El relato del viernes: «El verdadero regalo de Papá Noel»

Fuente: Pixabay

El verdadero regalo de Papá Noel

Adrián se asomaba, cada día, al escaparate de la impresionante juguetería que había a tan solo dos manzanas de su casa. Colocaba sus manitas enguantadas rodeando su cara y pegaba la naricita al frío cristal que, de inmediato, se empañaba por el cálido aliento de su respiración. Tras aquellos grandes cristales se escondía todo un mundo mágico que estaba deseando conocer. Autómatas que, incansables, repetían divertidos bailes y adorables peluches que pedían a gritos ser abrazados se mostraban tan sugerentes ante él que en su cabeza sonaban sus vocecitas repitiendo su nombre sin cesar. Había, incluso, un tren con vagones de colores cargados de regalos que avanzaba con alegría entre todos ellos en un precioso viaje sin fin.

De todos, era precisamente ese, el pequeño tren, el que tenía encandilado al niño. Quería quedarse allí apostado en el escaparate durante horas, viéndolo deambular entre el resto de juguetes, o adentrarse en aquel paraíso hasta llegar a tocarlo. Pero siempre recibía un pequeño tirón en el brazo que lo devolvía a la realidad. Su madre, siempre con prisa, lo apremiaba a llegar a casa cuanto antes, pues andaba apurada para ir a trabajar. Él se quedaba entonces al cuidado de la señora María, su vecina, que era muy cariñosa, pero hubiese preferido pasar la tarde con su mamá. Sobre todo durante aquellos días en los que la Navidad estaba tan cerca.

Susana, su madre, prestaba mucha atención al lugar al que se dirigían los ojos de su hijo. Cada día veía el deseo en ellos cuando su mirada se cruzaba con aquel precioso tren de juguete. Era muy bonito, sí, pero también demasiado caro. Con tristeza, le tiraba de la manga para llevarle a casa de la señora María antes de volver al trabajo. Le apenaba infinito ver tan poco tiempo a su pequeño, pero necesitaban con urgencia el alivio que aquellas horas extras les iban a proporcionar. Echaba un último vistazo al tren, antes de continuar su camino por la acera, y se consolaba con el pensamiento de que con solo ver su carita en la mañana de Navidad, todo el esfuerzo habría merecido la pena. Aunque solo fuese por eso.

Aún recordaba aquella ocasión en que Adrián le había preguntado, con carita de tristeza: ‘¿Somos pobres, mamá?’ Y ella, tras un momento de silencio en que se quedó sin palabras, solo pudo contestarle: ‘Bueno, es verdad que el dinero no nos sobra. Pero el dinero no lo es todo, Adrián. Nosotros somos muy ricos porque nos tenemos el uno al otro’. El pequeño pareció quedarse convencido, aunque en su interior pensó que tampoco eran tan ricos, porque ella tenía que pasar todo el día trabajando y no podían estar juntos.

El día de Nochebuena, Susana llegó tan tarde a casa que la señora María hacía horas que ya había acostado a su hijo. Entró en su habitación con sigilo y le dio un pequeño beso en la frente, con mucho cuidado para no despertarlo, mientras le pedía perdón por no haber podido ni siquiera pasar aquella noche tan señalada con él. Sabía que criar a su hijo sola no iba a ser tarea fácil, pero nunca había imaginado que le costase tantos sacrificios. Sin embargo, pronto limpió su mente de aquellos pensamientos. Tenía mucho trabajo que hacer. Aquella noche ejercía de Papá Noel.

En torno al pequeño árbol de Navidad que su hijo, con la ayuda de la señora María, había montado en un rincón del comedor, pasó un buen rato haciendo que la magia de aquella noche llegase a su casa. Agotada, no llegó siquiera a echarse en la cama, pues se quedó dormida en el pequeño sillón que había frente a la televisión.

No había dormido ni dos horas cuando la noche dejó libre el escenario para que la mágica mañana de Navidad hiciera su entrada estelar. El pequeño Adrián, como casi todos los niños del mundo, se levantó muy temprano, como si algún travieso elfo le hubiese avisado de que ya era el momento. Corrió hacia el árbol de Navidad en busca de sus regalos, pero, cuando llegó, se quedó quieto, sin habla. Girando alrededor de él, el colorido tren que tanto había anhelado acarreaba los vagones cargados de paquetes mientras emitía una agradable melodía. Cuando se dio cuenta de lo que aquello significaba, sus gritos despertaron a Susana:

—¡Mamá, mamá! ¡Despierta! ¡Ha venido Papá Noel! ¡Ha venido!

Soñolienta, Susana dibujó una sonrisa en su cansado rostro.

—¡Mira, mamá! ¡Me ha traído el tren que yo quería! ¡El que yo quería!

Con ilusión, el pequeño se lanzó a los brazos de su madre, lleno de alegría. Ella lo cogió en brazos y comenzó a girar con él alrededor del recién llegado juguete. Cuando Adrián bajó al suelo, le preguntó, visiblemente emocionado:

—Mamá, si Papá Noel me ha traído el tren que le pedí en la carta, ¿también habrá cumplido mi otro deseo?

Susana, sorprendida, tomó a su hijo de la mano y le contestó:

—No lo sé, cariño. ¿Cuál era ese otro deseo?

—Que no trabajes tanto y podamos pasar más tiempo juntos.

Susana se quedó sin palabras, pero solo por un instante. Sin dudarlo, contestó, con lágrimas en los ojos:

—También, cariño, también. Mamá ya no va a hacer más horas extras y podremos pasar juntos todas las tardes.

—¿De verdad?

Al ver que su madre asentía, Adrián comenzó a dar gritos de alegría. El tren era maravilloso, pero podía esperar. Aquel era su verdadero deseo de Navidad y Papá Noel lo había cumplido.

—¡Gracias, Papá Noel! ¡Gracias! —gritaba, dando saltos de alegría y abrazando a su madre.

‘Gracias, Papá Noel’, dijo para sí Susana, mientras pensaba cómo iba a hacer para llegar a fin de mes. Suspiró y empezó a dar saltos de júbilo junto a su hijo. Ya pensaría en ello más adelante. Saldrían adelante, como siempre habían hecho. Iba a pasar todas las tardes con Adrián y eso era lo único que debía importarle.

Ana Centellas. Noviembre 2021. Derechos registrados.

El verdadero regalo de Papá Noel por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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