Miércoles de poesía: “Sentimientos IX”

Miércoles de poesía: “Sentimientos IX”

Sentimientos

IX

Se aproxima el equinoccio
al sentimiento profano,
pleno,
que sobrevivió incólume,
duradero,
al verano de las siembras,
el calor y las cosechas,
impoluto en su ignorancia
de verse pronto cubierto
por una falta de luz.

Ya en la viña se desnuda
una vez más bajo el cielo
azul,
mostrándose en cada banasto
añejo
de la uva recogida
entre fiestas y jolgorios,
entre cánticos y risas,
entre calores forjados
en un eterno verano al sol.

Y se nos muestra orgulloso
de su propia resistencia,
ufano,
curtido cual campesino
ocioso,
dispuesto a perdurar siempre,
aunque el sol muestre su ocaso
antes de lo acostumbrado
para irse a dormir presto
junto al amor de la luna.

Sentimientos cosechados
en las eras del sentir.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

Sentimientos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “Voces rotas”

A letras con los lunes: “Voces rotas”

Voces rotas

Se arraciman en una pila
los cuerpos yermos e inertes
que hace apenas unas horas
estaban llenos de vida
buscando en el cuerpo a cuerpo
el fragor de la batalla.
Gritos desesperados
que se mezclan con las lágrimas
ahogando la letanía
que nace de los suspiros
cubiertos de oscuro polvo
del compañero que sobrevivió.
Hombres que no se atreven
ni a mirar fijo a los ojos
y que bajan la mirada
para ocultar el espanto
que les envenena el rostro
después que todo acabó.
Armas sucias que rielan
sobre pechos desgarrados
por unas manos maltrechas
y heridas en el orgullo
de saberse en ese punto
portadoras de la muerte.
Calla el campo de batalla
las voces rotas de culpa.
Calla y solo queda en el habla
un aliento y cien reproches
entre pólvora y metal.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1809138354127-voces-rotas

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “No todo lo cura el tiempo”

El relato del viernes: “No todo lo cura el tiempo”

No todo lo cura el tiempo

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no es así, puedo dar fe de ello. El transcurso del tiempo solo se limita a suavizar las heridas, a cubrirlas con una tirita para crear la falsa ilusión de que así dolerán menos, pero cuando la despegas aparece ante ti la misma herida abierta que en su día cubriste para mitigar el dolor. Es como un bálsamo reparador que necesitas aplicar una y otra vez para que la llaga no escueza tanto, pero que jamás llega a cerrarla. Puede que tengas suerte y, tras capas y capas de bálsamo y tiritas y unos cuantos puntos de sutura, la lesión llegue a cerrarse, pero de lo que puedes estar seguro es de que la cicatriz permanecerá de por vida. Y, quieras que no, hay veces que hasta las cicatrices duelen.

Yo guardo dentro de mí una de esas heridas que el tiempo no ha sido capaz de curar, al menos de momento, y dudo mucho que algún día llegue a hacerlo. Es una herida que sangra cada día, por más apósitos que le aplique y por mucho que la unja con ungüentos. Hoy, en particular, la herida se muestra abierta, en carne viva y manando sangre a borbotones, a pesar de que hace ya diez años desde que se produjo.

Tal día como hoy, hace ya diez largos, eternos, años, que mi pequeña no está conmigo. Diez años desde que la perdí de vista en un maldito descuido que jamás me perdonaré. En mi caso, de nada sirven los calmantes que intentan aplacar el dolor diciendo que no fue mi culpa. El sentimiento de culpabilidad me acompañará de por vida, contribuyendo a dañar aún más la piel lacerada del mismo centro de mi corazón. La esperanza es ese vendaje de compresión que trata de evitar que el sangrado sea cada vez más profuso, pero apenas lo contiene. No, definitivamente, el tiempo no lo cura todo.

Tantos años transcurridos, tanto cariño perdido, tantas cosas sin decir, tanto sentimiento extraviado por los vericuetos del tiempo. El único alivio que he encontrado como pliego de descargo son las cartas que a diario le escribo. Cartas en las que perdón es la palabra más recurrente, la culpa se deja ver escondida entre los renglones y el amor se escribe siempre con mayúsculas y con letra capital. Cartas que quizá algún día lleguen a su destinatario y pueda, por fin, sanar la herida que el tiempo no ha logrado curar.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1902159954601-no-todo-lo-cura-el-tiempo

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “Sentimientos VIII”

Miércoles de poesía: “Sentimientos VIII”

Sentimientos

VIII

Ya cubre el oro los campos,
amarillea la siembra
cálida
en los terrenos más fértiles,
soleados,
donde nuestro sentimiento puso
su semilla con tal fuerza
que ahora parece imposible
el desgranar la cosecha
sin ganarle un pulso al sol.

Sentimiento germinado
bajo cien rayos solares,
lento,
como en un horno de leña,
hogareño,
acunado en el ocaso
por los tallos de los juncos
que las ninfas de la noche
robaron, tan clandestinas,
en la ribera del río.

Guarecido entre las sombras,
reposa el sentimiento ebrio,
anestesiado,
mientras disfruta del éxtasis
sublime
que le produce en la siesta
saberse tan grande y fuerte
que ya se piensa invencible,
como si fuera un Quijote
en lucha contra el molino.

Sentimientos exaltados
en el nombre del amor.


Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “A mi lado”

A letras con los lunes: “A mi lado”

A mi lado

Si te tuviese a mi lado
trazaría con mi lengua
un largo sendero de besos
que recorriesen sin tregua
cada pliegue de tu piel.
Convertiría el sonido
tan grave de tus gemidos
en armoniosa melodía
que llegase a mis oídos
tan dulce como la miel.
Satisfaría tu instinto
más primario y más salvaje
como una bella amazona
que emprende a caballo el viaje
del que no quiere volver.
Si te tuviese a mi lado.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Déjà vu”

El relato del viernes: “Déjà vu”

Déjà vu

Agosto de 1986.

Con solo ocho añitos, Miriam se refugia bajo la sombrilla blanca y azul de sus padres. El día es especialmente caluroso y la playa está llena de gente. Siente calor. Demasiado calor. Necesita refrescarse y el deseo de meterse en el agua es muy fuerte. Observa a sus padres, que charlan animadamente con una pareja vecina. Piensa que es mejor no molestarlos y, sin decir nada y sorteando a los demás turistas, consigue llegar hasta la orilla y meterse en el mar.

El agua está fresca y la sensación que percibe Miriam es de intenso alivio. El sol incide con fuerza sobre el agua, creando unos destellos que aquel día le parecen mucho más bonitos que nunca. Hay poco oleaje y el mar ofrece un cariñoso vaivén que, poco a poco, la va atrapando y se deja llevar. Tan ensimismada está con las sensaciones que el mar provoca en ella que pierde la noción del tiempo. Cuando al fin decide salir del agua, la ligera corriente que antes la mecía la suelta en un lugar desde el que no divisa la sombrilla blanca y azul de sus padres por ningún sitio.

Miriam se pone de puntillas para intentar localizar a sus padres, pero no los encuentra. Decenas de personas desconocidas disfrutan del día de playa, ajenos a la creciente angustia que se va formando con rapidez en el pecho de la pequeña. En cuestión de minutos rompe a llorar de manera intensa y desconsolada. No solo se ha perdido, sino que a buen seguro le espera una buena regañina cuando la encuentren.

Entre las lágrimas saladas como el mar, Miriam ve a una mujer de mediana edad que se dirige hacia ella con gesto preocupado. La toma de los hombros, le pregunta si está bien, le ofrece una mano y, con una preciosa sonrisa que jamás olvidará, la acompaña hasta que es capaz de encontrar la sombrilla blanca y azul de sus padres. No estaba demasiado lejos de ella, pero el susto ha sido tremendo.

—Yo también me llamo Miriam —le dijo aquella cariñosa mujer mientras la acompañaba por la playa, después de preguntarle su nombre.

Agosto de 2018.

Con cuarenta años recién cumplidos, Miriam disfruta de una agradable mañana de playa durante un día de sus merecidas vacaciones. El día es especialmente caluroso y la playa está llena de gente. Siente calor. Demasiado calor. Necesita refrescarse y el deseo de meterse en el agua es muy fuerte. Sale de la protección de su sombrilla y, sorteando a los demás turistas, consigue llegar hasta la orilla con la intención de meterse en el mar.

Antes de llegar a poner un pie en las frescas aguas, ve a una niña que llora desconsolada. Durante un instante, se recuerda a sí misma cuando era pequeña y a la guapa mujer que tan cariñosamente le brindó su ayuda. Se dirige hacia ella.

Miriam toma a la niña de los hombros, le pregunta si está bien, le ofrece una mano y, ofreciéndole una de sus mejores sonrisas, la acompaña hasta que es capaz de encontrar la sombrilla blanca y azul de sus padres. No estaba demasiado lejos de ella, pero el susto que se ha llevado la pequeña ha sido tremendo.

—Yo también me llamo Miriam —le había dicho a la pequeña mientras la acompañaba por la playa, después de preguntarle su nombre.

La sensación de déjá vu que comienza a experimentar Miriam es demasiado fuerte. Es una emoción que la abruma y, de pronto, experimenta la fuerte necesidad de salir de allí. Vuelve a su sombrilla, recoge sus cosas con premura y regresa al pequeño apartamento en el que está alojada durante sus vacaciones. La angustia que siente es cada vez mayor.

Miriam se dirige directamente al baño, donde abre el grifo y deja correr el agua para que salga más fresca. Esa sensación de déjà vu persiste e incluso se vuelve cada vez más y más intensa. Llena sus manos con el agua fría y sumerge en ellas la cara, buscando un alivio para la zozobra que la ha embargado.

Algo más calmada, Miriam levanta la cara y observa el reflejo que, de su rostro, le devuelve el espejo. Esboza una tímida sonrisa. Desde el cristal, la está observando la misma mujer que le había prestado su ayuda cuando tan solo era una niña.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “Sentimientos VII”

Miércoles de poesía: “Sentimientos VII”

Sentimientos

VII

El fuerte sol del verano
ya cocina el sentimiento,
a fuego lento,
permitiendo que madure,
dulce,
y volviéndolo más fuerte,
tanto, que casi parece
que no podrá morir nunca
por mucho que lo intentemos
o queramos esconderlo.

Poderoso por sí solo,
se muestra ante el mundo entero,
diáfano,
exhibiendo con orgullo,
brillante,
su pátina de luz dorada
que lo convierte en sincero,
en sublime y algo tan bello
que ni todo el firmamento
lo puede siquiera emular.

Y durante las cálidas noches
no podemos evitarlo.
Se nos cuela,
contagia al resto del mundo,
sereno,
y los eternos amantes
desgastan el sentimiento
entre besos y arrumacos,
lo dejan brillar con fuerza
hasta que ilumina el cielo.

Sentimientos horneados
a fuego lento bajo el sol.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

Sentimientos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)