El relato del viernes: “El héroe que buscaba a su heroína”

El relato del viernes: “El héroe que buscaba a su heroína”

 

EL HÉROE QUE BUSCABA A SU HEROÍNA
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EL HÉROE QUE BUSCABA A SU HEROÍNA

Conozco a Alberto desde que las calles de nuestro barrio eran de tierra aún, desde que los chiquillos jugaban libremente en la calle al rescate, a pídola o a las chapas. Eran otros tiempos, las niñas saltaban a la comba, jugaban con la goma o simplemente pasaban el tiempo jugando a la muñeca en el suelo, trazada con una tiza que luego usaban para lanzar al número hasta el que debían saltar. Alberto era uno de ellos.

Creo que no conocí en aquella época un niño más formal y educado que Alberto. Ayudaba siempre a su madre con los recados, era el primero en regresar a su casa ante las voces de las madres que les reclamaban para cenar, sacaba unas notas estupendas en la escuela y jamás le vi involucrado en ninguna de las peleas que se solían organizar entre los muchachos.

Alberto era un soñador. Había muchos días que, en lugar de jugar con los demás niños del barrio, se quedaba conmigo. Le encantaba que le contase mis batallitas de la guerra, que yo, o bien inventaba, o bien le contaba las que me había contado a mí mi padre. Él no lo sabía, pero yo no viví la guerra civil. Nací en la posguerra, en los años del hambre, cuando el instinto de supervivencia te hacía feroz. Yo regresaba del trabajo por la tarde y me gustaba quedarme un rato a observar a los chiquillos en sus juegos. Era entonces cuando Alberto, de vez en cuando, se quedaba a escuchar mis historias.

No solo escuchaba, sino que además inventaba sus propias batallitas. Siempre decía que él iba a ser un héroe que impediría que nuestro país volviese a pasar por una situación tan cruel. Como buen héroe, se casaría con una heroína y tendrían muchos hijos, todos ellos héroes que salvarían el mundo. A mí me encantaba escuchar  aquello y no podía evitar revolver con una mano su densa mata de pelo moreno.

Con el tiempo, yo me marché del barrio por motivos laborales. Un traslado de centro de trabajo que me granjearía un sueldo mejor que aquel que tenía para mantener de una manera bastante modesta a mi pequeña familia, mi mujer y mi hija Nora. Las saqué del barrio donde todos crecimos, el que nos vio nacer, y allí quedaron las pandillas de chicos y chicas jugando en la calle. No me arrepiento de mi decisión, fue la mejor que pude haber tomado. Salimos de la capital de España para pasar a una vida mucho más tranquila y sin agobios en una pequeña capital de provincia.

Hace poco que me jubilé, ahora sí soy el abuelo que Alberto veía en mí durante su niñez. Regresé al barrio un día para ver a mis viejos amigos, nunca mejor dicho, todos ya tan viejos como yo. El cambio que encontré en el barrio no fue el que yo me esperaba. Las calles estaban cubiertas de asfalto, pero por lo demás todo se mantenía casi igual. La vieja tienda de ultramarinos seguía allí, aunque ahora estaba regentada por una familia china. La peluquería, la mercería, el estanco, el viejo bar de Emilio, todo seguía en el mismo lugar. Los chiquillos seguían jugando, ya no en la calle, sino en un parque con columpios de hierro, bajo la distraída mirada de sus madres, que conversaban todas juntas acomodadas en un banco.

Lo reconocí en cuanto lo vi venir caminando por medio de la calle. Hubiese reconocido aquellos ojos azules y aquella mata de pelo negro en cualquier lugar. Demasiadas horas compartiendo tiempo con él como para no hacerlo. Habían pasado quince años, ya no era un chiquillo, debía ser un joven fuerte y enamorado de la vida. Pero lo que vi no fue eso, en absoluto. Su delgadez era extrema, bajo su viejo jersey de lana se podían adivinar todos y cada uno de sus huesos. Pantalones caídos que ya no se sujetaban en una cintura que hace tiempo debió de dejar de serlo.

Lo llamé por su nombre. Una mirada perdida en el vacío fue su única respuesta, antes de continuar caminando por la calle, ausente, convertido en un auténtico zombie, un muerto en vida que arrastraba sus pasos hacia ninguna parte. La ilusión de volver al barrio se me ahogó en un pozo de amargura. Ni siquiera fui capaz de entrar en el bar de Emilio, donde mis viejos amigos me esperaban. La visión de Alberto me acompañó en horribles pesadillas durante muchas noches.

Aquel pequeño muchacho ejemplar que prometía tanto en la vida, no había logrado su sueño de ser un héroe. Pero, sin duda, sí había encontrado a su heroína.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Agua”

El relato del viernes: “Agua”

 

AGUA
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AGUA

Era aún una hora temprana, pero la gran avenida principal estaba desierta aquella noche. El frío amenazaba con ser más intenso a cada metro que avanzaba y la nieve hacía rato que comenzó a caer. Nadie caminaba por las amplias aceras y solo, de vez en cuando, circulaba algún coche que dejaba su marca sobre el asfalto cubierto ya de nieve.

Me detuve un instante para encender un cigarrillo, en casi una desesperada lucha por encontrar una fuente de calor extra. Mis manos, sin guantes que las protegieran, se estaban convirtiendo en partes independientes de mi cuerpo debido a la falta de sensibilidad que me estaba proporcionando el gélido aire de la noche.

Os preguntaréis seguramente qué estaba haciendo yo caminando en soledad por la avenida cuando el termómetro hacía horas que había traspasado la barrera de los cero grados. Esa misma pregunta me la hacía yo mientras paseaba. Mientras me dirigía a mi casa, ese pequeño estercolero que comparto con mi amiga Mónica, recibí un mensaje suyo. Solo contenía una palabra, «agua». Es una especie de mensaje en clave que tenemos cuando alguna de nosotras está… digamos… acompañada en casa. Así que no me quedó más remedio que darme una vuelta a esperar a que me llegase el mensaje que me indicara que podía volver, «luz verde».

De modo que allí me encontraba, muerta de frío, cargando con el pesado maletín que siempre llevaba conmigo a la facultad. En cierto sentido, la experiencia no era del todo desagradable, si exceptuábamos el intenso frío, claro. Pocas veces se tenía la oportunidad de encontrar la gran avenida donde se encontraba nuestra pequeña casa tan desierta. La nieve al caer jugaba con la tenue luz que emitían las farolas, dándole a la avenida un aspecto rosado precioso. Se podía cortar el silencio a unas horas en las que cualquier otro día aquello habría sido un caos de personas y vehículos.

No podía pasar mucho más tiempo caminando, mis pies ya estaban empezando a acorcharse, así que busqué con la mirada algún lugar donde entrar a tomar algo caliente. Me llamó la atención un pequeño local que había cruzando la avenida, uno que cuando nosotras nos mudamos ya estaba allí, pero al que nunca habíamos entrado porque pensábamos que en la noche buscábamos cosas diferentes a las que nos podían ofrecer en él. Trasladaba hacia el exterior una luz cálida que invitaba a entrar. Me encaminé sin pensarlo dos veces hasta él.

Traspasar aquella puerta fue como adentrarse en otro mundo. Luz tenue, suave música de jazz ambiental, cómodos sillones y una carta de cafés de varias páginas. La decoración era original. Repartidos de manera desordenada por las paredes, había decenas de cuadros de épocas antiguas. Podías encontrar una estantería con auténticas joyas de la literatura clásica e incluso una zona con juegos de mesa. Sorprendida, me senté en la única mesa que quedaba libre, justo al lado del ventanal.

Era muy agradable sentir el calor que desprendía el local mientras la nieve caía fuera con más fuerza. Coloqué el móvil sobre la mesa, por si recibía el esperado mensaje de Mónica, y me dispuse a disfrutar de un delicioso café irlandés mientras observaba los cuadros que decoraban el local. A los pocos minutos, un chico prácticamente cubierto de nieve hizo su entrada por la puerta. Recorrió la cafetería con la mirada y, al no encontrar un hueco vacío y ver mi mesa que solo estaba ocupada por mí, me preguntó si no me importaría compartirla. He de decir que al principio tuve mis reparos, no soy amiga de compartir nada con desconocidos, pero la cortesía me ganó y accedí.

Dos horas después, charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Hacía un rato que habíamos dejado los cafés para dar paso a las copas. Mi teléfono no paraba de recibir mensajes en los que podía leer el famoso mensaje, «luz verde», incluso varias llamadas de Mónica, que ignoré continuamente. Estaba tan a gusto con aquel chico, que en mi mente la idea de volver al apartamento no tenía ninguna cabida. Las risas comenzaron a ocupar el espacio que había entre nosotros y, sin apenas darnos cuenta, nos estábamos comiendo a besos en aquel cálido rincón de la única cafetería abierta en aquella desapacible noche invernal.

Al cabo de un rato decidí contestar a Mónica. Una sola palabra, «agua». Con eso debía bastar para que fuese ella la que tuviese que salir a buscarse la vida entre la nieve. Arrojé el móvil al fondo del bolso y salimos a la calle sin sentir el frío que nos arropaba mientras caminábamos hacia mi casa, deteniéndonos cada pocos pasos contra la pared de algún portal. En algún momento me pareció escuchar alguna llamada en mi móvil, pero hice caso omiso de ella, toda mi atención estaba centrada en aquel chico de ojos verdes que me llevaba cautivando durante horas.

Mientras subíamos en el ascensor ya iban desapareciendo algunas de las prendas que nos cubrían. Entramos en casa con toda la confianza del mundo, cerrando la puerta a nuestras espaldas y soltando mi pesado maletín, mientras continuábamos besándonos contra ella. Imaginaos el susto que nos llevamos cuando, de repente, se encendió la luz y toda mi familia y amigos gritaron a coro: «¡Feliz cumpleaños!»

Recompusimos lo más rápido que pudimos nuestras ropas y, con una sonrisa de circunstancias, le tomé de la mano para invitarle a mi fiesta sorpresa. ¡Mierda! ¡Mi cumpleaños! Me había olvidado por completo, como siempre. Y es que cuando llega cierta edad, una necesita más agua y menos años.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Amigo de la luna”

 

AMIGO DE LA LUNA
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AMIGO DE LA LUNA

Adrián apenas juega. Hace pocos meses que comenzó a caminar, pero apenas juega. Él se levanta temprano para llegar a la escuela cuando el sol aún no ha roto la intensa oscuridad de la noche. Su mamá se despide de él con un cariñoso beso, un abrazo de los fuertes y una lágrima asomando de sus tristes ojos grises. Su papá hace un buen rato que salió de casa, ni siquiera ha llegado a verle. Así cada mañana.

Cae la tarde y sus amigos van abandonando la escuela. Él les ve marchar felices, en brazos de sus familias, mientras ríen y reciben besos. Adrián nunca dice nada, está más que acostumbrado a ser el último en irse. No es mal lugar la escuela, hay millones de juguetes, podría pasar horas y horas jugando, pero Adrián solo espera en silencio a que mamá venga a recogerle, igual que han hecho las otras mamás.

Solo cuando ya es de noche de nuevo, cuando la escuela está a punto de cerrar sus puertas, llega mamá apurada. Le colma de besos, le achucha en abrazos y Adrián sale, por fin, de la escuela, con una sonrisa de orgullo en los cálidos brazos de su madre. Llegan a casa juntos, papá aún no ha regresado. Adrián quiere jugar con ella, pero siempre hay cosas por hacer. Y ve cómo mamá, con cara de infinito cansancio, pone la lavadora, recoge el fregadero, plancha sus camisetas y comienza a preparar la cena.

A la hora de la cena es cuando papá regresa y él sale corriendo a abrazarle. Resguardado entre sus brazos, es testigo del suave beso que sus papás se dan cada noche. Y Adrián pide jugar, ahora que ya están todos. Pero la cena está lista.  A cenar todos juntos, a lavarse los dientes, mamá le pone el pijama y le lleva a su habitación. De pie, aún en su cuna, espera el beso de buenas noches que los dos juntos van a darle.

Su cuarto está decorado con miles de lunas y estrellas que flotan sobre su cabeza mientras Adrián, poco a poco, va dejando que sus ojos se cierren, presas del cansancio.

Y entonces Adrián sueña, y en sueños llama a la luna. La luna hasta él se acerca. «¿Quieres jugar conmigo?». «Claro», responde la luna, y le entrega un globo rojo que él siempre ata a un extremo de la media luna que aparece en sus sueños. Y la luna sube y baja, y Adrián ríe y ríe, se abraza a su amiga la luna, juega con ella toda la noche, a caballito, al escondite, al pilla pilla, al veo veo. La risa de Adrián se oye en todo el firmamento, hasta que la luna baja y lo deposita suavemente en su cuna. Entonces su madre le despierta, con cariño, con dulzura. Hay que volver a la escuela.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Eterno despertar”

El relato del viernes: “Eterno despertar”

ETERNO DESPERTAR

ETERNO DESPERTAR

Se aproximaban las fechas navideñas y en mi empresa, como cada año, se celebraba la tradicional cena de Navidad. Ese magnífico acontecimiento de compartir comilona y copas con tus compañeros, a los que por supuesto hace tiempo que no ves, y de las que todos nos intentamos escaquear. Aquel año, después de dos años consecutivos sin asistir, acompañados de su correspondiente excusa inventada por completo, no tuve escapatoria.

Se celebraba en un restaurante cercano a la oficina, un tanto alejada de mi domicilio, por lo que no me quedó más remedio que acudir en coche. He de decir que la velada fue mucho más agradable de lo que esperaba, el ambiente fue muy distendido y estuvimos bailando hasta altas horas de la noche.

Tomé mi coche de regreso a casa muy cerca del amanecer, con la confianza que te da ser abstemia y no haber probado una gota de alcohol en toda la noche, salvo un ligero sorbito de cava durante el brindis, entre extraños gestos provocados por su amargor, hacía ya varias horas.

Recuerdo conducir con tranquilidad camino de casa, con los pies insensibles a causa de los tacones y mi música relajante favorita. De pronto, dos focos deslumbrantes invadieron mi carril, abalanzándose sobre mí, sin que mi cansancio ayudase a que pudiera evitar el choque frontal que estaba a punto de ocurrir.

Desperté en una cama de hospital, completamente sola. A mi alrededor había más camas, separadas entre sí por mamparas de cristal, donde otras personas parecían debatirse entre la vida y la muerte. Mis pocos conocimientos acerca de hospitales me llevaban a pensar que me encontraba en una UVI. Intenté levantarme de la cama y lo primero que me sorprendió fue que no me hallaba conectada a ninguna máquina ni tenía ningún suero conectado a la vía que tenía cogida en mi mano izquierda. Me envolví con la sábana, pues mis ropas habían desaparecido.

Las enfermeras pululaban por la sala con rapidez de un lado a otro. Intentaba hablar con ellas, pero ninguna me respondía, estaban demasiado ocupadas encargándose de los otros pacientes. Salí sin que se dieran cuenta al pasillo donde esperaban los familiares. Estaba vacío, no debía ser aún la hora de visita. La luz que entraba por la ventana del pasillo indicaba que habría amanecido al menos un par de horas antes.

Caminé durante un tiempo indeterminado que no sabría especificar por pasillos por completo vacíos. Las salas de espera de las consultas estaban desérticas, no había nadie en ellas. Me quedé sorprendida porque a aquellas horas el hospital debía estar ya en plena acción. Sin embargo, todo estaba vacío, casi abandonado, pues ni el más mínimo sonido quebrantaba aquella paz imperturbable que dañaba mis oídos. Continué caminando, intentando con desesperación encontrar a alguien.

Mis pasos subieron y bajaron escaleras sin encontrar a nadie por el camino. Se adentraron por pasillos solitarios llenos de habitaciones supuestamente ocupadas por enfermos en los que ni siquiera el equipo de enfermería estaba en su puesto.

El vagar de mis pies me condujo hasta un pasillo lúgubre, como sacado de otra época. Parecía como si el tiempo no hubiese pasado por él, pero aún así se hubiera deteriorado. Azulejos de hace varias décadas recubrían sus paredes, parcheados con otros diferentes, pero del mismo tiempo que los anteriores. Este pasillo, que en un principio me había parecido vacío como todos los demás, fue poco a poco abriéndose ante mis asustados ojos. Decenas de personas como yo, envueltas con una sábana deambulaban de un lado hacia otro, mostrando sus caras de agotamiento. Un murmullo general se escuchaba en el ambiente, como si entre todos entonasen una lúgubre letanía.

Salí de allí a todo correr. Aquello era muy extraño. No paré hasta regresar a mi seguro lugar en la UVI. Me sorprendió mucho no hallar tampoco a ninguna de las enfermeras que antes andaban tan atareadas. Algunas de las camas estaban vacías. En otras, cuerpos inmóviles esperaban atención. Volví a mi cama y se me cayó la sábana que me cubría al contemplar mi cuerpo inerte allí tendido, sin ropajes que lo cubrieran pues los había llevado conmigo. Todas las máquinas estaban desconectadas. A los pies de la cama, en mi ficha, pude leer: «Hora de la muerte, 7:45 horas». Ante mis ojos pasaron como flechas las imágenes de lo que había ocurrido hacía unas horas. El coche de aquel conductor ebrio invadiendo mi carril, los faros que se abalanzaron sobre mí, la oscuridad en la que me sumí de inmediato.

Recogí la sábana para cubrirme otra vez con ella y de inmediato supe a dónde debía dirigirme. Al pasillo de las almas que habían perdido la vida en aquel hospital. Desde entonces, mi voz se une a la eterna letanía que, con sumo cansancio, entonamos todos juntos.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.        

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El relato del viernes: “A través de las rejas”

El relato del viernes: “A través de las rejas”

A TRAVÉS DE LAS REJAS

A TRAVÉS DE LAS REJAS

Vivía en el balcón de enfrente. Cerca, muy cerca. La callejuela que nos separaba era tan estrecha que casi podíamos tocarnos las manos. Pero jamás lo hicimos. Las rejas de nuestros balcones siempre estuvieron ahí, impidiendo el contacto.

Yo lo ansiaba tanto como ella, desde niños. Regresaba del colegio con la ilusión de verla aparecer en el pequeño balcón. Allí estaba ella, siempre. Jugábamos mucho juntos, en la distancia que nos mantenía separados, pero también hablábamos mucho. Para cuando cumplimos los quince ya sabíamos todo el uno del otro y, sin embargo, no habíamos estado juntos jamás.

Esa amistad de balcón de nuestra niñez fue dando paso al amor sin que apenas lo notásemos. Volaban los te quieros entre los balcones, estirábamos los brazos todo lo que podíamos para poder sentir el contacto del uno con el otro. Sin embargo, nunca llegamos a hacerlo.

Éramos demasiado jóvenes para tener libertad y demasiado adultos para reconocer lo que queríamos. Durante todo este tiempo, nunca habíamos coincidido fuera del balcón. Yo moría por darle un beso. Ella, por recibirlo. En nuestra ingenuidad de adolescentes enamorados, pensábamos que un día aquellas verjas que nos separaban dejarían de estar allí, que podríamos fundirnos en un gran abrazo, unirnos en un beso y sentir el dulce contacto de piel contra piel. No podíamos estar más equivocados. El destino nos tenía preparado algo por completo diferente.

Una mañana, ella ya no se asomó al balcón. Estuve todo el día esperándola, deseando verla aparecer entre los barrotes que nos aprisionaban a ambos, muriendo por vomitar todo el amor que sentía dentro de mí. Sin embargo, ella no apareció. Ni ese día, ni los siguientes. Llegué a pasar noches enteras en vela asomado a mi pequeño balcón, sin entender qué ocurría, por qué ella había desaparecido de aquella manera. Mi alma se volvió taciturna, me encerraba en mi cuarto a escribir versos por ese amor perdido sin ni siquiera saber el motivo. Fue durante esa temporada cuando escribí mi primer poemario y elegí el que sería mi estilo de vida.

Cuando cumplí los dieciocho, yo era un muchacho bohemio, entristecido, carente de amistades. Dejé todo de lado por la poesía, encerrado en mi cuarto, a menudo apoyado en los barrotes que siempre me separaron de ella, a menudo buscando volver a verla aparecer en aquel  lindo balcón de la casa de enfrente. Dejé crecer mi pelo, mi barba, vivía de recitar poesía por entre los bares de la ciudad.

Aún no sé por qué tardé tanto en reunir el valor suficiente para preguntar por ella. Ya había cumplido los veinticinco y era un alma libre, un simple poeta sin grandes pretensiones que ahogaba sus males de amor en vasos de alcohol y mujeres de mala fama. Me creí curado de su ausencia. Puede que fuese ese el detonante para que me decidiese a acudir hasta su casa y preguntar por ella.

La respuesta que recibí, seca y cortante, como si no aceptaran a aquel joven de aspecto descuidado que se había presentado un día cualquiera en la puerta de aquella casa para preguntar por el pasado, me dejó un sabor agridulce. En menos de quince segundos aquella puerta ya se había cerrado ante mí. Agrio por el destino que había corrido mi amada pero dulce porque había quedado una puerta abierta a mi esperanza.

Removí cielo y tierra hasta que la encontré, pero lo hice. No hay nada como la esperanza y la ilusión para volverse fuerte como un guerrero. Llegué hasta aquella nueva puerta con una nueva energía bullendo en mi interior, pero ni siquiera llegó a abrirse. Solo una pequeña rendija a media altura me mostró unos ojos severos que me escrutaban con frialdad y, con una respuesta tajante, se cerró delante de mí sin siquiera esperarlo.

Ahora vivo frente a aquella puerta. Salen y entran muchas personas al cabo del día, pero nunca es ella. No importa. Las noches son nuestras. Cuando ya es bien entrada la noche y todo el mundo en el barrio duerme, una pequeña ventana de la planta baja, que da a un oscuro callejón por donde nunca pasa casi nadie, se abre para mí. Y cada noche aparece frente a mí el rostro angelical que tanto recordaba, nuestras manos se unen a través de las rejas y, de vez en cuando, un casto beso en los labios reconforta mis ansias de tenerla entre mis brazos. Una última mirada lo dice todo entre nosotros cada noche cuando ella regresa a la intimidad de su cuarto, mientras vuelve a cubrirse la cabeza con el hábito.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Decisiones trascendentales”

El relato del viernes: “Decisiones trascendentales”

 

DECISIONES TRASCENDENTALES
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DECISIONES TRASCENDENTALES

El riachuelo transcurría alegre y lleno de vitalidad en aquella soleada tarde de primavera. Susana estaba sentada en la orilla, dejando que la frescura del agua le empapase los pies y la corriente juguetease con ellos. El sol se reflejaba en su pelo color pajizo, cubierto con una pequeña gorra de scout que había rescatado de uno de los cajones de la cómoda donde guardaba la ropa en su juventud.

Desde su posición podía ver con claridad la colina a la que tantas veces había subido con sus amigos. Tanto de día como de noche. Cuando eran más pequeños, subían con sus bicicletas para lanzarse como si fuesen balas colina abajo. Era una diversión estupenda que siempre terminaba con más de un raspón en manos y rodillas, pero que repetían al día siguiente como si jamás hubiese pasado nada. Cuando fueron creciendo, eran más normales las escapadas nocturnas, donde los cigarrillos a escondidas y los besos furtivos eran los protagonistas. Aquella colina había sido mudo testigo de más de un primer amor.

Susana, sin apenas darse cuenta, ya no veía la colina con nitidez, ni tampoco las transparentes aguas del río donde solía acudir a bañarse de niña. Gruesas lágrimas se atravesaban en su campo de visión, confiriéndole a todo su entorno una vista distorsionada, como si se encontrase dentro de una obra de arte abstracto. Intentó limpiarlas con el dorso de la mano, pero seguían saliendo de sus lacrimales sin orden alguno, cada vez más gruesas, cada vez más dolorosas.

En un primer momento, Susana no supo a qué venían aquellas lágrimas cuando estaba tan a gusto bajo el sol del pueblo y sumida en los bonitos recuerdos de su niñez y su infancia. Pero, raudo como un rayo, vino a su mente el verdadero motivo por el que se encontraba allí, así como la causa de tan desoladoras lágrimas. Estaba a punto de morir, aquello no tenía vuelta atrás. Aquella sería la última vez que visitaría su río, su colina, su pueblo, su amor… El llanto se hizo cada vez más amargo.

En la lejanía, unos muchachos jugaban un partido de baloncesto. Sus gritos y risas eran de alegría, de júbilo, del que tiene toda la vida por delante y disfruta del momento. A Susana le causó una tremenda envidia aquella situación. No entendía cómo la vida podía ser tan cruel a veces, sesgando aquellas de personas inocentes que todavía tenían mucho que disfrutar durante muchos años por delante. No entendía por qué tenía que ser ella y no otra persona. Le dolía pensar así, pero era lo que siempre se preguntaba. ¿Por qué? ¿Por qué yo y no otro?

En busca de un pañuelo para enjugarse las lágrimas, encontró en su bolsillo la llave de la vieja nave que su familia había tenido a la otra orilla del río. No se lo pensó dos veces. Aquella iba a ser su última oportunidad de adentrarse en ella, así que cruzó el río saltando con agilidad sobre las piedras, como cuando era pequeña, y en menos de un minuto se encontraba frente al inmenso portón. Sacó con cuidado la llave del bolsillo, la introdujo en la cerradura y la puerta cedió pesadamente, haciendo un grave sonido metálico al abrirse, como si estuviese emitiendo un quejido.

El interior de la nave estaba fresco, por lo que Susana se tuvo que abrigar con la rebeca que llevaba anudada a su cintura y que antes, bajo el sol, no había necesitado. Allí dentro todo seguí tal cual lo recordaba. El gran tractor verde con sus enormes ruedas, que seguían siendo igual de enormes que cuando ella marchó de allí, fue el primero en saludarla. Los depósitos para el grano se sucedían a lo largo de la nave, vacíos desde hacía año, cubiertos de óxido y llenos de malas hierbas, que habían crecido sin pedir permiso en los lugares más insospechados.

Durante unos instantes, Susana comenzó a sentir una fuerte opresión en el pecho, lo que en un principio confundió con lo que sería el fin de su vida. Pero no era así, era aquella nave, tan amplia y a la vez tan cerrada, la que le oprimía desde dentro, obligándola a salir corriendo hacia la puerta entreabierta. Una vez fuera, con la respiración agitada y ya disfrutando de los rayos de sol sobre la cara, se dejó deslizar por la puerta metálica hasta quedar sentada en el suelo. Permaneció allí hasta que logró recuperar la respiración.

Allí sentada, la melancolía la invadió de nuevo. Recordó como antaño aquella nave semi abandonada había sido uno de los mayores depósitos de trigo de toda la comarca. En ella se molía el trigo para convertirlo en harina. Su familia poseía una importante industria harinera. Desde el fallecimiento de sus padres, nadie había querido ocuparse del lugar, que cada día moría un poquito más.

«Ya no sé ni quién soy», pensó Susana mientras entrecerraba los ojos a causa del sol, cada vez más bajo. La depresión en la que estaba sumida, junto a la enfermedad terminal que le habían diagnosticado, se manifestó en el momento menos oportuno. Había ido allí a llevarse un último recuerdo de la tierra que la vio nacer y ahora lo único que sentía era el inevitable deseo de que fuese aquella tierra también la que la viese morir.

Comenzó a faltarle el aire de nuevo, a pesar de encontrarse fuera de la nave. Una imagen comenzó a tomar forma en su cabeza. Una idea muy atractiva para su enfermiza mente, acorde con su enfermizo cuerpo. Comprobó que junto a la llave de la nave aún se mantuviese la llave del viejo tractor. Tuvo suerte, allí estaba. Solo quedaba esperar que algo de gasolina quedase en el viejo depósito. Podía haberse evaporado perfectamente debido al tiempo transcurrido. Sin pensarlo más, subió al tracto e intentó el arranque. Deliciosa música para sus oídos aquel runrún que hacía tantos años que no escuchaba.

Abrió por completo la puerta de la nave y salió montada en el tractor, recorriendo los caminos de la tierra a la que pertenecían sus raíces. Parecía estar disfrutando de un paseo bajo el sol, y varias personas con las que se cruzó la saludaron con amabilidad, saludos a los que ella respondió con una sonrisa auténtica. Solo ella sabía hacia dónde se dirigía. Faltaban apenas unos metros y su corazón estaba pletórico. Estaba convencida de haber tomado la decisión correcta.

Llegó a aquel punto del camino en el que, o bien tomabas la cerrada curva a la izquierda que continuaba el camino, o bien continuabas un recto caminar por entre las tierras baldías hasta llegar a la zona más honda del río. Susana tuvo que elegir el camino, aunque dicha elección ya la tenía tomada desde hacía tiempo, cuando estuvo sentada contra la puerta de la nave. El tractor evitó tomar la curva, atravesó un precioso campo de amapolas y continuó en dirección recta hacia el río. Cayó al agua mientras Susana mantenía una bella sonrisa en su rostro, sabiendo que al fin ella había sido la que había elegido el momento y no su maldita enfermedad y que, además, descansaría en la tierra que la había visto nacer, crecer y enamorarse.

Mientras observaba el agua densa que la rodeaba y se introducía dentro del tractor y de sus fosas nasales, amplió la sonrisa, tomando una mayor bocanada de agua. Sí, sin duda, esa era la mejor decisión que había tomado en toda su vida.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Conversación estelar”

El relato del viernes: “Conversación estelar”

 

CONVERSACIÓN ESTELAR
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CONVERSACIÓN ESTELAR

La mamá y su pequeña hija llevaban desde el amanecer sobre la arena de la playa y ahora, en las horas centrales del día, cuando el sol repartía sus rayos con mayor intensidad, la pequeña comenzó a protestar:

—Mamá, me estoy quemando —dijo la pequeña estrella, tumbada desde hacía horas sobre el calor de la arena.

—Espera, hija, que estás todavía muy blanca —le respondió su mamá.

—Pero mamá… ¡me estoy quemando!

—De eso se trata, cariño. Tienes que conseguir este bonito tono dorado que tengo yo. ¿Acaso no te gusta?

—Sí, pero… ¡esto es un sufrimiento! ¡Y encima me estoy quedando completamente seca! ¡Vamos a morir aquí, mamá!

—Tranquila, pequeña, que nosotras somos fuertes y podemos resistir muchas horas sin agua, no como los peces, que en cuanto les sacan del mar ya están boqueando y comienzan a morir.

—¿Sabes? Hay veces en las que me gustaría ser un pez. Hay algunos tan bonitos… tienen unos colores tan preciosos…

—Nenita, nosotras, las estrellas, somos mucho más preciosas que ellos. Y más valiosas. Verás cuando tomes el color bronce cómo te ves mucho mejor.

—Ya, mami, pero aun así… Tengo muchas dudas. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué tengo que tomar el sol? ¿Por qué necesito ponerme dorada? Y, sobre todo, ¡¿cómo se supone que vamos a regresar al mar?!

La pequeña estrella, que ya comenzaba a adquirir ese bonito tono dorado que ya tenía su madre, estaba tomando también un tono enrojecido por el enfado que se estaba gestando dentro de ella. Mamá estrella suspiró y emitió una pequeña sonrisa, que quedó oculta bajo su superficie aboral. Todavía recordaba su etapa de adolescente rebelde, cuando nada de lo que hacían sus padres le parecía bien. Le habló a su hija con el mayor cariño que una madre puede ofrecer:

—Pequeña, las estrellas podemos vivir en muchos lugares, entre ellos la arena. Siempre he pensado que es bueno para nosotras cambiar de hábitat de vez en cuando y eso es algo que no es fácil de conseguir. Sé que estabas muy cómoda en nuestro bello arrecife de coral, pero hemos sido muy afortunadas por que aquella corriente nos arrastrase y una ola nos lanzase a la orilla.

La pequeña estrella puso cara de aburrimiento. Ya estaba esperando otra de las interminables charlas de su madre, que conocía de memoria. Decidió acomodarse en su posición, ahondando un poco más en la arena en busca de un frescor que no se dejaba sentir con facilidad y cerró los ojos. Su madre continuaba hablando:

—Así podemos pasar unas horitas de tranquilidad en la playa. Es cierto que si nos pasamos, moriremos por la falta de agua, pero seguro que en breve sube la marea y nos devuelve a nuestra casa. Y ya de paso, coges color, niña, que estás muy pálida y así no vas a encontrar novio, que ya vas teniendo edad…

Ante el cambio de tema, la pequeña estrella no aguantó más, se desenterró todo lo que pudo de su cómodo sillón escarbado en la arena, y explotó en un ataque de ira:

—¡Basta ya, mamá! ¿Cuándo vas a dejar de decirme lo que tengo que hacer? ¡Te he dicho cientos de veces que no quiero tener novio! Cuando quiera, me reproduciré por gemación y punto.

La mamá estrella quedó callada y compungida. Quería que su hija formase una familia tradicional, como la suya, pero la pequeña estaba empeñada en hacerlo sola. «Quizá deba dejarla hacer lo que quiera y que ella misma sepa si se está equivocando o no», pensaba. Ninguna de las dos pronunció palabra alguna, a pesar del llanto callado de la madre, cosa nunca vista antes en una estrella de mar, y del enfado colosal de la hija, que no hacía otra cosa que removerse incómoda en el sitio, buscando alguna zona de arena mojada que sofocase su calor.

Las horas pasaban y la marea no subía. Las dos estrellas continuaban juntas, pegadas la una a la otra, pero sin hablarse. Mamá estrella sabía que disponían de poco tiempo para poder regresar al mar o morirían allí las dos, pero era incapaz de decírselo a su hija. Veía la ira en su mirada y en cuanto abriese la boca se la haría callar de inmediato. Así era el genio adolescente. La pequeña estrella intuía que algo no iba bien, cada vez se sentía peor, más seca y mareada, el mar no se veía aproximar por ningún lado. Pero no iba a rebajarse a pedir ayuda a su madre, ella que siempre se las había dado de independiente.

Las dos estrellas se miraron durante un instante. Ambas sabían la suerte que iban a correr, morirían allí sobre la arena. Solo disponían de escasos minutos para regresar al mar y salvarse, pero nada podían hacer. La mirada de la hija se relajó, ofreciéndole a su madre el consuelo que aquella le estaba ofreciendo a ella. Ambas comenzaron a estremecerse, en una suerte de estertores predecesores de la muerte.

Un turista que pasó por su lado, vio aquellas dos preciosas estrellas temblando sobre la arena. Madre e hija se miraron con un deje de esperanza. «Por favor, que nos lleve al mar, que nos lleve al mar», suplicaban las dos al unísono en un forzoso silencio. Todas sus esperanzas se vinieron abajo cuando sintieron cómo fueron introducidas en un bolso de mimbre, ahogando toda posibilidad de salir con vida de allí, ahogándolas en vida.

De esta historia han pasado ya tres largos años. Tres años en que madre e hija permanecen unidas, con la mirada de desesperación enquistada la una en la otra, mientras presiden el estante de honor en un pequeño salón de un rancio piso de ciudad.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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