El relato del viernes: “¿Volamos?”

El relato del viernes: “¿Volamos?”

 

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Imagen: Morguefile

 

 

¿VOLAMOS?

Caminaba por desiertos solitarios llenos de arena, viendo espejismos ilusionistas de gran belleza. Me hipnotizaban, no podía dejar de mirarlos e intentar llegar a ellos. Pero por más que intentaba alcanzarlos, se desvanecían en el aire como por arte de magia.

Mi única opción en esos momentos era seguir caminando por las cálidas arenas del desierto, sin vegetación, lleno de inmensas dunas que cada vez me resultaban más costosas de subir. Y también de bajar.

Comenzaba a hablar solo. La falta de compañía había empezado a hacer estragos en mí, más incluso que la falta de alimento o de agua. Tenía conversaciones conmigo mismo sobre el final que tendría aquel extraño viaje que había emprendido. Finales felices aparecían de forma constante en mi mente, y yo me los contaba en voz alta. Incluso me respondía a mí mismo. Había una parte de mi ser completamente escéptica a aquellos finales y otra que, por el contrario, creía en ellos con profusión.

Mi cuerpo comenzaba a mostrar las primeras marcas de la desolación en la que vivía. Las ropas me quedaban grandes a cada paso que daba. El rostro, cada vez más demacrado, por lo que podía observar a través del tacto, ya que no disponía ni de un mísero espejo para mirarme. Una incipiente barba comenzaba a asomar, áspera, ruda.

Creo que solo llevaba unas horas caminando por aquel inmenso desierto. Mi mente había olvidado por completo el motivo por el que me encontraba allí, pero tenía un pensamiento recurrente acerca de un final feliz.

Las aves rapaces sobrevolaban en el cielo, siguiendo mi paso, intuyendo que podría consistir su posible alimento de aquel día, o del día siguiente a lo sumo. No tenía agua, y la sed me consumía. Sentía la quemazón en la garganta seca por ausencia del  preciado líquido.

Y cada vez que aparecía ante mis ojos un precioso eclipse, mis ojos se iluminaban, mi parte positiva comenzaba a hablar con la parte negativa. ¿Ves? Te lo dije. Que este sufrimiento no tardaría mucho en acabar. Al fin y al cabo yo no había hecho nada para merecer aquello. Pero una vez más el oasis desaparecía y la parte negativa tomaba la voz cantante. ¿Ves? Te lo dije. Que de esta no salimos. De mis ojos ya no podía brotar ni una sola lágrima.

El cielo se oscureció de pronto. Me llamó mucho la atención, ya que no había podido contemplar la puesta de sol, sin duda un excelente espectáculo que disfrutar, aun en las condiciones en las que me encontraba. Pero no, el sol se escondió en décimas de segundo y la oscuridad se cernió sobre mí. Aquel desierto, durante la noche, era oscuro como la boca de un lobo, por lo que seguir caminando ya no tenía sentido alguno. Me acurruqué contra la ladera de una duna y me dormí con rapidez. El cansancio era excesivo y se notaba.

La noche fue agitada, los sonidos de las aves rapaces sobre mi cabeza seguían allí, aunque yo no pudiera contemplarlas. Pero, al parecer, ellas no habían perdido de vista su objetivo. Los sonidos más tenues rompían mi sueño con facilidad, susurros en la arena, quizá alguna lombriz deslizándose, ¿o una serpiente? No tenía ni idea de la fauna que escondía aquel pantagruélico desierto, ya que durante el día parecía no haber ni una sola vida sobre aquellas tierras. Nada más las carroñeras del aire. Hacía frío por la noche, pero no tenía nada con lo que cubrirme. Eso también interrumpía mi sueño. Lo que me faltaba, morir congelado, antes que de inanición o de sed.

La mañana llegó mucho antes de lo esperado. Y, al igual que la noche, lo hizo de repente, sin previo aviso. Un sol cegador y abrasador ya estaba sobre mí cuando decidí recuperar el camino hacia ningún lugar en concreto. Solo llevaba alrededor de una hora caminando, cuando vislumbré en el horizonte unas grandes rocas con un hueco entre ellas. ¿Qué esconderían detrás?

Mi pensamiento positivo daba saltos de alegría, por fin íbamos a llegar a un lugar donde comer, beber y darnos una buena ducha. Mi pensamiento negativo, en cambio, insistía en que todos los esfuerzos que hiciéramos serían inútiles, porque aquellas grandes rocas se desvanecerían a medida que nos fuésemos acercando.

Pero no lo hicieron. Llegué hasta ellas como pude, caminando renqueante, arrastrándome en ocasiones, y no se desvanecían. Continuaban allí, cada vez más cercanas. Hasta que llegó el momento en el que nos encontrábamos a sus pies. Mi alma quedó desolada cuando pude comprobar que no había ninguna forma de vida allí, ni alimento, ni ningún manantial con el que saciar mi sed, que ya era tan fuerte que casi me impedía respirar con normalidad. Además del calor abrasador que seguía calando mi ya escuálido cuerpo. Al menos a la sombra de aquellas rocas encontraría algo de alivio.

Después de un pequeño descanso a la sombra, me dispuse a asomarme por el hueco abierto entre ellas. Mi boca se abrió automáticamente, sin que mi derretido cerebro tuviese necesidad de darle orden alguna. Al otro lado había un gran abismo. Pero en el fondo del mismo todo eran vergeles, manantiales, animales, incluso quise adivinar un pequeño poblado.

Sin dudarlo dos veces, me lancé al abismo. Y volé. Volé hacia abajo más deprisa de lo que jamás hubiese podido imaginar. Estaba volando hacia la libertad. ¿Queréis volar conmigo? ¿Volamos? ¡Volemos!

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Llegó la hora”

El relato del viernes: “Llegó la hora”

 

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Imagen: Morguefile

 

 

LLEGÓ LA HORA

 Hace tanto tiempo que estoy esperando este momento que ahora mismo tengo los nervios a flor de piel. Por fin, llegó la hora. Esa que llevo esperando desde hace más o menos un año. Creo que he soñado todas y cada una de las noches con que llegase este momento y, por fin, ha llegado.

Salgo al exterior de mi pequeña casita de alquiler y, por primera vez en mucho tiempo, no oigo coches circulando a gran velocidad a mi alrededor, no exhalo el humo que todo lo recubre, nadie me acosa intentando venderme algo, no hay voces en torno a mí. Al contrario, el ambiente es calmo y relajado. Una pequeña bruma me impide ver el horizonte, pero no me importa. Ya sé lo que hay detrás. Oigo los pájaros cantar alegres en los árboles, incluso un gallo despertando a la comunidad.

Se me eriza la piel ante tal maravilla de despertar. Hacía mucho, muchísimo, demasiado tiempo que no disfrutaba de algo así. Disfruto de esa sensación que tenía casi olvidada durante unos minutos, pero algo en mi interior me pide disfrutarla contigo. Así que me adentro en la casita y, con ternura, te despierto. Tú abres tus hermosos ojos hinchados por el sueño y sonríes de esa manera tan pícara que conozco bien. Así que me dejo llevar, el exterior podrá esperar unos momentos más, no se va a mover de ahí.

Nos fundimos entre besos y caricias. Mi ligero pijama ha desaparecido como por arte de magia, ni siquiera me he enterado de cómo ha pasado, pero  lo cierto es que me encuentro por completo desnuda bajo tu cuerpo, igual de desnudo que el mío. Nos amamos con calma, en silencio, casi con temor de interrumpir el mágico momento que se ha instalado entre nosotros. Ahogas mis gemidos con tu boca y así, en silencio, entre besos y susurros, llegamos al culmen con serenidad.

Ahora sí, tras una ducha rápida, tiro de ti suavemente hacia el exterior. Quiero compartir contigo el momento que he vivido yo hace unos instantes. La bruma ha desaparecido y un sol brillante luce sobre el cielo azul intenso, como si le hubiésemos despertado con nuestras manifestaciones de amor, a pesar de toda nuestra prudencia. Aún no hemos intercambiado ninguna palabra, no hace falta. Y en el exterior, el único sonido que se escucha sigue siendo el trino de los pájaros.

Compartimos un cigarrillo mientras nos recreamos en la sensación de bienestar que nos recubre por completo. Abrazados, aspiramos el aroma del ambiente, entremezclado con el aroma de nuestro cigarro. Solo el trino de los pájaros y nuestros besos irrumpen el silencio.

Ahora sí, ya que hemos disfrutado de nuestro momento, podemos hablar y te apremio a tomar un buen desayuno para recuperar las fuerzas perdidas a primera hora de la mañana. Pienso disfrutar de este día al máximo, bien sé que esta sensación, la de la primera vez, no se vuelve a repetir.

Caminamos descalzos por el camino que sale de un lateral de nuestra pequeña casita. Cogidos de la mano, como los eternos amantes, avanzamos sobre las tablas de madera que nos acercan al destino tan ansiado. Otro silencio se ha vuelto a instalar entre nosotros. Es temprano. Aún no se oye actividad. Es, simplemente, maravilloso.

Cuando llegamos al final de la pasarela de madera, te miro con una gran sonrisa. Llegó la hora. Tú me la devuelves y me incitas a avanzar, con una ligera palmada en mis nalgas. Poso mi pie descalzo sobre la arena, por fin. Haces lo mismo y te colocas a mi altura. Soy incapaz de evitar un nuevo beso cuando, por fin, contemplo frente a nosotros el mar.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Alba, la bruja y Juanito, el sapo”

El relato del viernes: “Alba, la bruja y Juanito, el sapo”

 

ALBA, LA BRUJA
Imagen by Asier. Protegida.

 

 

Este relato surge como respuesta a la petición de algunos de vosotros por una continuación de “Alba, la bruja”. Ya sabéis que estoy abierta a todo tipo de peticiones. Espero que os guste.

 

ALBA, LA BRUJA Y JUANITO, EL SAPO

 Como recordaréis, Alba se trataba de una niña totalmente normal y corriente que vivía en un pequeño pueblo de la sierra madrileña. Su pasión por la lectura, la llevaba a esperar con impaciencia al bibliobús que, cada sábado por la mañana, llegaba a la plaza de su pueblo. En el último viaje del bus, el conductor le regaló un libro de magia, de la buena, de magia de verdad. En cuanto la niña tocó el libro, solo con ese gesto, su larga cabellera morena se transformó por completo en naranja. Y así fue como Alba se transformó en una brujita de verdad.

Al principio todo era muy divertido, recogía su habitación con tan solo pronunciar unas palabras y realizaba los deberes en segundos. Las hojas se iban rellenando solas a una velocidad de vértigo. Los problemas comenzaron a llegar cuando ya no soportó más a uno de sus compañeros de escuela,  estaba llamándola continuamente “Alba, la Bruja”, y en un arrebato le convirtió en sapo. El chaval estaba la mar de gracioso, porque era un pequeño sapo vestido con la ropa que llevaba puesta el muchacho pero en un tamaño minúsculo. Era gracioso de verdad, y toda la escuela se partía de la risa.

Pero a la hora de la verdad, cuando Alba consideró que ya había tenido suficiente castigo y quiso devolverle a su forma habitual, ya no tenía la manera de hacerlo. Por más que buscó y rebuscó en su libro de magia, en ninguna página encontró la manera para revertir  un conjuro. Menudo revuelo se formó en el pueblo. Los padres del muchacho golpeaban con insistencia la casa de Alba, con el su pequeño hijo-sapo guardado cuidadosamente en un bolsillo de la camisa.

Alba no sabía hacer otra cosa que llorar. Lo único que se le ocurría era esperar a que llegase el bibliobús el sábado y allí estuviese la solución a revertir los conjuros que había utilizado. Pero todavía estaban a miércoles y aquel pobre muchacho ya se habría convertido en el hazmerreír de su pueblo durante años, incluso se ganó un mote, “el sapo”.

No volvió a ir a la escuela en toda la semana, no fuese a empeorar las cosas. Pero estaba tan nerviosa, que cualquier frase que pronunciaba le salía un conjuro de los que había aprendido en el dichoso libro que tanta felicidad le había proporcionado en su día. Así, su perro se volvió rojo, y por muchos baños que le dio, no fue capaz de quitarle el color. Su madre terminó con el pelo totalmente blanco, y los muebles de la casa se recolocaban solos cuando les apetecía.

Aquel que parecía su sueño se había convertido en una auténtica pesadilla. Los remordimientos que sentía Alba eran impresionantes. ¿Pues qué clase de bruja era ella, que ni siquiera sabía revertir un hechizo? Estaba claro que aquello no era para ella. Pero lo cierto es que había adquirido los poderes con solo tocar el libro, fue cuando el pelo se le tornó de color naranja. ¿Qué podía hacer ahora?

Cuando el bibliobús llegó al pueblo el siguiente sábado por la mañana, Alba llevaba ya tres horas esperándole, desde mucho antes del amanecer.

—¿Pero qué te ha pasado, muchacha? —le preguntó Andrés, el conductor habitual—. ¿Te ha dado ahora por la moda esa de teñirte el pelo?

—Ni me hables, Andrés. Fue el libro de magia que me trajiste la semana pasada. Nada más tocarlo se me volvió el pelo naranja. Pero lo peor es que he estado lanzando algunos hechizos y no tengo la menor idea de cómo revertirlos. ¡El miércoles convertí a Juanito en un sapo!

—¿Pero qué te hizo el pobre chaval para que le convirtieses en sapo? Bueno, mejor no pregunto —. Andrés se giró sobre sí mismo y extrajo del bolsillo trasero de su asiento un libro muy similar al que le había entregado la semana pasada —. Creo que aquí encontrarás la solución a todos tus problemas. Perdóname, es que la semana pasada se me olvidó traerte este también. Por cierto, son un regalo.

Alba no se lo podía creer. En aquel libro, que era como una continuación del anterior, se explicaba detalladamente cómo revertir cualquiera de los hechizos que enseñaba el primer libro. Lo único que al tocarlo, su pelo no volvió a su color natural. Se quedó naranja para siempre.

Besó a Andrés con efusividad y ni siquiera se detuvo a mirar el contenido del bibliobús. Salió corriendo a casa de Juanito y, aunque la recibieron con malas maneras, al final todos le dieron las gracias por volver a convertirlo en niño. Eso sí, el apodo ya le acompañaría hasta el final de sus días.

De esta manera, con la serie de libros de magia completa, Alba se convirtió en una auténtica bruja. Los habitantes del pueblo empezaron a acudir a ella para que les resolviese problemas o les curase enfermedades. Ella  hacía siempre lo que podía, para algunos no tenía ningún hechizo que ofrecerles.

Pero lo mejor era que ahora sí que podía hacer trastadas, sabiendo que luego podría encontrar la solución.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Con el viento a mi favor”

El relato del viernes: “Con el viento a mi favor”

 

CON EL VIENTO A MI FAVOR
Imagen tomada de la red

 

Este texto está dedicado a una persona muy especial que me pidió un relato sobre esta temática, ya que siente pánico al viento. Esto es lo que ha salido. Espero que te guste.

 

CON EL VIENTO A MI FAVOR

Carlos y yo salimos a pasear todas las tardes. Me encantan esos paseos con él, los dos juntos, compartiendo nuestros días. Solemos salir abrazados desde casa y no nos separamos en todo el tiempo que dura el paseo. Intercambiamos mil besos, mil paradas en el camino para demostrarnos nuestro amor.

Pero desde hace unos días, no salimos juntos a pasear. Un intenso viento ha llegado a la ciudad, parece que con intenciones de quedarse, y lleva ya varios días azotando nuestro barrio. A mí me encanta el viento, pero a Carlos no. Le da miedo. Parece increíble que un hombre como él, grande como un castillo, tenga miedo de un fenómeno meteorológico tan simple como es este, pero así es. Por ello, ya no quiere salir a pasear conmigo. Siempre me dice que si con tanto viento nos puede caer algo encima y matarnos, mira que ha sido siempre catastrofista este hombre. Yo siempre le respondo que si se queda en casa también puede dar un resbalón, darse un mal golpe y adiós, pero no logro convencerle.

Durante unos días, he dejado de salir a pasear, para permanecer en casa con él. Me he estado sentando cerca de la ventana y observando cómo el viento agita las ramas de los árboles, molesta a los pequeños pajarillos que quieren dormir entre ellas, revuelve la melena de las muchachas que salen juguetonas al parque, y revoluciona cualquier cosa que hay en la acera.

Pero a mí el viento me parece un elemento maravilloso, así que he vuelto a salir a mi paseo diario, pero sin Carlos. Sentir el aire en la cara es una delicia, mis cabellos se revuelven enloquecidos, como si tuvieran vida propia. Una enorme sonrisa ilumina mi rostro cuando cierro los ojos y dejo que el viento me golpee. ¡Me siento viva! Es una sensación extremadamente parecida a cuando dejo caer las gotas de lluvia sobre mi cara. ¡Siento que estoy viva! Eso me pasa al igual con el viento.

Miro el cielo, en el que unas pequeñas nubecillas viajan a toda velocidad. El viento las empuja, igual que empuja la capa de contaminación que cubre nuestra ciudad, haciendo el aire mucho más sano y respirable. Por unos instantes, me detengo a pensar si el viento estará alejando las nubes de aquí o, por el contrario, estará entretenido enviándonos nubes más grandes que descarguen su fresca lluvia sobre nosotros. En cualquier caso, le doy las gracias al viento por el trabajo que realiza.

De vuelta de mi paseo, el viento se sitúa a mi espalda. Me hace avanzar a un paso presuroso, siento la sensación de que en cualquier momento podría comenzar a volar. Y eso me hace sentir libre. El parque, el viento y yo, tres elementos en libertad. Mi pelo se conduce solo con fuerza hacia adelante, casi tapándome el rostro, como si quisiera ser el primero en iniciar el vuelo. La experiencia es maravillosa.

Cuando llego a casa, Carlos está sentado en el sillón viendo un absurdo programa de televisión, uno de esos que te aliena y te absorbe el cerebro, como me gusta decir. Mi sonrisa no puede ser más amplia, y él se percata de ello en décimas de segundo.

—¿Se puede saber qué ha pasado para que vengas tan feliz? —me pregunta, con una media sonrisa.

—Nada —, le contesto—. El viento, que estaba a mi favor hoy.

Sé que le he dejado con una gran incógnita con mis palabras. Por eso no me ha sorprendido nada cuando hoy, ya pasada la noche en la que se oía el ulular del viento a través de las ventanas, ha sido él el que me ha agarrado de la mano y, tirando de mí, me ha dicho:

—Ven, ayúdame a conocer la magia del viento, esa que te produce esas sonrisas tan auténticas. Muéstrame tu felicidad.

Sin mediar palabra, hemos salido los dos a la calle, corriendo, gritando como dos niños pequeños, dejando que el viento nos empujase, sintiéndonos libres, girando, y riendo. Sintiendo como el viento nos hacía sentir realmente vivos.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¿Cómo describirte?”

El relato del viernes: “¿Cómo describirte?”

 

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Imagen: Pixabay.com

 

 

¿CÓMO DESCRIBIRTE?

Hace ya bastante tiempo que me pidieron, desde el departamento de Recursos Humanos, una descripción tuya. Básicamente se trataba de definirte bajo mi punto de vista, bajo la perspectiva que tenía yo de ti en aquel momento. Ya sabes, esas chorradas que están ahora tan de moda en las empresas. Nos conocíamos desde hace poco tiempo, pero yo ya tenía una descripción clara y precisa acerca de ti. Sabes que nunca he escatimado en detalles, así que imagínate la descripción que les di. Exactamente, la misma que les daría si me lo estuviesen preguntando en este exacto momento.

Por ejemplo, si ahora mismo me pidiesen una descripción tuya, ¿cómo describirte? Yo diría que eres como una sensación que te recorre por completo, al tiempo que te va anulando poco a poco, o a veces de forma demoledora. Después de pasar un tiempo contigo, termino exhausta, apagada, dolorida, y sin ganas de nada. Hay veces que solo me basta un pequeño ratito para sentirme así. En otras ocasiones, aguanto un poco más.

Esa sensación es tan desagradable, que yo no se la desearía ni a mi peor enemigo, fíjate lo que te digo. Creo que a estas alturas ya habrás adivinado que mi estima por ti nunca fue demasiado alta y que, a día de hoy, sigue sin serlo.

Te describiría como una corriente eléctrica que recorre determinada parte de mi anatomía y que me hace doblarme por completo, sucumbir ante ti. Ni siquiera remedios externos han sido capaces de acabar con esa sensación eléctrica que hace que se me ponga el vello de punta, me refiero a medicamentos, claro está.

Y es que esa corriente eléctrica tiene una curiosa propiedad, la de joderte la vida hasta límites desconocidos para mí hasta aquellos momentos. Ya te digo que la sensación me anula, evita que pueda responder con coherencia, me siento por completo indefensa ante ti.

Solamente la ayuda médica ha podido suavizar levemente los estragos que tu paso por mi vida ha causado en mí, a diversos niveles. Hoy estoy pasando un día realmente cruel en ese sentido.

No sé si por mi descripción te habrás hecho ya una idea de cómo te definiría. Imagino que sí, aunque tampoco destacaste nunca por tu excesiva inteligencia para captar los mensajes. Pero sí, hay una situación muy concreta que se aproxima peligrosamente a lo que tu presencia supone para mí.

¿No lo sabes? ¿Aún no lo has pillado? ¿No llegas a imaginarlo? Pues entonces es el momento de soltar todos los tapujos, y decirte de una vez por todas cómo te definiría. Seguro que muchas de las personas que habrán leído esto, sí habrán llegado a la definición exacta de tu persona. Por si acaso, os voy a dar una última pista. Al verte, mis manos cubren parte de mi cara dolorida, como si me hubiese llevado un golpe en un ring de boxeo.

Porque, ¿sabes lo que eres para mí? Un puñetero dolor de muelas.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El viejo roble”

El relato del viernes: “El viejo roble”

 

EL VIEJO ROBLE
Imagen: Morguefile

 

 

EL VIEJO ROBLE

Todas las mañanas iba a sentarse a la sombra del viejo roble que había en el fondo de su jardín. Era su rincón preferido cuando quería estar a solas, desde que era pequeñita. Se sentía resguardada bajo sus grandes y frondosas ramas, que proyectaban una gran sombra a su alrededor.

Nunca había faltado a su cita con el viejo roble. Desde que tuvo uso de razón, recordaba esos momentos a solas con él. Cuando era una niña, le cantaba canciones y le contaba cuentos. Era como una especie de amigo imaginario. Y el viejo roble siempre la escuchaba.

En la adolescencia, se refugiaba bajo sus ramas y le hablaba de sus primeros amores. En su tronco quedaron para siempre talladas las iniciales de los novios que, en su ingenuidad, pensaba que serían para siempre. Debajo del gran árbol estudiaba, leía y, sobre todo, escribía. Esa era su gran pasión. La escritura. Tenía un cuaderno lleno de poemas que iba escribiendo siempre bajo la sombra de su árbol, en su rincón particular. Nunca escribía si no era allí. 

Nunca le importó si hacía frío o calor. En los duros meses de invierno, cuando el frío arreciaba aunque en su zona no solía nevar, se acompañaba de una inmensa manta que arrojaba sobre el suelo y se sentaba sobre ella, asegurándose siempre de cobijar una parte de su viejo amigo. Incluso si los días salían lluviosos, tampoco faltaba a su cita, pues la frondosidad de las ramas era más que suficiente para protegerla de la lluvia. En cambio, durante los meses de verano, cuando el calor era tan sofocante, el roble la protegía con su sombra y mecía sus hojas para proporcionarle una brisa refrescante.

El pie del viejo roble se llegó a convertir en un lugar necesario para su existencia. Era incapaz de dejar pasar un día sin pasar un rato a solas con él, hablándole, leyendo, escribiendo o, simplemente sumida en sus pensamientos. Junto a él había tomado muchas decisiones que habían sido muy importantes en su vida. Y sentía como si el gran árbol le diese el visto bueno en algunos casos, o le reprochase algo en otros.

Cuando le detectaron la grave enfermedad, se dio cuenta de que solo necesitaba estar con su amigo el roble. Él fue quien la consoló, el que recogió sus lágrimas y alimentó sus raíces con ellas, el que sintió sus abrazos, cuando no le apetecía abrazar a nadie más. Solo tardó unos días en aceptar su destino y quiso vivirlos en su rincón, sin compañía.

Cada día que pasaba se notaba el avance inexorable de la enfermedad, y a la par lo iba sintiendo el gran viejo roble. Sus hojas se iban caducando a medida que avanzaban los días, a pesar de encontrarse en plena primavera.

Un día, temprano en la mañana, alguien a quien nunca había visto el viejo roble llevó a su amiga en una silla de ruedas hasta él. Ya no tenía fuerzas ni para caminar. El viejo árbol sintió cómo algo se le quebraba por dentro. La savia no circulaba por sus ramas, apenas llegaba a subir unos metros por su tronco. Ella lo abrazó, a su fiel compañero, mientras iba perdiendo las escasas fuerzas que le quedaban. Y con aquel abrazo el árbol lloró. Lloró la poca savia que circulaba en su interior y se encontró por primera vez vacío. Los ojos de su amiga se cerraron y sintió cómo los suyos se cerraban también.

Cuando su familia fue a buscar a la muchacha, la encontraron abrazada a un árbol muerto. Un árbol que había perdido toda razón para vivir.

Ana Centellas. Junio 2017, Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El tríptico de mi vida”

El relato del viernes: “El tríptico de mi vida”

 

EL TRÍPTICO DE MI VIDA
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EL TRÍPTICO DE MI VIDA

Estoy cansada de este hálito de tristeza que lo recubre todo: mi vida, mis escritos, mis pensamientos… He sufrido mucho, lo sé. Siento mi vida como un tríptico quebrado que representaba las esperanzas de lo que pudo ser y no fue. Y después abandonado en el rincón más oscuro de una vieja mansión.

Mi cuerpo está aquí, pero mi mente sigue encerrada dentro de aquel tríptico, manteniendo la esperanza, intentando borrar el daño sufrido. El resultado es un cuerpo inerte, apático, capaz de volar en cualquier momento a conocer otros mundos de fantasía que se encuentren muy lejos de aquí. Imaginando que existen esos mundos. Imaginando reencuentros. Borrando de un plumazo el daño sufrido, para trasladarlo a otros. Maldita cobarde.

Quisiera poder saltar del cuadro. Salir de ese tríptico que refleja mi infancia, mi adolescencia y mi madurez, quebrándose en esta última. Despedazado con grandes rasgaduras. Revelándose contra todo. Negándose a realizar una cuarta parte del cuadro. Algo que quebró en la tercera, no puede continuar.

Pero, ¿y si abrimos las ventanas de la vieja mansión? ¿Y si dejamos que entre el sol a raudales e ilumine con su fuerza todos los rincones? ¿Qué ocurriría si hiciéramos eso? Quizá, solo quizá, podríamos apreciar que por la grieta abierta en la tercera parte, comenzaría a germinar una planta, fruto del abandono y de la humedad. ¿Y si cogemos ese retoño y lo cuidamos? ¿Y si le mimamos, le ofrecemos agua, cobijo, protección? Quizá, solo quizá, esa última etapa del tríptico de mi vida fuese ornamentada con una hermosa planta cuajada de preciosas rosas. Bellas, sencillas, radiantes. Pero protegidas por unas fuertes espinas, protectoras.

Puede que ese precioso rosal cubriese la grieta formada, la escondiese, la regenerase, mientras protegía el cuadro con sus espinas colocadas de forma estratégica. ¿Entonces, solo entonces, podría continuar con el retrato de mi vida? ¿Sería posible una continuación?

Sé que mi corazón, aunque herido, está recubierto de rosas. Tomaré un respiro para meditar.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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