El relato del viernes: “Despedida por baja productividad”

El relato del viernes: “Despedida por baja productividad”

 

DESPEDIDA POR BAJA PRODUCTIVIDAD
Imagen: Pixabay

 

No sé yo, ya no sé qué pensar, pero esto es un trabajo serio. Desde luego para mí, es un trabajo serio y no estoy viendo en esta señora que hemos contratado que se hace llamar escritora, que muestre el más mínimo de seriedad.

Aquí estamos otra vez, a hora de cierre de la edición, y no tenemos todavía el relato de los viernes. Y este es un blog serio. Y si este blog serio dice que todos los viernes vamos a ofrecer un relato a nuestros amigos, pues tenemos que ofrecer un relato a nuestros amigos.

Pues no, que si no tengo inspiración, que si necesito despejar la mente, que si no se qué, que si qué sé yo. Hoy no ha aparecido por aquí en todo el día. Sabiendo que no tenía material que ofrecer, va la señora y decide pasar el día en los baños árabes con unas amigas. Y  me pone de excusa barata que necesitaba relajación para poder crear una buena historia.

Ya, ya, relajaciones a mí. Seguro que se ha relajado sí, pero lo que también es seguro es que se habrán tomado su tiempo con un buen desayuno primero, por no hablar de la comilona que se han debido meter después. Lo digo porque algo he escuchado, así que le ha durado la relajación, pero bien.

Luego resulta que, como necesitaba inspiración, ha tenido que pasar por una librería muy especial que hay en el centro de Madrid, para conseguir material de lectura, que la lectura le inspira. Y encima me llega a estas horas, diciendo que está agotada y que no sabe si me va a poder presentar el relato para el viernes. ¡Que no me va a poder presentar el relato para el viernes! ¡Pero si ha tenido toda la semana para hacerlo! Y creo que el sueldo que le ofrecí es más que atractivo. Debería tener una mejor actitud.

Yo siempre he sido una persona de palabra, le he dado al compromiso la importancia que tiene. Por eso me saca de quicio que la gente rompa sus compromisos de manera tan sencilla. No puedo y ya está. Se quedan tan tranquilos. Vamos a ver, que no eres una diva, que ni siquiera eres una escritora, ¿qué te has creído?

No sé vosotros, pero yo estoy por despedirla. Esta es la segunda vez que no me tiene preparado el relato para el viernes y eso sí que no lo puedo consentir. Nada, nada, decidido, a ver qué cuento me cuenta cuando le diga que está despedida por baja productividad.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “A salvo de la tormenta”

El relato del viernes: “A salvo de la tormenta”
A SALVO DE LA TORMENTA
Imagen protegida

 

A SALVO DE LA TORMENTA

Estoy viendo cómo unos grandes nubarrones cubren el cielo, amenazadores, intimidantes. Van agrupándose raudos, superando con creces mi capacidad de razonamiento en estos momentos. ¡Dios mío! ¿Qué hago? La tormenta se desatará en breve y no puedo permitir que me pille sin cobijo.

Pero, ¿y mi hijo? ¿Dónde se habrá metido este pobre diablillo? Hace rato que se separó de mí para irse a investigar por su cuenta, mientras yo recogía alimentos para la cena. No le culpo, es un pequeñín que lo único que quiere hacer es jugar y buscar nuevos amigos. Pero siempre le advierto de que no se aleje mucho de mí. Ahora por más que miro a mi rededor no soy capaz de visualizarlo. Llevo un buen rato llamándole a voces sin obtener ninguna respuesta.

No quiero ni imaginar en perder a mi hijo. La vida dejaría de tener sentido alguno. ¿Y mi mujer? No quiero ni pensarlo. Tengo que encontrarlo como sea, antes de que se desate la tormenta. Como comience a llover, estaremos perdidos los dos. Aquí, en esta selva, las lluvias siempre son torrenciales. Nos arrastrarían sin miramiento alguno. ¿Qué miramientos va a tener el agua?

Estoy comenzando a angustiarme. Vuelvo a mirar en derredor, vuelvo a llamar a mi hijo y nada. El silencio es absoluto, como si la vida en la selva se hubiese paralizado por completo. Lo único que se escucha son los rugidos del cielo anunciando la inminente tormenta. Más de una vez nos ha pillado desprevenidos una tormenta cuando lucía un sol maravilloso, cuando viene el gigante ese que nos echa cubos de agua encima. Pero hoy tenemos tiempo suficiente para cobijarnos y ¡no encuentro a mi hijo!

El cielo se ilumina con un relámpago aterrador. A los pocos segundos parece que se va a abrir la tierra con gran estruendo, al estallar un trueno que rebota en las paredes del valle donde se encuentra nuestra selva, haciendo que el atemorizante sonido dure una eternidad.

Comienzo a correr de un lado para otro, gritando el nombre de mi hijo. Aparto como puedo la maleza que me impide avanzar con rapidez, mientras sigo desgañitándome. Tengo que encontrarle, tengo que encontrarle… Es lo único que se repite en mi cabeza, mientras los relámpagos y los truenos se suceden cada vez más cercanos.

Las primeras gotas empiezan a caer sobre mí. El terreno se vuelve resbaladizo en cuestión de segundos, haciéndome tropezar con una rama que surcaba mi camino, dándome de bruces contra el suelo embarrado. A duras penas consigo ponerme de pie, si hubiese permanecido algo más en esa postura, hubiese sido sepultado por el barro con total seguridad. Por suerte, no ha sido así y consigo levantarme a tiempo, antes de que ocurra ninguna desgracia.

Continúo mi huida desesperada. Al final opto por buscar lo antes posible un refugio donde guarecerme y, cuando acabe la tormenta, salir en busca del chiquitín. Ojalá haya sabido aplicar los consejos que siempre le he dado y se encuentre ya bajo cubierto. Entonces, mi cara se ilumina. En un pequeño claro de la selva, bajo la flor más grande y hermosa de todas, está mi pequeño acurrucado, con cara de miedo, temblando a más no poder, desgañitándose gritando “papá”. Corro hacia él todo lo deprisa que puede. Su semblante cambia nada más verme. Se levanta e intenta salir corriendo en mi busca, pero le hago una señal para que se detenga y me espere. Al cabo de unos minutos, nos encontramos los dos a salvo y guarecidos, mientras el agua cae con furia a nuestro alrededor.

Para quien nos viese, seguramente pasaríamos desapercibidos. Dos pequeños escarabajos, cobijados bajo una gran margarita, un día de lluvia, en el frondoso huerto de un  anciano labrador.

Qué a gusto estará mamá escarabajo en nuestro agujero, pienso, dando un enorme suspiro.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Pacto con el mar”

El relato del viernes: “Pacto con el mar”

 

PACTO CON EL MAR
Imagen: Pixabay.com

 

 

PACTO CON EL MAR

El mar estaba en calma aquella tranquila tarde del mes de junio. Eran primeros de mes y aún no había comenzado la afluencia de turistas al pequeño pueblecito costero. La playa estaba vacía, salvo ella.

Sentada sobre su toalla miraba al mar sin cesar, como un reto de miradas. La desidia se había apoderado de ella y se había olvidado hasta de comer aquel día. Qué le importaba. Lo único que le importaba era que aquella inmensidad azul se había llevado lo que más quería en el mundo. Se lo había llevado, no se lo había devuelto.

Desde el paseo, su anciano esposo llevaba horas observándola. Quisiera poder hacer algo por ella, pero sabía que todos sus intentos serían en vano. Su obsesión con el mar había llegado a límites insospechados. Emitió un sonoro suspiro y comenzó a caminar despacio hacia la casa, donde saciaría su escaso apetito con cualquier sobra que encontrase en la nevera. Después volvería a vigilarla en la distancia. Durante esos duelos imaginarios que mantenía entre ella y el mar, era mejor dejarla sola. Bien había aprendido aquella lección.

Ella se giró cuando sintió la ausencia de su esposo en la retaguardia. Le vio alejarse con paso cansado y se le escapó una lágrima culpable por no haberse despedido de él, por no haberle contado sus planes. De cualquier manera, él jamás la habría creído. Le lanzó un “te quiero” silencioso y se volvió de nuevo hacia el mar, sellando su acuerdo con un movimiento de cabeza.

Se tumbó boca abajo en su toalla, fingiendo dormitar una siesta, pues la hora era la propicia. El resto del trabajo lo hizo el mar. O al menos parte de él. La marea comenzó a subir, como era habitual cada tarde en aquella zona, pero a un ritmo nunca visto. A los cinco minutos, ella ya notaba el frío del agua en los pies. Diez minutos más tarde, estaba cubierta hasta la cintura.

De lo que pasó a los quince minutos no voy a hablar, pues ya todos sabemos, o imaginamos, el acontecimiento. Lo que sí fue todo un acontecimiento fue cuando ella resurgió de entre las aguas, varios metros adentro, con una gran cola de sirena de escamas tornasoladas y su triste camisa pegada al cuerpo.

Aquella triste madre que casi enloquece por la pérdida de su hijo, convertida en sirena, fue nadando a su encuentro. Precisó de varias horas para encontrarle. Pero por fin se permitiría ser feliz, con su hijo amado, en su nueva condición de sirena inmortal.

Faltaba su esposo, que había quedado solo en la casa familiar, ignorante a todo. Pero ya regresaría ella no muy tarde, cuando hubiese pasado la temporada turística, para mantener a su familia unida de nuevo. Como siempre debió ser.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Alba, la bruja”

El relato del viernes: “Alba, la bruja”

 

ALBA, LA BRUJA
Imagen by Asier. Protegida.

 

ALBA, LA BRUJA

Alba era una niña que vivía en un pequeño pueblo en la sierra madrileña. No contaba con más de ocho años, pero leía todo lo que pasaba por sus manos. Desde las antiguas novelas del oeste que había en la habitación del abuelo Nicolás, hasta las novelas que leía su madre, pasando por los aburridos libros de economía que leía su padre.

Ya se había leído todos los libros de la pequeña biblioteca de la escuela, y tenía que esperar con mucha paciencia cada semana a que llegase el bibliobús. Ese era, sin duda, el mejor momento de la semana. Ante ella se abría un amplio abanico de libros para leer. Y lo mejor es que podía escoger los tres libros que quisiese.

Por lo general, el bibliobús tenía una sección infantil y otra para adultos, y a los niños no les estaba permitido escoger los libros que estaban en la zona reservada a los mayores. Pero con ella siempre hacían excepciones. De todos era sabida su gran pasión por la lectura y que por sus manos habían pasado lecturas de todo tipo, por lo que era la única niña del pueblo a la que se le permitía escoger, de entre todos los libros del bibliobús, aquellos tres que más le llamasen la atención. Incluso había días en que le dejaban coger más de tres libros, dependiendo del conductor que le hallase tocado la zona aquella semana.

El bibliobús llegaba todos los sábados por la mañana y, casi antes de que saliese el sol, ya estaba Alba esperando sentada en la plaza, en el banco que había justo enfrente de la parada del autobús, para ser la primera en entrar y poder elegir los mejores libros. En cuanto veía al autobús aparecer por la esquina, ya se levantaba y comenzaba a dar saltos de alegría. Ya si el conductor era Andrés, entonces Alba alcanzaba la felicidad con la puntita de los dedos. Andrés era un señor ya mayor, entrado en kilos y en entradas, valga la redundancia, que había visto nacer a Alba y la quería como si fuese su propia hija. Era el que mejor conocía sus gustos y siempre le llevaba preparada una selección de libros que sabía la encantarían a la muchacha.

Uno de aquellos felices sábados, entre los libros que Andrés había guardado para ella había uno de magia, pero de magia de la de verdad. De la de hacer pociones y cosas así, no como aquellos señores que se hacían llamar magos porque sacaban un conejo de un sombrero o acertaban una carta de entre un mazo que seguro estaba trucado. Alba salió super contenta del autobús aquel sábado.

Por la tarde, después de comer, estaba tan nerviosa por leer sus libros nuevos que no podía ni echar siesta. Así que los sábados por la tarde no había siesta en casa de Alba, ya que ella se encargaba de que nadie más en la casa pudiese disfrutar de ella.

Aquel sábado en particular, Alba cogió en primer lugar el libro que más llamaba su atención, evidentemente el de magia. Fue poner sus manos en el libro e inmediatamente el color de su pelo se volvió naranja. Pero no un poquito anaranjado, ni algunas mechitas sueltas, no, no. Se le volvió naranja, naranja, tan naranja como una zanahoria. Por más intentos que hicieron sus padres por quitarle aquel extraño color de pelo a su querida hija morena, no hubo nada que pudieron hacer. Y Alba se quedó con su larga melena naranja, que siempre recogía en una coleta alta.

Las burlas entre sus compañeros de escuela no tardaron en llegar, y poco tardó en ganarse el apodo de “la Bruja”.

—¡Mirad! ¡Por ahí viene Alba, la Bruja! —se burlaban de ella en cuanto la veían.

La pequeña niña no tardó mucho en aislarse de sus compañeros, pero ella vivía tranquila porque el día que le cansaran demasiado, los convertiría a todos en sapos, y punto. De momento, sus nuevos poderes de bruja le estaban ayudando mucho a la hora de recoger su habitación o de hacer los deberes. ¿Quién sabe qué nueva utilidad les podría encontrar?

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La fuga”

El relato del viernes: “La fuga”

 

LA FUGA
Imagen: Shutterstock.com

 

 

LA FUGA

Cualquiera que lo viese, se daría cuenta en seguida del caos reinante. Cuatro figuras, escondidas tras una duna, observaban el panorama con desolación. Cada una de ellas tenía el uniforme de un vistoso color, y aquel enorme desierto estaba sembrado de cientos de figuritas como aquellas, de variados colores, dispersas por doquier, inertes.

Cada una de estas figuras maldijo al que había creado aquellos estúpidos uniformes de colores brillantes, en lugar de proporcionarles unos de camuflaje, como hubiese sido lo normal. Estaba claro que habían sido saboteados y ninguno se había dado cuenta de ello, lo que no les dejaba en muy buena posición. Uno de ellos vestía de rojo brillante, otro de verde reluciente, un tercero de amarillo y un cuarto vestía de verde, que aunque era más vivo que el de su anterior compañero, no llamaba tanto la atención debido a su tamaño.

Ninguno de los cuatro se atrevía a dejar su posición detrás de aquella duna que tan caprichosamente se había formado y que les había proporcionado el destino, seguramente para protegerles de sí mismo. La arena esa gruesa y resbaladiza. Las condiciones de la zona dificultaban enormemente las posibilidades de salir de allí con vida. Al menor paso, te hundías en aquella pringosa arena como si de arenas movedizas se tratase.

Y además estaba demasiado fría. Parecía que azotaba un sol de justicia, en vista de la gran iluminación del lugar, aunque por más que miraron hacia el cielo ninguno de los cuatro fue capaz de encontrarlo. Pero aquella arena estaba fría como si el clima fuese totalmente diferente. Solo el hecho de estar parados allí detrás de la duna podría provocarles que se helasen sus pequeños pies. Y si intentaban algún movimiento, con gran posibilidad fuesen engullidos por aquella arena gruesa y siniestra.

Ninguno de los cuatro recordaba con exactitud qué había ocurrido, ni cómo habían llegado hasta allí. Solo recordaban cómo habían sido atacados por unas armas metálicas gigantes, como si de rayos de metal se tratase, que habían caído sobre ellos sin previo aviso y sin hacer ningún ruido. Parecía como si la ira de algún dios hubiese caído sobre ellos, aunque ignoraban el motivo.

Ahora, aquel desierto de arenas movedizas, que a sus ojos parecía tener límites por los cuatro costados, estaba sembrado por los cadáveres de sus compañeros de batalla, que yacían inertes por doquier. Algunos permanecían sobre aquella fría arena, mientras que otros habían sido sepultados y habían quedado ocultos en su interior.

Entre los cuatro trazaron un plan. Dado que aquel extraño desierto parecía tener unos límites bien definidos por los cuatro costados, solo tendrían que llegar hasta uno de ellos para conseguir escapar de allí. El problema mayor residía en las arenas movedizas, que les engullirían sin duda en cuanto intentaran dar un paso. El del uniforme rojo, que sin duda parecía tener más experiencia que ninguno de los otros tres, y al parecer ya se había visto en alguna otra situación semejante, les convenció de que el secreto estaba en la velocidad con la que emprendieran la huída. A mayor velocidad, menor posibilidad de ser engullidos por las arenas y podrían llegar al borde con presteza y huir. Los otros tres estuvieron de acuerdo en hacerle caso, ya tendrían tiempo después de hacerle todas las preguntas necesarias para satisfacer su curiosidad, siempre tan ávida. Así que emprendieron una huida rauda y veloz hacia el extremo que parecía estar más cercano.

En aquel preciso instante, yo pasaba por allí para dejar la barra de pan sobre la mesa, cuando vi la maniobra de escape. En un principio me quedé sorprendida, ¡cuatro verduras de mi tabulé estaban intentando escapar del plato! Menos mal que reaccioné enseguida, cogí el tenedor y las mezclé con el cuscús y el resto de verduras. ¡Con lo que me gustan a mí el pimiento, rojo y verde, la cebolla y la menta de mi tabulé! ¡Como para dejarlas escapar!

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: ¿Quiero ser princesa?

El relato del viernes: ¿Quiero ser princesa?

QUIERO SER PRINCESA

 

¿QUIERO SER PRINCESA?

Había una vez una princesa que estaba encerrada en la torre más alta del castillo. Para llegar a ella, había que subir largos tramos de escalera de caracol, que cada vez se iban haciendo más angostos a medida que ascendían. Por eso recibía pocas visitas, y aún así eran demasiadas para lo que ella necesitaba.

En aquella alta torre, la princesa tenía todo lo necesario para subsistir durante meses. Y estaba en ese estado porque ella así lo había elegido. Necesitaba encontrarse a ella misma dentro de aquel disfraz que sus propios padres, los reyes, habían creado para ella. Así, no se la permitía llevar pantalones, solo vestidos de gasa y organza. No se le permitía llevar el pelo corto, solamente largo y recogido en una enorme trenza que algún miembro del personal de servicio le enroscaba cuidadosamente en lo alto de su cabeza. Debía caminar bien derecha, para lo que tenía que pasar horas caminando con un libro encima de la cabeza.

A diferencia de sus hermanos varones, a ella no se le permitía ir a la escuela. Recibía en palacio clases particulares, que incluían canto, danza, protocolo y buenas maneras. En ningún momento incluían disciplinas tan interesantes como las que estudiaban sus hermanos en la escuela, matemáticas, física, biología…

Así que un día la princesa, cansada de tanta diferenciación, decidió aislarse de todo en la torre más alta del castillo, para descubrir a solas consigo misma quién quería ser. Los reyes, sus padres, no le dieron mucha importancia, pensando que sería una chiquillería y que enseguida bajaría de la torre. Pero el tiempo pasaba y la princesa seguía allí enclaustrada, haciendo peticiones de lo más extrañas a través del intercomunicador real, que una cosa era estar encerrada en la torre y otra muy diferente aislarse completamente del mundo, cosa que hubiese resultado contraproducente para sus planes.

Llegaron príncipes desde los reinos más lejanos a conocerla. Había suscitado mucha curiosidad aquella princesa que se había encerrado por voluntad propia en una torre del castillo de sus padres. Todos pretendían conquistarla, pero ella los rechazaba a todos. Los recibía en sus aposentos, y a todos ellos los encontraba anodinos y aburridos. Todos eran los que mejor manejaban la espada de su reino, los que mejor montaban a caballo, los que siempre la protegerían…

Pero nuestra princesa los largaba a todos con viento fresco, porque si algo no necesitaba ella era un príncipe que la protegiera y la mantuviera dentro de una burbuja de cristal como habían hecho sus padres con ella.

Varios años después, la princesa se decidió a salir de la torre. Dejó a toda la corte anonadada al bajar con gran prestancia por la escalera, vestida con pantalones y el pelo por completo rapado. Se había dedicado a estudiar todas las disciplinas que estudiaban sus hermanos, bajando una mujer por completo diferente a la que subió aquella escalera, años atrás. Una mujer segura de sí misma, instruida, autosuficiente, orgullosa de ser mujer. Abrió la puerta del castillo, donde esperaba un mozo que los reyes reconocieron como el hijo del molinero, siendo mudos testigos del beso de amor que su hija, la tierna princesita que habían criado, le daba delante de todos. Él había sido el único capaz de escalar durante todas las noches por la pared del castillo hasta la torre más alta, para pasarle a la princesa todos los libros que necesitaba para obtener todos los conocimientos que deseaba.

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La señorita”

El relato del viernes: “La señorita”

 

LA SEÑORITA
Imagen: Pixabay

 

 

LA SEÑORITA

Había una vez, no hace mucho tiempo, en un lugar no muy lejano, una linda señorita, joven y bella como pocas se habían visto sobre la faz de la tierra. Esta señorita, a la que todo el mundo se empeñaba en llamar señora, vivía humildemente con su familia a las afueras de una gran ciudad.

Esta tierna señorita gustaba mucho de la escritura, recreando las más bellas historias y cuentos, mientras sus largos y suaves dedos se desplazaban con suavidad por las teclas del ordenador, dando forma en su procesador de textos a las más variadas recreaciones de escenas que se producían en su mente.

Gustosa también de la lectura, aun así su mayor placer continuaba siendo la escritura, teniendo un libro auto publicado en el mercado que no había leído ni su propio marido. Pero ella no desesperaba, seguía escribiendo, escribiendo y escribiendo sin parar, intentando mejorar en cada nuevo texto para poder lanzarse a su verdadera pasión: la de ser escritora.

Hasta ese momento se ganaba la vida como contable en el departamento financiero de una empresa constructora portuguesa, lo que le había traído como único beneficio un ligero conocimiento del idioma del país vecino.

Mientras, esta señorita había formado una gran familia virtual con la que compartía sus escritos y disfrutaba mucho con la lectura de los escritos de los demás. Además, había muchas personas de su familia virtual que la conocían más que otras personas que tenían más trato con ella. Todo ello se realizaba a través de magníficos blogs que se mantenían en la red.

Lo cierto es que la señorita de la que hablamos siempre había mantenido una vida recta y sin tacha, sin ningún tipo de pecado. Por ello, en estos días en los que celebramos la Semana Santa, días de abstención e introspección, ella se encontraba tranquila, pues sabía que no tenía pecado del que hacer penitencia.

Pero llegó el Jueves Santo por la noche, y nuestra señorita se encontró con que no tenía ningún relato que ofrecer a su gran familia virtual al día siguiente, viernes. Y fuera por lo que fuese, bien por el día festivo que invitaba al asueto, bien por las drogas legales que le habían sido suministradas para tratar sus trastornos de personalidad, lo cierto es que no solo no tenía ningún relato para el viernes, sino que además le estaba invadiendo uno de los grandes pecados capitales: la pereza. Una enorme pereza invadió a la señorita de nuestras dichas y desdichas, que le impedía redactar relato alguno para su blog.

Y así fue como, por primera vez en la historia, esta señorita no tenía ninguna creación para publicar en su blog, y además tenía que ir a confesarse, por haber sucumbido al pecado de la pereza.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

NOTA: Todas las anécdotas aquí contadas son fruto de la imaginación, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (salvo la parte de linda señorita, joven y bella).

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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