El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”
Fuente: Pixabay (editada)

A las puertas del cielo

La esperó delante de la puerta que daba paso a los bellos jardines con los que siempre había soñado que estaría vestido el paraíso. Se trataba un hermoso portón de hierro forjado que daba paso a unas amplias extensiones de parterres cubiertos por el césped más brillante que había visto nunca, salteado por enormes y frondosos árboles que proporcionaban una fresca sombra y ramilletes de flores de los más vistosos colores que nacían por doquier, sin orden ni concierto aparente. Hasta él llegaba un cóctel de aromas tan delicioso que deseó que ella no tardase demasiado para poder internarse en aquel maravilloso lugar donde poder dar un romántico paseo tomados de la mano, como cuando eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que tampoco le importaba. Se encontraba en la gloria y lo único que quería era regodearse en aquella maravillosa sensación que le embaucaba por completo. Nunca antes se había sentido tan sereno, la temperatura era de lo más agradable e incluso le habían desaparecido los dolores que desde hacía tiempo aquejaban a sus huesos. Nada importaba ya el hecho de encontrarse de pronto, sin explicación aparente, ante aquel majestuoso lugar que invitaba al sosiego de aquella manera.

Hacía tan solo unos minutos que se había separado de ella, pero la impaciencia le estaba matando. Eso era algo que sí le había llamado la atención. No comprendía por qué, estando juntos, no le había acompañado hasta aquel lugar y, en cambio, le había pedido que la esperase. Con casi total seguridad habría querido arreglarse un poco para la ocasión. Ella era tan coqueta. Siempre lo había sido. Evocó su mirada de hacía tan solo unos instantes, tan cerca de su rostro, con aquellos ojos suyos tan expresivos del color de las avellanas, mirándole con ternura mientras le hablaba, a la par que le acariciaba el rostro. Se le habían formado aquellas decenas de arruguitas tan graciosas en torno a los ojos que tanto le gustaban mientras le susurraba con cariño:

—Espérame, mi amor. Me reuniré contigo. Te lo prometo.

Y allí estaba, esperando frente a la puerta sin atreverse a traspasarla sin ella, deseando que llegase para poder disfrutar de aquel bucólico ambiente a solas.

Un sutil movimiento llamó su atención y reparó, por primera vez desde que había llegado, en un anciano de barba blanca y largos cabellos también cubiertos de canas, con aspecto bondadoso, que, sin embargo, le miraba con gesto impaciente. Sintió de pronto como si su presencia allí fuese una molestia, a pesar de que nadie le había advertido de que no pudiese permanecer en aquel lugar ni hubiese hecho ningún ruido molesto. Se acercó hasta él con gesto interrogante, mirándole de arriba abajo, por completo maravillado por su porte indulgente.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo más ahí afuera, Germán? Aunque no lo creas, no puedo estar esperándote aquí durante toda la eternidad. Si no estás satisfecho con el destino que se te ha asignado, siempre podemos hablar con el jefe —. La voz profunda del anciano le sobresaltó. Parecía proceder de todas partes y de ninguna a la vez, y aquel abuelo de amigable aspecto apenas se había limitado a realizar un ligero movimiento de labios. Se sorprendió de que conociese su nombre. Que él supiera, no habían sido presentados.

—Solo estoy esperando a Margarita, mi esposa. Debe de estar al llegar. Ella nunca se retrasa y no llevo aquí más de cinco minutos.

—¿Cinco minutos, Germán? —se carcajeó el anciano, provocando que el suelo temblara como un flan bajo sus pies. Ahora que se fijaba, parecía estar cubierto por algún tipo de material acolchado—. Llevas esperando a las puertas del cielo desde hace ya tres años. No tengas prisa por reunirte con Margarita, ella tardará un tiempo todavía en llegar. Anda… pasa… Claro, que si prefieres que te acompañe al sótano…

Con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, Germán asintió con un leve movimiento de cabeza y se deslizó, como flotando en una nube, hasta traspasar la bonita puerta forjada.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”
Fuente: Pixabay (editada)

A escasos milímetros

Paseas con suavidad tu dedo por mis labios entreabiertos, acariciándolos, quemándolos con la yema de tu pulgar, mientras veo cómo te acercas a ellos hasta quedarte a escasos milímetros. Siento tu aliento recorrer mi piel, mi boca, adentrarse en mi interior y la flama que provocas en mí sería suficiente para hacer arder este maldito cuarto que nos cobija.

Te mantienes ahí, distante, provocándome, haciéndome sufrir con la intensidad de tu mirada, con la calidez húmeda de tu aliento insolente y con la exquisitez del danzar de tu dedo por mis labios. Me quedo sin resuello con la mirada perdida en la lejana cercanía de tu boca, anhelando ese beso, lento y profundo, que sé que no llegará. Aún no.

Acabas de convertirnos en un juego, lo sé. Uno que solo finalizará cuando uno de los dos pierda la partida, cuando se rinda a la evidencia del deseo que nos urge a ambos desde que nuestras manos se rozaron hace unos instantes y prendió la chispa incendiaria que ahora amenaza con quemarnos juntos. Un juego en el que, tal vez, lleve todas las de perder. O no.

Y tú sigues manteniéndote ahí, en el mismo punto exacto, a escasos milímetros de mi boca, sin terminar de recorrer la distancia que nos llevaría a arder de inmediato. Y tu pulgar sigue ahí, rozándome los labios, mientras mi respiración convulsiona a cada segundo que pasa y los primeros gemidos de anticipación salen huérfanos al silencio de la noche fría.

Mis fuerzas flaquean, cierro los ojos y dudo si rendirme o hacerte creer que me has vencido. Mi lengua toma la decisión por mí, ambigua, y se escapa de mi cavidad bucal para salir al encuentro de tu dedo, ansiosa por recorrerlo, humedecerlo, succionarlo. Y yo, rendida por completo, dejo volar mi imaginación al compás de mis gemidos hacia otras zonas de tu cuerpo que me gustaría recorrer con la lengua con más fruición que tu pícaro dedo.

A escasos milímetros de tu boca el aire quema, el sonido baila, los cuerpos se hacen agua y la imaginación resbala.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

El relato del viernes: Memories – “A través de las rejas”

A través de las rejas

Vivía en el balcón de enfrente. Cerca, muy cerca. La callejuela que nos separaba era tan estrecha que casi podíamos tocarnos las manos. Pero jamás lo hicimos. Las rejas de nuestros balcones siempre estuvieron ahí, impidiendo el contacto.

Yo lo ansiaba tanto como ella, desde niños. Regresaba del colegio con la ilusión de verla aparecer en el pequeño balcón. Allí estaba ella, siempre. Jugábamos mucho juntos, en la distancia que nos mantenía separados, pero también hablábamos mucho. Para cuando cumplimos los quince ya sabíamos todo el uno del otro y, sin embargo, no habíamos estado juntos jamás.

Esa amistad de balcón de nuestra niñez fue dando paso al amor sin que apenas lo notásemos. Volaban los te quieros entre los balcones, estirábamos los brazos todo lo que podíamos para poder sentir el contacto del uno con el otro. Sin embargo, nunca llegamos a hacerlo.

Éramos demasiado jóvenes para tener libertad y demasiado adultos para reconocer lo que queríamos. Durante todo este tiempo, nunca habíamos coincidido fuera del balcón. Yo moría por darle un beso. Ella, por recibirlo. En nuestra ingenuidad de adolescentes enamorados, pensábamos que un día aquellas verjas que nos separaban dejarían de estar allí, que podríamos fundirnos en un gran abrazo, unirnos en un beso y sentir el dulce contacto de piel contra piel. No podíamos estar más equivocados. El destino nos tenía preparado algo por completo diferente.

Una mañana, ella ya no se asomó al balcón. Estuve todo el día esperándola, deseando verla aparecer entre los barrotes que nos aprisionaban a ambos, muriendo por vomitar todo el amor que sentía dentro de mí. Sin embargo, ella no apareció. Ni ese día, ni los siguientes. Llegué a pasar noches enteras en vela asomado a mi pequeño balcón, sin entender qué ocurría, por qué ella había desaparecido de aquella manera. Mi alma se volvió taciturna, me encerraba en mi cuarto a escribir versos por ese amor perdido sin ni siquiera saber el motivo. Fue durante esa temporada cuando escribí mi primer poemario y elegí el que sería mi estilo de vida.

Cuando cumplí los dieciocho, yo era un muchacho bohemio, entristecido, carente de amistades. Dejé todo de lado por la poesía, encerrado en mi cuarto, a menudo apoyado en los barrotes que siempre me separaron de ella, a menudo buscando volver a verla aparecer en aquel  lindo balcón de la casa de enfrente. Dejé crecer mi pelo, mi barba, vivía de recitar poesía por entre los bares de la ciudad.

Aún no sé por qué tardé tanto en reunir el valor suficiente para preguntar por ella. Ya había cumplido los veinticinco y era un alma libre, un simple poeta sin grandes pretensiones que ahogaba sus males de amor en vasos de alcohol y mujeres de mala fama. Me creí curado de su ausencia. Puede que fuese ese el detonante para que me decidiese a acudir hasta su casa y preguntar por ella.

La respuesta que recibí, seca y cortante, como si no aceptaran a aquel joven de aspecto descuidado que se había presentado un día cualquiera en la puerta de aquella casa para preguntar por el pasado, me dejó un sabor agridulce. En menos de quince segundos aquella puerta ya se había cerrado ante mí. Agrio por el destino que había corrido mi amada pero dulce porque había quedado una puerta abierta a mi esperanza.

Removí cielo y tierra hasta que la encontré, pero lo hice. No hay nada como la esperanza y la ilusión para volverse fuerte como un guerrero. Llegué hasta aquella nueva puerta con una nueva energía bullendo en mi interior, pero ni siquiera llegó a abrirse. Solo una pequeña rendija a media altura me mostró unos ojos severos que me escrutaban con frialdad y, con una respuesta tajante, se cerró delante de mí sin siquiera esperarlo.

Ahora vivo frente a aquella puerta. Salen y entran muchas personas al cabo del día, pero nunca es ella. No importa. Las noches son nuestras. Cuando ya es bien entrada la noche y todo el mundo en el barrio duerme, una pequeña ventana de la planta baja, que da a un oscuro callejón por donde nunca pasa casi nadie, se abre para mí. Y cada noche aparece frente a mí el rostro angelical que tanto recordaba, nuestras manos se unen a través de las rejas y, de vez en cuando, un casto beso en los labios reconforta mis ansias de tenerla entre mis brazos. Una última mirada lo dice todo entre nosotros cada noche cuando ella regresa a la intimidad de su cuarto, mientras vuelve a cubrirse la cabeza con el hábito.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”

El relato del viernes: Memories – “Nueva vida”
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Nueva vida

Paseando bajo la lluvia por las angostas callejuelas empedradas de mi pueblo, voy poco a poco siendo consciente de la gran riqueza que tengo. La lluvia cae con fuerza, arrastrando con su ímpetu cualquier rastro de añoranza que hubiera podido quedar escondido dentro de mí. Me encanta cuando llueve aquí, en el pueblo, y yo suelo salir a recorrer las calles, empapándome de la naturaleza que Zeus, de manera generosa, me envía cual regalo divino, para limpiarme y liberarme.

Son las ocho de la tarde, aún es temprano, pero ya no se ve un alma por las calles que, al contacto con el agua, se vuelven peligrosas y resbaladizas. Solo yo, transeúnte solitario de unas callejuelas despobladas, se atreve a salir a disfrutar de la lluvia cadenciosa que me va empapando poco a poco. Hasta los animales están reguardados de la lluvia. El humo de las chimeneas inunda el ambiente, consiguiendo una mezcla de olores inconfundible y maravillosa que llena de goce mis sentidos, el bucólico olor de la lluvia y el hogareño olor de la leña.

Las luces de las casas están encendidas. En aquella ventana que veo al fondo está la señora Emilia, la de la panadería, refugiada casi con total seguridad en un buen libro al abrigo de la chimenea. La ventana que tengo ahora mismo a mi derecha es la casa de Marquitos y Ezequiel, dos de mis mejores alumnos, que seguro que a estas horas ya han terminado sus tareas y estarán pasando un rato divertido jugando a la consola. En aquella de allí, estará la señora María, la de la tienda, preparando ya la cena para su esposo, Manuel, el del bar, y sus dos hijos, Sara y Jorge, también alumnos míos.

Continúo mi caminar bajo la lluvia, dejándome calar hasta los huesos, hasta llegar a la casa de Julia, justo al lado de la plaza. Las luces encendidas y la chimenea echando humo me hacen saber que allí está ella, resguardada del frío y la lluvia, seguro que con una taza de té entre las manos. Me imagino a mí mismo tocando a su puerta, diciéndole al oído de una vez por todas lo que siento por ella y besando sus jugosos labios por primera vez, dulces, tentadores, hipnotizantes. Pero una vez más paso de largo, cobarde, estúpido, buscando el resguardo de mi pequeña casita de piedra, huyendo de la vergüenza que me produce mi propia falta de arrojo.

Calado hasta los huesos, con una mezcla de paz e intranquilidad en mi interior, me cambio de ropa y me acerco a la chimenea, dejando que el calor vaya llenando mi interior y que el crepitar de las llamas me termine de infundir la calma que necesita mi encaprichado corazón.

Recuerdo con pesar la decepción que me llevé cuando, en el concurso de traslados, me destinaron a este pequeño pueblo perdido de la mano de dios. Yo estaba acostumbrado al bullicio de la gran ciudad, a las salidas nocturnas, a las prisas cotidianas, a las clases multitudinarias. Me gustaba salir a pasear bajo la lluvia, al igual que he hecho hoy, a empaparme de su frescura, hipnotizado por el sonido del tráfico de coches deslizándose sobre el asfalto mojado, refugiado en mi anonimato, inadvertido para el resto de la gente. Qué poco sabía yo en aquellos momentos de lo que era vivir, de lo que era gozar de una pequeña vecindad donde todos somos familia, donde cada uno conoce a los demás de tal manera que, con una simple mirada, todos saben cuándo no estás pasando por tu mejor momento y se vuelcan en ti de manera incondicional.

Ahora doy gracias por ello, por mi gran chimenea y me pequeña cocina de gas, por mi bonito patio al que salir en las calurosas noches de agosto y por despertar escuchando los pájaros que, remolones, me anuncian que llega el momento de ir a mi pequeña escuela, mi otro hogar. Y reconozco que aquí la lluvia no huele igual.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”

El relato del viernes: Memories – “Me pareció haber visto un lindo gatito”
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Me pareció haber visto un lindo gatito

Hace unos días, durante unos de mis paseos nocturnos, me pareció ver un pequeño gatito negro acurrucado en el arcén de la carretera. Me gusta mucho salir a dar paseos por la carretera, vivo en un pueblecito pequeño y es normal salir a pasear sobre el asfalto, rodeados de naturaleza, sobre todo en verano. Aquel día vi a aquel pequeño gato, parecía asustado, así que lo acogí en mi regazo y, tras comprobar que no tenía collar alguno, decidí llevarlo a casa.

Al principio parecía asustado, pero según fueron pasando los días fue cogiendo confianza conmigo, agradecido por los mimos que le hacía y la comida que con tanto amor le entregaba. Siempre he sentido pasión por los animales y, como me encontraba sola, pensé que aquel pequeño gatito podría hacerme la compañía que tanto necesitaba.

Los primeros días con él fueron maravillosos. Le compré una camita, una cajita de arena y dos comederos, uno para la comida y el otro para el agua. A pesar de ello, Frankie, que fue el nombre que le puse, prefería venir a dormir conmigo a la cama, acurrucado a mis pies.

Yo estaba encantada. Cada vez que llegaba a casa, venía en mi busca, zalamero. Encontré el compañero perfecto que llenaba mis momentos de soledad.

Pero una noche, todo aquello cambió. Frankie, sin saber por qué, dejó de venir a dormir conmigo y prefería quedarse en su camita. Yo lo interpreté como un signo de independencia y tampoco le di mayor importancia. Tampoco salía a recibirme cuando llegaba a casa, y eso me extrañó bastante más. No comprendía a qué se debía aquella forma de comportarse tan huraña.

Pasaron unos días y, una noche próxima a la luna llena, yo dormía plácidamente en mi mullida cama. Algo me sobresaltó dentro de mi sueño, aunque no sabría precisar qué fue. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la imagen de Frankie caminando hacia mí en la oscuridad. Podía distinguirlo con total claridad, gracias a unas rendijas de luz que se colaban por los agujeros de la persiana.

Su imagen, siempre tan adorable, había cambiado de manera radical. Venía hacia mí amenazante, con los ojos verdes inyectados por la ira, el pelo por completo revuelto y las garras afiladas sobresaliendo de sus pequeñas pezuñas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo entero, pero apenas duró un segundo, pues Frankie, con pasmosa habilidad, recobró su cariñosa imagen habitual y se alejó con parsimonia de mi habitación, no sin antes girar la cabeza y dirigirme una mirada entre tenebrosa y desafiante. Fui por completo incapaz de volver a dormir aquella noche.

Las noches siguientes fueron igual. Por mucho que tardase en conciliar el sueño, cuando al final caía rendida por el cansancio, el amenazante Frankie volvía a despertarme avanzando hacia mí, para después regresar por el mismo lugar por el que había venido.

La noche del plenilunio, aterrada ya por Frankie pero incapaz de echarle de mi casa, cuando desperté, allí estaba él. Su pose era soberbia, altiva y en exceso amenazante. Los grandes ojos verdes brillaban en la oscuridad llenos de maldad, esa era la palabra más adecuada para describirlos. El pelo erizado, que yo siempre cepillaba cada día, le confería un aspecto espeluznante. Y las garras, como siempre, mostraban unas largas y afiladas uñas. Pensé que volvería a su lugar, como las noches anteriores, pero nada más alejado de lo que ocurrió.

Frankie, con un habilidoso salto, recorrió de un tirón la distancia que le separaba de mí y se encaramó sobre cuerpo. Mi cara de espanto se reflejaba en sus malditos ojos verdes. Un fuerte zarpazo atravesó mi rostro, desde la frente hasta la barbilla. Fue entonces cuando descubrí el gran poder de su mente, pues se introdujo en la mía de una forma alta y clara, que no dejaba lugar a dudas:

—¿Me tienes miedo? Haces bien en tenerlo. Tenía que haberte mostrado mucho antes mi verdadera cara. Yo soy tu amo, ¿lo has entendido bien? ¡Tu amo!

Desde entonces, apenas salgo de casa. Hasta la compra me la entregan en mi puerta. He tenido que dejar mi trabajo para atender todos los deseos de mi señor. Las pocas veces que salgo a la calle, los vecinos se refieren a mí como “la loca”. Luciendo mi perfecta cicatriz en la cara, no hay nadie más en el pueblo que se deje pasear por su gato con un collar al cuello.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

El relato del viernes: Memories – “Hoy no”

Hoy no

Contempló el mar desde su privilegiada posición en la arena. La playa, prácticamente desierta a aquellas alturas del mes de noviembre, era como un remanso de paz para su atormentada alma.

Sintió cómo la arena se deslizaba bajo sus pies, fresca, suave. Comenzó a deslizarlos sobre ella, formando círculos y recreándose en esa sensación.

Pensó en dar un paseo por la orilla del mar, el último, pero finalmente decidió permanecer donde estaba, sentada sobre la arena, los brazos agarrando las rodillas, lamiéndose las heridas como un animal solitario. La fresca brisa marina le revolvía juguetona el pelo, formando una maraña sin sentido, pero aquello no le importaba. Por nada del mundo separaría los brazos de sus piernas, un último abrazo a sí misma, casi como una despedida.

Su mirada quedó fija en el horizonte durante unos eternos instantes. Contemplando la inmensidad del mar que tenía delante se sentía más insignificante aún, un punto diminuto en el universo, sin importancia alguna.

El mar. ¿Cómo había podido vivir sin él? Un pensamiento pasó por su cabeza de manera fugaz: su próxima vida quería pasarla en el mar. Cerró con fuerza los ojos y escuchó. Percibió claramente el chocar de las olas contra la orilla, preciosa música que pocas veces había tenido la oportunidad de disfrutar. Percibió el chillar de las gaviotas sobrevolando su cabeza, sobrevolando el mar, en busca de algún pececillo despistado que les sirviera de alimento. A lo lejos, las risas y los gritos felices de unos niños jugando en uno de los columpios que había sobre la arena de la playa. Una lágrima silenciosa rodó lánguida por su mejilla izquierda.

Siempre le había gustado esa sensación. Cerraba los ojos y todo se amplificaba. Sonidos que normalmente pasaban desapercibidos se escuchaban con total claridad. Percibía los olores con una intensidad brutal.

Pero aquella mañana soleada de noviembre todo daba igual. Lo único que le atraía era el mar, delante de ella, hechizante, hipnótico, retador. Abrió nuevamente los ojos y lo contempló con calma, recreándose en cada ola que venía a romper a la orilla con ese sonido tan maravilloso. Quería disfrutar tranquila por última vez de lo único que había sido capaz de otorgarle calma en los últimos tiempos.

Todo estaba decidido, pensó, ya no había vuelta atrás. Demasiado sufrimiento acarreado a sus espaldas. Tenía que terminar de una vez por todas con ello, cortar de manera radical con la melancolía que le estaba consumiendo por dentro. Y allí estaba el mar, a partir de entonces su mar, llamándole a gritos.

Se levantó con lentitud y se permitió un breve instante de contemplar tanta magnificencia por última vez en su vida. Ya tendría la próxima, o eso esperaba, para poder disfrutar de él en todo su esplendor. El mar continuaba llamándole, hipnotizándole, con su vasta infinidad. Así que comenzó a adentrarse en sus aguas saladas y dulces a la vez, caminando despacio, sin dejar de contemplar el horizonte en ningún momento. Podía notar su embrujo, su tabla de salvación.

Un último arranque de ira le llevó a nadar ferozmente hacia mar adentro, hasta el punto en que sus músculos cansados le permitieron. Se detuvo un momento, sintiendo su propia ligereza mientras flotaba de pie, alargándose en toda su extensión. Y entonces lo hizo. Se sumergió lo más adentro que pudo expulsando todo el aire que tenían sus cansados pulmones. El silencio que sentía bajo el agua era reconfortante. Abrió las fosas nasales permitiendo que el agua marina entrase por ellas, sintiendo plenamente la quemazón de la sal.

Fue entonces cuando abrió los ojos y miró hacia arriba. Una luz grande y brillante se proyectaba sobre ella, llamándole a ir hacia ella. El sol, como si conociese sus intenciones, brilló con más fuerza aún, penetrando en el agua hasta alcanzarle. Y ella lo comprendió. Con escasas fuerzas pataleó con rabia hacia la superficie.

Salió expulsando de manera feroz el agua de sus pulmones y tomando una gran bocanada de aire. Exhausta, observó al sol que brillaba con furia sobre ella.  Y braceó como pudo hacia la orilla.

Volvió a sentarse en el mismo lugar, completamente calada, con la respiración agitada y un hálito de esperanza en su interior. El sol brillaba por ella aquella mañana, el mar se mecía plácidamente satisfecho. Sin duda, sólo por ese mero hecho merecía la pena seguir con vida. A partir de ese momento, la vida le tendría preparadas cosas mejores y ella lucharía por ellas. Aceptó encantada el reto del sol.

Permaneció allí sentada, en la misma posición, durante un buen rato más, esperando a que el sol secara sus ropas. Lo miró con una tímida sonrisa y le guiñó un ojo. Gracias amigo, pensó, ya llegará mi hora, pero todavía no. Hoy no.

Y regresó con calma a su casa de alquiler. Todo parecía tener otro color. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. De momento, había vencido a uno de sus monstruos interiores. Ya era hora de empezar a hacerlo con los demás.

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “La casa de los abuelos”

El relato del viernes: Memories – “La casa de los abuelos”

La casa de los abuelos

Hacía muchos años que no volvía a la localidad donde siempre veraneaba con mi familia, un pequeño pueblo costero de la provincia de Alicante. Y aún no sé por qué, pero ahora había sentido el impulso de volver. Tenía que romper con el miedo y las supersticiones que acompañaban a mi familia desde hacía por lo menos veinte años.


Había emprendido este viaje sola, porque necesitaba hacerlo así. Necesitaba revivir por mí misma mi historia, la historia de mi familia, sanar de una vez por todas. Y allí estaba, alojada en el mejor hotel de la localidad, mientras me daba un baño relajante en la piscina con vistas al mar. Ese mar que siempre había formado parte de mi infancia y del que tan buenos recuerdos tenía.


Subí a mi habitación y me di una ducha. Sentía el cuerpo completamente laxo, relajado a más no poder, pero no así mi interior. Es por ello que rebusqué en el mini-bar que había en la habitación y me preparé un gin tonic, bien cargado. Iba a necesitar ese calor interior cuando saliera a dar el paseo que me haría revivir viejos fantasmas del pasado.


Algo más animada por los efectos del alcohol que ahora corría por mis venas, salí al paseo marítimo. Realmente me embrujaba la belleza del mar que durante un tiempo consideré como mío. Así que iba caminando tranquilamente, sin prisa alguna, dejándome acariciar por la belleza del paisaje que tenía frente a mí.


Al cabo de una media hora llegué a mi destino. Durante unos instantes mi respiración se paralizó, mi corazón dejó de bombear, me sentí al borde del colapso. Fueron solo unos breves instantes, pero suficientes para hacerme saber que no había sido una buena idea ir hasta allí.


Frente a mí se alzaba, imponente, la casa que fue de mis abuelos. Una gran casona de dos plantas con su jardín, frente al mar. Me quedé desolada al ver el estado de abandono total en que se encontraba, prácticamente en ruinas. La pequeña estructura de barco que daba la bienvenida a la casa, esa en la que tantas veces he jugado de niña con mis primos, presentaba también un aspecto desolador.


Me senté en la barandilla del paseo a contemplar la que fue mi casa durante largos veranos durante años. Pasábamos el verano juntos, mis primos y yo. Luego, cuando nuestros padres cogían vacaciones, iban también con nosotros. La casa siempre estaba repleta de gente, de niños. Nos reuníamos todos en el jardín durante la tarde y las cenas también las hacíamos allí. Siempre había algarabía. Tengo muchos recuerdos felices de aquella época. Mis abuelos eran geniales. A pesar de su ya avanzada edad no dejaban de jugar con nosotros, de contarnos cuentos y relatarnos historias. Y aguantaban estoicamente las largas mañanas de playa con seis niños pequeños a su cargo.


No puedo precisar con exactitud cuándo se produjo el cambio en los abuelos. Comenzó el abuelo Martín. Decía que oía voces que le animaban a hacer cosas malas y que también había visto alguna figura moverse entre las sombras de la noche. Estaba completamente convencido de que en la casa habitaba un espíritu maligno.


Todos pensaban que era por la edad y le sometieron a varios reconocimientos médicos, sin que ninguno de ellos indicase ningún asomo de demencia. Al poco tiempo, la abuela comenzó a decir lo mismo. Entonces fue cuando nuestros padres comenzaron a preocuparse realmente. Si ninguno de los dos presentaba demencia, ¿por qué decían aquellas cosas?


Una calurosa mañana de primeros de agosto, nosotros disfrutábamos de la playa con nuestros padres y la abuela había salido a hacer la compra. Al regresar, el abuelo se había suicidado cortándose las venas. Aún guardo un pequeño trauma de todo aquello, a pesar de ser tan sólo una niña.


Todos arropamos a la abuela en aquellos difíciles momentos, no la dejábamos sola nunca. Ella decía que había sido por las voces, que les amenazaban con dejar la casa o terminarían matándose. Los mayores nunca le creyeron. Al cabo de una semana, la abuela corrió la misma suerte, tomando una sobredosis de ansiolíticos mientras todos dormíamos. Ninguno de nosotros tenía conocimiento de que los tomase.


A raíz de tan terribles acontecimientos, nuestra familia dejó la casa inmediatamente. Trataron de venderla, pero no había nadie que quisiese comprarla, así que quedó abandonada, en herencia de nuestros padres. Lejos quedaron las alegres reuniones en familia, los placenteros veranos de playa, las historias de los abuelos… El tema se volvió tabú en mi familia.


Y ahora estaba allí, mirando la gran casona desde el otro extremo del paseo marítimo, invadida por la añoranza. Una lágrima llegó a saltar desde mis ojos. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Bajé de un salto de la barandilla del paseo, embargada por la emoción. ¿Sería posible hacer unas reformas, trasladarme allí y abrir un negocio de alojamientos turísticos? Podría comprarles a mis padres y mis tíos la casa, tendría mi propio negocio y viviría siempre frente al mar.

En aquellos momentos la idea me pareció estupenda. Miré con más atención la casa. Tenía muchas posibilidades, era amplia y con un gran número de habitaciones. La cocina la recordaba enorme, además de un amplio salón y dos salas de estar. Sin duda, el negocio sería próspero, no sólo en los meses de verano, sino también durante el resto del año, cuando los turistas extranjeros lo invadían todo.


En ello estaba, mirando la casa con atención y haciendo un repaso mental de las estancias que tenía y cuál sería el alcance de las reformas que habría que realizar, cuando vi por una de las ventanas rotas una silueta de varón que me miraba con atención. Hasta mí podía llegar el brillo maligno de sus ojos. Me contemplaba fijamente, sin inmutarse. Por un momento, esbozó una especie de sonrisa que me pareció macabra. Y, tras aquello, simplemente se desvaneció. Todo el vello de mi cuerpo se electrizó, mi corazón comenzó a palpitar con desesperación. Y comencé una lenta huída marcha atrás.


Tras esos momentos de shock inicial, comencé a correr por el paseo en dirección a mi hotel. Mis abuelos tenían razón. Ni siquiera me molesté en pasar la noche allí. Pagué la cuenta, recogí mi coche y partí hacia Madrid luchando contra todos los límites de velocidad. Aquel tema seguiría siendo un tabú en mi familia durante el resto de nuestras vidas.


Y ya me encargaría yo de que mis hijos no llegasen a escuchar nunca la historia de mis abuelos.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “La abuela Aurelia”

El relato del viernes: Memories – “La abuela Aurelia”
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La abuela Aurelia

—Sé que la he dejado por aquí, ¿dónde diablos se habrá metido? —rezongaba la señora Aurelia, mientras daba vueltas por la habitación.

En el pequeño cuarto de estar, Nico, su nieto mayor, estaba tirado en un sillón jugando a uno de sus videojuegos preferidos, ajeno por completo a las indagaciones que su anciana abuela estaba haciendo por la habitación. Se había quedado con ella para cuidarla mientras el abuelo iba al médico a hacerse una revisión rutinaria, pero para él cuidar de su abuela era estar en el mismo cuarto donde ella estuviese, sin prestarle apenas atención.

El cuarto era pequeño y la señora Aurelia fue revisando uno por uno los distintos lugares en los se podía encontrar el objeto tan ansiado por ella en aquellos momentos.

—Levántate un momento, Salva, cariño, que voy a ver si estuviese en el sillón.

—Abuela, que no soy Salva, soy Nico, que no te enteras de nada. —le contestó divertido su nieto, levantándose por un momento del pequeño sillón sin apartar la vista del juego que tenía entre manos.

—Nada, que aquí no parece que esté. Anda, ya te puedes sentar, Nico. Es que eres tan parecido a tu hermano que siempre os confundo.

—¿Pero qué dices, abuela? Si yo soy mucho más guapo. Anda que compararme con el pavisoso de mi hermano. ¡Mierda! ¡Ya me han matado! Anda, abuela, no me distraigas que pierdo la partida.

La señora Aurelia siguió revisando minuciosamente cada rincón del cuartito. En la mesita baja, estaba solo el teléfono, tan antiguo que Nico aún no comprendía cómo podía seguir funcionando. Al lado, colocada con pulcritud sobre un pañito de ganchillo, confeccionado por ella misma bastantes años atrás, una fotografía de su único hijo el día de su boda. Nada más.

—Vaya por donde, aquí tampoco está. ¿Cómo puede ser posible? En la mesa camilla ya he mirado, pero voy a revisar otra vez, por si acaso. —la abuela seguía hablando sola, expresando en voz alta sus pensamientos como siempre había hecho, desde su juventud.

La mesa camilla era una mesa redonda, cubierta por un gran mantel de color cereza, sobre el que reposaba un gran tapete también de ganchillo y un plástico que protegía el conjunto. Nico siempre decía que era vintage, palabra que la señora Aurelia no sabía ni lo que significaba. En el centro, un gran jarrón de cerámica talaverana con un gran ramo de flores de tela. No había nada más sobre la mesa. Miró también por debajo, donde se colocaba el brasero durante los meses de invierno. A pesar de que la casa tenía instalada una potente calefacción, no había manera de que la abuela abandonase la costumbre de recogerse en su mesa camilla, bien arropada con el mantel, al calor del brasero. Ahora era verano y el brasero no estaba en su lugar, pero el objeto que con tanto afán buscaba nuestra buena señora tampoco.

—Será posible. Aquí tampoco está. ¿Pero dónde la he dejado yo, entonces? Ay, Salva, que tu abuela ya chochea.

—Nico…

—Nico a ver si viene a verme algún día, que hace mucho que no le veo. Cuando venga se va a llevar un buen pescozón. ¿Pero tú has visto qué descaro? ¡No venir ni a visitar a su abuela de vez en cuando! Con la de pañales que le habré cambiado yo…

—Que no abuela, que yo soy Nico, que no soy Salva. —le contestaba su nieto sin perder por un segundo la paciencia ni la vista de su videojuego.

—¡Anda! Pues entonces se va a enterar Salva cuando le vea. Si es que le reconozco, claro, porque hace tanto tiempo que no viene que habrá cambiado un montón.

—Pero abuela, si estuvo aquí el domingo. ¿No te acuerdas de que vinimos todos a comer contigo y con el abuelo?

—Así que ese mocetón que vino con esa muchacha tan guapa era Salva… ¿Por qué nadie me lo dijo? —la señora Aurelia frunció el ceño y se subió las gafas, que habían ido descendido poco a poco por su nariz.

Nico suspiró ruidosamente. Estaba claro que no se podía dejar sola a la abuela. El día que saliese sola a la calle iban a tener un problema gordo, pero que muy gordo.

—Bueno, tú sigue con lo tuyo, cariño, que no te entretengo más. Yo voy a seguir buscando, porque por aquí tiene que estar, seguro.

—Pero abuela, ¿qué es lo que estás buscando? —le preguntó su nieto, levantando la cabeza de la pantalla del móvil, por fin.

—Nada, nada. Tú no te preocupes, hijo. Sigue con lo tuyo, que bastante guerra te estoy dando ya.

La señora Aurelia rebuscó en el otro sillón que había en la salita, pero tampoco tuvo suerte. Ya no le quedaba más remedio que buscar en el mueble donde estaba la televisión. Estaba segura de que no la había puesto allí, pero como no aparecía por ningún sitio, se resignó a mirar allí.

Fue levantando con calma todas las figuritas que rodeaban la antigua televisión, por si estuviese oculta tras una de ellas. Hizo lo mismo con las que estaban por encima, incluida la del torero y la sevillana, recuerdo de su viaje a Sevilla. No le quedaba más que mirar dentro de los pequeños cajones del mueble, siempre rezongando para sí.

—Es imposible que esté aquí dentro, pero es el último sitio que me queda por mirar.

De esta guisa la encontró el señor Mariano, que volvía de su revisión con un periódico bajo el brazo.

—¿Pero qué buscas, Aurelia?

— Lleva así toda la mañana, abuelo. Yo le he preguntado, pero no me ha querido decir nada. —respondió Nico aliviado, pues la llegada del abuelo suponía que ya podría irse a su casa.

—¡Ay, Mariano! ¡Que no aparece! La he estado buscando por todas partes, pero nada. Y yo estoy segura de haberla dejado por aquí.

—Aurelia, tranquilízate y dime qué estás buscando. A lo mejor yo puedo ayudarte. —le contestó con calma el señor Mariano, más acostumbrado a tratar con ella que su joven nieto.

—¿Pues qué va a ser? ¡Mi dentadura! Que desde que llegó Salva con la barra de pan, estoy deseando comerme un trozo y no puedo. —contestó, angustiada, la señora Aurelia.

—¡Pero si la llevas puesta, Aurelia! —le dijo su marido, divertido.

—¡Anda! ¡Pues es verdad! ¡Qué cabeza tengo! Te quedas a comer, ¿verdad, Salva?

—Nico…

—¡Ay, a Nico ya le diré yo cuatro cosas cuando le vea!

—Sí, abuela, sí, me quedo a comer.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”

El relato del viernes: Memories – “Surcando las olas”
Fuente: Pixabay

Surcando las olas

Yo era un mar en calma. Era un mar tranquilo, sosegado, sereno. Los rayos de sol incidían sobre mí creando efectos dorados, plateados, de todas las tonalidades. Incluso en los días nublados se podía observar la serenidad de mis aguas.

Los peces nadaban tranquilos en todas direcciones, sin temer a nada, porque, yo, su mar, siempre estaba en calma. En mis profundidades albergaba preciosos arrecifes de coral donde se alojaban miles de criaturas preciosas, a sabiendas de la tranquilidad que encontrarían en mis aguas.

No penséis que siempre he sido así. Hace tiempo era un mar inquieto, que formaba pequeñas olas, sobre todo en los días nublados, en los que soplaba el viento y me viraba en mil direcciones, pero mis olas nunca llegaron a gran altura.

Un día descubrí que ser un mar en calma me hacía ser extraordinario. Todo el que se acercaba a mí, quedaba prendado de la bondad de mis aguas, encontrando un oasis de relajación donde en otros lugares sólo encontraban oleaje. Y yo era feliz. Los niños se adentraban en mis aguas sin temor y yo jugaba con ellos alegremente, sin proporcionarles ningún peligro. Todos disfrutábamos. Todos compartíamos mi calma.

Y yo me sentía orgullosa de ser así, tranquila, calmada, sin olas, serena. Es cierto que me relacionaba poco con los peces que habitaban en mis aguas, pero siempre les acogía con gusto, transmitiéndoles mi serenidad y ayudándoles en lo que pudiera.

Entonces por azar, por el destino, por simple casualidad, llámalo como quieras, llegaste tú, con tu flamante barco de bandera extranjera, y te adentraste en mis aguas. La velocidad a la que surcabas mis aguas desplazaba grandes olas a tu alrededor, y decidiste quedarte en mi mar. Cada día lo surcabas de norte a sur y de este a oeste, provocando en mí un oleaje que jamás había experimentado. Al principio intenté luchar contra ti, intentando serenar mis aguas después de tu paso. Lo conseguí durante bastante tiempo, mis aguas eran más duras de lo que parecían, eran resistentes y al instante borraban las huellas de tu paso por ellas.

Los niños seguían acercándose a mí, a jugar conmigo con sus grandes sonrisas llenas de ilusiones. Y yo les acogía como siempre, con mi calma, con mis juegos, con mis peces circulando a su alrededor. Durante años creí haberlo conseguido, haber conseguido superar el avance impetuoso de tu barco sobre mis tranquilas aguas, intentando generar altos oleajes que yo acallaba con todas mis fuerzas.

Fue tal el esfuerzo que hice, que un día ya no pude más. Me ganó la desidia, el desprestigio, la humillación de verme poco a poco convertida en un mar bravío. Niños y mayores se adentraban en mis aguas esperando encontrar la calma sempiterna de mi existencia, pero les recibía con grandes oleajes que les hicieron apartarse poco a poco de mí.

Mi calma se fue hacia el fondo, junto a los arrecifes de coral, hundida en las más profundidades de mi ser. Ya no podía ni sabía la manera de sacarlas de allí. Yo quería volver a ser aquel mar tranquilo y calmado que prodigaba serenidad. Pero tú no me dejabas con tu bravuconearía. Inspiraba y expiraba profundamente tratando de vencer el oleaje que se producía en mi superficie, pero no podía respirar. Trataba con todas mis fuerzas salir a la superficie, pero tus fieros impulsos hacían que fuese imposible para mí. Los corales se iban apagando, la violencia de las corrientes arrastraban a los pececitos en busca de otros mares más tranquilos. Y yo me sentí sola, qué curioso, un mar que se siente solo por haberle robado su tranquilidad, su autoestima, su manera de ser feliz. Y me di por vencida, en mi soledad de las profundidades, sin arrecifes de colores que me animaran a seguir luchando. ¿Quién iba a sacarme ahora de las profundidades donde me encontraba para volver a sentir la tranquilidad de mi superficie?

Sólo varias criaturas marinas permanecieron siempre a mi lado, ayudándome a luchar contra ti, poderoso barco de bandera extranjera, que utilizaste tus engaños para embaucarme, para que confiase en ti, para después arrastrarme a las profundidades y convertirme en un mar bravío que sólo buscaba la soledad.

Y junto a ellos, lucharé contra ti, poderoso barco, y por ellos saldré a flote, y cuando consiga echarte de mis aguas, volveré a recuperar mi calma habitual, mi felicidad, mis niños jugando con mis aguas y mis arrecifes de coral y peces de mil colores. Volveré a encontrar mi felicidad en mi calma.

Y no lo dudes, poderoso barco de bandera extranjera, porque te venceré. Porque los mares buenos siempre lo seremos, por más que nos quieran convertir en mares apáticos, antisociales y rabiosos.  Y el día que consiga vencerte, sólo podré agradecer a mis fieles acompañantes toda la ayuda que me prestaron en el proceso.

Y volveré con mi antiguo resplandor, mi calma y mi espíritu juguetón, sabiendo que habré ganado la mayor batalla de mi vida. Porque sí, podré hacerlo, estoy segura de ello, y volveré a ser ese mar especialmente apacible, o más, donde los niños siempre quieran jugar.

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

El relato del viernes: Memories – “Quiéreme a mí, mujer”

Quiéreme a mí, mujer

Quiéreme a mí, mujer, con mis defectos y mis virtudes. Con mis risas y mis llantos. Con mis alegrías y mis enojos. Con mis caprichos y mi generosidad. Con mis complejos y mis coqueterías. Con mis curvas y mis provocaciones.


Quiéreme así, mujer, con todas mis complicaciones, con todas mis implicaciones. Con mis cambios de humor y mis cariños desmedidos. Con mis sorpresas y mis ausencias. Compréndeme, no digas que no hay quien me entienda, empatiza con mi personalidad de mujer. No quiero palabras, quiero actos. Actos que me demuestren que me quieres tal como soy, mujer. Me gustan los detalles, sí, pero tampoco los necesito. Me gusta que me cuides, pero también que sepas que soy muy capaz de cuidar de mí misma. Me gusta que me quieras así, mujer.


Quiéreme a mí, mujer, la que te cuida y te mima. La que se entrega a ti sin condiciones, sin esperar nada a cambio. La que es una dama a pesar de en ocasiones utilizar palabras malsonantes. La juguetona y amante. La que espera cada noche acogerte en su interior, sentirte, fundirte conmigo en un único ser, dejando atrás todo rastro de la dama que ven los demás. Soy mujer, soy sensualidad.


Quiéreme así, mujer, con mis gritos, mis salidas de tono, mi insufrible carácter. Con mi absoluta inteligencia y mi capacidad para todo. Con mi dulzura y hasta a veces mi ñoñería. Quiéreme despeinada, descuidada, sudorosa, con mis deportivas y mis leggins, y también quiéreme vestida de gala, perfumada, con mis tacones de vértigo y mis pestañas kilométricas.


Pero quiéreme así, mujer, y también y sobre todo, respétame así, mujer. Porque sí, soy mujer, pero eso no me hace vulnerable, ni sumisa, ni manejable, ni  dependiente, ni peor ni mejor que tú. Soy mujer, punto.


Acepta mis capacidades, que son las mismas que las tuyas, y mis limitaciones, que igualmente son las mismas que las tuyas. Te guste o no, así es. Soy mujer, quiéreme mujer.

Acepta también mi orgullo de mujer, libre, luchadora, trabajadora, incansable, insondable, leona, peleona, guerrera. Y quiéreme como yo me quiero, mujer. Te contaré un secreto, de mujer, si yo me pongo guapa, si me arreglo, si me visto con elegancia, es por mí, sólo por mí. Porque me quiero gustar a mí, no a ti, ni a nadie más, sólo a mí. Y que sepas, que no te quede la más mínima duda, que no lo hago para impresionarte, ni muchísimo menos para provocarte.

Libérate por mí, mujer, de cualquier clase de estereotipo machista que ya no tiene cabida ni sentido. Acepta de una vez que yo, mujer, puedo desarrollar el mismo trabajo que tú por el mismo valor que puedas desarrollarlo tú. Que mi inteligencia no es menor, cuando quieras te lo demuestro yo, mujer, y que puedo competir contigo en cualquier disciplina.

Y quiéreme a mí, mujer, por todo ese valor añadido que tengo, capaz de albergar vida en mi interior, una maravillosa experiencia que sólo puedo vivir yo, por el mero hecho de ser mujer. Honra a tu madre y hónrame a mí. Gran orgullo de madre y gran orgullo de mujer.


Por favor, quiéreme así, tal cual, mujer.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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