El relato del viernes: «De inseguridades y vergüenzas»

Fuente: Pixabay

De inseguridades y vergüenzas

Supo que no iba a aparecer tras la primera ojeada que echó a su reloj y pudo comprobar que ya habían pasado diez minutos de la hora acordada. Fue una especie de intuición, una corazonada o como queramos llamarlo, pero no era una incertidumbre, sino una absoluta certeza. Por alguna razón, ella sabía que no se trataba de una persona impuntual. Tantos años trabajando mano a mano con las personas la habían llevado a desarrollar una habilidad especial para detectar las diferentes personalidades. En ocasiones, bastaba con una simple mirada a los ojos para hacerse una idea aproximada de cómo era alguien. Como cuando descubrió que Montse, su nueva compañera de trabajo, le iba a hacer la vida imposible en cuanto la vio entrar por la puerta. O cuando supo que Jesús, el más macarra del gimnasio y que siempre andaba pavoneando sus músculos, llevaba la vergüenza escrita en la cara con solo ver su reflejo en el espejo de la sala de máquinas.

El reloj marcaba las nueve y diez y Malena supo que Ricardo no aparecería por allí. ‘Tenía que haberlo imaginado’, se reprendió a sí misma. ¿Acaso le había fallado su sexto sentido? Parecía totalmente sincero cuando le aseguró que acudiría a su cita, después de varias semanas hablando y conociéndose a través de un famoso chat. Pero, si lo pensaba bien, no era capaz de encontrar ningún motivo por el que un hombre como él, tan culto y tan seguro de sí, se pudiese fijar en una mujer como ella. Se echó un vistazo a sí misma. Su físico no era imponente, ni muchísimo menos. Nada más lejos de la realidad,   llevaba varios años peleándose con unos kilos de más que habían decidido quedarse a vivir en sus caderas. Estaba claro que su pelo necesitaba algún que otro apaño, pues ni siquiera se había molestado en cubrir las canas que ya habían comenzado a platear en sus sienes. Quizá debiera también mejorar un poco su vestuario. Llevaba siglos con la misma ropa. Y, pese a que se había arreglado para la ocasión, en aquel momento tampoco le pareció suficiente. Para colmo, su trabajo era aburrido, su vida no tenía ningún interés especial y tampoco se consideraba una persona especialmente erudita e inteligente. Su paso por la vida se basaba, sin más, en sobrevivir al paso de los días lo mejor que podía y arrancarle un bocadito a la rutina de vez en cuando.

Después de todas aquellas reflexiones, parada frente a aquel emblemático monumento madrileño, rodeada de gente, se sintió más sola que nunca. Una profunda sensación de vergüenza empezó a invadirla al pensar que todo el mundo era tan consciente como ella de que le habían dado plantón. Lo reconocía en cada mirada con la que se cruzaban sus ojos, que parecía señalarla con un dedo acusador que le ponía en la frente un cartel luminoso con una única palabra, escrita en mayúsculas: fracasada. Fue tanto su bochorno que, tras comprobar en su móvil que no tenía noticia alguna de Ricardo, fingió una conversación con un supuesto acompañante en el que, con grandes aspavientos, pretendía dejar claro a todos aquellos desconocidos que se había equivocado de sitio. Ni se planteó llamar a Ricardo para interesarse por su ausencia. Todo le había quedado demasiado claro.

Oculto tras una esquina y parapetado por la multitud, Ricardo veía cómo aquella mujer tan especial para él se marchaba sin saber que estaba tan cerca de ella, observándola. Llevaba tanto tiempo deseando aquel encuentro que, al verla llegar, tan perfecta, el pánico se apoderó de él. Se estaba comportando como un auténtico cobarde, pero ¿qué le iba a hacer si así había sido durante toda su vida? La vergüenza hizo acto de presencia una vez más y, junto a ella, sus amigas las inseguridades. ¿Cómo iba a querer estar una mujer como aquella, tan inteligente, tan simpática y tan guapa, con un hombre como él?

Ana Centellas. Noviembre 2021. Derechos registrados.

De inseguridades y vergüenzas por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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