El relato del viernes: “El globo que me hizo mi abuelo”

El relato del viernes: “El globo que me hizo mi abuelo”

 

EL GLOBO QUE ME HIZO MI ABUELO
Ilustración by Asier. Protegida.

 

EL GLOBO QUE ME HIZO MI ABUELO

Mi globo era de colores. Pero no tenía cualquier color no, tenía los colores más bonitos que os podáis imaginar. Me lo había regalado mi abuelo, y también me enseñó a manejarlo. Me enseñó a calentar el aire para que cogiese altura y a aprovechar las corrientes de aire.

Cada domingo, si el día era soleado, invitaba a todos mis amigos a dar un paseo en mi globo. Nadie tenía uno como el mío, claro que tampoco tenía ninguno un abuelo como el mío. Sé que en el pueblo le llamaban “el viejo chiflado”, porque siempre estaba trabajando en alguno de sus cachivaches, como decía la gente. Solo yo sabía que no eran cachivaches, lo que pasa es que no había ninguna persona en el pueblo con la suficiente inteligencia para saber qué era lo que creaba mi abuelo y mucho menos para qué servía. Pero a mí siempre me explicaba todo.

Me encantaba regresar a casa de la escuela y dirigirme con la merienda al viejo taller del abuelo. Siempre estaba trabajando en algo diferente y cada aparato era más interesante que el anterior. Yo era su único nieto, y solo a mí me explicaba para qué servía cada pieza que utilizaba y qué función tenía el instrumento que había creado. Sé que mi abuelo era un genio.

A mis padres no les gustaba que pasase tanto tiempo con él, porque en el fondo también pensaban que era un loco. Ni siquiera se paraban a entender lo que hacía o escuchaban una explicación suya. Solo se fijaban en que muchas veces rebuscaba en la basura, de donde obtenía la inmensa mayoría de las piezas que utilizaba para sus inventos. Y un viejo que rebusca en la basura ya es un viejo loco.

A mí siempre me ha dado igual lo que opinasen de él. Siempre tenía una explicación para las cosas que hacía y nada quedaba abierto al azar. Nunca. Él fue el que me fabricó el globo y me enseñó a utilizarlo. Y a mis amigos bien que les gustaba montarse, aunque lo hubiese fabricado el viejo chiflado. No sé si sus padres hubiesen opinado lo mismo si se hubiesen enterado. Los míos ya me daban por perdido.

Siempre hacíamos el mismo recorrido. Volábamos hasta el valle de la montaña más alta, saludábamos al sol y a las nubes. Yo saludaba a mi abuelo, que sabía que estaría allí porque él mismo me lo dijo una vez. Y regresábamos mucho antes de que el sol comenzase a ocultarse tras la montaña.

Ahora en el viejo taller del abuelo solo entro yo. Yo no soy ningún genio como él, pero tuve un buen maestro y algún aparato interesante ha salido de mis manos. Le tengo especial cariño a uno que mis nietos han llamado teléfono. Con él hemos conseguido hablar en la distancia. Creo que puede tener algún futuro. Me han prometido que no dejarán que caiga en el olvido cuando yo vaya a marchar con mi abuelo a la montaña más alta en mi globo aerostático de los más bonitos colores.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #11 – El sueño de Anita

Los 52 golpes – Golpe #11 – El sueño de Anita

 

EL SUEÑO DE ANITA
Imagen: Pixabay.com

 

 

EL SUEÑO DE ANITA

Anita vivía en una pequeña aldea en el interior de las montañas. De hecho, era la única niña que vivía allí. El resto de la población, apenas cuatro o cinco casas más que había habitadas en la aldea, eran ancianos. Todos, menos sus padres, claro.

Su familia no había vivido allí siempre. Pero algo que los mayores llamaban crisis se había llevado los trabajos de su papá y de su mamá. Por ello se habían trasladado a aquella aldea. Un señor que debía ser muy malo, muy malo, llamado banco, les había quitado su casa en la ciudad. En aquella aldea les ofrecían una casa a cambio de que su mamá, que era auxiliar de enfermería, estuviese pendiente de cuidar de las cuatro parejas de ancianos que quedaban viviendo allí. Su papá había encontrado un trabajo en un pueblo algo más grande que había a no mucha distancia, y así podían vivir con humildad, pero felices.

Su papá se llevaba con él a Anita a la escuela, ya que como era la única niña que vivía fuera del pueblo, no había ruta escolar. Y en la pequeña escuela estaban juntos niños de todas las edades, y solo había una profesora ¡para todos! Anita era muy feliz en aquella escuela, y también en su aldea, donde disfrutaba de las historias que le contaban los ancianos.

Anita tenía un sueño, con el que se quedaba dormida todas las noches. Ese sueño no era regresar a la ciudad, ni volver a su antiguo colegio grande, lleno de clases, donde estaban sus amigos de siempre. Ni siquiera era que les tocase la lotería y tener un montón de dinero para que papá nunca más tuviese que ir a trabajar al pueblo grande. Que va, no era ninguna de esas cosas. El sueño de Anita era que hubiese más niños en su aldea con los que poder jugar.

Ella era muy feliz en la aldea con sus papás; y el resto de los ancianos eran geniales, contaban unas historias estupendas. No lo cambiaba por volver a la ciudad por nada del mundo. Pero lo cierto era que también echaba de menos algún amiguito de su edad para poder jugar. Y es que desde que regresaba de la escuela estaba sola. Incluso en los inviernos, había veces que nevaba tanto que Anita no podía ir a la escuela con su padre al pueblo grande, ni su padre a trabajar. Aquellos días eran un poco extraños, pues le encantaba que su papá se quedase en casa y salir a jugar con la nieve; pero, por otro lado, echaba mucho de menos a los niños de la escuela. Además, sabía que si su papá no trabajaba, no cobraba dinerito para comer.

Igual le pasaba durante las largas vacaciones de verano, en las que solo contaba con la compañía de sus papás y de los ancianos de la aldea. Era muy feliz saliendo al campo a hacer excursiones, tenía toda la libertad del mundo, pero le hubiese gustado que hubiese alguien que la acompañase.

Anita nunca les había preguntado a sus papás, pero por lo que había podido escucharles (ojo, que no les había espiado, es que no había podido evitar oírles), veía muy difícil el tema de tener un hermanito; y menos desde que se habían mudado a aquella aldea, en la que el hospital más cercano estaba a más de cincuenta kilómetros de distancia, según le había oído decir a su madre. Ella no sabía cuánto era esa distancia, pero debía ser muchísimo, a juzgar por la cara que siempre ponía su madre cuando hablaban del tema.

Así que imaginaos la cara de sorpresa que se le quedó a Anita cuando un sábado por la mañana, a mediados del mes de marzo, llegó a la aldea dando bocinazos una furgoneta más grande que la de su papá. En seguida salió corriendo hacia allí, esperando que fuese alguna de las pocas tiendas que se aventuraban a llegar hasta allí, y que a ella le encantaba admirar.

Pero, ¡qué va! ¡Era algo muchísimo mejor! ¡Algo que ni en sus mejores sueños Anita se pudiese haber imaginado! Una nueva familia se instalaba en la aldea, en el antiguo obrador. Como ellos, no tendrían que pagar nada por la casa a cambio de tener el pan recién horneado cada día para la aldea.

Pero lo mejor de todo no eran los dulces tan riquísimos que Andrea, la señora, sabía preparar, sino que eran familia numerosa. Así que, de un día para otro, seis nuevos chiquillos de entre los doce y los cinco años de edad correteaban junto a Anita por las calles de la aldea.

Anita no podía ser más feliz. En los duros inviernos, cuando quedaban incomunicados, todos se reunían en el obrador, al calor del horno de leña, a escuchar las historias de los ancianos mientras degustaban las delicias de Andrea junto con un chocolate bien caliente. Y en verano, mientras los ancianos se reunían en las puertas de las casas a tomar el fresco, una chiquillería recorría las cuatro escasas calles del pueblo hasta altas horas de la noche.

Era entonces cuando, tanto Anita como sus padres, se dormían tranquilos, sabiendo que mudarse a aquella aldea en plena naturaleza era la mejor decisión que habían podido tomar.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Este texto es el relato número 11 elaborado para Los 52 golpes. A día de hoy, ya está a puntito de salir recién cocidito del horno el relato número 13.

Leyendo cien historias – Scripto.es

Leyendo cien historias – Scripto.es

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Otra vuelta a las cien historias que van a componer El mundo en tus manos, para su organización en capítulos y que todo quede perfecto. Un poquito de paciencia, por favor, ya queda menos que nunca… ¡Gracias!

Leyendo Cien Historias La organización del libro en capítulos exige una nueva lectura de los cien textos escogidos. Esos textos ya han sido leídos decenas e incluso cientos de veces por el equipo de redacción, en una lectura analítica, buscando ese pequeño detalle que puede mejorar un texto. Ahora se impone otro tipo de lectura. Hay…

a través de Leyendo cien historias. — Scripto.es

La frase de la semana

La frase de la semana

LOUISE BOURGEOIS
Imagen: abc.es

 

‘En realidad nunca he dejado de ser una niña incapaz de entender el mundo, aunque jamás he encontrado a nadie lo suficientemente fuerte para aceptarlo.’

Louise Bourgeois

Artista y escultora francesa, nacionalizada estadounidense.

Conocida como “Mujer Araña” por sus esculturas de arañas, es una de las artistas más importantes del arte contemporáneo.

¿Qué queréis que os diga? He dedicado un buen espacio de tiempo a meditar sobre esta cita de Louise y no he podido por menos que rendirme a darle la razón. Creo que todos, y cuando digo todos, digo todos, en general, por muy activistas que podamos ser en según qué sectores de la vida, como la política, en el fondo no somos más que niños incapaces de entender el mundo, pero ninguno de nosotros tiene el coraje necesario para aceptarlo. Aparentar ante todo y ante todos. Y así nos va. Como con otras tantas cosas.

Sabéis que no me gusta enredarme mucho en discusiones conmigo misma, que para eso ya tengo mis relatos, que suelen ser todos una comedura de tarro en condiciones, por lo que directamente paso a la frase que más me ha llamado la atención esta semana:

‘Durante las dos últimas semanas, cada vez que entro en la librería parece como si hubiese un murmullo entre los libros, pero es girar la llave y se hace el silencio más absoluto unido al amplio olor a libros’.

Esta frase es el comienzo de un relato titulado “Con cierto sentido”, que podéis encontrar en el blog de El Aprendiz Librería. A mí este relato particularmente me encantó, por la magia que posee, por el ambiente en el que está recreado, por… Descubridlo vosotros mismos, que para eso os he dejado el enlace al blog. No os lo perdáis, por favor, los que no lo hayáis leído aún porque os aseguro que no tiene desperdicio. ¡Qué talento, por favor! Ya me diréis, ya…

¡Besos y hasta la semana que viene!

La casa de mis sueños

La casa de mis sueños

 

LA CASA DE MIS SUEÑOS
Imagen: Pixabay.com

 

 

LA CASA DE MIS SUEÑOS

Por fin había conseguido aquello que llevaba tanto tiempo deseando: una pequeña casita junto al mar. No era muy grande, pero era justo lo que estaba necesitando. Una pequeña casita para mí sola, a pie de arena, en una hermosa playa virgen de las preciosas que hay desperdigadas por la geografía española.

Yo quería cumplir mi sueño y vi la oportunidad perfecta. El precio a pagar era apenas una tontería a cambio de lo que yo podría conseguir. Así que no lo pensé demasiado. La vida en la ciudad me estaba asfixiando, me estaba limitando de una manera impresionante, hasta el punto de que ya estaba comenzando a afectar a mi salud mental. Mi gran sueño era dedicarme a la escritura, pero mi jornada laboral y el ritmo frenético de la gran ciudad, no me dejaban mucho tiempo para ello. Pasaban los años y yo cada vez me sentía más infeliz, así que en cuanto vi la oportunidad ni me lo pensé dos veces.

Ya no recuerdo ni cómo ocurrió, solo sé que pensé: “Marina, tenemos que escapar”. Lo cierto es que mis padres habían dado en el clavo con el puñetero nombrecito, pero es que así era. Mi naturaleza era marinera, necesitaba el mar cada año para ir sobreviviendo. Y también necesitaba dedicarme a la escritura en cuerpo y alma para ser plenamente feliz. No tenía ninguna obligación que me mantuviese atada a la gran ciudad, excepto la estrictamente laboral, que para mí ya no era ni de lejos importante. Así que cuando encontré la pequeña casita en la costa levantina a tan bajo precio, casi ridículo, ni me lo pensé.

Vendí mi piso de la ciudad, dejé mi trabajo y me trasladé a la casita de la costa. Con la diferencia de precio me daría para vivir con comodidad durante un par de años, al menos. No habían transcurrido ni dos meses cuando estaba viviendo en el mar. Ni qué decir tiene que no hice ningún caso a los avisos de mi familia para que tuviese cuidado, que estaba demasiado en la playa y era muy raro que el precio fuese tan bajo. Tampoco me importaron los carteles que había por la zona avisando del riesgo de vivir allí. Tenía muy claro el precio a pagar y estaba dispuesta a asumirlo.

 Así que ahora vivo aquí la vida que siempre he soñado. Puedo disfrutar de una temperatura prácticamente ideal durante todo el año, de larguísimos baños en verano, luciendo el moreno más exquisito, y de los inviernos más suaves de mi vida. Cada mañana desayuno viendo el amanecer sobre el mar en el pequeño porche de mi casita. Mi actividad literaria se ha triplicado por lo menos desde que estoy aquí, y tengo ya varios libros auto publicados. He logrado hacerme con algo de fama incluso por la zona.

Por eso, cuando esta noche, mientras estaba en la cama, he podido oír el estruendo tan sospechoso como temido, sencillamente me he dejado llevar tranquila, en paz. Y cuando la enorme ola ha irrumpido en mi pequeña casita, arrollándolo todo a su paso, me he limitado a dejarme ir con la resaca, para siempre.

No busquéis mi cuerpo, solo necesitáis saber que mi alma ya vive donde siempre ha querido estar, en el fondo de mi querido mar.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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