El espejo – laprincesayaseve

Excelente entrada de Dolors que os recomiendo no os perdáis.

Es irremediable, las marcas del tiempo hacen acto de presencia en mi rostro. Me contemplo en este espejo, empañado por el vaho, cruel realidad. Las arrugas se recrean en mi frente, una por una cuento, y me arrastran a la melancolía de otros tiempos, otros momentos que como las rosas, sus espinas se clavan en […]

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La frase de la semana

La frase de la semana

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‘No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.’

Virginia Woolf

Novelista, ensayista y cuentista británica

Considerada una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX.

¡Qué gran verdad hay detrás de tus palabras, queridísima Virginia! La libertad de nuestros pensamientos, de nuestros conocimientos, de nuestra imaginación, nunca, jamás, ni nadie nos la podrá coartar. Creo que no precisa de más comentarios.

Y la frase que más me ha llamado la atención esta semana, vuelven a ser unos versos. Me está gustando esto de la poesía (sí, lo sé, ya lo he dicho mil veces), ¡qué le vamos a hacer! Pero no me digáis que los versos que a continuación os expongo no alientan sobremanera:

‘Y en el camino aprendí,

que en cuestión de conocer,

de razonar y saber,

es importante, entendí,

mucho más que lo que vi

lo que me queda por ver…’

Estos versos los podéis encontrar en el blog de Entre mil noches. Como siempre, os recomiendo que, si aún no lo conocéis, os deis un paseo por entre sus páginas. Descubriréis auténticas maravillas.

¡Hasta la semana que viene!

Reto literario: “Me pareció haber visto un lindo gatito”

 

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Imagen tomada de la red

 

ME PARECIÓ HABER VISTO UN LINDO GATITO

Hace unos días, durante unos de mis paseos nocturnos, me pareció ver un pequeño gatito negro acurrucado en el arcén de la carretera. Me gusta mucho salir a dar paseos por la carretera, vivo en un pueblecito pequeño y es normal salir a pasear sobre el asfalto, rodeados de naturaleza, sobre todo en verano. Aquel día vi a aquel pequeño gato, parecía asustado, así que lo acogí en mi regazo y, tras comprobar que no tenía collar alguno, decidí llevarlo a casa.

Al principio parecía asustado, pero según fueron pasando los días fue cogiendo confianza conmigo, agradecido por los mimos que le hacía y la comida que con tanto amor le entregaba. Siempre he sentido pasión por los animales y, como me encontraba sola, pensé que aquel pequeño gatito podría hacerme la compañía que tanto necesitaba.

Los primeros días con él fueron maravillosos. Le compré una camita, una cajita de arena y dos comederos, uno para la comida y el otro para el agua. A pesar de ello, Frankie, que fue el nombre que le puse, prefería venir a dormir conmigo a la cama, acurrucado a mis pies.

Yo estaba encantada. Cada vez que llegaba a casa, venía en mi busca, zalamero. Encontré el compañero perfecto que llenaba mis momentos de soledad.

Pero una noche, todo aquello cambió. Frankie, sin saber por qué, dejó de venir a dormir conmigo y prefería quedarse en su camita. Yo lo interpreté como un signo de independencia y tampoco le di mayor importancia. Tampoco salía a recibirme cuando llegaba a casa, y eso me extrañó bastante más. No comprendía a qué se debía aquella forma de comportarse tan huraña.

Pasaron unos días y, una noche próxima a la luna llena, yo dormía plácidamente en mi mullida cama. Algo me sobresaltó dentro de mi sueño, aunque no sabría precisar qué fue. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la imagen de Frankie caminando hacia mí en la oscuridad. Podía distinguirlo con total claridad, gracias a unas rendijas de luz que se colaban por los agujeros de la persiana.

Su imagen, siempre tan adorable, había cambiado de manera radical. Venía hacia mí amenazante, con los ojos verdes inyectados por la ira, el pelo por completo revuelto y las garras afiladas sobresaliendo de sus pequeñas pezuñas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo entero, pero apenas duró un segundo, pues Frankie, con pasmosa habilidad, recobró su cariñosa imagen habitual y se alejó con parsimonia de mi habitación, no sin antes girar la cabeza y dirigirme una mirada entre tenebrosa y desafiante. Fui por completo incapaz de volver a dormir aquella noche.

Las noches siguientes fueron igual. Por mucho que tardase en conciliar el sueño, cuando al final caía rendida por el cansancio, el amenazante Frankie volvía a despertarme avanzando hacia mí, para después regresar por el mismo lugar por el que había venido.

La noche del plenilunio, aterrada ya por Frankie pero incapaz de echarle de mi casa, cuando desperté, allí estaba él. Su pose era soberbia, altiva y en exceso amenazante. Los grandes ojos verdes brillaban en la oscuridad llenos de maldad, esa era la palabra más adecuada para describirlos. El pelo erizado, que yo siempre cepillaba cada día, le confería un aspecto espeluznante. Y las garras, como siempre, mostraban unas largas y afiladas uñas. Pensé que volvería a su lugar, como las noches anteriores, pero nada más alejado de lo que ocurrió.

Frankie, con un habilidoso salto, recorrió de un tirón la distancia que le separaba de mí y se encaramó sobre cuerpo. Mi cara de espanto se reflejaba en sus malditos ojos verdes. Un fuerte zarpazo atravesó mi rostro, desde la frente hasta la barbilla. Fue entonces cuando descubrí el gran poder de su mente, pues se introdujo en la mía de una forma alta y clara, que no dejaba lugar a dudas:

—¿Me tienes miedo? Haces bien en tenerlo. Tenía que haberte mostrado mucho antes mi verdadera cara. Yo soy tu amo, ¿lo has entendido bien? ¡Tu amo!

Desde entonces, apenas salgo de casa. Hasta la compra me la entregan en mi puerta. He tenido que dejar mi trabajo para atender todos los deseos de mi señor. Las pocas veces que salgo a la calle, los vecinos se refieren a mí como “la loca”. Luciendo mi perfecta cicatriz en la cara, no hay nadie más en el pueblo que se deje pasear por su gato con un collar al cuello.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Este relato, recién salido del horno, ha sido elaborado con mucho cariño, para el habitual reto literario del grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”.

Por capítulos: “Terrores nocturnos” (Parte II)

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Parte I

Unos días después, hubo un cambio en mi sueño. En apariencia todo seguía siendo igual, mi casa, mi terraza, la misma ropa, los mismos detalles, la misma sombra que llegaba a la cuidad y me aterraba. Pero en esa sombra se comenzaba a dibujar una silueta. Había algún personaje escondido tras ella. Alguien realmente maligno que amenazaba con llegar a mi encuentro. Fue entonces cuando el sueño comenzó a hacerse diario. No había noche que no me fuese a la cama y la pesadilla no volviera a visitarme. Sofía ya no sabía qué hacer ni por qué me ocurría aquello.

La verdad es que al igual que cambió la frecuencia de mi sueño, también cambió su duración. Lo que al principio duraba tan solo unos minutos, que me hacían padecer un terror espantoso, por aquella época se volvieron horas. O al menos así me parecía a mí. Comenzaba en las primeras etapas de mi sueño, cuando aún no conseguía distinguir el sueño de la realidad, y duraba hasta altas horas de la madrugada. Por lo menos no era hasta las tres o las cuatro de la mañana cuando me despertaba, como siempre, sudoroso, sobresaltado y con la cama por completo mojada. La barriguita de Sofía ya se dejaba ver, y ella se levantaba conmigo y su pequeña barriga a hacer la cama de nuevo.

Fue una época horrible para mí. No sabía qué era lo que me estaba ocurriendo. Mi rendimiento en el trabajo comenzó a disminuir de manera bastante acusada, ya que mi descanso nocturno era muy escaso. Y yo temía por Sofía. No quería que ella acusase la falta de reposo al igual que yo. No se lo merecía. Ella tenía que descansar bien, puesto que llevaba a nuestra hija en su interior y pasaba todo el día trabajando fuera de casa. Fue entonces cuando tomé la decisión de cambiarme de habitación. Y a día de hoy no sé si fue una buena decisión o no. Quizá al hacerlo estaba dándole a aquel ser maligno más fuerza sobre mí. Al parecer, eso era lo que quería.

Digo esto porque la primera noche que pasé en el cuarto de invitados, la pesadilla fue especialmente cruel conmigo. Recuerdo aquella noche como si fuera hoy mismo. Aún se me ponen los pelos como escarpias al pensar en ella. Sofía y yo nos fuimos a acostar temprano, ambos estábamos bastante cansados. Ella estaba un poco molesta conmigo por la decisión que había tomado. Era mi mujer y quería que durmiese con ella. No entendía por qué me cambiaba de habitación. Con el mayor cariño de que fui capaz le expliqué que lo hacía para que ella y nuestro bebé pudieran descansar tranquilas. Al final pareció entenderlo, aunque no quería que lo hiciese. Era tan buena conmigo. Siempre lo fue. Para ella, mis sueños no eran ninguna molestia y quería cuidarme. No quería que estuviese solo cuando me despertase. Pero el sentido común primó en mí y cambié de habitación.

Aquella noche, aquella fatídica noche, me fui a la cama pensando que a lo mejor el hecho de cambiar el sitio donde dormía podría hacer que descansase mejor. Qué iluso fui. Como ya he dicho, aquella vez la pesadilla fue horrible. No había ido a trabajar porque me encontraba demasiado cansado, y había pasado el día en casa, con un cómodo chándal. Así es como vestía yo en mi sueño. Parecía estar recreando el momento vivido hacía tan solo unas horas, cuando salí a fumar a la terraza. Todo era tan exacto que solo con eso ya asustaba. Al levantar la mirada al frente, pude apreciar con una claridad absoluta cómo aquella silueta que cada vez veía más cercana iba formando poco a poco un rostro. Era una niña.

Recuerdo haber inspirado en profundidad dentro de mi sueño cuando se formó aquel rostro en la sombra. Ya no era una silueta difusa, como en anteriores ocasiones. Era el rostro pavorosamente serio de una niña pequeña. Me miraba con mucha fijeza, con una maldad indescriptible en los ojos. Y se acercó a mí un poco más. Intentaba despertarme por todos los medios pero me era imposible. Era incapaz de sostener aquella escalofriante mirada por más tiempo, pero ella no me permitía despertar. Lo sé, era ella la que no me dejaba despertar. Por alguna extraña razón quería que la contemplase, como si su intención fuese que no olvidase su rostro jamás.

Aquel día fue el despertador el que me sacó del horrible sueño. La sensación que tenía en el cuerpo era la de no haber descansado en toda la noche. Estaba empapado, temblando, mientras el despertador no dejaba de sonar en el silencio de la madrugada. Pasaron al menos diez minutos  desde que abrí los ojos hasta que tuve la fuerza necesaria para apagar el reloj. En el silencio de la casa, encerrado en aquel pequeño dormitorio, lo único que podía escuchar eran los jadeos entrecortados de mi acelerada respiración.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

Imagen: Pixabay

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Vacío sin ti – El poder de las letras

Quiero compartir con vosotros mi colaboración semanal con El poder de las letras, por si no lo habéis podido leer. Besazos.

VACÍO SIN TI Durante la noche caen las estrellas como bolas de fuego sobre mí. Esas mismas que contemplábamos juntos en las cálidas noches de verano. Se han rebelado, se muestran tediosas y amenazantes, pues aún no comprenden el motivo por el que te dejé marchar. La propia luna, antes bucólica…

a través de Vacío sin ti — El poder de las letras relatos,poesías,poemas y literatura

El relato del viernes: “Esperando a la noche”

 

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Imagen: Pixabay.com

 

ESPERANDO A LA NOCHE

Cada día veo cómo pasan las horas como si del caminar de una tortuga se tratase, lentas, cadenciosas, insidiosas. Me encuentro solo y perdido durante los largos días de tu ausencia, deseando que llegue la noche para volverte a ver. Increíble pero cierto, la relatividad del paso del tiempo es un hecho indiscutible. Los días largos, las noches cortas. Los días interminables sin ti, las noches apenas un suspiro en tu compañía.

Paso el día deseando que llegue la noche para volverte a ver. Espero triste, lánguido, inmóvil, aterido y asustado. El temor de no volver a verte me consume, al igual que se consume la llama de una vela dentro de un vaso de cristal. El temor a que decidas sustituirme por otro, a que prescindas de mí, a no volver a sentir tu piel, me sumerge en el más hondo de los abismos.

No puedo hacer otra cosa que esperar a tu regreso. Ver cómo va ascendiendo el sol en el cielo para luego volver a bajar hasta ocultarse, mientras espero tirado sobre tu cama revuelta, desmadejado, sin hacer otra cosa nada más que esperarte. Esa misma cama que tú y yo deshicimos anoche, como tantas otras. La caída del sol es el primer indicio de la noche, de saber que ya está próxima la hora en que vendrás en mi busca. Al menos eso espero.

Cuando al fin te veo llegar, no puedo por menos que sorprenderme de tu belleza, tan brutal, tan exótica. Un cuerpo esculpido para adaptarse a mí, perfecto. Sonrío para mis adentros, mientras me abrazas con ternura, y por fin puedo sentir el suave tacto de tus manos alrededor de mí. Quedo expectante mientras te desnudas, con suma lentitud, con parsimonia, como si te invadiese un cansancio excesivo. Es en ese momento glorioso cuando, al fin, me fundo con tu piel, suave como la seda. Tú ronroneas como si también disfrutaras de mi tacto, aunque bien sé que la suavidad hace tiempo que la perdí. Por eso tengo tanto miedo a que me sustituyas por otro. Otro que te aporte más calidez que yo.

Pero ahora eso no importa, porque volvemos a estar juntos. Volvemos a ser solo uno durante otra noche más. Un único ser que volverá a deshacer la cama ya deshecha, y pasaremos juntos la noche de nuevo. Tú resguardándote en mi calidez y yo abrazándote en tu desnudez. Feliz.

Otra vez la maldita relatividad del tiempo vuelve a actuar en mi contra, y la noche dura un segundo. Vuelve el amanecer y con él el aciago día. El maldito día que me separa de ti.

Ya sé que no quieres que te vean conmigo durante el día, y lo respeto. Nada tengo que reprocharte. Tengo muy claro cuál es el tipo de relación que tenemos, aunque eso no impide que me resulte muy duro. No me queda más remedio que aceptarlo. Al fin y al cabo, solo soy tu pijama.

 

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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