El relato del viernes: “Viaje astral”

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Viaje astral

Cabalgaba a lomos de una estrella, agarrándose con fuerza a una de sus puntas para no caerse. Su tacto era tan suave que el solo roce con su superficie había sido suficiente para reconfortar su corazón. Su brillo eran tan intenso que apenas lograba apreciar la luminosidad de las demás estrellas que encontraban a su paso, lo que hacía sumirse a su alrededor en una profunda oscuridad. Sin embargo, aquella opacidad no le infundía ningún temor. Al contrario, parecía arroparla como un cálido manto, como un tierno abrazo que la acunara con la suave intención de llevarla a un descansado y placentero sueño.

La velocidad a la que la estrella surcaba el firmamento aumentó hasta límites insospechados. A pesar de que no había aire, una brisa fresca le alborotaba el pelo y le azotaba con suavidad en la cara. Se sintió mejor de lo que recordaba haberse sentido nunca. Conforme ganaban velocidad, comenzó a apreciar pequeños destellos a ambos lados de su camino. Eran como pequeñas pantallas de televisión que iban encendiéndose a su paso, para apagarse después con la misma velocidad con la que se habían encendido una vez habían traspasado su altura. En cada agujero de luz, imágenes de su vida se iban presentando ante sus ojos. Por un instante, sintió cómo el temor circulaba por sus venas como un torrente de fuego. Si estaba viendo la película de su vida, era muy probable que hubiese fallecido. Sin embargo, a medida que avanzaban por el universo y veían más imágenes, se dio cuenta de que no era exactamente su vida lo que estaba contemplando, sino solo los buenos momentos. Y todos tenían un punto en común.

Se trataba de un pequeño detalle que, hasta aquel momento, no había sabido apreciar. En todas aquellas imágenes que tan buenos recuerdos le traían, de aquellos instantes mágicos de su vida que hubiese querido poder revivir una y otra vez, siempre había una persona a su lado. Una persona con la que había vivido no solo los momentos más felices de su vida, sino también los más reconfortantes y amables, aquellos en los que siempre se había sentido protegida, cuidada, importante e invencible. Una persona que hacía años que no tenía a su lado, a pesar de seguir muy viva en su corazón, que había dejado en su alma una huella indeleble: su madre.

Desde que se dio cuenta de aquel detalle, se dedicó a disfrutar con plenitud del espectáculo. Era fascinante poder revivir de nuevo todas aquellas situaciones que habían marcado su vida de aquella manera. Se vio en brazos de su madre de nuevo, soplando la única vela de su primera tarta de cumpleaños y llorando desconsolada en su regazo con su primer desamor. Revivió el momento en el que aprendió a montar en bicicleta, ahogó las lágrimas del día que se rompió una pierna en el colegio y volvió a caminar hacia el altar bajo su emocionada mirada. Apoyó la cabeza sobre el pico más cómodo de su estrella viajera y suspiró. Meciéndose en su acogedor regazo, por primera vez en años, se sintió en paz.

Al notar cómo la estrella iba perdiendo velocidad, levantó la cabeza, expectante. Juntas, se introdujeron en una especie de túnel de colores que desembocaba en un espacio luminoso. Una gran luz blanca las esperaba al final y, a contraluz, podía distinguirse una silueta que, desde la distancia, lo único que transmitía era serenidad y una intensa armonía. A medida que se acercaban, su rostro empezó a hacerse visible. Una presencia en calma que, con una tierna sonrisa, aguardaba su llegada.

Se bajó de la estrella despacio, como queriendo alargar todo lo posible aquel momento, aquel reencuentro. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, erizándole todo el vello y haciendo que las lágrimas asomasen a sus ojos. La figura abrió sus brazos y la acogió, de nuevo, en su regazo, como siempre había hecho, como nunca olvidó. El abrazo fue tan intenso que pequeñas chispas de luz surgieron de las entrañas de las dos mujeres, madre e hija, un vínculo indestructible. Cerró los ojos para dedicarse a sentir, solo eso. El corazón se henchía en su pecho y, por un instante, se sintió en plenitud.

Cuando quiso, con temor, abrir los ojos, se vio en su cama, abrazada con fuerza a la almohada. No había estrellas, ni firmamento, ni nadie de quien respirar. Una lágrima saltó al vacío y cayó, solitaria, mojando el colchón.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Hipocresía”

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Hipocresía

Nos guardamos la sonrisa en el bolsillo,
junto al dinero suelto que nos queda
para llegar a fin de mes.
Tantos años de silencios compartidos,
almoneda de paciencia y resistencia
en la lonja de los sueños.
Guardamos luto por los ideales divididos,
los pérfidos insurrectos
que quedaron por cumplir.
Y amanece con el sol como testigo
del entusiasmo escondido
y comedia a flor de piel.
Se cayeron las sonrisas del bolsillo
y mostramos más los dientes
que, al final,
es lo único que jode.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Un trabajo bien hecho”

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Un trabajo bien hecho

Rebeca se encontraba en el pasillo de las conservas, tratando de alcanzar uno de los botes del estante superior. Aquella misma mañana había decidido realizar un cambio en su vida y el primer paso lo daría cambiando su alimentación. Más verdura, aunque fuese enlatada, que no le sobraba el tiempo para estar picando y cocinando. Las latas de guisantes la miraban desde lo alto, la retaban desde su posición de superioridad y ella trataba, en vano, de alcanzarlas poniéndose de puntillas y estirando uno de los brazos al máximo. Estaba rodeada de gente, cada cual a lo suyo, y nadie parecía prestarle atención y, mucho menos, brindarle ayuda. Justo cuando estaba a punto de rozarlas con las yemas de los dedos, sintió un pequeño pinchazo en el cuello.

Retiró de inmediato la mano para tocarse el cuello. Parecía como si un pequeño aguijón se hubiese insertado en su piel, aunque no consiguió palpar nada. Miró hacia arriba. Las latas seguían tambaleándose con el ligero roce de sus dedos al separarlos de forma tan brusca e intentó que no cayesen. Tarde. Varias cayeron al suelo con estruendo y salieron rodando desperdigadas por debajo de las estanterías. Rebeca no sabía dónde meterse. Todas aquellas personas que la habían ignorado cuando estaba en dificultades ahora estaban pendientes de ella. Y ella no sabía si reír o llorar.

Juanjo estaba en el pasillo de los yogures tratando de elegir alguno. Quería mejorar su alimentación y aquel mismo día se había dado cuenta de que apenas tomaba lácteos. Y allí llevaba al menos media hora, delante de una amplia oferta que nunca hubiese imaginado que pudiese existir, tratando de decidir entre los yogures griegos y los de bifidus activo.  Sopesaba ambos con las manos y leía las etiquetas como si así pudiese resultar más fácil tomar una decisión. De pronto, escuchó un intenso ruido. Una lata de guisantes se asomó por debajo de las cámaras de refrigeración y rodó perezosa hasta chocarse con su pie derecho. Al agacharse para recogerla, sintió un pinchazo en la nalga izquierda.

Dio un respingo, frotándose con insistencia en la zona y miró a su alrededor. ¿Alguien le había pinchado con algo? ¿Lo había picado algún insecto? Para su sorpresa, el pasillo se había quedado completamente desierto. Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar la lata de guisantes que había cogido justo antes del misterioso incidente. Y decidió devolverla a su lugar.

Al girar a la vuelta del pasillo, una azorada mujer se afanaba en recoger varias latas. Algunas de ellas aún rodaban por el suelo, dificultándole la tarea. Sin dudarlo, se acercó a ella para ayudarla en su laborioso cometido. Cuando sus manos se rozaron al tratar de alcanzar uno de los botes, los dos sintieron una corriente eléctrica que nació de sus manos, les recorrió el brazo y les llegó hasta el mismo centro del corazón. Ambos levantaron la vista a la vez, nerviosos. Una tímida sonrisa se asomó a los labios de ambos.

En lo alto de las estanterías, Cupido se frotaba los dedos en la solapa de su chaqueta con chulería. Otro trabajo bien hecho. Aunque ese par de ingenuos siempre pensaría que les había unido una lata de guisantes.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Arde”

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Arde

Ardes.
Y con tu fuego te llevas
un pedazo de mi vida,
un trocito de mi alma,
un mordisco de mi ser.
Cegado de incandescencia
se resbala entre los dedos
el tiempo,
mártir yugo de tu ausencia
y esclavo de tu silencio.
Lloro porque te consumes
y el rescoldo ya no abriga,
pasa el frío.
Y entre girones de humo,
como gota en el desierto
yo también
me consumo.
Arde, por favor.
Arde.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “El vuelo del mirlo”

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El vuelo del mirlo

Permanecía aletargado sobre la escarcha que cubría las ramas del árbol que hasta entonces había sido su morada. Era un mirlo negro de un plumaje tan brillante y tan límpido que destacaba sobre los tallos emblanquecidos por la crudeza del invierno. Solo quedaba él habitando aquel paraje gélido y severo. Sus compañeros habían levantado el vuelo en busca de otros bosques más frondosos que les guareciesen de las bajas temperaturas, pero él había permanecido anclado a la melancolía de los recuerdos que hacían de aquel árbol su hogar.

En la distancia creyó percibir el eco de un canto que, aunque desconocido, despertó su corazón de la desidia y el sopor que la soledad producía en él. Se irguió con emoción y agudizó el oído. Aquel canto volvió a escucharse en la blanca lejanía, un reclamo de afecto que viajaba a través de la nívea espesura de hielo.

El mirlo agitó sus alas y devolvió el saludo, un canto de esperanza que atravesó los carámbanos, dejándolos fracturados a su paso. Estaba listo para alzar el vuelo.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Se nos escapa el tiempo”

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Se nos escapa el tiempo

No me gusta mirarlo, lo reconozco. Me disgusta hacerlo porque, cuando lo miro, puedo contemplar aquello en lo que yo misma me he convertido. Es como si su rostro se transformase en la pulida superficie de un espejo que me devuelve una imagen fiel de mí misma. Que devuelve mis mismos gestos de cansancio, mis mismas miradas apagadas. Un reflejo de las mismas arrugas, las mismas bolsas, las mismas ojeras, la misma flacidez en la piel en aquellos lugares en los que un día solo hubo lozanía y belleza. Por eso, en ocasiones, rehúyo su mirada. Para no volver a asomarme a la calma superficie de ese estanque que son sus ojos, cubierta ya por el agrio limo de la decrepitud temprana.

Tampoco me gusta escucharlo porque es como seguir escuchándome a mí misma, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo. No quiero seguir oyendo las mismas malhumoradas letanías con otro timbre de voz. No soporto más la perezosa intransigencia que hace tiempo se instaló en mis palabras, en las suyas, en las nuestras. Por eso, a veces, me refugio en una burbuja de silencio y hago oídos sordos a las infundadas quejas sin aliento que, sin pena ni gloria, se rompen en el vacío.

Pero lo que más detesto, por encima de todas las cosas, es respirarlo. No tolero ese aroma a ineludible decadencia que lo impregna todo, la ropa, las sábanas, la cama. El mismo que emana de mí misma y que, por más que lo intento, es imposible de disimular bajo la fragancia artificial de una engañosa juventud. Por eso, durante algunos instantes, detengo incluso mi respiración, en un vago intento de que ese momento apnea borre de mi mente la huella, por otro lado indeleble, que ha dejado la esencia de la vejez.

Y, a pesar de todo, lo sigo haciendo. Sigo mirándolo porque, al hacerlo, aún observo en sus ojos la ilusión, la ternura y el cariño con el que me miraban hace años. Porque, en el fondo de su mirada, todavía puedo ver el reflejo de la mía, ilusionada, fresca y joven. Sigo escuchándolo porque, cuando lo hago, llega hasta mis oídos la misma voz del joven que fue, de los jóvenes que fuimos. Siguen llegándome las mismas palabras de amor de antaño, que perduran, firmes, por mucho que pasen los años. Y, sobre todo, sigo respirándolo. Porque su aliento es mi aliento, porque es el soplo que me mantiene viva.

El tiempo pasa, se nos escapa, pero, a su lado, cualquier instante se nos vuelve eterno.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Si fuera”

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Si fuera

Como si fuera de agua,
fluye al vaivén de mi marea
hasta que lleguemos juntos
a una orilla abandonada
cubierta de arena de olvidos
y eternas puestas de sol.

Como si fuera de aire,
vuela como hace el pájaro
a favor de las corrientes
y sumérgete en mis suspiros
hasta que ambos respiremos
el soplo de tu sudor.

Como si fuera de fuego,
prende en silencio la mecha
del barreno que socave
mi voluntad y la tuya,
entre volutas de humo
enciende tu munición.

Como si fuera de tierra,
moldéame con tus manos
como herramientas sinceras
que limen mis asperezas
hasta regresar al barro
que no entiende de color.

Como si fuera de carne,
devórame con tal ansia
que logres sofocar tu hambre
y conviérteme en alimento
de tus propias ilusiones,
en sustento de tu amor.

Como si fuera de polvo,
como si fuera de niebla,
como si fuera de vida,
como si fuéramos uno
y no, simplemente, dos.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Vuelta al hogar”

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Vuelta al hogar

Viajaban acompañados por el cómodo silencio que se instala entre los que no precisan de palabras para demostrarse los sentimientos. Él, concentrado en la carretera, tan angosta y maltrecha que parecía no querer terminar nunca. Ella, concentrada en la ventanilla, que mostraba un paisaje tan cambiante que parecían estar atravesando diferentes mundos, y con una pequeña crisálida creciendo en su interior.

Habían salido cuando la noche todavía reinaba y en ese momento, apenas una hora pasado el amanecer, una luminosidad hipnótica confería a los campos un aspecto que rozaba la fantasía. La gruesa capa de escarcha que cubría todo difuminaba los colores y parecía querer cubrir todo con un manto de mágica purpurina.

Poco a poco, los grandes edificios de la gran ciudad, aún sumidos en un profundo sueño, habían dado paso a extensos terrenos baldíos que la noche, sabiamente, se encargaba de ocultar. Poco a poco, fueron cubriéndose de una tímida siembra que parecía querer desafiar al hielo que la cubría. Nueva vida abriéndose paso a través de la crudeza de la propia vida, que mostraba, orgullosa, un contagioso afán de supervivencia. Se podía intuir entre las sombras, bajo las heladas gotas de rocío, asomada al balcón de la niebla de la incipiente mañana. Y, conforme avanzaban, la mariposa que se había instalado en su estómago parecía extender sus alas un poquito más, agitándolas con timidez.

Al rayar el alba, los amplios sembrados ya se habían convertido en extensos terrenos repletos de viñedos. Desnudos esqueletos en decadencia que, dormidos, soñaban con eternos veranos dorados en los que brindar su preciada ofrenda al dios Baco. Los pueblos ya comenzaban a despertar a su paso, ofreciéndoles una discreta bienvenida envuelta en aroma a café y a chimeneas prendidas. Y cuando los primeros olivares comenzaron a aparecer sobre la velada línea del horizonte, la mariposa le pegó un pellizco en el estómago, rompió el capullo que la había mantenido guarecida hasta entonces y batió sus alas con energía en su interior.

Muchos kilómetros transcurrieron zigzagueando entre los centenarios árboles, que mostraban sus frutos henchidos de su dorado néctar bajo un tímido sol que ya lucía, aunque con timidez, en el cielo. Continuaban en silencio, sumido cada uno en sus pensamientos, en unos recuerdos que aumentaban al mismo ritmo que disminuían los kilómetros que faltaban para llegar a su destino.

Ella fue la primera en divisar las blancas casas que el paso del tiempo casi se había encargado de hacer desaparecer de su memoria. Su mano se posó con cariño sobre la de él. Un mismo suspiro se escapó de entre dos pares de labios. Por fin, habían regresado a su hogar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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