El relato del viernes: “El saxofonista de Alvarado”

El relato del viernes: “El saxofonista de Alvarado”

El saxofonista de Alvarado

Lo veía cada mañana en el mismo pasillo de la estación de metro de Alvarado, cuando me dirigía a la oficina, pero nunca me había detenido a escucharlo. Al igual que yo, cientos de personas pasaban cada día por delante de él, siempre con prisas, siempre con algo que hacer, siempre con algún sitio al que llegar, sin tiempo para demorarse unos segundos. Algunos, los menos, desviaban su camino un par de metros para lanzar con descuido y apremio alguna moneda en el interior del estuche que descansaba en el suelo, frente a él.

Era siempre tan temprano que la mayoría de nosotros aún no había conseguido abrir bien los ojos al día. Viajábamos ausentes, con la mente aún bien resguardada entre las sábanas, mientras corríamos por Alvarado para desperezarnos antes de llegar a nuestro destino, como si realmente tuviésemos gana alguna de llegar. Él siempre estaba allí, en el mismo rincón, y nunca supe cuánto tiempo llevaría ya situado entre el ir y venir cotidiano.

Era agradable escucharlo al pasar, ayudaba a la mente a ponerse en marcha, a acercarse un poquito más a la realidad, y nos recordaba que, incluso en aquellos momentos, en los que a buen seguro ninguno de nosotros deseaba estar realizando aquel viaje, la vida tenía cosas bellas que ofrecernos por las que valía la pena continuar. Él lo hacía con gusto, con una expresión serena y un asomo de sonrisa que se escapaba por entre sus labios en cada soplido de la mañana.

Un día, sin saber muy bien por qué, me detuve. El sonido del saxofón inundaba los túneles del metro de tal manera que no pude hacer otra cosa más que pararme. Con el cuerpo recostado contra la pared, cerré los ojos y me dejé mecer por aquella melodía que, pese a ser la habitual, parecía más bonita y emocionante que nunca. Con cada nota, visualizaba luces de colores que irradiaban una gran luminosidad hacia las mal iluminadas galerías subterráneas del metro. Dejé de escuchar los pasos presurosos a mi alrededor, las conversaciones soñolientas y los suspiros de desgana. Solo estábamos la música y yo, meciéndonos en un columpio multicolor que parecía elevarse hasta el cielo.

Con la última nota, un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies y sentí cómo una lágrima comenzaba a deslizarse por mi mejilla. La música cesó y hasta mis oídos volvió el ajetreo consuetudinario de cada mañana laboral. Abrí los ojos, dispuesto a acercarme al saxofonista y estrecharle en un abrazo como muestra de agradecimiento por aquel momento tan especial que me había hecho vivir con la cadencia de su música. Quería pedirle disculpas por no haber sabido apreciar antes el regalo que nos hacía cada día, de forma altruista, y me prometí a mí mismo que dedicaría un momento a diario para detenerme y agradecer aquella dádiva.

El rincón estaba vacío. No quedaba rastro alguno del viejo saxofonista, ninguna evidencia que demostrara que había estado allí hasta aquel mismo instante. En su lugar solo quedaba el viejo cartel de azulejos deslucidos que mostraba el nombre de la estación, Alvarado, en letras azules. Aturdido, comencé a detener a los viajeros que circulaban por el pasillo. Fueron muchas las personas a las que pregunté por el saxofonista y todas me dieron la misma respuesta. Aquel había sido el primer día que el viejo no había acudido a su cita anónima e impersonal con los transeúntes del metro. Incrédulo, me dirigí al andén más próximo por si lo veía, era imposible que no hubiese estado allí cuando yo mismo había escuchado aquella melodía más hermosa que nunca. Un convoy estaba iniciando su salida de la estación. Revisé con angustia los vagones a través de las ventanillas que ya comenzaban a desplazarse a toda prisa, en busca de su rostro, pero no estaba en aquel tren.

Una vez que el tren se había alejado lo suficiente en el interior del túnel y apenas se escuchaba ya el traqueteo de sus ruedas, unas tenues notas de saxofón llegaron a mis oídos. Era música de despedida.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

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El relato del viernes: “En la biblioteca”

El relato del viernes: “En la biblioteca”

En la biblioteca

Te veo a través de la distancia y soy capaz de sentir cómo tu mirada me traspasa, leyendo más adentro de lo que quiero o puedo mostrar. Parece haber subido la temperatura de la sala en varios grados y puedo sentir cómo una gota de sudor comienza a deslizarse por mi cuello, con lentitud, en agónica procesión hacia zonas más ocultas.

No estamos solos, aunque lo parece. El silencio de la sala es sepulcral, tan solo interrumpido por el grácil deslizar de las páginas de los libros. Dos personas más nos acompañan, junto con centenares de libros que, ordenados en las estanterías, son testigos afásicos del silencioso diálogo que mantenemos los dos.

Te miro a los ojos en la distancia, descifrando en tu ardiente mirada lo que soy incapaz de leer en el libro que permanece abierto ante mí. Lo cierro con suavidad y cierro los ojos, con la certeza de sentirme observada en todo momento. Mis manos se deslizan con suavidad por el lomo, acariciando los cantos, recreándome en el sutil relieve de la serigrafía bajo la tersa piel de la yema de mis dedos. Una nueva gota de sudor serpentea por mi cuello hasta alojarse en el mismo cálido hueco al que fue a parar la anterior.

Mi imaginación se desborda con el libro entre mis manos y las sensaciones con los ojos cerrados se amplifican al máximo. No puedo evitar que un tenue jadeo se escape de mis labios entreabiertos, que en el silencio de la biblioteca resuena como un sonoro quejido. Abro los ojos y me encuentro con los tuyos, anhelantes, cargados de deseo, incendiarios del espacio que nos separa. Muerdo mi labio inferior sin dejar de mirarte.

Un último dedo se complace en recorrer la tapa del libro por última vez, experimentando las mismas sensaciones que le produciría estar acariciando tu propia piel, antes de ponerme en pie. Mi mirada felina mantiene una contienda velada con la tuya mientras me dirijo con paso pausado hacia el baño y espero.

Son tus pasos los que resuenan ahora en el silencio de la biblioteca, acercándose hacia donde me encuentro, acompasados con el ritmo acelerado de mi corazón.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Once años, cuatro meses y diecisiete días”

El relato del viernes: “Once años, cuatro meses y diecisiete días”

Once años, cuatro meses y diecisiete días

No puedo creer que haya resultado tan fácil. Después de meses de minuciosa planificación, la facilidad pasmosa con la que se ha visto resuelto mi plan resulta casi decepcionante. De cualquier manera, la adrenalina fluye ahora mismo por mis venas como un fórmula 1 en un circuito de carreras. El sudor me recorre el cuerpo y me encuentro tan excitado que siento unas irrefrenables ganas de gritar, pero sé que no debo hacerlo o echaría por tierra todos mis esfuerzos. He de ser cauteloso, pero me siento tan bien que tengo que hacer unos esfuerzos sobrehumanos por contenerme. Me siento bien, joder. Me siento jodidamente bien.

Once años, cuatro meses y diecisiete días. Ese es el tiempo que he permanecido recluido en la prisión de máxima seguridad que ahora mismo veo desde fuera, parapetado tras unos arbustos a una distancia más que prudencial. Once años, cuatro meses y diecisiete días en los que no he alcanzado a ver nada más que el pedazo de cielo que recubría el cuadrado de tierra que teníamos por patio. Once años, cuatro meses y diecisiete días sin ver el mar, algo que, para un marino como yo, resulta prácticamente insoportable.

Ahora que ya estoy en la costa, contemplando en la distancia las luces del continente, comprendo que es muy corto el trayecto que me separa de mi total libertad, pues si permanezco aquí por más tiempo terminarán encontrándome. Tengo que salir de la isla lo antes posible, esta misma noche, mucho mejor antes de que se den cuenta de que no estoy en mi celda y den la voz de alarma. Son solo unos kilómetros los que me separan de mi libertad. Unos cuantos kilómetros de océano, de aguas heladas, tortuosas, aunque a simple vista parezcan irradiar esa calma que tan engañosamente refleja la luz de la luna. Sé que es un espejismo y que la travesía no va a ser fácil. Solo cuento con la fuerza de mis brazos y piernas, pero estoy completamente seguro de poder conseguirlo. Han sido once años, cuatro meses y diecisiete días preparándome para este momento. Mi musculatura no puede estar más en forma.

Vuelve a dispararse la adrenalina en mis venas, el corazón martillea con fuerza en el interior de mi pecho y, con un ahogado grito que no altera para nada el silencio de la noche en la isla, me sumerjo en el agua.

Son solo unos pocos kilómetros. Eso no es nada cuando lo que está en juego es mi total libertad. Aunque sea en la clandestinidad.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Los acordes del violín”

El relato del viernes: “Los acordes del violín”

Los acordes del violín

El violinista tocaba con sutileza una bella melodía que llenaba la sala por completo, ajeno a la escrutadora mirada de la mujer de rojo. Con los ojos cerrados, la barbilla apoyada con delicadeza sobre la barbada y una expresión serena en el rostro, deslizaba con tanta suavidad el arco por las cuerdas que bien podría haber sido considerado un auténtico ángel interpretando una melodía para los mismísimos dioses. Un rizo rubio caía de manera descuidada sobre su frente, lo que le confería aún más la apariencia de un tierno querubín. Ni tan siquiera un susurro se escuchaba en la sala mientras los acordes del violín recorrían el ambiente.

Ella permanecía con la mirada fija en sus manos. Unas manos grandes, fuertes, pero a la vez delicadas, de largos dedos, que manejaban el arco con absoluta destreza, como si el instrumento fuese un juguete entre ellas. Simplemente, era incapaz de despegar la mirada de aquellas manos.

Solo cuando el violinista terminó su interpretación levantó la mirada hacia el público. Sus ojos se encontraron con los de ella en un instante que se le antojó mágico. Aquella mujer era como un milagro de la naturaleza encerrado entre las cuatro paredes de aquel pequeño local. Sus carnosos labios, teñidos con un carmín rojo intenso, le dirigían una provocativa sonrisa que no alcanzaba a llenar sus grandes ojos negros. Pudo apreciar la tristeza en ellos, así como la voluptuosidad que encerraba aquel vestido rojo enmarcado por aquella sedosa melena de rizos negros. Lo que no logró apreciar fue la oscuridad que encerraba aquella mirada, que trascendía mucho más allá del negro de sus ojos.

Ella alzó su copa de vino hacia él en una clara invitación a disfrutar de su compañía. Él no tuvo otra alternativa que aceptar, encandilado como estaba por aquella exuberante belleza que prendía de aquellos bonitos y melancólicos ojos negros. Unos ojos que no dejaban de admirar aquellas prodigiosas manos que eran capaces de exprimir los más delicados acordes con un simple deslizamiento. Abandonado quedó el violín fuera de su estuche, como un náufrago a la deriva sobre el escenario de la noche.

La mujer de rojo y el violinista abandonaron aquel día el local fundidos en un abrazo del que jamás regresarían. Él no retornó nunca a recoger el abúlico violín, que quedó huérfano en la sombría y húmeda comisura de un sucio almacén. Nunca más supo de él su familia, ni sus amigos, ni tan siquiera su gato, condenado al desahucio en un minúsculo apartamento que jamás volvió a ver la luz del sol. Sus manos, antes vibrantes de vida, reposan ahora en una posición privilegiada en el interior de una profusa vitrina situada en el salón de un apartamento de lujo en el centro de la ciudad.

Cuentan que, durante las noches más lóbregas, en el interior de aquella pequeña sala que albergó su último concierto, las almas embriagadas de soledad aún pueden escuchar los suaves acordes del violín inerme fundirse con el silencio de la noche.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Toma mis manos”

El relato del viernes: “Toma mis manos”

Toma mis manos

Se hizo la oscuridad. Así, de pronto, sin previo aviso y sin saber por qué. Ni siquiera recuerdo qué estaba haciendo en el momento en que todo se tornó oscuro. Oscuridad y silencio, eso era todo lo que me envolvía. Un silencio denso que casi podía masticarse, como si tuviese la cabeza recubierta por un fuerte envoltorio de algodón que impedía que llegase a mí sonido alguno. Jamás había experimentado tal nivel de silencio absoluto y, por unos instantes, debo reconocer que sentí miedo.

Me encontraba sumida en unos niveles de ceguera y sordera alarmantes, como nunca antes había sentido. Ese miedo, que era más un ligero temor ante lo desconocido, se fue desvaneciendo como el humo en volutas conforme me iba acostumbrando al intenso silencio. A partir de ese momento, la sensación de bienestar fue absoluta. Me encontré mecida en una calma hasta entonces desconocida, tan placentera, que hubiese podido permanecer en ese estado para siempre.

No sabía dónde me encontraba ni quién era, pero tampoco me importaba. Lo único importante en aquellos momentos era la paz que me envolvía como una suave telaraña tejida con mimo a mi alrededor, como si me encontrase en el interior de un capullo que albergara con delicadeza a la más tierna de las mariposas.

De pronto, comencé a escuchar. Al principio eran sonidos suaves y lejanos, un murmullo en la distancia que no interfería con mi comodidad, pero, según avanzaba el tiempo, comencé a diferenciar voces que me incomodaban, que trataban de sacarme de mi confortable refugio, a pesar de sonar afables. Las palabras fueron poco a poco tornándose más nítidas, llegaban hasta mis oídos con una claridad meridiana, como la que con lentitud pretendía también filtrarse a través de mis ojos.

Me estaban llamando. No sabía de dónde provenían aquellas voces, pero me estaban llamando. Me resistía a abandonar mi pequeño nido, tan bien tejido en la nada más absoluta, pero era tal su insistencia que, al final, tuve que prestarles atención.

—Vuelve, Alba, vuelve. Abre los ojos. Toma mis manos.

Era una voz desconocida que parecía tener un especial interés en mí y me picó la curiosidad. Emití un quejido al tratar de dejar la placidez del silencio.

Entre las tinieblas vislumbré unas manos que, tendidas hacia mí, parecían invitarme a acompañarlas. Otra vez esa voz.

—Abre los ojos, Alba. Toma mis manos.

Aquellas manos ante mis ojos, solitarias en el abismo de la oscuridad que las rodeaba, fueron para mí como un enorme imán que me atrajo hacia la luz sin poder evitarlo. De manera abrupta, la oscuridad desapareció. Nunca volví a estar sumida en un silencio tan acogedor. Abrí los ojos de golpe y miré a mi alrededor. Estaba tendida sobre una camilla en un habitáculo que parecía ser un quirófano. Una cara amable se interpuso ante mi campo de visión y me tendió sus manos para acariciarme el rostro.

—Bienvenida de nuevo, Alba.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.


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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “María, la Mora”

El relato del viernes: “María, la Mora”

María, la Mora

Cada noche, cuando regreso a casa dando un bonito paseo después de mi jornada laboral, paso por la puerta de María, la Mora, y todas, sin excepción, no puedo evitar detenerme ante esas rejas que quién sabe cuántos secretos habrán llegado a esconder.

María, la Mora, es ahora una anciana octogenaria que apenas sale del refugio de su hogar, pero dicen los que la conocieron en su juventud que había sido una mujer de armas tomar. La llamaban la Mora por su tez aceitunada y sus rasgos casi árabes, aunque alguna que otra mala lengua afirmaba que aquel mote algo tenía que ver con los negocios que se había traído entre manos durante buena parte de su vida.

De estatura menuda y más pellejo que carne sobre los huesos, decían de ella que, durante su juventud, María había pasado más noches en el calabozo que en su propia casa y que llegó incluso a pasar una buena temporada a la sombra tras unas rejas que poco tenían que ver con las que ahora cierran las puertas de su casa.

Nunca se le conoció una pareja, aunque a María nunca le faltó el amor o, al menos, amantes. Bastaba un solo chasquido de sus dedos para que varios hombres apareciesen a sus pies, más que dispuestos a compartir cama con ella y, puestos a pedir, también algo más. María nunca supo apreciar cuándo a un pretendiente le interesaba ella o solo sus negocios, así que jamás llegó a entregar su corazón a nadie. Estuvo a punto de hacerlo, pero el destino debía de tener preparada otra jugada para ella, porque aquel amor no solo no llegó a cuajar nunca, sino que dejó a María sumida en un eterno mal de amores que aún ahora, en la vejez, sigue arrastrando.

María vive sola, en la misma pequeña casa que ocupa desde su juventud y que, a la vez, fue el centro de operaciones de un negocio de muy dudosa reputación que fue visitado más por la policía que por sus familiares o amigos. Ya no le queda nadie de aquella época y su casa, semioculta tras un estrecho pasillo que mantiene siempre bien iluminado, como una muestra del orgullo que conserva de ser quién es y quién ha sido, hace tiempo que dejó de tener las puertas abiertas para quedar encerrada tras las rejas que tengo ahora mismo delante de mí.

Aquí me detengo cada noche a escuchar los suspiros que, desde el final del pasillo, lanza María al viento de levante en espera de que los lleve hasta los oídos de aquel gran amor que un día pudo ser y no fue. Yo la respondo. Apoyado contra la reja, la respondo con un inmenso suspiro que avisa a la mujer de mi visita diaria. Ella sale, arrastrando sus pies siempre descalzos, sea invierno o verano, con una taza de té moruno entre las manos que me ofrece sin tan siquiera abrir la reja que nos separa.

Fumamos juntos y en silencio un cigarrillo. Jamás intercambiamos palabras. Jamás levantamos sospechas. Solo soy un joven extraño que quiere hacer unos minutos de compañía a una anciana solitaria. Nadie imaginaría que tras mis visitas diarias se esconde un objetivo oculto, el negocio que María y yo nos traemos entre manos y que ella sigue dirigiendo desde los rincones de sus arrugas con la misma maestría que en su juventud.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Las vistas”

El relato del viernes: “Las vistas”

Las vistas

Llevaban horas ascendiendo y las fuerzas, poco a poco, se iban agotando.

—¿Seguro que vamos bien por aquí? —preguntó una de las hormigas, la más pequeñita de todas—. No nos habremos equivocado, ¿verdad? Esto no parece tener fin y no estoy segura de poder aguantar mucho más.

La mariquita, que, a pesar de superarla en tamaño no lo hacía en resistencia, detuvo su ascenso por un momento para esperarla. Habían elegido aquel árbol por su corteza rugosa, algo que, sin duda, les facilitaría la subida, pero no estaba resultando tan sencillo como habían imaginado al principio. Además, su reducido tamaño no era precisamente un punto a favor para aquella aventura que, a aquellas alturas, ya les parecía carente de sentido.

—¡Venga, ánimo! ¡No te vengas abajo! Si la hormiga reina ha elegido este camino será por algo. Ella jamás se equivoca. Confiemos en ella. Además, ya no debe de quedar mucho para llegar —animaba la mariquita, exhausta también, a la pequeña hormiga.

—Ya, claro. Como ella es más grande y más fuerte que nosotras… Mírala, ya va por allí arriba. Ni siquiera se detendrá a esperarnos, ni le importará si lo conseguimos o no. Además, ¿realmente merece la pena todo esto?

—Estoy segura de que, si necesitamos ayuda, ella nos la dará. Y seguro que merece la pena. No sé tú, pero yo ya estoy un poco cansada de no ver nada más que arena y hierba, que es lo único que vemos desde allí abajo. Tenemos que conseguirlo. Además, piensa que así tendremos una aventura que contarles a nuestros nietos —respondía la mariquita, con el positivismo siempre por bandera, y le guiñó un ojo a la pequeña hormiga.

—Sí, claro, como si fuésemos a salir de esta para poder tener hijos… —murmulló esta última desde su posición estática, con la lengua fuera. Sentía cómo gruesas gotas de sudor resbalaban por sus patitas, algo que no le había ocurrido jamás.

El camino que habían tomado era el tronco de la palmera situada en el punto más elevado de la isla. Para el pequeño tamaño de los insectos, aquella excursión era kilométrica. Además, la ascensión era prácticamente vertical y la rugosidad del tronco, a pesar de que sí constituía una ayuda para la escalada y así evitar el riesgo de resbalones hacia abajo, también hacía que el viaje fuese tan accidentado que estaban físicamente agotados. El tan esperado anochecer estaba ya casi encima y la luz se estaba volviendo más y más escasa.

La hormiga reina, a pocos centímetros ya de la cima, se paró y miró hacia abajo. Estaba prácticamente agotada, pero no podía permitir que nadie se diese cuenta, así que no se había detenido en ningún momento, obligándose a continuar hacia adelante a pesar del cansancio. Al ver al resto de la comitiva parada, aprovechó para hacer un descanso, esperarlos y, de paso, darles ánimo.

—¡Vamos chicos, que ya casi lo hemos conseguido! ¡Ya veo la última rama! —les gritó, simulando una entereza que, en realidad, no sentía.

El resto de insectos, ante aquellas palabras de su reina, tomaron fuerzas de donde no sabían ni que las tenían. Solo el hecho de saber que ya estaban cerca del final del trayecto hizo que, sin pronunciar ni una sola palabra más, todos continuasen su camino con ánimos renovados.

Unos treinta minutos después, estaban todos en la cima de la palmera. Por poco no llegan a tiempo, pero, una vez arriba, todos supieron que el camino sí había valido la pena y, además, con creces. Sentados sobre una enorme hoja, todos miraban boquiabiertos hacia el horizonte, contemplando un fenómeno tan especial como corriente que jamás habían tenido la oportunidad de hacer antes de aquella manera.

En la lejanía del horizonte, justo donde la línea del mar se juntaba con el cielo, el sol moría en las aguas envuelto en lo que parecían preciosas llamas de color rojo. Aquella panorámica era impresionante. La penumbra los envolvía en su cómodo colchón improvisado y, ya relajados y apoyados unos contra otros, fueron cerrando los ojos al tiempo que el sol desaparecía en las aguas carmesís del océano después de haber contemplado las mejores vistas que habían tenido oportunidad de otear jamás.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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