaron al instante con la salazón del agua que salpicaba por el costado del buque cuando unos ojos verdes cargados de emoción le miraron a tan solo unos centímetros de su mirada.

Sobraron más palabras aquella noche en cubierta. Un abrazo tierno y sentido se llevó consigo el frío acumulado durante varias décadas. El buque, ajeno a todo, prosiguió su travesía por alta mar.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

284. COMBINACIÓN

El relato del viernes: “El hombre de gris”

El relato del viernes: “El hombre de gris”

EL HOMBRE DE GRIS

EL HOMBRE DE GRIS

El hombre de gris se lamentó de no haber sabido reaccionar antes, pero ya era demasiado tarde. La plena consciencia de lo que había estado ocurriendo le llegó el día en que se encontró solo, exactamente el mismo día en el que se enteró de cómo le conocían todos en el barrio: el hombre de gris. Ese día, una mañana nublada y gris de otoño, nuestro hombre se planteó por primera vez qué había sucedido.

El hombre de gris siempre vestía de este color, fuese cual fuese la ocasión. Tenía un empleo que, a pesar de ser estable y no estar mal remunerado, era monótono, rutinario y sin emoción. Para él, su empleo era tan gris como los trajes que vestía para acudir cada día. El gris se acomodó a su vestuario de tal manera que toda su vestimenta abarcaba una amplia gama de tonos de gris. La ropa de deporte, la informal, el calzado… todo en su armario era gris. Conducía también un coche gris y, poco a poco, fue siendo conocido entre sus amigos y conocidos con aquel sobrenombre.

Lo que comenzó con aquel trabajo aburrido que no le reportaba ninguna satisfacción personal, y que él trasladó casi sin querer a su modo de vestir, se fue tornando en algo tan cotidiano y normalizado que llegó a trasladarse hasta su carácter, adoptándolo en su manera de ser de un modo alarmante en cuestión de poco tiempo. Fue entonces cuando nuestro hombre de gris se convirtió, de igual manera, en una persona gris donde las hubiese. Se volvió taciturno y reservado, huraño y rencoroso. La sonrisa desapareció de su rostro y comenzaron a marcarse las arrugas que produce el hecho de vivir siempre con el ceño fruncido. El sentido del humor quedó desterrado para siempre de su personalidad.

A pesar de que el cambio en el carácter fue muy evidente para los demás, no lo fue así para el hombre de gris. Él se consideraba una persona seria y responsable, ordenada y eficiente, quizá demasiado, cierto, pero no llegó a percatarse en ningún momento de la transformación que había experimentado. Su humor se agriaba más si cabe en los días soleados, que le irritaban sobremanera, y se sentía más cómodo en los días grises, lluviosos y con niebla. Odió el verano, las fiestas y todo aquello que llevase implícito el menor atisbo de sonrisa.

Aunque nunca llegó a ser lo que podría denominarse una persona antisocial, que buscase el aislamiento, lo cierto fue que fueron sus propios amigos los que empezaron a evadir su compañía. Por muy fuerte que fuese su amistad, esta se fue debilitando sin remedio debido al mal carácter de nuestro hombre. Fue cuestión de tiempo que su vida social se limitase al lapso que pasaba en la oficina. Su familia, aunque hizo todo lo posible e incluso más por operar un cambio en él, terminó dándose por vencida. Sus hijos se independizaron jóvenes, movidos por el deseo de salir de un hogar tan sumamente gris, y su mujer terminó abandonándole para ir en busca de la felicidad que había perdido a su lado.

El hombre de gris se encuentra solo y la soledad no hace más que aportar más ambiente plomizo a su existencia. No comprende qué ha ocurrido hasta que escucha en el barrio, por casualidad, su propio mote. Mira hacia el cielo, hacia esas nubes grises que descargan agua sobre él y con las que tan cómodo se siente, y de pronto lo comprende todo. Se lamenta de no haber sabido reaccionar antes.

El hombre de gris, por vez primera en mucho tiempo, desea que cese la lluvia, aparezca el arco iris y luzca el sol.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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279. CALM

El relato del viernes: “La chispa de la felicidad”

El relato del viernes: “La chispa de la felicidad”

LA CHISPA DE LA FELICIDAD

LA CHISPA DE LA FELICIDAD

Llegó el otoño a la ciudad y, con él, las lluvias. El agua caía sin cesar, sin dar un día de respiro a una ciudad que había vivido tantos meses ahogada en el aire turbio y canicular del verano. Las hojas de los árboles, que habían comenzado a tornarse con los colores ocres más bonitos, cambiando un paisaje lleno de vida dentro del sofoco, caían sin remedio sobre el asfalto de las calles y sobre la tierra de los parques, dejando una alfombra suave y algodonada de bonitos tonos que lo cubría todo. Sin embargo, en aquellos días no era posible disfrutar del placer de caminar sobre aquel bonito tapiz improvisado de hojas secas, no estaba disponible el placer de sentir sus crujidos bajo los pies mientras el fresco viento de otoño te acaricia la cara.

Las lluvias no cesaban y las hojas que caían mojadas se iban acumulando sobre el suelo alfombrado de viejas hojas también húmedas. Pronto, aquel tapete natural estuvo encharcado. Las calles eran auténticas pistas de patinaje que los operarios de limpieza se afanaban en mantener lo más despejadas posible, en una ardua tarea que parecía no tener fin.

Llovía y llovía sin parar, día tras día, hasta que los árboles de la ciudad quedaron por completo desnudos de hojas. Parecía que, nada más llegar el otoño, el tiempo hubiese dado un paso agigantado en las manecillas de algún reloj, que hacía que el invierno se precipitase sobre la ciudad sin freno ni pausa. Conforme iban desapareciendo las hojas que lo cubrían todo con aquella multitud de colores brillantes, amarillos, ocres, dorados, arrastradas por las lluvias o por los limpiadores, la ciudad fue quedando ensombrecida por un manto gris sin alegría ninguna. Los opacos y lúgubres tonos del hormigón y el asfalto fueron tomando poco a poco el lugar.

Las personas que antes llenaban los parques, terrazas y bulevares de una explosión de vida ahora caminaban cabizbajas de un lugar a otro, siguiendo una rutina preestablecida que no les llevaba a ningún sitio cierto, ni mucho menos feliz. Todo se tornó plomizo y húmedo. La gente comenzó a adaptar también su vestuario a la nueva situación y las calles parecían una pasarela de tonos negros, grises y marrones. Expresiones sombrías enfundadas en ropajes sombríos en un eterno deambular por pavimentos grises, cobijadas bajo tenebrosos paraguas monocromáticos en negro. Incluso los niños abandonaron sus alegres juegos, sus colores vivos y sus sonrisas que parecían eternas por un taciturno ir y venir de la escuela.

Cuando cesaron las lluvias, un grueso manto de nubes negras continuaba cubriendo el cielo sobre la triste ciudad. Alguien, alguna persona cualquiera, desconocida, anónima, algún alma alegre superviviente en soledad en una sociedad demacrada, tuvo la brillante idea de lanzar a la deriva por los canales unos divertidos juguetes de goma. Decenas de patitos de goma de alegres colores comenzaron a circular por la ciudad. Recorrieron todas y cada una de las calles como en una alocada aventura, sonrientes, brillantes, iluminados en su excursión. Por allí donde pasaban, surgían sonrisas en los rostros de los viandantes y la cuidad, poco a poco, fue recuperando su alegría y su bullicio acostumbrados.

En realidad, basta muy poco para que hacer prender la chispa de la felicidad.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

273. GIMNASIOS

El relato del viernes: “Sigue durmiendo”

El relato del viernes: “Sigue durmiendo”

 

SIGUE DURMIENDO

SIGUE DURMIENDO

—Sigue durmiendo…

Las palabras de Ernesto me llegan envueltas en un susurro amortiguado por las cálidas sábanas de algodón. Sus sutiles caricias han logrado proporcionarme un agradable despertar para esta mañana de sábado, pero aún no he conseguido separar los párpados, así que decido mantenerlos cerrados y concentrarme solo en la placentera sensación. Como un pequeño gato, me desperezo entre las sábanas, a la vez que emito un ligero ronroneo.

Lo cierto es que me encantaría poder hacerlo, poder obedecer a Ernesto, poder volver a dejarme caer entre los dulces brazos de Morfeo y sumirme en un embriagador sueño que transporte a mi cuerpo a un estado de absoluta relajación, pero las sutiles caricias de Ernesto no me lo permiten. Sus grandes manos se deslizan por mis piernas con una extrema suavidad, lo que provoca en mí el efecto contrario al de su mandato, más aún cuanto más asciende por ellas.

Él lo nota, lo sabe, pero no da tregua. Aun así, insiste.

—Shhhhh… Sigue durmiendo…

Comienzo a ser más consciente de todo, del roce de las sábanas sobre mi piel desnuda, del tenue sonido del resbalar de sus manos sobre mi piel. Estiro mi cuerpo al máximo y giro sobre mí misma, de manera que quedo tendida boca abajo, abrazada a la mullida almohada. Ernesto se sirve de mi movimiento y aprovecha la ocasión para colocarse a horcajadas sobre mis piernas, dispuesto a darme un masaje en la espalda como solo él me sabe dar. A cada instante, se inclina sobre mí para susurrarme al oído su incesante letanía de cada mañana de sábado.

—Sigue durmiendo…

La temperatura de la habitación parece haber subido varios grados. La humedad también. La mía. Así no hay quien duerma…

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

269. CALM