El relato del viernes: “Amigas desde la infancia”

El relato del viernes: “Amigas desde la infancia”
AMIGAS DESDE LA INFANCIA
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AMIGAS DESDE LA INFANCIA

Ruth y Estela eran amigas desde la niñez. Habían ido al colegio juntas, al instituto y hasta a la universidad. Habían compartido tanto tiempo juntas que ya eran como uña y carne, no había sitio donde no fuera la una sin la otra. Por compartir, además de las largas tardes de estudio y de las interminables noches de fiesta, habían incluso compartido algún que otro noviete de vez en cuando. Pero no solo habían compartido tiempo juntas, sino que siempre habían estado ahí la una para la otra, apoyándose en las adversidades y celebrando juntas los buenos momentos. Cuando el padre de Ruth falleció, fue Estela la que no se separó de ella durante días. Cuando Estela sacó la nota más alta de su promoción, la alegría de Ruth fue mayor que si la hubiese sacado ella misma.

Eran jóvenes, acababan de terminar su grado en periodismo y ambas estaban preparando un máster en comunicación audiovisual. No tenían mayores problemas que aprovechar el tiempo para sus estudios, pero las dos tenían tal capacidad de aprendizaje que tampoco les suponía un gran esfuerzo. Por ello, y como era propio de su edad, dedicaban las noches de viernes y sábado a salir con los amigos. Ruth, ayudada por la mejor posición económica de su familia, se independizó cuando entró en la universidad, gozando del gran privilegio de una vida autónoma con todos los gastos pagados por su familia. Estela, en cambio, continuaba viviendo con sus padres.

El apartamento de Ruth era pequeño, pero céntrico, y contaba con todas las comodidades básicas. Solo tenía un dormitorio con una amplia cama, en la que era bastante corriente que Ruth y Estela durmieran juntas cuando se hacía muy tarde para que Estela volviese a su casa o si se habían pasado algo con las copas de la noche. Era una situación que tenían muy normalizada, sobre todo tratándose de amigas desde la niñez.

Cierta noche, una en la que particularmente no habían bebido demasiado ni era especialmente tarde, Ruth le pidió a Estela que se quedase con ella. Hacía poco que había terminado la relación con su última pareja y no le apetecía nada pasar la noche sola. Siempre que se quedaban juntas terminaban desternillándose de la risa comentando la noche o recordando historias pasadas. Por eso a Estela le pareció una idea estupenda, no era tarde y aquello le pareció como volver a hacer una fiesta de pijamas de aquellas que hacían cuando eran pequeñas y una se quedaba a dormir en casa de la otra.

Llegaron al apartamento y se sirvieron una copa. Pasaron cerca de una hora en el sillón charlando,  riendo, como de costumbre. Estela parecía un poco cansada, era viernes y había madrugado por la mañana, así que Ruth recogió los vasos y la animó a ir a la cama. Estela no lo dudó, estaba tan cansada que ni siquiera pasó por la obligatoria escena de borrar de su rostro las pinturas de guerra. Ruth tampoco lo hizo, en el fondo debía de estar tan cansada como ella.

Como siempre, se desvistieron y se tendieron en la cama en ropa interior. Ruth llevaba un precioso body de encaje negro que llamó mucho la atención de su amiga. En aquellos momentos la encontró más preciosa que nunca. Un tanto desconcertada por aquel pensamiento, se giró y cerró los ojos, intentando llegar al tan deseado sueño y al merecido descanso. No llegó ni tan siquiera a intentarlo durante unos escasos momentos. No sabía si se trataba de su imaginación jugándole una mala pasada o si en verdad estaba escuchando lo que estaba escuchando. Una serie de gemidos muy tenues se atrevían a romper el silencio al que había llegado la noche. Estela, intranquila, no sabía qué debía hacer, si continuar haciéndose la dormida o abrir los ojos para comprobar por sí misma si estaba sucediendo aquello que creía escuchar.

Al fin, guiada por la curiosidad, consiguió abrir los ojos. La luz de la única lamparita de noche que había en la habitación continuaba encendida, dándole calidez a la estancia. A su izquierda, tendida sobre la cama, estaba la fuente de los gemidos que, ahora sí que podía comprobar, llegaban hasta sus oídos como si de música celestial se tratase. Ruth permanecía con los ojos cerrados, tumbada boca arriba, emitiendo tenues suspiros y gemidos, mientras su mano izquierda se había aventurado a adentrarse a acariciar uno de los preciosos pechos que cubría el insinuante body. Estela quedó paralizada, observando cómo se desarrollaba la escena, sintiéndose una vulgar voyeur mientras un deseo hasta entonces desconocido para ella se desataba poco a poco en su interior.

No podía alejar su mirada de la mano de Ruth, que acariciaba sin descanso su pecho izquierdo, con el pezón totalmente erecto. Poco a poco, iba sintiendo cómo su propio pecho reaccionaba de igual manera, convirtiendo sus pezones en duras piedras al compás de la respiración de su amiga. Sintió cómo su misma respiración comenzaba a agitarse, aunque intentaba que su amiga no lo notase para mantenerse en su papel de observadora. Un gemido más elevado de parte de Ruth la sacó de su ensimismamiento y fue entonces cuando reparó en que su mano derecha se había abierto paso entre los encajes del body en su entrepierna. Aquello llevó a Estela a un nivel de excitación extrema que jamás había sentido antes, mucho menos hacia una mujer. Todo aquello la estaba pillando desprevenida y, para su propia sorpresa, le pareció la escena más sensual que jamás había contemplado.

Con un segundo gemido más agitado de Ruth, Estela ya no pudo reprimir el suyo, acompañado de un suspiro mientras intentaba a duras penas sofocar el calor que se había instalado en su interior con un suave frote de piernas y un pequeño arqueo de espalda. Ruth, al sentirla, abrió los ojos y salió de su propia fantasía. Giró la cabeza y, con una sonrisa, le dedicó a su amiga una mirada de lo más provocativa, que Estela comprendió como una invitación a participar en el juego. Ni siquiera tuvo tiempo de pensarlo. En tan solo un instante, las lenguas de las dos amigas se enredaban, mientras las manos comenzaban una exploración hasta el momento desconocida para las dos.

Piernas enredadas, suspiros compartidos, sensuales manos que acariciaban con ternura zonas que jamás habían palpado, lenguas exploradoras y juguetonas, internándose entre pliegues y humedades desconocidas, y un despertar en compañía que nada tuvo que ver con ninguno de los anteriores que habían vivido juntas. Habían conseguido llevar el término “amigas de la infancia” hasta el mayor de sus extremos.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.    

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El relato del viernes: “Número cuarenta y uno, calle Desengaño”

El relato del viernes: “Número cuarenta y uno, calle Desengaño”

 

 

NÚMERO CUARENTA Y UNO, CALLE DESENGAÑO

 

 

NÚMERO CUARENTA Y UNO, CALLE DESENGAÑO

Siempre tuve curiosidad por saber lo que escondía aquella puerta. Recuerdo pasar de niño, de la mano de mi madre, y ya preguntarme qué clase de familia viviría tras ella. Me parecía una puerta enorme, señorial, pero, sobre todo, misteriosa; nunca jamás llegué a verla abierta. Todas las preguntas que lanzaba a mi madre acerca de ella, que no fueron pocas, siempre tenían la misma contestación, la única: un silencio hermético.

Crecí con la sensación de que aquel número cuarenta y uno de la calle Desengaño escondía un gran misterio en su interior. Dejé de ver aquel portal como una puerta enorme, supongo que fue al cambiar la perspectiva que se tiene de niño para pasar a una estatura más adulta. Pero jamás dejé de encontrarla misteriosa. Aquella puerta ejercía una especie de influjo magnético hacia mí. Tal vez fuera por el mutismo que siempre la rodeó o porque, en efecto, desprendía ese magnetismo arrollador.

Ahora veo las cosas con perspectiva y pienso que no hay nada de especial en ella. Es una simple puerta de madera ya vieja, rodeada por un dintel de piedras colocadas en dichosa armonía a su alrededor y unos pequeños escalones de ladrillo barnizado que ascienden a ella como si fuese la pequeña escalinata de una gran mansión. Aun así, no puedo evitar sentirme atraído hacia ella, a conocer la historia que encierra detrás de aquella madera antigua, detrás de aquella fachada de color entre rojo y anaranjado que nunca supe definir.

Han pasado más de veinte años desde que pasaba de la mano de mi madre por esta puerta camino del colegio. Durante todo este tiempo, jamás la he visto abierta. Ahora paseo de la mano de mi hijo por el mismo recorrido y me gusta inventarle mil historias cada día acerca de ella, una distinta cada día. Recuerdo horrorizado el silencio absoluto con el que me respondía mi madre cuando le preguntaba y no quiero eso para mi hijo. Noto que sobre él también pesa el influjo de aquella misteriosa casa y quiere saber, necesita saber, al igual que yo.

Cierto día, a la vuelta del colegio, una tarde relajada del mes de abril, le propuse a mi hijo llamar a aquella puerta. Aún no sabía qué sería lo que haríamos cuando se abriese, ni cómo iban a reaccionar los propietarios al ver allí parados a dos completos desconocidos, pero mis impulsos no podían más. Mi hijo se mostró muy emocionado ante aquella idea, así que, con una mezcla de recelo y curiosidad, al pasar frente a ella nos detuvimos. Subimos los tres escalones que nos separaban de ella y golpeamos con fuerza la aldaba que colgaba de la parte superior, ante la ausencia de algún timbre que poder utilizar.

El silencio fue la única respuesta que obtuvimos, como siempre. El recelo inicial fue dando paso a una espontaneidad y una urgencia por conocer fuera de lugar. Creo que en total fueron diez veces las que utilizamos la aldaba, cada vez con mayor fuerza. Los golpes retumbaban en la madera ya hueca de aquella señorial puerta, aunque por fuera la apariencia era la de que no habían pasado los años por ella. Ninguna respuesta. Ningún sonido parecía provenir del interior.

Cuando ya, después de darnos definitivamente por vencidos, retrocedimos en descenso los escalones que minutos antes habíamos subido, vi que en una de las ventanas de la planta baja un visillo se descorría de manera casi imperceptible. El ojo de una anciana apareció ante mí, guarecido por el cristal. Su mirada recorrió mi cuerpo en forma de un escalofrío de pánico. No supe cómo afrontar aquella situación, de manera que tomé a mi hijo de la mano y le alejé de aquel lugar con la mayor rapidez que pude.

Aún, unos días después, no he sabido dar una explicación a lo que pasó aquella tarde. No sé por qué la casa ejercía ese magnetismo hacia mí y hacia mi hijo, para luego mostrarnos el rechazo más absoluto en forma de mirada anciana y casi diabólica. El silencio permanecía rodeando el misterio del número cuarenta y uno de la calle desengaño y, a estas alturas de mi vida, he decidido tomar la determinación de que debe ser así. Así fue en mi niñez y parece que así debe ser. No he vuelto a tomar aquel camino para acompañar a mi hijo a la escuela. Él tampoco me lo ha pedido. Continuamos con nuestra vida con la mayor tranquilidad que nos había proporcionado el dejar de sentir el influjo de aquella misteriosa casona. Para mí fue todo un desengaño. Al final aquella casa hacía honor al nombre de la calle en la que estaba situada.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¿Poseída?”

El relato del viernes: “¿Poseída?”

 

¿POSEÍDA
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¿POSEÍDA?

Cuando Sara se disfrazó para celebrar aquella noche de Halloween, jamás imaginó lo que el destino tenía preparado para ella. La noche de los muertos, algo que ella jamás había celebrado, pues en su familia el día de difuntos era muy importante y esas costumbres americanas no encajaban mucho con ella. Pero aquel año todas sus amigas se habían puesto de acuerdo para celebrar una gran fiesta en la casa de una de ellas y no supo decir que no. Además, estaba viviendo una temporada bastante complicada después de su separación de Adri, por lo que pensó que aquella fiesta le vendría bien para subir un poco el ánimo.

La fiesta fue todo un éxito y duró hasta altas horas de la madrugada. Los invitados fueron saliendo de manera escalonada, hasta que en el piso solo quedaron las cuatro amigas del alma, las que siempre estaban juntas. Una de ellas propuso, ya que estaban en la noche de los muertos, hacer una sesión de espiritismo y trajo de su habitación una vieja ouija que debía de tener desde su adolescencia, por el aspecto desvencijado que ya mostraba. A las cuatro les pareció una forma diferente de terminar la noche, así que formaron un círculo con velas a su alrededor, apagaron todas las luces y comenzaron la sesión. En cuestión de segundos pudieron comprobar la existencia de una quinta presencia con ellas. Sara no sabía quién era, pero de alguna manera notaba una conexión muy potente con aquel ser. Tras hacerle una serie de preguntas, quisieron decir adiós a aquel espíritu que había compartido noche con ellas, pero al hacerlo el vaso explotó en miles de pedacitos y la sesión quedó sin cerrar.

No le dieron mayor importancia. Gracias a dios, ninguna había sufrido ningún corte con los cristales que saltaron, desperdigándose por todo el salón. Los recogieron lo mejor que pudieron de una barrida y cada una se fue a su casa a dormir.

Sara iba tranquila caminando hacia su casa. Había apenas dos manzanas y ya estaba casi amaneciendo, pero ya se encontraba un poco incómoda con el disfraz de malvada sexy que había escogido para la ocasión. El panadero le dedicó una mirada lujuriosa mientras subía el escaparate de la tienda. Sara lo único que quería era llegar a su casa, quitarse aquel incómodo disfraz y dormir a pierna suelta hasta el mediodía, por lo menos. En un determinado momento, cuando apenas faltaban unos metros para llegar a su portal, sintió una presencia detrás de sí. Volvió la cabeza, temiendo que el panadero fuera hacia ella con intenciones que no le gustasen, pero encontró la calle vacía por completo.

Siguió su caminar con paso firme, en tan solo unos segundos habría llegado a su portal y allí se sentiría más segura. Pero aquella presencia continuaba allí, siguiéndola de cerca, sin que ella pudiese ver a nadie en la calle. Comenzó a incomodarse un poco. Abrió con rapidez el portal y, una vez en su interior, suspiró con fuerza apoyada contra el cristal. Ahora estaba en su casa, no había entrado nadie con ella, estaba segura y ya podía estar tranquila. Sin embargo, no fue así. Volvió a sentir aquella presencia mientras esperaba al ascensor. Era como si hubiese alguien a su lado, pero no pudiera verle.

Recordó la conexión tan fuerte que había sentido con el espíritu con el que habían contactado y que la sesión se había quedado sin cerrar. Pero solo eran sensaciones, realmente no había visto a nadie ni había ocurrido nada extraño, por lo que pensó que estaría sugestionada por la situación.

Al entrar en el ascensor que le llevaría hasta su casa, en un octavo piso, sintió cómo aquella presencia se aproximaba hacia ella hasta casi aprisionarla por completo contra la pared del ascensor. Este se detuvo de manera brusca entre el quinto y el sexto piso. Sara ya estaba aterrada, estaba claro que el espíritu que habían liberado en la sesión de ouija estaba allí, con ella, encerrados en aquel ascensor. La presión que notaba sobre su cuerpo cada vez era mayor, hasta el punto que no podía mover el tórax. Fue entonces cuando comenzó a sentir un par de manos que empezaron a acariciarla con suavidad, pero sin descanso, por todo el cuerpo. Sara no sabía qué hacer, su garganta le impedía emitir sonido alguno, como si hubiese quedado silenciada por aquella presencia. Se rindió por completo cuando aquellas manos se posaron a ambos lados de su rostro y, ladeándole la cara de manera ligera, aquella presencia comenzaba a besarla con autentica pasión. Aquel beso duró el tiempo que tardó el ascensor en reanudar su marcha y subir hasta el octavo piso.

Sara consiguió abrir a duras penas la puerta de su casa, aprisionada en todo momento por aquella presencia invisible, pero que, al parecer, sentía un deseo extremo hacia ella y que había conseguido despertar también en ella ese deseo que llevaba dormido desde que Adri dejó el piso. Fue prácticamente empujada hacia su dormitorio, mientras su ropa iba desapareciendo de su cuerpo misteriosamente por el camino. Tan solo algunas prendas quedaron sobre ella. Cayó con fuerza en la cama y, de inmediato, se sintió prisionera de nuevo por aquel ser, espíritu, presencia, o lo que quiera que fuese. Pero ella ya había perdido toda capacidad de raciocinio. Simplemente se dejó hacer, llevada por un deseo inconfesable que había explotado de forma violenta y repentina aquella madrugada del día de todos los santos. Sus piernas se abrieron solas y, por fin, consiguió gritar y revolverse mientras recibía las embestidas violentas que el espíritu le regalaba en su interior. Aquella madrugada, Sara tuvo el mejor sexo de su vida con alguien a quien ni siquiera podía ver.

Se deshizo en increíbles orgasmos una y otra vez, hasta que sintió cómo aquel ser se derramaba en su interior de manera violenta y abundante. Sara quedó rendida sobre la cama. Sintió un suave beso en los labios que la hizo estremecer. Una última caricia en el pelo, que le resultó muy familiar y, sencillamente, despareció de su cuarto y de su vida. En el duerme vela en el que quedó sumida recordó cada sensación experimentada aquella noche, desde el primer aprisionamiento en el ascensor hasta la suave caricia en el pelo con la que se despidió de ella. Entonces, se levantó de la cama de un salto.

Se vistió lo más rápido que pudo y tomó su coche hasta llegar a la casa de los padres de Adri. Estaba vacía. Marcó con impaciencia el número de teléfono de su madre en el móvil, con unos dedos temblorosos que apenas podían marcar las teclas. Esta la contestó llorando. Su hijo había muerto la noche anterior en un accidente de moto.

Sara dedicó todo el día a acompañar a la familia de quien hubiera sido su pareja durante siete largos años. A llorar su pérdida. A volver a sentir renacer el amor en su interior. A expresarle su gratitud por la despedida que le había regalado.

Nueve meses después, la madre de Adri visitaba a Sara a la clínica donde había nacido su nieto, un bebé rollizo y pelirrojo como lo había sido su hijo durante toda la niñez. Sara lo acunaba con ternura. Sin duda alguna, Adri no habría encontrado mejor forma de despedirse de ella, de decirle que aún continuaba amándola, que con aquel regalo que le entregó a las varias horas de morir.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La chica de los labios de caramelo”

El relato del viernes: “La chica de los labios de caramelo”

 

LA CHICA DE LOS LABIOS DE CARAMELO
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LA CHICA DE LOS LABIOS DE CARAMELO

Aquella chica tenía los labios de caramelo. O, al menos, eso le parecía a Carlos, que la veía cada mañana sentada en la misma cafetería ojeando una revista. Ella siempre se sentaba en la última mesa, la del rincón, muy cerca del ventanal, allí donde recibía más luz. Movía con desgana la cucharilla de su café con leche mientras pasaba distraída las páginas de una de las revistas de moda femenina más famosas.

Carlos la veía cada día desde el exterior, cuando regresaba de su trabajo. Tardó muy poco en fijarse en ella, aquella chica con aire ausente que comenzó un buen día a acudir a aquella cafetería. Él pasaba por allí cuando el sol apenas había salido y la iluminación de la ciudad aún era acogedora, cuando el tráfico no se había desperezado del todo y los escolares todavía seguían resguardados en sus cómodas camas sin desplegar su algarabía por todos los rincones.

Él trabajaba de noche en una fábrica situada a las afueras de la ciudad y regresaba a su casa en el primer autobús de la mañana, el que iba siempre vacío. La parada estaba a varias manzanas de su casa, lo que le permitía dar un agradable paseo mientras la ciudad aún no había arrancado con el ritmo frenético diario. Además, veía el amanecer a diario, lo que le inundaba de paz.

En aquellas horas era cuando desarrollaba más su afán observador. Le gustaba deleitarse con todo aquello que veía cuando, ya cansado, caminaba hacia su casa, donde le esperaba su cómoda cama para arroparle y resguardarle de las inclemencias de la vida. Disfrutaba con el hecho de saberse el único que regresaba hacia la cama en lugar de ir camino del trabajo. Jamás saludaba a nadie, pero conocía a todas las personas que a aquellas horas de la mañana recorrían el barrio con aspecto somnoliento. El barrendero que comenzaba su turno dos calles más abajo de la suya, la chica que siempre iba apurada a su trabajo, el padre que corría con sus dos hijos medio dormidos para dejarlos temprano en el colegio porque los deberes le impedían llevarlos a la hora natural de entrada, el camarero de la cafetería de la plaza, que a aquellas horas, con el local vacío, se esforzaba por sacar a los juegos de vasos un brillo que hace décadas perdieron. Conocía a las palomas que, recién despiertas, bajaban soñolientas a recoger las migas de pan y restos de harina que el panadero volcaba cada mañana junto a la fuente, para que les sirvieran de alimento.

La cafetería siempre había estado vacía a esas horas. En el barrio la gente solía desayunar en sus casas y no era hasta bien entrada la mañana cuando rebosaba de oficinistas dicharacheros en su pausa para el café. Pero un día, un lunes del mes de octubre, apareció ella. Sentada junto al ventanal, distraída, removiendo su café y ojeando la revista. La primera vez que la vio tuvo que detenerse al otro lado de la cristalera, aprovechando la excusa barata de atarse el cordón de una de sus deportivas. Era preciosa, la chica más bella que sus ojos habían contemplado nunca. Y su boca… Su boca era de caramelo, jugosa, recubierta de un brillo almibarado que le hicieron desear besarla en aquel preciso instante.

Desde aquel día, la chica ocupaba su mesa siempre a la misma hora. Carlos había tomado la costumbre de hacer un pequeño alto en el camino hacia su descanso, sentarse un rato en el borde de la fuente y observarla. Observarla y admirarla. Porque lo que ella producía en Carlos era, sobre todo, admiración. Permanecía en aquella mesa durante un largo rato, aproximadamente una hora, antes de salir de la cafetería con su revista guardada en el bolso e introducirse en uno de los edificios de oficinas cercanos. Entonces, Carlos reanudaba el camino hacia su casa y no la volvía a ver hasta el día siguiente al amanecer.

Es cierto que lo primero que atrajo a Carlos de aquella muchacha fueron sus labios caramelizados, pero enseguida esa atracción física fue sustituida por otra que iba mucho más allá. La obsesión de Carlos era la revista de moda femenina que ella siempre estaba ojeando. Debía tratarse de una publicación  mensual y ella repasaba la misma revista una y otra vez, día tras día, hasta que se emitía la nueva publicación. Aquello contrarió mucho a Carlos, que tenía en su casa una habitación repleta de libros, que cubrían sus paredes desde el suelo hasta el techo, esperando a ser releídos por alguien.

Cierto día, Carlos consiguió escapar unos minutos antes del trabajo y llegar a la cafetería antes que ella. Entró sin pronunciar una palabra y, dirigiéndose con rapidez a la mesa que siempre ocupaba ella, dejó un libro pulcramente colocado sobre el mármol. Salió del local como una exhalación, casi tan rápido o más de lo que había hecho al entrar. Corrió a sentarse en su sitio, en el borde la fuente, a esperarla llegar. Hacía frío, pero no le importaba, solo quería ver llegar a aquella mujer de labios de caramelo y acompañarla en la distancia, aunque ellos jamás llegasen a conocerse.

Ella llegó con calma, le dirigió una sonrisa amable al camarero y fue directa hacia su mesa. Observó el libro con cautela, creyendo que alguien lo había olvidado allí. Pero su curiosidad venció al sentido común y lo tomó entre sus manos, lo acarició con deleite, cerrando los ojos para poder sentir la suavidad del pequeño tomo que tenía entre los dedos. Abrió el libro por la primera página y una pequeña nota se deslizó volando como pluma ligera hasta quedar reposando sobre la mesa. La cogió con cuidado y, al leerla, comprendió con sorpresa que estaba dirigida a ella. Alguien había dejado aquel libro sobre la mesa para ella. Miró a su alrededor. La cafetería estaba vacía, como siempre. Solo el camarero venía despacio hacia ella con su habitual taza de café con leche. Sin palabras, ella le dirigió un gesto interrogativo con la mirada. Estaba claro que aquel hombre no sabía nada, no era él quien le había dejado semejante regalo. Aquel día, el café con leche quedó sin remover sobre la mesa y la revista de moda no llegó a ver la luz, quedando encerrada en las profundidades del bolso que permanecía olvidado en la silla de al lado mientras ella leía con avidez.

A la mañana siguiente, cuando llegó a la cafetería, un nuevo volumen la estaba esperando, depositado con cuidado, perfectamente alineado con el canto de la mesa. Otra nota en su interior. Otra mirada a su alrededor, esta vez dirigida al exterior, buscando alguna pista que le pudiese dar un indicio de quién era la persona que le estaba haciendo aquellos regalos. Todo parecía normal fuera, ni siquiera reparó en el chico que estaba sentado en el borde de la fuente, empequeñecido, observando de reojo su reacción.

Los días se sucedieron y cada mañana aparecía un nuevo ejemplar sobre su mesa de aquella cafetería sin identidad, ajada por los años, siempre con una nota en su interior. Hacía tiempo que dejó de cuestionarse quién se estaba tomando aquellas molestias por ella, aceptaba el regalo, leía la nota con ilusión y un leve mariposeo en el estómago, y dedicaba el tiempo de que disponía antes de entrar en la oficina a devorar aquellas lecturas que la transportaban a universos paralelos.

La primera mañana de primavera, al dirigirse hacia su mesa, un chico la estaba esperando con un libro entre las manos, temblorosas, con una expresión en la mirada que no supo dilucidar si era temor o vergüenza. Ella se acercó despacio y, sin más, le dio un suave beso en los labios y recogió su libro. Se sentaron juntos, muy juntos, disfrutando en común de la lectura que él había elegido aquel día para ella, una muy especial. Se trataba de un poemario que él había estado preparando con las más bellas poesías que reflejaban los sentimientos de su corazón, embebido de ella, escrito para ella.

Desde entonces, cada mañana, en la cafetería más antigua de la pequeña plaza del barrio, la eterna pareja de enamorados intenta reanudar la lectura que quedó pendiente el día anterior, cuando comiéndose a besos, cada cual se dirigía a su destino sin haber podido centrarse en ella. Ella, a su trabajo en la oficina. Él, al tierno descanso en la cama que ahora compartía con ella, arropado por los dulces sueños que proporciona el haber llenado de amor el corazón, edulcorado además por aquellos labios de caramelo que durante tanto tiempo le habían quitado el sueño.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Fría”

El relato del viernes: “Fría”

 

FRÍA
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FRÍA

Los frondosos árboles del bosque apenas se distinguen debido a la niebla tan densa que lo recubre todo. Hace frío, hace un frío intenso, a pesar de no haber anochecido por completo. La humedad de la neblina me cala los huesos, me traspasa cual florete en una batalla cuerpo a cuerpo. Intento proporcionarme calor con mis brazos, abrazando mi cuerpo, frotando mis extremidades con fuerza, con todo el vigor que pueden transmitir mis ateridas manos. Todo es en vano, el frío sigue atenazándome y colándose en mi interior.

Por más que lo intente no consigo recordar cómo he llegado a este bosque. Ni siquiera sé dónde se encuentra. Jamás había estado antes en este lugar, de eso no hay duda pues, de haberlo hecho, lo reconocería. Poseo una memoria casi fotográfica para los lugares y para las personas. De hecho, diría que soy capaz de reconocer el rostro de cualquier persona con la que me haya cruzado en mi vida y determinar sin dudar el lugar exacto en el que me crucé con ella. Nací con ese don.

Siento cada vez más frío y me levanto del suelo cubierto de húmeda hojarasca. Intento buscar alguna señal en mi mente que esclarezca cómo he llegado hasta aquí y, sobre todo, por qué me he despertado de un profundo sueño en este lugar tan tétrico. Pero soy incapaz de recordar nada, algo completamente anormal en mí. Siento como si mi mente se encontrara vacía. Vacía de recuerdos, vacía de sentimientos, vacía de existencia.

Comienzo a caminar, en un intento por seguir una especie de sendero que hay marcado en el bosque. Mi desorientación es total. Debe ser por la niebla, que mantiene entumecidos mis sentidos. Sacudo unas cuantas hojas que han quedado pegadas a mi ropa, ¿tal vez estuviera cubierta por ellas? La verdad es que ni lo recuerdo y mi objetivo primordial en estos momentos es localizar una salida de este bosque o encontrar un lugar cálido donde guarecerme.

Camino durante lo que me parecen horas. La niebla permanece constante y no hay ni un solo rayo de luz solar que la traspase, de modo que no tengo ni la más remota idea de la hora que puede ser. Cuando desperté, pensé que estaría cerca el anochecer, por el tono de la niebla que me rodeaba, pero ahora me cercioro de que ese tono no ha cambiado ni un ápice desde que estoy caminando. Apenas me doy cuenta del rastro que voy dejando en el apenas visible sendero.

Cuando creo que estoy a punto de desfallecer, vislumbro en la lejanía una cabaña. La luz está encendida en su interior y la chimenea exhala una gruesa columna de humo. Mi salvación, pienso. A partir de este momento, dedico todos mis esfuerzos a llegar a aquella cabaña de madera que desde la distancia parece tan confortable.

Después de un largo rato caminando, al fin llego a las cercanías de la cabaña. Hay algo en el ambiente que la rodea que no me gusta, que me produce escalofríos, haciendo que el intenso frío del lugar cale aún más dentro de mí. Ignoro el motivo, pero siento una desconfianza terrible hacia aquella cabaña. Aún así, mi curiosidad por un lado y mi necesidad de entrar en calor por otro, hacen que me acerque despacio hasta ella. Me asomo a una de las ventanas, con toda la cautela que me aconseja mi recién adquirida desconfianza. El interior parece tranquilo. La decoración es sencilla, típica de la montaña, y un acogedor fuego crepita en la chimenea. Puedo escucharlo desde afuera. De pronto, por el rabillo de un ojo vislumbro un pequeño movimiento. Un hombre rudo, musculoso, con camisa de cuadros, como si se tratase de un leñador, se dirige hacia el fuego.

Me siento palidecer por momentos. En cuanto veo su rostro parece que mi memoria se reactiva y una intensa sensación de temor me recorre el cuerpo de la cabeza a los pies, me atraviesa acompañada por un intenso escalofrío. Comienzo a recordar, vagamente, momentos puntuales de aquel día, o eso creía yo, aunque bien podía ser de cualquier otro. No podía determinar el tiempo que llevaba allí.

Me recuerdo saliendo de casa hacia el trabajo. Era lunes por la mañana y aún había muy poca gente por las calles, pero tenía trabajo que sacar adelante y había madrugado más de lo habitual para llegar muy temprano a la oficina. Recuerdo haber parado en el Starbucks de la esquina de la segunda cuadra desde mi casa, para comprar un café para llevar que hiciese las veces de mi desayuno. Continué mi camino, tomando el café, durante tres manzanas más, hasta llegar a un pequeño callejón que acortaba mi camino en un tercio y poder llegar cuanto antes a la oficina. Comenzaba a lloviznar y no llevaba paraguas. Fue en ese callejón donde vi la cara de aquel hombre. Salió de una furgoneta aparcada en uno de los laterales y, ante el imprevisto y con la fuerza que imprimía, consiguió adentrarme sin mayores problemas dentro de la furgoneta. Grité con todas mis fuerzas, mientras me agazapaba al rincón más alejado de él, metiéndome inconscientemente más aún en la boca del lobo. Una mordaza bien apretada me dejó en cuestión de segundos sin capacidad para emitir más que leves sonidos de desesperación.

A partir de ahí, todo está difuso en mi mente. Llegan a mis recuerdos destellos de golpes, tirones, forcejeos, intentos de quitarme la ropa de los que yo me zafaba como podía. Y, de repente, todo quedó en blanco. Encuentro una gran laguna mental entre el momento de la agresión y mi despertar en el bosque neblinoso. Un pequeño descuido y él me ve, ligeramente asomada a la ventana de su salón. Le veo palidecer, retroceder con una desagradable mueca de terror en su rostro, tirar cosas a su paso, intentando desaparecer de allí. Me pregunto qué cambio habrá operado en mí para que aquel hombre pasase de una actitud tan hostil a una de intenso terror.

Con la mirada fija en sus asustados ojos, cojo la confianza necesaria para adentrarme en la casa. Giro el pomo y esta cede sin ningún problema. Aquel malnacido sigue allí, arrinconado en un rincón, asustado a más no poder, llorando a raudales y protegiéndose el rostro con las dos manos. Sigo acercándome hacia él y parece que no aguantó la presión. Un fulminante infarto le dejó quieto de inmediato en el rincón.

Me asombra tanto su reacción que voy rápidamente en busca de algún espejo donde poder mirarme. Me dirijo de manera directa al cuarto de baño, donde sé que seguro encontraré uno. Mi rostro no cambia su extraña mueca ni un ápice al verme allí, con el jersey ensangrentado y la cuenca de mi ojo izquierdo completamente vacía. Se me ve severa, autoritaria, fría. Al cabo de unos segundos, veo cómo a mi lado aparece el hombre que acaba de morir en el salón hace unos momentos. La expresión de terror con la que le dejé ha cambiado por completo a una expresión exactamente igual a la mía, sin rastro de emoción alguna. Nos miramos los dos en el reflejo del espejo. De pronto, veo cómo mi reflejo comienza a desaparecer…

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Una familia especial”

El relato del viernes: “Una familia especial”

UNA FAMILIA ESPECIAL

UNA FAMILIA ESPECIAL

La familia Pingüino, cansada de vivir siempre entre placas de hielo y no salir nunca de su fría morada, rodeados de iglús y de sosos esquimales, decidió poner un buen día las cartas sobre la mesa. Entre todos sus miembros, sometieron a votación la posibilidad de realizar un viaje a tierras más cálidas. Eran doce en la familia, Mamá Pingüino, Papá Pingüino, el Tío Pingüino que convivía con ellos, y un total de nueve criaturitas inquietas que estaban deseando salir de allí. Además, hay que decir que se trataba de una familia muy peculiar, pues en lugar de vestir el sobrio traje negro y blanco que usaban todos los demás pingüinos, ellos, por caprichos de la genética, habían llegado al mundo con los colores más variados.

Fueron en total once votos a favor y uno en contra. Todos dirigieron su mirada hacia el Tío Pingüino, que últimamente se había vuelto un cascarrabias. No había nada a lo que no le encontrase una objeción. El tío, con cara de circunstancias, comenzó a exponer sus razones por las que le parecía una locura aquel viaje que estaban ya programando en sus mentes los demás miembros de la familia. Ellos eran pingüinos, habituados a ambientes fríos, y no veía lógica aquella locura de viajar hacia zonas más calurosas. Seguro que lo pasaban fatal. Pero como la mayoría había sido abrumadora, a pesar de las quejas del tío de que nueve de los votos no tenían validez por ser menores de edad, se vio envuelto en aquella odisea y en poco tiempo se vio organizando el viaje junto a sus familiares.

Dedicaron bastante tiempo a la planificación de aquel viaje. Si bien era cierto que jamás habían salido de su fría tierra y se tenían bien merecidas unas vacaciones, el tío tenía parte de razón en aquello de que podría ser peligroso para ellos abandonar el clima frío al que estaban habituados. Aparte, claro está, estaba el tema de cómo viajarían, pues en los aviones no estaba permitido que viajaran pingüinos. La cosa se complicaba por momentos y llevaban ya cerca de dos meses cavilando, sin encontrar el lugar al que ir ni el medio en el que llegar hasta él.

Un día Papá Pingüino llegó a casa con una excelente noticia. En su trabajo en el Glaciar número dos, había hecho un excelente trato con el capitán de un buque de carga que partía en tres días hacia tierras españolas. Podría viajar toda la familia en la bodega del buque, que era la zona más fresquita, a cambio de dos cubos de sardinas en salazón de las que ellos guardaban en su despensa.

Al principio la familia se quedó un poco desconcertada, pues como habían estado estudiando la geografía y la climatología de todos los lugares, sabían que en España encontrarían demasiado calor a esas alturas del año, en que todavía era verano. Pero Papá Pingüino argumentó tan bien los motivos por los que no debían preocuparse, que hasta el Tío Pingüino hubo de reconocer que la idea no era mala. Así que, ilusionados, se pusieron a preparar sus pequeñas maletas de inmediato. Tampoco era que tuviesen mucho que llevar ya que, como todos sabemos, los pingüinos no usan ropa. Y menos ellos, que habían nacido con unos colores tan bonitos.

Así lo hicieron. Fue una larga travesía que comenzó cruzando los glaciares, descendió hacia los países nórdicos, pasó por entre las islas británicas y continuó su bajada a lo largo de la costa portuguesa hasta llegar al sur de España. El buque recaló en el puerto de Cádiz y allí fue donde nuestra interesante familia se despidió con agradecimiento del capitán, después de acordar su recogida un mes después para llevarles de vuelta a su hogar.

En aquella zona el agua estaba fría, no tanto como en su tierra, lógicamente, pero sí lo suficiente para que los pingüinos se encontrasen cómodos en ella. Lo único que debían hacer era no cruzar aquella zona que separaba las frías aguas del océano de aquellas más calientes de un mar que llamaban Mediterráneo.

Tras varios días disfrutando de las aguas, mucho más movidas que las del norte, que estaban prácticamente inmóviles todo el tiempo debido a las placas de hielo, y disfrutando también de la diferente, variada y exquisita pesca que había en aquel lugar, la familia decidió aventurarse un poquito más. Como siempre, el Tío pingüino puso cientos de objeciones, pero como nadie le hizo caso, no tuvo más remedio que seguir a su alocada familia. A varios centenares de metros de donde se encontraban, podían divisar algo por completo desconocido para ellos. Una gran acumulación de arena recubría la costa. El Pingüino mayor, que se había documentado muchísimo sobre España durante su estancia en el buque, informó al resto de que aquello que divisaban era una playa.

Y allí fue toda la familia junta, nadando a contracorriente para poder llegar a aquella playa.  Cuando al fin llegaron, se quedaron encantados con el lugar. Descubrieron que tomar un poquito el sol también podía ser muy agradable, y que cuando les subía demasiado la temperatura no tenían más que adentrarse en el océano de nuevo, aunque solo fuese unos metros. Quedaron tan enamorados de la costa gaditana que jamás regresaron a su hogar. Fue la primera familia de pingüinos residentes en España. Si te acercas a su playa, poco antes de la puesta de sol, puedes observar cada día a la familia al completo, con sus llamativos colores, observando con admiración el océano  y ese sol que parecía volverse de fuego al entrar en contacto con el agua.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El jardín que no lo fue”

El relato del viernes: “El jardín que no lo fue”

EL JARDÍN QUE NO LO FUE

 

EL JARDÍN QUE NO LO FUE

No os podéis hacer una ligera idea de la cantidad de cosas que he visto desde que trabajo aquí. De algunas de ellas habrá muchos que hasta os escandalicéis. Yo ya no, después de tantos años cumpliendo con mi fiel labor, no hay nada ya que pueda afectarme. No, no os imaginéis empleos glamurosos ni que soy algún médico que se dedica a salvar la vida a la gente. Para nada. No soy más que un simple enanito de jardín. Pero no uno cualquiera, como ya habréis podido comprobar.

El jefe para el que trabajo es una persona muy, muy especial. Para que os podáis hacer una idea, os diré que ni siquiera tiene un jardín. En serio. Ya sé lo que estaréis pensando, ¿un enanito de jardín que no trabaja en un jardín? Pues sí, ese soy yo. Y mirad que las pruebas de acceso fueron muy difíciles. Éramos muchos los que estábamos interesados en el puesto, colocados en formación como si se tratase de una exposición de arte dispuesta para la venta. Reconozco que había muchos mejor preparados que yo. De hecho, no voy a decir que todos estaban mejor formados que yo porque sería echarme piedras a mi propio tejado, pero la realidad era esa. Todos eran preciosos, adornados con vivos colores y dispuestos a cumplir con elegancia la función que se les asignase. Todos menos yo.

Es cierto. Entre las decenas de enanitos que nos ofrecimos para el puesto, yo era el único que no tenía color. Era un triste enanito de escayola blanca, recién salido de fábrica, sin ningún tipo de experiencia en mi corta vida. Pero, como os contaba antes, mi jefe es una persona muy especial y, para mi grata sorpresa, me escogió a mí. De entre todas aquellas hermosas figuras, fue a escogerme a mí. Además, tengo que decir a mi favor que ni siquiera dudó un segundo en hacerlo. Su mirada nos iba recorriendo a todos despacio, haciendo un suave barrido visual. Y, de pronto, sus ojos regresaron a mí. No se volvió a mirar a ningún otro, por muy ataviados que fuesen. Ni siquiera regresó su mirada a las dos féminas que estaban en nuestra formación. Así que me fui con él.

Yo me preguntaba qué haría yo, con mi ausencia de color, en un bello jardín. Sin duda, no destacaría entre las plantas, ni sería digno de admiración por las personas que paseasen entre los cuidados parterres. Pero ahí me llevé otra gran sorpresa, al comprobar que la persona que me llevaba consigo con orgullo bajo el brazo ni siquiera tenía jardín, ¡vivía en un piso! Ahí fue cuando me asaltaron las dudas. ¿Qué harían conmigo? ¿Cuál  sería mi cometido?

Me alegré mucho cuando vi a mi recién estrenado jefe tomar unas pinturas de vivos colores. Estuvo durante un buen rato haciéndome cosquillas con los pinceles, decorándome a su gusto y después me tuvo un ratito al sol para que me secase bien. Jamás me había encontrado tan a gusto como en aquellas horas. Luego me sacó a la gran terraza que tenía la vivienda y me colocó en lo alto de un muro, desde donde tenía una vista privilegiada de todo lo que ocurría allí.

Vale, no habré quedado precioso como el resto de mis colegas, ni estaré decorando hermosos jardines con norias que volcasen agua fresca a mi lado, pero la de historias que puedo contar desde aquí… Si mi boca pudiese hablar, ya os digo que más de uno hasta se escandalizaría. Menos mal que no puedo, así guardo mejor los secretos.

¿Un momento? Y todo lo que os acabo de contar, ¿cómo lo he hecho? A ver si resulta que sí puedo… Investigaré un poco y quizá otro día me pase por aquí a contaros alguna de todas esas historias que guardan mis labios sellados.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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