El relato del viernes: «Vivir de verdad»

Fuente: Pixabay

Vivir de verdad

Roberto siempre había sido un niño miedoso. Se puede decir que, desde que nació, todo le había dado miedo. Ya en la cuna, y mucho antes de que pronunciase una palabra con un mínimo de inteligibilidad, no soportaba la oscuridad y necesitaba continuamente de la compañía de alguien. Por no hablar de cuando alguna cara extraña o de la que no tuviese recuerdo se asomaba bajo la capota de su cochecito de bebé. Era auténtico pavor el que se dejaba entrever bajo un llanto ensordecedor que sus padres tardaban horas en calmar.

Según fue creciendo, los miedos de Roberto fueron en aumento. El más mínimo ruido que se saliese de lo habitual provocaba en él tal sobresalto que todo el mundo temía que fuese a sufrir un infarto en el momento menos esperado. El simple y cotidiano hecho de cruzar una calle suponía largos minutos mirando hacia uno y otro lado por temor a ser atropellado. Igual daba que el vehículo más cercano estuviese a varios centenares de metros, él no ponía un pie en la calzada hasta no haberse asegurado de que no tenía ningún coche en movimiento a la vista.

Llegada la adolescencia, sus padres decidieron llevarlo a un psicólogo que lo ayudase a superar todos aquellos irracionales temores. Sin embargo, lejos de conseguir su objetivo, lo único que logró fue que se acrecentaran aún más. En un intento por tratar de demostrarle que estaban infundados, lo único que consiguió fue que los tuviese todavía más presentes. Llegó un momento en que apenas se atrevía a salir a la calle, más allá de asistir al instituto. Tarea para la que, además, se tenía que levantar varias horas antes, pues el tráfico matinal era tan intenso que atravesar las cuatro manzanas que lo separaban del centro de estudios era una auténtica odisea. Y nada de salir por la noche, pues en la oscuridad era donde se escondían las mayores amenazas.

Pronto se convirtió en el foco de las burlas de sus compañeros, que reían a carcajadas cada vez que lo veían coger la tiza con el brazo completamente extendido y con cara de pavor, pues temía asfixiarse con el polvo que desprendía. El mundo se convirtió para él en un lugar hostil cuajado de peligros, tanto físicos, que acechaban en cualquier lugar, como psicológicos, bien presentes detrás de los pupitres del aula.

El único que parecía comprenderlo o, al menos, no le importaban sus fobias ni se reía de ellas era Alejandro, su mejor y único amigo desde que lo conoció en la sobrecogedora clase de la guardería. Él era el único en el que confiaba y que no le inspiraba ningún temor. Quizá por eso solo a él se le ocurrió la idea de plantarle cara a todos sus miedos.

En el día de su dieciocho cumpleaños, ante la negativa de Roberto de salir a celebrarlo, Alejandro decidió llevarle la celebración a su casa. Contrató a un par de actores y, con el permiso de sus padres, organizó un auténtico escape room en su domicilio. Lo hicieron con recelo, pues no sabían cómo reaccionaría el joven. Usando artimañas y engaños, lograron encerrarlo en su habitación. Pero su reacción sorprendió a todos.

Roberto estaba confiado, aguardando su sorpresa. De pronto, un zombi apareció por la puerta del armario, dispuesto a un ataque que tenía de real lo que el muchacho dispusiese en su imaginación. Sin dudarlo, agarró un bate de béisbol que siempre tenía junto a su escritorio por si acaso y le propinó tal golpe que al pobre hombre que se escondía bajo el disfraz le costó un par de puntos de sutura. Con una fuerza hasta entonces desconocida en él, arremetió contra la puerta de la habitación hasta que logró abrirla y, bate en mano, salió corriendo de allí. Para cuando el segundo actor, disfrazado de criminal, trató de asaltarlo a punta de navaja de plástico en la puerta de la cocina, el bate ya había volado hacia su cabeza. Por suerte, no le dio de pleno y este se salvó del paso por el hospital.

Alejandro salió corriendo de la casa como alma que lleva el diablo. Sin importarle que ya fuese noche cerrada, recorrió varias manzanas hasta que estuvo seguro de haber puesto suficiente distancia de por medio. Cuando quiso escuchar las llamadas de sus padres a su teléfono móvil, se dio cuenta de que había recorrido en tan solo un par de minutos el trayecto que, habitualmente, le hubiese llevado más de una hora. Y, para su sorpresa, se sentía más vivo que nunca.

Su enfado con su familia y su amigo fue descomunal. Pero le duró lo que tardó en darse cuenta de que podía cruzar la calle con tranquilidad, de que la noche no encerraba tantos peligros como siempre había pensado y de que, en caso de que alguien quisiera atacarlo, sabría defenderse de una manera mucho más que efectiva. Si lo había hecho una vez, bien podría hacerlo siempre. Y, quizás, el polvo de una tiza no sería suficiente para asfixiarlo o no tenía por qué morir atragantado si se comía una aceituna.

Desde aquel día, Alejandro vio el mundo con otros ojos; los de una persona valiente que estaba dispuesta a correr ciertos riesgos por algo tan simple como valioso: vivir de verdad.

Ana Centellas. Noviembre 2021. Derechos registrados.

Vivir de verdad por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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