El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

Simbiosis melódica

Elena se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a sí y apenas logró reconocerse. El vestido de terciopelo negro con un solo tirante que cruzaba su pecho era precioso, una auténtica maravilla que realzaba su curvatura natural y que la hacía sentirse como si fuese una persona importante. El cabello estaba recogido en un sobrio rodete que dejaba escapar, casi por descuido, varios mechones que caían enmarcándole el rostro. Un maquillaje suave resaltaba sus rasgos, confiriéndole un aspecto casi angelical, excepto por el color de sus labios, un intenso tono rojo que jamás se hubiese atrevido a llevar. Unas pequeñas lágrimas de cristal, que colgaban solitarias de los lóbulos de sus orejas, completaban el conjunto. Giró sobre sí misma y dejó escapar una tenue sonrisa. A pesar de que estaba maravillada con lo que veía, no podía evitar que la ansiedad le ganase la partida a la emoción.

Exhaló con fuerza hasta que no quedó ni una sola gota de aire en sus pulmones y agradeció que hubiesen respetado su petición de estar a solas esos últimos instantes. No quería que nadie la viese así. Llevó su mano al estómago, donde un intenso dolor se había instalado desde hacía unos largos minutos y se dobló, apoyándose con la otra mano en el espejo que le devolvía aquella imagen de cuento. Después de todo lo que había luchado, del esfuerzo, del tesón, de la alegría por haberlo conseguido, de la ilusión por que llegase aquel día, no hubiese podido imaginar sentirse tan mal como lo estaba haciendo. Se miró nuevamente en el espejo de reojo. Una auténtica princesa le devolvía la mirada, pero era una princesa derrotada, una princesa vencida por la angustia, que ya no quería vivir dentro de aquel cuento que siempre soñó habitar.

Sus manos comenzaron a temblar mientras escuchó cómo sonaban unos leves golpes en la puerta. Supo que había llegado el momento. Por unos instantes, la idea de permanecer encerrada en su inquietud, paradójicamente, la llenó de tranquilidad. Pero sabía que no podía hacer aquello, nunca se había rendido y no iba a comenzar a hacerlo justo ahora que se encontraba delante de la oportunidad que llevaba toda la vida esperando. Sería la princesa más valiente que había existido jamás.

Traspasó el umbral y comenzó a caminar por el pasillo, tambaleándose sobre aquellos tacones con los que apenas sí lograba mantener el equilibrio. Sentía manos a su alrededor, manos que se posaban sobre ella, que le regalaban caricias que no llegaba a agradecer. Hasta sus oídos llegaban palabras de cariño envueltas en un sutil velo que las convertían en indescifrables. Aquel pasillo parecía haberse estirado aquella noche como si estuviese hecho de goma. Sus pies avanzaban perezosos y renqueantes sobre la moqueta, pero el final no parecía llegar nunca. Cuando apenas quedaban unos centímetros, cerró los ojos y avanzó.

Al abrirlos, una luz cegadora le impidió ver más allá del propio suelo por donde pisaba, tratando de aparentar una seguridad en sus pasos que en realidad no sentía. Detrás de aquella luz, todo era oscuridad y silencio, un silencio categórico que no hacía sino intimidarla más aún. Creyó desvanecerse por unos segundos, pero entonces lo vio. Caminó hasta él en soledad, tratando de reprimirse ante el temor que aquel sobrecogedor silencio le imponía. Cuando llegó hasta él, se sentó con una extrema delicadeza en la banqueta forrada con terciopelo rojo que estaba aguardando su llegada. Sus manos se deslizaron por las teclas de aquel majestuoso piano que, soberbio, aguardaba con paciencia a ser pulsado. Entonces fue cuando se obró el milagro.

Al tiempo que las yemas de sus dedos reptaban por su superficie, Elena sintió una vez más aquella seráfica conexión con el instrumento, que convertía a ambos en un único ser. Todos sus temores desaparecieron al instante, sus manos abandonaron los últimos temblores y una sonrisa se instaló en su rostro para quedarse. Cerró los ojos y, simplemente, comenzó a tocar, disfrutando de aquella simbiosis que sus manos lograban con las teclas.

Cuando, minutos después, Elena pulsó la última tecla de la melodía, el teatro al completo irrumpió en una intensa ovación. Ella, agradecida y emocionada, se puso en pie y dedicó al público una suave reverencia, mientras que, con disimulo, prodigaba una última caricia a su compañero.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

En tiempos de guerra

El soldado tomó asiento sobre un tocón viejo y sucio que encontró a escasos centímetros del lugar donde estaba atrincherado el batallón. Pasó el dorso de la mano por su frente polvorienta y se limpió las últimas gotas de sudor que destilaba. Una sensación incómoda y desconcertante le asaltó durante un breve instante. Fueron solo unos segundos, pero por ese breve lapso de tiempo le asaltó la duda de si las gotas que recorrían su rostro, en lugar de sudor, no serían lágrimas. Frunció el ceño. Era la primera vez que se planteaba aquella cuestión y, compungido, descubrió que no había lugar a dudas. No hizo falta que se pasara la ennegrecida mano por los ojos para advertir la humedad en ellos y el regusto salado que dejaba a su paso por los labios. Había estado llorando.

Elevó la mirada y agudizó la vista. En la distancia,  podía percibir perfectamente los agotados contornos de la vida que latía tras las barricadas del frente enemigo. Una ligera columna de humo se elevaba con un suave zigzagueo hacia un cielo que, bajo su interpretación, cada vez mostraba menos estrellas. Debían de estar cocinando la cena, un exiguo y frugal sustento con el que a duras penas lograban reponer una mínima parte de las fuerzas desgastadas en combate. A su espalda, algunos de sus compañeros estaban entregados también a aquel afán, cada vez más simple por la escasez de víveres. Torció el gesto. Si no los mataba la guerra, lo haría el hambre.

Emitiendo un sonoro suspiro, se puso en pie y, al hacerlo, su rodilla emitió un quejido suplicante. De pronto, se sintió viejo. No anciano, pero sí con la vejez prematura del que lleva más batallas libradas en su interior que en el propio frente. Quizá fue esa selecta senectud la que le llevó a caminar arrastrando los pies, derrotado, sin fuerzas ya para continuar y remolcando tras de sí la amargura de un pasado que ya jamás podría  borrar.

Sin pretenderlo, guiado quizá por algún confraternizador instinto, fue reduciendo el camino que le separaba de las filas enemigas. Aún faltaban varios cientos de metros cuando creyó percibir movimiento no muy lejos de él, una sombra tal vez, una respiración ardua y pesada. Su reacción, en primera instancia, le llevó a sentir temor. Siempre le ocurría, a pesar de llevar combatiendo ya varios meses. Antes de entrar en combate, no sentía una descarga de adrenalina, como algunos de sus compañeros decían sentir, ni tan siquiera una exaltación del orgullo, como referían otros. Siendo sincero, debía reconocer que aquel hormigueo que notaba en el vientre y aquel sudor frío que le mojaba las manos no era otra cosa que miedo. Miedo en su estado más básico. Ni él había elegido estar allí ni aquello era un juego.

En ese momento, en solitario y con las defensas bajas, un escalofrío le erizó el vello. Sin embargo, aquella sensación duró solo unos instantes. Si algo tenía el miedo era la capacidad de agudizar el resto de sentidos. Cada vez que sentía un peligro, cada vez que se avecinaba un ataque, el aire parecía volverse más denso, el silencio se volvía desgarrador y un olor acre impregnaba el ambiente. Al menos, así lo percibía él. Pero en aquellos momentos, en la calma silente del anochecer en el campo, ninguno de estos signos parecía presente y se relajó de inmediato. Su instinto le decía que no debía temer.

Afinó el oído y creyó escuchar lo que le pareció un suave sollozo. Retomó el paso, con cautela, tratando de guardar el máximo sigilo posible. Entre la bruma nocturna alcanzó a distinguir una figura recostada contra una roca. Avanzó un metro más, un uniforme enemigo. Un metro más, una misma melancolía en la atmósfera. Se quedó quieto, observando, y el tiempo pareció también detenerse a su alrededor. Se vio a sí mismo reflejado en aquel cuerpo derrotado, en aquel joven con expresión vetusta que aparentaba mucha más edad de la que en realidad debía de tener, apenas un niño en un cuerpo ya prácticamente senil. Vio sus mismas ojeras, su mismo aspecto demacrado y extenuado. Su misma resignación en una mirada que hacía demasiado tiempo que quedó extraviada.

El soldado enemigo no parecía haber percibido su presencia. Sin embargo, cuando levantó la mirada, su vista se posó en él al instante de manera fatigada. Parecía haberse rendido de antemano a un posible enfrentamiento. Fueron solo unos segundos los que duró aquel cruce de miradas hasta que sus ojos regresaron al suelo, a algún punto indefinido que estaba muy lejos de allí, como si quisiera traspasar las mismas entrañas de una tierra a la que desearía que sus huesos hubiesen llegado ya.

El soldado se aproximó en silencio hasta quedar recostado junto a aquel compañero de fatigas. Extrajo un cigarrillo liado a mano de una vieja pitillera que traía al instante recuerdos de un tiempo pasado y se lo tendió. Fumaron en silencio, sin palabras, sin reproches, sin confidencias ni agravios, sin cortesías y sin lamentos. Nadie pudo negarles en ese momento el pequeño placer de, en tiempos de guerra, fumarse un cigarrillo de la paz.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


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El relato del viernes: "El teléfono"

El relato del viernes: "El teléfono"

El teléfono

El teléfono sonó en mitad de la noche. El estridente sonido del timbre acuchillaba el silencio, partiéndolo en mil pedazos que rebotaban contra cada rincón de la casa y salían disparados hacia todo lo que encontraban a su paso. Las astillas llegaron hasta la cama en la que Juanjo dormía con una profundidad inusual en él, habituado a las largas noches de insomnio.

Juanjo permaneció inmóvil durante unos segundos, hasta que un sutil movimiento de su pie derecho dio muestras de haber sido alcanzado por un fragmento de sonido desperdigado. Un pequeño ronquido se escapó de su boca entreabierta y volvió a sumirse en el más profundo sueño. Por unos instantes, el silencio volvió a instalarse cómodamente en la habitación, como si aquella pequeña batalla no hubiese tenido lugar.

Una vez más, el sonido del teléfono volvió a irrumpir en el sosegado descanso nocturno. Toda la paz que había respirado la casa quedó de nuevo quebrantada por aquel inoportuno destello ruidoso que se colaba bajo cada rendija, atravesando la oscuridad.

Juanjo se revolvió inquieto entre las sábanas y uno de sus brazos logró escapar de la cómoda prisión de plumas, saliendo al aire frío que cortaba aquel timbre. Un incordiante murmullo llegaba a sus oídos, pero no conseguía determinar de dónde provenía. Era como una alarma que sonaba con insistencia en lo más hondo de su mente y que parecía querer taladrarle el cerebro a su paso. Había comenzado como un tenue bisbiseo un tanto molesto, pero, poco a poco, había ido ganando en intensidad y volumen, provocándole un agudo aturdimiento. Quiso llevarse las manos a la cabeza, como si al tapar los oídos con ellas pudiese detener aquel horadante soniquete, pero, por más que lo intentaba, no era capaz de moverlas. Una penetrante frialdad parecía haberse apoderado de una de ellas y la otra se le mostraba insensible por completo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Aquel sonido tan insistente era realmente molesto. El cuerpo de Juanjo parecía convulsionar sobre la cama, mientras trataba de detener aquel insidioso ruido que parecía llegar desde todas partes a la vez y que, al parecer, era imposible de detener. El edredón cayó al suelo después de recibir un fuerte manotazo con rabia. El frío se apoderó por completo de Juanjo, que, además de soportar el fastidioso timbrado que tanta irritación producía en sus oídos, temblaba como si fuera un flan. La desesperación se apoderó de él y, a pesar de la frigidez que se había adueñado de él, comenzó a sudar. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Juanjo seguía tratando de taparse los oídos con exasperación. Había logrado que sus manos respondieran y llevarlas hasta sus orejas, pero aquel ruido parecía haberse instalado de forma permanente en su cerebro. Por más que trataba de detenerlo, continuaba, insaciable, agitador, extenuante. Comenzó a lanzar manotazos a diestro y siniestro, sin lógica alguna, tratando de espantarlo, sin obtener resultado. Aquel fracaso lo exasperaba aún más y su corazón bombeaba con fuerza dentro su pecho, agitado.

En el piso inerte, los timbrazos del teléfono amenazaban ya con traspasar incluso las puertas y salir al exterior. De pronto, se restauró el silencio y solo quedó un ligero eco que moría lentamente entre las sombras de la noche. Juanjo, por fin, despertó y abrió los ojos de súbito. Agudizó los oídos y calmó a su corazón tras comprobar que el silencio era absoluto. Solo había sido una pesadilla. Agarró el edredón, se acurrucó de nuevo en la cama y, con placidez, volvió a quedarse dormido.

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El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

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El relato del viernes: "Atrapado"

El relato del viernes: "Atrapado"

Atrapado

Arturo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Hacía más de una hora que se había separado de su hijo y la desesperación comenzaba a hacer mella en él. Se giró hacia la izquierda solo para encontrarse con un gran muro verde que se alzaba a su frente. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había encontrado en aquella misma situación. Por su mente pasó la fugaz idea de cómo puede cambiar la tesitura en la que te encuentras tan solo de un momento a otro. Lo que había comenzado como un apacible día en el que compartir tiempo con su hijo había mutado hasta convertirse en una auténtica pesadilla para él.

Todo había comenzado con risas y complicidad. Jorge, su hijo mayor, estaba encantado. Desde que había nacido el bebé casi no pasaba tiempo a solas con su padre y a Arturo se le había ocurrido la brillante idea de pasar aquella mañana de domingo los dos solos. Entre su trabajo y las demandas de atención del pequeño, apenas le quedaba tiempo para él. Lejos quedaban ya aquellas tardes de juegos en las que padre e hijo eran inseparables y Arturo las echaba de menos.

El día en que llegó a sus manos la publicidad de aquel lugar lo interpretó como una señal. Llevaba días tratando de encontrar alguna actividad diferente para realizar con Jorge, algo que se saliera de lo habitual, y aquella idea le pareció fantástica y divertida. De hecho, lo había sido hasta hacía unos minutos.

Fue él el que propuso el reto. Cuando tuvo aquella ocurrencia, le pareció que sería un plus para añadir un poquito más de diversión adicional a la mañana y, simplemente, siguió el impulso. Además, se sentía tan seguro de sí mismo que en ningún momento pensó que pudiera llegar a encontrarse en aquella coyuntura. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que aquello le pudiese ocurrir. Jorge se mostró entusiasmado cuando se lo sugirió, así que, sin dudarlo un segundo más, cada uno se encaminó hacia una dirección. El primero en llegar a la salida sería el ganador de una deliciosa hamburguesa doble con ración extra de queso a la hora de la comida.

Ahora no podía estar más arrepentido. Cada vez que tomaba la decisión de torcer por uno de los recodos de aquel lugar, se daba de bruces con otro muro insalvable que le obligaba a retroceder y tomar la dirección contraria para, en la siguiente encrucijada, volverse a equivocar. Se sentía atrapado en aquel entresijo de grandes y tupidos muros formados por una frondosa vegetación que, aunque al principio le habían parecido hermosos y acogedores, cada vez se le antojaban más amenazantes. Para colmo, no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrarse su hijo. La creciente ansiedad que sentía se lo estaba haciendo pasar realmente mal.

Después de varias vueltas y revueltas más, Arturo volvió a echar un vistazo al reloj que marcaba el tiempo que duraba su suplicio. Llevaba ya cerca de una hora y media dando rodeos por aquella monstruosa obra de arquitectura disfrazada de atracción infantil. A punto estaba ya de ponerse a dar voces cuando vio un pequeño cartel en un rincón. Apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la inscripción que aparecía en él: «salida de emergencia». Creyó volver a nacer cuando detectó una pequeña puerta camuflada entre la vegetación. La abrió con cuidado y traspasó el verde umbral, sudoroso y agitado por la angustia.

Su corazón recuperó su latido normal cuando, al fin, salió de aquella trampa. Enfrente de él, sentado en el suelo y con cara de aburrimiento, estaba su hijo Jorge. Lo observó hacer un gesto de incredulidad y de cansancio mientras se levantaba y se dirigía hacia él.

—Ya te vale, papá, estaba a punto de pedir que fueran a buscarte. Menos mal que era un laberinto para niños, que si no tenemos que llamar a los bomberos para que vengan a rescatarte. Anda, vámonos, que me parece que me debes una hamburguesa.

Arturo no pudo evitar sonreír y, tomando la mano que Jorge le ofrecía, le contestó:

—Pues sí, hijo, sí, vamos, que te la has ganado.

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El relato del viernes: "El primer contrato"

El relato del viernes: "El primer contrato"

El primer contrato

—¿Y cuántos años de experiencia en el sector dice usted que tiene? 

La pregunta fue lanzada al aire como un dardo cargado de veneno. Melisa se revolvió inquieta en la silla. Fue algo fugaz, apenas perceptible para alguien que no fuese ella misma. Esbozó una de sus mejores sonrisas antes de contestar, con seguridad y aplomo:

—Algo más de tres años.

Observó cómo la persona que tenía delante formaba una mueca un tanto cómica en sus labios, mientras ojeaba los papeles que tenía sobre la mesa, que contenían su currículo. Se trataba de tres extensas hojas en las que aparecía reflejada toda la formación que había recibido a lo largo de su vida, así como su supuesta experiencia laboral. La mujer pareció detenerse unos segundos en la primera hoja, la que contenía sus datos personales, previsiblemente comprobando su fecha de nacimiento.

Por primera vez, Melisa sintió cómo la incomodidad se iba apoderando de ella y cómo una intensa sensación de incertidumbre le colmaba el ánimo. Aprovechó que la mirada de aquella mujer no estaba posada en ella para relajar por un momento la falsa sonrisa con la que llevaba lidiando durante toda la entrevista en su rostro. La recompuso justo a tiempo antes de que aquel par de ojos cubierto por unas elegantes gafas de pasta negra volviesen a fijarse en ella, observándola por encima de las monturas con expresión de incredulidad.

Quizá había sido demasiado ingenua al elaborar aquel documento y no tenía que haber incluido tantos años de experiencia laboral. De hecho, apenas sí había transcurrido el tiempo suficiente desde que terminó los estudios para afrontar aquel bagaje que había plasmado en aquellos inocentes folios. Aunque, si se detenía a pensarlo con frialdad, tampoco era tan inexacto. En realidad, sí tenía más de tres años de experiencia en el sector. Habían sido tres largos años en los que había visto cómo se le cerraba una puerta tras otra precisamente por no tener experiencia. Tres años en los que las férreas ilusiones del principio se habían ido disolviendo poco a poco para ir dando paso a una lenta y bizarra frustración. Tres años de intenso trabajo para demostrar su valía ante decenas de personas sin escrúpulos que no tenían ningún reparo en desestimar su esfuerzo y sus conocimientos. En definitiva, sí tenía tres años de experiencia. En lo que hubiese ocupado esos tres años, en última instancia, carecía de interés para el caso. Casi se podía considerar como una pequeña mentira piadosa.

Después de aquellas reflexiones, la seguridad de Melisa volvió a ser la misma del momento en que saludó a aquella persona por primera vez con un fuerte y profesional apretón de manos. La sonrisa se mantuvo firme en su rostro y su mirada sostuvo en todo momento a la de la mujer que tenía frente a sí. Ni siquiera le tembló el más mínimo músculo cuando aquella retomó la palabra:

—Entonces, no tendrá ningún inconveniente en realizar una pequeña prueba para que pueda valorar su capacidad,  ¿verdad?

—Por supuesto —respondió, con una determinación apabullante.

Se quedó sola en la sala mientras se enfrentaba a la primera oportunidad que se le daba desde que, esperanzada, había comenzado aquel interminable periplo de infructuosas entrevistas laborales. Aquella mañana se jugaba mucho más de lo que a simple vista parecía. No podía fallar y no lo hizo.

Un trabajo perfecto fue el que recibió la entrevistadora de parte de Melisa, sin ningún error y con el esmero y la cuidada presentación que caracterizaban a un buen profesional del sector. No tuvo más remedio que acallar sus dudas acerca de la veracidad de los datos que aquel currículo le mostraba. Necesitaba a aquella chica en su equipo y la necesitaba ya.

La sonrisa de Melisa jamás había sido tan sincera como la que mostraba instantes después, mientras rubricaba con pulso firme su primer contrato de trabajo.

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El relato del viernes: "Un papel candente"

El relato del viernes: "Un papel candente"

Un papel candente

El papel le quemaba en el bolsillo como si estuviese prendido en llamas. Caminaba cabizbajo, con la mirada dirigida al suelo, como si el hecho de levantarla fuese a delatarle y todo el mundo a su alrededor supiese lo que había hecho y fueran a señalarle con dedos acusadores. En su imaginación, creía llevar un cartel adherido a su frente en el que estuviese escrita con letras grandes y llamativas la palabra culpable. Así se sentía.

No sabía por qué lo había hecho. Bueno, en realidad, sí que lo sabía, pero en su interior se abría un furioso dilema acerca de si en verdad el fin justificaba los medios, como había llevado repitiéndose a sí mismo desde el instante en que había tomado aquel documento prestado, por así decirlo. Todo había ocurrido en cuestión de segundos. El despiste, la oportunidad, la imagen de sus pequeños anhelantes, la suya propia como un fracasado, la liberación. Y ya estaba hecho.

Cuando llegó a casa y vio a sus hijos con las ropas desgastadas, heredadas de amigos o recogidas en los centros de caridad, aquella sensación de culpabilidad se fue suavizando un poco. El guiso que les estaba esperando en la mesa, consistente en unas cuantas patatas bañadas con mucho caldo y ni un mísero pedazo de carne, terminó por disiparle las dudas. Con aquel sencillo papel, se habrían acabado las penurias para su familia. Era la solución para todas sus penalidades. Había hecho lo correcto. De todas formas, guardó el secreto sin motivo aparente, quizá para no despertar ilusiones que finalmente cayesen en saco roto.

Sin embargo, la noche le llevó a retomar el círculo vicioso de indecisión que le había acompañado en su viaje hasta casa. Ya no tenía tan claro que su decisión hubiese sido la acertada. Durante noches se vio inmerso en sueños cíclicos en los que se veía atosigado por improperios y amenazas. Todos ellos acababan con un «¡culpable!» pronunciado en voz alta, una palabra llena de reproches que le intimidaba. Despertaba bañado en sudor y ya no era capaz de conciliar el sueño, volviendo otra vez a su batalla interior.

Durante días libró aquella batalla en solitario y en silencio. No quiso compartir con su familia aquella inquietud que le corroía por dentro. Mientras tanto, aquel papel seguía quemándole en el bolsillo con tanta intensidad como si hubiese todo un infierno guardado allí dentro. Cada vez dormía menos y su ánimo decaía por momentos. Llegó incluso a enfermar de manera física.

No había pasado ni una semana desde que guardaba aquel pedazo de papel en su bolsillo cuando uno de sus hijos pidió unos materiales que necesitaba para la escuela. Revisó su monedero, del que solo cayeron apenas unos céntimos. Comprobó su cuenta bancaria para ver cómo los números rojos iban en aumento día tras día. La situación económica familiar nunca había sido tan crítica. Sintió aquel calor acuciante que provenía del interior del bolsillo de su pantalón y metió la mano para coger el décimo premiado por primera vez en todos aquellos días. Lo acarició con suavidad, recorriendo los bordes con el dedo, tomándose su tiempo para asimilar las sensaciones que le producía su tacto.

Al cabo de unos minutos, la decisión estaba tomada. Le dijo a su hijo que no se preocupase por los materiales, que en un par de días los tendría todos. Ya se ocuparía de los remordimientos más adelante.

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El relato del viernes: "Clase de filosofía"

El relato del viernes: "Clase de filosofía"

Clase de filosofía

Hegel se levantó con ímpetu del asiento en el que había permanecido hasta ese momento y elevó la voz por primera vez en la mañana.

—¡No me puedo creer lo que estoy escuchando! ¿De dónde has sacado todas esas teorías? —gritó, mientras su rostro se iba tornando de un color carmesí que demostraba la rabia que bullía en su interior, hasta entonces contenida.

—No me las he sacado de la manga, querido amigo, si eso es lo que estás insinuando. Solo has de aplicar la razón para entender que el hombre no es otra cosa que lo que él hace de sí mismo —respondió Sartre, sin perder un ápice de la calma que había mantenido durante su discurso y variando solo su relajada posición en su desgastada silla de madera para entrecruzar las manos por detrás de la cabeza. Varios rostros se giraron en ese momento en su dirección y se escucharon algunos murmullos de aprobación.

Un sonoro bufido se escapó de los labios fruncidos de Hegel que, en aquellos momentos, ya había adquirido la misma tonalidad que un tomate en la plenitud de su proceso de maduración. Permaneció de pie unos segundos en silencio, sacudiendo la cabeza de uno a otro lado con una expresión indefinida en su rostro, una mezcla de burla e indignación. Cuando, al fin, habló, lo hizo en tal volumen que todas las miradas regresaron a él.

—¿Acaso pretendes negar la existencia de una divinidad infinita sobre nuestra presencia material? ¿Quieres decir que el Espíritu Absoluto no es vital para que el ser humano pueda hacerse sujeto de sí mismo?

Los murmullos se elevaron en ese momento en la sala algo por encima del volumen que, supuestamente, estaba permitido para no entrometerse en el debate. La polémica estaba servida.

Ariel observaba a los dos personajes con una expresión de absoluta satisfacción en el rostro. Hacía tan solo unos meses habría sido impensable imaginar que algo así pudiera ocurrir dentro del aula, sobre todo un viernes a última hora de clase, cuando los alumnos ya estaban tan cansados de la carga de la semana que al único que habrían prestado algo de digna atención hubiera sido al reloj que, colgado sobre la pizarra, contaba los minutos que les quedarían de suplicio. Tenía que reconocer que, desde que había introducido los cambios que le habían sugerido en el último taller sobre técnicas docentes, haciendo las clases más dinámicas y representando papeles para que los chavales se implicaran en las mismas, había logrado que estos tuvieran un verdadero interés por la asignatura.

Cuando se quiso dar cuenta, la clase entera había formado un debate en el que las teorías existencialistas y hegelianas se lanzaban como cuchillos de un extremo a otro de la habitación. No pudo evitar mostrar una sonrisa canalla. Miró el famoso reloj que presidía la clase y, tras comprobar que aún faltaban diez minutos para que sonase el timbre que daba final a las horas lectivas por aquel día, decidió que aquellos muchachos se habían merecido que su fin de semana comenzara ya. Llamó su atención con unas fuertes palmadas.

—Muy bien, chicos, muy bien. Muchas gracias, Nicolás y Mabel. Seguid trabajando así. Nos vemos el lunes.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "El veredicto"

El relato del viernes: "El veredicto"

El veredicto

—¿Tiene el acusado alguna pregunta?

El silencio se extendió por la sala después del revuelo que se había organizado tras conocer el veredicto. Las opiniones al respecto eran diversas, pero casi la gran mayoría creían en su culpabilidad y parte del público que había asistido aquella mañana al juicio estalló de júbilo  en cuanto fue pronunciado por el magistrado. Ahora todos callaban. No querían perderse ni una palabra de lo que tuviese que decir el acusado, que había permanecido en un hermético mutismo desde que fue detenido, varios meses atrás.

Él mismo no había podido explicar, por más que le preguntaran, le visitaran profesionales o le recomendaran hacer una declaración, por qué era incapaz de pronunciar palabra alguna. Según los psicólogos que le habían atendido, que habían sido varios, podría tratarse de alguna especie de shock post-traumático producido tras su detención. La cuestión es que su voz llevaba meses sin dejarse oír, ni siquiera cuando se encontraba a solas.

Aquella mañana, el semblante afligido del acusado hablaba por sí solo. Sin embargo, la pregunta había sido dirigida expresamente a él, a sabiendas de su silencio, y la expectación que había creado en la sala, junto con la necesidad de hacer ver su punto de vista de una vez por todas, le llevaron a tomar una determinación. Se levantó de su asiento con lentitud, pero con firmeza, dejando claro que se trataba de una persona que, pese a su aspecto consternado, poseía una apabullante seguridad en sí misma. Carraspeó ligeramente y se aflojó con suavidad el nudo de la corbata. Era consciente del interés que suscitaba y, por ello, se tomó su tiempo. En la sala solo se escuchaba el agitado respirar de uno de los miembros del jurado, algo que cambió en cuanto el inculpado se dirigió hacia el juez:

—Soy inocente, Señoría.

Los murmullos se propagaron por la sala como yesca prendida. Fueron aumentando de volumen con tal rapidez que en cuestión de segundos aquello era un auténtico y estridente galimatías. El acusado se limitaba a sonreír.

Unos golpes secos pusieron fin de manera abrupta a aquella maraña de improperios y especulaciones que se había desmadejado en la sala. La voz del juez se elevó sobre todas las demás pidiendo un silencio que no agradeció. Se dirigió al acusado con un gesto grave y solemne:

—No le he pedido su opinión. ¿Tiene alguna pregunta acerca del veredicto?

El hombre negó sutilmente con la cabeza. No podía creerse que, después de tantos meses guardando silencio, sus palabras ahora no fuesen a ser tenidas en cuenta. Bajo su punto de vista, las pruebas no eran concluyentes para inculparle y condenarle de aquella manera. ¿O sí? Quizá no tendría que haber sido tan descuidado cuando contempló al último de los testigos moribundo bajo sus pies. La próxima vez no cometería ningún fallo, pensó, con una ligera sonrisa en el rostro. Visto lo visto, su palabra no iba a ser tenida en cuenta.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: "Cuando el río está tranquilo"

El relato del viernes: "Cuando el río está tranquilo"

Cuando el río está tranquilo

—El río está tranquilo.

Sus palabras rompieron el silencio que permanecía anclado entre nosotros desde que habíamos dejado la aldea. Me había limitado a seguirle hasta el mismo borde del desfiladero, desde el que podíamos divisar todo el valle, y ya llevábamos allí un buen rato, oteando en silencio la distancia. Todo parecía estar en orden, pero aquella frase, pronunciada con aquella contundencia, me pareció lapidaria.

Escruté su rostro en busca de algún indicio que pudiera esclarecerme a qué se refería con sus palabras. La simpleza de las mismas, de una claridad meridiana, me indicaba que detrás de ellas se escondía una verdad tan inconmensurable como proféticamente catastrófica. Eran obvias, eso era cierto. Desde la altura se podía contemplar cómo el río transcurría con un tranquilo fluir por el fondo del valle, casi con parsimonia. La vegetación estaba comenzando a brotar de nuevo después del crudo invierno y de las lluvias de las últimas semanas. Empezaba a explotar la belleza natural de la vaguada y hasta mí solo llegaba una apaciguadora sensación de extraordinaria calma.
Debía de haber algún trasfondo en aquellos sencillos términos. Las palabras del Gran Jefe nunca eran insustanciales.

Mis sospechas se confirmaron cuando pude contemplar la severidad que marcaba su rostro. El ceño fruncido y un rictus amargo en las comisuras de sus labios, producto de una excesiva presión con los molares, lo corroboraban. Su mirada continuaba perdida en algún punto indefinido de la vega y, a pesar de ello, parecía tener todos sus sentidos en alerta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me tensé, tratando al mismo tiempo de descubrir qué era lo que estaba fuera de lugar y de que no se notase mi ignorancia. La sombra de la duda acerca de si sería un digno sucesor planeó sobre mí al tiempo que una rapaz lo hacía sobre nuestras cabezas. Aquello se me antojó un mal augurio.

Desvié la mirada hacia la aldea, ajena a nuestras preocupaciones, e intenté descubrir algo en ella que se saliera de lo común. A pesar de que estaba dando comienzo la primavera, aún permanecían las fogatas encendidas para proporcionar calor a la tribu. Amplias bocanadas de humo ascendían en vertical hacia el cielo, despejado de nubes por primera vez en semanas. Una ráfaga de viento sopló con fuerza y desvió su trayectoria. Las plumas del Gran Jefe se inclinaron en la misma dirección. Como si fuese un designio, miré hacia el lugar que señalaban, la cima de las grandes montañas rocosas que estaban situadas a la espalda del poblado. Entonces lo comprendí.

—El río está tranquilo —repetí, mientras emitía un gesto de asentimiento con mi cabeza y el asombro reflejado en el rostro.

Las cumbres aparecían, en la distancia, casi despejadas. Poco rastro quedaba de las nieves del invierno. A esas alturas del año, el torrente debería circular con un caudal abundante y frenético, como consecuencia de las lluvias y el deshielo. Muchos habían sido los años en los que el cauce había sido rebasado y las aguas habían corrido eufóricas fuera de sus límites. Sin embargo, ahora discurría sereno, manso, sin apenas corriente. En los próximos meses las temperaturas subirían y las lluvias comenzarían a escasear de nuevo.

Miré al Gran Jefe con un gesto grave de preocupación. Cuando el río está tranquilo, se avecinan dificultades. La sequía había llegado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)