El relato del viernes: “Sin nombre”

El relato del viernes: “Sin nombre”

Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

El relato del viernes: “Encuentros efímeros”

Encuentros efímeros

Nuria se acercó al mendigo que solía encontrar cada día sentado sobre unos sucios cartones en el suelo, muy cerca de la entrada de su trabajo. Llevaba semanas viéndolo allí, día tras día, bajo el sol y la lluvia, con las ropas andrajosas y una larga barba, con signos más que evidentes de no haber recibido una buena ducha en mucho tiempo. Al principio, siempre le dejaba alguna moneda pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo. Su economía tampoco era para tirar cohetes y no se podía permitir una jornada tras otra de limosna, aunque bien que le hubiese gustado.

Sin embargo, nunca había dejado de observarle. Aquel hombre tenía algo que, por más que le daba vueltas, no lograba reconocer, pero que le resultaba familiar. Quizá se tratase solo de un parecido con alguna persona de su entorno o habría coincidido con él en algún otro lugar. En cualquier caso, había llegado a un punto en que no podía dejar de pensar en aquella persona que, en tal situación de penuria, veía a diario. La sensación de familiaridad con él iba en aumento a medida que pasaban los días e incluso llegó a colarse en sus sueños. Tenía que esclarecer, de una vez por todas, el porqué de aquella sensación que tanto la estaba afectando.

Se acercó a él con cautela, en el momento de la pausa que siempre solía hacer para tomar café cada mañana. A medida que se iba aproximando, sin ni siquiera saber cómo iba a afrontar aquella situación, una profusa sensación de vergüenza se iba apoderando de ella. En cierto modo, le causaba malestar aproximarse a él con su arreglada ropa, sin ser cara, de oficinista. En el fondo, lo que le preocupaba era apabullar más a aquel pobre hombre con algo de lo que él carecía.

Cuando Nuria llegó, al fin, a los pies del mendigo, casi rozando con la punta de su delicado zapato de tacón la manta sobre la que reposaba, aquel hombre elevó la mirada hacia ella, con total seguridad en busca de algo de compasión y en espera de que alguna moneda cayese en la cajita de cartón que, a aquellas horas, se encontraba prácticamente vacía.

Nuria se encontró, entre la espesa barba enredada y la mugre que embadurnaba su cara, con una mirada limpia y luminosa que reconoció de inmediato. No había duda, era él, el primer gran amor de su adolescencia. Eso, o su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Él, en cambio, en ningún momento dio muestras de haberla reconocido.

—¿Mario? —preguntó Nuria, con la voz entrecortada, casi apenas un susurro audible.

La mirada de aquel hombre pasó por todos los estados posibles. En un primer momento, sus cejas se elevaron en señal de sorpresa, para dar paso luego a un gesto de desconfianza. Por último, sus ojos se tornaron escrutadores, a medida que intentaban reconocer en aquella hermosa mujer que se hallaba a sus pies a alguien de su pasado.

—Eres Mario, ¿verdad? —volvió a preguntar Nuria, acuclillándose a su lado para poner su mirada a la misma altura que la de él. No tenía duda, el color de aquellos ojos, esa mirada tranquila y transparente, las marcas de los hoyuelos que se vislumbraban a través de la fuerte barba. Con razón llevaba tanto tiempo intranquila, por supuesto que lo conocía.

Los ojillos de Mario emitieron un fugaz brillo de melancolía durante unos breves momentos. Sin duda, la había reconocido. Habían pasado muchos años, pero la había reconocido. A punto estuvo de negarlo, pero la pureza de su mirada era incapaz de mentir y un puñado de lágrimas se agolparon sobre sus pestañas inferiores. Mario agachó la cabeza para que no le viese llorar.

—Mario, ¿te acuerdas de mí? —insistía Nuria, todavía incrédula por aquel reencuentro tan poco habitual. Él asintió con la cabeza, sin levantar la mirada de un punto fijo en algún lugar de su manta.

A Nuria le hubiese gustado estrecharle entre sus brazos allí mismo, charlar con él, saber cómo había llegado a esa situación, invitarle a un café. Pero Mario seguía allí, en la misma posición ausente, mirando a algún lugar indeterminado y con muestras mucho más que evidentes de no tener ganas de continuar con la conversación.

La hora del desayuno hacía ya tiempo que había terminado. Nuria se despidió de él de forma cariñosa, suave, con la nostalgia en la mirada de los tiempos pasados que se fueron para no volver, dándole una caricia cariñosa en el hombro.

—Mañana nos vemos —fueron las últimas palabras pronunciadas aquella mañana por Nuria en aquel lugar.

Aquella noche, Nuria no consiguió dormir. En la cama, daba vueltas y vueltas al encuentro de aquella tarde. Pensaba en la bolsa de ropa que había preparado para llevarle al día siguiente. Quería invitarle a su casa a tomar algo y que se diese una buena ducha. Incluso estuvo haciendo cálculos para saber si podría permitirse convivir con otra persona que no podría asumir ninguno de los gastos de la casa. Cerca ya del amanecer, con una firme decisión tomada, se dejó vencer por el sueño cuando apenas faltaba una hora para que la alarma del despertador comenzase a emitir su estridente sonido.

Al llegar a su oficina, no había nadie en el lugar de costumbre. No quedaban si quiera los restos de los cartones que servían a Mario de improvisado colchón. Pasó en aquel lugar unos minutos, decaída, sin saber realmente qué opinar al respecto. Un camarero que atendía las mesas de una terraza cercana se acercó hasta ella:

—Señorita, el caballero me dejó un mensaje para usted. Dijo que se alegraba mucho de haberla vuelto a ver.

—Gracias… —suspiró Nuria, cabizbaja, antes de adentrarse en el edificio de oficinas con un cúmulo de lágrimas sobre el párpado inferior.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El primer tranvía de la mañana

Aquella mañana, cuando Alberto se levantó de la cama observó, no sin sorpresa, que una gran nevada había cubierto la ciudad por completo. Todo un manto blanco recubría cualquier cosa que tuviese a la vista, parques, tejados, coches, aceras y calles. Acababa de amanecer y la ciudad aún estaba aletargada, ningún vehículo circulaba por aquellas callejuelas blancas ni se veía persona alguna que se hubiese aún atrevido a profanar aquella alfombra virtuosa. Desde la ventana de Alberto, parecía como si el tiempo hubiese quedado detenido en algún lugar extraño a miles de kilómetros de allí.

En tan solo unas horas las calles estarían repletas de niños alegres porque no tendrían que ir a la escuela y que jugarían ilusionados con la nieve como si no la hubieran visto jamás, a pesar de que aquel maravilloso espectáculo visual y sensorial se repitiese año tras año. Pero en aquellos momentos, ante aquel desierto blanco que se extendía ante sus ojos, Alberto solo podía pensar en aquella reunión que tenía a primera hora con uno de los clientes más prestigiosos de su bufete. Era más que evidente que no podía faltar a aquella cita, por más que su cansado cuerpo le pidiese lo contrario, pero veía con tristeza cómo el circular por aquellas calles con su pequeño coche se iba a convertir en prácticamente toda una odisea.

Se preparó el desayuno mientras daba vueltas en su mente a la manera más rápida de conseguir llegar hasta el sitio acordado con el cliente sin necesidad de circular por aquellas improvisadas pistas de esquí urbanas. Con el primer sorbo de café, en el preciso instante en que el aroma penetraba en profundidad por su todavía adormiladas fosas nasales, evocó los viajes en tranvía que solía hacer con sus abuelos en los días de nieve. Para cuando terminó su efímero desayuno, ya había decidido que tomaría el tranvía, con la esperanza de que estuviese en funcionamiento en un día como aquel, en el que la nieve parecía haber querido cubrirlo todo, incluso los raíles por los que circularía el vehículo de su salvación.

Salió a la calle vestido con una pulcritud exquisita, como siempre que se dirigía al trabajo,  protegido del frío con un abrigo de lana de primera calidad. Avanzó como pudo hasta la parada del tranvía, puesto que su calzado no era el apropiado para la nieve, pero en ningún caso se presentaría en una reunión laboral con un atuendo impropio para la misma. Cuando consiguió llegar a la marquesina, que se encontraba a escasos metros de su portal, se limitó a permanecer estático, sin atreverse a mover ni uno solo de sus músculos, sobre todo de sus extremidades inferiores, mientras esperaba a que apareciese el primer tranvía.

Un alivio casi instantáneo se apoderó de él cuando hubo puesto sus pies dentro del vehículo, en apariencia vacío. Alberto tomó asiento en un lugar cercano a la puerta, al tiempo que comprobaba en su caro reloj de pulsera que todavía estaba a tiempo de llegar con puntualidad a su cita, siempre había detestado la impuntualidad, tanto la propia como la ajena. Levantó la cabeza con desgana hasta que su mirada se topó con unos preciosos ojos color miel que le escrutaban a través de una delgada franja delimitada entre un gorro de lana gris y una inmensa bufanda. Fuera del habitáculo, la nevada había ganado en intensidad.

Perdido en aquellos enigmáticos ojos, alguna especie de fuerza superior a su propia voluntad le hizo cambiar de asiento para acercarse a ellos. En cuanto lo hubo hecho, una amplia sonrisa surgió de las fauces de aquella extravagante bufanda, como si aquella mirada lo hubiera estado esperando desde hacía muchísimo tiempo. Alberto, que nunca había dispuesto de tiempo ni ganas para encontrar el amor, se encontró de pronto atrapado por aquella misteriosa muchacha de la que no sabía nada, una completa desconocida. En pocos minutos, la conversación y las risas recorrían el interior del tranvía, que se deslizaba con fluidez por aquel paraje albino, al tiempo que la cantidad y el grosor de los copos de nieve iban en aumento conforme pasaba el tiempo.

Según avanzaba la mañana, la ciudad había comenzado a despertar y la actividad del tranvía era mucho más intensa que cualquier otro día. Nuevos pasajeros subían, otros bajaban, en un intenso frenesí de gentes con prisas o que, simplemente, no querían arriesgar su vida deslizando por las calles heladas, mientras el tranvía continuaba su ruta y repetía itinerario una y otra vez, sin que ni Alberto ni la muchacha fueran conscientes de ello. El conductor lanzaba miradas cómplices a través del espejo retrovisor a aquella nueva pareja que acababa de nacer al resguardo y abrigo del interior de su tranvía. Mientras tanto, aquella absurda reunión de trabajo iba quedando cada vez más olvidada en algún rincón de la mente de un enamorado Alberto.

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El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

Pequeña fábula del mago desamparado

Había una vez un mago que vivía solo y desamparado en una isla desierta. Víctima de algún naufragio, llevaba tanto tiempo en aquella situación, que ya ni recordaba tan siquiera como había llegado hasta allí. Los recuerdos de su vida anterior habían ido quedando diluidos entre el salitre y la arena de unas playas que, por muy paradisíacas que pareciesen, escondían el mayor de los males para su marchita alma: la soledad.

En aquella isla, su pelo se había vuelto cano y encrespado y su barba había crecido hasta donde la naturaleza había querido imponer su propio límite. Su piel hacía años que había abandonado la palidez que la caracterizaba para tornarse en un cuero renegrido y curtido que hacía mucho tiempo había dejado de reconocer. Las arrugas se habían convertido en sus únicas compañeras en aquel atolón de maleza y arena.

Por supuesto que había tratado de salir de aquel lugar. De hecho, lo había intentado en infinidad de ocasiones. ¿Cómo no hacerlo cuando la única compañera con la que podía contar era con su soledad? Y la soledad, cuando no es buscada, no suele resultar una buena compañía. Sin embargo, todos sus intentos por abandonar la isla habían terminado en un fracaso absoluto. De nada había servido la barca que trató de construir con madera extraída con gran esfuerzo de las palmeras. Las señales de humo que comenzó a emitir cuando, al fin, fue capaz de lograr prender un fuego, tampoco sirvieron para nada. Nadie parecía pasar por aquel lugar que nunca llegó a saber situar en un mapa. En realidad, jamás consiguió ver un avión sobrevolar el lugar, ni siquiera a una altura tan considerable que tampoco le hubiera servido de gran ayuda. Estaba realmente aislado y completamente solo. Como consecuencia, había desistido del intento mucho tiempo atrás. Lustros, décadas tal vez, un tiempo imposible de cuantificar.

Cierta noche, mientras observaba las estrellas que poblaban el cielo de aquel perpetuo verano, una estrella fugaz surcó la bóveda celeste con una velocidad extraordinariamente lenta. Fue casi un minuto lo que duró el transcurrir de aquella pequeña bola de fuego en el cielo y el mago se quedó absorto en su contemplación. Jamás había visto un fenómeno tan extraño como aquel.

Hipnotizado como estaba por aquel luminoso astro, un pensamiento traspasó su mente a la par que la estrella lo hacía en el cielo. «Parece cosa de magia», se dijo para sí. Y, entonces, como si una pequeña luz se hubiera encendido también en el interior de su cabeza, recordó que él era mago. No un mago cualquiera, además, sino uno de los mejores. Pensó que, quizá, con su magia lograría salir de aquella penosa situación en la que se encontraba.

Maldijo cientos de veces la torpeza cometida al haber pasado por alto durante tanto tiempo aquel pequeño detalle que podría cambiar para siempre el devenir de su vida. Gritó, pataleó, se mesó los largos cabellos con rabia y, una vez calmado, fue cuando puso su magia a actuar. Y, entonces, se obró el milagro.

El mago fue recibido con alegría y cariño por todos sus amigos y familiares. Descubrió con tristeza que algunos de ellos ya no estaban, recibió con algarabía a los nuevos integrantes de la familia y pudo constatar que la mayoría de los que recordaba apenas le eran reconocibles. Él tampoco lo era para ellos, después del tiempo transcurrido en soledad. Sin embargo, ahora había vuelto y todos le habían recibido con los brazos abiertos. Así era el poder de la magia, infinito y magistral.

Moraleja:

No trates de buscar en el exterior la magia. La verdadera magia es la que guardas en tu interior.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "La señora Adelaida"

El relato del viernes: "La señora Adelaida"

La señora Adelaida

La señora Adelaida era un personaje curioso. Vivía en el bajo de mi bloque, en la única vivienda que había en el portal. Su puerta era oscura, escondida en el rincón que el hueco de la escalera se encargaba de cubrir siempre de sombras. Igual de oscura era la buena mujer que, ataviada siempre de negro y con un rictus serio y grave en la boca, jamás era capaz de ofrecer una tenue sonrisa a sus vecinos de comunidad.

Creo que desde que tuve uso de razón aquella señora lo único que llegó a infundirme fue miedo. Un temor tétrico se apoderaba de mí cada vez que la veía. Tengo que decir que, además, era irracional e infundado, porque lo cierto es que jamás tuve motivos para temer de ella. Sin embargo, no podía evitar sentir cómo un escalofrío me sacudía el cuerpo desde los pies hasta la cabeza en las contadas ocasiones en las que tuve la mala suerte de coincidir con ella en el portal.

Recuerdo que, siendo una niña, al regresar a casa del colegio, cruzaba corriendo el portal y subía los escalones de dos en dos para evitar encontrarme con aquella señora que, en mi imaginación, era una auténtica bruja. Quizá algo tuviera que ver en aquello la, bajo mi punto de vista, repugnante verruga que adornaba su nariz, coronada por tres fuertes y oscuros pelos que se encaracolaban sin que a ella pareciera molestarle en absoluto.

Desde mi terraza podía ver con total nitidez la suya, una especie de patio cerrado por altas paredes que lo mantenían la mayor parte del día en penumbra. En raras ocasiones podías ver a la señora Adelaida disfrutando de un momento de relax en aquel espacio, que utilizaba únicamente para tener la ropa y poco más. Yo, que solía pasar tardes enteras jugando en la terraza, entraba en pánico cada vez que alguno de mis juguetes tenía la desgracia de escaparse barandilla abajo y llegar a caer al patio de aquella lúgubre señora. Prefería mil veces quedarme sin mi juguete preferido a tener que bajar y tocar en aquella puerta para pedir el favor de que me lo devolviera. En las contadas ocasiones en las que lo hice, me atendió siempre malhumorada, rezongando entre dientes, exhortándome a tener más cuidado, para devolverme a mi querido juguete mustio y arrugado después de haber pasado por el cubo de la basura. Una experiencia que no me apetecía nada tener que repetir.

Había ocasiones en las que, por un descuido, a mi madre se le caía alguna prenda a su patio cuando tendía o recogía la ropa del tendedero. No sé por qué extraña razón era a mí a la que siempre le tocaba bajar a recuperarla. Creo que, en el fondo, a mi madre tampoco le gustaba aquella señora e intentaba tratar con ella lo menos posible. Jamás traspasé aquel umbral siniestro que se abría ante mí, un recibidor oscuro como su dueña y que, para mí, era como las fauces de una fiera salvaje que me fuera a devorar si ponía un pie más allá del felpudo de la entrada. Por supuesto, tampoco fui nunca invitada a hacerlo.

Han pasado los años y la señora Adelaida, a pesar de continuar con su lóbrego aspecto y su rictus amargo, ya no se me antoja ser la bruja que solía ser en mi niñez. Los años han pasado como apisonadoras sobre ambas y a ella le han dejado un poso de tristeza en la mirada y a mí me han quitado las gafas del temor. Esta mañana la encontré en el portal, apoyada sobre la barandilla que asegura los cinco escalones que separan a la calle de su vivienda, agotada, sudorosa y temblorosa. Sin dudarlo, le he ofrecido mi ayuda. Con pasos trémulos, ha recorrido agarrada a mi brazo el pequeño tramo de escalones y, por primera vez en la vida, me ha abierto la puerta de su casa. Tras el oscuro recibidor, un hogar cálido y luminoso me ha dado la bienvenida. La señora Adelaida me ha sonreído, me ha dado un abrazo demasiado fuerte para las fuerzas que aún resisten a abandonarla y me ha invitado a café.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Todo va a ir bien"

El relato del viernes: "Todo va a ir bien"

Todo va a ir bien

—Todo va ir bien… Todo va a ir bien…

Estas eran las palabras que se repetían sin cesar en la cabeza de Rafael, como un mantra, mientras caminaba cabizbajo por la calle, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Hacía meses que no se ponía aquellos pantalones y fue entonces, en aquel momento en el que una relativa calma había hecho acto de presencia, cuando notó que le quedaban grandes. Por la mañana, cuando se vistió, estaba tan alterado que los nervios le habían impedido darse cuenta de nada. Estaba perdiendo demasiado peso.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

El mantra continuaba repitiéndose en su mente sin cesar, en un segundo plano, mientras Rafael repasaba lo que acababa de ocurrir. Hacía unos minutos que había abandonado aquella oficina y la sensación que se le había quedado era, en cierto modo, ambigua. Era la primera entrevista de trabajo que realizaba en meses y no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien. Pero necesitaba aquel trabajo con urgencia y, desde luego, había puesto todo lo mejor de sí mismo en aquellos minutos que había pasado en ese bonito despacho.

Mientras caminaba, recordó las últimas entrevistas que había realizado. De ellas siempre había salido con una impresión muy buena y, sin embargo, las respuestas que recibió siempre habían sido negativas. Había pasado ya tanto tiempo desde la última, que esta la había realizado con una ilusión especial. Pero, en el fondo, se temía cuál iba a ser la respuesta. Sus más de cincuenta años de edad, junto a los casi cinco años que llevaba sin empleo, le hacían ser el candidato ideal, sí, pero para desestimar. Nadie le quería y hacía ya demasiado tiempo que no recibía ayuda económica alguna. Sufría cuando veía a sus hijos tener que dejar a un lado los estudios para poder ayudar a la economía familiar.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

A unos metros de distancia, Mariana, sentada en su cómodo sillón de un despacho situado en la quinceava planta de un moderno edificio de oficinas, sostenía entre sus manos el currículum de aquel hombre que se acababa de ir. Tantos años ejerciendo su profesión la habían dotado de una capacidad excepcional para leer a través de las personas y lo que había visto en la mirada de aquel hombre la había dejado intranquila. Detrás de aquella sonrisa que, claramente, no alcanzaba a iluminar su mirada, Mariana había podido vislumbrar la desesperación y la resignación. Detrás de aquella voz, en apariencia tranquila y modulada, había podido percibir el miedo.

Echó un vistazo a la pila de papeles que, ordenada con precisión milimétrica, aguardaba en un extremo de su mesa. En ella había decenas de currículum que postulaban para el puesto que ofrecía su compañía. Todos ellos pertenecían a gente joven, idealista y que, sin duda, aportarían dinamismo, empuje y ganas al puesto de trabajo. Ideas nuevas e ilusión para reactivar el proyecto que tenían entre manos. Sin embargo, ninguno con la cualificación con la que podría contribuir el hombre de los ojos tristes. Acarició con suavidad las hojas con las yemas de los dedos y se mordió el labio inferior. Cerró los ojos y dejó que fuera su corazón el que la guiase en la decisión que estaba a punto de tomar.

Cuando los abrió, sonrió, dejó los papeles sobre la pila de currículum y tomó el auricular del teléfono modernista que quedaba a su izquierda.

Rafael estaba a punto de adentrarse en la boca de metro para emprender el viaje de regreso a su casa. El aire fresco de la calle le había hecho bien y, con una expresión mucho más relajada en su rostro, seguía manteniendo en su mente el mantra que le llevaba acompañando durante toda la mañana.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

Apenas había bajado los primeros escalones que descendían hacia el subterráneo cuando sintió una vibración en el interior del bolsillo del pantalón, ese que le quedaba grande. Respondió con premura. En los últimos meses se había acostumbrado a atender cada llamada con la urgencia de la desesperación, nunca sabía dónde podría encontrar la oportunidad que tanto tiempo llevaba buscando. Una voz de mujer le dibujó la primera sonrisa verdaderamente auténtica de las últimas semanas:

—¿Rafael? Soy Mariana, nos acabamos de ver. Quizá sea un poco precipitado, pero… ¿podrías comenzar mañana?

Rafael sonreía y asentía a su interlocutora con extrema gratitud, mientras aquella voz mental le susurraba:

—¿Ves? Te lo dije… que todo iba a ir bien…

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El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

Simbiosis melódica

Elena se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a sí y apenas logró reconocerse. El vestido de terciopelo negro con un solo tirante que cruzaba su pecho era precioso, una auténtica maravilla que realzaba su curvatura natural y que la hacía sentirse como si fuese una persona importante. El cabello estaba recogido en un sobrio rodete que dejaba escapar, casi por descuido, varios mechones que caían enmarcándole el rostro. Un maquillaje suave resaltaba sus rasgos, confiriéndole un aspecto casi angelical, excepto por el color de sus labios, un intenso tono rojo que jamás se hubiese atrevido a llevar. Unas pequeñas lágrimas de cristal, que colgaban solitarias de los lóbulos de sus orejas, completaban el conjunto. Giró sobre sí misma y dejó escapar una tenue sonrisa. A pesar de que estaba maravillada con lo que veía, no podía evitar que la ansiedad le ganase la partida a la emoción.

Exhaló con fuerza hasta que no quedó ni una sola gota de aire en sus pulmones y agradeció que hubiesen respetado su petición de estar a solas esos últimos instantes. No quería que nadie la viese así. Llevó su mano al estómago, donde un intenso dolor se había instalado desde hacía unos largos minutos y se dobló, apoyándose con la otra mano en el espejo que le devolvía aquella imagen de cuento. Después de todo lo que había luchado, del esfuerzo, del tesón, de la alegría por haberlo conseguido, de la ilusión por que llegase aquel día, no hubiese podido imaginar sentirse tan mal como lo estaba haciendo. Se miró nuevamente en el espejo de reojo. Una auténtica princesa le devolvía la mirada, pero era una princesa derrotada, una princesa vencida por la angustia, que ya no quería vivir dentro de aquel cuento que siempre soñó habitar.

Sus manos comenzaron a temblar mientras escuchó cómo sonaban unos leves golpes en la puerta. Supo que había llegado el momento. Por unos instantes, la idea de permanecer encerrada en su inquietud, paradójicamente, la llenó de tranquilidad. Pero sabía que no podía hacer aquello, nunca se había rendido y no iba a comenzar a hacerlo justo ahora que se encontraba delante de la oportunidad que llevaba toda la vida esperando. Sería la princesa más valiente que había existido jamás.

Traspasó el umbral y comenzó a caminar por el pasillo, tambaleándose sobre aquellos tacones con los que apenas sí lograba mantener el equilibrio. Sentía manos a su alrededor, manos que se posaban sobre ella, que le regalaban caricias que no llegaba a agradecer. Hasta sus oídos llegaban palabras de cariño envueltas en un sutil velo que las convertían en indescifrables. Aquel pasillo parecía haberse estirado aquella noche como si estuviese hecho de goma. Sus pies avanzaban perezosos y renqueantes sobre la moqueta, pero el final no parecía llegar nunca. Cuando apenas quedaban unos centímetros, cerró los ojos y avanzó.

Al abrirlos, una luz cegadora le impidió ver más allá del propio suelo por donde pisaba, tratando de aparentar una seguridad en sus pasos que en realidad no sentía. Detrás de aquella luz, todo era oscuridad y silencio, un silencio categórico que no hacía sino intimidarla más aún. Creyó desvanecerse por unos segundos, pero entonces lo vio. Caminó hasta él en soledad, tratando de reprimirse ante el temor que aquel sobrecogedor silencio le imponía. Cuando llegó hasta él, se sentó con una extrema delicadeza en la banqueta forrada con terciopelo rojo que estaba aguardando su llegada. Sus manos se deslizaron por las teclas de aquel majestuoso piano que, soberbio, aguardaba con paciencia a ser pulsado. Entonces fue cuando se obró el milagro.

Al tiempo que las yemas de sus dedos reptaban por su superficie, Elena sintió una vez más aquella seráfica conexión con el instrumento, que convertía a ambos en un único ser. Todos sus temores desaparecieron al instante, sus manos abandonaron los últimos temblores y una sonrisa se instaló en su rostro para quedarse. Cerró los ojos y, simplemente, comenzó a tocar, disfrutando de aquella simbiosis que sus manos lograban con las teclas.

Cuando, minutos después, Elena pulsó la última tecla de la melodía, el teatro al completo irrumpió en una intensa ovación. Ella, agradecida y emocionada, se puso en pie y dedicó al público una suave reverencia, mientras que, con disimulo, prodigaba una última caricia a su compañero.

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El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

En tiempos de guerra

El soldado tomó asiento sobre un tocón viejo y sucio que encontró a escasos centímetros del lugar donde estaba atrincherado el batallón. Pasó el dorso de la mano por su frente polvorienta y se limpió las últimas gotas de sudor que destilaba. Una sensación incómoda y desconcertante le asaltó durante un breve instante. Fueron solo unos segundos, pero por ese breve lapso de tiempo le asaltó la duda de si las gotas que recorrían su rostro, en lugar de sudor, no serían lágrimas. Frunció el ceño. Era la primera vez que se planteaba aquella cuestión y, compungido, descubrió que no había lugar a dudas. No hizo falta que se pasara la ennegrecida mano por los ojos para advertir la humedad en ellos y el regusto salado que dejaba a su paso por los labios. Había estado llorando.

Elevó la mirada y agudizó la vista. En la distancia,  podía percibir perfectamente los agotados contornos de la vida que latía tras las barricadas del frente enemigo. Una ligera columna de humo se elevaba con un suave zigzagueo hacia un cielo que, bajo su interpretación, cada vez mostraba menos estrellas. Debían de estar cocinando la cena, un exiguo y frugal sustento con el que a duras penas lograban reponer una mínima parte de las fuerzas desgastadas en combate. A su espalda, algunos de sus compañeros estaban entregados también a aquel afán, cada vez más simple por la escasez de víveres. Torció el gesto. Si no los mataba la guerra, lo haría el hambre.

Emitiendo un sonoro suspiro, se puso en pie y, al hacerlo, su rodilla emitió un quejido suplicante. De pronto, se sintió viejo. No anciano, pero sí con la vejez prematura del que lleva más batallas libradas en su interior que en el propio frente. Quizá fue esa selecta senectud la que le llevó a caminar arrastrando los pies, derrotado, sin fuerzas ya para continuar y remolcando tras de sí la amargura de un pasado que ya jamás podría  borrar.

Sin pretenderlo, guiado quizá por algún confraternizador instinto, fue reduciendo el camino que le separaba de las filas enemigas. Aún faltaban varios cientos de metros cuando creyó percibir movimiento no muy lejos de él, una sombra tal vez, una respiración ardua y pesada. Su reacción, en primera instancia, le llevó a sentir temor. Siempre le ocurría, a pesar de llevar combatiendo ya varios meses. Antes de entrar en combate, no sentía una descarga de adrenalina, como algunos de sus compañeros decían sentir, ni tan siquiera una exaltación del orgullo, como referían otros. Siendo sincero, debía reconocer que aquel hormigueo que notaba en el vientre y aquel sudor frío que le mojaba las manos no era otra cosa que miedo. Miedo en su estado más básico. Ni él había elegido estar allí ni aquello era un juego.

En ese momento, en solitario y con las defensas bajas, un escalofrío le erizó el vello. Sin embargo, aquella sensación duró solo unos instantes. Si algo tenía el miedo era la capacidad de agudizar el resto de sentidos. Cada vez que sentía un peligro, cada vez que se avecinaba un ataque, el aire parecía volverse más denso, el silencio se volvía desgarrador y un olor acre impregnaba el ambiente. Al menos, así lo percibía él. Pero en aquellos momentos, en la calma silente del anochecer en el campo, ninguno de estos signos parecía presente y se relajó de inmediato. Su instinto le decía que no debía temer.

Afinó el oído y creyó escuchar lo que le pareció un suave sollozo. Retomó el paso, con cautela, tratando de guardar el máximo sigilo posible. Entre la bruma nocturna alcanzó a distinguir una figura recostada contra una roca. Avanzó un metro más, un uniforme enemigo. Un metro más, una misma melancolía en la atmósfera. Se quedó quieto, observando, y el tiempo pareció también detenerse a su alrededor. Se vio a sí mismo reflejado en aquel cuerpo derrotado, en aquel joven con expresión vetusta que aparentaba mucha más edad de la que en realidad debía de tener, apenas un niño en un cuerpo ya prácticamente senil. Vio sus mismas ojeras, su mismo aspecto demacrado y extenuado. Su misma resignación en una mirada que hacía demasiado tiempo que quedó extraviada.

El soldado enemigo no parecía haber percibido su presencia. Sin embargo, cuando levantó la mirada, su vista se posó en él al instante de manera fatigada. Parecía haberse rendido de antemano a un posible enfrentamiento. Fueron solo unos segundos los que duró aquel cruce de miradas hasta que sus ojos regresaron al suelo, a algún punto indefinido que estaba muy lejos de allí, como si quisiera traspasar las mismas entrañas de una tierra a la que desearía que sus huesos hubiesen llegado ya.

El soldado se aproximó en silencio hasta quedar recostado junto a aquel compañero de fatigas. Extrajo un cigarrillo liado a mano de una vieja pitillera que traía al instante recuerdos de un tiempo pasado y se lo tendió. Fumaron en silencio, sin palabras, sin reproches, sin confidencias ni agravios, sin cortesías y sin lamentos. Nadie pudo negarles en ese momento el pequeño placer de, en tiempos de guerra, fumarse un cigarrillo de la paz.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "El teléfono"

El relato del viernes: "El teléfono"

El teléfono

El teléfono sonó en mitad de la noche. El estridente sonido del timbre acuchillaba el silencio, partiéndolo en mil pedazos que rebotaban contra cada rincón de la casa y salían disparados hacia todo lo que encontraban a su paso. Las astillas llegaron hasta la cama en la que Juanjo dormía con una profundidad inusual en él, habituado a las largas noches de insomnio.

Juanjo permaneció inmóvil durante unos segundos, hasta que un sutil movimiento de su pie derecho dio muestras de haber sido alcanzado por un fragmento de sonido desperdigado. Un pequeño ronquido se escapó de su boca entreabierta y volvió a sumirse en el más profundo sueño. Por unos instantes, el silencio volvió a instalarse cómodamente en la habitación, como si aquella pequeña batalla no hubiese tenido lugar.

Una vez más, el sonido del teléfono volvió a irrumpir en el sosegado descanso nocturno. Toda la paz que había respirado la casa quedó de nuevo quebrantada por aquel inoportuno destello ruidoso que se colaba bajo cada rendija, atravesando la oscuridad.

Juanjo se revolvió inquieto entre las sábanas y uno de sus brazos logró escapar de la cómoda prisión de plumas, saliendo al aire frío que cortaba aquel timbre. Un incordiante murmullo llegaba a sus oídos, pero no conseguía determinar de dónde provenía. Era como una alarma que sonaba con insistencia en lo más hondo de su mente y que parecía querer taladrarle el cerebro a su paso. Había comenzado como un tenue bisbiseo un tanto molesto, pero, poco a poco, había ido ganando en intensidad y volumen, provocándole un agudo aturdimiento. Quiso llevarse las manos a la cabeza, como si al tapar los oídos con ellas pudiese detener aquel horadante soniquete, pero, por más que lo intentaba, no era capaz de moverlas. Una penetrante frialdad parecía haberse apoderado de una de ellas y la otra se le mostraba insensible por completo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Aquel sonido tan insistente era realmente molesto. El cuerpo de Juanjo parecía convulsionar sobre la cama, mientras trataba de detener aquel insidioso ruido que parecía llegar desde todas partes a la vez y que, al parecer, era imposible de detener. El edredón cayó al suelo después de recibir un fuerte manotazo con rabia. El frío se apoderó por completo de Juanjo, que, además de soportar el fastidioso timbrado que tanta irritación producía en sus oídos, temblaba como si fuera un flan. La desesperación se apoderó de él y, a pesar de la frigidez que se había adueñado de él, comenzó a sudar. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Juanjo seguía tratando de taparse los oídos con exasperación. Había logrado que sus manos respondieran y llevarlas hasta sus orejas, pero aquel ruido parecía haberse instalado de forma permanente en su cerebro. Por más que trataba de detenerlo, continuaba, insaciable, agitador, extenuante. Comenzó a lanzar manotazos a diestro y siniestro, sin lógica alguna, tratando de espantarlo, sin obtener resultado. Aquel fracaso lo exasperaba aún más y su corazón bombeaba con fuerza dentro su pecho, agitado.

En el piso inerte, los timbrazos del teléfono amenazaban ya con traspasar incluso las puertas y salir al exterior. De pronto, se restauró el silencio y solo quedó un ligero eco que moría lentamente entre las sombras de la noche. Juanjo, por fin, despertó y abrió los ojos de súbito. Agudizó los oídos y calmó a su corazón tras comprobar que el silencio era absoluto. Solo había sido una pesadilla. Agarró el edredón, se acurrucó de nuevo en la cama y, con placidez, volvió a quedarse dormido.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)