El relato del viernes: “Bajo el ruido”

El relato del viernes: “Bajo el ruido”

Bajo el ruido

El ruido me aturde, siempre lo ha hecho, y, si lo pienso bien, me parece cuando menos curioso que haya podido llegar a este punto de mi vida con la facilidad con la que he llegado bajo tal nivel de aturdimiento. Podría considerarse incluso una proeza el simple hecho de ser capaz de mantener un mínimo grado de lucidez bajo condiciones tan desfavorables.

Posiblemente alguien pueda llegar a pensar que estoy exagerando. En ese caso, solo le pediría que prestase un poco de atención a los sonidos que llegan hasta sus oídos. Ahora, en este mismo instante. Salvo que se trate de un privilegiado que pueda disfrutar de un lugar en calma, seguro que podría escuchar los mismos sonidos, o muy similares, a los que estoy escuchando yo ahora mismo. Decenas de coches con sus furiosos motores aguardan con avidez a que un semáforo cambie de color para rugir aún con más ganas, si es que las otras decenas de vehículos que circulan en dirección perpendicular se lo permiten. Algún desesperado con ganas de llegar a algún sitio impreciso presiona el claxon repetidas veces, como si ese sonido fuese capaz de producir la magia necesaria para que se difumine el atasco. Varios conductores lo imitan.

Una ambulancia intenta abrirse paso entre el tráfico, haciendo sonar su estridente sirena en medio del colapso automovilístico. Unos coches más atrás, una patrulla de policía conecta la suya tras comprobar que llegará con retraso a comisaría, formando un coro de sonidos que se sobreponen a todos los demás. Mientras, la puerta del garaje situado bajo mi casa no para de emitir ese chirrido estridente causado al abrir y cerrarse tras un trasiego de coches que parece no tener fin. Intento imaginar la causa de tanta actividad tan de mañana.

La algarabía que proviene de las cafeterías de mi calle es tal que bien podría parecer que se trata de la hora del vermut en lugar de la del desayuno. En algún piso del bloque dos personas discuten mientras tratan de ganar un pulso de gritos. Otro vecino, algo más relajado, pero no por ello menos ruidoso, conecta el equipo de música a un volumen poco menos que intolerable para mis ya maltrechos oídos.

Ruido. Ruido. Más ruido.

Cierro los ojos y trato de que mi mente aísle todos los sonidos que ella misma cataloga como ruido, ansiando escuchar algo más allá. Supone un gran esfuerzo y tengo que agudizar mucho el oído, pero, finalmente, lo consigo. Alcanzo a escuchar, cada vez con mayor nitidez, toda una serie de sonidos que en un principio habían pasado totalmente desapercibidos, envueltos como estaban por aquella maraña ruidosa.

Escucho el ligero piar de un polluelo que, en el nido, espera con ansia que sus progenitores le acerquen algo de comida. Escucho el trino más alegre y elevado de una bandada de pájaros refugiados en una de las ramas del único árbol que hay frente a mi casa. Escucho el maullido meloso de un pequeño gato que pasea por el callejón, escondiéndose de la gente. Escucho la risa fresca de un pequeño que aún no tiene edad para pasar una larga jornada en el colegio. El ladrido de un perro feliz de ver entrar a su amo por la puerta de casa. Llego incluso a escuchar la suave melodía que crea la ligera brisa de la mañana al colarse por la puerta entreabierta de mi terraza.

Quizá tengan razón los que pensaban que estaba exagerando. Quizá no haya sido tan difícil sobrevivir con cordura al vértigo ruidoso de la gran ciudad, pero solo por el simple hecho de que, bajo todo ese ruido, permanece el agradable sonido, suave y reconfortante, de la verdadera vida.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1906181192956-bajo-el-ruido

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “La mentira”

Miércoles de poesía: “La mentira”

La mentira

Encogida se ha quedado la mentira
que tus labios traicioneros
pronunciaron con susurros
enmascarados de gritos.
Inservible y arrugada se ha caído
sola por su propio peso
desde el ático del orgullo
donde prometiste el cielo.
De nada sirve ya negarla
si, aunque avergonzada y tímida,
ha mostrado ya su cara
y ha soltado su veneno.
Quedó desenmascarada,
desnuda a vista de todos,
abandonada en el baile
de las noches sin estrellas.
No la envuelvas con satenes
ni le restes importancia,
ya cumplió su cometido
y, aunque quieras esconderla,
el daño
ya está hecho.

Ana Centellas. Mayo 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/n9Jg73LQFw7hpKoN?ref=registered

*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “Regálame cariño”

A letras con los lunes: “Regálame cariño”

Regálame cariño

Él me regalaba rosas
sin pensar en las espinas
maliciosas,
traicioneras,
que me pinchaban la vida.
Se olvidó de los te quiero
tan bellos del primer día,
los perdió,
se le murieron
entre flores con astillas.
A mí se me desgastó
el amor de tanto usarlo,
altruista,
generosa,
sin esperar nada a cambio.
Expiró aquella costumbre
que teníamos de amarnos,
se perdió por el camino
siempre cuajado de rosas
con espinas en el tallo.
Y el descuido nos llegó
hasta casi el infinito,
yo, derrochando mi amor
y él enviando al olvido
que yo también necesito
que me regalen cariño,
un mensaje,
un buenos días,
un quiero quedarme contigo.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/owc5DXzbVTou6HPc

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “El pueblo invisible”

El relato del viernes: “El pueblo invisible”

El pueblo invisible

Óscar se detiene bajo la sombra de una encina en lo alto de la loma a la que solía ir a jugar cuando era niño, desde la que se puede divisar todo el pueblo. Coloca una mano a modo de visera sobre sus ojos para frenar el intenso sol de agosto y observa, con cierta melancolía, el recinto irregular y añejo que forma el pueblo que lo vio nacer. Un profundo suspiro se escapa de entre sus labios mientras contempla la pequeña población y sobre su rostro vuelve a sobrevolar la sombra de una preocupación ya recurrente.

Es 15 de agosto, día festivo. Para aquellas fechas, el pueblo debería estar bullendo de actividad, repleto de veraneantes dispuestos a desconectar del frenético ritmo de vida urbano durante unos días. Trata de imaginar cómo habría podido contemplar el pueblo desde ese mismo lugar tan solo diez años antes. Centenares de niños estarían recorriendo las calles, corriendo o en bicicleta, bañándose en el río o, simplemente, paseando en grupos. Hombres y mujeres se arremolinarían ante las furgonetas que cada poco tiempo recorrían el pueblo para vender sus productos, cargadas con las mejores frutas y verduras de la zona. Los dos bares del pueblo estarían repletos de feligreses que compartían un vino, una cerveza o un refresco frente a una baraja de cartas o contando historias, riéndose a carcajadas.

El panorama que puede divisar hoy no puede ser más diferente que el que plasman sus recuerdos. Por las calles apenas puede contemplar a algún perro que, tratando de guarecerse del justiciero sol, busca la sombra bajo un tejado, tumbado con desidia como si se resignase a vivir un ambiente tan soporífero. Apenas sí se escucha algún sonido. Un silencio denso llena el valle, únicamente interrumpido por el sonido del motor de algún coche que circula por la carretera que bordea el pueblo, sin que llegue jamás a detenerse en él. En la plaza puede contemplar a dos ancianos que charlan casi en silencio con el conductor de la furgoneta de reparto del pan, que lleva ya unos minutos esperando a que alguien que parece no llegar nunca se acerque a ella.

En breve darán comienzo las fiestas del pueblo, pero las calles no están engalanadas para una celebración a la que solo asistirán las cuatro personas de siempre y los ancianos que se retirarán a sus casas bastante antes del anochecer. Lejos quedaron los bailes hasta la madrugada en la plaza, los besos furtivos que los más jóvenes se robaban en algún oscuro callejón y los campeonatos de fútbol que eran famosos en toda la comarca. Atrás quedó la vida del pueblo.

Un nuevo suspiro, aún más sonoro que el anterior, se escapa de la boca de Óscar e incluso una lágrima amenaza con precipitarse desde su ojo derecho. Retoma con calma el camino hacia su pueblo, su querido hogar que, desde hace unos años, y sin que sepa aún muy bien por qué, parece haberse vuelto invisible.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1906121148067-el-pueblo-invisible

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: “Sentimientos XII”

Miércoles de poesía: “Sentimientos XII”

Sentimientos

XII

Ante su inminente muerte,
el sentimiento ya herido,
congelado,
busca adecuado escondite
del frío.
Y de su suerte reniega,
no se rinde al desaliento,
lucha con todas sus fuerzas
por mantener aunque sea
un hálito de vida interior.

Poco a poco se congela,
guarecido entre la tierra
húmeda
que, cubierta por la nieve
blanca,
busca un nuevo renacer.
No quiere quedar en eso,
un sentimiento perdido
que con el paso del tiempo
la locura de su amante
quiso enviar al olvido.

Y late su corazón
entumecido y herido,
frágil,
manteniendo la esperanza
fútil
de que una nueva primavera
le devuelva los sentidos,
no ser solo un sentimiento
que murió perdido y solo
mientras lo llevaba el frío.

Sentimientos que combaten
por volver a ver el sol.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “Lo que cabe en un suspiro”

A letras con los lunes: “Lo que cabe en un suspiro”

Lo que cabe en un suspiro

Se me escapa un suspiro y tú me observas
con el gesto preocupado
e intranquilo
del que sabe la cuantía de palabras,
emociones y sentidos
que pueden albergarse en su interior.
Todo lo inunda el aliento retenido
que rompe el aire tras la frágil explosión
y se vuelve más pesado hasta el silencio
que flota luego de la ahogada exhalación,
un silencio lleno de palabras muertas
aun antes de haber nacido
y que fueron a enterrarse en un suspiro.

Ana Centellas. Mayo 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/works/view/b4qkEoHAH2GhVUEa?ref=registered

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Sin tréboles de cuatro hojas”

El relato del viernes: “Sin tréboles de cuatro hojas”

Sin tréboles de cuatro hojas

Distraída, Amelia, sentada sobre el césped de su jardín, lee uno de los últimos libros que cogió de la biblioteca, el que, por su título, prometía bonitas e intensas historias de amor. A la hora de elegir su lectura, siempre se había dejado guiar por el título, pero, en esta ocasión, su instinto le había fallado. Sus ojos se pasean sobre las líneas impresas en aquel papel ya amarillento por el uso sin que sea capaz de descifrar el mensaje que oculta aquella rocambolesca historia. Deposita el libro sobre el césped, con sumo cuidado para no perder aquella página ya tantas veces releída, y se tumba a su lado.

Siente una suave brisa agitar sus cabellos despeinados y no sabe si es la última de la primavera o la primera del verano. Un escalofrío la recorre mientras su mente se entretiene jugando con este pensamiento. Decide prestar atención.

Ve cómo el sol asoma con timidez desde detrás de los últimos restos de unas nubes que parecen querer volar junto con la brisa a algún lugar tan lejano como al que ella ha soñado también con volar. Puede sentir la calidez de sus rayos sobre la piel desnuda de sus brazos, otorgándole un poco de calma después de haberse erizado tras el escalofrío anterior. Un pequeño pájaro canta ajeno a su presencia desde una de las ramas más bajas del álamo que está a sus pies, mientras ella ve cómo las más altas intentan rasgar los últimos retazos de nubes que aún enmarañan el cielo en un día como aquel.

Sus pies descalzos juguetean con el césped, cuyas hojas, unas más altas que otras, le cosquillean entre los dedos con una frescura propia del comienzo de la primavera a pesar de que esta está ya tocando su fin. Tréboles, pequeñas flores de colores, orgullosas margaritas y una pequeña mariquita se cruzan en la línea de su mirada, prácticamente a ras de suelo. Sus manos se dejan caer también sobre la hierba y sus trémulos dedos arrancan sin pensarlo un pequeño trébol que, sin duda, había esperado y merecido tener una vida un poquito más larga, condenado a una muerte segura entre aquellos finos dedos de tacto frío.

Todo a su alrededor muestra una calma que debiera haberla contagiado, pero ese día no encuentra sosiego posible. Vuelve a echar un vistazo a su alrededor y, de pronto, encuentra la causa de su desazón. Amelia está sola. No sobre el césped, sino sola en la vida, rodeada de malas hierbas sobre las que no crece ningún trébol de cuatro hojas ni tan siquiera una solitaria margarita impar.

Ana Centellas. Junio 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/phaygylMwLYI7yts

*Imagen: Pixabay.com (editada)